Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira

Part 17

Chapter 173,782 wordsPublic domain

La ciudad de provincia quedaba lejos, muy lejos, allá atrás, y el mismo recuerdo de María se esfumaba como algo que comenzara á ser remoto. El grande hombre del interior iba á ser grande hombre de la capital, centuplicando su importancia sin trabajo, conducido por el curso natural de las cosas... Pero ¿y si el Presidente?... ¡No! no había nada que temer: me daría su confirmación, pues le constaba que lo había servido y lo serviría incondicionalmente, mientras ocupara el Poder. Después, no podía forjarse ilusiones; su sucesor lo arrumbaría en cualquier rincón, como él mismo había hecho con su antecesor, como lo hicieron casi todos antes, en la corta serie de los presidentes. Lo importante para él era contar durante su período, con hombres probados, y prepararse á volver en las mejores condiciones posibles á la vida privada... Pero, ¿no sería peligroso hablarle de lo que me había encargado fray Pedro? ¿no consideraría aquello como una falta de disciplina? ¿Qué pensaba del divorcio? ¿deseaba implantarlo realmente? ¡Bah! todo es cuestión de tantear el terreno con destreza y no precipitarse, teniendo en cuenta, además, que una medida tan radical no es de su temperamento...

Fuí á verlo en su casa particular al día siguiente, y en cuanto hice pasar mi tarjeta me recibió. Era un hombre joven, bien parecido, de mirada suave y bondadosa, muy campechano y afable. Hablaba con cierto dejo provinciano que no carecía de gracia, y accionaba con viveza, cuando decía algo interesante, acentuando entonces más las sílabas. Vestía bien, sin excesivo atildamiento, y no llevaba nada aparatoso ni llamativo sobre su persona. Me tendió la mano, con ademán resuelto y franco, me hizo sentar junto á él en un sofá, y entró inmediatamente en materia, preguntándome--cual si ésta fuera una «Guía de la Conversación» de los presidentes,--cómo andaban las cosas en mi provincia y cómo se presentarían las próximas elecciones nacionales.

Exageré la paz y la bienandanza de que gozábamos, la fidelidad del pueblo á su Gobierno, la riqueza que fluía de todas partes, la floreciente situación de los bancos, el progreso que avanzaba vertiginosamente. En cuanto á las elecciones, procurarían un nuevo triunfo á nuestro partido, del que él era tan digno jefe, aunque entre los candidatos hubiera alguno ó algunos de escaso mérito.

--¿Por ejemplo, cuál?--me preguntó extrañado.

--Por ejemplo, éste su servidor, Presidente--dije, mirándole al soslayo, para sorprender la impresión que le causaba.

Se echó á reir.

--¡Vaya una modestia, amigo!--me contestó.--Usted hará muy buen papel en la Cámara... mejor que muchos otros. Ya me han escrito sobre su candidatura, que me satisface, porque usted es un hombre con quien se puede contar.

--¡Oh, en cuanto á eso!...

--Pero, dígame lo que pasa por allá. ¿Cómo se porta el gobernador Correa?

Inicióse, entonces, una larga plática, él preguntando, yo dándole detalles de todo género, haciendo retratos más ó menos parecidos de mis comprovincianos influyentes, contándole las últimas anécdotas y los últimos escándalos. Era curioso y se divertía muchísimo con aquella chismografía político-social, que yo manejaba como un maestro. Aproveché la circunstancia para informarlo de la actitud del clero y del partido católico ante el anuncio del proyecto de ley del divorcio.

--Pero no ve, amigo, cómo nos atacan los clericales--exclamó con un ademán violento y poniéndose ligeramente encarnado.--¡Nunca se ha visto!... Hacen política hasta en el púlpito, y hay que darles una lección... Están demasiado engreídos (engréidos, pronunciaba él), y no quiero que en mi Gobierno haya nadie que se ría de mí.

--¿Y no cree usted, Presidente, que atacándolos así, en lo más vivo, no se portarán peor? Todavía si el proyecto se lanzara sin el apoyo ostensible del Gobierno...

