Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
Part 13
La elección pasó sin tropiezo, porque yo mismo fuí á arreglar las cosas, con autorización del gobernador Benavides, dejando así bien demarcada mi acción en este asunto, que Vázquez creyó siempre debido á mi iniciativa. Pero en la Legislatura no lo aguardaba el papel que él se había soñado gracias á mis sugestiones. Lejos de ser el «leader» de la Cámara, nadie le hacía caso ó poco menos. No estaba la provincia para principismos, doctrinarismos ni teorías sacadas de los librotes. Allí se debía gobernar y legislar «á lo que te criaste», sin meterse en novedades ni en honduras. Sus proyectos pasaban, pues, á comisión, para dormir el sueño de los justos, pese á sus reclamaciones, y en cuanto pronunciaba un discurso algo avanzado, poco faltaba para que lo acusaran de traidor al partido, y por consiguiente, á la patria, y para que le hicieran una zancadilla que lo echara á rodar fuera de la Legislatura. Hasta le enrostraron su elección, hecha entre gallos y media noche, ellos que también eran representantes del pueblo por arte de encantamento, diciéndole, no sin razón, que aquello no estaba muy de acuerdo con su principismo. Pero intervine yo, y á ruego mío, el gobernador, considerando ambos que es más prudente dejar tranquilo al león que duerme, y que Vázquez, en defensa propia, podía causarnos mucho daño, aunque cayera al fin. No hice esto, debo decirlo, por generosidad de alma, sino porque realmente lo creía de buena política. Aunque me convenía que conservara un puesto que yo podía considerar feudo mío, y reclamarle en un momento dado--sin temor de que se negase á restituírmelo,--no me preocupaba mucho, sin embargo, de sostener á Vázquez; por el contrario, desde que conocí á María Blanco, sentí contra él y como por instinto, una especie de inquina, que me obligaba á hablar desdeñosamente de sus méritos, de su inteligencia y de su utilidad, diciendo, por ejemplo, que era buen muchacho, pero un loco, un soñador, un hombre que nunca haría nada práctico ni serio, y que, cuando mucho, si su manía se agravaba, se convertiría en agitador lírico, en revolucionario de «ñanga-pichanga».
Cuando llegaban á sus oídos estas mis apreciaciones, ó no las creía ó no le importaban. Se encogía de hombros y no hacía comentario alguno. Lo que le importaba era cierta visible distinción, casi predilección, que María Blanco me demostraba cuando la visitábamos juntos, pero era demasiado orgulloso para dejar ver á las claras su despecho. Cuando nos encontrábamos solos, por casualidad, pues yo no lo buscaba nunca y él no parecía muy interesado en frecuentarme y reanudar los antiguos paseos y comidas selectas, conversábamos un rato, pero jamás hizo alusión á María, como si aquella competencia iniciada entre ambos, no existiese en realidad. Pero se le veía más reconcentrado y melancólico que antes, y pasó por una crisis de inercia en la Legislatura, á cuyas sesiones asistía apenas, y siempre en silencio, como medio dormido. Su despecho sólo se manifestó una vez, y eso indirectamente.
--Contigo--me dijo,--soy como el perro danés que se crió con un cachorro de tigre. Eran amigos, hermanos, pero un día de hambre ó de fiebre, el tigre devoró al danés. Tú me devorarás, también, si llega el caso... Y puede que llegue...
Bien sabe Dios que esta profecía pesimista no se ha realizado nunca. Dar una dentellada ó un zarpazo, para abrirse camino, será ofender, si se quiere, pero no devorar.
IV
Entretanto, el tiempo parecía haber comenzado á deslizarse más deprisa, ó bien, ahora, al poner relativamente en orden mis recuerdos, confundo algunas fechas ó salto por encima de algunos acontecimientos que se han desvanecido en mi memoria. Esto no tiene importancia alguna y no deja al presente relato menos verídico que otros escritos, pretendidos históricos, donde se hace mangas y capirotes con la verdad.
