Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
Part 15
Más me preocupaba María Blanco, á quien seguía cortejando con asiduidad. Teresa había pasado á la categoría de los recuerdos indiferentes, vale decir que no son ni gratos ni desagradables. No me había contestado mi carta-ruptura, y supuse que daba todo por terminado. ¿Comprendía la distancia que nos separaba y que se hacía mayor cada vez? No sé si era éste ú otro el orden de sus pensamientos; lo cierto es que no volví á oir hablar de ella en mucho tiempo, y que no me escribió una línea. Era, pues, un capítulo terminado de mi vida, y si insisto en él es sólo porque acontecimientos posteriores me lo evocaron vívidamente en circunstancias que más tarde narraré. Entonces--lo repito,--me acordaba de Teresa y el chicuelo como de seres y cosas vinculadas á una travesura de la niñez, como de un paisaje lleno de sol, visto al pasar, en un sitio donde era imposible clavar la tienda en el tránsito de la vida.
Pero si María, conocedora en parte de mis antecedentes, pretendía vengar al sexo, afectando, si no desdén--que esto yo nunca lo hubiera admitido,--una especie de despego prometedor y cautivador, pero engañoso, la verdad es que si pudo detenerme un tiempo no consiguió en modo alguno su propósito de venganza, ó cualquier otro que tuviera. Yo «me le fuí á los cañones», como vulgarmente se dice, y me esforcé en aclarar la situación con entera franqueza.
Una tarde, que nos paseábamos en la huerta, á poca distancia de don Evaristo, que hacía como que cuidaba las plantas para dejarnos cierta libertad, la hablé resueltamente.
--Está muy esquiva conmigo, María. ¿He hecho algo que pueda enojarla?
--¿Á mí? No, que yo sepa. Pero, ¿á qué viene esa pregunta? ¿No somos tan amigos como siempre?
--Hay una diferencia... Una diferencia imperceptible para los demás, enorme para mí. Las cosas que usted me dice suenan ¿cómo diré? desafinadas. Ya no tiene usted el adorable abandono de los primeros días, que me cautivó tanto...
--¡Vamos! Yo soy siempre la misma. Pienso lo mismo, digo lo mismo. Será usted el que ha cambiado.
Hablaba tranquilamente, con la voz sin inflexiones, algo más aguda que de costumbre y, por lo tanto, hiriente para mí.
Estuve por decirla:
--Pero, ¿cómo es eso? ¿No me ha elegido, no me ha atraído usted, como hacen las mujeres, únicas que tienen la elección? ¿No me ha dicho usted, sin decírmelo, que debía festejarla, porque usted me había designado para novio? ¿No la atraía esa misma aureola de calavera que quizá en este momento la hace alejarse de mí?
No se lo dije. Sólo acerté á esto:
--Me trata de un modo que me da pena, María. Como á un amigo, sí; pero no como á un amigo que puede aspirar á más, sino como á una simple «relación», como á un «conocido» que pasa y se olvida.
--¡No soy de amistad tan fácil!--replicó sonriendo, siempre fría.
--¡María! ¡Alguien le ha hablado mal de mí!--exclamé, pensando en Vázquez.
Me miró de hito en hito, seria, pero sin acritud.
--Todos--contestó.
--¿En estos días?--inquirí, casi colérico.
--No. Antes... mucho antes... Yo creía que no era verdad. Pero ahora veo que no se puede contar con usted. ¡Tonta de mí! Supuse por un momento, que, ocupándose de cosas más serias, más elevadas, se olvidaría de hacer locuras... ¡Locuras! ¡Si no fuera más que eso!
No sé por qué me acordé de las escenas de la huerta de Rivas, en Los Sunchos, tan ingenuas, en las que no se trataba de imponerme nada, nada, ni aún de la manera más indirecta del mundo. Donde cabe el examen ¿cabe, al propio tiempo, el amor?
Me parece que no, me pareció especialmente entonces que no, y me sentí desconcertado y molesto.
--No la entiendo, de veras--dije con displicencia.--Ya me ve usted, sujeto á todas sus voluntades, visitándola día á día, no pensando sino en usted.
