Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
Part 25
En aquel momento, yo no tenía veinte mil pesos disponibles, sino pidiéndoselos á Rozsahegy; y no era cosa de abusar de mi suegro, que se había portado tan admirablemente conmigo, sobre todo cuando sólo á él podía acudir para mis pequeñas necesidades de juego y otras análogas. No era Vázquez una querida por quien pudiera yo hacer un disparate, ni Vázquez tenía, tampoco, exigencias que me pusieran fuera de mí. Por el contrario, habló tranquilamente y se fué, y aquí no ha pasado nada.
Entretanto, la situación política era la misma, ó mejor para mí. Todo el mundo se había reconciliado, y los mismos hombres gobernábamos, con sordina, pero gobernábamos. Mi actitud antes, durante y después de la revolución se consideraba, no un milagro de equilibrio, como lo era realmente, sino una prueba irrefutable de mis altas dotes de estadista. En antesalas de la Cámara, en la Casa Rosada, en las redacciones de los diarios, comenzó á hablarse en broma de mis probabilidades de ser ministro á la primera vacante. Tomélo á broma, me hice tan modesto, tan pequeño, que las burlas fueron poco á poco perdiendo de acritud y displicencia y llegaron á hacer ver como posible una cosa á la que, desde luego, estaba acostumbrado ya el oído de la mayoría.
Mi carrera empezaba, ó mejor dicho, estaba terminada.
Se habló una vez, en serio, de «ministrarme», y hubo quien fuera á proponérmelo. Era años más tarde de los sucesos que acabo de narrar, seguía yo, por fuerza de inercia, siendo diputado de mi provincia, pero la situación me pareció harto ambigua, con un Presidente honestísimo, pero inseguro y burgués, y no me resolví á apuntalarlo, y á hacer un pasaje de ave migradora por el Ministerio. Resentidos aún por la crisis financiera, los negocios no habían tomado empuje, y yo, muy rico, no era rico todavía, aunque viviera como tal, y no me era permitido meterme en las honduras de ministro sin repetición, es decir, de ministro de dos meses, muerto para siempre como futuro ministro. Rechacé la oferta, diciendo que mejor servía al Gobierno desde abajo que desde arriba.
Lo que me sonreía era una legación, y volví á este viejo sueño, diciéndome: «en Europa, no en América, como antes». Pero el competidor nato salió otra vez á mi encuentro. Vázquez pretendía, precisamente, la única legación de alguna importancia á que entonces se podía aspirar. Vázquez ha sido siempre mi bestia negra, pero no le envidio ninguno de sus triunfos, aunque me alegre de alguna de sus derrotas... sin quererlo mal, por eso.
--Un ministerio nacional... Pues una legación es todavía más fácil de conseguir. Todo es cosa de saber aprovechar la circunstancia para pedirla. ¡Y la aprovecharé, como hay Dios!
Acababa de pensar esto, cuando me anunciaron una visita, pasándome un pedazo de cartón, ajado y sucio:
MIGUEL DE LA ESPADA PERIODISTA
Lo hice entrar, y desde la puerta me dijo:
--No viene á verte de la Espada, sino del Sable. Hace dos meses que estoy muriéndome de hambre en la capital, y he venido á verte cincuenta veces, por lo menos. ¡Así está mi última tarjeta, Mauricio!
Y viendo que su entrada en materia no me hacía maldita la gracia, cambió inmediatamente de tono, y añadió:
--Los años pasan trayendo para unos felicidades, para otros desdichas. Yo no he sabido conducirme, y ahora, que envejezco, me encuentro más abajo que el betún, precisamente, por falta de conducta. No acuso á nadie de ingratitud, sino á mí mismo de insensatez. He servido á muchos, pero por la dádiva, como las mujerzuelas que no recuerdan después á quiénes quisieron... Hoy me hallo en la derrota, porque, como dijo tan amargamente mi paisano Calderón en circunstancias no menos trágicas «el traidor no es menester, siendo la traición pasada».
Su cara me decía su historia de decepciones, pobre vocero de todas las pasiones y todos los caprichos, juguete de los hombres, más que de las circunstancias, y sus ojos, de mirada amistosa y humilde de perro pícaro, me recordaban la historia de Los Sunchos y de la capital de provincia. Mi situación me obligaba á tratarlo de alto abajo; un resto de juventud me hizo acercarme á él, golpearle el hombro y preguntarle:
--¡Vamos! ¿qué quieres?