El caso es que el período presidencial iniciado cuando mi estreno de jefe de policía tocaba á su fin, y que mi amigo el Presidente se preparaba á bajar del poder, en cuyo ejercicio había logrado pacificar relativamente el país, fomentar la instrucción pública, emprender algunas obras de importancia y sobre todo dejar que las enormes fuerzas naturales de la nación comenzaran á desarrollarse por su propio impulso, abriendo un período de bienestar que nos daba las mayores esperanzas. Como en un principio tuvo que luchar en Buenos Aires con una población hostil, como algunos actos de rigor de la policía agitaron los ánimos, hasta entre el bello sexo, como, al fin, la necesidad de la paz se impuso á todos, en provincia se decía con entusiasmo que «había domado la soberbia porteña», y se le consideraba como el jefe único, no sólo de su partido sino de la República entera. Nadie discutía sus órdenes, ni siquiera sus insinuaciones, y hubiérase jurado que el país quedaba en sus manos para siempre, aunque tuviera que ceder su puesto ó otro presidente, no siendo él reelegible según la Constitución. ¿Quién podría contrarrestar su fuerza? ¡Seguiría gobernando desde su casa, tranquilamente, con cualquier personero, para bien del país, que tanto había adelantado y tanto tenía que agradecerle! Y, efectivamente, gracias á él, á sus consejos de disciplina y de relativa tolerancia, en nuestra provincia, por ejemplo, vivíamos en una paz octaviana, que nos permitía dejar un poco de lado la política para ocuparnos de nuestros negocios y diversiones, sin que por eso faltaran los chismes y las intrigas que daban sabor á nuestras tertulias.
Yo salía á menudo á cazar en los alrededores, acompañado por varios amigos de buen humor, con quienes teníamos grandes almuerzos campestres, famosos entre todos, tanto que nos llovían las directas ó indirectas solicitudes de invitación. Las largas partidas en el Club del Progreso, ocupaban mis noches, con alternativas de pérdida y ganancia que no comprometían ya mi presupuesto. Por las tardes salía de paseo ó de visita--sobre todo á casa de Blanco,--y así dejaba correr los días perezosos, esperando el maná que, sin duda alguna, caería del cielo, más tarde ó más temprano, en exclusivo beneficio mío. Nada, ni aun la ambición, turbaba en aquel entonces mi tranquilidad; la vida amodorrada de provincia me iba enervando, conquistándome hasta el punto de que ya casi no comprendía otra, y nuestras mismas reuniones en el despacho de la policía, que en épocas de agitación llegaban á febriles y bulliciosas, eran entonces monótonas y aburridas hasta el bostezo, como si la invitación á la siesta entrara por puertas y ventanas, con el aire y la luz, con el mate inacabable que nos servía un asistente.
El gobierno de Benavides no era ni sal ni agua, ni chicha ni limonada. Él y sus ministros se limitaban, como quien está cayéndose de sueño, á pasarse unos á otros, á largos intervalos, desganadamente, los expedientes de asuntos en trámite que, con ese paso, nunca lograrían una solución. Me recordaban á aquellos personajes de Swift, que llevan siempre detrás á un criado con una vejiga para que los despierte de cuando en cuando. ¡Bah! lo mejor era dejarlos dormir, pues así no hacían daño á nadie, y ajustando mi acción á este pensamiento hice cuanto estuvo de mi parte para no arrancarlos de su siesta, y creo que hasta entraba en la casa de Gobierno en puntas de pies cuando allí me llevaba alguna urgencia.
Entretanto, sigilosamente, de puntillas también, la oposición comenzó á moverse, pensando que podría aprovecharse del letargo aquel para dar un buen golpe en las próximas elecciones. Hablé al respecto con los jefes del partido, que no encontraron actitud mejor que consultar al Presidente. «Rodeen á Camino», contestó éste, sin más, y la frase, conocida por una indiscreción, se hizo famosa.
Camino estaba en Buenos Aires, pero no dejamos de comprender que era necesario darle la jefatura del partido y preparar su reelección. ¿Por qué? No era en realidad porque la oposición fuera de temer en las elecciones provinciales, y menos aún en las nacionales. La razón se me presentaba más honda y trascendental: aquello era una hábil previsión para el futuro, para cuando otro ocupara la presidencia. Entonces, el ex presidente necesitaría apoyo en las provincias, y Camino era para él un hombre de confianza. Si en los demás estados se hacía lo propio, el nuevo gobernante se vería con el poder muy disminuído, y sería necesariamente, el personero de su antecesor.