--Sí, usted viene, me agasaja, me lisonjea; pero eso no tiene gran significación para una muchacha como yo, Mauricio, acostumbrada á pensar y á juzgar. Ninguno de esos actos le cuesta el menor esfuerzo, como le costaría, por ejemplo, abandonar el café, el club, las... las relaciones.
Esto era significativo. Se me imponía un sacrificio, sin ofrecerme nada en cambio, categóricamente por lo menos. Era el momento de hablar de un modo decisivo:
--¡Mire, María! Soy todavía muy joven y estoy lleno de defectos, es verdad. Pero no tengo nada grave que echarme en cara...
Esto lo dije, tanteando el terreno, por ver si estaba al corriente de lo ocurrido con Teresa. No se inmutó, no replicó: no sabía, entonces...
--Pero ¿cómo quiere--agregué, más seguro de mí mismo,--que de la noche á la mañana me convierta en un viejo, ni que renuncie á mis pocas diversiones--muy inocentes, por otra parte,--si no veo más ó menos cercana la recompensa de ese pequeño sacrificio? Ofrézcame usted la recompensa, y yo entonces, le aseguro...
--¿Y qué recompensa puedo ofrecerle yo?
--Decirme que me quiere.
--Hágase usted querer--dijo con seriedad y coquetería á un tiempo.
Don Evaristo, que se acercaba, puso fin al diálogo, y yo me quedé pensando en las desmedidas ambiciones de la niña. ¿Conque, nada menos, quería que yo renunciara á todo y que me quedara prosternado, adorándola como á una imagen? ¡Qué pretensión! Estaba enamorada de mí, y se hacía la desdeñosa. ¿Qué me costaba hacer lo mismo, renovando con variantes «el desdén con el desdén»?
Yo, para mí, y por una fuerza, quizás ajena á mi voluntad, por un instinto poderoso, he sido, soy y seré, lo digo así, brutalmente, porque es la mejor, la más verdadera forma de decirlo, el centro del mundo. Lo que más me interesa es el propio «yo», el resto debe supeditarse á esta entidad. Pero hay una atenuante á esto, demasiado absoluto quizá, atenuante que me ha permitido llegar á ser lo que soy: cuando las cosas exteriores no pueden ó no quieren supeditarse, el «yo» debe aprovechar las circunstancias para seguir siendo centro, á toda costa. Y jugar conmigo es cosa seria.
Dejé á María y á su padre, que me invitaba á comer con ellos, pretextando quehaceres y jurándome tener la última palabra en la cuestión. Para ello, bastaba á mi juicio con cesar, durante un tiempo, toda visita, y esquivar todo encuentro con la altiva moza, aspirante á mi esclavitud, que ella soñaba probablemente redención. Cosa fácil, porque en aquel momento me preocupaba mucho mi porvenir político, y más aún porque mi puesto de jefe de policía me daba nociones de la vida--exageradas por lo unilaterales,--que no ha escrito el más negro de los pesimistas, que no se han expresado ni aun en la redacción de los diarios más chismógrafos. El mejor informado de los repórteres no sabe, en cuanto á la vida privada de los habitantes de una ciudad grande ó pequeña, ni lo que sabe el más ínfimo de los policías, y si quisiera novelas ó escándalos, no tendría más que pasar por ese cedazo, ó, mejor dicho, tenerlo en la mano. Se echan pestes contra la policía, pero si ella hablara se acabaría, sencillamente, la sociedad, minada en sus cimientos, ó, por lo menos, en la parte convencional de sus cimientos, que no es la menos importante. Pero, como educación moral, esta escuela de la policía es, como ya dije, excesiva, porque sólo pone de relieve la parte mala, baja y despreciable de la humanidad, invitando á creer que toda ella es así, sin excepciones, ó casi... No se extrañe, pues, que no pudiera tener confianza en una mujer, por pura y altiva que pareciese.
Sin embargo, María había lastimado hondamente mi amor propio. Lo comprendí al encontrarme aquella misma tarde de manos á boca con Vázquez, quien se acercó á saludarme, afectuoso, aunque con el velo de tristeza que ya no lo abandonaba nunca.
--¿Cómo te va?
--¡Mal!--le repliqué.
--¿Qué te pasa?
--Alguien me ha desconceptuado en la opinión de una persona que estimo muy mucho...
--¿El Gobernador?
--¡No te hagas el tonto!