--¡Comer!--gritó con desesperación bufonesca.--¡Comer todos los días ó por lo menos tres veces por semana!
--Aquí come todo el mundo.
Con el índice sobre la nariz, dijo, sentenciosamente:
--¡Eso dicen todos los que comen!
--¿Qué haces?
--Desde hace dos meses soy secretario de una sociedad de socorros mutuos, fundada por un pillastre que se socorre á sí mismo. No veo un cuarto. Con mi mujer y mis hijos vivimos en un departamento de la calle Corrientes, que es una cueva de anguilas, no ya de ratas. ¡Haz algo por mí!
--Todo lo posible. Aquí tienes cincuenta pesos.
--No era eso. En fin. Después vendrá lo otro.
No paré mientes en lo que me decía, preocupado por una asociación de ideas:
--¿Vive don Claudio Zapata?--le pregunté.
--Y doña Gertrudis, naturalmente. Es curioso: son los dos patriarcas de la ciudad, y á nadie se respeta tanto. Hablan, los pobres viejos, maravillas de ti, pero terminan siempre diciendo: «¡Dios lo traerá al buen camino!», lo que significa que todavía no has llegado á su grado de perfección.
--¡Ah, canalla!
--¡Gracias, en nombre de don Claudio!
Se sentó. Calló un instante, mientras yo lo miraba sonriendo. Después, reanudó la charla:
--Soy un fracasado, Mauricio, y me atengo á todas las consecuencias de esto. No tenía dedos para organista, por ser gallego, ¡bueno, está bien! Pero no soy tonto, y tengo algún talento, sin muchas pretensiones, tú ya lo sabes. Cincuenta pesos son cincuenta pesos... suma respetable, sobre todo para mí, que hace cinco minutos no tenía un centavo ni de dónde descolgarlo... Pero dentro de diez días ó de dos horas, me volveré á encontrar en la misma situación... Para salvarme, no hay más que esto: tómame á tu servicio; yo seré tu secretario, tu comisionista, tu amanuense, tu perro... En tu situación, necesitas quien te ayude en lo fundamental, porque tienes todo tu tiempo ocupado en lo superfluo. Yo te buscaré los datos que necesites, redactaré tus informes, escribiré tus cartas, compondré tus discursos, y...
Se interrumpió al ver mi mal gesto, y cambiando otra vez de tono, dijo, como un Marcos de Obregón:
--No hay hombre sin hombre, don Mauricio Gómez Herrera. Yo no reclamo, yo no pido nada. Yo suplico tan sólo mi derecho á vivir, aunque cigarra sin arte. Empiezo á ser viejo, y un gran señor como don Mauricio debe comprender que estas palabras son decisivas, aunque vengan de un pobre hombre como yo. Es triste que...
--Ven á verme mañana--contesté, divertido.--Hablaremos mañana.
Fué hasta la puerta, volvió, y, modestamente, dijo:
--Suprimiré toda familiaridad. «Yo también sé» cuánto molesta la familiaridad intempestiva...
Y haciendo un grande y picaresco saludo, ya en la puerta, murmuró:
--Puesto que se me permite... hasta mañana.
XIV
Ridículos, los escritos de de la Espada, buenos para un diario de provincia, pero trasnochados en Buenos Aires. Le indiqué otros asuntos para que me buscara datos y me extractara libros, y se desempeñó con un celo tal, que poco á poco fué convirtiéndose en mi secretario. Un secretario modelo, ya sin ambición, pronto á ejecutar cuanto yo le mandaba sin hacer objeciones ni permitirse el atrevimiento de pensar.
--He aquí un hombre--me dije más de una vez--que obedece como yo á las circunstancias. ¿Por qué á mí me va tan bien y á él tan mal?
Y concluí que ocupábamos nuestras posiciones respectivas, bien equilibradas en la relatividad de las cosas.
Me sirvió mucho, poniendo sobre todo en orden mi correspondencia harto descuidada, y dándome algunos de esos consejos que uno no adopta, pero que siempre sirven de punto de referencia para saber cómo piensan los demás. Es una calumnia la afirmación de que él ha hecho casi la totalidad de mis trabajos de diez años á esta parte; pero, en cambio, es verdad que me ayudó mucho siempre, y que entre los pocos escritos míos en que no tomó participación figuran precisamente éstas á modo de Memorias caprichosas. En cuanto á sus consejos, dos tengo que agradecerle infinito, porque--aunque no los siguiera exactamente--contribuyeron á resolver dos graves situaciones de mi vida, los dos últimos episodios que por ahora he de contar, y rápidamente, porque ya la pluma se me cae de las manos.
