Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
Part 14
Camino, en tal atolladero, no encontró hombre con quien substituirme. Sólo los muy desconceptuados, los inútiles, hubieran aceptado un puesto en que quizá no duraran un par de meses, olfateada ya la voluntad presidencial.
No hubo más que un hombre de valía que hubiera aceptado el puesto, bajo ciertas condiciones: Pedro Vázquez. Lo oí mucho después, de sus propios labios. El Gobernador le ofreció la jefatura.
--Yo la aceptaría si usted me nombrara, pero no me nombrará--le dijo Vázquez.
--¡Vaya si lo nombraré! ¿Quién lo impide? Estoy harto de Gómez Herrera, que me hace mal tercio con el Presidente, lo mismo que el vicegobernador.
--Entonces, puede nombrarme, si me autoriza: Primero, á licenciar el Guardia de Cárceles, que es inconstitucional é innecesario...
--¡Usted está loco!...--exclamó Camino.--¡Licenciar el Guardia de Cárceles! Sería lo mismo pedirme la renuncia.
--Pues yo no lo veo así. Con la policía basta para mantener el orden y la provincia no debe tener ejército. El orden no se mantiene con el ejército, sino con la legalidad. Ese acto, por otra parte, levantaría notablemente el prestigio del Gobierno. En cuanto á las otras condiciones...
--¡Con esa basta!--interrumpió el Gobernador.--Prefiero la sospecha de que el Gobierno Nacional me mande ó no me mande á mi casa, á la seguridad de que la oposición me ponga de patitas en la calle. ¡Usted está, decididamente, loco, amigo Vázquez!
Este agregaba, al contármelo:
--Yo sabía que su caída era inevitable. Lo más que podía conseguir Camino era caer «en beauté», como dicen los franceses, «lindo», como decimos nosotros. Pero ahora nadie se preocupa de la belleza, y «un día de vida, es vida», proclaman los paisanos. Por veinticuatro horas más de Gobierno hay muchos que arrostrarían el ridículo y la vergüenza, sin ver que éstos los aguardan de todos modos, borrachos de mando como están.
Palabras proféticas que luego pudieron aplicarse á más de un Presidente de la República. Los niños y los locos dicen las verdades...
VI
La intriga iniciada en las alturas nacionales, secundada por mí y tímidamente por Correa, iba á dar sus frutos, pues el Presidente estaba más que nunca resuelto á dejar de mano á un Gobernador que no era incondicionalmente suyo. Pero la casualidad quiso que todo el trabajo resultara ocioso, facilitando el cumplimiento de nuestros deseos de tal manera que, aunque no hubiéramos hecho nada, el resultado hubiera sido el mismo. Sólo que este triunfo, provocado por el destino, sin nuestra intervención, hubo de costarnos moralmente mucho más que el que habíamos preparado con paciencia y destreza, y que no tengo para qué contar porque no se puso en planta. La casualidad no es hábil y suele cortar los nudos gordianos, sin fijarse en las consecuencias. Pero vamos al caso.
Hallábame una noche en el Club del Progreso, jugando con los amigos de siempre, cuando Cruz, el asistente del Gobernador, entró en la sala, y se me acercó, pálido y agitado. Llamóme aparte y me dió la noticia de que Camino acababa de sufrir un ataque de apoplegía, y que, según todas las apariencias había muerto ó estaba agonizando. El doctor Orlandi, llamado á toda prisa, no daba esperanzas: según él, la muerte había sido fulminante.
--¿Dónde está? ¿en su casa?
--¡No! ¡Y eso es lo «pior»!
Siguiendo sus plebeyas costumbres, Camino había pasado su última hora en un sitio inconfesable.
Sin decir una palabra á mis compañeros, salí, dando orden al asistente de que callara como un muerto y dijera al comisario de órdenes que se reuniese conmigo sin perder un momento, en la casa á donde me dirigía. Corrí á una cochería, mandé atar un gran landó, y al galope de los caballos me hice llevar al suburbio norte, en una de cuyas casas había muerto el Gobernador. Era la una de la mañana, cuando llegué: la ciudad dormía, y, afortunadamente, no había un alma en las calles. Dos agentes policiales, llamados con espíritu previsor por el diablo de Cruz, hacían la guardia en la cuadra, sin saber lo que ocurría; creyéndome un particular, trataron de impedirme el paso. Me alegré mucho de la discreta precaución del asistente, porque en las circunstancias había que obrar con mucho tacto.
