Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
Part 18
--¡No se precipite! Mire bien lo que va á hacer, don Casiano--le dije.--El pueblo está demasiado alborotado para que nos metamos en «persecuciones». Lo mejor será practicar una larga investigación, sin tomar preso á nadie por el momento. Siempre habrá tiempo de hacerlo en el curso de la instrucción, si vuelven á alzar el gallo. Y, ahora, para hacerle el gusto, permítame que le presente mi renuncia...
--¡Cómo tu renuncia! ¿Has perdido el juicio? Por nada te dejaré que «renuncies» en estos momentos. ¡No faltaba más!
--Sí, Gobernador. Así se salvan las apariencias. Y usted aceptará la renuncia, pero copiando este borrador.
Y le presenté una minuta así concebida:
«Considerando: l.º que el benemérito jefe de policía de la provincia, don Mauricio Gómez Herrera, tiene razones poderosas para renunciar el puesto que con tanto acierto y patriotismo desempeña; 2.º que las circunstancias anormales porque atraviesa la provincia, teatro de una agitación subversiva, hacen imprescindibles sus servicios.
«El gobernador de la provincia en Acuerdo de Ministros, DECRETA:
«Art. 1.º Acéptase la renuncia indeclinable de don Mauricio Gómez Herrera;
«Art. 2.º Encárgase al mismo don Mauricio Gómez Herrera, del desempeño de las funciones de jefe de policía de la Provincia, mientras duren las presentes anormales circunstancias.»
--¿Lo firmará?--pregunté.
--¡Pues, está claro!
--¡Viva la República! ¡Cualquier día iba yo á dejar que _mi_ elección se hiciera sin dirigirla personalmente yo!
XIV
Estas sencillas maniobras, que no sé si llamar hábiles, dieron lugar á un hecho agradablemente inesperado. María me escribió un billetito, el primero, pidiéndome que fuera á su casa. Hacía semanas enteras que no iba á visitarla, y recibí su invitación con verdadero regocijo, como una señal evidente de mi triunfo próximo y definitivo. Corrí á casa de Blanco sin perder un minuto, y entré en la sala con aire de conquistador, aunque ligeramente conmovido. Saludé con efusión, pero quedé sorprendido al ver que María me recibía con cierta gravedad.
--Mauricio--dijo, por fin, entrando en materia.--He creído de mi deber atreverme á hacerle una advertencia. Usted comprenderá que, dadas nuestras relaciones... amistosas, me preocupe de cuanto hace, y tenga, como si dijéramos, los ojos clavados en usted... Y, perdóneme, su actitud me aflige.
--¡No he hecho el menor daño á nadie!--exclamé estupefacto.--Hasta he salvado á los revolucionarios, negándome á tomarlos presos, como quería el Gobernador.
--No me considere «politiquera». No lo soy. Si me informo de la política, es porque usted es político; me ocuparía, también, de usted, en cualquier otro terreno en que actuara. La mujer que quiere conocer su destino sabe adaptarse al medio de su... de los amigos que han de influir decididamente en su vida.
Una luz me iluminó como un relámpago, y después de callar un momento, pregunté con afectada tranquilidad:
--¿Hace mucho que no ve á Pedro Vázquez?
--¿Por qué me lo pregunta?
--Simple curiosidad.
--Vino ayer...
--¿Y hablaron ustedes de mí?
--No.
--Sí, María.
--¡No!... Por lo menos no se ha pronunciado su nombre. Hablamos... hablamos del éxito.
--Y Pedro considera que el éxito es caprichoso, siempre ó casi siempre injusto, que se ofrece al más torpe ó al más tonto, y que se niega al mérito, al esfuerzo, al sacrificio... ¡Qué bien veo á Pedro en esto, y cómo sabe hacerse la mosca muerta para intrigar mejor y dar los golpes más certeros!
--No. Vázquez considera, como yo, que el éxito suele ser el salario de los que se doblegan á todas las influencias y se dejan llevar por todas las corrientes, tengan méritos ó no...
--¿Sabe, María, que usted piensa mucho? ¿Sabe que piensa demasiado para poder sentir?
--¿Y eso significa?...
--Que quien tanto analiza, señal es que quiere poco.
