Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira

Part 19

Chapter 193,818 wordsPublic domain

«¡Se me acusa de la antítesis de mi acción! ¡Precisamente! He garantizado la libertad del sufragio, me he desvivido por ella en las altas funciones que me incumbían; no he movido un dedo para que se proclamara mi candidatura... Estaba demasiado ocupado en mantener la paz y el orden en nuestra provincia; estaba demasiado ocupado en arrancar, más por la persuasión que por la violencia, de manos de los agitadores, las armas con que querían imponernos un estado anárquico... Y si mi candidatura surgió en el último instante, una vez pacificada la provincia, gracias á mi humilde esfuerzo, cuando ya no era jefe político, sino comisionado eventual para mantener el orden, fué porque la parte honesta, la parte patriota, la parte bien pensante de la opinión--que es, afortunadamente, la mayoría en mi provincia y en el país entero,--quiso afirmar, exteriorizar, materializar sus nobles aspiraciones, eligiendo por su representante al más modesto de los ciudadanos, al más insignificante de todos, sólo porque había realizado desinteresados y generosos--¡sí, generosos!--sacrificios en pro de la verdadera libertad, que no es la licencia ergotista, ni menos la incendiaria anarquía... Al oleaje desbordado de las pasiones inconfesables y de las ambiciones malvadas, se ha opuesto en mi persona sin relieve ni méritos, la playa de arena, mansa, que aplaca sus furores, siendo como es, apenas, un lazo de unión entre la ola devastadora y la tranquila paz de los campos fecundos.»

Ya con Pegaso desbocado agregué que á estas consideraciones de hecho se sumaban otras simplemente morales, intelectuales y étnicas, que, haciéndome un prototipo de la nacionalidad (gracias, Vázquez), demostraban hasta la evidencia la bondad de mi elección:

«El hombre que lleva en todo su ser el sello de la familia--de una familia que ha dado héroes y mártires á la patria,--dondequiera que vaya es reconocido como miembro de esa familia, como genuino, como su más genuino representante; y yo me encuentro aquí, en el seno de mi verdadera familia patricia, como un hijo pródigo quizá, pero afectuoso y sin mancha, que se enorgullece de reincorporarse á los suyos... ¡Sí, señor Presidente! ¡Sí, señores diputados! ¿Sabéis cómo me llama la gentil Buenos Aires? ¿Sabéis cómo se me indica en todos los centros políticos y sociales que tengo el honor de frecuentar?... ¡El provinciano!... ¡El provinciano![3] adjetivo que me enorgullece, porque demuestra la legitimidad de mi representación... Aunque sin merecerlo, puedo afirmar que dondequiera que yo esté está mi provincia... ¿Y qué, si no es esto, manda la Constitución al estatuir que todas las regiones del país estén sintéticamente reunidas en este recinto? ¿Y cuál de mis honorables colegas--no vacilo en llamarlos así, adelantándome á su justa sanción--puede invalidar este doble reconocimiento de mis comprovincianos y del resto de los argentinos reunidos en la capital, síntesis del país?»

Alguien replicó que todo esto era literatura y que yo sólo había demostrado mi carácter de... provinciano; y como la barra había aplaudido, y como mi diploma estaba aprobado de antemano, se votó y pasé á prestar juramento.

Grandes felicitaciones en antesalas, comentarios, lisonjas:

--¡Nos ha nacido un gran orador!

--No desmiente la casta.

--¡Está bien, amiguito, así me gusta!

Un opositor, echándoselas de inglés, murmuró el título de una comedia de Shakespeare:

--_Much ado about nothing._

Y otro le replicó:

--Esperemos á que vengan las ideas.

Raza envidiosa, raza de víboras. ¡Como si ellos tuvieran tantas!

II

No sé si bien ó mal inspirado, don Evaristo me convidó á comer antes de mi partida para Buenos Aires. La reunión, muy íntima--estábamos únicamente los tres,--fué, sin embargo, casi tan ceremoniosa como nuestros primeros encuentros con María en su casa. Sólo Blanco demostraba ó afectaba buen humor, y me invitó á que le escribiera dándole noticia de mis primeros actos é impresiones, cosa que le prometí.