Vázquez y yo deseábamos la misma cosa desde hacía mucho, pero uno y otro tropezábamos con la misma dificultad: la mala voluntad del Gobierno, disfrazada bajo una enorme cantidad de pretextos plausibles, como, por ejemplo, la de que no éramos diplomáticos de carrera, y no cabía en lo posible postergar á los viejos ministros para darnos un puesto superior (á él ó á mí), como si esto no se hubiera hecho toda la vida y no fuera á seguir haciéndose por los siglos de los siglos.
Pedro tenía dos elementos en su favor y en su contra al propio tiempo: era empeñoso y necesitaba de ese puesto para salvarse de la miseria. Yo soy tenaz, también, aunque tengo, ahora, en la madurez, la virtud de no demostrarlo, pero, en cambio, no necesito realmente de nada. Cualquier cosa que ambicione para mi brillo personal, puedo pedirla «para servir al país», y aceptarla luego en condiciones inaceptables para los demás, con la simple diferencia de que luego le he de sacar ventajas inesperadas, como tantos que reciben «gratificaciones» por trabajos completamente desinteresados, al parecer, en un principio...
Pero esta vez mis cálculos salieron errados ó poco menos. Las probabilidades de Vázquez subieron un día á términos tales que su nombramiento era inminente.
Por indiscreción, lamenté esto delante de de la Espada, que, mirándome de hito en hito, murmuró:
--Yo lo mataría con cuchillo de palo.
--¿Dónde está ese cuchillo?
--¡En lo que debe!
--¡Bah!
--¡Un momento, un momento!--replicó.--¿Cuánto daría usted por anularlo?
--¡Diez, veínte, cincuenta mil pesos!--exclamé.--¡Es un punto de partida tan hermoso!...
--No se necesita tanto.
--¿Cómo así?
--Radnitz tiene, desde hace mucho, letras protestadas de Vázquez, por un valor de veinte ó veinticinco mil pesos, que no ejecuta, confiando en su porvenir inmediato. En cuanto vea un negocio lo hace saltar.
--¿Qué hombre es ese Radnitz?
--Tiene un banquito y hace comercio de obras de arte. En el banquito presta liberalmente al uno por ciento mensual, que resulta el cinco ó el diez, porque hay que comprar acciones...
--Estás muy enterado.
--Te diré. Cuando vine á Buenos Aires todavía tenía relaciones y cierto aspecto. Necesitando dinero, me presentaron á Radnitz que me prestó quinientos pesos, obligándome á tomar dos acciones de cien pesos de su banco, y á firmar una letra de setecientos.
--¿Sin garantía?
--¡¡Casi!! Al mismo tiempo, como fianza, me constituí depositario de mis propios muebles, valuados en setecientos pesos.
--¿Los tenías?
--No. Era para renovar la cárcel por deudas. Si no pagaba los setecientos pesos, yo resultaría «depositario infiel» é iría á la cárcel por abuso de confianza...
--¿De modo que se puede contar con él?
--En absoluto. Dame cinco mil pesos y arreglo el negocio.
--No. ¡Eso me parece bajo!--exclamé.
Pero aquella misma tarde encontré á Radnitz en una de sus exposiciones de pinturas y le dije que «había Bancos, etc.», que bastaría una denuncia para que este sistema usurario se viniera abajo. Luego hablé de los cuadros, que él exponía, después de haberlos comprado en Europa con ayuda de su mujer, diciendo que el Gobierno debería comprar dos ó tres. Y al despedirnos lamenté que Vázquez no fuera á ser nombrado ministro, «porque hay alguien en el Gobierno que se opone con todas sus fuerzas, y que aprovechará--con mucha razón,--cualquier pretexto para desmonetizarlo.»
Radnitz no dijo palabra, pero me estrechó la mano significativamente. Al otro día le vi en los pasillos de la Cámara, muy correcto, muy elegante. Después de algunas maniobras, se me acercó.