--¡No está mal! ¡no está mal!--me dije.--Pero hay que preparar la combinación. Después veremos.
Nadie objetó palabra, sino Vázquez, cuyo don de errar es indiscutible. Se opuso resueltamente á que proclamáramos la jefatura de Camino y su candidatura para la próxima elección, diciendo que era un hombre desconceptuado, un espíritu estrecho, y que los que votaran por él serían, en el concepto de las familias honestas, unos pervertidos que aprobaban, ó por lo menos, toleraban sus torpezas. No todo lo hacía la política, también era necesario tener en cuenta á la sociedad. Traté de disuadirlo, por fórmula, demostrándole la necesidad de que el Presidente saliente tuviera gobernadores fieles que custodiaran su autoridad, una vez fuera del poder, y recordándole que debía su diputación al gobierno.
--Ni una ni otra cosa me obligan á nada--replicó.--El Presidente hace mal en preparar un estado dentro del estado, una especie de presidencia doble, en la que un poder anulará al otro. En cuanto á que el gobierno me hiciera elegir, no es verdad: lo hiciste tú.
--Con su aprobación, y él era el que podía...
--Aunque haya sido así. Puede que fuera mi deber sostenerlo, y eso mismo lo dudo; pero nadie me dirá que tengo el compromiso de hacer reelegir á Camino. ¡Eso sería monstruoso! En esa forma, el país no cambiaría jamás de gobernantes, como la Municipalidad de Los Sunchos.
--Te enajenarás la voluntad del futuro presidente, sea quien sea.
--Poco me importa. No he de vivir de la política. Sólo en estos países la política resulta una profesión, cuando es una función general, casi diría obligatoria, de todos los ciudadanos...
--¿Sólo en éstos? ¡No embromés!
La voz de Vázquez fué, como es natural, la «clamantis in deserto». Nadie le hizo caso, y Camino tuvo sus dos proclamaciones en medio de un entusiasmo popular que preparamos por todos los medios á nuestro alcance. Pero el candidato á la reelección no tardó en saber que Vázquez le había hecho fuego, cosa que no le perdonaría nunca. No. No fuí yo quien se lo dijo, no fuí yo el indiscreto ni el mal intencionado. Vázquez no me molestaba mucho en la Legislatura, y aunque hubiera querido malquistarlo, no hubiera ido con el chisme, sabiendo que otros lo harían, por adulonería, por espíritu de intriga ó por maldad.
Casi al propio tiempo se proclamó en una provincia lejana y con el apoyo gubernativo la candidatura presidencial, que desde allí fué comunicándose á todas partes, siempre en las mismas condiciones, «como un reguero de pólvora», según decían con admiración los diarios amigos, que ensalzaban los méritos incomparables del candidato, «representante de la juventud, y, por lo tanto, del progreso, ciudadano de iniciativa, como lo había demostrado en el gobierno de su provincia, espíritu liberal, enemigo de toda hipocresía y de toda bajeza, hombre tolerante, que sería el vínculo de unión entre los estados, las sociedades, las religiones, los partidos del país», y á quien acompañarían mañana, como le acompañaban hoy, «las fuerzas más sanas y eficaces del mismo, los jóvenes de corazón entero y altas aspiraciones patrióticas».
--¡Paso á los jóvenes!--comenzamos á gritar, como gritara de la Espada en otro tiempo, en Los Sunchos.
Buenos Aires--la provincia,--celosa de su hegemonía política, aunque ésta no fuese ya más que un hecho casi legendario, quiso oponernos otras candidaturas, arrastrar la opinión del país, enarbolando como bandera el nombre de preclaros patricios, y aun el de un político eminente que podía considerar conquistado el interior, porque, en la lucha decisiva, tomó, siendo porteño, partido á favor suyo y contra su provincia, como muchos otros que no dejaban de tener razón según ha podido verse después.
