Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
Part 22
--Mi deber. He leído la noticia.
--Es una infamia, un chisme de aldea, una calumnia para enfurecerte y hacer daño á María. ¿No has recibido su carta?
--¡No! ¿Pretendes reirte de mí?
--¡Mauricio! ¡Esto es una desgracia! ¡Esto es un infortunio causado por una perfidia! Yo te juro, te juro que hasta hoy no había vuelto á poner los pies en esta casa. Han jugado conmigo, contigo, con María, ¡pobre María! ¡Si me has encontrado hoy allí, es porque he venido de Los Sunchos, donde estaba, á buscar el modo de castigar esa infamia y evitar sus desastrosos efectos! Créeme ó no me creas; no te doy explicaciones; no hago sino decirte la verdad. Es una canallada sin nombre, de las que sólo se ven en estas sociedades inorgánicas, donde los espíritus maléficos encuentran terreno propicio para sus hazañas. Al chisme se agrega ahora, gracias á los periodicuchos inmundos, la noticia, inocente en apariencia, pero cargada de veneno. ¿Te callas? ¿no me dices nada?
--Ya es tarde--repliqué.--Te creo, pero ya es tarde.
--¡Cómo! ¿Lo de tu compromiso es cierto?
--De lo más cierto del mundo. Y no sé cómo puede componerse todo esto...
Calló largo rato, y, al cabo, meneando la cabeza, sin dolor, sin alegría, dijo, como contestando á mi última frase:
--Yo sí.
--¡Yo también!--exclamé, riendo forzadamente, y encogiéndome de hombros.
Y, doblando una esquina, á que llegábamos, añadí, con sorna:
--¡Muchas felicidades, como dice María!
Se quedó clavado, y yo me fuí sin volver la cabeza.
Mis bodas, meses más tarde, fueron todo un acontecimiento social en la capital de la República. La bendijo uno de los príncipes de la Iglesia, á quien fuí á pedírselo por indicación de mi suegro, que deseaba verme en buenas relaciones con el alto clero. Yo asentí, naturalmente.
--La fe es una de las columnas más robustas de la sociedad--pensaba,--y cuando en Los Sunchos y en la capital de mi provincia quise desviarme de ella, hasta ponérmele en contra, no veía que atacaba mis propios intereses, mi propia personalidad. Después, cuando me reconcilié con la Iglesia, no lo hice con toda la intensidad, con toda la exageración que debía, y seguí siendo indiferente, salvo las apariencias. Ahora hay que reaccionar y rehacer el camino. El pueblo necesita una disciplina: aquí la tenemos hecha. Ninguna más fácil y eficaz que la religión. Yo, Alcalde, de acuerdo con el cura, haré de mi aldea lo que se me antoje. Yo, Gobernador, haré con el diocesano lo que creamos preciso. Yo, Presidente, haré con el arzobispo cuanto se nos ocurra... Éste es el único peligro: el «nos». Sólo Rosas supo meterse al clero en el bolsillo; porque á Rivadavia lo «voltearon» ellos... ¡En fin! no me ha llegado el caso, no estoy á tales alturas... Si llego, ya veremos... Entretanto, bueno es estar de ese lado...
Y fuí á visitar á Monseñor, para pedirle que nos echara la bendición nupcial. Me sorprendí al verle. Era un hombre de tipo sensual y gastado, de cutis terroso y lleno de precoces arrugas, labio inferior grueso y colgante en la ancha boca cortada como un tajo, ojos pequeños, móviles y húmedos, narices chatas y muy abiertas--un mulatillo, hubiera diagnosticado misia Gertrudis.--Su historia era vulgar. Siendo simple cura y redactor de un diario católico de su provincia, hizo gran campaña en pro de un candidato á Gobernador que, una vez triunfante, le pagó sus servicios con una protección decidida y halló medio de enviarlo á Buenos Aires en las mejores condiciones de figurar. La ayuda oficial le facilitó sus ascensos en la corte de Roma, al mismo tiempo que le daba grande influencia en la sociedad bonaerense. Hombre de mundo, al par que político y religioso, dedicóse especialmente á conquistar las familias patricias, por medio de las mujeres, y alcanzó brillantes resultados en esta empresa. Se le veía en todas partes, en los salones, á la cabecera de los moribundos ilustres, en las fiestas oficiales, y él era quien bendecía la unión de los favorecidos del nombre y la fortuna, él quien bautizaba á los futuros próceres.
