Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
Part 2
Me volvió las espaldas, rudamente, y se encogió de hombros, refunfuñando no sé qué, vagas amenazas, sin duda, ó frases despreciativas y airadas. Este muchacho, que iba á desempeñar un papel bastante considerable en mi vida, era alto, flaco, muy pálido, de ojos grandes, azul obscuro, verdosos á veces, cuando la luz les daba de costado, frente muy alta, tupido cabello castaño, boca bondadosamente risueña, largos brazos, largas piernas, torso endeble, inteligencia clara, mucha aptitud para los trabajos imaginativos, intuición científica y voluntad desigual, tan pronto enérgica, tan pronto muelle.
Aquel día, cuando volvimos á entrar en clase, Pedro, que estaba en uno de sus períodos de firmeza, apeló del castigo ante don Lucas, que revocó incontinenti la sentencia, quebrando de un golpe mi autoridad.
--¡Pues si es así, caramba!--grité,--no quiero seguir de monitor ni un minuto más. ¡Métase el nombramiento en donde no le dé el sol!
Don Lucas recapacitó un instante, murmurando: «¡Calma! ¡calma!» y tratando de apaciguarme con suaves movimientos sacerdotales de la mano derecha. Sin duda evocaría el punzante recuerdo de las puntas de pluma, el aglutinante de la pega-pega, el viscoso del papel mascado, el urticante de la pica-pica, pues con voz melosa, preguntó, tuteándome contra su costumbre:
--¿Es decir que renuncias?
--¡Sí! ¡Renuncio in-de-cli-na-ble-mente!--repliqué, recalcando cada sílaba del adverbio, aprendido de tatita en sus disquisiciones electorales.
La clase entera abrió tamaña boca, espantada, creyendo que la palabrota era un terno formidable, nuncio de alguna colisión más formidable aún; pero volvió á la serenidad, al ver que don Lucas se levantaba conmovido, y, tuteándome de nuevo, me decía:
--Pues no te la acepto, no puedo aceptártela... Tú tienes mucha, pero mucha dignidad, hijo mío. ¡Este niño irá lejos, hay que imitarle!--agregó, señalándome con ademán ponderativo á la admiración de mis estupefactos camaradas.--¡La dignidad es lo primero!... Mauricio Gómez Herrera seguirá desempeñando sus funciones de monitor, y Pedro Vázquez sufrirá el castigo que se le ha impuesto. He dicho... ¡Y silencio!
La clase estaba muda, como alelada; pero aquel «¡silencio!» era una de esas terminantes afirmaciones de autoridad que deben hacerse en los momentos difíciles, cuando dicha autoridad peligra, para que no se produzca ni siquiera un conato de rebelión; aquel «¡silencio!» era, en suma, una declaración de estado de sitio, que yo me encargaría de utilizar en servicio de la buena causa, desempeñando el papel de ejército y policía al mismo tiempo.
Sólo Vázquez se atrevió á intentar una protesta, balbuciendo entre indignado y lloroso un:
--¡Pero, señor!...
--¡Silencio he dicho!... Y dos horas más, por mi cuenta.
Acostumbrado á obedecer, Vázquez calló y se quedó quietecito en su banco, mientras una oleada de triunfal orgullo me henchía el pecho y me hacía subir los colores á la cara, la sonrisa á los labios, el fuego á los ojos.
III
Este acontecimiento, que debió abrir un abismo entre Vázquez y yo, provocando nuestra mutua enemistad, resultó luego, de manera lógica, punto de partida de una unión, si no estrecha, bastante afectuosa, por lo menos. Para esto fué, naturalmente, necesaria una crisis.
Sufrió el castigo con estoica serenidad, quedándose en la escuela, durante dos días, hasta ya entrada la noche; pero, al tercero, antes de la hora de clase, me esperó en un campito de alfalfa que yo cruzaba siempre, y, en aquella soledad, me desafió á singular combate, considerando que mis fueros desaparecían extraterritorialmente de los dominios de don Lucas.
--¡Vení, si sos hombre! ¡Aquí te voy á enseñar á que les pegués á los chicos!