--¿Deben aceptarse las cosas y los hombres sin examen?
--¡Bah! Bien admira á Pedrito...
--Analizando, como usted dice.
Yo rabiaba de celos y de despecho. ¡La Marisabidilla aquella, que se abrogaba la facultad de juzgarme, de criticarme y de aconsejarme! Porque si bien no me había dicho nada concreto aún, yo leía en sus ojos la amonestación preparada... ¿Con qué derecho? ¡Una mujer, que no debía ocuparse sino de sus trapos y sus cintas! ¿No es odiosa esta clase de marimachos que se creen dueñas de todo el saber porque han leído cuatro librejos y han creído meditar cinco minutos? ¡Ah! todo hubiera concluído allí, si los celos ó el amor propio no me mordieran el corazón. ¡No estar Vázquez presente, para saltarle al pescuezo!... Y, con las manos trémulas de ira y la voz entrecortada, dije:
--¡Me ha hecho muchos reproches sin formularlos, María! Usted condena mi conducta, aunque ésta se ajuste estrictamente á lo que exije la vida real. ¡Bah! usted es una soñadora, una criatura angelical, convengo en ello, pero ajena al mundo, incapaz de manejarse en el mundo... Quizá por eso la quiero tanto... Pero que la quiera no significa que... No, no tiene derecho de criticarme. Ya se dará cuenta de las cosas, y entonces comprenderá. Cuando uno se propone llegar á un punto determinado, tiene forzosamente que tomar el camino que conduce á él, sea una carretera, sea un atajo, sea un desfiladero entre precipicios... Yo voy donde debo ir por el único camino que tengo, sin mirar hacia atrás ni hacia los lados, sin que me detengan tropiezos humanos ó materiales, pero sin faltar por ello á mis principios de hombre de honor, á mi...
Una risita, entre dolorosa y sarcástica me interrumpió.
--¿Usted cree, entonces--dijo en voz clara,--que sus sueltos del diario, por ejemplo, no pasan los límites de la gentileza y la corrección, por no decir más?
--¿Mis sueltos? Yo no escribo.
--¡Vamos! No agrave la falta, si es falta, como yo creo, con su negativa. Usted sabe que esos juegos, que probablemente así los consideran muchos, abren todas las puertas á la calumnia y al escándalo. El que hoy es objeto de burlas ó difamaciones, para vengarse, no se detendrá mañana por consideración alguna, y hará, á su vez, que todo ruede al pantano, el enemigo y cuanto lo rodee, sus afectos, su hogar... Las consecuencias de estos excesos suelen ser terribles, y nadie sabe de antemano hasta dónde pueden llegar.
La miré de hito en hito, sin conseguir que bajara los ojos.
--¿Para eso me ha llamado usted?--balbucí, ardiendo en ira.--¿Sólo para eso me ha llamado? ¿No podía ni siquiera esperar?... ¡Pues bien! yo también tengo algo que decirle: ¡Usted no me quiere, usted no me ha querido nunca, María!
Inclinó la frente con vaga sonrisa dolorosa, y murmuró, arrugando el vestido entre sus dedos:
--Puede ser. Puede ser muy bien.
En su acento había, nuevamente, un poco de ternura y un poco de ironía. Para un frío espectador, hubiera sido evidente que en su alma luchaba la imagen que de mí se había forjado, con la realidad que iba presentándole yo poco á poco. Romanticismo, en fin. Cuando alzó de nuevo los ojos, su mirada estaba completamente serena. No dijo una palabra. Y, durante un tiempo incalculable, quizá treinta segundos, quizá media hora, callé y medité. ¿Qué iba á ser de mí, si llegaba á compañero de aquella Aspasia criolla, de aquella Lucrecia principista? Unirme á ella, sería condenarme á una vida de amargos sinsabores, á una tiranía perenne, á una censura continua é inflexible de todos mis actos. Tuve miedo. Tuve miedo y al propio tiempo indomable deseo de subyugarla, de dominarla, de someterla á una incondicional adoración de mi persona. Y obedeciendo á este impulso, traté de serenarme. Cambié de tono y le dije con mimo que cuanto hacía, bueno ó malo--sin saber que pudiera ser malo,--era por ella, por conquistarla, por prepararle también la más elevada de las posiciones, la riqueza, el poder, la felicidad, que ella merecía más que nadie. Yo no ambicionaba nada para mí; para ella nada me parecía suficiente.
