Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira
Part 11
Contribuía, sin duda, á su juicio benévolo, que á mí, en realidad, me importaba bien poco, el estado beatífico en que se hallaba, con un título respetable para la mayoría, recursos suficientes que su padre le proporcionaba, y una novia bonita y de alta posición social--María Blanco.--Pero, al decir novia, no me sirvo de la palabra exacta, porque María Blanco, la patricia por antonomasia, no hacía, en realidad, más que «distinguirlo», dejando suponer estas distinciones que llegaría probablemente á ser su novia. No estaban «comprometidos» en forma alguna, según él mismo me lo confió en un momento de expansión. Con todo, la posición social, sentimental y pecuniaria de Pedro, era brillante.
Yo, en cambio, atravesaba un momento algo difícil: había jugado mucho en todo aquel tiempo, pues, aparte las intrigas amorosas, y según creo haberlo dicho ya, no se me ofrecía otra diversión en aquella ciudad amodorrada y taciturna. Y así como había jugado había perdido, casi hasta agotar mi crédito. Tampoco me era posible, por el momento, echar mano de mi fortuna, grande ó pequeña, porque estaba indivisa con mamita, y liquidarla entonces hubiera sido una locura que nos dejara en la calle.
Para remachar el clavo, en una larga partida con varios personajes venidos de Buenos Aires, perdí cierta noche unos diez mil pesos (no eran diez mil pesos, en realidad, sino su equivalente, no adoptado aún el actual sistema monetario), y para pagar me vi en las más graves dificultades. Ya desesperaba de conseguir un préstamo tan crecido, cuando me acordé de Vázquez, y acudí á él, como último recurso, pensando que sería de buena política ocultarle la verdadera causa de mis apuros.
--Quiero instalarme bien--le dije,--poner una casa decorosamente amueblada, y me acosan al propio tiempo algunas deudas apremiantes. Tú sabes que tengo con qué responder y que no estoy en el caso de trampear á nadie; pero te agradeceré como un señaladísimo servicio que me prestes veinte mil pesos, lo más pronto posible. ¿Los tienes? Porque no dudo que, á tenerlos, me los prestarás inmediatamente...
--Haces bien en no dudar; pero, por el momento, no los tengo--me contestó.--Habría que esperar...
--¡Es que el caso es urgente, muy urgente!
--Entonces, no se trata sólo de instalarte.
--Ya te dije que tenía algunas deudas de honor.
--¡Vaya! ¡sé franco! ¿has jugado y has perdido?
No vacilé, entonces, en decirle la verdad.
--Es cierto--exclamé.--Por eso hablaba de una deuda de honor. Tienes buen olfato. ¿Podrás, aunque sea haciendo un sacrificio, procurarme esos pesos dentro de las veinticuatro horas? ¿de las doce, mejor dicho, porque ya llevo otras doce perdidas?
--Sí. Acompáñame, y los tendrás.
Fué á ver á uno de sus parientes, que no vaciló en prestarle la suma, sobre sólidas garantías probablemente, porque los viejos de mi provincia no soltaban el dinero así como así, ni aunque se tratara de su padre. Abreviando: aquella misma tarde pude pagar á mis ganadores, quedándome con una cantidad importante, que me permitiría comenzar á poner casa, como era, en realidad, mi deseo, y, buscando el desquite, hacer una que otra partidita. Vázquez no quiso aceptar pagarés, ni siquiera un recibo...