--Eso es lo que se hará, precisamente... No tengo interés mayor en la ley. Pero, al sentir esa amenaza, comprenderán que sólo yo puedo desvanecerla ó alejarla indefinidamente.

--¿De modo que nuestros diputados podrán votar como les parezca?

--Naturalmente. Lo que importa es el debate, un gran debate que entretenga la opinión. Prepárese, amigo Herrera, pues ése será un lindo estreno para usted.

Salí radiante de alegría, y corrí al hotel á escribir á Correa, á los amigos, para comunicarles que el Presidente me había ungido diputado. Todo temor desaparecía: era como si ya tuviese el diploma en el bolsillo. También escribí al padre Arosa, diciéndole que todo había pasado de acuerdo con nuestros deseos, y á de la Espada, pidiéndole que lanzara abiertamente mi candidatura en _Los Tiempos_, sin esperar á que el Comité me proclamase. ¡Me reía yo de todos los comités, de todos los gobernadores de provincia, de todos los candidatos de sí mismos!

Pasé en Buenos Aires una semana encantadora, corriendo de un teatro á una tertulia, de una visita á un paseo, de un club á alguna libre y amena reunión femenina, derrochando el dinero como sólo se ha derrochado en aquella época delirante y magnífica, que la mala suerte vino á interrumpir, pero que pudo ser, sin la intervención de la fatalidad, el comienzo de una era grandiosa que pareció reiniciarse diez ó quince años después. Un entorpecimiento, una momentánea escasez de dinero provocada por varias malas cosechas, hizo poco más tarde que todo el edificio, cimentado en el crédito, pero que se hubiera consolidado echando profundas raíces, se viniera abajo de la noche á la mañana, y pusiera en grave peligro la misma estabilidad de nuestro partido, es decir, del único que tiene suficientes fuerzas para gobernar el país, experiencia profunda y clara comprensión de cómo deben dirigirse sus progresos. ¡Lamentable aventura, que me hizo pasar las horas más amargas de mi vida! Pero aún estábamos lejos de tan penosa situación, y Buenos Aires se divertía bulliciosamente, á despecho de la prédica incendiaria de algunos periódicos, y al amparo de una policía fuerte y admirablemente organizada, cuya severidad era motivo de odio para el populacho que la oposición trataba de anarquizar.

Cuando volví á mi provincia, había gastado lo que allí me bastaría para vivir con rumbo seis meses, por lo menos. Poco me importaba. Mis terrenos y casas nuevas de Los Sunchos, sin darme sino muy escasa renta, se valorizaban día á día, y no tardarían en constituirme una regular fortuna que, bien utilizada en especulaciones que Buenos Aires ofrecía fácil y seguramente, harían de mí en poco tiempo un hombre muy rico. El porvenir estaba asegurado, ó, por lo menos, así lo creía yo.

Para asegurarlo más, siguiendo la corriente de la época, había sacado dinero de los bancos, no sólo en el de la provincia, sino también en el Nacional, unas veces con mi firma--las menos,--otras con las de algunos servidores de confianza, para ponerme al abrigo de todo evento, y no con la intención de suspender las amortizaciones, salvo caso de fuerza mayor. ¿Por qué había de permitir que una casualidad pudiera arruinarme, cuando muchos en peor posición política que yo, no corrían riesgo alguno, usando de cuanto dinero necesitaban? Además, con aquello no hacía daño á nadie, y esas sumas me permitían edificar, especular, aumentar el número y la extensión de mis propiedades...

Vuelto á la ciudad, mi primera visita fué para María, que me recibió como me había despedido, amistosa pero fríamente, con una reserva que se esforzaba al propio tiempo por mantener y disimular. Estaba evidentemente en guardia; pero, ¿contra qué? Hay misterios incomprensibles en el alma femenina.

Fray Pedro, á quien fuí á ver en seguida, me abrumó á preguntas, y sólo se tranquilizó cuando le dije lo que se proponía el Presidente: amenazarlos para mostrarse después buen príncipe, y atraerlos á su lado, ó, por lo menos, neutralizarlos en la fiera campaña de oposición que se iniciaba entonces.

