Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira

Part 12

Chapter 123,837 wordsPublic domain

Con todo, este viaje, mi aparente intimidad con el Presidente--yo había cuidado de dar publicidad á mis visitas,--y las evidentes vinculaciones con entidades sociales y políticas de Buenos Aires, contribuyeron no poco á aumentar mi prestigio, y, por ende, á fijar sobre mí las miradas de la siempre envidiosa y díscola oposición. De vuelta en mi capital, de nuevo al frente de la policía, y dando los últimos toques al negocio de la chacra, reanudé mi vida de holgorio, jugando todas las noches en el club, aprovechando las oportunidades amorosas que se me ofrecían, no tanto en las altas esferas cuanto en los bajos fondos, más accesibles y mucho menos comprometedores, y mis rumbosidades y mis maneras de gran señor, molestaron á mucha gente. Así como me había hecho una corte de aduladores á todo trance, así también me hice de una falange de enemigos irreconciliables, hasta en las filas de mi propio partido y entre los mismos que me «bailaban el agua delante», como vulgarmente se dice. Estos resultan los peores, porque son los que están más al corriente de nuestra vida y milagros, conocen la falla de nuestra armadura, y suelen atacarnos en la sombra, con plena impunidad. Si no fuera por alguno de mis correligionarios envidiosos, nadie hubiera recordado, quizá, que yo conservaba aún mi banca en la Legislatura, y que éste era un hecho susceptible de ser probado, más que cualquier otra de las acusaciones de mala administración, de pésimas costumbres y lo demás que nunca falta en la foja de servicios de un alto funcionario, sea porque es realmente culpable, sea porque es «necesariamente» culpable para sus enemigos ó sus competidores. En suma, yo era un hombre muy discutido; pero eso, ¿qué quiere decir, y que querría significar ahora, si yo no hiciera aquí mis «Confesiones»? Á no tener defectos, me los hubieran inventado, y cualquier costumbre, hasta una virtud--por ejemplo, la discreción,--me la hubieran convertido en vicio, llamándola disimulo ó hipocresía. Parece que entre los hombres sólo hubiera un propósito: matar ó disminuir á los vivientes, que incomodan ó pueden incomodar, y divinizar y eternizar á los muertos, incapaces ya de molestar á nadie. Á los que parecen á punto de triunfar se les opone, por añadidura, los que comienzan; y éstos, á su vez, ya cerca del triunfo, se ven substituídos por los que fueron y no serán ya, y por los que, como ellos, serían posiblemente... si la serie no estuviera constituída en forma de cadena sin fin... En mi caso, se sacó á luz mi «olvido» de renunciar á la diputación, y el hecho inconcebible de que siguiera recibiendo la dieta, mientras cobraba también mi sueldo de jefe de policía, y «otras gangas». No tardé en darme cuenta del fondo de la intriga. Algunos correligionarios, asustados de mi creciente influencia, de mi elevación inusitada, habían buscado un competidor que ponerme delante, pero un competidor á su juicio más fácil de dominar que yo, si acaso alcanzaba el triunfo--error inevitable, alucinación en que caen los imbéciles que resultan derrotados ó sujetos á una fuerza mayor,--y habían dado con el flamante doctor, honra de su provincia, con mi amigo Pedro Vázquez. Así, los enemigos, por dar un mal rato al Gobierno, y los amigos por darme un mal rato á mí, recordaron en un momento dado que había una representación virtualmente vacante.

Mis competidores veían en Pedrito, al universitario teórico, que derramaría su elocuencia sin pedir nada en cambio, y que se dejaría llevar en la práctica por las narices; considerábanle, pues, mucho más conveniente que yo, que «no daba puntada sin nudo», y que utilizaba mis puestos sacándoles bien «la chicha». El gobernador Benavides, traído y llevado por los politiqueros, no tardó en convenir en que era necesario quitarme la diputación y dársela á Vázquez, pero, aunque decidido á hacerlo, buscaba la manera de no irritarme demasiado, de sacarme la muela sin dolor... del sacamuelas... Tan evidente me pareció de pronto la intriga, que quise precipitarla, haciéndola volverse en favor mío, hasta donde fuera posible. Y apenas lo pensé, cuando lo puse en planta.

