Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira

Part 23

Chapter 233,815 wordsPublic domain

Yo, por las tardes, iba á la redacción del diario oficioso, verdadero fox-terrier lanzado á las pantorrillas de la oposición. Pero no escribía. Escribir es oficio de dupa. Profesionalmente, no da de comer á su amo, como decía Sancho Panza, y en mi caso, dada la vidriosísima situación, no hubiera hecho otra cosa que comprometerme, lo mismo que hablar en público. Sin embargo, á veces pensaba que me gustaría tener tiempo y ganas de escribir una novela: un simple antojo irrealizable de aficionado. Á encontrarme con la constancia necesaria para acometer el proyecto, lo iniciara como la novela del progreso de la República Argentina, tomando por personaje principal una figura simbólica que no fuese sino un vago mosaico cambiante, más espléndido y luminoso cada vez. Esa figura no sería nadie y sería todo el mundo, y un «todo el mundo» de una fuerza genial. Obsérvese: todos trabajan, todos han trabajado, el magnífico producto está á la vista, pero nadie puede discernir lo que ha hecho cada cual, ni lo que ha ejecutado un grupo, ni un partido, ni una raza, como en esos guisados de la gran cocina, en que se mezclan y confunden mil ingredientes para producir una cosa única. En mi novela, el guisado sería el protagonista y los condimentos el resto de los actores...

Pero bien pronto, renunciaba á estas tontas divagaciones peligrosas, y cuando mucho escribía un sueltecito de crónica social, adulando á mi más reciente conquista. No tengo carácter para víctima, ni me gusta el papel de «genio incomprendido». Allí, en la imprenta, estreché relación con algunos escritores y pichones de escritor, que á estas horas han muerto de miseria ó han cambiado de rumbo, dejando de escribir otra cosa que cuentas y facturas. Pero, entonces, me hacían morir de risa con su petulancia. Se reunían entre ellos para quemarse mutuamente incienso, miraban á los demás por encima del hombro, como si perteneciesen á una raza subalterna, y luego se entredevoraban, despreciando á los ausentes. ¡Pobres tontos! No veían ni han visto nunca que sólo ellos se hacen caso, y su ceguera llega á tal punto que se esfuerzan por destruirse unos á otros, sin ver que todos están destruídos por definición en un país como el nuestro, donde apenas si pueden hacer el papel de víctimas cómicas. Y lo más curioso es que esos pobres parias, tomaban ó fingían tomar bajo su protección, á pintores, escultores, músicos, actores y hasta sabios á la violeta, que--á su vez--les formaban círculo, creando en la vida porteña algo así como uno de esos islotes del Paraná que nadie utiliza, porque se inundan, están llenos de sabandija y no tienen comunicación con la vida comercial.

Mi espíritu curioso me hacía no espantarlos ni alejarlos; para eso los trataba en serio, fingía interesarme en lo que hacían, y hasta cuidé de aprender el título de alguna de sus publicaciones. En cuanto citaba éste, el rostro de mi escritor se iluminaba, y ya no tenía más que dejarlo hablar, porque me repetía lo que había dicho, pidiéndome mi parecer, cosa fácil de exponerle con un ¡ah! ó un ¡oh! admirativo, ó con una sonrisa entendida y un movimiento de cabeza.

Como los diarios tienen que llenarse con algo, y ya en aquella época disminuían las transcripciones y traducciones de los periódicos europeos, estos desgraciados plumíferos alcanzaban de vez en cuando un sueldecito, y vivían muriendo, á la espera de un puesto oficial ó en la espectativa de un cambio de situación... No saben cuánto me he reído de ellos, como no saben cuánto se han reído de ellos los directores y administradores de los diarios que redactaban, gente cuyo único propósito era sacar las castañas del fuego con la mano del gato... Lo digo, para que aprendan los ingenuos que quizá pretendan recoger ahora la herencia de esas pobres criaturas ridículas y pretensiosas, verdaderos parásitos de la sociedad, soñadores inútiles que llegan á creerse llenos de influencia y de poder. Idiotizados, viven mirándose los unos á los otros, y como ellos son los que escriben en los diarios y á veces en los libros, llegan á creer que todo el mundo está pendiente de ellos, cuando á nadie importan un ardite. Chicos y grandes les han manifestado siempre su inane insuficiencia, pero ellos--tieso que tieso,--lejos de convencerse, protestan contra una ignorancia y una envidia que sólo existe en su cerebro. Y como, á fuerza de escribir cuartillas, al fin llega á salirles algo bonito, puede que, cuando alguno de ellos muera, le pongan una chapa de bronce en el sepulcro, ó le hagan un bustito, ó se cite su nombre en las antologías de escritores regionales.