--¿Quién es el padrino?--me preguntó.
--El Presidente de la República.
--¡Ah, ja! eso está bien... ¿Y la madrina?
--Mi tía Mónica Vallmitjana, ya sabe, Monseñor, es de la ilustre familia catalana que...
--¡Ah! ¿Una señora perlática?
--La misma.
--¡Bien! ¡Vaya en paz, hijo! Tendré el mayor gusto en casarlos... Y diré unas palabritas en la ceremonia.
El día de nuestra boda, la gran nave central de la Metropolitana se vió llena de lo más granado de la sociedad, y el lujo que allí se desplegó hizo época, tanto como el célebre baile de la Bolsa en que se robaron los sobretodos y los abrigos...
Mucho más modesto fué, varios meses después, en la iglesia matriz de aquella dormida ciudad provinciana, el casamiento de Pedro Vázquez con María Blanco.
--¡Muchas felicidades!--como dijo María.
VIII
¡Qué bonita y amable ciudad es Montevideo, sobre todo cuando se llega á ella dando el brazo á una mujer joven y hermosa, con quien se ha compartido un regio departamento á bordo del vapor de la carrera! Cómo reposan aquellas accidentadas calles, de la chata monotonía de Buenos Aires, y aquella alegre limpidez del cielo, y del agua, la del mar y la del río, que se ve á un tiempo á un lado y otro, desde ciertos rincones, y las playas de baños, y las plazas llenas de gente elegante, y las avenidas sombreadas de árboles, y los parques antiguos, como la quinta de Buschental, llenos de poesía... ¡Á un paso de la gran ciudad argentina, y tan diversa de aspecto, de modo de vivir, hasta de calidad de ambiente! ¡Con cuánto gusto hubiéramos estudiado á fondo todo aquello, Eulalia y yo, si hubiéramos ido allí en otras condiciones! Pero, ¡ya se ve! No teníamos un minuto que dedicar á las cosas exteriores, y, seguramente, me parece que en el caso, lo mismo hubiera sido Montevideo que Martín García, Martín García que Santa Cruz ó Ushuaia.
Porque yo estaba enamorado de mi mujer, ella de mí, y nuestra luna de miel se prolongaba indefinidamente, tibia, clara y dulce, como una caricia de niño.
Descubrí en aquella muchacha méritos insospechados, fuera de sus atractivos físicos, que eran avasalladores. ¿Cómo había nacido aquella flor del aire entre aquellas zarzas groseras? ¿De dónde le venía toda aquella delicadeza angelical, aquella elegancia sin esfuerzo, aquella pasión ardiente y pudorosa á la vez, aquella alta dignidad que se imponía entre sonrisas y blandos ademanes acariciadores? ¡Cuánto y cuántas veces me felicité de que una desinteligencia inexplicable, si no un acto instintivo, me hubiera obligado á romper con María, la severa, la que á los treinta años sería inevitablemente un fiscal pensante y actuante, un censor celoso del marido! Obligado á romper, digo, y de un modo inevitable: ¿No hubiera roto yo, de todos modos, considerando que aquel enlace no me convenía y que se me ofrecían en Buenos Aires cien partidos mejores, aun sin contar á Eulalia? y ¿no hubiera roto ella, antes de finalizar el año de plazo, considerando que yo no era el compañero soñado, el hombre capaz de los grandes actos y las grandes abnegaciones que ella soñaba, sino el protegido del éxito y la fortuna? Es el problema que no me atrevo á resolver definitivamente, quizá porque cualquiera de las dos soluciones hubiera podido imponerse. Unas veces pienso que María no me había querido, que no había tenido hacia mí sino un capricho pasajero, semejante al de la niña inocente que se enamora de un viejo actor al verlo en el papel de un héroe romántico, como lo probaría su casamiento con Vázquez; otras me digo que me amaba de veras pero que mi conducta la aterraba, aunque estuviera pronta aún á pasar por ella, si le demostraba yo, por lo menos, la perseverancia de aguardar hasta el término del plazo establecido. Respecto de mí, ya se colige cómo hubiera procedido, y no tengo una palabra que agregar.