Aleccionado por mis viajes á la capital, y por la frecuentación de los grandes «restoranes», preocupábame en la ciudad de refinar mis comidas, así como refinaba el vestido y las maneras. No sólo tenía en casa un cocinero que sabía preparar algunos pocos platos á la francesa, sino que en el hotel, en el club, en la fonda, exigía siempre cosas finamente hechas y bien condimentadas. Si ahora puedo reirme de mis primeros candorosos menús, ó, mejor dicho, minutas, entonces había muy pocos en provincia que supieran comer como yo, y que dieran á los vinos su colocación adecuada en una comida ó un almuerzo. Vázquez, cuyas tendencias fueron siempre aristocráticas, aunque él no lo quiera confesar, y que ama la vida confortable, advirtió desde su vuelta á la ciudad este refinamiento mío, y se propuso aprovecharlo, comiendo conmigo cuantas veces pudiera, aunque sin idea de gula: simplemente como un aprendiz de sibarita. Á la mesa, siempre lo mejor servida que era posible, y con los vinos más auténticos que se ponían al alcance de la mano, solíamos tener en menos, ¡cuán equivocadamente!, la sabrosa cocina provinciana y los caldos generosos que, como el Cafayate, son merecedores de toda una reivindicación. Pero también hablábamos de otras cosas, sobre todo, de María Blanco.

--¿No se te ha ocurrido nunca ser diputado?--le pregunté una tarde, mientras comíamos en el Club, solitario.

--¡Hombre! Creo haberte dicho una vez lo que pensaba al respecto... y que lo tomaste bastante á mal.

--Sí, pero me parece que ahora habrás cambiado un poco de opinión... Sobre todo tú, que eres doctor, que has estudiado, verás figurando en las Cámaras á muchos que valen menos que tú, más, menos de lo que yo valía cuando me hicieron diputado.

--Es verdad... Los hechos están ahí... No es posible negarlos...

--En ese caso, ¿aceptarías una diputación?

--¡Vaya una pregunta! Eso se piensa cuando viene el ofrecimiento.

--Y es el caso.

--¿Cómo?

--Sí. Yo te ofrezco la diputación. ¡Yo-te-la-o-frez-co!--repetí, recalcando cada sílaba.

--¡Déjate de bromas!

--No son tales.

Le conté entonces cómo estaba, en cierto modo, vacante la diputación de Los Sunchos, y cómo podía él resultar diputado sin tener que competir con un tercero, amigo ó enemigo de la situación. No me quería creer. Y en cuanto me quiso creer, asomaron los escrúpulos.

--En ese caso no me elegirían. ¡Me nombraría el Gobierno!...

--Resultarías elegido como todos los demás, y con esta enorme ventaja: que no tendrías compromisos, porque, al fin y al cabo, tu Gran Elector sería yo. ¡Vaya! Autorízame á obrar, y yo te aseguro que antes de tres meses estás en la Legislatura haciendo maravillas.

Fingió creer que era broma, y esto le permitió darme plenos poderes. Después, enterneciéndose un tanto, me hizo esta declaración:

--Si esos sueños se realizaran, sería una suerte para mí. No por la política. No. Pero mi novia tiene unas ideas... ¡Á veces la creo demasiado ambiciosa!

--¿Tu novia? ¿Es tu novia, por fin?

--No; pero lo será. Todo pinta muy bien.

--De modo que todavía se puede tantear... sin hacerte mal tercio--dije, en broma.