En la casa no había más hombre que el doctor Orlandi, sentado junto á una cama revuelta en que yacía el Gobernador. Estaba muerto.
--¿Qué vamos á hacer?--me preguntó el italiano, atolondrado por aquella inesperada catástrofe, producida con tan poca nobleza.
--Llevárnoslo á su casa lo más sigilosamente que sea posible, en cuanto lleguen Cruz y el comisario de órdenes.
--¡Ma! ¡Es una responsabilidad terrible!
--¡Qué quiere, doctor! nosotros no lo hemos traído aquí. Lo más que podemos hacer es disimular las cosas.
Momentos después, mi segundo, el doctor Orlandi, Cruz y yo, sacamos el cadáver y lo metimos en el carruaje. El cochero fué amenazado con los más contundentes castigos si decía una palabra, y lo mismo se hizo con la gente de la casa que, por fortuna, era sumisa á la policía y estaba bajo su inmediata dependencia. En el trayecto di mis instrucciones al Comisario de órdenes: debía hacer acuartelar las policías y el Guardia de Cárceles en toda la provincia, para sofocar inmediatamente hasta el más ligero disturbio que pudiera producirse cuando se hiciera pública la noticia. La situación era nuestra, mía, y no era cosa de perderla ni de comprometerla siquiera...
Cruz abrió la puerta de la casa del gobernador, y entre Orlandi, yo, el asistente y el cochero, llevamos el cadáver hasta el dormitorio, y lo metimos en la cama.
Ahora, ¿cómo avisar á la familia? Inmediatamente concertamos lo que íbamos á decir: «Camino, sintiéndose mal, había llamado á su asistente, prohibiéndole que alarmara á los suyos y ordenándole que llamara al doctor Orlandi. Cruz, al pasar por el Club, entró á ver si el doctor se encontraba allí, como de costumbre, y viéndome, juzgó conveniente decirme lo que ocurría, pues yo podía hacer llamar á Orlandi con mayor rapidez. Yo salí, por deferencia, encontramos al doctor, los tres acudimos en un coche á casa de Camino... Pero, desgraciadamente, cuando llegamos había muerto.» Así se dijo.
Es de imaginar el trastorno de aquella casa, hasta entonces tranquila, los llantos de las mujeres, las carreras de los criados, las preguntas, las exclamaciones, los ayes. Una hora después, los parientes, los amigos, acudían desolados. ¡Figúrense ustedes! ¡no moría sólo un pariente, un amigo, sino un gobernador!...
Nuestra versión fué perfectamente admitida en los primeros momentos, y nadie puso en duda que las cosas hubieran pasado así.
Yo me ocupé de avisar al vicegobernador Correa, que dormía profundamente, sin sospechar lo que pasaba.
--¡Ya es gobernador, amigo!--le dije.
--¡Qué! ¿Ha habido revolución?
--¡No, hombre!--contesté riéndome.
--¿Ha renunciado, entonces?
--¡Sí, en casa de Maritski!
--¿No me diga?
Le conté el suceso. No dijo palabra, pero tenía la cara radiante. Vistió en un segundo su minúscula y nerviosa persona, y salió conmigo para correr á la casa mortuoria.
--Diga, don Casiano, ¿yo quedaré en la jefatura de policía?
--¡Claro! ¡Vaya una pregunta!
--¿Y tendré la primera diputación?
--Si depende de mí...
--No. Conteste categóricamente, sí ó no. De otro modo... Usted sabe que tengo la provincia en la mano.
--¡Vaya hombre! ¡Ni que yo fuera tu enemigo! ¡Serás diputado nacional!--y me tuteaba, camarada hasta la muerte.
--¿Palabra?
--¡Palabra de honor!
--¿En la primera elección?
--¡En la primera! ¡No seas cargoso! Ya sabes que soy tu amigo.
