Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
Part 21
Abrió enormemente los ojos; un deslumbramiento pasó por ellos... Lo había soñado, lo había pensado, lo esperaba, pero aún le parecía imposible. Me echó las enormes y velludas manos sobre los hombros, me atrajo hacia sí como si intentara besarme en la boca, y tartamudeó, olvidado del castellano por la emoción:
--_Donner! Donner!_ ¡Qué bueno! Yo á mi mujier diciendo... ¡Irma! ¡Irma!... _¡Kommen Sie!_
Se había asomado á la puerta que da al vestíbulo, y gritaba. La voz de la dama que acudía corriendo, contestó desde el salón:
--_Was ist d'los?_
No había acabado de entrar en el bufete, cuando ya don Estanislao casi la alzaba en sus cortos y forzudos brazos, gritando:
--¡Todo hecho! Herera quiere casar con Eulalia.
--¿Y «echa» qui dice?--murmuró la pobre mujer, como alelada.
--Hay que preguntárselo, señora--dije, sonriendo, á pesar de la gravedad interna de la situación.
Y nuevos gritos:
--¡Eulalia! ¡Eulalia! ¡Schnel! ¡Schnel!--apresúrate, como si se tratara de un sueño que pudiera desvanecerse de un momento á otro.
Eulalia apareció, muy colorada, sabiendo lo que se le iba á preguntar. Pero no vaciló y dió su respuesta en firme:
--¡Sí!
Con un movimiento lleno de gracia tomó entonces con la izquierda dos dedos de la mano de su padre, y me tendió la diestra á mí, mientras miraba mimosa y conmovida la redonda cara plácida de Irma, á punto de llorar. Después, desprendiéndose de ambos, corrió á colgarse del cuello de la madre, y le cubrió las mejillas de besos, que en parte me dedicaba, sin duda.
¡Qué contraste! De aquellos rudos y espinosos troncos importados de qué sé yo qué comarcas extranjeras, había brotado como por milagro aquella suave y delicada flor criolla, como de los torturados espinillos brotan en primavera las aromas de oro, más sutiles, más finas y más perfumadas que cualquier florescencia de invernáculo.
Irma, un instante después, me sometió, como á una prueba masónica, á un concienzudo abrazo, y me besó en ambas mejillas con verdadero furor.
Mi solicitud había sido aceptada, pues, no sólo con benevolencia, sino con entusiasmo y sin ninguna aparatosa formalidad. Eulalia y yo nos acercamos, mientras «los viejos» se hablaban aparte, y comenzamos una de esas gentiles conversaciones que pueden compararse al arrullo, porque las palabras no dicen nada, mientras que la expresión lo dice todo... y muchas otras cosas más.
Nos interrumpió Rozsahegy, para decirnos que, con Irma, habían resuelto dar una comida á sus amigos más íntimos, para comunicarles á los postres nuestro próximo casamiento. La comida se celebraría dos días después.
--Dentro de dos días, sin falta, don Estanislao--observé.--Tengo que ir á mi provincia lo más pronto posible.
Dos días después, los salones de Rozsahegy se hallaban llenos de gente. Á las ocho en punto, un lacayo abrió de par en par las puertas del comedor, donde estaba la mesa tendida, con gran lujo de flores, de cristales y de vajilla de plata. Entramos, dando el brazo á nuestras parejas. La mía, en la circunstancia, era, naturalmente, Irma. Sólo Rozsahegy se quedó atrás, como haciéndonos la guardia, y fuímos desfilando ante sus ojos relampagueantes de orgullo, que parecían decirnos:
--Miren ustedes cómo se hacen las cosas, y digan después que soy un patán enriquecido... Sí, yo, el antiguo peón, el «changador» miserable, soy ahora un gran señor con mucho estilo, y esos muebles principescos, y ese mantel con encajes, y esa vajilla de plata--de plata legítima y maciza,--y esas orquídeas maravillosas, y esos cristales tallados, que parecen diamantes, y esas porcelanas que son como pétalos de flores, y esos frascos tallados en que los licores y los vinos brillan como piedras preciosas, como una cascada de piedras preciosas que se derramara sobre el mantel, tan deslumbradoramente blanco... todo eso y mucho más es mío... Y mucho más; porque, si mi mano, un poco torpe aún, volcara sobre la mesa el Oporto de cincuenta años, como antes el chacolí ó el espeso vino negro griego de las tabernas, llamaría á mis lacayos y haría cambiar en un momento la decoración, con más encajes, y más plata, y más cristales, y más porcelanas, y flores más hermosas, y todavía podría exclamar con mi gruesa voz alegre:--«¡Rompa, rompa, que está pago!»