Aquella noche, puesto en vena por mi inesperada proposición, y quizás, también, por un vinillo muy capitoso que acababa de importar el gerente del Club, habló con más locuacidad que nunca, y se permitió hacer un examen de mi modesta individualidad. Antes de renovar en lo posible sus palabras, trataré de decir lo que él me parecía y la impresión que me produce todavía ahora. Algo taciturno é inclinado á la melancolía, buscaba seguramente en mí un contraste que lo animara; se divertía mucho con cualquiera de mis ocurrencias, hasta las más tontas, á causa, sin duda, de ese mismo contraste, sin dejar, por eso, de discutir lo que él llamaba mis «doctrinas» ó mis «paradojas». Desde antes de salir de Los Sunchos, escribía versos--malos á decir verdad,--pero no renunció á ellos, antes de doctorarse, por su indigencia presuntuosa, sino--aseguraba él,--porque «el verso le obligaba á abandonar una parte de su pensamiento, y á veces á escribir algo que no había pensado». Esto me hacía recordar la famosa frase del negro bozal: «¡Corazón ladino, lengua no ayuda!» Pero agregaba con sentido común, que, «para escribir versos medianos, más vale escribir cartas á la familia». Cuando yo le motejaba de teorizador, él sostenía que «estudiaba en los hombres y en las cosas, prefiriéndolos á los libros, pero que éstos no deben dejarse de lado, porque son la síntesis de los estudios anteriores, y, sobre todo, el más grato de los entretenimientos.» Alguna vez se me ocurrió que me había tomado como «anima vile» para disecarme en sus estudios psicológicos, pero aunque esto fuera, en realidad, se lo perdonaría con gusto, porque siempre se mostró muy mi amigo. En fin, recuerdo que aquella noche me espetó este singular discurso:

--Todos los caminos están abiertos para ti. Eres miembro--cómplice, dirían otros, los de la oposición ciega, que no ve la marcha paulatina de las cosas,--eres miembro de una oligarquía que prepara la gran república democrática de mañana, así como Napoleón III preparó sin comprenderlo, la todavía lejana verdadera República Francesa. Eres audaz, valiente, flexible, despreocupado, amoral: Con esto se puede llegar muy lejos, y lo que es más curioso, lo que es casi inverosímil, hacer mucho bien al país, con el más perfecto egoísmo... Quizá yo debiera ser tu enemigo. Pero, como eres un ejemplar característico de la raza en formación, de la raza de los tiempos que vienen, soy más bien tu amigo, tu admirador, y puedes contar con mi ayuda, como puede contar con ella el partido á que pertenecemos, por muchos errores que cometa, porque es un partido histórico, un partido de transición marcada, y realiza por buenas ó por malas el papel que le corresponde... Como los demás partidos, por otra parte, pero no en el mismo escenario... Los otros quieren quedarse demasiado atrás ó ir demasiado adelante, mientras que el nuestro evoluciona insensiblemente, harto insensiblemente en ocasiones, para conservarse en el poder. Ya ves que soy tolerante... Esta tolerancia que puede parecer exagerada, es una tendencia más fuerte que yo, más fuerte que mi voluntad, porque mi instinto me obliga á comprender, y comprender es más que perdonar, es tolerar, es hasta colaborar, según vengan los tantos... Lo mismo que del partido digo de ti... Si no hubiera muchos hombres como tú, nuestro país sería otra cosa--quién sabe cuál,--pero dejaría de ser lo que es y no llegaría á ser lo que será. ¡Perogrullada, dirás! ¡Pero perogrullada que pocos se dan el trabajo de comprender! Con la gente estática no se va á ninguna parte, con la muy dinámica se puede llegar á incurables desórdenes, á la anarquía que engendra la tiranía compensadora. La útil es la acomodaticia que sabe andar y detenerse, la oportunista, en fin, como tú. Tú, yo, nosotros, somos tan necesarios como lo son los demás, los que siguen á los jefes de la oposición, al que lo ha sido todo en nuestro país y al que no ha sido nada--somos los reguladores,--y verás cómo, gracias á nosotros y á ellos,--poco á poco van convergiendo los caminos y los esfuerzos, aun en los momentos en que más alejados y más antagónicos parezcan. Y es que el hombre quiere someter la Naturaleza á una armonía que nadie, sino la caprichosa Naturaleza nos ha enseñado, que nadie, sino ella, puede crear... Verás cómo, entre todos, á la larga, se establece un equilibrio, sin imponerse como único y definitivo, porque es variable, y cambia á cada hora, en un segundo para la historia, en muchos años para nuestra nacionalidad, si tenemos en cuenta que no alcanza al siglo todavía... Dicen que las virtudes de nuestros antepasados, sus luchas para conquistar una patria, se han convertido en vicios en nosotros, en lucha por conquistar un bienestar epicúreo, y que esto nos lleva al desastre. ¡Mentira! Cada época tiene sus exigencias y sus héroes. Y si los locos como tú no aspiraran á una vida de lujo y de molicie, éste sería un pueblo de santos patriarcas, es decir, un pueblo estancado en plena vida pastoril. Lo inerte es lo único que no cambia, lo único sometido á la estabilidad que parece imponerse á los pueblos que sueñan en ser dichosos, los pueblos que, según el dicho famoso «no tienen historia». Y un pueblo inerte es un pueblo muerto. ¿Quieres que brindemos, Mauricio, á tu soberbia, á tu insolente vitalidad?