Ya se verá, después, con qué rima éste mi justo enojo contra los escritorzuelos periodísticos de aquella época... y de otras, anteriores y posteriores.

Por el momento, en mis charlas con los redactores del órgano oficioso de la tarde y el oficial de la mañana, traslucí una cosa que acabó de darme mala espina: Los diarios de oposición se enriquecían, mientras que los nuestros vivían apenas de las subscripciones gubernativas, y para circular un poco tenían que enviarse casi gratuitamente á correligionarios y empleados públicos; esto tenía dos explicaciones: ó estaban administrados y dirigidos por gente demasiado ávida de dinero, á la que nada bastaba, ó el soberano público se mostraba para con ellos de un desdén desesperante. En la disyuntiva, tomé sabiamente el término medio y me dije:

--El público los abandona un poco, y los empresarios aprovechan un mucho de la situación. En suma, se hacen pagar dos veces... ó una vez y media.

Esto, con los demás antecedentes, me hizo abrir del todo los ojos y preparar lo que podría llamarse «mi coartada».

Aquellos pobres «escribidores» que á veces no tenían siquiera ropa que mudarse, eran al fin y al cabo una fuerza, y más del lado de la oposición que de la del Poder, porque cuando escribían no eran «ellos», sino la entidad que estaba detrás. De esto no se han dado cuenta nunca, y aún reclaman una individualidad refleja que jamás tuvieron realmente. Yo no lo dije, entonces, y si lo digo ahora, es porque ya no puede perjudicarme mi franqueza. Resolví, pues, servirme de aquella arma.

En el Congreso, en los teatros, en algún Club, me encontraba con repórteres y redactores de la oposición. Les hablé de lo que escribían, cuidando de objetarlo, sin lastimarlos, y facilitándoles la réplica victoriosa. No me fué difícil conquistar su buena voluntad, porque, aparte de adularlos, solía insinuarles alguna idea y darles algunos informes. Uno ó dos llegaron hasta aceptar mi invitación á comer, y convinieron conmigo en que, si el _Gobierno_ les nombraba alguna cosa, no haría más que rendirles justicia. Otros se acercaron luego á casa, atraídos por mí y por sus colegas, y lo pasaron tanto mejor cuanto que Eulalia tenía el don de gentes, é, ignorando mis propósitos y mi política, los creía hombres de gran valer, literatos eximios, y los trataba con respetuosa deferencia.

He aquí por qué los diarios de la época no tienen una palabra contra mí--salvo una dolorosa excepción, algo más tarde,--aunque en aquel entonces no quedara títere con cabeza.

Éstos y otros me pedían mil cosas. Nunca dije no. Puse aparentemente mi influencia al servicio de todos, sin ocuparme de nadie, y cuando alguno de mis «protegidos» obtenía por otro conducto lo que deseaba, nunca dejé de encontrar quien le dijera que lo había alcanzado gracias á mí.

Entretanto, la situación se metía en agua. Una noche que me hallaba en la tertulia del Presidente, alguien le habló aparte con decisión. Ambos gesticulaban, acalorados. Se separaron con visible enojo. Yo estaba cerca del Presidente que, irritado todavía, me golpeó el hombro, y me dijo, reconcentrando su rabia:

--El que venga después, hará lo mismo que yo, ó el país volverá á la anarquía. La oposición es heterogénea, y de ella no puede salir un partido de Gobierno. ¿No te parece?

--¡Sí, Excelencia!--dije, y pensé:--Ó este hombre ve mucho ó no ve absolutamente nada y se va á estrellar...