¡Y ningún orgullo semejante á aquél!
Yo había dado, pues, el brazo á Irma, conduciéndola á su asiento en una de las cabeceras de la mesa, y fuí, menos Rozsahegy, el último en ocupar su sitio. No habían puesto tarjetas indicando la colocación de los convidados, y Ferrando, no sé si distraído ó presuntuoso, quiso sentarse junto á Eulalia. Irma, que vió esto, corrió hacia él, le golpeó amistosamente el hombro, y le dijo:
--Permite, permite...
Y cuando el otro se apartó, desconcertado, me llamó á mí, indicándome la silla y diciendo:
--Sienta... sienta aquí... Al lado novia.
Tal fué el parte oficial de nuestro compromiso, que aguó el probable discursito de Rozsahegy.
Eulalia se moría de vergüenza... y yo también, porque jamás me he visto en una situación más ridícula, situación que hubiera sido intolerable, sin el desconcierto del infeliz Ferrando, que no sabía lo que le pasaba ni cómo debía tomar semejante salida. Lo miré, y unas atroces ganas de reir me asaltaron de pronto, haciéndome olvidar mi propia desventura. Ferrando, ciego, buscaba dónde sentarse, tropezaba con muebles y personas, sin comprender que nadie le observaba sino yo y la señora de Coen, y pensaba evidentemente en marcharse á la francesa, como gato escaldado, cuando ésta última, compadecida ó resuelta á consolarse con él de mi indiferencia, lo llamó junto á su redonda persona, á sus ojillos miopes y parpadeantes, á su traje de colores deslumbradores, á sus manos regordetas anquilosadas por los anillos, á su descote en que los brillantes parecían agua de manantial en la sima de un profundo barranco.
Y, á los postres, la voz de Rozsahegy retumbó como un trueno, haciendo retemblar hasta aquellos mismos peñascos de carne:
--¡Traiga champaña! ¡Ahora tenemos que brindar por los novios: mi hica Eulalia y don Mauricio Comes Herera!
¡Oh, manes de mis antepasados! ¡Qué satisfechos debisteis sentiros en aquel momento! Y, al fin y al cabo, ¿por qué no? Si no entonces, lo habréis estado más tarde, al ver unida á la fuerza del conquistador que ante nada se detiene, esa otra fuerza más pura y distinguida que proviene de vosotros...
No hay que buscar tres pies al gato en nuestra plebeya aristocracia, donde, salvo algunos, todos tenemos abuelos mercaderes ó artesanos. Y nuestros antepasados más nobles no se quejan. Ellos mismos lo han dicho en sus declaraciones doctrinarias: todos somos iguales, y un detalle de educación no es cosa que pueda conmover sus huesos en la gloriosa tumba... Además, Eulalia hubiera podido ser en sus tiempos, como lo es hoy, una gran señora, porque como vosotros, ¡oh, abuelos míos!, hijos de europeos también, nació en esta tierra de belleza y de intuición...
En suma, cuando brindamos, eran ya las doce de la noche, porque el «menú» había sido desbordante. Una taza de café ó de té, enormes cigarros habanos, licores, más champaña para los que lo deseaban--Coen, el político influyente, Ferrando, el otro «high-life», varios jovenzuelos;--bombones para las niñas; monadas de madama Coen, dirigidas ya abiertamente á Ferrando, con abandono de mi humilde persona; una ó dos frases pseudo amables, pero bien perversas, de la «demoiselle de compagnie», sobre la demoníaca maldad de los hombres y lo inane de las riquezas; lagrimitas de mamá Irma; rubores y balbuceos de Eulalia; risotadas jubilosas de Rozsahegy; cálculos tele-futuros de Coen--vidente de lo que yo podría ser con mi nombre y con «nuestra» fortuna al cabo de diez años,--sonrisas entendidas de los mundanos, comentando el chisme sensacional que yo les proporcionaba inesperadamente para el club y las tertulias medianochescas de Matilde y la Calandraca, puntos de reunión en aquel tiempo de lo más granado de la sociedad oficial, militares y paisanos; continuos paseos de los sirvientes de librea, ofreciendo vinos, refrescos, helados, sandwichs y bombones á los comensales de un patrón que fué quizá su camarada; un poco de música, unas vueltas de vals...