Todo mi amor propio de varón, sublevándose entonces, me hizo renunciar por el momento á las prerrogativas que él consideraba, erróneamente, suspendidas en la calle, con ese desconocimiento de la autoridad que caracteriza á nuestros compatriotas. Sentí necesaria, con romántica tontería, la afirmación de mi superioridad hasta en el terreno de la fuerza, y contesté:
--¡Aquí no! Soy monitor, y no quiero que los muchachos me vean peleando; pero en cualquiera otra parte soy muy capaz de darte una zurra, para que aprendás á meterte á sonso.
--¡Vamos donde querrás, maula!
Nos dimos de moquetes, no lejos de allí, en un galpón desocupado, supletorio depósito de lanas, y debo confesar que saqué la peor parte en la batalla. La excitación nerviosa dió á Vázquez una fuerza y una tenacidad que nunca le hubiera sospechado. Ambos llegamos tarde á la escuela, con la cara amoratada, pero él no habló ni yo me quejé, aunque me hubiera sido muy fácil la venganza. Aquel era mi primer duelo formal--toda proporción guardada,--y el duelo, aun entre muchachos, ha sido siempre para mí, no una costumbre, sino una institución respetabilísima, que contribuye eficazmente al sostenimiento de la sociedad, un complemento imprescindible de las leyes, aleatorio á veces, si se quiere, pero no más aleatorio y más arbitrario que muchas de ellas. En el caso insignificante que refiero, sirvió para zanjar entre Vázquez y yo, diferencias que con otros trámites hubieran podido llegar al odio, y que, gracias á él, no dejaron huellas, pues mi adversario no supo nunca cómo agradecer mi caballerosidad después del combate, y hasta creo que se consideró vencido, para retribuir de algún modo mi hidalguía. Los mismos tribunales, á quienes muchos querrían confiar la solución de toda clase de cuestiones, aun en el orden moral, dejan á menudo heridas más incurables y dolorosas que las de una partida de armas... ó de puños.
Esta manera de considerar el duelo--confusa é instintiva entonces, pero clara y lógica hoy--me había sido inspirada por algunas lecturas, pues ya comenzaba á devorar libros,--novelas, naturalmente.--Y si Don Quijote me aburría, porque ridiculizaba las más caballerescas iniciativas, encantábanme las otras gestas, en que la acción tenía un objeto real y arribaba á un triunfo previsto é inevitable. No me preocupaban las tendencias buenas ó malas del héroe, su concepto acertado ó erróneo de la moral, porque, como el obispo Nicolás de Osló, «me hallaba en estado de inocencia é ignoraba la distinción entre el bien y el mal», limbo del que, según creo, no he llegado á salir nunca. Las hazañas de Diego Corrientes, de Rocambole, de José María, de Men Rodríguez de Sanabria, de d'Artagnan, del Churiador, de don Juan y de otros cientos, eran para mí motivo de envidia, y sus peregrinas epopeyas formaban mi único bagaje histórico, sociológico y literario, pues el Facundo quedaba fuera de mi alcance y la Historia del Deán Funes me aburría como un libro de escuela. El universo, más allá de Los Sunchos, era tal como aquellas obras me lo pintaban, y al que quisiera hacer buena figura en el mundo, imponíase la imitación de alguno de los admirables personajes, héroes de tan estupendas aventuras, siempre coronadas por el éxito. Cambiábamos libros con Vázquez, desde que la conciencia de nuestro propio valor nos hizo amigos; pero yo estimaba poco lo que él me daba--narraciones de viaje y novelas de Julio Verne, principalmente,--mientras que él desdeñaba un tanto mis divertidas historias de capa y espada, considerándolas tejido de mentiras.
--Como si tus «Ingleses en el Polo Norte» no fueran una estúpida farsa--le decía yo.--José María será un bandido, pero es, también, un caballero valiente y generoso, y Rocambole era más «diablo» que cualquiera...