III

Aquellas antiguas aficiones despertadas en _La Época_ de Los Sunchos, y cultivadas después, mientras hacía mis primeras armas en la ciudad, revivieron vigorosamente desde el punto en que, cumpliendo una promesa hecha en hora de debilidad, conseguí que se encomendase al galleguito la dirección y redacción de _Los Tiempos_, el diario oficial, siempre necesitado de quien lo llenara de mala tinta á precio vil. De la Espada conservaba aún, para mí, cierto vago, cierto humorístico prestigio, y más que todo por hablarle y renovar con él, en cierta manera, las antiguas «diabluras» sunchalenses, frecuentaba la imprenta, y recomencé á escribir en el periódico, hazaña que no consignaría aquí, pues más lejos debo reincidir en ello, si no estuviera tan íntimamente ligada con lo que vengo contando. Y, á propósito, antes terminaré con lo atinente á la diputación de Vázquez.

Poco después de dejarlo, fuí á ver al gobernador Benavides, y le propuse de buenas á primeras lo que él estaba deseando imponerme.

--Mi banca en la Legislatura puede darse por vacante; ¿no sería bueno elegir á Vázquez en mi lugar?

--¡Hombre! ¡mire usted qué casualidad! En eso mismo he pensado estos días; sería una magnífica combinación, en la que usted, al fin y al cabo no perdería nada, mientras que nosotros ganaríamos, quitándonos de encima un posible enemigo. Vázquez, con sus lirismos, puede ser peligroso, si no nos lo conquistamos.

Y con esto quedó resuelta su elección, pues la forma republicana de gobierno no es tan complicada como algunos aparentan creerlo todavía.

Volviendo á mis artículos de _Los Tiempos_, agregaré á lo ya dicho que mi colaboración era bastante asidua, pues siempre me ha divertido mucho hacer rabiar á la gente. Además, algunos correligionarios habían descubierto en mí un espíritu satírico de primer orden, y hablaban de mi estilo como del más gallardo y desenvuelto que conocieran. Era, para ellos, según me decían, otro Sarmiento, con la particularidad en mi favor de que yo defendía la buena causa, sin sembrar el desorden bajo pretexto alguno, mientras que al autor de «Civilización y barbarie» solía írsele la mano, arrastrado por su espíritu analítico, capaz de no dejar títere con cabeza, en un instante de acaloramiento.

En lo que entonces escribí puse á los hombres de la oposición como chupa de dómine, no sólo ridiculizándolos, sino sacándoles, también, con más ó menos disimulo y contemplaciones, todos los trapitos al sol. Mis informes del mundo eran tan completos, que no se me escapaban ni las andanzas políticas ni los traspiés privados de la gente. Así, el hecho graciosísimo de un joven que había tenido que pasarse una noche encaramado en un árbol, para no ser apaleado por un padre feroz, me tentó un día, y lo escribí con alusiones desgraciadamente tan claras, que uno de los interesados en el asunto, don Sofanor Vinuesca, opositor de primera fila y hombre de malas pulgas, se puso en campaña para saber quién era el indiscreto escritor, y pedirle cuenta y razón del suelto que había hecho reir á toda la ciudad á su costa y á la de otros miembros de su familia. Supo que era yo y me mandó los padrinos, á pedirme una retractación en regla, ó una satisfacción por las armas.