--He venido á ver á... Es muy amigo del ministro de Instrucción y deseaba saber si comprarán dos cuadros de la Exposición de la calle de Florida para el Gobierno. Me han dicho que se interesaba mucho, y como yo también los deseo, no quiero ponerme en pugna con tal competidor como el Gobierno...
--Y no lo haga, Radnitz, porque estoy convencido de que los comprarán. Me lo han dicho hace un momento. Lo único que usted conseguiría es hacer que los cuadros suban demasiado, si se venden en remate. En fin, allá usted...
Hizo como que se iba, y agregó, en tono confidencial:
--He estado en la Bolsa. Lo del banquero y las garantías me parece una exageración. Ó será uno de esos pequeños prestamistas de tres al cuarto...
--¡Sin duda!...
--¡Á propósito! ¿Sabe el escándalo? Á Pedro Vázquez acaban de demandarle ante el juez del crimen por depositario infiel y abuso de confianza. Parece que, en circunstancias difíciles, ha hecho cosas que... que no estaban bien...
No hice que le compraran los cuadros y de ello me felicito, porque es un hombre infecto. Creo, también, que el cuento del Banco bastaba y sobraba. Además, se le pagarían sus créditos.
Llegué tarde á casa á la hora de comer. Cuando tomaba el café, con Eulalia, en el hall, antes de irme al Club, me anunciaron á Vázquez.
--Vienes á tiempo de tomar una taza de café, pero tengo que salir en seguida--le dije rehuyendo toda explicación delante de mi mujer.
Pero Pedro estaba demasiado agitado para callarse.
--¿Tienes dinero disponible?--me dijo, tomando el café á grandes sorbos.--Me encuentro en una circunstancia embarazosa.
--Algún dinero tengo. ¿Cuánto necesitas?
--Veinte mil pesos.
Di un salto en la silla. Después me tranquilicé.
--Tanto no--dije.--Apenas ochocientos ó mil. Pero, dentro de ocho días ó quince...
--Ahora mismo.
--Es una fatalidad.
--Recuerda que yo no te hice objeciones, y que tú me prometiste, cuando te presté igual suma...
--Que todavía no te he pagado. ¿Me lo echas en cara? ¡No! siempre están á tu disposición. Sólo que en este momento...
Eulalia se levantó y nos dejó solos.
--¿De veras? ¿No podrías conseguir?... Se trata de un asunto de honor más grave que el tuyo, una deuda descuidada, que unos viles usureros hacen revivir ahora. Lo peor es que lo han llevado á los Tribunales, para echarme la cuerda al cuello, y que si la cosa trasciende no me nombrarán ministro en Europa... ¡Si hubieran tardado quince días! ¡Es una maldición!
--Veré á mis amigos en el Club.
--¡Sí, Mauricio! es tremendo lo que me pasa. Alguien ha ido á tratar de impedir que salga la noticia en los diarios, pero si esta situación se prolonga, estoy reventado para toda la siega...
Salimos juntos.
--Es fácil. Voy á buscar el dinero.
--¿Te veré esta noche? ¿Dónde?
--Á las dos, en el Círculo. Ó, mejor, mañana, temprano, en casa... Veinte mil... No te aflijas... No es una montaña.
Se fué consolado y no me acordé de él hasta la hora de levantarme, á la una del día siguiente. Eulalia me aguardaba en el comedor.
--Vázquez ha venido ya tres veces--me dijo.
--Como si no hubiera venido.
--¿Por qué?
--Porque no he podido conseguirle el dinero.
--Pero yo sí.
--¿Cómo? ¿Los veinte mil?
--Aquí están. Papá me los ha prestado.
--Es decir que has ido...
--¡Te veía tan perplejo!...
--¡Oh, admirable inocencia! Le di un beso en la frente, guardé los veinte billetes de mil, y ordené que hicieran pasar á Vázquez á mi despacho, en cuanto volviera á presentarse.
Entró.
--¿Has conseguido?
--Sí, y no.
--¿Cómo?
--Dentro de dos días los tendrás. Imposible andar más ligero ni aun tratándose de Bancos. Ven á verme el jueves; no; el miércoles por la tarde: haré que las cosas anden lo más rápidamente posible.
--Si no los tengo hoy, pueden perderme... Es un asunto de honor. Si llego á los tribunales ó á la prensa, aunque mi nombre quede á salvo, mi porvenir se va al demonio...
--Tranquilízate. En nuestra tierra no se hila tan delgado. Muchos han salido triunfantes de situaciones más difíciles y escabrosas.