Encogióse de hombros, estuvo un momento callado, y luego murmuró:
--¡Mauricio! Temo que hagas desgraciadas á muchas personas y, lo que es más curioso, que no te conquistes con ello la felicidad... Si aludes á mí, y crees que yo me pongo en cualquiera de tus caminos para cerrarte el paso, te equivocas... Mauricio. Tú has nacido de pie, como decían nuestros abuelos. Yo no lucho contigo, ni abierta ni solapadamente, porque sería inútil. Tú no emprenderás nunca nada en que no estés seguro del éxito, é impulsado á ello por las circunstancias. ¡Oh, tú harás siempre lo que quieras!...
--¿Por qué?
--Ya te lo he dicho: Sencillamente, porque nunca querrás sino lo que esté al alcance de tu mano. Eres como un chico que va á la juguetería con el bolsillo lleno, sin proyecto alguno, sin más que un deseo vivo é indeterminado de «tener cosas», y que va tomando todo cuanto le gusta...
--¿Y tú?--dije, no sin ironía.
--Yo tengo, por desgracia, ambiciones determinadas y una línea de conducta. Como sé lo que quiero, es muy probable que no lo consiga, y los demás dirán siempre que me estrello contra las murallas en vez de buscar el portillo que encontraría seguramente abierto...
¡Las ambiciones determinadas de Vázquez! ¡Su línea de conducta!... Ahora las juzgo abstracciones morales y políticas, sin nada positivo, sueños románticos y nada más. Pero entonces no paré mientes en ello, y lo di por admitido, encarando de lleno y francamente el asunto principal.
--¡Hablemos claro! ¿María Blanco?
--Es la muchacha más interesante de la ciudad. Pero está deslumbrada por un espejismo. No trataré de desengañarla. Sí, Mauricio, es verdad, la quiero; pero no desearía unirme á una mujer convenciéndola, sino enamorándola. Convencida, siempre estaría viendo tras de mí, más grande y más hermoso que yo, el príncipe de su cuento azul, por insignificante que fuese en realidad... Y no es tu caso: con tu capital de buen mozo, de inteligente, de elegante, de afortunado, de hombre de posición política, y no sin bienes materiales, no eres un cualquiera. Tienes todos los elementos necesarios para que te hagan un don Juan; porque los don Juan no se hacen ellos mismos: los hacen los demás...
Hube de pegarle. Pero no se burlaba; por el contrario, hablaba amarga, dolorosamente, aunque con entereza. Era ironía de buena ley. Le tendí la mano, y le dije:
--«Sos» un misántropo. Así no irás á ninguna parte.
--¡Ni quiero!--contestó.
Cualquier otra cosa hubiera sido mejor para mí que este coloquio, pues me dejó más nervioso que antes, aunque convencido de que Pedro no influía para nada en la actitud de María Blanco. «Esperar que lo quieran», así, resueltamente, es como decirse que uno es estatua, monumento... ¡Qué animal! Pero ¿y si tenía conciencia de valer todo eso? ¿Era feliz? ¿Feliz, renunciando á lo que quizá pudiera conquistar? ¿Ó es que consideraba que la felicidad sólo existe en el equilibrio perfecto, no en la lucha? ¡Bah!...
IX
La lucha, en cambio, me conviene á mí, es mi elemento. Sé, como el cazador primitivo, estudiar las costumbres de la presa futura, las circunstancias, la atmósfera, los accidentes del terreno, todo cuanto puede contribuir á la satisfacción de mis deseos ó ambiciones. Este estudio es, en la práctica, una verdadera lucha, al contrario del que se hace en los bufetes ó en las escuelas, puramente especulativo ó contemplativo: exige acción continua, atención infatigable, decisión rápida, lo mismo que el de la caza, porque nadie se hace cazador, sino cazando.