En fin, la hija de Blanco, la mujer de Vázquez, se perdía ó se había perdido ya en las brumas de un pasado remoto, y Eulalia tenía para mí todos los atractivos de una amante exquisita y de una amiga ideal. Temblaba yo, antes de casarme y en los primeros días del viaje de novios, recordando la zafia ostentación de los Rozsahegy, su falta de educación, su torpe orgullo de gañanes enriquecidos, el lenguaje papagallesco de Irma, que no había podido aprender el castellano, la irritante soberbia del marido, tan humilde con los grandes como dominador con los pequeños: imposible que, tarde ó temprano, todo aquel color plebeyo no destiñera sobre Eulalia, quitándole su brillantez de flor inmaculada. Pero me tranquilicé bien pronto, gracias á un pequeño detalle.
Eulalia había llevado en sus baúles una docena de trajes de gran riqueza, que Irma se empeñaba en que usara á toda hora, para demostrar su riqueza y su distinción. Mi mujer no se puso ninguno, ni para los paseos matinales, ni en nuestras excursiones por las playas, y aun de noche, cuando bajábamos al gran comedor del hotel, se vestía con una modestia que hacía resaltar su buen gusto. Yo no estaba todavía en condiciones de raciocinar sobre esto, pero me producía buena impresión, como la que se experimenta ante un cuadro bien compuesto, en que nada choca. En ella era, también, instintivo, y fué desarrollándose con la edad. Los grandes vestidos de nuestros Worms ó nuestros Paquins bonaerenses, quedaron, pues, para las noches de Ópera y las soirées extraordinarias.
En nuestras charlas interminables, mientras paseábamos lentamente por la arena de Ramírez y los Pocitos ó á lo largo del puerto, viendo la ciudad tendida en anfiteatro, el pequeño Cerro con su fortaleza que parece un juguete de cartón, la rada con sus vapores y sus buques de vela, que cabeceaban mecidos por el oleaje, los botes de pasajeros que la marejada sacudía, los barcos de pesca con su latina al sol, las bandadas de gaviotas vocingleras, Eulalia solía mostrarse melancólica, y entonces me hablaba de mi madre con una ternura que sólo podía comprender como un reflejo de su afecto hacia mí.
--¿Me llevarás un día? ¡Deseo tanto conocerla!... Mientras no la conozca me parecerá que no te conozco bien á ti tampoco... Debe ser una de esas señoras antiguas, tan graves y tan modestas, que se hacen respetar por todo el mundo sin necesidad de exigirlo, y que, en medio de su gravedad saben sonreir, y estar siempre de buen humor, con infinita benevolencia, con inagotable bondad, ¿no es cierto?
No quise decirle que mamita era taciturna, melancólica, mística, aunque muy buena y muy tolerante. Por el contrario, apoyé sus conjeturas, viendo que mentalmente, sin querer confesarlo quizá, hacía comparaciones entre su madre y la mía, y que esto me daba una nueva é inesperada superioridad sobre ella.
--Sí, queridita: mi pobre vieja es tal y como te la imaginas. ¡Lástima que no haya podido asistir á nuestro casamiento! De seguro que, apenas te viera, te querría á ti más que á mí, si es posible.
--¡Oh! ¡eso no! Pero iremos á verla, ¿quieres?
--En cuanto sea posible... El verano próximo. El viaje es largo y molesto.
--¡Eso no importa! ¡hay que ir!
Mes y medio delicioso pasamos en aquella ciudad encantadora, en que apenas conocíamos unas cuantas personas que nos dejaban discretamente la más amplia libertad. Al cabo de este tiempo, comencé á encontrar algo monótono nuestro continuo «tête-á-tête», y á echar de menos el movimiento y la acción de Buenos Aires. Leí con más atención los periódicos, escribí y recibí cartas, y me dije que el momento era llegado de reanudar la vida activa, porque todas las noticias venían á alarmarme. Eulalia intentó una ligera oposición:
--¡Estamos tan bien aquí! Tiempo tendrás de dedicarte á los otros. Ahora te quiero todo mío, segura de que me descuidarás en cuanto estemos en Buenos Aires.