--Y usted, María, ¿me escribirá?--le pregunté.

--Yo no sé escribir, Mauricio, pero siempre acertaré á decirle si estamos buenos ó no. Cualquier cosa que añadiera, podría hacerlo enojar.

Esta alusión al final de nuestra última entrevista me supo mal, pero sólo repliqué, tratando de ser afectuoso:

--Aunque sea una línea suya, me hará muy feliz. Me permitirá esperar con calma que se cumpla el plazo.

--¡Ah!... ¡Falta tanto aún!... Ya pensará en otra cosa...

Ciego, no veía ó no quería ver que la niña me estaba despidiendo, que desde mucho antes había renunciado á su capricho de un minuto, que yo no significaba nada para ella, y que todos mis esfuerzos, todo mi amor propio, toda mi pasión, se estrellarían contra su indiferencia. Pero, también, que mantendría su palabra, y que no se avenía á que se pisoteara su orgullo con un desdén.

--Y usted ¿pensará en «otra cosa»?--pregunté.

--No, Mauricio, yo no tengo más que una palabra... Lo dicho, dicho está. Y, escuche, ¿quiere? Deseo de veras, deseo con toda el alma, que cuando el plazo se cumpla, podamos darnos la mano... para toda la vida.

--¡Ah! Esto me consuela de muchos malos ratos... ¿Es decir que me quiere un poquito, María?

--Sí...

La despedida fué más tierna de lo que yo esperaba. Ambos nos conmovimos y quedamos largo rato con las manos enlazadas. Llegué á creer que la había vencido, conquistado para siempre, y sentí honda satisfacción. Pero esto duró poco. Á un saludo que le dirigí al llegar á Buenos Aires, contestó con una fórmula corriente de cortesía, y con esto quedó cortada casi radicalmente nuestra correspondencia. Así se explica que pensara poco en mi cuasi-novia, en medio de las febriles disipaciones de la capital, que, aun sin tener que concurrir á la Cámara, no me hubieran dejado en aquel tiempo ni un minuto para la meditación. Bailes, tertulias, comidas, teatros, carreras, paseos, no me permitían ni siquiera seguir mi vieja costumbre de leer algunas horas, por la noche, en cama, buscando la tranquilidad de los nervios antes de dormirme. La noche me la consumían, después del teatro, las partidas, las largas partidas en el círculo, con los prohombres de la situación.

No sé por qué se niega que el juego de naipes tenga otro interés que el del dinero y se diga que los que «cambian cartas es porque no saben cambiar ideas». Yo le encuentro, entretanto, mucho interés «moral» y hasta una grande importancia, no por sus combinaciones y azares en sí, sino por lo que desarrolla la facultad de conocer á primera vista el carácter de los hombres, y hasta adivinar sus pensamientos. Más que cualquier otro, un jugador sabrá cuándo una persona le miente y hasta qué punto llega su mentira, y estoy cierto de que Facundo Quiroga veía más esto por jugador que por gaucho. Á mi juicio, todo político debe ser jugador--con tal que no se dedique á juegos de simple azar ni de pura destreza,--pues la práctica de los naipes le dará dominio sobre sí mismo, facilidad para improvisar ardides y subterfugios, ojo clínico para descifrar caracteres, habilidad para descubrir las tretas del adversario, y esa serenidad que permite perder hasta la camisa sin que nadie se entere, serenidad que en el público versátil hace sobrevivir el prestigio á las mayores derrotas, facilitando así el, de otro modo, imposible desquite.

¡Ay del político si el pueblo advierte que está totalmente arruinado! Ése no volverá á brillar, porque no le ha quedado ni un albur, como al jugador sin plata y sin crédito, que no puede apostar sobre palabra.

Por otra parte, aquellas largas partidas eran mucho más interesantes que las de mi club provinciano, y no porque parecieran más animadas. Por el contrario, eran correctas, casi frías, sin las exclamaciones y los ternos que solían salpicar las nuestras; pero en los intervalos se cambiaban algunas ideas útiles, algunos datos importantes, entre todos iba formándose una especie de solidaridad, de complicidad, y no faltaban, tampoco, las notas amenas. Una noche, por ejemplo, extrañábamos la ausencia del secretario de policía, gran punto que nos tenía locos por su apasionada manera de jugar, cuando lo vimos entrar como una tromba y sentarse en su sitio acostumbrado, exclamando:

--¡Llego tarde, porque vengo de sorprender á unos jugadores!...