--Usted es una de las mujeres excepcionales que hacen á los grandes hombres. Con usted á mi lado estoy seguro de llegar á donde me proponga, y más lejos aún... Soy rico, seré muy rico. Tengo algún poder, lo tendré cada vez mayor. En el país no habrá dentro de poco quien pueda competir conmigo...
--Sí, Mauricio.
--¿Quién?
--El que piense mejor.
La sombra de Vázquez se condensó ante mi vista. El rival derrotado recuperaba poco á poco sus antiguas posiciones. Y esta alucinación me desconcertó, porque no acertaba á explicarme la mudanza de María, pese á los síntomas anteriores. Traté, sin embargo, de ahondar más en el alma de la joven, y la pregunté:
--¿Sólo para eso me ha llamado?
--No. Quería, sobre todo, decirle una cosa... No hay quien no critique su presencia al frente de la policía, mientras se prepara su propia elección. ¿Por qué no deja el puesto y satisface así á amigos y enemigos?
--¡Porque serían capaces de dejarme á pie!--exclamé, sonriendo.--Se necesita ser muy ingenua, María, para preguntarme ó para pedirme semejante cosa.
--Y, sin embargo, yo creía...--murmuró, casi con las lágrimas en los ojos, conmoviéndome á mí también con su tono de queja.
En esto, entró en la sala don Evaristo que, viendo nuestro enternecimiento, creyó dado el gran paso y zanjadas las últimas dificultades.
--¿Se adelanta algo, muchacho?--me preguntó, sonriendo alegremente, en la esperanza de una grata noticia.
--¡Ah, don Evaristo! Mucho me temo que la oposición se haga dueña del Poder--contesté.
Don Evaristo entendió la frase en su sentido más directo, y me sometió á todo un interrogatorio sobre la situación política de la provincia. María escuchaba mis palabras, posiblemente sin oirlas, con los ojos muy abiertos, tan abiertos como cuando uno mira á su interior.
Días más tarde, volví. Dominábame el insensato deseo de reconquistarla, un arrebato sólo semejante á la sed de venganza de un ultraje terrible, todo el feroz impulso del amor propio desenfrenado. Ella mantenía á toda costa la conversación en el terreno de las generalidades, muy correcta, fría, apenas amable, de cuando en cuando. Yo me ponía alternativamente rojo y pálido. Á veces, sentía ganas de lanzarme sobre ella, de sacudirla, de dominarla por la fuerza bruta, pero la presencia de don Evaristo que nos acompañaba probablemente á indicación suya, impedía toda iniciativa, imposibilitaba toda nueva explicación.
Las elecciones iban á practicarse el domingo, tres días después. Blanco me habló de mi diputación, segura ya, de mi gran papel futuro en Buenos Aires. Yo le repliqué, con fingida modestia:
--Se puede ser el primero en Los Sunchos, uno de los primeros aquí, y el último ó poco menos en la gran capital. ¡Cuántos que brillaron en sus pueblos, naufragan y se pierden en Buenos Aires! Y puede que yo mismo no llegue á ser sino uno de tantos, perdido entre la multitud...
--Es posible--murmuró distraídamente María.
Una oleada de sangre me subió á la cabeza, y empecé:
--¡Y se imagina usted que yo!...
Pero me contuve, y salí, trémulo de rabia, casi sin despedirme.
Las elecciones me dieron el triunfo. Al día siguiente de practicado el escrutinio, resigné mi puesto en manos de mi sucesor, y comencé á preparar el viaje á Buenos Aires, teatro de mis futuras hazañas, mientras en el cerebro me trotaba la maldita hipótesis, tan fácilmente aceptada por María... ¿Iba yo, gallo de aldea, prohombre de provincia luego, á desmerecer en la capital, á ocupar un rango inferior, á no abrirme paso hasta la primera fila? Y recordaba invenciblemente el triste papel representado por tantos comprovincianos, brillantes en el «pago» y después deslucidos, opacos y obscuros, en cuanto salieron de su centro, indebidamente confundidos en la corriente de selección del país que aspira y absorbe la capital.