Ya en aquel entonces, en esos lejanos años juveniles, tenía todas estas cualidades, como habrá podido verse, é iba adquiriendo gran conocimiento del mundo un tanto especial en que actuaba, inspirador de una filosofía sui generis, empíricamente materialista--pese á mi confesión cuando el duelo,--y en cierto modo antisténica, lo que me permitía pasar por algunos detalles que á otros quizás les hubieran parecido molestos, si no indecorosos. Pero no se exagere el alcance de esta otra confesión. Me refiero, sencillamente, á casos como el que, por ejemplo, me presentó el gobernador Correa... Nadie imaginará lo que le ocurrió á este buen señor, embriagado, sin duda, por el mando. Lo daría en mil. Pues, simplemente, seguir las huellas de su digno antecesor, sin arredrarse ante los resultados, sin escarmentar en cabeza ajena, y quiso profundizar sus vagas ideas pasionales, él, que, desde los veintidós años, edad en que se casó, conocía únicamente al sexo femenino por intermedio de misia Carmen, su honesta esposa. ¿Y á quién había de dirigirse, con su inexperiencia de cincuentón, sus temores de dar que hablar, su terror pánico á los celos póstumos de su mujer? Una tarde que fuí á su despacho, me dijo sonriendo, entre desenvuelto y cortado:
--Corren las mentas de que se divierte, Herrera.
--¡Eh! Se hace lo que se puede, Gobernador.
--¡Qué diablo de muchacho! Hace bien de aprovechar, mientras es mozo... Yo también, si pudiese... Pero ya se me pasó el tiempo... Solamente... Solamente me gustaría acompañarlo alguna vez... ¡Oh! por curiosear, como mosquetero, no más, porque ya no sirvo para nada... Pero, en fin, un rato de vida es vida...
--¿Y á dónde me querría acompañar, Gobernador?--le pregunté, por tirarle de la lengua.
--¡Bah! Usted bien sabe... No ha de ser á misa, está claro... Usted tiene tantas buenas relaciones, y ha de ser tan divertido... ¿No me convida, entonces?
--¡Cómo no! Cuando usted quiera...
Abrevio. Lo más difícil de decir es esto: el gobernador Correa, como novel aspirante, adoptó las modas después de abandonarlas yo. Y nadie tuvo de qué quejarse, ni yo, ni las modas, ni el Gobernador. Sólo misia Carmen, quizá.
Ésta era una de tantas entre todas mis funciones policiales. Y, á propósito, apenas he hablado de mi acción en cuanto al orden y la seguridad. Esto se explica: se ha abusado del género en estos últimos tiempos y no quiero plagiar involuntariamente á Gaboriau, á Conan-Doyle, á Leblanc ó á Eduardo Gutiérrez. Á ellos envío á los que me quieran ver realizando hazañas de pesquisante, pues siempre saldré ganando; quizás, en efecto, no haya hecho nada notable como detective, pero agregaré en mi defensa que nadie me lo exigía. Muy al contrario, á veces se me aconsejaron procedimientos análogos á los del comisario Barraba de Pago Chico, especialmente en asuntos de abigeato. Pero adopté siempre sistemas menos primitivos...
Entretanto, la actitud de Vázquez había producido una especie de rebote en mi espíritu. En vano pensaba yo que aquellos dos espíritus, serios y ponderados, estaban probablemente hechos para unirse, y que una mujer como María, llena de principios y de escrúpulos, no era lo que me cuadraba. Había una circunstancia favorable, y mi amor propio de «gallo único»--recuerdo á Ibsen,--me obligaba á aprovecharla. Así es que fingí desdén durante una, dos semanas, pero, esforzándome por fingirlo, me iba convenciendo cada vez más--por autosugestión,--de que era falso. Y un desdén fingido es, simplemente, un deseo verdadero. Me puse á desear ardientemente á María, y esto me obcecó hasta extremos incomprensibles, tratándose de un sentimiento que hoy juzgo artificial.
Como un chiquillo romántico, fuí á verla arrebatado, después de dos semanas de ausencia, y aprovechando la soledad en que nos encontramos, comencé á echarle violentamente en cara su frialdad, su inconsecuencia, todo cuanto se me vino á la boca.
Se puso muy colorada, tembló toda, dejando caer los brazos é inclinando la cabeza, bajo aquel alud de pasión superficial. Me dejó hablar, decir cuando quise, y un rato después de que callé, alzó los ojos, me miró tiernamente y me dijo:
--¿Está tan enojado... de veras?
Creí ver un relámpago de duda en sus pupilas, y me tranquilicé de pronto.
--No estoy enojado--contesté con calma relativa.--Es mi modo de hablar.
--¡Ah!