Ni faltaba su poco de psicología, más ó menos trasnochada. Uno de mis colegas de la Cámara, sin darse ó dándose cuenta de que escupía al cielo, me dijo cierta noche:

--Mire, Herrera. Uno se sienta caballero junto á un tapete verde; pero si permanece mucho tiempo aquí, seguro que se levanta siendo un pillo...

--Ó un sonso--completé.

Sin embargo, los «griegos» eran escasos en nuestras reuniones, en las que no se hacían «más trampas que las necesarias», como dicen los prestidigitadores espirituales según la receta. Varios hubo... Pero esto es tan general en el mundo civilizado que no hay para qué entrar en detalles.

Algunas veces, al dejar la partida y salir á la calle, la hora del alba sumergía el empedrado, las aceras, las fachadas, en un baño de azul tan intenso, que yo me quedaba absorto ante aquella maravilla monocroma, mucho más sorprendente al dejar la iluminación anaranjada de los salones. Pero sólo un espectáculo excesivo como éste podía llamarme la atención en el enervamiento de la partida; las medias tintas, los matices me dejan indiferente.

Así también la vida de la ciudad, que sólo podía detenerme en sus grandes manifestaciones, y cuyos matices me escapaban, en la preocupación de la importante partida que estaba dispuesto á jugar, pero que no veía «armada» en ninguna parte: la partida de mi porvenir.

La iniciación era muy dura. Muchas veces me eché á muerto, renunciando á abrirme camino de las últimas á las primeras filas. ¡Era tanta la competencia en todos los terrenos accesibles para mí! Aun en el del servilismo. Recuerdo el caso de aquellos dos personajes, hombres de reconocido valer, que se precipitaron á abrir la portezuela del carruaje, para el Presidente que salía del Congreso. El que quedó atrás, dijo al otro, irritado:

--¡Adulón!

Y su competidor triunfante, todavía doblado en una gran reverencia, replicó:

--¡Envidioso!

Mi incipiente reputación oratoria no me bastaba, faltándome las ocasiones de hablar sin peligro y con brillo. Se debatían cuestiones demasiado complejas, demasiado técnicas para que pudieran lucir las lindas y sonoras frases huecas de mi repertorio, y no me encontraba con valor suficiente, por el momento, para emprender el estudio á fondo de un asunto determinado, tanto más cuanto que, desde nuestras filas, los argumentos debían ser muy especiosos y singularmente hábiles para que resultaran admisibles. Toda la elocuencia parecía haberse vuelto del lado de la oposición...

Debatíame, pues, en la obscuridad, y más que entonces, mucho más que entonces lo comprendo ahora cuando, como fondo á mi individualidad, trato de poner aquella decoración de ciudad-emporio, y aquella época de delirio de las grandezas. Desaparezco, no resulto yo, «pigmeizado», y lo peor es que tampoco acierto á dar la impresión de aquel pandemonium, de aquel desenfreno de ambiciones y lujurias, sólo regido por el egoísmo más feroz, y en el que la gente solía entredevorarse acariciándose. Así los «amigos» del Club, indiferentes en cuanto se levantaban de la mesa...

Pugnaba yo por abrirme paso en la alta política, pero el destino, mi protector incomprendido entonces, no lo permitió. Me guardaba para después, no quería que me comprometiera. ¡Sabio destino! Él veía en el futuro que toda aquella grandeza iba á caer derribada de un soplo, y que sólo subsistirían, no los árboles erguidos, sino el cepellón que crece mejor cuando el bosque se aclara. Bien es cierto que, después, si yo he crecido, muchos de aquellos árboles tronchados han vuelto á retoñar. No hay que quejarse. Sólo los muertos no vuelven.