Se marcharon, al fin, todos aparentemente contentos, excepto la «demoiselle de compagnie», más que nunca deseosa de ser actriz y no espectadora; los elegantes que hacían el inventario de la fortuna de Rozsahegy; el político sin prestigio que hubiera dado generosamente esta negación á cambio de los millones rozsaheguianos; la mujer de Coen, que había debido cambiar el programa y postergar la data de sus deseados estudios psicológicos; algunos otros... y nadie más, porque ya el resto era de la «familia», salvo Coen, quien, al fin y al cabo, «sabía» que «sabía» sacar provecho de todas las circunstancias.
El «tête à tête» con Eulalia que siguió á la fiesta fué encantador, pero corto. Aquella virgen de Andrea del Sarto me arrebataba, y hasta me hacía olvidar, en esos minutos, que al pedir su mano sólo había obedecido á un rapto de despecho, á un impulso de orgullo satánico. Estaba enamorada de mí, y nada embriaga tanto á un hombre como verse querido incondicionalmente. Es como si tomara á grandes copas el más capitoso de los licores. ¡Ah, si María!...
--¿Cuándo piensa usted casarse?--me preguntó Rozsahegy, acercándoseme.
--Lo más pronto posible, don Estanislao.
--También á mí me gusta. Eulalia es rica, más rica que usted (no lo digo por mal), porque... Venga un poco aquí y le diré.
Me tomó aparte, y continuó:
--Porque usted tiene...
Y me dejó boquiabierto, presentándome de memoria un inventario de mi fortuna, que yo mismo hubiera sido incapaz de hacer, ni aun tomándome dos meses de tiempo para buscar los datos y ordenar los papeles. Total, realizando en aquel momento, mi capital ascendería, por lo menos, á un millón seiscientos ó setecientos mil nacionales. Ahora bien, habría que rebajar la deuda á los bancos (pero ésta no era de preocuparse), y considerar que yo no tenía renta alguna, sino el simple aumento por la especulación. Pero eso no importaba. Eulalia tenía rentas de sobra, y yo, con «dejar dormir» mis propiedades, me despertaría una mañana poderoso.
--«¡Déquese estar! ¡déquese estar!»--me repetía Rozsahegy, sonriendo con su ancha cara rojiza y bigotuda de mozo de cordel.--En este país, para ganar plata, lo mejor es no hacer nada, nada, nada, sino esperar las gangas. Para hacerse rico «trabacando», hay que ser muy vivo y no tener «sonserías».
Divertido, y, al propio tiempo, vejado por esto, quise poner término á los desarrollos económicos de mi suegro futuro, diciéndole:
--¡Pero don Estanislao! Si me caso con Eulalia es sencillamente porque la quiero, no por otra cosa. Es la niña más bonita y más espiritual de Buenos Aires.
--Eulalia Cómez Herera--exclamó sentenciosamente el viejo,--es una cosa. Pero si Eulalia Cómez Herera no tuviera más que lo que tiene el marido, sería otra cosa. Eulalia Cómez Herera, hija de Rozsahegy, es una gran persona, y el marido también, y el padre también.
--¡Oh, sí!--exclamó Irma, corriendo otra vez á abrazarme.
Eulalia se moría de vergüenza y de amor. Yo tenía unas ganas locas de echarme á reir. Pero besé á Eulalia en la frente, abracé á la suegra, estreché la ancha y velluda pata sudorosa de Rozsahegy y me despedí, diciendo:
--Mañana salgo para mi provincia. Allí estaré dos ó tres días, nada más. Entretanto, comenzarán á hacerse todos los preparativos para el casamiento.
--¡Se va!--exclamó Eulalia, como si obscureciera de repente.
--Pero escribiré, querida--le dije al oído.--Si me voy, es precisamente para que seamos felices más pronto...
Cuando me marché, parecióme que aquel palacio olía á grosera felicidad, como un local dudoso, donde se hubiera desarrollado una fiesta rayana en orgía. Eulalia era allí como una flor olvidada que se agotaba en la atmósfera caliginosa.