X

Pocos días después marchóse á Europa uno de los hombres más importantes del país, el último vástago de nuestra raza heroica, como hubiera podido decir yo mismo en un discurso. Era un militar, un sociólogo, un literato, un sabio, que había optado por ser un patriarca. El pueblo bonaerense lo adoraba, el de las provincias lo respetaba, considerándolo, sin embargo, enemigo, por fuerza de inercia, por espíritu tradicional. Á mi juicio, era una especie de Cincinato, ilustrado y romántico, un hombre que había tomado en serio los idealismos de 1830. Conservo viviente la impresión de nuestro único coloquio, en una visita de consulta que le hice. El grande hombre me escuchaba impasible, dejando escapar, de vez en cuando, una ligera exclamación afirmativa, dubitativa ó negativa, mientras que la mirada de sus ojos muy claros, como desteñidos, no me revelaba nada de su interior y me parecía el cristal de unos gemelos asestados á mi alma. Con el gesto de su mano larga y descarnada, detenía de pronto la palabra en mi labio, dominando inquebrantablemente mi petulancia juvenil, y narraba ó explicaba entonces, con acento al par sentencioso y blando, como un abuelo que hablara á sus nietos y les dijera la indiscutible verdad bebida en la experiencia...

--Pero...

--Es como yo le digo--insistía tranquilo y perentorio, y su memoria sorprendente y su juicio extraordinario evocaban cuadros admirables de pasado y de futuro. Era un prócer y un poeta.

Se marchó á Europa en medio de una formidable manifestación de despedida, que fué como un motín pacífico.

--¡Se da por vencido!--dijeron los que le veían como un espantapájaros, como una tácita condenación de lo que estábamos haciendo.--Á enemigo que huye, puente de plata...

--No comulga con la oposición--declararon los que husmeaban en el aire efluvios revolucionarios.

Difícil me resulta la actitud del Presidente. ¿Quiso disimular ante el pueblo? ¿Quiso comprometer al patricio, conquistándoselo con oropeles? ¿Realizó un acto de nobleza, sin segunda intención, como justiciero, ateniéndose á lo que viniera después? Cualquiera de estos motivos es loable, por una razón ó por otra, y en su actitud no careció de belleza al devolver al gran ciudadano todos los honores que le habían «suspendido», porque hasta entonces manifestara su «voluntad» de una manera demasiado imperativa á veces.

Pero, admirando el tipo, aunque no fuera de mi credo ni de mis conveniencias, no estaba dispuesto á dejarme engañar por su viaje y por su mansedumbre.

--¡Sí!--me dije.--Revolucionario recalcitrante se ha domesticado hoy, y no quiere sancionar una cosa que, sin embargo, le parece inevitable. Desearía ser el gran pacificador, después de tantas revueltas. ¡Está bien! ¡Está bien! pero se va para permitir que la revolución estalle... ¡Es evidente! Y, como es evidente, hay que andarse con cuidado... con más cuidado que nunca.

Y mientras los otros comentaban estos acontecimientos con un sentimentalismo trasnochado, utilitario ó lírico, yo juzgué conveniente saber lo que al respecto pensaba mi suegro Rozsahegy, el más grande de los hombres de la época, porque era el más práctico. Nunca, entre nosotros se ha consultado bastante al extranjero, que será el más egoísta, pero que es también el más capaz de imparcialidad. Como no se ha consultado al criollo que se queda afuera de los negocios y la política, sin tener en cuenta el famoso dicho de los jugadores de carambola: «Mirón y errarla»...

Con la más absoluta de las aprobaciones por mi parte, Rozsahegy no dotó á Eulalia, aunque se comprometía á pasarle una mensualidad crecida «para alfileres», y aun cuando tomó á su cargo todos los gastos de instalación en nuestra casa, cercana á la suya, que yo organicé y Eulalia perfeccionó en los detalles, con su buen gusto innato. Yo no tenía, pues, reparo en hablarle de asuntos de interés, «cuestiones financieras», porque estábamos, respectivamente, en la independencia total.

--¿Qué piensa de la situación política... de la situación económica, don Estanislao?

--¡Eh! Pienso... Pienso que ya he tomado todas las precauciones necesarias, de acuerdo con lo que opina don Ernesto...