Amaneció aquel día sin que hubiésemos dormido. En la sala de Camino había, más que nunca, olor á encerramiento, á humedad, atmósfera á la que se mezclaba el humo capitoso del benjuí, del incienso, y del «cachimbo» como decía mamita hablando del cigarro.
Correa firmó su primer decreto--como provisional todavía,--determinando los honores que debían rendirse al ex gobernador en sus funerales: la bandera á media asta en todos los establecimientos provinciales, la escolta del Guardia de Cárceles, la presencia del Poder Ejecutivo que encargaba al ministro de Gobierno de pronunciar la oración fúnebre... La Legislatura resolvió asistir en masa á las exequias, lo mismo que el poder judicial. Preparábase una manifestación de duelo como nunca se había visto, tanto más cuanto que Camino, vinculado por el parentesco á casi todas las familias representativas de la provincia, arrastraría tras de su féretro á buena parte de la oposición, acalladas las pasiones ante el silencio del sepulcro.
De aquella magnífica ceremonia sólo quiero recordar un detalle: El ministro de Gobierno, González Medina, terminó su oración fúnebre diciendo no sé si con ingenuidad ó con malicia provinciana:
--Ha caído en el puesto de honor, manteniendo alta la bandera de sus convicciones. ¡Llorad, pero imitad este ejemplo, ciudadanos!
No sé lo que Cruz, si estaba presente, comprendió en estas palabras. En cuanto á mí, es la primera y última vez que he tenido que hacer esfuerzos para no reirme en un cementerio.
VII
Al día siguiente, me llamó Correa á su despacho de gobernador.
--Mirá--me dijo.--He pensado mucho en la situación, y he resuelto cambiar el ministerio. ¿Querés ser ministro de Gobierno?
--¡No friegue, don!--exclamé.--Usted me ha prometido otra cosa.
--Sí. Pero, hijito, ¡ministro!...
--¿Y qué hay con eso? Á usted no le quedan más que dos años de gobierno; y yo quiero ir á Buenos Aires. Esto es muy chico para mí. Mire, no cambie los ministros: son buenos muchachos y ya están acostumbrados á hacer lo que quiere el gobernador.
--Eran hombres de Camino.
--Se equivoca. Eran y son hombres del gobernador. Tanto les da Juan como Pedro, con tal de que ellos figuren.
--Es que quisiera cambiar un poco el Gobierno, darle al pueblo alguna satisfacción.
--Llame á Vázquez, entonces.
--Puede que no sea mala idea.
--Pero, le advierto: Vázquez es un contemporizador y una especie de puritano: como contemporizador no satisfará á la oposición, y como puritano hará enfurecerse á los nuestros. Además, Camino lo ha puesto mal con el Presidente... Conque...
--Conque... se puede ir al diablo.
Sonreí, y le di el último golpe:
--Y, al concluir su período, con Vázquez tendría usted que renunciar á ir al Senado, porque la Legislatura, nacionalista y presidencial, no le perdonaría sus lirismos.
Correa no era difícil de convencer en cosas evidentes y de utilidad, y todo quedó como estaba. Los ministros no me hacían sombra, porque eran completamente ineptos y yo sabía la manera de manejarlos. Siempre me habían temido, y desde que Correa subió al poder, comenzaron á temblar ante mí aunque yo les hubiera prometido hacer todo lo posible para mantenerlos en su puesto. Una amarguísima incidencia que debió costarnos caro, vino á darme un terrible poder, aumentando inopinadamente mi prestigio.
La muerte de Camino, ocurrida en circunstancias tan misteriosas, precisamente cuando comenzaban á trascender nuestras intrigas tendientes á derrocarlo, pareció de pronto al público menos clara de lo que la presentábamos. Nuestras idas y venidas en aquella noche aciaga, y aunque fuera ya tan tarde, no habían pasado inadvertidas, porque la gente provinciana parece dormir con un solo ojo cuando se trata de algo que puede alimentar la chismografía. Además, aunque el cuento estuviera urdido magistralmente, había demasiados testigos de la verdad: si se podía contar con mi reserva, la de Orlandi, la del Comisario de órdenes, la del zorro de Cruz, no sucedía lo mismo con las mujeres, los dos vigilantes, el cochero. Los secretos de almohada por la almohada suelen trascender. Uniendo á esto la malevolencia de la oposición, no es raro que comenzara de pronto á correr este rumor siniestro:
«El gobernador Camino ha muerto envenenado.»