Perdóneseme esta digresión: es la última ó una de las últimas, porque comprendo que, después de tan larga caminata como hemos hecho juntos, el lector, viendo ó creyendo ver próxima la etapa final, me incita á no detenerme á coger flores y contemplar el paisaje, sino á seguir andando «derecho viejo», hasta el apetecido descanso. Dejaré, pues, que los hechos se expliquen por sí solos, tanto más cuanto que pienso en la posible excelencia de unas memorias escritas de ese modo desde la primera página. Resultarían admirables quizá, pero no serían «mis» memorias, pues tengo cierta cavilosidad característica que me lleva á los análisis minuciosos. Mas lo prometido es deuda. Vamos á los hechos descarnados.

Luis Ferrando, uno de mis camaradas del Club, joven insignificante pero muy difundido en los salones de la alta sociedad, me abordó cierta noche diciéndome:

--Usted, que es un verdadero orador, ¿no sería capaz de hablar en una velada de caridad que organizan las Amigas de los Pobres, una sociedad formada por las señoras más distinguidas?...

--Si ellas creen que puedo servirles...--contesté, pensando que aquello me era conveniente.

--Me han encargado, justamente, de que se lo pida.

--Entonces, no hay más que decir... Cuando esas damas quieran.

La fiesta resultó magnífica y en ella pronuncié el más florido de mis discursos, como podrá verse por el siguiente párrafo, que no era, ni con mucho, el más deslumbrador:

«Como la cascada que, saltando desde la altura, deshecha en lluvia de colores, en avalancha de piedras preciosas, fecunda todo el alto monte y toda la campiña, desde la planta aromática de la cumbre hasta la flor de la falda, hasta la espiga del llano, hasta el árbol corpulento y añoso que crece entre las grietas del peñasco, así el sentimiento desbordante, así la irisada caridad de la mujer argentina, baja desde la cima excelsa en que es soberana, hasta la hondonada obscura en que hormiguea la humanidad doliente; y lo que arriba se llama Gracia, abajo se llama Beneficencia. ¡Oh! ¡dadme, dadme vuestra limosna admirable como único premio de mi vida! ¡Si soy un mendigo, tendré por vosotras el pan cuotidiano; si soy un luchador, tendré por vosotras dónde recuperar los alientos perdidos; si soy un triunfador, encontraré en vuestras manos la corona de laurel; si soy un poeta, tendré en vuestros ojos, cuando entone un sublime canto, la gota diamantina de rocío, la gema incomparable que no puede pagarse con todos los tesoros de la tierra, de vuestros tiernos, de vuestros abnegados, de vuestros preciosos sentimientos, emanación única de Dios!»

Esto parecerá rebuscado, enfático, y á los más exigentes hueco, ¡pero había que oirmelo decir con mi voz sonora y musical, y mi ademán, al propio tiempo, amplio, rítmico y dominador! Un calofrío corrió por toda la sala, como una ráfaga de viento en un trigal; las mujeres lloraban, los hombres aplaudían á despellejarse las manos. ¡Qué triunfo aquél!

Al salir del teatro, en medio de los agasajos, los apretones de manos, las felicitaciones entusiastas que exteriorizaban mi triunfo, Ferrando se me acercó en el vestíbulo, donde las damas aguardaban sus carruajes mal cubriendo con los abrigos todavía innecesarios dada la estación, sus riquísimos trajes de soirée.

--Un caballero y una señorita muy distinguida acaban de pedirme que lo presente. Allí están aguardando el coche, ¿quiere venir?

--¿Quiénes son?

--Don Estanislao Rozsahegy (pronunció Rosahegui) y su hija Eulalia, una muchacha preciosa...

Y mientras yo le decía «Vamos allá», él agregaba aún:

--La más rica heredera de Buenos Aires...

III

Soplaba el pampero, picante y vivaz, y bajo mi sobretodo sentíame como un hombre nuevo, más alegre y más resuelto que de costumbre, para quien todas las empresas tenían que resultar fáciles y gratas. Por el cielo azul cobalto, transparente como una vidriera de colores, cruzaban rápidas nubes blancas y cenicientas, caprichosamente redondeadas, mientras que el sol, velado por momentos, lanzaba en otros á la tierra sus rayos cálidos aún, en una iluminación de apoteosis. Bajé á buen paso por las calles que el domingo dejaba desiertas y vibrantes como una caja de resonancia, hasta la vieja y miserable Estación Central, donde iba á tomar el tren para Los Olivos. Don Estanislao Rozsahegy me había invitado á una «garden-party»--la última de la estación,--en su magnífica quinta.