--¡Ah, Mauricio! ¡Quiera Dios! ¡En fin! de todos mis amigos y de todos los que me deben servicios, tú eres el único á quien no he acudido en vano...
Ya en el hall, y cuando comenzaba á bajar la escalera, le dije:
--Pues, para abreviar tu espectativa, yo mismo iré á buscarte el miércoles, llevándote eso...
--¿Seguro?
--¡Y tan seguro!
De la Espada se puso al corriente de todo esto. Creo que corrió á los diarios que malquerían á Vázquez. El hecho es que, veladamente, algunos dieron aquella misma tarde la noticia de un grave escándalo en que estaba implicado un candidato á ministro plenipotenciario, añadiendo datos inequívocos de que se trataba de Vázquez. Sentí un movimiento de temor, de repugnancia ó de arrepentimiento, recordando uno ó dos dramas á que asistiera en mi vida y que provocaron el suicidio de algunos ilusos, pero me tranquilicé inmediatamente, porque no había hecho más que favorecer la lógica de los hechos, separando de ellos la parte romántica y, por lo tanto, enfermiza. ¿Quién llamaba á Eulalia? Yo no tenía el dinero... ¿Por qué imponerme que cambiara el rumbo de las circunstancias? Y además, yo estaba resuelto á pagar, y el honor de Vázquez siempre quedaba á salvo. El honor sí; pero, ¿y el puesto? ¡Vamos! ¡como si el puesto no me correspondiera!
El Presidente era meticuloso y bastó aquel boceto de escándalo para que hiciera encarpetar la credencial de Vázquez, mezclado á un mal asunto de crédito de la época todavía execrada y no bastante maldecida.
El miércoles me presenté en casa de Vázquez y le di los veinte mil pesos.
--¡Aun con esto estoy arruinado!--sollozó.
--No creas. Ve á ver á mi suegro. Yo he hablado con él. Rozsahegy está seguro de recoger esas malhadadas letras con cinco ó diez mil pesos cuando más. Es un «chantage». No tengas escrúpulos.
--No lo haré. Me importa poco. Me voy al campo á trabajar. Es lo que me aconseja María.
¡María! Sentí de pronto el áspero deseo de verla, de hablar con ella, y prolongué la conversación con la esperanza de conseguirlo.
--Irse al campo es inútil sin capital, sin una estancia. ¿Qué harás?
--Poco me importa.
--Un hombre de tu mérito...
--Mi mérito es nulo.
--¿Por qué?
--Porque no puedo amoldarme á las circunstancias, ni servir á nadie, ni ser mi propio instrumento. Me sueño pintor, escultor, herrero, ebanista, y, en último caso, labrador ó pastor. ¡Ah, Mauricio, si todo el mundo fuera como tú!...
¿Es amargo esto? No. La vida es la amarga. Uno tiene que ir abriéndose camino á costa de los otros por la fuerza, por la astucia ó por ambas cosas á la vez.
Pero María me preocupaba tanto en aquel momento, que acabé por preguntar:
--¿Y tu señora?
--Está indispuesta. Desde que se inició este drama en que tú vienes á ser mi salvador, duda de todo el mundo, y ¡lo que son las mujeres! ésta, tan inteligente, tan aguda, tan fina, no quiere rendirse á la evidencia, y hasta sospecha de...
Se detuvo, como no queriendo decir la enormidad que adiviné, y que descubrí preguntando afirmativamente:
--¿De mí, eh?
Y sin esperar la respuesta, le tendí la mano, efusivo y conmovido, murmurando:
--¡Qué le haremos! ¡No hay dicha ni desgracia completas en este mundo!
XV
Escribo estas Memorias en Europa, lo que quiere decir que obtuve la plenipotencia malamente ambicionada por Vázquez. Pero no fué sin sufrimientos. Apenas se comenzó á hablar de mi candidatura, un periodicucho efímero, de ésos que suelen publicar los muchachos en los momentos de agitación, _El Chispero_, emprendió una feroz campaña contra mí, como si yo fuese el representante de toda una época de corrupción. No le hice caso. No le hice caso hasta que habló malévolamente de la muerte de Camino, insinuando las peores suposiciones. Y aun así, no di importancia á aquellos dicterios, teniendo como tenía mi nombramiento en el bolsillo y mi paz perpetua asegurada, hasta el instante en que, al pie de uno de esos artículos vi esta firma desconcertante: «Mauricio Rivas».