Yo había vivido hasta entonces en el hotel, bastante bien instalado, pero esto me traía más de una seria dificultad, pues no me hallaba «en mi casa», y todos mis actos se veían continua y necesariamente fiscalizados, no sólo por la servidumbre, más ó menos fiel y discreta, al fin y al cabo, sino también por los extraños que iban á hospedarse allí. Aunque mi departamento estuviera relativamente aislado, sin otros aposentos vecinos, al fondo de uno de los grandes patios de la vetusta casa de familia, transformada en hotel de la noche á la mañana, era imposible impedir que los huéspedes pasaran á menudo por mis dominios, y, más que todo, que vieran quién entraba y quién salía de mis habitaciones. Tomé, pues, una casita en una calle poco frecuentada pero muy céntrica, y la amueblé, aunque modestamente, con las mayores comodidades que entonces podían conseguirse en provincia. Hice, también, arreglar el pequeño jardín que, con sus cuatro higueras, sus seis perales y su grupo de «albarillos», extendiéndose detrás de las habitaciones, iba á dar á otra calle, más solitaria aún que la primera. Tenía así casa y garçonnière al propio tiempo, y como jefe dirigente de todo aquello, puse á mi antiguo compinche Marto Contreras, el hijo de mi amigo el mayoral de la diligencia de Los Sunchos, que--aspirando á la dignidad de «vigilante», como á un bastón de mariscal,--me había pedido muchas veces que lo llevara á la ciudad, y hombre en quien podía confiar tan ciegamente como Camino en su asistente Cruz.
Hecho esto, sintiendo de nuevo la escasez de fondos, resolví pensar seriamente en mis asuntos de interés, y darme cuenta exacta del estado de nuestra fortuna.
Don Higinio había preparado muy hábilmente el negocio de la chacra, obligado punto de partida de nuestro posible enriquecimiento, pero en los últimos tiempos lo dejó completamente de mano, como es natural, aunque--debo decirlo en honor suyo,--sin destruir, la obra con vindicativo espíritu, quizá por ingénita caballerosidad, quizá porque abrigara aún la esperanza de verme yerno suyo, quizá también porque yo era ya demasiado fuerte para hacerme la guerra con armas pequeñas y miserables. Había que herirme de muerte ó no tocarme, sin término medio. Entretanto, como nadie se ocuparía del negocio si no me ocupaba yo, resolví ir á Los Sunchos, á darle la última mano, aprovechando la noticia de que la oposición, lanzada años atrás en ese camino por la habilidad de Rivas, reclamaba á gritos la apertura de las calles que mi chacra interceptaba, sin darse cuenta de que así hacía precisamente el juego de uno de sus enemigos. En mi carrera política, muchas veces he tenido oportunidad de ver producirse este fenómeno, más común de lo que se creerá. No hay mejor colaborador que el adversario, cuando uno sabe servirse de él.
Un día, pues, salí para Los Sunchos, con toda la pompa que exigía mi alta posición de diputado y jefe político, aunque con la aparente modestia que cuadra á un demócrata criollo. Fuí á caballo, vestido de bombacha, poncho, chambergo y botas, pero llevando conmigo una pequeña escolta, como que iba «en misión oficial» á realizar una visita de inspección á las policías de los departamentos, y especialmente del mío. Era bueno no dejar que aquellos «tigres» supieran exactamente mis propósitos, porque eran capaces de «coimear» á la misma madre, y aunque yo estuviese resuelto á darles algo, no llegaba mi desprendimiento hasta dejarles «mañas libres», como suele decirse alrededor del tapete verde.
Noticiosas de mi llegada, las autoridades locales me aguardaban con una gran recepción. Algunos funcionarios salieron á caballo hasta las afueras del pueblo, como se hacía con los antiguos señores, y me acompañaron hasta la Municipalidad, donde se había preparado un «refresco», y donde estaban reunidos numerosos vecinos, con la infaltable banda de música.
Allí hubo abrazos, apretones de manos, aclamaciones, brindis, marchas triunfales, Himno Nacional y un largo discurso encomendado de antemano á mi amigo, el galleguito de la Espada, quien me llamó «orgullo de Los Sunchos, hijo predilecto de la provincia y ahijado de la fortuna y de la gloria», provocando los aplausos entusiastas del partido oficial reunido para honrarme. Traté de escapar á estos agasajos, demasiado rústicos ya para mi incipiente refinamiento de funcionario de ciudad, pero no lo conseguí antes de sostener este corto diálogo con el director de _La Época_.
--¡Eres un ingrato!