Conflicto. Yo, jefe de policía, no debía batirme, porque el duelo estaba severamente prohibido en aquel centro católico, donde no era sólo una infracción á las leyes, sino también un abominable «pecado mortal». Pero si me negaba, mi actitud menoscabaría la reputación de valiente que tanto bien me había hecho hasta entonces, y á la que no quería renunciar por nada. Encargué, pues, á mis padrinos, Pedro Vázquez y Ulises Cabral, ex redactor de _Los Tiempos_, que concertaran el encuentro fuera de la provincia--de retractación no quise ni oir hablar,--y me fuí á ver al Gobernador para exponerle el caso y tratar de conciliar todo lo que más me importaba: si no quería renunciar á mi fama de valiente, tampoco quería renunciar á mi puesto de jefe de policía.

--Yo creo que debe evitarse á todo trance ese duelo--me dijo Benavides:

--¡Imposible! He ido demasiado lejos, y para evitarlo tendría que hacer un papelón.

--Entonces, no veo otro camino que la renuncia.

--¡Gobernador!--exclamé;--usted me necesita, usted me necesita más que á nadie, dado su carácter bondadoso, porque no tiene otro hombre en quien confiar de veras, aunque tantos parezcan sus amigos. Yo deseo seguir sirviéndole como hasta ahora.

--Yo también lo deseo; pero no encuentro la manera.

Recapacité un momento, y luego dije:

--Hagamos una cosa, ¿quiere?... Yo le presento ahora mismo mi renuncia, y usted la hace publicar, sin resolver sobre ella, antes de que se realice el duelo... Después, si la opinión digna de tenerse en cuenta no se satisface con la simple noticia, y quiere que se acepte la renuncia, siempre hay tiempo de hacerla efectiva. Si el asunto no se toma demasiado á mal, vuelvo á mi puesto y se acabó. ¿No le parece?

Hizo algunas objeciones, pero aceptó, por fin, el arreglo. No arriesgaba nada, y así quizá le fuera posible seguir utilizando mis servicios.

El duelo se realizó fuera del territorio de la provincia (aparentemente; en realidad, nos batimos en una chacra cercana), y sus resultados fueron lo más halagüeños que pudieran darse. Contra lo que yo esperaba, y muy afortunadamente, resulté herido en una pierna.

Allí mismo me reconcilié caballerosamente con mi adversario, retirando cuanto hubiera podido lastimarlo en su persona, pero «en modo alguno mis convicciones de ciudadano».

Era yo, pues, un mártir de nuestro credo partidista, porque desde el primer momento habíamos cuidado de dar á la cuestión un alcance altamente político, y mi reconciliación lo demostraba, en realidad. Además, el pueblo, entusiasta, como todos los criollos, por los actos de valor, aumentó mi prestigio, y los mismos opositores me respetaron por el culto al coraje que existe en nuestra tierra. Sólo había, pues, que temer á los clericales, pero justamente en aquel tiempo estaban de capa caída, por las malas relaciones del país con el Vaticano, y, además, cuidé de llamar al padre Pedro Arosa, el franciscano amigo de los Zapata, para confesarme con él y reconciliarme con la iglesia.

--Aunque no estoy en peligro de muerte, lo he hecho venir, padrecito, porque he cometido un pecado muy grande.

Aquella confesión me valió elogios de la prensa clerical, porque Fray Pedro tenía grande influencia en su partido...

Nadie criticó, pues, que el gobernador no aceptara mi renuncia y me dejara en el puesto que tan brillantemente desempeñaba--como decía de la Espada cada vez que mi nombre le caía bajo las puntas de la pluma.

Mi herida era ligera, y no tardé en estar bueno, acontecimiento que se festejó muchísimo en la ciudad. Hasta una tertulia del Club del Progreso vino á resultar en mi honor. Tratando de igualarse á Buenos Aires, orgullosa entonces del suyo, no había en el país ciudad, pueblo ni aldea que no tuviese ó pensase tener su Club del Progreso, siquiera en el nombre, y todos estos clubs eran, casi sin excepción, patrimonio del partido del Gobierno, con abstención generalmente voluntaria, á veces forzosa, de los opositores.