Se irguió, se puso pálida, y continuó, después de un momento:
--Usted tiene siempre modos de hablar, de portarse, de hacer... Pero anda demasiado aprisa y me trata mal.
--¿Mal, María? ¿No sabe usted que mi mayor deseo es que sea usted la compañera de mi vida? ¡Diga! ¿quiere ser mi mujer?
--¿Su mujer?
Y después de otra pausa, contestó:
--Pensémoslo más... Hablemos de eso dentro de unos meses... Déjeme la ridiculez de ser algo romántica, repitiéndole los versos de Campoamor: La tierra está cansada de dar flores; necesita algún año de reposo.
--¿Tantas ha dado?
--Alg...unas...
--¿Con Vázquez?
Se separó violentamente, como si la hubiese herido en lo hondo.
--Las flores son la condición de la primavera. ¿Qué importa dónde, cuándo, ni cómo, ni por qué?--dijo amargamente.
--¿Se ha enojado, María? ¡Mire! Y yo que le iba á pedir...
--¿Qué?
--Que nos casáramos... cuando usted quisiera.
--¿Dentro de un año?--preguntó, sonriendo como entre nublados.
--¿Dentro de un año? ¡Tanto! Pero si usted quiere... ¿Por qué dentro de un año?
--Porque... no tengo... con-fi-an-za... Mi amigo es muy veleta.
--¡Yo!
--Muy veleta y muy... ¡Ah, Mauricio! ¿quiere que volvamos á hablar de esto el año que viene? ¿Quiere? ¡Sea buenito!
--Pero María, usted duda de mí, usted piensa que yo...
--No, Mauricio--interrumpió.--Éstas son cuestiones más serias de lo que nosotros creemos. Ahora le diría «sí», pero quizás me arrepintiera más tarde. Dejemos que las cosas lleguen á su punto. ¿Qué importa esperar, si luego no hay que discutir?...
Y he aquí toda la declaración de un temible donjuán. ¿No significa esto que cuando la mujer no quiere?... Resultado: la frecuenté aún más y seguí creyendo haberme enamorado de ella como un loco.
De todos modos, modifiqué notablemente mi conducta, guardando mejor las apariencias y afectando una reserva que no me sentaba mal y que llamó bastante la atención en el círculo de mis relaciones. Durante algunos meses, sólo frecuenté los círculos políticos, la casa de Gobierno, mi despacho de la jefatura, sin aparecer por el Club sino breves instantes. También, por entonces me absorbía enormemente la cuestión de mi candidatura, que si en un principio pudo parecerme cosa hecha, de pronto comenzó á presentarme dificultades. Había muchos aspirantes y el gobernador Correa se sentía traído y llevado por ellos. Era de buena fe conmigo, pero los que deseaban suplantarme le llenaban la cabeza de objeciones, de chismes y de intrigas. Demasiado muchacho, no tenía antecedentes políticos de valor; mi vida era un semillero de locuras; hacerme elegir sería desconceptuar el Gobierno, ya harto malparado, tanto más cuanto que yo ocupaba la jefatura de policía, cosa que haría demasiado evidente la intromisión del Gobierno en las elecciones. Algo de todo esto me dijo Correa, pero yo le rebatí victoriosamente todas sus objeciones, y muchas otras que podría presentarme.
--Soy joven, es cierto, pero eso no es un obstáculo, ni seré el primer diputado nacional de mi edad. En nuestro país todos los hombres públicos, casi sin excepción, han empezado muy temprano su carrera. Y lo mejor que han hecho lo hicieron cuando jóvenes, cuando tenían más iniciativa y más empuje. En cuanto á mis pretendidas «calaveradas», no son, Gobernador, ni más ni menos graves que las que hace todo el mundo, y á usted menos que á nadie pueden sorprenderle, conociendo como conoce la vida privada de tanta gente... Además, pienso casarme pronto con una muchacha virtuosa, inteligente, instruída y de una familia notable.
--Sí, sí; ya sé: la de Blanco.
--¿No le parece esto suficiente garantía de seriedad? ¿No entraré así, en Buenos Aires, en las mejores condiciones sociales y políticas?
--Sí; eso cambia...