Y, con este rumor, el gobernador Camino, que era execrado por cuantos no recibían sus favores, que las familias excomulgaban por sus notorias costumbres, que nunca había hecho nada notable ni siquiera bueno, ni aun regular, resultó un defensor de los intereses del pueblo, que el Presidente de la República quería suprimir, una víctima del sistema, un cordero pascual, y nosotros, el doctor Orlandi, yo, Correa, ¡quién sabe cuántos más! unos envenenadores, unos Borgia de nuevo cuño. En vano traté, trató Orlandi, de poner las cosas en su lugar, de presentar la verdad tal cual era; en vano dijimos que el Gobernador estaba caído y no podía estorbarnos ya. ¡Todo el mundo creyó, ó fingió creer, que lo habíamos suprimido con el Aqua Tofana, y que Orlandi--italiano al fin,--era la mano, mientras Correa y yo éramos la voluntad!... ¡Ah, canalla, canalla, canalla! ¡Cómo es la canalla, y cómo maldije entonces la libertad de la calumnia que pasa de boca á oído y resulta más notoria que la insertada en los diarios! Yo había mentido á sabiendas y públicamente, para destruir al contrario, muchas veces, pero nunca había llegado á tal extremo, ¡nunca había inventado una calumnia que, como aquella monstruosidad, estuviese tan fuera, tan lejos de las costumbres políticas de nuestro país!
Y, ¡vean ustedes lo que son las cosas!... No me creerán, pero aquello nos hizo mucho bien, si no moral, materialmente. El temor que nos rodeaba y que comenzaba á ser lo más claro de nuestro prestigio entre el pueblo bajo, se intensificó hasta un grado increíble. Nunca, como entonces, fuímos dueños de la situación, aunque nos execraran. Entre la gente de buena posición, nadie creía aquella horrible calumnia, aunque algunos energúmenos la aprovecharan para denigrarnos. Entre éstos, que afirmaban la verdad del envenenamiento y los otros que la ponían caballerosamente en duda, el pueblo decía:
--Los que los acusan dicen la verdad; los otros se callan de miedo.
Y si gente tan bien colocada temía, ¿qué no había de temer el pobre pueblo? De tan vil, de tan inexistente causa, nunca he visto salir tales efectos. Como si estuviésemos en tiempos de Rosas, la provincia calló, y no hay gobernante que haya gobernado tan pacíficamente como Correa.
Una persona, sin embargo, tuvo una sombra de duda que me afligió en extremo: María.
La visitaba frecuentemente, y estaba entonces enamorado de ella, de su hermosura, de su ingenio, de su delicadeza, de su instrucción artística. Era toda una señora con los candores deliciosos de una niña. Hacía tiempo que la notaba más fría y reservada que antes, sin poder darme cuenta del motivo, cuando una noche, como se aludiera, no sé á qué cuento, al difunto Gobernador, dejó escapar esta frase:
--¡Cuándo se aclarará ese misterio, tan doloroso!
Comprendí entonces todas sus reservas, y le dije la verdad, comenzando por revelarle la vida íntima de Camino, sus extravíos, sus malas costumbres, para terminar con el cuadro de su muerte, sin detalles ociosos y escandalosos, tal, en fin, como lo he hecho en estas páginas. Y terminé diciendo:
--Para que no tenga usted la menor duda, voy á mandar que venga Cruz, y él le contará las cosas tal como pasaron.
Comenzaba á escribir una tarjeta cuando María, levantándose y poniendo su mano sobre la mía, me interrumpió así:
--Nadie sino usted podía contarme semejantes atrocidades. Le creo, pero no quiero que nadie me repita cosas que yo no debo saber. Perdone mi...
No dijo sospecha, no dijo duda porque cualquiera de estas palabras le hubiese parecido excesiva.