VI
¡Golpe por golpe! Las circunstancias me permitían vengarme sin sufrir, más que sin sufrir, ganando en cambio. ¡María!... ¡Vázquez!... ¡La cara que iban á poner en cuanto supieran que, conquistando una de las mujeres más hermosas de Buenos Aires, conquistaba, también, una fortuna que me ponía fuera de todo parangón: Mauricio Gómez Herrera, gran familia, gran posición, gran talento, gran fortuna!, ¡todo! ¡Oh, circunstancias, amigas mías! ¡oh, santo oportunismo, oh, propicia fatalidad, que llevas de la mano hacia todos los triunfos y todas las cumbres á los elegidos de tu capricho!... ¡Y la venganza!...
Sin embargo, la mañana siguiente me trajo un rato de malhumor. Eran las once, cuando mi «valet de pied» se atrevió á despertarme con una serie de discretos golpecitos á la puerta de mi dormitorio.
--Una señora espera en la sala...
--¡Imbécil! ¿no te he mandado que me dejaras dormir?
--Son las once, señor, y don Marto me ha dicho que podía despertarlo.
--¡Ah, bueno! ¿Quién es?
--Una señora. No ha dicho su nombre.
¡Tantas señoras!... ¿Un sablazo matutino? ¡Bah! «Noblesse oblige».
Sobre el pyjama me puse la «robe de chambre», y me dirigí serenamente á la sala, seguro de que el sablazo más feroz no podría interesar sino la superficie de mi coraza, reforzada por Rozsahegy.
¿Quién es? No la conozco. Porte distinguido, ojos negros y severos, traje elegantemente cortado, sombrero de buena marca, ni una alhaja, nada que choque al gusto más refinado.
--Señora... usted disculpará; pero, por no hacerla esperar... ¿Á quién tengo el honor?...
Se había puesto de pie al verme entrar, con una actitud desconcertada, como si sólo esperara mi presencia para marcharse, más que como demostración de respetuosa cortedad.
--He vacilado mucho antes de venir--murmuró,--y ahora veo que tenía razón en vacilar, puesto que ni siquiera me conoce.
El ceceo me la reveló.
--¡Teresa!--exclamé, atolondrado, sin acertar á moverme ni á decir más.
--Sí, Teresa Rivas... Era mi deber hablar una vez siquiera con usted, Mauricio, y por eso vengo. Hay en mi casa una criatura que ya va á ser un hombre, mi hijo, que tiene derecho á preguntarme quién es su padre... Se llama Mauricio Rivas, y es un muchacho inteligente y bueno, trabajador, y más noble...
Yo callaba. Teresa se interrumpió para continuar en seguida, con un esfuerzo, conmovida hasta las lágrimas:
--Ese niño, ese jovencito, está al abrigo de la necesidad, ha recibido una excelente educación, porque su madre no es ya una campesina tosca é ignorante, y puede emprender cualquier carrera, aspirar á cualquier situación... con tal que la sociedad no le cierre sus puertas... Ese niño no tiene padre.
Yo estaba en ascuas. La inesperada escena, descabelladamente romántica, me ponía fuera de mí. Ganas me daban de tomar á aquella mujer por la cintura y ponerla sin ceremonia en la puerta de calle. ¡Caramba! ¡Y qué complemento á la comedia idiota de casa de Rozsahegy!
--Ese niño no tiene padre--continuaba diciendo Teresa, balbuciente,--y este defecto le hará tropezar con gravísimas, con quizá insuperables dificultades, aunque sea relativamente rico, porque, por más que se diga, en nuestro país el dinero no es todavía el todo. Por eso, como usted, Mauricio, es su... amigo más cercano, he venido á preguntarle--¡oh, sin segunda intención, sin exigencia alguna!:--Mauricio, ¿qué puede usted hacer por esa infeliz criatura?
¿De qué modo resolver esta peripecia, como la llamaría un dramaturgo? Miré á las paredes, á las puertas, invoqué al rayo, la presencia de cualquier persona, amiga ó enemiga, pensé hasta en el suicidio, todo me pareció preferible á aquella situación tremenda por lo insólita é inconducente...
¡Oh, destino! ¡oh, fatalidad! ¿Por qué las cosas de la vida se amontonan en un instante dado, formando lo que los novelistas, poetas y comediógrafos llaman el nudo? ¡María, Eulalia, ahora Teresa! ¡Todo de golpe! ¿Ó todo esto existía antes, y el _nudo_ no es más que una visión más aguda y sintética de lo que viene sucediendo y ha estado anudado siempre? ¡Por los clavos de Cristo! ¿Cómo resolver esta maldita peripecia, sin rebajarla hasta lo innoble? Yo no sé lo que imaginaría un novelista, dado el problema psicológico. Lo único que puedo exponer es lo que hice, dejándome inspirar, sencillamente, por mi instinto de conservación.