--Ahora, ¿que soy jefe de policía de la provincia? Puedo renunciar, si usted quiere, pero esto le traería algún trastorno si no tiene ya bajo la mano un hombre de confianza, que yo le encontraré apenas me elijan. Además, la Constitución no dice que un jefe político no pueda ser electo diputado--agregué, repitiendo un viejo argumento.
--Pero hay que tener muy en cuenta á la oposición...
--¡Bah! ¿Prefiere usted que grite ó que mande? Si le hacemos caso, ella será la que gobierne, no nosotros... ¡Vaya! ¡No hablemos más, Gobernador! Tengo su palabra, y ha de cumplirla, ¿no es verdad?
Dije esto sonriendo y levantándome para dar por terminada la entrevista, como si yo fuera el amo, y con un acento tal que Correa sólo podía interpretar la frase de este modo:
--Me ha dado su palabra, y yo sabré hacérsela cumplir, de grado ó por fuerza. ¡Para algo tengo la provincia en la mano!...
--Váyase tranquilo--murmuró el Gobernador, vencido, prometiendo...
X
Una sola cosa perjudicaba realmente á mi candidatura. Por falta de reflexión, por insuficiente clarividencia del porvenir, tanto en Los Sunchos como en los primeros tiempos de mi vida ciudadana, habíame mostrado de un liberalismo quizá excesivo. Cualquiera hubiese dicho entonces que me desayunaba comiéndome un fraile y que cenaba devorando un cura ó poco menos. En realidad, no me importaban un ardite, pero creía que esta actitud me daba cierto carácter batallador é independiente que modificaba en mi favor todo cuanto de antipático pudiera haber en mi sumisión á los poderes constituídos y en mi partidismo incondicional. Además, el escepticismo estaba de moda.
Pero, desde mi elevado puesto, que me obligaba á la observación de los hechos con documentos reales y positivos, sospeché en un principio--cuando el duelo con Vinuesca,--y pude convencerme después de que estaba equivocado. ¿Qué había hecho posible, por ejemplo, la abortada intentona revolucionaria contra el difunto gobernador Camino? Simplemente, la inclinación del clero hacia las filas opositoras, unos cuantos sermones contra los «infieles» que, amenazando la religión, conducían el país á la ruina. La palabra de los agitadores políticos era sospechosa en las campañas; pero las mismas ideas vertidas desde el púlpito, ó difundidas de casa en casa por el señor cura, adquirían una resonancia y una eficacia extremas. Así ha ocurrido siempre en nuestra tierra. El hombre sencillo, sin ser practicante, tiene supersticiosa veneración por cuanto sale de la iglesia, y el escepticismo bonaerense es más superficial y «de moda» que real y profundo, ¡qué decir entonces de las provincias, que han conservado mucho más el carácter español, y donde en aquel tiempo no había una casa que no estuviese llena de crucifijos, santos de talla y vírgenes de bulto! ¡Qué torpe y qué tonto había sido yo, descuidando y aun enajenándome tan poderosas voluntades! Era preciso corregir aquello, á todo trance, pero con la suficiente habilidad para que mi actitud, si fuera criticada, me sirviese aún más que si pasara inadvertida.
Doña Gertrudis Zapata había ido entregándose cada vez más á la religión, hasta llegar á un feroz fanatismo. Vestía el hábito del Carmen, comíase á todos los santos, no salía de las iglesias, llevaba de casa en casa el Niño-Dios en bandeja, pidiendo limosna para la fábrica de tal ó cual templo, adornaba altares, visitaba á las monjas, hacía escapularios. Las malas lenguas decían que los viernes ponía calzones al gallo de su corral y que durante la semana santa lo tenía enjaulado en el jardín. La casa de don Claudio, quien seguía desempeñando las funciones de juez de paz, estaba siempre llena de curas y frailecitos, y los domingos había en ella gran almuerzo, de cazuela, chanfaina y empanadas, al que asistían dos ó tres sacerdotes de significación, el padre predicador más sonado, el curita de mayor influencia, las autoridades eclesiásticas, en fin, pues el mismo obispo se había dignado aceptar una ó dos veces la humilde invitación de misia Gertrudis, que en esas ocasiones echó la casa por la ventana haciendo un menú sardanapalesco. Equilibrábanse así la zorrería de don Claudio con la santidad de su mujer, y todo marchaba á las mil maravillas.