¡Bien, muy bien! Pero no conseguirá ni lo uno ni lo otro, ni la ley, ni... lo que se propone con ese espantajo. No se puede encender una vela á Dios y otra al diablo, sus pretensiones demuestran que sigue tan hereje como antes.

Mi candidatura estaba proclamada y mi despacho de la policía, lo mismo que mi casa particular, se hallaban continuamente llenos de gente, de amigos adventicios, deslumbrados por mi rápida fortuna, y á quienes Zapata hacía los honores, dándoles el tono y el compás en el coro de mis alabanzas, y haciendo que se atiborraran de mate dulce y de ginebra con agua y panal. Mi gloria estaba en su apogeo. Yo era, si no el más importante, uno de los personajes más importantes de la provincia: todo el mundo me aseguraba que iba á votar por mí, y me pedía alguna cosa para cuando estuviera en Buenos Aires, un empleo para el hijo ó el pariente, una pensión para la viuda, la huérfana ó la hermana de un guerrero del Paraguay, que probablemente no había salido de su casa, una recomendación para que le descontaran en el Banco, mi apoyo para un pedido de concesión ó de privilegio, cátedras en los Colegios Nacionales, en las Escuelas Normales y hasta en las Universidades, cuanto Dios crió y las administraciones humanas inventaron desde que el mundo es mundo. Hubiérase dicho que yo tenía el cuerno de Amaltea, ó la varita de virtud, y creo que durante un tiempo fuí más rodeado que Camino, é incomparablemente más que Correa.

Yo á todos decía que sí.

Cuando se va subiendo en política, hay que acceder á cuanto se nos pide. Basta con reservarse la ocasión de hacerlo, que siempre llega en los tiempos indefinidos... Sólo que suele llegar tarde para los interesados.

XIII

En cambio, mi candidatura había hecho pésimo efecto en los diarios de oposición, que me llenaban de improperios, lo mismo que á los otros candidatos situacionistas. La prensa bonaerense nos zurraba también, incitada por sus corresponsales, eco molesto del periodismo local. El diario católico de la ciudad, entretanto, me perdonaba á mí sólo, atacando con singular violencia á mis futuros colegas que, al fin y al cabo, no valían ni mucho menos ni mucho más que yo, en cuanto á preparación, dotes intelectuales y morales y principios políticos. Como Correa, cuyas inútiles veleidades de dejarme plantado se desvanecieron una vez conocida la voluntad presidencial, me sonreía como al elegido de su corazón, y hacía cuanto estaba en su mano para ayudarme, los ataques recrudecieron, diciendo los diarios que él era el más empeñado en mi triunfo y que yo debía considerarme «su hijo... político», agregando que ésta era la mayor vejación que se hubiese hecho sufrir á la provincia. Aunque esto pudiera no haberme importado, pues tenía segura mi «banca» en el Congreso, no me avine á dejar pasar sin castigo todas estas impertinencias y empuñando mi mejor tajada pluma, y mojándola en bilis y veneno, inicié aquellas célebres «Semblanzas contemporáneas» cuya serie forma una galería de retratos satíricos de los prohombres de la oposición de mi provincia.

Allí salían á bailar todas sus ridiculeces, sus defectos morales y físicos, y hasta los detalles más ó menos pintorescos y escabrosos de su vida privada. Tuve para esto dos colaboradores eximios en don Claudio Zapata y misia Gertrudis, que conocían la vida y milagros de la provincia entera, desde tres generaciones atrás. Aparte la genealogía minuciosa de cada familia, sabían todos los escándalos verdaderos ó calumniosos, presentes, pasados y hasta futuros de cada uno de nuestros comprovincianos de significación.

--¿Qué se puede decir de Fulano, misia Gertrudis?