¡Oh, el pudor de nuestras antiguas mujeres! ¡Decir que todavía quedan algunos ejemplares, contrastando con la inmensa muchedumbre de «libertadas», de emancipadas, aspirantes á hombre, que hoy nos rodea! Conquistar una mujer era todavía entonces (y de vez en cuando) robarse un fruto saltando una tapia coronada de vidrios de botella; conquistarla hoy, suele ser robarla del escaparate en que las ofrecen.
María se mostró aquella noche afectuosísima, y comprendí que la había convencido. En cuanto á Blanco, ya hacía mucho que estaba al corriente de todo lo ocurrido.
Pocos días después tuve una noticia que me sorprendió. La gente se marcha mucho más pronto de lo que uno supone, y el camino va quedando sembrado de cadáveres. Hoy pienso que si se llevara una nomenclatura de todos los parientes, amigos y allegados que se mueren, al cumplir los cuarenta años uno estaría siempre con los pelos de punta, en cuanto viera la enorme, la interminable lista de los que hemos dejado atrás. La noticia era la de la muerte de don Higinio Rivas, ocurrida una semana antes en Buenos Aires. Esto constituía, apenas, un incidente en mi vida, y sin embargo, me conmovió, removiendo todos los recuerdos de la infancia y la adolescencia. ¡Don Higinio! ¡Los Sunchos, en que aún vivía mi madre, hecha una pasita! ¡Teresa, de quien nada sabía! ¡Qué lejos estaba todo aquello! ¡Y qué jugoso y qué sabroso era, con su candor, un poco perverso á veces!... Pensé que un día, como á Sarmiento, me sería dado revivir toda aquella conmovedora comedia primitiva, tan sentimental, componiendo mis «Recuerdos de provincia»... Pero mientras llegaba esta obra maestra, futura como tantas, me contenté con escribir un largo artículo necrológico para _Los Tiempos_ que, gracias á mis buenos oficios, seguía dirigiendo y redactando mi amigo el galleguito Miguel de la Espada.
¿Qué dije de don Higinio? Nadie se preocupe de ello. Precisamente aquel artículo necrológico que conservo pegado en un cuaderno de recortes, es el que me ha servido páginas atrás para esbozar su retrato, su cara leonina, su ingenio astuto y quizás quizás su carácter débil de gritón. Pero le hice justicia y disimulé sus defectos.
De la Espada, después de leer las cuartillas que le había llevado, me dijo, como quien quiere decir algo y no acierta, en el tono que los autores dramáticos acotan «con intención»:
--Bien se lo ha ganado, el pobre.
Cumplido este deber, el único de mi incumbencia, según creía, preparábame á dar por definitivamente cerrado aquel capitulito de mi vida, cuando recibí esta carta:
«Mi muy querido Mauricio: Sólo quince días después de la muerte de tatita, de la que debes tener noticia, me siento con valor suficiente para escribirte. Todo el luto que orla este papel no es nada comparado con el que pesa sobre mi alma y mi corazón. ¡Pobre, pobre tatita! Murió abrazando á tu hijito, que tanto se te parece y que todavía no puede comprender todo lo que ha perdido. No habló de ti, no aludió á ti, como si ya no tuviera esperanza de remedio al daño que hiciste. Á mí me dijo--y son sus últimas palabras:--Cuídalo bien.--¿Para qué te escribo esta carta, Mauricio? Sólo para una cosa, sólo para decirte: Ya no me queda en el mundo nada más que mi hijito, y quizás tú. ¡No te pido nada, nada, nada! Sólo quisiera estar á tu lado, vivir con tu vida, ser como una guachita mansa de esas que siguen al dueño por todas partes... ¡Estoy tan triste, Mauricio!... ¡Quieres que vaya, ó vendrás tú, por fin, á conocer á tu hijo que ya va siendo un hombrecito!»...