Durante el viaje recapitulé, sacudido por el traqueo del vagón, los preliminares de nuestra naciente amistad. Después de la presentación en el vestíbulo de la Ópera, me había abierto su casa, y suplicado á Ferrando que me llevara una noche, pues, de otro modo, yo sería «capaz de no ir». Los había visitado una ó dos veces, y digo «los», porque quien me atraía era Eulalia, que, indiscutiblemente, había quedado prendada del orador y del hombre, y que no trataba de disimularlo. ¡Es tan grato verse querido!... Aunque sea por la hija de don Estanislao Rozsahegy, advenedizo enriquecido en el comercio y la especulación, que comenzó su carrera triunfal ejerciendo los oficios más bajos, á quien todo el mundo adulaba y de quien todo el mundo hablaba mal en su ausencia. Nadie sabía, á ciencia cierta, cuál era el verdadero punto de partida de su enorme fortuna, valorada en muchos millones: unos decían que se había «sacado una grande» en la lotería; otros que Irma, su mujer--eslava ó teutona zafia é ignorante que quién sabe qué habría hecho en su primera juventud,--le llevó en dote unos pocos miles de pesos; los menos afectaban sospechar una procedencia poco honesta, si no criminal, á los fondos con que inició su brillante carrera de agiotista. Hablillas sin fundamento quizá, y para cuya aclaración hubieran sido necesarias las investigaciones más minuciosas, porque en un cuarto de siglo de triunfos, los testigos de los comienzos habrían desaparecido ú olvidado. Lo incontestable era su riqueza, su habilidad de banquero, su adivinación de especulador, su acierto y su suerte de bolsista, que le permitían aumentar sin tregua una fortuna ingente ya. En cuanto á su físico y sus maneras, sólo diré que era rechoncho sin ser obeso, moreno y velludo, con la cabeza como una bola, los ojos pequeños y maliciosos, negros como el grueso bigote teñido que dominaba una nariz chata y ancha, de grandes fosas bien abiertas, como para olfatear mejor los negocios, brazos cortos y manos gordas, enormes, peludas, de dedos enanos y deformes--atractivos todos estos complementados con ademanes bruscos é irregulares, voz rotunda de bajo, franqueza afectada hasta la vulgaridad si no la grosería, y lenguaje incorrecto de hombre que nunca aprendió gramática alguna, ni la de su país de origen ni la de aquél en que había clavado definitivamente su tienda.--Irma, su mujer, debió ser hermosa cuando joven, pues aún le quedaban algunos restos que la hacían parecer á la Isabel Bas de Rembrandt, pero sin la extraordinaria nobleza de esta gran dama de la burguesía flamenca. Era, también, tosca y familiar con todo el mundo, hasta extremos chocantes, y hablaba en un inverosímil dialecto de su exclusiva composición.

En cambio, Eulalia era tan bonita como distinguida, y lo parecía más junto á sus padres, por contraste, como si éstos fueran zafios y grotescos para que resaltara la delicadeza de su fina persona, su frente clara y abovedada, sus ojos profundos rodeados de una aureola obscura que les daban un encanto dulce y luminoso, la boca dibujada como una caricia, la nariz algo larga, recta, la barbilla como la de un niño. Y con esto unas manos de largos y admirables dedos, una voz argentina, convincente y subyugadora, que subrayaba siempre su linda, su graciosa sonrisa de buen humor, y un cutis terso, blanco, sin mancilla, ligeramente matizado de rosa. Parecíame mucho más bonita que María Blanco, sobre todo mucho más mujer y mucho más niña. La otra iba rodeada de una aureola de severidad, que la hacía como lejana é intangible, y sus trajes modestos, casi austeros, poco ó nada ceñidos á la moda, añadían á la impresión de alejamiento que esto producía. Eulalia, en cambio, siempre alegre, siempre riente, conversadora y bromista, vestía trajes elegantes, quizá demasiado ricos y vistosos para su edad y su estado--pero, por otra parte, ya se había perdido en el país la costumbre de hacer que las jóvenes se vistieran sencillamente y sin joyas hasta el día de su casamiento...--Puestas ambas en parangón, y como mujeres, no como Egerias, no cabe duda que el triunfo correspondía á Eulalia.