Y después de este nombre, sagrado en las finanzas, hizo una pausa solemne. Luego, descendiendo de la altura, se refirió á mis pequeños intereses:

--Usted no tiene que preocuparse por ahora... ¡Eh!... Pero no podrá ser rico por usted mismo hasta que pase «esto» momento... La «question» está en soltar toda la menos plata que se puede... Y usted, Mauricio, «cuega», usted «cuega demasiao» en el Club y en el Círculo y en el Jocquey, y en las «careras»... «Déquese de historias, hombre... Guarde la platita y verá después»...

--¡Pero papá!--exclamé con mimo burlón.--¿No ve que yo tengo que vivir como quien soy, he sido y seré?...

--¡Está claro! Yo no digo nada... Pero el más «quien soy» tiene que pensar en lo que puede suceder mañana... «Vos, Cómez, tenés» una cabeza de chorlito.

¿Cabeza de chorlito yo, Rozsahegy? ¡Qué error! Comparando tu espíritu práctico y el mío, no sé cuál resultaría más completo. Sólo que hay formas, hay formas, hay formas... El centavo tiene que venirme; yo nunca correré tras él, como has podido hacerlo tú...

Pero lo admiré, cuando me hizo el cuadro acabado de la situación.

--Con vos puedo hablar claro... sos «me hico»... «¡Comprá oro!»... Es una cosa segura y te dará el cuatrociento por ciento, si «sos» capaz de guardarlo...

Se interrumpió, objetándose á sí mismo:

--Pero ¿dónde está el efectivo? ¡Ésa es la «quistión»!... No importa... Hay otras maneras, aunque no se compre oro... Hay el equivalente... el equivalente... y eso lo «tenés»...

--Mi querido suegro, usted se anda por las ramas... Lo que yo le he preguntado es lo que piensa de la situación...

--Es una locura, un despilfarro, una borrachera...

Y me explicó: Todo el mundo había perdido el juicio. Fuera de los centenares de millones que bailaban en plaza, acababan de abrirse una docena de bancos con un capital de cincuenta y tantos millones, sin base sólida alguna, millones soñados, escritos en el agua; se imprimía papel moneda como se imprime una novela popular, en rotativa; se descontaba con el desprendimiento del calavera ebrio, que siembra su peculio en medio de la calle; en la Bolsa se jugaba como en una timba, con el «bluf» y todo, sobre palabra, casi exclusivamente para cobrar y pagar diferencias; á la propiedad raíz se había dado un valor ficticio, pues nunca produciría la renta que el capital representaba; el comercio nacional quedaba deudor en un tercio por lo menos del comercio extranjero, porque nuestra producción no estaba á la altura de nuestras ilusiones; todo el mundo robaba ó estafaba al país, con cuentas corrientes ilimitadas, préstamos hipotecarios hechos sobre propiedades que no existían, descuentos concedidos á testaferros sin responsabilidad...

--Es como si en tu casa, incomodado ya por los acreedores, siguieras tomando «fiado» donde te dejaran... ¡Vas á ver lo que pasa después!

--¿Usted cree, entonces, que esto no tiene remedio?

--Sí, tiene... Por lo menos para nosotros... Don Ernesto me ha dicho... Pero hay que tener paciencia... Hay que estarse muy quietito... Ya diré... Usted no tiene ningún apuro, ninguna necesidad... ¡Bueno!... Hay que esperar... Éste es un país de esperar sin asustarse.

--Pero, quizá si yo pudiera liquidar en condiciones pasables...

--«Deque» estar... «Pueda ser» que parezca menos rico, pero será relativamente tan rico y más... Cuando el nivel baja, baja para todos; y si no baja demasiado, el que está más arriba queda más arriba... y viene á ser lo mismo.

--¡Don Estanislao! ¡no se equivoque! El ministro de Hacienda va á sofocar la plaza con una avalancha de oro, con cien millones que el Gobierno tiene en caja...

--Y la Bolsa hará como el papel secante... ¿Qué es un peso, cuando se deben cinco?

--Se hace esperar.

--¡Eh! Sí. Cuando uno se queda con cincuenta centavos para comer... Pero aquí no nos quedamos con nada...