Pero se convenció de que era preciso regresar en cuanto le describí la situación como yo la veía. Los opositores agitaban el pueblo sin tregua ni descanso; el combate arreciaba en toda la línea; el Presidente de la República tenía necesidad hasta de sus amigos más insignificantes en los puestos avanzados; el descontento cundía, á pesar de esfuerzos tan extraordinarios como una gran reunión de los jóvenes, declarándose dispuestos á sostener al Presidente sin condición alguna, hiciera lo que hiciera.
--No tengo el ánimo tan tranquilo como mis correligionarios. Todo me huele á tormenta, y aunque yo poco he de perder, me gusta ver cómo van desarrollándose los sucesos, para que no me tomen de sorpresa.
Volvimos á Buenos Aires, y mi primera visita fué para el suegro, el mejor de los informantes.
--La situación es aparentemente sólida--me dijo Rozsahegy, en su media lengua.--El Presidente cuenta con todos los Gobernadores de provincia, con la inmensa mayoría de las Cámaras, con todo el ejército y toda la escuadra, con una policía aguerrida y resuelta, con diarios que defienden todos sus actos. ¡Muy bien, perfectamente! Este conjunto parece demostrar que está firme en el poder, pero hay vagas señales de que no es así. La Bolsa se muestra recelosa. Muchos economistas y aun simples comerciantes encuentran que se abusa del crédito. Los diarios de oposición exageran los ataques, sembrando una gran desconfianza en el público. Todo esto parece nada, pero es mucho para el que sabe ver más allá de sus narices. Si no fueras «mi hico»--agregó tuteándome, pues me trataba indistintamente de tu ó de usted,--no te lo diría, pero... ahí está... Es bueno que te dés cuenta de las cosas antes que los demás. ¡Para algo soy tu suegro, tu suegro Rozsahegy!...
Y después de una pausa, agregó:
--Hay que andar con mucho «oco». Un derrepente, ¡cataplúm!
No dejaron de alarmarme estos informes, pero me alarmó mucho más todavía la observación de que la política del Presidente no satisfacía al mismo partido que lo elevara al poder, y de que algunos de sus miembros más conspícuos se retiraban á cuarteles de invierno ó se plegaban más ó menos abiertamente á la oposición.
--¡Cuando las ratas se van, señal de que el barco hace agua!--me dije.
Pero no eran precisamente las ratas las que desembarcaban, sino los marineros, y hasta los pilotos. Á esta deserción contribuía de un modo visible la guerra que desde un principio se había hecho al mismo exjefe de nuestro partido, cuya voluntad creara aquella situación, y que continuaba aún, tratando de suprimir hasta los últimos restos de su prestigio y de su influencia. Siguiendo esta política inútil y equivocada, se llegó á extremos tontos. Uno de los allegados al Presidente, el mismo que años más tarde iba á ocupar elevadísimas posiciones, se ensañó contra él en el diario oficioso, tratando de demostrar que era un muñeco insignificante, un pobre individuo presuntuoso y ridículo, á quien sólo el azar de las circunstancias había podido dar cierto relieve. Hasta entre los militares comenzaban á notarse síntomas amenazadores. Entretanto, la única situación provincial que permanecía fiel al viejo jefe caía derrocada por una especie de revolución que organizara el mismo Gobierno Nacional, con soldados del ejército disfrazados de particulares. Algunos partidarios se retiraron, pues, y sin hacer abiertamente buenas migas con la oposición, dejaron ver que, en caso de una revuelta, no se pondrían de parte del Presidente. Otros entraron resueltamente en las filas enemigas.