--Tenga usted confianza... Siéntese... Conversemos--dije.
Se sentó, automáticamente.
--Debe estar hecho todo un hombre... Y buen mozo, ¿eh?... ¿Cómo se llama?...
--Ya dije... Mauricio... Mauricio, como... como su padre.
--¡Ah!
Y luego, bajando cabeza y brazos hacia el suelo, como en el colmo de la desolación, agregué:
--Puedes... puede usted estar segura, señora, de que ese niño tendrá siempre en mí el más resuelto, el más abnegado de los protectores y de los amigos... Será para mí... como un hijo adoptivo... ¡Oh, Teresa!... ¿Y puedes... y puede usted haberlo puesto en duda?...
--No se trata de eso, Mauricio--dijo, dolorosa.--Lo único que el niño necesita es un apellido legítimo y el honor de su madre... ¡Oh, no se espante! ¡Usted se equivoca mucho al suponerse, ni por un momento, en una situación sin salida, ó, por lo menos, difícil de resolver!... ¡Nada más fácil, por el contrario! Aquella pobre Teresa Rivas de Los Sunchos, tan ingenua, ha cedido su puesto á la mujer experimentada que Mauricio Gómez Herrera la invitó á ser para que fuera digna de él... Esta nueva encarnación no pide nada para ella, vuelta ya de su engaño, pero tiene un hijo y viene á preguntarle: Mauricio, ¿qué va usted á hacer por esa infeliz criatura?... ¿Nada?... ¿Nada?...
Me quedé silencioso, aterrado. Ella calló, también, medio minuto, impávida, mirándome con sus olímpicos ojos de ternera.
--Esto no es una tentativa de «chantage», Mauricio, ni un arrebato de sentimentalismo malsano. Lo vengo pensando hace mucho, y creyéndolo mi estricto deber y recordando sus promesas, he querido, por primera y última vez, ponerlo frente á frente á su deber, al suyo, sin imponerle que lo cumpla. Puedo hacerlo ahora, mientras es todavía tiempo, mientras el niño no entre de lleno en la vida... pero ni reclamo ni impongo nada...
--No sé cómo...--murmuré, dándome aires de irritación.
--¿Es cierto, entonces, el rumor que ha llegado á mis oídos? ¿Se casa usted con María Blanco?
--¿Con María Blanco? ¡No!
--Importa poco... Será con ella, con otra, ó no será... Lo que yo tenía que hacer está hecho... No puedo suplicarle, no puedo llorar... Ya supondrá usted todas las súplicas que formulé, todas las amargas lágrimas que he derramado en estos años tan largos... inacabables... Pero comprendo que mi actitud lo sorprende y lo hiere... No me conteste por el momento, no... Yo también he tenido que meditar mucho antes de dar este paso... Aquí tiene usted mis señas... Hable á su conciencia, ella le dirá... Y yo esperaré su palabra, que vendrá, ó no... Adiós, Mauricio...
Dejó su tarjeta sobre un velador, hizo un movimiento como para acercarse á mí, pero se contuvo, y, muy digna, salió paso á paso del salón.
Juraría que nadie creerá lo que pensé mientras, petrificado, miraba alejarse para siempre á la nueva Teresa. Y lo que pensaba era, sencillamente:
--¡Parece mentira que de aquello haya salido esto! Si me hubieran dicho que la cándida y vulgar Teresa... ¡Decididamente, éste es un gran país!...
Pero, acto continuo, volví al sentimiento de la situación. Había sido ridículo y de una pobreza inverosímil de recursos. ¡No encontrar nada, nada, nada que contestarle! ¡No acertar con nada, sino con una irritación absurda, una cólera terrible, mortífera quizá, que sólo había podido dominar lo que se llama «educación», que no es sino una autodomesticación de la fiera!... ¡Y ella, que no me había dado ni el más mínimo pretexto para el estallido, para el estallido salvador que hubiera convertido en trágica ó siquiera dramática aquella escena tan profundamente ridícula!...
--¡Manuel! ¡Manuel! ¡Manuel!
Azorado, el gallego asomó su hocico á la puerta de la sala.
--¿Has hecho mis maletas?
--Todavía no, señorito... El almuerzo...