Pero si todos los jefes de policía, si todas las autoridades obraban como yo, no había miedo de que nos arrebataran el poder, ni con sutilezas, ni con esfuerzos. De ello quedé convencido cuando Camino resultó electo gobernador, y Casiano Correa, antiguo amigo de tatita, vice,--con casi todas las actas protestadas, es cierto,--casi sin oposición, ó, como decíamos entonces, con «elecciones canónicas». ¿Qué cómo se alcanzaba este resultado? Pues muy sencillamente. Preparándolo todo con tiempo, el padrón y el registro cívico, sorteando las mesas de modo que los escrutadores fueran nuestros, y contando con los jueces provinciales ó federales para el posible caso de un juicio. En aquella época no hubo sino un juez que se atreviera á desafiar al poder, pero su derrota fué completa, por el momento, aunque hoy todos lo consideremos como ejemplarísimo y muchos hayamos contribuído á perpetuar en el mármol su memoria.
¿Diré, después de esto, que nuestro candidato á la presidencia resultó triunfante?
No, ni he de contar, tampoco, el éxodo de sus conprovincianos que invadieron la capital de la República, convencidos de haber triunfado con él. Á mí mismo me dieron ganas de irme, y lo hubiera hecho, á ser de su provincia y de sus allegados. «No hay cosa mejor que tener buenas relaciones»--decía tatita. Pero era preciso esperar; estaba muy lejos de él, y no hay que forzar la suerte, ni aun en el juego, sino cuando llega la ocasión. Y á mí tenía que llegarme, como me llegaban las épocas de trabajo--las electorales,--y las de descanso--la modorra provinciana en las épocas de normalidad.
Por el momento, bueno era volver tranquilamente á la siesta. ¿No habíamos pasado por un largo período de agitación tal, que ya ni visitaba la casa de Blanco, ni me daba apenas tiempo para ver á mis viejas amigas, y hasta tenía que interrumpir de vez en cuando mis partidas en el Club del Progreso, postergar mis cacerías con almuerzo, y suspender cien otras empresas agradables?... Sí. Volvamos á la vida epicúrea, que es la mejor, mientras no llegue el momento oportuno de lanzarse al asalto de la gran capital, de la verdadera, de la única.
Camino me preguntó un día, como si se le ocurriese de repente:
--¿Cuándo «acaba» Vázquez?
--Creo que dentro de cuatro meses.
--Hay que ir pensando en eso.
--¿En qué?
--En la elección. Hay que ver á quien se elige.
--¡Al mismo Vázquez, pues!
Me miró primero con enojo, después con serenidad, en seguida con sorna, y dijo:
--No... No lo quieren en Los Sunchos.
V
Sólo la ingenuidad de Vázquez es comparable á la tontería de Camino; desdeñando un efecto teatral, diré que Vázquez no siguió mucho tiempo en su banca de diputado, ni Camino en su silla de gobernador, Vázquez porque Camino no quería, y Camino por... lo que se sabrá en seguida.
El ex presidente había tomado sus medidas como hombre de vistas claras y largas, buen conocedor del corazón humano, para mantener todo el tiempo posible la mayor suma posible de influencia, pero no con la candorosa ilusión que le atribuíamos de seguir gobernando entre telones y haciendo del nuevo Presidente un simple personero. Si así no fué, si tal no pensaba, desde los primeros tanteos pudo advertir que el instrumento no le obedecía, y que, como se debe «cantar bien ó no cantar», por el instante lo más práctico era llamarse á silencio--como lo hizo. Pero algunos «pazguatos», más papistas que el papa, deslumbrados con el poder que recibieran de él, creyeron que éste era un atributo propio, que sólo podía reclamarles y retirarles quien se lo había concedido, y comenzaron á «corcovearle» al nuevo Presidente, y á no hacer sus gustos con la requerida sumisión, como si no dependieran directa ni indirectamente de él, y como si no pudiera «ponerlos patas arriba á las primeras de cambio». Uno de estos tontos fué mi gobernador, el del célebre «¡Rodeen á Camino!»