Se pensará que ante este cuadro y con tales perspectivas me apresuré á decir «ahí queda eso» y á abandonar al Presidente para no caer con él, si caía, como era ya muy probable. Pero quien tal crea no me conoce. Hilo más delgado que todo eso. Sin que me preocuparan mis deudas á los Bancos, que podrían apretarme el torniquete en caso de defección (hasta cierto punto apenas, pues la mayor parte de mis letras no estaban firmadas por mí); sin que me moviera ningún motivo sentimental, rechacé la idea de pasarme á las filas contrarias desde el punto en que se presentó á mi imaginación. No era ése el papel que me convenía. Si hubiese ocupado el puesto eminente con que soñé al venir á Buenos Aires, si fuese uno de los hombres de alta significación de la época, no digo que no me hubiera convenido una actitud de héroe salvador del país, tanto más cuanto que podría adoptarla sin arriesgar nada ó muy poco--los situacionistas que cambiaron de casaca no se cuidaron de devolver previamente lo que habían comido;--pero, dada mi relativa insignificancia de hombre de tercero ó cuarto término, casi perdido entre la multitud, y que apenas conquistaría un miserable ascenso en las filas contrarias, no había ventaja alguna para mí en la maniobra. Lo útil, lo verdaderamente provechoso era pasar inadvertido, permaneciendo fiel á «la causa»: con eso no tenía nada que temer, y sí mucho que esperar. Nuestro partido seguiría gobernando--por lo menos en un período de muchos años,--y salvo los que se hubieran comprometido exageradamente en aquel tiempo, todos quedaríamos en disponibilidad, y con muchas mayores probabilidades de ocupar los altos puestos.
¡Sabia política, de la que nunca me felicitaré bastante, porque mis vaticinios resultaron plenamente confirmados: los opositores tradicionales no llegaron nunca al poder, los transitorios se hicieron sospechosos y no obtuvieron más que migajas, y los amigos del Presidente que se comprometieron demasiado tuvieron que vivir largos años metidos en un rincón, esperando á que los olvidaran!
Como es de presumir dados sus antecedentes, Vázquez fué, en nuestra provincia, uno de los primeros que se plegaron á la oposición. Como yo le pidiera sus razones en uno de sus viajes á Buenos Aires, me las explicó candorosamente así:
--La política del Presidente es demasiado exclusivista y tiene el defecto capital de no contentar á nadie sino á los pocos que lo rodean en la intimidad y que no son hombres de grandes miras. Están matando la gallina de los huevos de oro. La locura de la especulación que hoy embriaga á tantos, pasará necesariamente, porque se edifica sobre arena; y, al primer desastre, todo el mundo se volverá contra el iluso que lo provoca, más por ceguera que por maldad... Y esto no puede durar mucho...
--¡Vaya un sociólogo!--pensé.--¡Más sabe mi suegro Rozsahegy que todos estos doctorcitos juntos!
Y en voz alta repliqué á Vázquez:
--Puede que tengas razón, pero yo no la veo. Digan lo que digan, el país progresa maravillosamente, y eso se debe al Gobierno actual. ¿Que tropezamos con dificultades? Siempre las hubo, y deberíamos trabajar por vencerlas, no por agravarlas complicándolas, como hacen ustedes.
Pedro se encogió de hombros.
--¡Comprendería tu ceguera si tuvieses un puesto inamovible!--dijo con ironía.
¡Un puesto inamovible! ¡Qué rayo de luz! Eso era, precisamente, lo que me convendría mientras pasaba la tormenta en ciernes. Pero, ¿cuál? No podía ser juez, porque había desdeñado hacerme dar, como tantos otros, un título de doctor en alguna caritativa Facultad provinciana, y ya no era tiempo--dada mi relativa notoriedad--de volver sobre mis pasos. Me quedaba la carrera diplomática... ¿Por qué no hacerme nombrar ministro en Europa ó, por lo menos, en uno de esos hospitalarios y divertidos países sudamericanos, donde se lleva una vida patriarcal y caballeresca, ante paisajes admirables, bajo un clima espléndido, en medio de las más sentimentales aventuras, sin nada que hacer, ni nadie que amenace la estabilidad del puesto?
¡Oh! ¡gracias por la idea, dulce Vázquez!