Sólo estábamos de acuerdo en la admiración por las «Mil y una noches», pero nuestros conceptos eran distintos: él se encantaba con lo que llamaré su «poesía» y yo con su acción, con la fuerza, la riqueza, el poder que suelen desbordar de sus páginas. Este modo de ver, esta tendencia, mejor dicho, pues era subconsciente aún, me llevó á acaudillar, como Aladino, una pandilla de muchachos resueltos y semisalvajes, que me proclamaron capitán, apenas reconocieron mi espíritu de iniciativa, mi imaginación siempre llena de recursos, mi temeridad innata y la egida invulnerable con que me revestía mi apellido. Con esta cuadrilla, en la que en un principio figuró Vázquez, hacíamos verdaderas incursiones, conquistando gallineros, melonares, zarzos de parra, higuerales y montes de duraznos. Pedro, que en los comienzos era uno de los más entusiastas, como si lo embriagara aquel ambiente de desmedida libertad, desertó desde la noche en que bañamos en petróleo á un gato y le prendimos fuego, para verlo correr en la obscuridad como un ánima en pena. Yo también me arrepentí de semejante atrocidad, pero nunca quise exteriorizarlo ante mis subalternos, para no revelar flaqueza; por el contrario, recordando la hazaña, solía decirles con sonrisa prometedora:
--Cuando cacemos un gato...
Pero no reincidimos nunca, y nadie reclamó la repetición de aquella escena neroniana que había resultado tan terrible. No nos faltaban, por fortuna, otros entretenimientos. ¡Qué vida aquélla! ¡Cuánto daría por volver, siquiera un instante, á los dulces años de mi infancia! ¡Cuánto! ¡y sólo me resta el tibio consuelo de recordarlos y revivirlos como en sueños al escribir estos garabatos!
¡Qué magnas empresas las de entonces! En invierno, predispuestos, sin duda, por la displicencia de los días nublados y lluviosos, hacíamos de salteadores, ahondando, por ejemplo, las huellas pantanosas en el camino de la diligencia para tratar de que volcara el pesado vehículo, atestado de carga y pasajeros,--proeza que realizamos una vez.--Atravesábamos la calle con una cuerda, á una cuarta del suelo, para que rodaran los caballos, ó quitábamos las chavetas de los carros abandonados un instante á la puerta de los despachos de bebidas para darnos el placer de verles perder una rueda. Poníamos, así, en escena, episodios de Gil Blas ó de Paquillo Aliaga, que yo contaba compendiosamente á «mis hombres», sugiriéndonos que éramos la banda de Rolando ó de Juan Bautista Balseiro, y la imaginación se encargaba de complementar lo que en nuestro acto quedaba de trunco y de estéril: con el pensamiento despojábamos coche y pasajeros, jinete y montura, carro y conductor, llevándonos á la madriguera á las personas de fuste, para exigir luego por ellas magnífico rescate. Otras proezas eran menos dramáticas: algunas noches muy frías, cuando todos dormían en el pueblo, y en nuestras casas nos creían en cama, soltábamos un gato previamente enfurecido, ó un perro asustado, con una lata llena de piedras en la cola, para divertirnos viendo á los vecinos alarmados asomarse en paños menores á puertas y ventanas bajo la lluvia torrencial y el viento helado.
En primavera, gozábamos invadiendo los jardines de los pocos maniáticos de las plantas, y podando éstas hasta el tronco ó despojándolas simplemente de todos sus botones. ¡Qué cara la de los dueños al encontrarse, por la mañana, con la desolación aquélla! ¡Ni la de un candidato frustrado cuando creía más segura su elección!