«Mauricio Rivas».
--¡Mauricio Rivas! ¿Qué quiere decir esto?
Llamé á de la Espada.
--¿Quién es este Rivas, este Mauricio Rivas que escribe en _El Chispero_?--pregunté.
--Debe ser un jovencito que empieza. Yo nunca he oído hablar de él.
--Hay que averiguar--dije aparentando indiferencia.
Y luego:
--Hay que averiguar hoy mismo. Me interesa.
--Lo haré.
Me interesaba el artículo por dos razones: porque era una violenta diatriba contra mí, para denigrarme como ministro diplomático ante una corte europea, y porque estaba firmado con un nombre... con el nombre del hijo de Teresa.
El farsante ése que, conociendo mi vida juvenil, me jugaba aquella pesada broma, iba á pasarlo mal. No es Mauricio Gómez Herrera de los que se dejan tocar impunemente las narices. Y, sobre todo, no me gustaba ese símbolo, traído de los cabellos, de la juventud consciente y sabia que pasa por encima de las ideas de los padres, para ir á la conquista de un porvenir románticamente soñado.
Busqué entre mis amigos y mis enemigos quién podía ser el autor de aquel artículo garboso, y se lo atribuí á Vázquez. Pero Vázquez estaba en Los Sunchos, con su María, como arrendatario de una estanzuela que había ido convirtiendo en granja, ó si se quiere chacra, y me escribía de vez en cuando cartas llenas de amistad, seguramente á escondidas de su mujer.
--No es Vázquez. ¡Pero qué canalla!--exclamé, volviendo á empezar el artículo para darme cuenta exacta de sus detalles.
No. No podía ser un contemporáneo, porque sintetizaba demasiado. Uno de mis camaradas hubiera entrado en mayores detalles, no hubiera visto las cosas á bulto, hubiera cometido menos errores. Vean ustedes: aquí tengo el recorte, con su título y todo:
DIVERTIDAS AVENTURAS DEL NIETO DE JUAN MOREIRA
«Tan ignorante y tan dominador como el abuelo, nació en un rincón de provincia, y creció en él sin aprender otra cosa que el amor de su persona y la adoración de sus propios vicios.
«Nunca entendió ni aceptó cosa alguna de la ley, sino cuando le convino para sus intereses y sus pasiones.
«Es la síntesis de la respetable generación que nos gobierna; y media sociedad, si se viera en el espejo, se diría cuando pasa: «Yo soy ése.»
«Tuvo de su abuelo el atavismo al revés, y así como aquél peleó contra la partida, muchas veces sin razón, éste pelea siempre sin razón, con la partida, contra todo lo demás. Suprime sin ruido, hasta gobernadores, como el otro «compadremente», facón en mano. Que Camino lo diga... Está llamado por eso á todos los triunfos, y no morirá clavado á una tapia por gentes de bien, sino clavando á las gentes de bien, moral ó materialmente, en todas partes...
«Pero basta de prólogo y pasemos á sus aventuras.
«Heredó de su padre el caudillaje, y vistiendo la ropa del civilizado, fué, desde criatura, la esencia del gaucho y del compadrito, despojado con el chiripá y el poncho de todas las que pudieran parecer virtudes, conservando sólo cierto valor personal y un desprendimiento que no es sino la jactancia del ente que se cree superior, y se ensoberbece tanto más cuanto más grandes son las personas á quienes pueda ó trate de humillar.
«Así, por ejemplo...»
Y seguía una larga serie de anécdotas, casi todas falsas--entre ellas el «envenenamiento» de Camino,--pero tras de cuyas líneas se transparentaba claramente mi persona, para terminar diciendo:
«El que esto escribe, no quiere mal al nieto de Juan Moreira, ni á don Mauricio Gómez Herrera, ni á... ¡tantos otros! ¿para qué citar nombres? Pero cree que es sonada la hora de acabar con el gauchismo y el compadraje, de no rendir culto á esos fantasmas del pasado, de respetar la cultura en sus mejores formas, y de preferir el mérito modesto al exitismo á todo trance. Quizá se le crea exagerado, pero por el estudio que hará detenidamente de esta personalidad y de otras análogas, en sucesivos artículos, se verá que tiene razón de reclamar, en nombre de la juventud, contra estos crímenes de lesa patria.