Puedo transcribir (como transcribo en parte) esta carta, porque la guardé, contra mi costumbre, tanta fué la sorpresa que me causó su forma. ¿La había escrito Teresa? ¿Se la había dictado alguien?... ¿De dónde salía todo ese atildado romanticismo, ó sentimentalismo, si hay quien lo prefiera? Hace poco, revolviendo papeles viejos, volví á encontrar esta carta, amarillenta ya, la releí, y debo confesar que me conmovió. ¡Era bien de Teresa! Lo probaban mil detalles, mil tiernos recuerdos que omito. ¡Si la hubiera comprendido entonces como la comprendo ahora! ¿Qué me pedía Teresa? Nada. ¿Qué me ofrecía? Todo. Sinceramente, me lo ofrecía todo, pero entonces sospeché de ella y me reí de la gauchesca figura de la «guachita» y de sus ofrecimientos, cebo, á mi juicio, que debía arrastrarme al matrimonio, al reconocimiento del chico, á empeñar mi vida, en fin, como en el Monte de Piedad. No, no. En mi opinión, su cálculo era éste: vivir conmigo y esperar la ocasión propicia para hacerse dueña de mí, gracias al vínculo del muchacho, del «hombrecito». Era una infeliz; es la única mujer á quien quizás haya hecho desgraciada. Pero, ¿quién iba á decirme entonces que tanta candidez puede existir en el mundo?
Y en aquel tiempo, pensando de otro modo, después de leer la carta me dije que podía optar por dos temperamentos, á saber: contestarla ó no contestarla.
Me acordé de Vázquez, á quien hubiera comparado entonces con el doctor Relling de Ibsen, si lo hubiese conocido, y tomé el camino del medio. No obré, es cierto, ni como Vázquez ni como Relling, pero... tomé el camino del medio: Escribí sin contestar.
Y el borrador de mi carta, muy estudiada, muy medida, estaba el otro día, cuando revolví mis papeles viejos, al alcance de mi mano, prendida con un alfiler á la extraña misiva de Teresa. Decía así:
«Señorita: He lamentado infinito el fallecimiento de don Higinio, á quien siempre quise mucho, como viejo amigo de mi padre, y á quien siempre admiré y respeté como á uno de los hombres más representativos de nuestra provincia, y sobre todo de nuestro amado pueblo de Los Sunchos.
«Ha dejado un vacío que nadie podrá llenar en las filas de nuestro partido, en el círculo de sus amigos y camaradas, y más aún en el corazón de su hija, la estimable compañera de mis años infantiles á quien nunca olvidaré y para quien son mis mejores sentimientos.
«Acompaño á la triste huérfana en su hondo pesar, como un hermano que sufre y llora al par de ella, y lamento más que nunca la impotencia del hombre á quien el misterio de la muerte dice:--No pasarás de aquí.
«¡Teresa! si en algo puedo ser útil á la hija del gran caudillo, no tiene más que mandar.
«Ordene al compañero de los primeros años de la vida, al que confundió con usted sus pensamientos y sus aspiraciones con todo su candor de niño, antes de que ambos entráramos en la lucha por la existencia; al que hoy pide á Dios que traiga á su espíritu la conformidad en tan duro, pero también en tan inevitable trance.»
Esto parecerá á algunos un poco... ¿qué diré?... ¿canalla?... Pero, he aquí la verdad: Estaban en juego mis sentimientos más íntimos--entonces creía que comenzaba á amar á María Blanco,--estaban en juego mi afecto y mi respeto hacia don Higinio, hacia Teresa, estaba en juego, también, todo mi porvenir. ¡Mi porvenir! Un vago é inútil sentimentalismo ¿debía apartarme del camino recto que se abría ante mi vista? Eso, nunca. Los mismos Evangelios lo han dicho: «Rompe con tu padre, con tu madre, con tu amigo, y sígueme.»
Lo sentí mucho: como la oveja, evangélica también, tenía que ir dejando vellones de mi lana en las zarzas del camino. ¡Teresa!... ¡oh recuerdos!... Pero, desgraciadamente, no he nacido con todas las felicidades y todas las preeminencias, no he podido dejar de hacer sacrificios para llegar á donde he llegado. ¡He ahí! yo tenía, fatalmente, que recorrer mi órbita y tanto peor para los que encontraba en mi trayecto. Una desviación de un milímetro en mis comienzos, me hubiera hecho otro hombre, me hubiera lanzado á lo ignoto. Por otra parte, ¿qué debía preocuparme? ¿El hijo de mis amores? ¡Bah! leve escrúpulo.
Mauricio Rivas había nacido rico.
VIII