--¿Por qué?--inquirí, sorprendido.
--Yo esperaba que me llevarías á la ciudad. ¡Esto no es vida! ¡Aquí me estoy malgastando!
--Pero, ¿qué harías allí?
--¡Toma! Dirigir, ó siquiera redactar algún diario. ¡Ya sabes que tengo dedos para organista! Allí te puedo ser muy útil, y aquí no te sirvo á ti, ni me sirvo á mí, ni sirvo á nadie. ¡Ea! ¡un buen movimiento, y búscame algo por allá!
--¡Pero hijo! ¡No me puedo llevar al pueblo entero, y ya sabes á cuántos he tenido que colocar... sin tener dónde! ¡Los Sunchos en masa se me cae encima!...
--¡Razón de más! Nadie te ha servido como yo. ¡Y eso es ingratitud, Mauricio!
Me lo decía con tal mezcla de seriedad y de jarana, que no pude menos que reirme y prometerle trabajar para que se fuera á la ciudad en buenas condiciones. Y escapé con el pretexto de abrazar á mamita, que estaría aguardándome ansiosa.
Lo estaba, efectivamente, y se arrojó en mis brazos llorando y riendo á la vez, sin atinar á decir otra cosa que «¡Mi hijito! ¡Mi hijito!» como si yo acabara de resucitar. Mucho me costó conseguir que calmara sus transportes y se sentara en aquel comedor desmantelado y pobre, tan lleno de recuerdos como vacío de muebles. Entonces pude verla. En la soledad había envejecido con una rapidez increíble. Diríase que era más baja, mucho más delgada, con la columna vertebral como un arco, y así, tan menuda, tan llena de arrugas, con sus bandós blancoceniciento, mi pobre vieja estaba «hecha una pasita». Sonreía, sin embargo, entre las lágrimas que seguían corriéndole por las mejillas descarnadas.
--¿Te quedarás ahora?--me preguntó.
--Sí. Unos cuantos días...
--¡Otra vez separarnos!
--Es preciso, mamita, si usted no quiere venirse conmigo á la ciudad... Yo no tengo nada que hacer en Los Sunchos...
--¿Nada?--y había como un reproche en su voz, al decirlo.--¡Es cierto!... Los muchachos de hoy... Pero yo sí, tengo que hacer... Yo no me puedo ir á la ciudad... Esperaré que vengas á verme... Pero, «vení» más á menudo... Yo no puedo ir...
Después supe la razón de esta insistencia en quedarse: rendía á la memoria de tatita un culto exagerado, casi enfermizo, llevada por sus antiguas tendencias místicas, visitando todos los días el sepulcro que había convertido en un jardín, y que llenaba, sin embargo, de flores cortadas. No me hizo confidencia alguna, con la reserva característica de algunas antiguas damas criollas, pero creo que desde que murió tatita lo consideraba más suyo, más exclusivamente suyo, y renovaba con su sombra la breve luna de miel. Si no, ¿cómo explicar la especie de tibieza para conmigo, fenómeno extraordinario que le permitía vivir voluntariamente separada de mí? ¿Por amor á Los Sunchos? ¿Por temor á otro abandono, análogo al de su marido viviente? ¿Por amor póstumo que sentía correspondido desde la tumba?...
Cumplidos estos deberes y llenadas otras formalidades, me ocupé de estudiar en sus detalles la situación de Los Sunchos. Habíanse producido algunos cambios, profundos á primera vista: Don Sócrates Casajuana no era ya intendente municipal ni don Temístocles Guerra presidente de la Municipalidad. Pero, ¡no haya miedo! El trastorno no había sido tan radical, porque don Temístocles ejercía la intendencia y don Sócrates la presidencia, gracias á una serie de hábiles permutas iniciada años atrás. No siendo reelegible el intendente, habían hallado este medio de monopolizar el poder en bien de los sunchalenses, sin tener ya, siquiera, la amable fiscalización de don Higinio. Y jugaban á las «dos esquinas». Hallábame, pues, en terreno amigo, y podía tentar la realización del negocio.