En la tertulia, que era una de tantas, pero de la que fuí héroe único, gracias á mi renuevo de gloria, bailé varias veces con María Blanco, la novia de Vázquez. Éste que, á fuer de padrino primerizo estaba encantado con el duelo, como con la realización de algo novelesco que sólo puede verse en los libros ó en el teatro, había contado ponderativamente á la joven mi valerosa y tranquila actitud antes del combate, en el encuentro mismo, cuando caí herido y cuando pedí noblemente excusas á mi adversario. María estaba encantada de bailar y de conversar conmigo, y no trató de ocultármelo.

Yo la conocía mucho de vista aunque nunca hubiera hablado con ella. Salíamos, con Vázquez, ó con otros camaradas, muchas tardes en victoria descubierta, á correr las calles empedradas, exhibiéndonos á la admiración de las muchachas, que se exhibían á su vez en ventanas, balcones y puertas, haciendo una especie de feria de noviazgos, usual en muchas ciudades de provincia, y famosa en la época romántico-gauchesca de Buenos Aires, cuando los mozos «bien» que se iban á la «estancia», paseaban á caballo días enteros, para ver y hacerse ver. Las negociaciones preliminares entre novios y novias han sido siempre ridículas para quien las mira de afuera, ¡pero cuán interesantes para actores y actrices, ya queden en la forma salvaje de la cacería de la mujer, ya lleguen al refinamiento del baile, la tertulia ó la visita, en la alta sociedad civilizada! Amor, eterno amor, genio de la colmena, como diría Maeterlinck, ¡instinto invencible que embriaga al adolescente, impulsa al joven y suele enloquecer al viejo!

En estas andanzas conocí de vista á María Blanco, que desde un principio me pareció una muchacha muy interesante y muy honesta, aunque siguiera la costumbre de la exhibición, que nadie tomaba á mal, por otra parte, incorporada como estaba á nuestra vida. Era una joven alta, rubia, muy blanca, de ademán severo, y sus ojos azules tenían pestañas y cejas negras, lo que les daba un brillo particular de agua clara y profunda y los hacía, á veces, parecer negros también. Su conversación, según observé en la tertulia, era agradable, al propio tiempo mesurada y entusiasta, y daba la impresión de un alma ardiente regida por un carácter firme y resuelto. Por lo menos, estas fueron mis sensaciones de aquella noche, y muchas de ellas han tenido que reproducirse más tarde, con igual ó mayor intensidad.

--¿Si será ésta la mujer que me está destinada?--llegué á preguntarme entonces, casi instintivamente.

Me deslumbraba el prestigio de su belleza, de su ingenio, de su amabilidad--su bondad, sin duda,--y de su nombre, uno de los más preclaros de la provincia, donde su familia desempeñaba gran papel, pese á cierta escasez de fortuna; y me deslumbraba hasta el punto de hacerme dejar de lado, por un momento, mis tendencias, resueltamente antimatrimoniales. ¡Sí! con una mujer así, bien podía casarme, porque, aun sin el dinero, su aporte á la sociedad conyugal sería importantísimo. Una alianza con los Blanco podría resultarme altamente provechosa, porque tenían positiva influencia en la provincia y eran de lo que puede llamarse la más elevada aristocracia. Nuestros dos apellidos, vinculándonos á lo más granado de la República entera--ella con el contingente del interior, yo con el de Buenos Aires,--crearían todo un nuevo título á la consideración social y política. Me detuve un poco en estas ideas, viendo que Vázquez perdía terreno aquella noche, más que todo por su culpa, pues, ¿quién le mandó entonar mis alabanzas ante una niña de espíritu algo romántico, prendada de lo caballeresco?... Y como el padre de María, don Evaristo, me ofreciera su casa, agradecí calurosamente, prometiendo cultivar tan honrosa relación. La veleidad matrimonial había pasado, sin embargo, como un relámpago; puede que su semilla quedara en algún rincón de mi cerebro. Ya veríamos más tarde... Pero desde entonces visité á los Blanco con asiduidad, en ocasiones hasta dos veces por semana.

Entretanto, Vázquez, lleno de gratitud hacia mí, su padrino, su Gran Elector, llegó á ser diputado por Los Sunchos.