Fué torpeza la suya. Nuestra provincia había ido pacificándose poco á poco, y la oposición, bajo una mano de hierro, confesaba, al fin, su impotencia, retirándose de toda lucha, y contentándose con la lírica actitud de criticar acerbamente al «oficialismo», á todos los «oficialismos», en la intimidad de sus reuniones privadas, y en la no menos íntima escasez de circulación de sus diarios. También es cierto que el Guardia de Cárceles, batallón de línea, creado años atrás--no sé si por mi inspiración,--y el cuerpo de vigilantes y bomberos--éstos sí, organizados y disciplinados por mí,--los criollos nacemos militares,--constituían una fuerza decisiva y aseguraban la estabilidad del Poder, invulnerable, pues un golpe de mano quizá lograría suprimir ó substituir personas, nunca variar el régimen. ¡Y esta arma era mía, casi exclusivamente mía!
Cuando me di cuenta de ello pasó por mi imaginación... Pero, ¿á qué contar ensueños que mi juicio mismo desvanecía entonces, apenas formulados? Vamos á los hechos, que es lo importante.
Molestó al Presidente el Gobernador de una provincia vecina, más recalcitrante que Camino, y no faltaron voceros que llegaran hasta mí, insinuándome cuánto agradaría mi ayuda para un cambio de situación. Como podía pulsar el valimiento de los que esto me decían y la auténtica procedencia de sus invitaciones, no vacilé un punto, y organicé una partida de guardias de cárceles y vigilantes vestidos de particular. Por desgracia, yo no podía mandarlos en persona, sin comprometer gravemente la «autonomía de las provincias»; pero uno de mis amigos, diputado y ex redactor de _Los Tiempos_, Ulises Cabral, mi padrino en el duelo, se comprometió á representarme y obrar como si fuera yo mismo. El cambio deseado se hizo con poco derramamiento de sangre y mucha intervención nacional, y supe que el Presidente me tenía muy en cuenta, agradeciendo mi colaboración sin mentarla.
Por el mismo conducto, bien confidencial, se me hizo saber poco después que el gobernador Camino, mi propio gobernador, no era ya «persona grata», y que en las altas esferas se le vería con placer substituído por el vicegobernador Correa, hombre en quien se tenía la mayor confianza, como entusiasta, patriota, fiel, capaz, y, sobre todo, menos desconceptuado en sociedad. Debo confesar que Correa valía probablemente menos que Camino, como hombre de pensamiento y de acción. Pero no me convenía hacer oídos de mercader, y comprendí desde el primer momento lo que de mí se esperaba: que pusiera fuego á la mecha, que buscara el pretexto para poner al Gobernador de patitas en la calle, alterando el orden lo menos posible, pero sin una revolución, si tenía dedos para tanto. Una «agitación» era, por lo menos, inevitable, porque Camino no abandonaría el puesto así como así.
Pero él mismo había de darme pie para romper las hostilidades, porque bien dijo el latino que Júpiter ciega á los que quiere perder. He aquí cómo ocurrió aquello: la inacción de los opositores y alguno que otro desliz demasiado exagerado de lo que la mala prensa llamaba «guardia pretoriana», hizo que el Gobernador creyera llegado el momento de «entrar en la normalidad» y me exigiera el castigo de un comisario cuyo delito consistía en haber hecho dar de planazos á una persona conocida que le había criticado cierta travesura, creo que la fuga de un cuatrero sorprendido infraganti.
--Si empezamos así, Gobernador, pronto no tendremos policía--le dije con gravedad.
--Pero vea, amigo, cómo me ponen los diarios de Buenos Aires. Esto es inicuo. Hasta los mismos amigos me «caen».
--No les haga caso. Hay que acostumbrarse á esas cosas cuando se es gobernador. ¡Mire! si no fuera eso, ya le encontrarían otro pretexto, y sería lo mismo.
--Sí. Pero yo no quiero que se apalee á la gente... sin necesidad.
--¡Bah! no se aflija, y dejemos en su puesto á ese comisario, ¡que es un tigre! Nos haría falta en un momento dado.
--Por lo menos, cámbielo. Mándelo á la campaña hasta que se acabe esta gritería.