--¡La cosa puede hacerse, pero esa maldita oposición!--exclamó Casajuana, cuando los llamé á conferenciar.
--¡Ahora no lo dejan á uno dar ni siquiera un paso, esos indinos!--exclamó Guerra.
--¡Vaya, don Temístocles! ¡Vaya, don Sócrates!--dije, riendo irónicamente.--¡Si la oposición pide á gritos la apertura de las calles! ¿Ó es que me quieren tomar de ahijado?
Casajuana, el más ladino, se apresuró á contestar, teniendo ya, sin duda, preparada la objeción... y un rosario de objeciones más, si no veía claro su provecho:
--¡Ah! pero los opositores alegan que el terreno de las calles es de propiedad municipal, y que debe volver gratuitamente al municipio.
--¿Cómo así? ¡Qué disparate!--protesté.
--No dejan de tener en qué fundarse. En el plano primitivo del pueblo, que existe en los archivos, las calles aparecen abiertas en toda su extensión.
--Ni aunque así fuera--objeté.--Siempre faltaría saber si el derecho de propiedad no es anterior á ese plano.
--La escritura es posterior--dijo don Sócrates.--Yo mismo he comparado las fechas. Y lo que «embarra» más las cosas, es que se trata de terrenos vendidos por la misma Municipalidad.
--¿Con obligación de abrir las calles?
--Eso cae de su peso. Además, ahí está el plano.
--Habría que ver la escritura, que seguramente no habla de las calles... Y, en último caso, no sé á qué viene ese plano en los archivos... Allí no hace falta.
Y buscando los eufemismos más hábiles, las «agachadas» criollas, toda la dialéctica de que era capaz, les insinué que les daría una amplia participación en el negocio, si eran bastante «gauchos» para allanar esas dificultades y otras que pudieran presentarse. Como riéndose de mis melindres, y antes de que me hubiera atrevido á hablarles claro, comenzaron á debatir la cuestión á cartas vistas, con tanta libertad como si se tratara de la más lícita de las compraventas. En suma, que me sacaron un buen pedazo de terreno, y unos cuantos «lotecitos» para Miró, tesorero municipal, Antonio Casajuana, hermano del presidente de la Municipalidad, mi antiguo jefe, y varios miembros del Concejo, cuyos votos había que conquistar. Accedí á todo, que no era mucho, en la relatividad de las cosas, si se tiene en cuenta que yo les daba terrenos casi sin valor, que ellos me retribuían con dinero, ajeno si se quiere, pero contante y sonante. En efecto, la Municipalidad iba á pagarme á elevado precio la superficie de las calles que duplicarían, precisamente, el valor de mis solares.
Tuve que vencer otra resistencia más grande: la de mamita, que no quería por nada ni que se dividiera la propiedad, ni mucho menos que se sacara á la venta una parte de ella, como era mi proyecto. Quería conservar la chacra tal y como era en vida de su marido, y toda modificación le parecía un crimen.
--¡Pero si todo es tuyo!--exclamaba.--Espérate á que me muera, y lo tendrás, como lo tienes desde ahora, pero no para fraccionarlo ni para tirarlo á la calle. ¡Fernando no hubiera vendido ni dividido jamás la chacra!...
--¡Si le convenía, sí, mamita; no lo dude!
Sólo después de discusiones interminables, conseguí que consintiera en pedir la división judicial de condominio. De otra manera, siempre me hubiera sido imposible realizar el negocio tan hábilmente planteado. El sentimiento es mal consejero en países así, como el nuestro, donde los grandes patrimonios no pueden pasar íntegros de generación en generación como en Inglaterra y algunas partes de Alemania. Ni tampoco hay para qué, porque los medios de hacer fortuna suelen ser muy otros.