En verano pescábamos valiéndonos de una especie de línea, las ropas de los que dormían con la ventana abierta, y luego quemábamos ó enterrábamos aquellos despojos, para no dejar rastros de nuestra diablura, realizada sin idea de robar, por el gusto de hacer daño y reirnos de la gente. Así, rara vez aprovechamos del poco dinero que quedara en los bolsillos, por casualidad, pues en Los Sunchos, como en todo pueblo chico, nadie tenía que pagar al contado lo que compraba ó consumía, salvo, naturalmente, por necesaria antítesis, los más menesterosos. Eran, en fin, cosas de muchachos, bromas sin más trascendencia que la que debe atribuirse á una inocente travesura, y justificadas, además, en cierto modo, pues sólo las sufrían las personas antipáticas por su excesiva severidad, ó las que habían merecido el desdén, el desprecio ó el odio de mi padre; los amigos políticos, ó de la familia, gozaban de completa inmunidad, porque siempre ha existido en mí el espíritu de cuerpo. Pero la gente es tan necia que, en vez de dar á nuestros juegos su verdadero y limitado alcance, considerándolos ingenuos remedos de las aventuras novelescas, se imaginó que Los Sunchos había sido invadido por una horda de rateros y se propuso perseguirlos hasta atraparlos ó ahuyentarlos. ¿Quiénes eran y dónde se ocultaban? Aunque las víctimas fuesen siempre opositores ó indiferentes, la policía y la municipalidad se preocuparon de defenderlas, cuando las cosas habían llegado ya muy lejos, temiendo probablemente que la cuadrilla ensanchara su campo de acción y cesara de respetar á los partidarios de la buena causa. Cuando esto resolvieron las autoridades, hubiéramos sido descubiertos inevitablemente, á no mediar una circunstancia salvadora: tatita, siempre al corriente de los sucesos, dijo una tarde, en la mesa:
--Por fin, nos vamos á sacar de encima esa plaga de rateros. Esta noche caerán, sin remedio, en la trampa. Se ha organizado una gran batida con todos los vigilantes y algunos vecinos voluntarios, ¡y muy diablos serán si consiguen escaparse!
Yo no eché la noticia en saco roto, corrí á prevenir á los camaradas, y aquella noche y las siguientes nos quedamos más quietos que en misa. Pero, ¡así fué, también, el desquite, en cuanto comenzó á relajarse la vigilancia! Puede decirse que en Los Sunchos no quedó títere con cabeza, y nuestras fechorías produjeron tan honda sensación que durante mucho tiempo no se habló sino de «la semana del saqueo» como de una calamidad pública. Y la imaginación popular creó toda una leyenda al rededor de la desaparición de unas cuantas ropas, leyenda en que figuraban el hombre-chancho, la viuda, el lobinsón y cuantos duendes ó fantasmas enriquecen las supersticiones criollas.
En fin, para concluir con esta parte ingrata de mis recuerdos infantiles: cierto verano surgió, en competencia con la mía, otra banda, acaudillada por Pancho Guerra, hijo del presidente de la Municipalidad; muchacho envidioso y grosero, enorgullecido por la posición del padre, que se la debía al mío, trataba de disputarme mi creciente influencia, sin ver que esto no lo toleraría yo jamás. No había organizado todavía su gente, cuando les caímos encima. Hubo--análogo á la batalla del Piojito,--un gran combate, al caer la tarde, en las afueras del pueblo, junto al arroyo cuyas orillas están cubiertas de pedregullo. Los cantos rodados nos sirvieron de proyectiles. Quedaron varias cabezas rotas, varias narices ensangrentadas, una pierna quebrada en la fuga, pero la victoria fué nuestra, tan brillante que la mayoría de los guerristas se enroló en mis huestes, y Pancho se quedó solo y desprestigiado para siempre.
Esta especie de pastoral de sabor tan genuino y rústico, duró hasta mis quince años, y hoy no puedo recordar ninguna de sus ingenuas estrofas sin una sonrisa enternecida, sin una nubecilla húmeda en los ojos...
IV
Antes de los quince años había comenzado ya mi historia pasional--que así debe llamarse, libre como estaba de todo sentimentalismo.--Bajo la influencia del clima y las costumbres--ardiente el uno, libres las otras por su mismo carácter patriarcal,--en los pueblos de provincia y hasta en las capitales populosas, el hombre despertaba en el cuerpo del niño cuando en otros países apenas si apuntarían las primeras vislumbres de la adolescencia. La iniciación de los muchachos era siempre ancilar: las inmensas casas bonaerenses, y más aún las provincianas y campesinas, con tres grandes patios y, á veces, huerta, llenas de vericuetos, escondrijos y rincones no frecuentados por la gente mayor, hacían ineficaz la vigilancia paterna despertada por algún síntoma ó indicio que aconsejara la represión, tanto más cuanto que los criados eran por lo común cómplices y encubridores, á cambio de reciprocidad[1]. Poco á poco, este defecto de nuestra organización doméstica, tan contrario á los principios entonces imperantes, ha venido modificándose, no tanto por mayor disciplina moral, cuanto por la fuerza de las circunstancias que, dando enorme valor á la tierra, han empequeñecido las casas, facilitando la observación y agrupando más la familia. Véase cómo causas al parecer muy lejanas en la materialidad de las cosas, producen en la conducta de los hombres los más inesperados efectos. En este caso, los instintos en libertad se han visto paulatinamente coartados por las exigencias de la vida, es decir, por las manifestaciones de ellos mismos, bajo otra forma.