Me encogí de hombros.
--Así no se hace patria. Déjelos que aguanten... Hoy empezaríamos por dejar que la oposición echara á la calle á un comisario, y mañana no podríamos evitar que echaran á un Gobernador. ¡No hay que ser tan flojo!
No replicó, no insistió en el castigo del presunto culpable; pero no me perdonó, tampoco, más que mi desobediencia mi franqueza. ¡Así suelen ser, en cuanto uno se descuida y por muy útil que les sea! Lo peor para él, en este caso, es que hacía mi juego, iniciando la anarquía en el poder, pretexto magnífico para hacerle la deseada zancadilla. Tan ciego estaba, que cayó en la trampa como un inocente. Ciertos indicios, algunas visitas, frases sueltas, un principio de despego de los más allegados á su persona, me hicieron comprender que el gobernador Camino me buscaba reemplazante.
--¿Esas tenemos? ¡Pues ya verás quien es Callejas!--me dije.
Me acerqué desde entonces, sin disimularlo, más bien con ostentación, al vicegobernador, don Casiano Correa, viejo marrullero, abogado, glotón, jugador y avaro, cuyo cuerpo pequeñito, endeble é insignificante, ocultaba el espíritu más vicioso y ambicioso que imaginarse pueda. Aunque no estuviera tan al corriente como yo de lo que se tramaba, lisonjeé su ambición, insinuándole que las debilidades de Camino comenzaban también, á mi juicio, á comprometer su Gobierno, y que no sería difícil que el mismo Presidente de la República interviniera para hacerle dejar el mando, en que hacía tan desairado papel.
--Provoca una escisión del partido en la provincia, lo debilita, y lo enerva; no es lo que conviene. En cuanto sepa esto el Presidente, le pondrá remedio, no lo dude, Correa.
--¿Pero cómo?--preguntó Correa, para verme venir.
--Tan fácilmente como lo ha hecho en otras provincias: provocando una revolución, si es preciso. ¿No hemos ido nosotros mismos á?...
--¡Es cierto!--interrumpió.--Ahora, la cuestión es que el Presidente lo sepa.
--Usted puede hacérselo saber por medio de alguno de sus amigos. Si es que ya no está al tanto de todo...
Lo conduje á que me preguntara si «en un caso dado» podía contar conmigo.
--Incondicionalmente... Pero con una condición. El gobernador Camino me promete hacerme diputado nacional en la próxima renovación del Congreso.
No era verdad, ni Correa lo creyó, pero me prometió solemnemente que «si eso llegaba á depender de él», yo sería diputado nacional. Y comenzó la intriga que condujo admirablemente, fuerza es confesarlo, haciendo que el Presidente se convenciera del todo de la necesidad de «pasar la mano» al vicegobernador, mediante mil informes más ó menos antojadizos, según los cuales Camino «le ladeaba el caballo», como dicen los paisanos, y estaba pronto á hacerle, en la oportunidad, la más violenta oposición, en vista de que «volviera el otro». ¡Como si eso fuera posible! Pero el Presidente era crédulo, temía á su antecesor como á un fantasma, estaba rodeado de cortesanos venales, y creía preciso quebrantar no sólo á todos sus enemigos, sino también á cuantos pudieran llegar á serlo. Tenía la locura de la unanimidad, á lo Napoleón III, con quien se le comparaba. Comenzó, pues, con gran sorpresa de Camino, que hasta entonces no temía las represalias, á demostrarle cierto encono, retardándole los arreglos financieros que pedía, insinuando que el Banco Nacional restringiese los descuentos á sus amigos personales, y á hacerle directa ó indirectamente otras muchas manifestaciones de que había perdido la gracia presidencial y no estaba ya en predicamento.
Como estos indicios no pasaban inadvertidos para nadie, muchos se le fueron alejando, como se habían alejado de mí al verme romper la primera lanza con el Gobernador, y comenzaron á rodearme, como si yo fuera el árbitro de la situación. Don Casiano Correa, que ya tenía, también, su corte, no cabía en sí de gozo y no veía la hora de posesionarse del mando.