En fin, terminada mi campaña, me marché de Los Sunchos no sin tener que soportar antes media docena de banquetes y tertulias con que mis convecinos me agasajaron, convencidos ya de que yo les hacía efectivamente honor, y olvidados de mis antiguas hazañas de pillete imitador de mosqueteros, contrabandistas y bandidos. Pero, como había salido de la ciudad en viaje de inspección á las policías de los departamentos, no podía dejar de visitar, siquiera por fórmula, la Comisaría de Los Sunchos, que seguía rigiendo mi viejo amigo don Sandalio Suárez, el más asiduo de los concurrentes á todas las manifestaciones de simpatía que se me habían hecho.
Á la primera ojeada, comprendí que don Sandalio se «comía» veinte vigilantes, es decir, que sólo tenía la mitad del personal señalado en el presupuesto, y que el sueldo de la otra mitad servía para aumentar decorosamente sus modestos emolumentos. Y, cuando pasé revista, me divertí mucho viendo la cara que ponía al escuchar estas observaciones:
--¡Pero, don Sandalio! Ésta es demasiado poca gente para un departamento tan grande como Los Sunchos. Habrá que aumentar el personal. ¿Cuántos hombres tiene?
--Oh, no es necesario aumentarlos--contestó apresuradamente, rehuyendo la cifra acusadora.--Estos son bastantes.
--Pero, ¿usted me «garante» la situación de Los Sunchos con estos cuatro gatos, don Sandalio?--insistí.--¡Mire que ésta es una de las policías más pobres!...
--¿Que si la garanto? ¡Ya lo creo! Dejá no más. Te podés ir tranquilo. Aquí no se ha de mover una mosca. ¡No faltaba más! ¡Antes que eso resucitaría el «contingente»!...
--¡Qué don Sandalio éste! ¡No se me asuste! ¡Si todavía hay otros más comilones!...--dije, por fin, para tranquilizarlo sin pasar por sonso.
Me miró como á un Dios, y desde aquel punto creí en su fidelidad... mientras continuara de jefe de policía.
II
El asunto marchó viento en popa. El plano primitivo del pueblo desapareció de los archivos de la Municipalidad. La indemnización se votó, generosa y contante. Pocos meses después las nuevas calles estaban abiertas al tráfico público, con gran contentamiento de la población, y mientras los opositores, caídos por fin de su burro, gritaban que aquello era una indignidad, un negocio leonino, de la Espada halló manera de dar en _La Época_ un bombo colosal á la progresista Municipalidad, y de alabar el patriótico desinterés de Mauricio Gómez Herrera, hijo preclaro de Los Sunchos, por cuyo engrandecimiento me sacrificaba, y eminente jefe de policía de la provincia. Pero no todas eran rosas. El negocio, magníficamente pensado, era á larga data, y por aquel entonces sólo en parte resultaba realizable el plan de vender toda aquella tierra dividida en lotes, y obtener por ella un alto precio, aunque estuviese en el mismo «riñón» de Los Sunchos. No había llegado todavía la hora de las locas especulaciones, y era necesario esperar. Con todo, confiando en el porvenir, y á imitación de algunos atrevidos hombres de negocios, saqué dinero del Banco y edifiqué algunas casas en los puntos más cercanos á la plaza pública, cercando de adobes ó con cina-cina lo demás, á la espera de época más propicia. Como me quedara algún dinero disponible, poco á decir verdad, quise amortizar mi deuda con Vázquez, y fuí á verle, llevándole un cheque de cinco mil pesos.
--¡No seas tonto!--me dijo.--Yo, por ahora, no necesito esa platita. Ya le pagué á mi pariente, y no me hace falta para nada. Cuando la necesite, te la pediré, y me la pagarás toda junta. Ahora, mientras no arreglas tus negocios, á ti te hace más falta que á mí. Lo único que te pido es que si me ves en un apuro y puedes hacerlo, no dejes de devolverme esos cuatro reales, con tanto gusto como yo te los he prestado.
--¡Oh, de eso podés estar seguro!--exclamé.--¡Aunque tuviera que quitarme el pan de la boca!