--¡Imbécil, torpe! ¿No te he dicho que hicieras mis valijas?
Desapareció á tiempo, pues mi puntapié hizo que la hoja de la puerta le golpeara las espaldas. Y, enervado por aquel arrebato demente é inútil, me senté en un sofá, mordiéndome los puños, me levanté, hice pedazos la tarjeta, sin leerla, corrí como un loco alrededor de la sala, dando puñetazos á los muebles, y de repente me calmé, me eché á reir, y fuí á vestirme, completamente tranquilo, repitiendo un refrán que don Fernando Gómez Herrera, mi señor padre, solía decir á menudo: «Lo que no tiene remedio, remediado está».
VII
Dos horas después, en el tren que me conducía á mi provincia, pensaba en aquella nueva Teresa que era como el símbolo de toda la perfectibilidad de nuestra raza, y me repetía:
--¡Si uno pudiese saber á tiempo!
Pero ¡bah! nunca se puede desandar lo andado ni desvivir lo vivido. ¿No obraban los demás, conmigo, con igual desparpajo? María, por ejemplo... ¡Vaya! ¡en la guerra, como en la guerra! No hay otro remedio que el de amoldarse á las circunstancias, y entre varios males elegir el menor... cuando se puede elegir.
¡Extrañas antinomias! ¿Quién explicará jamás que, en mi fatalismo, no hiciera yo aquel viaje sino para representar ante María Blanco una escena análoga, sino igual á la que Teresa Rivas acababa de representar ante mí? ¿No iba, únicamente, á echarle en cara su falta de palabra, y á afirmar mi superioridad de varón declarándole que yo había faltado antes, al comprometerme con Eulalia Rozsahegy?
Hoy creo que nunca he hecho una serie más larga y disparatada de locuras, y tanto me escuece este recuerdo, que nunca lo escribiré en toda su amplitud. Me había cegado el éxito de todas mis empresas, y mi orgullo crecía tanto más cuanto que, en la realidad, era más mediana mi situación intelectual, social y moral en Buenos Aires. Instintivamente sentía, pese á las adulaciones y los triunfos visibles, que se me hacía poco caso, quizá menos del que yo merecía en realidad, porque, al fin y al cabo, modestia aparte, estoy bastante arriba del término medio de mis contemporáneos. Esto explica bien naturalmente la exasperación de mi amor propio...
Caí como una bomba en casa de Blanco. Era por la tarde. En la vasta sala en que parecían naufragar los viejos y pesados muebles provincianos, sentada junto á la ventana, y bordando un pañuelo, estaba María. Frente á ella, un hombre: Vázquez.
Sentí que toda la sangre se me subía á la cabeza, pero haciendo un titánico esfuerzo, me dominé, y con risa sardónica acerquéme á la joven, haciendo como que no veía á Vázquez, tranquilo y grave, y sin ver en realidad al viejo Blanco, que estaba en la sombra.
--¡Mauricio!--exclamó María con un tono de cándida satisfacción que me sorprendió.
--En persona--dije, inclinándome con exagerada reverencia.--Ardía en deseos de saludarla, señorita.
Y girando rápidamente sobre mis talones, me volví á Vázquez y dije, provocativo:
--¡Y á ti también!
Entonces vi á don Evaristo que acababa de ponerse de pie y me tendía afectuosamente la mano. Esto me desconcertó un poco, retardando la explosión de mi rabia.
--Señor Blanco...
Hubo un silencio, porque todos sentíamos que la situación era violenta y tempestuosa. En este corto intervalo cobré bríos, y dije:
--He querido venir personalmente á anunciarles mi próximo enlace con Eulalia Rozsahegy, una de las...
Tres exclamaciones, dos de sorpresa, una de angustia, me interrumpieron. Vi que María se había puesto intensamente pálida y que estaba á punto de desmayarse. Los dos hombres, mudos, la miraban y me miraban, inmóviles en su sitio.
De pronto, María Blanco se levantó, de una pieza, como si fuese de acero, dió un paso hacia mí, pálida mortal, me miró á los ojos, dijo con esfuerzo «Muchas felicidades», y salió como una sonámbula.
Don Evaristo se lanzó hacia mí, pero Pedro lo detuvo, me asió del brazo y me sacó de la sala, diciendo al viejo:
--Deje usted... Todo esto se arreglará... se arreglará...
Cuando estuvimos en la calle:
--¿Qué has hecho?--me preguntó.