Me había encantado, pero no estaba enamorado de ella como podría creerse: otras aventuras, muy recientes aún, y con todo el atractivo de la novedad, me absorbían entonces, y mis relaciones con Laurentina de la Selva, la viuda treintona codiciada por tantos y tan apetecible, no eran un secreto para la parte de la sociedad que frecuentábamos... ni para el resto tampoco. Esta vinculación--sobre la que no insistiré porque es innecesario--bastaba para distraerme y hacerme rehuir ó postergar todo otro devaneo, pues, en cuanto á la parte seria de la vida, no abandonaba por estas consideraciones, galanteos y flirts, mis proyectos matrimoniales con la buena María.

Llegué, en fin, á Olivos y á la quinta de Rozsahegy donde, pese al fresco intempestivo del día, numerosas parejas paseaban por los jardines y se divertían animadamente en diversos juegos, al son de una música discreta. Eulalia debía estar atisbando, pues apenas llegué salió alegremente á mi encuentro.

--¡Bien venido! ¡Bien venido!--me decía con una voz que parecía un canto, un arrullo, un mimo.

Casi podría tomarse aquello por una declaración, si el infantil regocijo que caracterizaba á Eulalia no explicase sus arrebatos, de todas maneras inocentes.

Ella misma me tomó el brazo é hizo que la acompañara por el jardín, que recorría como sus padres cuidando de que no faltara nada á los invitados, y entretanto parloteaba como un pájaro, me miraba sonriente con sus ojos grandes é ingenuos, movía el cuerpo flexible con gracia serpentina, agitaba las manos finas--sin anillos que deslucieran su belleza en el errado supuesto de llamar la atención--con ademanes mesurados y curvilíneos que no eran seguramente fruto del estudio, sino don natural. Hablamos de arte, de música, de pintura, de letras... Sin decir nada nuevo ni profundo, no decía tampoco disparates; era educada, relativamente instruída, había pasado algunos años en un colegio de hermanas francesas, y luego el roce social acabó de barnizarla. No criticaba á sus padres, pero se veía que, en el fondo, hacía comparaciones, y que este mismo análisis contribuía á refinarla.

Pasé, en suma, una tarde deliciosa, sin ocuparme casi para nada del centenar de personas más ó menos elegantes, ricas ó aristocráticas que pululaban en el jardín y en los salones. Apenas si había cambiado cuatro palabras con Rozsahegy y con Irma. Pero esta última iba á tratar de desquitarse. Y en efecto, cuando un grupo numeroso pasó á tomar el té en el comedor, la buena señora alzó de pronto la voz y, encarándose conmigo, que estaba al otro extremo de la mesa:

--¡Herrera! ¿Por qué no nos repite el discurso?

Eulalia se puso roja, y apenas acertó á murmurar: «¡Mamá, por Dios!» Yo, sonriendo, para no dar importancia al despropósito que ya provocaba disimuladas pero irresistibles risas, repliqué:

--No es el momento, otra vez... Son ustedes de una amabilidad tan exquisita y esta reunión es tan agradable, que no hay que turbarla sino con palabras de agradecimiento. Brindemos, pues, por los dueños de casa.

Eulalia me agradeció con una sonrisa y una mirada en que se mezclaban la emoción y la alegría. Creo que me consideró un héroe.

Ferrando, que volvió conmigo en el tren, me dijo en tono confidencial, probablemente para quitarme las ganas:

--La muchacha es un coquito, pero lo que es el «gringo» no la larga á dos tirones... El que la pretenda tiene que «hamacarse»... y ser muy rico. ¡Es natural!... Un millonario como Rozsahegy...

--Sin embargo, creo que usted no pierde la esperanza--observé, riendo.