¡Oh, María, María! ¡Cómo deseaba triunfar, conquistar Buenos Aires, para avasallarla también á ella, de rechazo, en una apoteosis de mi amor propio!
NOTAS:
[3] El original da el adjetivo correspondiente á su provincia en particular.
TERCERA PARTE
I
Aunque ya estuviese bastante acostumbrado á la vida intensa de la gran metrópoli, Buenos Aires me mareó en un principio, y este fenómeno se explica: hasta entonces sólo había ido allí por paseo, sin nada bien determinado que hacer, el tiempo completamente mío, contando siempre con el refugio hospitalario de mi ciudad, como con un baluarte que me defendería en caso necesario, pudiendo elegir mis relaciones, retraerme ó prodigarme, según me conviniera, simple visitante, en fin, á quien hasta los enemigos reciben corteses, como en un alto del combate; mientras que esta vez, iba á radicarme allí, con un plan de conducta establecido en sus grandes líneas, y obligaciones políticas y sociales, deberes de orden diverso, necesidades urgentes como la de ponerme al diapasón del gran centro, para no hacer un papel ridículo, sin contar ya con tirios y troyanos, como que entraba decisivamente en la arena, ni poder pensar en el modesto abrigo de la provincia, pues retirarme sería equivalente al más estruendoso fracaso. Al mareo contribuía, también, la embriaguez de mi triunfo, la satisfacción arrebatadora de verme con un pie en los últimos peldaños de la inmensa escala, pudiendo considerar que todo me era accesible, que todo estaba al alcance de mi mano. Y otra cosa más: quise, apenas llegado, reconstruir mis antiguos ensueños de cuando vagaba desocupado en la gran ciudad, aquel vasto proyecto de aparecer, y deslumbrar, trabajando activa y brillantemente por la unión estrecha de Buenos Aires y las provincias, por la extinción total de los viejos antagonismos; pero, apenas me puse á pensar en esta «misión» me pareció trivial, infantil, ya realizada ó en vías de realizarse, y temí dar pasos en falso, exponerme á las burlas de los hombres experimentados y escépticos, hablar como una criatura... No, si no es tan fácil la iniciación como parece.
--¡Bah!--me dije.--Lo que debo hacer es, por una parte, ocultar que estoy algo «boleado», que me azoro como un advenedizo, y, por otra, no darme por ahora aires de grande hombre, ni esforzarme por llegar á serlo, mientras no se me ofrezca una oportunidad verdaderamente favorable... Seamos modestos, Mauricio, hasta la hora de ser soberbios.
Gracias á un dominio de mí mismo que me permitía parecer tranquilo é indiferente en las mayores pellejerías, conseguí que nadie advirtiera mi azoramiento. En cuanto al otro auto-consejo, lo modifiqué, pensando que, sin aparentes pretensiones, podía y debía presentarme en plena vida político-social, irreprochablemente y aun con atildada elegancia en cuanto á mi exterior se refería. Renové, pues, mi guardarropa, abandonando los trajes que en provincia podían dar el tono, pero que en Buenos Aires resultaban lugareños por no sé qué detalles de corte, de color, creo que hasta de olor, comencé á frecuentar los grandes «restaurants» á la moda, los teatros, los clubs, los círculos que ya conocía, con el rumbo discreto que siempre acostumbré, y esto me hizo creer un instante que comenzaba á ser popular. Veíame siempre, en efecto, rodeado por un círculo de amigos y conocidos que se ensanchaba cada día, y del que era ó del que creía ser eje principal, pues todos me demostraban no sólo deferencia, sino también hasta admiración. Señuelo de este rebaño habían sido algunos camaradas, que en mis visitas anteriores se sentaban á mi mesa y me iniciaban en el conocimiento de los más amables rincones de la capital; pero antes no eran tan numerosos ni tan permanentes--no me parecieron así, al menos, gracias á lo transitorio de mi estadía,--mientras que, en este nuevo período, llegué á considerarlos innumerables y pesados en demasía, sobre todo cuando saqué cuentas al cabo del segundo mes: me había gastado lo que creía suficiente para medio año, por lo menos. Mis recursos, grandes en provincia, resultaban escasísimos en la capital, llena de declives, cloacas y alcantarillas por donde se va el dinero como agua en día de lluvia, sin que, para quedarse sin un céntimo, sea preciso caer en la exageración de prestar á cuantos piden. Resolví, pues, substraerme un poco á la admiración de mis contemporáneos, y recordé mis buenos propósitos de modestia, jurándome cumplirlos esta vez.