--Usted cree entonces que la revolución...

--¡Pshit!

Irma se precipitaba, más que acercaba, hacia mí, para increparme:

--La muchacha está triste, ¿qué tiene?

--Yo no sé, señora...

--¡Debe saber! parece enferma, afligida...

--¿Eulalia?... ¡Bah! Monadas de muchacha mimosa.

--No. Está pálida y ojerosa, está intranquila...

--¿Le ha dicho algo?

--No.

--¿Y entonces?

Me levanté, tomé el sombrero, y encarándome con don Estanislao.

--Hablaremos otra vez--dije.--Hay mucho paño que cortar.

--Sí, «hiquito» sí. Yo no puedo hablar, pero... no hagas nada sin consultarme antes. Sobre todo, no «vendás».

Y en voz más baja:

--Ni «pagués»... hay tiempo.

El ataque de Irma se explicaba en cierto modo, porque, desde que volvimos á Buenos Aires, arrebatándome el torbellino de la vida, no fuí ni podía ser para Eulalia el compañero amable, despreocupado y cariñoso de todas las horas. Un desencanto, también, la afligía y marchitaba: yo no era siempre, en la intimidad, el orador elocuente y triunfal, ni el ameno y espiritual convidado de las reuniones sociales, sino un ser común, como un actor que no sólo ha abandonado la escena sino también los bastidores. En cambio, á mí, hecho á todas las libertades del sensualismo, en los acercamientos venales ó caprichosos, la austera unión que ella consideraba única posible, me parecía insulsa y timorata. Sin tenernos en menos, íbamos alejándonos poco á poco, pues; ella, sufría, yo... filosofaba.

Quizás ahondé esta separación, cuando, al recibir días después la noticia de la muerte de mamita, y olvidando nuestras conversaciones de Montevideo, me opuse á que Eulalia fuese conmigo, pretextando las molestias y fatigas del viaje hasta Los Sunchos, donde las autoridades, con exquisita deferencia, me aguardaban para el sepelio y los funerales, que habían preparado magníficos. Allí me hice contar los últimos momentos de mi viejita.

Se había ido apagando poco á poco. Ya no andaba, sino arrastrando los pies, como quien patina, para llegar penosamente hasta el sepulcro de mi padre. No hablaba, pero sonreía á todo, con esa sonrisa entre compasiva y alegre que suelen tener muchos ancianos, y que algunos consideran atontada, casi idiota, aunque otros la crean excesiva benevolencia, total perdón... Por fin, no pudo salir, y guardó cama, siempre sonriente y en silencio, hasta que una tarde, echando las enjutas piernas fuera, y sentada en la orilla, dijo:

--Quiero vestirme. Voy al cementerio.

Pero, incapaz de sostenerse, cayó hacia un lado; murmuró: «Fernando», y se quedó dormida para siempre.

«Fernando» dijo y no «Mauricio»; entre las dos indiferencias olvidaba mejor la del esposo, que nunca parece tan total como la de los hijos, porque nunca se le ha dado tanto... Pero, ¿quién me asegura que no nos confundiera á ambos en un solo nombre, no pronunciado para los demás sino para ella misma?... ¡Pobre mamita!; la lloré de veras, no acertando, sin embargo, á darle determinados relieves, como si sólo fuera una sombra vaga que hubiese fluctuado sin rumor en el fondo de mi vida. Y su recuerdo es, hoy mismo, borroso y tierno, sin que provoque ni grandes alegrías ni grandes penas. ¡Pobre mamita!... Cuando la evoco, no tengo más que una sensación de penumbra y de silencio, de renunciamiento á la vida. Mi padre, don Fernando Gómez Herrera la modeló así, y yo, su hijo, no hice sino continuar su obra. No había ni siquiera asistido á mi casamiento; yo no le escribía desde años atrás, pero estoy seguro de que siempre estuvo ocupada de mí, y al recordarla ahora, siento que he hecho un mal negocio, ¡y que las caricias locas con que pudo regalarme, no serán renovadas por nadie en el mundo!... Y tanto me conmovió la evocación de su gran figura resignada, que pensé en edificar en Los Sunchos un sepulcro de familia, donde yo dormiría también, llegada mi hora. «Esto consolará á la pobre viejita», me decía, embriagado por el licor demencial de la muerte, del misterio... Casi un cuarto de siglo después, todavía no he realizado el proyecto...