Yo, por mi parte, en aquel tiempo, no podía estar menos vigilado ni gozar de mayores libertades; era dueño de mí mismo, y en esta independencia total realicé actos que no son para contarlos y á los que sólo me refiero por la influencia que tuvieron después sobre mi carácter. Mamita pasaba los días taciturna y casi inmóvil, cosiendo, tomando mate ó rezando, presa de incurable melancolía, que sólo ahuyentaba un momento para abrazarme y besarme con transporte enfermizo. Tatita, siempre ocupado ó entretenido fuera de casa, no tenía tiempo ni quizás interés de imponerme una moral medianamente rígida. No los critico ni hay para qué. Sin duda, ella, en su candor de mujer siempre aislada, no llegó nunca á sospechar que mi inocencia corriera peligro, y mi padre pensaba, probablemente, que no tenía por qué preocuparse de cosas que habían de suceder más tarde ó más temprano, tratándose de un muchacho robusto, de salud de hierro, alegre, decidido, apasionado, que sólo se enfermaba, ó mejor, enervaba con la oposición á sus antojos y la restricción á su autonomía. ¿Qué quiere un padre, si no es que sus hijos resulten bien aptos para la vida y sepan manejarse por sí solos, en lo sentimental como en lo material, en lo intelectual como en lo físico?
Á un buen padre, como yo lo entiendo, le basta, en suma, con que sus hijos sean inteligentes y no le falten al respeto. Era nuestro caso. Yo daba pruebas de no ser tonto y estaba muy lejos de no respetar á mi padre. Por el contrario, le admiraba y veneraba, porque era el caudillo indiscutible del pueblo, y todos le rendían pleito homenaje; porque siempre fué «muy hombre», es decir, capaz de ponérsele delante al más pintado y de arrostrar cualquier peligro, por grave que fuese; porque tenía una libertad de palabra demostrativa de la más plena confianza en sí mismo; porque montaba á caballo como un centauro y realizaba sin aparente esfuerzo los ejercicios camperos más difíciles, las hazañas gauchescas más brillantes, sea trabajando con el ganado en alguna estancia amiga, sea en las boleadas de avestruces, ó en las carreras, en el juego del pato, en las domadas; porque se distinguía en la taba, el truco, la carambola, el casín, el choclón y la treinta y una, amén de otros juegos de azar y de destreza, y porque criaba los mejores gallos de riña del departamento en una serie de cajones puestos en fila, en el patio de casa, frente á mi cuarto; porque, gracias á él, con quien nadie se atrevió nunca, yo podía atreverme impunemente con cualquiera. En suma, era para mí un dechado de perfecciones, y yo me sentía demasiado orgulloso de él, demasiado satisfecho de su protección directa é indirecta para que este orgullo y esta satisfacción no se tradujeran en un gran cariño y en una veneración sui generis, semejante al afecto admirativo hacia el camarada más fuerte, más apto y más poderoso, que accede, sin embargo, bondadosamente á todos nuestros caprichos.