--Que es un mulatillo y nada más. El abuelo era un negro liberto de los Bermúdez, que entró de sacristán en San Francisco. Los buenos padres enseñaron á leer y escribir á los hijos, que se hicieron comerciantes en un boliche de almacén y pulpería, y ganaron platita. Me acuerdo que, cuando muchacha, al pasar el padre de este personaje de hoy, le cantábamos para hacerlo rabiar:

_La Habana se v'á perder la culpa tiene el dinero: Los negros quieren ser blancos, los mulatos caballeros._

Tenía el odio más inveterado y mortal contra los negros y los mulatos, sólo comparable con el que dedicaba á los «carcamanes», ó sea italianos burdos, á los «gringos», es decir, á los extranjeros en general, y á los catalanes, aunque fueran nobles hijos de la península ibérica, patria de sus antepasados. Para cada colectividad de éstas tenía una copla, más ó menos chistosa, por ejemplo:

_Á la orilla de un barranco dos negros cantando están: ¡Dios mío! ¡quién fuera blanco... aunque fuese catalán!_

Á los carcamanes, bachichas, «mangia polenta», escasos por entonces en la provincia, no les economizaba dicterios, y el mismo doctor Orlandi, pese á su alta posición oficial y pecuniaria, no escapaba á sus tiros. Don Claudio le hacía coro y complementaba á veces sus recuerdos y observaciones, con análoga malevolencia, subrayando algún detalle ó exhumando otros desconocidos ú olvidados por su cara mitad.

--«Acordate» de que, cuando nació Zutanito, hacía meses que había parado en su casa don Justo, el gran caudillo. Y Zutanito es el vivo retrato de don Justo, mientras que no se parece nada al padre.

Y así para todos, sin que nadie quedara en pie. Completaban, pues, admirablemente mi policía oficial, en el tiempo y en el espacio, metiéndose donde ésta no podía entrar, resucitando archivos inaccesibles para ella, y gracias á sus informes é insinuaciones podía yo escribir sueltecitos picantes como «ají cumbarí». Pero, aleccionado por el caso de Vinuesca, que no había para qué repetir--los duelos son útiles cuando el motivo lo merece y pueden darnos mayor notoriedad,--cuidaba de indicar clara, inequívocamente á mi víctima, pero sin señalarla de un modo categórico. Quiero presentar aquí un espécimen de aquella literatura, una silueta--no la más hiriente, por cierto,--de un enemigo de significación, el redactor en jefe de _El Grito del pueblo_, diario el más vehementemente radical que se haya visto en mi provincia:

«Escribe con una copa de caña al lado. Esta copa siempre está llena, y no porque él la olvide. No. Cuando se la bebe, distraído, le escancia inmediatamente otra una mujerona de color sospechoso, entre china y mulata, con quien se casó hace poco para legitimar una larga prole de negritos de mota y pata en el suelo. Este manejo se repite cada cinco minutos ó á cada párrafo de «sana doctrina política». La Hebe archicriolla, si no se prefiere archiafricana, cobra, naturalmente, su comisión en especies, echando sendos tragos, de modo que al acabar un artículo atiborrado de insultos y de calumnias y hediendo á alcohol, ambos, el salvador del país y su Egeria cetrina, están completamente borrachos. Entonces leen lo que el Literato ha escrito, y la Musa orillera hace corregir las palabras demasiado suaves, substituyéndolas con las más gordas del diccionario populachero, y dándoles todo el fétido aliento de su dipsomanía. Y el engendro de su doble embriaguez delirante es para ellos algo sagrado, si no divino, el eco exacto y admirable del grito del pueblo. Para los demás es únicamente, y no puede ser otra cosa, el eructo del porrón.»

No copio más, porque juzgo ahora este sistema de polémica menos distinguido que entonces, y mucho más ineficaz de lo que parece. Va más allá del blanco. Pero agregaré en mi descargo, si no en mi honor, que estos mismos sueltos, procaces si se quiere, eran modelo de discreción y agudeza, comparados con los que entonces solían leerse en la prensa provinciana, y de los que guardo algunos tan curiosos, como aquél que discutía el modo y forma del nacimiento de un personaje puntano... Ni insinuar se puede lo que decía.