Pero no podía yo pasar por mi aldea, ni aun en momentos de luto, sin tener que amoldarme á mi papel. Para distraerme, amigos y aduladores me mostraron el pueblo, que crecía á ojos vistas y al que hubiera llegado meses después el ferrocarril... El villorrio iba transformándose, materialmente, en pueblo con visos de ciudad, y Los Sunchos, teatro de mis primeras correrías y mis primeros triunfos, perdía su carácter con los pretenciosas imitaciones de la arquitectura de las capitales. Iba á poseer aguas corrientes, cloacas, luz eléctrica, tenía algunos empedrados, gas, teatro, y sus cabezas más fuertes pensaban en hacerla... capital de una nueva provincia, formada con parte pequeña de la nuestra y parte de un territorio nacional contiguo.

--¿Y para qué provincia?--pregunté.

--¡Para que Los Sunchos tenga toda la importancia que merece!--me contestaron.

No era una respuesta. Aquellos buenos burgueses querían ser gobernadores, diputados, senadores, etc.; fundar una pequeña aristocracia, en fin, y no ser el departamento más alejado pero más influyente, «el bourg pourri», sino una gran entidad. ¡Bah! ¡Si ellos supieran dónde van á parar las grandezas de Los Sunchos, y pudieran leer en mi alma cómo calculo yo mi posición en Buenos Aires!... Pero tienen razón. Yo en Los Sunchos, dominando patanes, era más feliz que en la capital tratando de contemporizar con todo el mundo, y sin más éxito que el obtenido con las mujeres, que no _cuantifican_ el mérito y que magnifican sus caprichos hasta la sublimidad. Sí; lo diré aunque parezca no venir á pelo: La mujer, en nuestro país, como en todas partes, es el mejor vocero, el único propagador de la fama. No se la tiene, muchas veces, en cuenta, pero en mi larga experiencia de la vida sé que quien la ha descuidado, ha caído necesariamente en el olvido, y que quien la cultivó, por ínfimo que fuese, ha llegado á las alturas, porque más tira un pelo de mujer que una yunta de bueyes--como dicen que dijo Rosas,--y porque, como no envidian á los hombres, ni los desdeñan, tienen para la mercancía de su agrado recomendaciones entusiastas que no pueden nunca tener los hombres para sus rivales...

Cuando volví á Buenos Aires, cumplidas las fúnebres ceremonias, reanudé mi vida de agitación.

Eulalia me hizo algunas observaciones: la descuidaba demasiado. Era cierto, pero no me inquietó. Me consideraba fuera de todo peligro, gracias á mis méritos físicos é intelectuales, pese á todos los ejemplos que en contrario me presentaban la historia, la tradición y la crónica escandalosa de nuestra época... Eulalia, tan fina, tan discreta, podría y debería ser una gran señora en el momento oportuno, que no había llegado todavía. ¿Cómo exhibirla con sus toscos padres? ¿Cómo fundar ó refundar una aristocracia con los Rozsahegy á la rastra? Yo tenía fuerzas suficientes para imponer á Eulalia, pero no á Irma y á don Estanislao. Puede que pudiera; pero, en fin, ni yo mismo lo quería. Eulalia, á veces, parecía comprenderlo; otras, su ambición rompía todo lazo: pero era una ambición hacia mí, no hacia la sociedad, y esto me hacía desgraciado.

--María haría lo mismo, pero con todo derecho y toda probabilidad de triunfo--me decía yo.--Teresa podría intentarlo con éxito, porque, al fin, es de una vieja y respetable familia del país. Pero, justamente, Eulalia, que tiene la bondad de Teresa y la individualidad de María, es la única que no puede exigirme que la imponga á esta sociedad, por mezclada que esté, porque no he de llevarla á los «bailes de la Bolsa» ú otros «peringundines», sino precisamente á los salones tradicionales que hoy están semicerrados, y donde sería muy posible que nos recibieran mal.