Como más de una vez, siendo yo muy niño aún, me llevó á las carreras, las riñas y otras diversiones públicas, y como nunca tomaba á mal mi presencia en aquellos sitios--ni á bien tampoco, porque siempre hizo como que no me veía,--pronto me aficioné y acostumbré á correr también, la caravana, y no tardé en conocer todos los rincones más ó menos misteriosos de Los Sunchos, trinquetes, casas de baile y demás. En cambio, me faltaba tiempo para frecuentar la escuela, pese á mi cargo inamovible de monitor, pero esto no era un mal, porque, sabiendo ya leer, creo que don Lucas hubiera podido enseñarme bien poca cosa más--quizá la ortografía, que he ido aprendiendo luego, en el camino.--Pedro Vázquez no faltaba, y nunca quiso acompañarme en mis correrías á la hora de clase.
--¡Sos un sonso! ¡Para lo que se aprende en la escuela!
--Papá dice que eso es bueno, porque uno se acostumbra á la disciplina y el trabajo, y como me va á mandar á estudiar en la ciudad...--me contestaba Pedro, gravemente, muy cómico con su gran «chapona» crecedera, los pantalones por los tobillos y el chambergo de anchas alas.
--¡Se necesita ser pavo!--reía yo, encogiéndome de hombros y corriendo á mis diversiones con un gran desprecio en el alma hacia la parte tonta de la humanidad.
Entretanto mi educación se completaba en otros sentidos: iniciábame rápidamente en la vida bajo dos formas, al parecer antagónicas, pero que luego me han servido por igual: la fantástica, que me ofrecían los libros de imaginación, y la real, que aprendía en plena comedia humana. Esta última forma me parecía trivial y circunscrita, pero consideraba que su mezquino aspecto era una simple peculiaridad de nuestra aldea, y que su campo de acción estrecho, embrionario, se ensancharía y agigantaría en las ciudades, hasta adquirir la maravillosa amplitud que me sugerían las novelas de aventuras. Pero aun no sentía el deseo de vivir la vida, para mí extraordinaria, de los grandes centros, y el mismo proyectado viaje de Vázquez no me causó la menor envidia; bastábame imaginarla y soñar con ella, porque estaba entonces harto absorbido por las personas y las cosas de mi ambiente, y me decía por instinto, sin reminiscencia histórica alguna: «Más vale ser el primero aquí, que el segundo en Roma». Es que, en realidad, me divertía, satisfaciendo todos mis apetitos, en la forma que más arriba dejo anotada. Para no ser demasiado explícito, agregaré, tan sólo, que me había hecho asiduo lector de Paul de Koch, de Pigault Lebrun, del abate Prevost, traducidos al castellano, pero que si bien estos autores me divertían, no me contaban nada nuevo, aparte algunas inverosímiles intrigas. Me hacían, sí, soñar, en ocasiones, con aventuras imposibles ó difíciles, más altas y envanecedoras que la resignada pasividad del estropajo ó su servil provocación. Con las vulgares realizaciones de los libros humorísticos, luchaba en mi imaginación el idealismo sensual de algunas novelas románticas, y estas dos fases de la sensación, conviviendo en mi cerebro, me hacían pensar ora en la mujer tal cual la conocía, con el simple atractivo del sexo, ora en esa entidad superior de la «gran dama», golosina exquisita y complicada.
Estos sueños, no me cabía duda, eran realizables y se realizarían después, mucho después, cuando hubiera conquistado brillante posición, cuando hubiera hecho... ¿Hecho, qué? Lo ignoraba, pero debía ser alguna hazaña notable, algo dentro del género guerrero ó político, una victoria decisiva sobre el enemigo--¿qué enemigo?--que me hiciera un nuevo Napoleón; ó un triunfo colosal sobre mis adversarios--¿qué adversarios?--llave que me abriese de par en par las puertas del poder; ó la adquisición de una fortuna inmensa--¿por qué herencia, lotería ó hallazgo?--que me convirtiera en un Montecristo criollo. Todo esto era, naturalmente, nebuloso y variable, y mi ambiciosa voluntad estaba indecisa y como ciega, sin acertar á trazarse un camino, una norma de conducta que la llevara á las grandes realizaciones. Las circunstancias no eran propicias, y largo tiempo esperé en vano una oportunidad que me iluminara, invitándome á la acción.
Sin embargo, la princesa ó su sucedáneo, estaba muy cerca y en forma tangible: vivía frente á casa, en un bosque durmiente, aguardando que yo fuera á despertarla...