Como es fácil de comprender, este deporte periodístico era para mí una diversión incomparable, que me absorbía largas horas en la rebusca de insidias y gracejos. El resto de mi tiempo estaba ocupadísimo, pues ya había comenzado la agitación política con sus asambleas de comités, sus almuerzos campestres, sus asados con cuero, sus manifestaciones callejeras, sus mítines en el teatro ó en las canchas de pelota, su serie interminable de fiestas y reuniones, en que tuve que pronunciar casi tantos discursos como un candidato yanqui á la Presidencia. Pero, con un arsenal de lugares comunes que me había formado, salía airoso, barajando unas veces de una manera y otras de otra, los: sanos principios de política, el sistema republicano de gobierno, la unidad y la integridad nacional, el partido dirigente por excelencia, la hidra siempre amenazadora de la anarquía, la representación genuina de las provincias, el Presidente de la República, garantía de paz, de prosperidad y de progreso, la vil canalla de la oposición, la traílla de perros rabiosos de su prensa, la baba venenosa de la calumnia, los altos intereses del Estado, que defendería hasta el sacrificio, la era de las instituciones... y mil otras frases más ó menos huérfanas de pensamiento, que el público me escuchaba con tamaña boca abierta, y me aplaudía á rabiar, porque con esa intención ó esa consigna había acudido á oirme.

Pero tanto fué el _tolle_ que armó la prensa local y la bonaerense sobre mi presencia inmoral y tiránica al frente de la policía, siendo candidato, tanto se protestó contra este escándalo electoral, que Correa estuvo á punto de ceder y quitarme el mejor escalón para llegar al Congreso. ¡No en mis días! Las circunstancias me ayudaron otra vez.

Volvían á correr rumores de revolución. En nuestra tierra siempre han corrido rumores de revolución, sobre todo entonces, y desde tiempo inmemorial. Podía aplicarse al país lo de que «cuando no estaba preso lo andaban buscando», y la prensa europea glosaba nuestras convulsiones internas como otros tantos cuadros de una opereta pasada de moda. Las últimas, sin embargo, habían realizado la «unidad nacional», poniendo al unísono á todos los gobiernos de provincia, que pertenecían exclusivamente á nuestro partido por obra y gracia del ejecutivo de la nación, del ejército y de las intervenciones. Pero la oposición, desalojada hasta de sus últimos baluartes, quería tomar el desquite y se armaba para luchar en el terreno de la fuerza, declarando que el de la legalidad estaba clausurado para ella. Mi provincia no constituyó excepción. Pero las oposiciones, cuando no son enormemente fuertes, resultan muy desgraciadas en nuestro país, y nunca son así, enormemente fuertes, sino en circunstancias especiales y siempre transitorias. La mayoría, en realidad, prefiere ser martillo y no yunque.

No tardé, pues, en saber los preparativos que se hacían contra el Gobierno local. Los jefes de dos de las estaciones urbanas de ferrocarriles, que tenían también la dirección del resto de sus líneas en la provincia, se permitían ser opositores con mayor ó menor franqueza. El tercero se declaraba situacionista, porque no era «forastero» como los otros, venidos de Buenos Aires y Santa Fe. Este último acudió un día á mi despacho, muy alarmado, para revelarme que se habían introducido algunos cajones de armas por su línea, aunque fuera notoria su fidelidad al Gobierno y su continua vigilancia.

--Y si se han atrevido á servirse de mi compañía--agregó,--estoy seguro de que se sirven mucho más de las otras, y de que en estos momentos ya hay centenares de fusiles en la provincia.

--Gracias por la noticia, Sánchez. Ya había olfateado algo de eso. Pero, vaya sin cuidado, que no va á suceder nada... Eso sí, averigüe quiénes han recibido las armas, pero sin alborotar á nadie, y hágamelo saber. Lo demás corre de mi cuenta.