IX
Fuí á visitar al Presidente, como lo hacía todas las semanas, y le hablé incidentalmente de mis deseos, para tantear el terreno y guardándome la retirada. Me dijo que estaba loco, que no podía habérseme ocurrido tontería mayor. En aquellos momentos, necesitaba de sus verdaderos amigos; yo podía serle utilísimo presentando con elocuencia sus ideas en el Congreso, y no era cosa de nombrarme, ni aun de permitir que me expatriara.
--Preferiría hacerte ministro aquí--exclamó tuteándome como lo hacía en los grandes momentos de expansión.--Y si la situación lo permitiera, lo haría sin vacilar, como lo haré en cuanto se calmen los ánimos. No te apures: ¡tu porvenir está asegurado! Antes de dos años serás ministro ú otra cosa semejante, y con eso se consolidará definitivamente tu situación.
Me marché perplejo, mientras una luz iba haciéndose cada vez más clara en mi cerebro. Pensaba que había poco que esperar de aquel hombre que se empeñaba en una política por lo menos enojosa para todos, y que sus promesas eran demasiado brillantes, demasiado extemporáneas.
--Éste es--me decía--como el doctor Sangredo que, viendo al enfermo desfallecer á fuerza de sangrías y agua caliente, le recetaba más sangrías y más agua caliente, y cuando moría, declaraba que era porque no se le había sangrado lo bastante ni dado toda el agua caliente necesaria.
En fin, lo mejor era vivir de la política haciéndola lo menos posible, permanecer mudo como un sábalo, y divertirse en otras cosas.
Llegué á saber entonces, por intermedio de relaciones comunes, la vida de Teresa, desde que saliera de Los Sunchos. Habíase dedicado completamente á su hijo y á estudiar, con la buena fortuna de encontrar una institutriz alemana, mujer de alguna edad, que había pasado largos años en París. Esta buena señora que llegó en poco tiempo al rango de amiga, si no de madre, limitóse á enseñarla idiomas y música, y á aconsejarle lecturas, dejándole el espíritu libre. La disciplina germánica estaba atemperada en ella por su segunda educación latina, y como la discípula era ya una mujer hecha y derecha, no trató de torcer--por enderezar,--su carácter, sino de dar el mayor relieve posible á sus buenas cualidades. En música, le enseñó á leerla y entenderla, sin esforzarse por darle la brillante ejecución que ella tenía, y la felicitaba cuando Teresa interpretaba un trozo de Beethoven ó Bach, de una manera distinta á ella, porque «esto afirma su personalidad», le decía. Con insensible gradación, logró que Teresa pasara de las lecturas objetivas, las narraciones de acción, que estaban entonces de acuerdo con su temperamento, á las lecturas algo más subjetivas de las novelas psicológicas, de éstas, luego, á los libros de simple generalización, y, por fin, á los puramente especulativos. Para esta última etapa se valió de la discusión, interesando á la joven en asuntos filosóficos, y dándole, después, elementos para formar juicio. Y en medio de estas tareas metafísicas, con su espíritu práctico de alemana--Fräulein Hildegard la enseñaba las tareas domésticas, el bordado, la costura, la cocina, el arte de hacer conservas y de adornar la casa. De tal modo, que Teresa no tenía un minuto desocupado y no sentía la necesidad de ser feliz, tanto más cuanto que Mauricio le absorbía todos los pocos restos de su tiempo.
Cuando supe esto, que llegó hasta mí muy fragmentariamente, sentí una gran curiosidad de verlo de cerca, y busqué toda clase de pretextos viables para acercarme á Teresa. Pero nuestra última entrevista había sido tan ridícula para mí, ella permanecía tan encerrada, y mi casamiento era un obstáculo tan grande, que tuve que renunciar á mis antojadizos propósitos. Sin embargo, no fué sin un ensayo: la encontré un día en la calle, la hice un saludo hasta el suelo, y me aproximé tendiendo la mano. Hizo como que no veía el gesto, y usando la frase trivial de práctica, dijo «Servir á usted» y pasó de largo, sin exagerada modestia ni excesiva altivez, dejándome plantado en medio de la acera.