Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
Part 26
«¡Que el nieto de Juan Moreira nos represente en Europa! ¿Por qué no hacer, entonces, que nos gobierne Facundo, que era lo mismo que él?»
Y firmaba: «Mauricio Rivas.»
Que el artículo era contra mí, resultaba evidente de la línea aquella: «el autor no quiere mal ni al nieto de Juan Moreira, ni á don Mauricio Gómez Herrera...»
El asunto me preocupó hondamente todo el día, pero no quise interrogar á de la Espada, aunque lo viera salir á la calle y volver varias veces, con la cara larga, y esquivándome los ojos.
--¿Qué habrá?--me decía.
Por la tarde, cuando iba á retirarse, vaciló un rato, después se acercó á mí, y me llamó aparte, pues estaba, como siempre, rodeado de amigos.
--Es una desgracia--tartamudeó.
--¿Qué?
--El autor del artículo...
--¡Ah!
--Sí; es un jovencito de diez y ocho á veinte años, que me parece...
--¿El hijo de Teresa?
--Tu hijo, sí.
--¡Tenía que suceder!...--exclamé haciendo un esfuerzo para reirme.--Pero esto no puede continuar así. ¿Dónde vive?
--No sé. Pero, tienes que hablarle...
--¿Dónde se le ve?
--Come todas las noches en una fonda de la calle Carabelas.
--¿En la cortada del Mercado del Plata?
--Eso es.
De todas las dificultades de mi vida, aquélla era la más nimia porque de _El Chispero_ nadie hacía el menor caso, pero ninguna me molestó ni me irritó más, haciéndome llegar á creer que de aquellas indiscreciones, de aquella diatriba, dependía todo mi porvenir... Tomé el sombrero y salí, dejando, como de costumbre, que las visitas se quedaran ó se fueran, á su antojo, y comencé á pasearme por las calles más solitarias, pensando en lo que habría de hacer.
De pronto, me encontré en la calle Carabelas. Entré en la fonda indicada. Pregunté, después de pedir un café, que resultó infame decocción de porotos, si estaba allí don Mauricio...
--¿Qué don Mauricio?
--Rivas. Un jovencito que viene á comer.
--¿Uno que escribe «sobre» los diarios?
--Ése.
--Todavía no vino.
Esperé, domando los nervios.
Por fin, vi acercarse un jovencito que debía parecerse á mí, cuando hacía mis primeras armas en Los Sunchos. Llamé al mozo.
--¿Es ése?
--No. Ése es un amigo. Todos los que vienen se parecen...
Á la media hora, él mismo me señaló un joven ojinegro, pelinegro, como Teresa, tímido en el andar y la expresión, como Teresa, pero con algo en la mirada, especie de resolución heroica y tierna á la vez.
--¿Es usted don Mauricio Rivas?
--Servidor. ¿Á quién tengo la honra?
--Habla usted con un hombre de quien acaba de decir que no lo quiere mal...
--No me doy cuenta--murmuró sorprendido.
--¿Tiene usted dos minutos que dedicar á un desconocido? En tal caso, hágame el favor de sentarse...
Se sentó, tímido, contrastando con la violencia de su escrito.
--Impulsivo--pensé.--Si yo soy el nieto, ¡tú eres el biznieto de Juan Moreira!...
Él estaba cortado, esperando un acontecimiento que no sabía adivinar, ni siquiera sospechar.
--Tome usted un poco de vermouth.
--Bien.
--Mis compañeros me esperan para comer--agregó.--Desearía saber qué me vale este honor...
--He leído su artículo de _El Chispero_. Es notable, como vigor, pero me parece exagerado. Usted hará camino en el periodismo, y tengo razones para darle un consejo...
--¿Ah?--murmuró bebiendo un sorbo de vermouth.
--Es preciso que usted conozca más á fondo á las personas que ataca, y que no se haga un daño irreparable por impremeditación juvenil.
--Señor--me dijo incorporándose, como para marcharse,--no pido, por el momento, cursos de literatura ni de periodismo...
--¡Muy bien contestado!--exclamé, tomándolo acariciadoramente de un brazo.--Muy bien contestado, y si yo no fuera quien soy, no insistiría en aconsejarle.
--¿Y quién es usted?--preguntó con enojo.
--Yo soy Mauricio Gómez Herrera.
Se quedó boquiabierto. Yo continué, blandamente, con la serenidad que me daba mi experiencia segura de triunfar de toda aquella candidez:
--Y si usted hubiera consultado ese artículo con su mamá, con doña Teresa, no lo hubiera escrito nunca, ó no lo hubiera publicado... Somos amigos... amigos íntimos con su mamá... desde la infancia... y después...
--Eso no impide...
--Pregúntele á ella...
--La razón se sobrepone á los afectos, y las épocas tienen sus exigencias.
--El deber no cambia.
--¿Quiere decir?--gritó.
--¡Silencio!
Me levanté, y dije reposadamente, mientras pagaba al mozo:
--Habla con Teresa, Mauricio.
Un rayo no lo hubiera inmovilizado más.
Al día siguiente busqué _El Chispero_; no traía el artículo anunciado. En cambio, por la tarde recibí esta esquela firmada _T. R._:
«Tuvo usted razón, pero no sentimiento. La vida es suya. El pobre muchacho es otro, desde que sabe. Pero vivir matando debe ser una desgracia.»
Vi algo horrible, y salí de mi despacho, dejando la esquela tirada en el suelo. Cuando me tranquilicé y volví, la quemé sin piedad, casi con rabia.
¡Vaya una tontería! ¡Suponer que, por vanas consideraciones sentimentales, uno ha de renunciar á sus grandes proyectos ó dejarse manosear por quien quiera!...
_Uccle-lez-Bruxelles, 9 diciembre 1910._