Al día siguiente hice citar á los dos jefes opositores, para que concurrieran á la misma hora á mi despacho. En cuanto los tuve en mi presencia, agitando unos papeles, como si fueran los documentos reveladores de sus manejos, exclamé:

--¡Sé todo lo que pasa!... Pero de hoy en adelante estoy dispuesto á no hacerme el desentendido, y á perseguir cualquier malevolencia, cualquier traición... Así, pues, desde este mismo instante, me darán ustedes cuenta exacta de todas las armas que se introduzcan en la provincia por sus ferrocarriles, y del nombre de sus destinatarios... Estoy cansado de hacer practicar estas averiguaciones por mi personal, y es deber de ustedes facilitar la obra del Gobierno. Si no lo hacen y resulta en la ciudad mayor número de armas del que yo conozco, los haré responsables de todo lo que ocurra y sus consecuencias. Lo mismo digo respecto de los pueblos de la campaña por donde pasan sus líneas.

Varias veces habían tratado de interrumpirme, protestando de su inocencia y alegando ignorancia, pero no lo permití. Al final, cuando renovaban sus protestas, les hice callar, afirmando:

--Estaré siempre al corriente de lo que se hace por mis propios medios, pero ustedes tienen que informarme con toda exactitud, si no quieren pasarlo mal... Por otra parte, no tengan cuidado, porque sus informes quedarán completamente secretos...

--Esto tiene que venir de habladurías, de calumnias de Sánchez--insistió uno de ellos, Smithson;--nadie sino él tiene interés en perjudicarnos.

--¿Qué clase de interés puede tener Sánchez que, por otra parte, no me ha dicho una palabra?...

--¿Qué clase de interés?--saltó el otro, llamado Peacan.--¡Congraciarse al Gobierno, para que no se haga la luz en los robos del depósito de mercancías de su estación central!

--¡Bah! Ese asunto está en mis manos, y la pesquisa se sigue con toda actividad. El culpable será descubierto, y más pronto de lo que ustedes creen.

Y mirando á Peacan, con sonrisa burlona, como si le insinuara involuntariamente que Smithson y no otro era el soplón, agregué:

--¡Vaya, vaya! Ni se sueña usted quién me ha informado.

Al despedirme de él remaché el clavo diciéndole en voz baja:

--¿Me cree usted tan simple que no hubiera convocado á Sánchez, si éste fuese mi informante? ¿Qué costaba llamarlo también, para desviar las sospechas?

En cuanto á Smithson, á quien retuve unos minutos más, también le sugerí la idea de que el indiscreto era Peacan, y esperé el resultado de mi pequeña combinación: Cualquier otro hubiese hablado á solas con cada uno de ellos, para tratar de sacarle la verdad, pero hubiera fracasado inevitablemente; yo, hablando con los dos á un tiempo, suscitando sus recíprocas sospechas, tenía que lograr mi objeto. Y, en efecto, días después, Smithson me anunció que acababan de llegar dos cajones de remingtons, consignados á un bolichero de las afueras, hombre de Zúñiga y Vinuesca, dos de los jefes de la oposición. En cuanto á Peacan, más leal ó menos asustadizo, había pedido que no se siguiera enviando armas por su línea, porque estaba descubierto.

Hice seguir los cajones, que quedaron sigilosamente custodiados para que no me los escamotearan. Todavía no era conveniente «descubrirlos». Un tercer cajón llegó á casa de un opositor católico, el doctor Lasso; también lo dejé. Por último, Zúñiga cometió la tontería de recibir dos en su propio domicilio. Era el momento de obrar. Hice allanar la casa de Zúñiga y tomarle los fusiles, recogí los que había en las chacras, en el boliche, en poder de algunos particulares, y escribí á Lasso un billetito diciendo que conocía su depósito de armas pero que, como no quería molestarlo, porque ambos teníamos «las mismas convicciones religiosas», él debía mandármelas ocultamente lo más pronto posible.

Correa se quedó boquiabierto al saber la noticia, porque si bien los rumores habían llegado á sus oídos, nunca les atribuyó importancia, al ver que yo me encogía de hombros cuando me interrogaba al respecto. Y honrándome como nunca lo había hecho, se fué á visitarme en la policía.

--¡Ah, muchacho!--exclamó.--¡Si cuando yo decía que «sos» un tigre!... ¡Ahora, lo que hay que hacer es enjuiciar á todos esos revoltosos de porra!