Con todo, y aunque hubiera podido descontar desde luego mis dietas de diputado, el dinero no me alcanzaba, en medio de aquel «maelström» devorador, sobre todo, si quería mantener íntegra mi pequeña fortuna, como era mi intención. Puede que se me considere ávido y hasta mezquino por esto, pero era, sólo, previsor, y sabía gastarme las rentas sin pestañear. ¡Y qué hubiera sido de mí á no proceder de esta manera, cuando tantos más ricos que yo, arrastrados por la corriente, fueron luego á rodar al abismo de la miseria, ó poco menos!
Era urgente, pues, arbitrar recursos, y para ello escribí á Correa, pidiéndole un auxilio, en forma de comisión gubernativa, ú otra cualquiera. Había observado que los funcionarios y empleados mejor retribuídos eran generalmente ricos ó de mediana posición, como si los poderes públicos se empeñaran en conservar y aumentar las fortunas, y mantener un patriciado seguramente necesario para la buena marcha del país. Esto es más lógico de lo que parece. Los hombres, por muchos méritos que tengan, acostumbrados á vivir con poco, no necesitan de grandes recursos, especialmente si trabajan de veras, y darles más que el bienestar en sus comienzos suele ser pervertirlos; mientras que los nacidos en la abundancia deben ver protegida y conservada su posición, pues de otro modo fácil sería que hicieran disparates, perdieran la riqueza y se hundieran, comprometiendo luego á buena parte de la sociedad, en su insuficiencia para resurgir por propio esfuerzo. Esta acción conservadora de los poderes y de la colectividad acomodada, es evidente y es plausible. ¿Quién no encontrará bien que, en el caso de Faustino Estébanez, perdido por deudas de juego, todo el mundo le ayudara pecuniariamente á salvarse, aunque fuera un inútil, mientras que á Renato Pietranera, el físico, que buscaba la solución de no sé qué problema, y se moría de hambre, nadie le facilitó recursos y tuvo que desistir, buscándose la vida como dependiente de comercio? En el primer caso, la vergüenza de Faustino recaía sobre todos los Estébanez, emparentados con la alta sociedad, y no era posible dejarlo en el pantano, por lo cual, después de pagadas sus deudas, se le envió con una misión al extranjero; en el segundo, nadie, ni el mismo Pietranera quedaba comprometido, y si sus trabajos eran realmente de valor, no se han de evaporar por eso. Hombres más grandes que lo que él pueda ser, han vivido en la miseria, pero la humanidad no ha perdido sus obras. En suma, harta mezcolanza social hay en nuestro país, para que nos ocupemos en aumentarla.
Don Casiano, buen gaucho, considerando, sin duda, que yo podía serle muy útil en Buenos Aires, me procuró inmediatamente una prebenda, una representación innecesaria pero bien pagada, ante diversas oficinas públicas que tenían asuntos con la provincia. Con esto podía manejarme, pues ya he dicho que tenía prudencia, y no cometería locuras irremediables, ni siquiera peligrosas, aunque fuera capaz de despilfarrar las entradas y beneficios extraordinarios con la mayor impavidez, como lo hiciera hasta entonces. En las luchas anteriores á mi elección, la prensa opositora me acusó más ó menos injustamente, de malversaciones, de «coimas» exigidas á los proveedores de la policía, de sobresueldos secretos recibidos del Gobierno, de cientos de vigilantes «comidos», como se los comía don Sandalio Suárez, el comisario de Los Sunchos; cierto es--no tengo reparo en confesarlo, porque en aquella época todo el mundo hizo lo mismo,--cierto es que acepté cuanto se me ofreció, pero también es verdad que no lo hice por aumentar mis capitales, sino con entero desprendimiento, por darme mejor vida: todo aquello, como vino se fué, y á no ser por la especulación de mi chacra y otras emprendidas con platita de los bancos, mi fortuna sería muy modesta. Amo el dinero, pero no por el dinero mismo, sino por la libertad que procura y complementa--porque la libertad, sin medios de acción, no es libertad, ni es nada, tanto, que se ha llegado á hablar de la «libertad de morirse de hambre».--Desgraciadamente, las gangas á que más arriba me refiero, habían cesado, y en Buenos Aires no podía conquistarme otras nuevas mientras no estuviese en el ejercicio de mis funciones. Ya me desquitaría más tarde, y, entretanto, el sueldito de Correa me venía como anillo al dedo.