Resueltas las cosas en forma tan halagüeña, no pensé sino en concederme unas vacaciones, tanto más cuanto que el país estaba tranquilo, tascando un freno que á las veces le parecía duro, pero sin poder sacudirlo, ni siquiera «corcovear», como hubiera dicho don Higinio.
Y fuí á divertirme en Buenos Aires, á donde afluía entonces, más que nunca, todo lo que las provincias tienen de brillante, como nombre, como fortuna ó como posición política.
Como la primera vez, después de «despuntar el vicio», concurriendo á teatros y otras diversiones menos inocentes, visité á mis amigos y parentela, y, por último fuí á reanudar mis útiles relaciones oficiales, y á anudar otras nuevas, sobre todo la del Presidente de la República. Tratábase esta vez de un hombre joven aún, muy criollo y socarrón epigramático, que guiñaba siempre imperceptiblemente un ojo, y que, gran conocedor del corazón humano y sus flaquezas, no dejaba ver nunca, en la intimidad, si hablaba en serio ó si estaba «gozando» á su interlocutor. Nadie le hubiera reconocido diez ó veinte años más tarde, pero entonces era, no sé si instintiva ó rebuscadamente, el tipo del gaucho refinado hasta el extremo de ocultar casi completamente su procedencia, que apenas se revelaba--pero se revelaba al fin,--entre otras cosas, en su afán de contar y escuchar anécdotas, así como sus antepasados se complacían en las interminables «payadas» y en los cuentos del fogón. Ahora que lo pienso mejor, creo que lo hacía de propósito, para demostrar más á los porteños su carácter genuino de «hijo del país», y hasta sentiría ganas de agradecérselo. Me sorprendió que me conociera de nombre--sin caer en la cuenta de que todos estos personajes tienen quienes los informen momentos antes de recibir una nueva pero anunciada visita,--de que supiera lo poco que había hecho yo hasta entonces, y de que me hablara de tatita como de un viejo amigo con quien había hecho no sé qué campaña, creo que la del Paraguay, cuando él era simple teniente. Su acogida me llenó de satisfacción: no me había recibido como á un cualquiera, sino demostrándome un grande aprecio y una gran confianza en mi porvenir, casi prometiéndome toda suerte de distinciones. Creí tener el mundo en la mano, pero no tardaron en decirme que el presidente era igual con todo el mundo, y que lo mismo hubiera tratado á su peor enemigo. No lo quise creer. ¿Cómo, entonces, tenía tantos amigos y tan decididos partidarios, en un país que, si ha heredado mucha parte de la hidalguía española, ha heredado ó ha aprendido también, de los indios, la sagrada fórmula de «dando, hermano, dando», traducción bárbara del latino «do ut des»?
--¡En fin, señor Presidente!--pensé,--lo que sea, sonará. Y no he de bailar al son que me toquen, lo que no significa que me niegue á seguir detrás de la banda y á marcar el paso como cualquier hijo de vecino. Lo primero que yo respeto es la autoridad. ¡Y más ahora, que soy, también, autoridad!...
Al terminar la entrevista, que fué agradable y sin ceremonia, le pedí que no me olvidara y me tuviera siempre por un resuelto servidor y amigo.
--Venga á visitarme á menudo, Gómez Herrera--me contestó.--Yo tengo siempre gusto en conversar con muchachos como usted, y en oir sus opiniones.
Reiteré, en efecto, la visita, pero viendo que sólo muy á la larga podría sacar provecho de ellas, y, á pesar de su evidente interés,--las reuniones no podían ser más amenas,--resolví regresar, dejando, sin embargo, detrás de mí la convicción de que era un «elemento» con el que se podía contar en cualquier emergencia.
--¡Vaya sin cuidado! Yo lo conozco bien--fueron las últimas palabras del Presidente, que no volvió á recordarme, sin duda porque me conocía más que yo mismo, y sabía que no tenía nada que temer ni nada que esperar de mí.
¡Hacer que teman, hacer que esperen!--sésamo del éxito en política. Pero, ya lo he dicho, nadie nace sabiendo...