Para modificar mi vida, dejé, pues, el hotel suntuoso y caro en que me había hospedado y alquilé una casita antigua en una calle central--tres ó cuatro habitaciones y las dependencias, no muy primitivas,--la hice empapelar, pintar, amueblar con cierto gusto--con ese gusto innato de la familia, que permite á uno de mis tíos hacer viajes á Europa con el beneficio de los muebles que compra allí y usa y revende aquí,--y me instalé como quien está dispuesto á llevar una vida seria y arreglada. Llamé á Marto Contreras para que fuese mi hombre de confianza, y completé el servicio con un cocinero y un sirviente que salía de una casa aristocrática, y que halló modo de robarme como á un pazguato. Y, ya en mi casa, en vez de correr cafés y «restaurants» y «rotisseries», me limité á mis clubs y círculos, y frecuenté mis relaciones, previo estudio de sus características, y fuí espiritual y escéptico en unas partes, bonachón y creyente en otras, austero aquí, liberal allá, tolerante acullá, sectario unas veces, despreocupado las más. Y así logré que se me recibiera con gusto, pero sin entusiasmo, porque mi figura permanecía indecisa y enigmática, é inspiraba, cuando mucho, una especie de tibia curiosidad.
En esto, pasóseme el tiempo y llegaron los primeros días de mayo, el mes de la apertura del Congreso en que iba á estrenarme. Ahorro la crónica de las sesiones preliminares, de las largas guardias en los salones y los pasillos de la vieja casa que parecía un reñidero de gallos en el recinto, y una carnicería para gigantes desde afuera, y llego á la defensa de mi diploma, que fué en un día desagradable, de humedad y viento norte, enervante y hosco, tal como sólo se ven en Buenos Aires. Los días húmedos de la capital, cuando reina el norte pegajoso y hasta mal oliente, me molestan de un modo indecible. Los ruidos me son más discordantes, más ensordecedores, los movimientos más difíciles, como dolorosos, las ideas más escasas, como ausentes, los olores más intensos é ingratos, hasta nauseabundos, la luz falsa, engañosa, mareadora, las aceras son lodazales, las paredes chorrean agua, los vidrios sudan, los hombres se muestran irritables, provocativos, impertinentes, las mujeres andan como sonámbulas y todas parecen viejas; cualquier frase, insignificante en otros momentos, se convierte en insulto; los nervios, exasperados, nos hacen momentáneos pero acérrimos enemigos de seres y de cosas, y creo que en un momento así, no nos sería muy difícil acabar con el mundo, si ello dependiera de nuestra voluntad. En tales condiciones, tuve que mantener la validez de mi diploma.
Comencé vacilante, con la palabra floja y cansada, en medio de la indiferencia ambiente; pero el mismo desgano de mi auditorio me excitó, me irritó poco á poco, lanzándome en mi oratoria acostumbrada. Soy verboso y brillante. No importa que no sepa lo que voy á decir: substituyo fácilmente las ideas con figuras, con frases retumbantes y efectistas, con imágenes á veces pintorescas, que subrayan muy bien mis actitudes y ademanes de actor. Como no me detengo, pese á las frecuentes interrupciones, ni doy tiempo al examen, llego sin esfuerzo á cautivar á los oyentes y aun á arrancarles el aplauso. Aquella tarde memorable, á las acusaciones de coacción, contesté entre otras cosas, cuando ya estaba en vena: