Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira

Part 1

Chapter 13,760 wordsPublic domain

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

Las palabras en itálicas están indicadas con _sub-índices_, mientras que las palabras en negritas están indicadas =de este modo=.

Las reglas ortográficas del castellano cuando esta obra fue publicada por primera vez eran diferentes a las existentes cuando se realizó la transcripción.

Por ejemplo vió, fué, dió, lo mismo que conjunciones como "á", "ó", "ú", en esa época llevaban acento ortográfico, mientras que vocablos que actualmente llevan acento ortográfico, como "reír" y "oír", cuando la obra fue publicada no llevaban acento ortográfico.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar la ortografía original, salvo en caso de errores evidentes de ortografía, impresión y/o puntuación, los cuales han sido corregidos.

La cubierta del libro fue modificada por el Transcriptor y ha sido puesta en el dominio público.

El Índice de capítulos ha sido agregado por el Transcriptor.

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DIVERTIDAS AVENTURAS DEL NIETO DE JUAN MOREIRA

OBRAS DEL MISMO AUTOR

(De venta en la Biblioteca de LA NACIÓN y en las principales librerías).

=La Australia Argentina=, (dos volúmenes). =El Falso Inca=, (cronicón de la Conquista). =El Casamiento de Laucha=, (novela picaresca). =Sobre las ruinas=... (drama en cuatro actos). =Marco Severi=, (drama en tres actos). =El Triunfo de los otros=, (drama en tres actos). =Pago Chico.= =Violines y toneles.= =Crónicas.= =En las tierras de Inti.=

AGOTADAS

=Ensayos poéticos.=--=Antígona=, (novela).--=Scripta.= (cuentos).--=Novelas y fantasías.=--=Los Italianos en la Argentina.=--=Emilio Zola=, etc., etc.

ROBERTO J. PAYRÓ

_Divertidas aventuras Del nieto de Juan Moreira_

BUENOS AIRES CASA EDITORA É IMPRESORA M. RODRÍGUEZ GILES Corrientes, núm. 1379

Imp. Sopena, Provenza, 95.--BARCELONA

ÍNDICE

PÁG. PRIMERA PARTE 5

SEGUNDA PARTE 147

TERCERA PARTE 257

DIVERTIDAS AVENTURAS DEL NIETO DE JUAN MOREIRA

PRIMERA PARTE

I

Nací á la política, al amor y al éxito, en un pueblo remoto de provincia, muy considerable según el padrón electoral, aunque tuviera escasos vecinos, pobre comercio, indigente sociabilidad, nada de industria y lo demás en proporción. El clima benigno, el cielo siempre azul, el sol radiante, la tierra fertilísima, no habían bastado, como se comprenderá, para conquistarle aquella preeminencia. Era menester otra cosa. Y los «dirigentes» de Los Sunchos, al levantarse el último censo, por arte de birlibirloque habían dotado al departamento con una importante masa de sufragios--mayor que el natural,--para procurarle decisiva representación en la Legislatura de la provincia, directa participación en el gobierno autónomo, voz y voto delegados en el Congreso Nacional y, por ende, influencia eficaz en la dirección del país. Escrutando las causas y los efectos, no me cabe duda de que los sunchalenses confiaban más en sus propias luces y patriotismo, que en el patriotismo y las luces del resto de nuestros compatriotas, y de que se esforzaban por gobernar con espíritu puramente altruista. El hecho es que, siendo cuatro gatos, como suele decirse, alcanzaban tácita ó manifiesta ingerencia en el manejo de la res pública. Pero esto, que puede parecer una de tantas incongruencias de nuestra democracia incipiente, no es divertido y no hace, tampoco, al caso. Lo que sí hace y quizá resulte divertido, es que mi padre fuera uno de los susodichos dirigentes, quizá el de ascendiente mayor en el departamento, y que mi aristocrática cuna me diera--como en realidad me dió,--vara alta en aquel pueblo manso y feliz, holgazán bajo el sol de fuego, soñador bajo el cielo sin nubes, cebado en medio de la pródiga naturaleza. Hoy me parece que hasta el aire de Los Sunchos era alimenticio, y que bastaba masticarlo al respirar para mantener y aun acrecentar las fuerzas: milagro de mi país, donde, virtualmente, todavía se encuentran pepitas de oro en medio de la calle.

Desde chicuelo era yo, Mauricio Gómez Herrera, el niño mimado de vigilantes, peones, gente del pueblo y empleados públicos de menor cuantía, quienes me enseñaron pacientemente á montar á caballo, vistear, tirar la taba, fumar y beber. Mi capricho era ley para todos aquellos buenos paisanos, en especial para el populacho, los subalternos y los humildes amigos ó paniaguados de las autoridades; y cuando algún opositor, víctima de mis bromas, que solían ser pesadas, se quejaba á mis padres, nunca me faltó defensa ó excusa, y si bien ambos prometían á veces reprenderme ó castigarme, la verdad es que--especialmente el «viejo»--no hacían sino reirse de mis gracias.

Y aquí debo confesar que yo era, en efecto, un niño gracioso si se me consideraba en lo físico. Tengo por ahí arrumbada cierta fotografía amarillenta y borrosa que me sacó un fotógrafo trashumante al cumplir mis cinco años, y aparte la ridícula vestimenta de lugareño y el aire cortado y temeroso, la verdad es que mi efigie puede considerarse la de un lindísimo muchacho, de grandes ojos claros y serenos, frente espaciosa, cabello rubio naturalmente rizado, boca bien dibujada, en forma de arco de Cupido, y barbilla redonda y modelada, con su hoyuelo en el medio, como la de un Apolo infante. En la adolescencia y en la juventud fuí lo que mi niñez prometía, todo un buen mozo, de belleza un tanto femenil, pese á mi poblado bigote, mi porte altivo, mi clara mirada, tan resuelta y firme; y estos dotes de la Naturaleza me procuraron siempre, hasta en épocas de madurez... Pero, no adelantemos los acontecimientos...

Tenía yo por aquel entonces un carácter de todos los demonios que, según me parece, la edad y la experiencia han modificado y mejorado mucho, especialmente en las exteriorizaciones. Nada podía torcer mi voluntad, nadie lograba imponérseme, y todos los medios me eran buenos para satisfacer mis caprichos. Gran cualidad. Recomiendo á los padres de familia deseosos de ver el triunfo de su prole, que la fomenten en sus hijos, renunciando, como á cosa inútil y perjudicial, á la tan preconizada disciplina de la educación, que sólo servirá para crearles luego graves y quizás insuperables dificultades en la vida. Estudien mi ejemplo, sobre el que nunca insistiré bastante: desde niño he logrado, detalle más, detalle menos, todo cuanto soñaba ó quería, porque nunca me detuvo ningún falso escrúpulo, ninguna regla arbitraria de moral, como ninguna preocupación melindrosa, ningún juicio ajeno. Así, cuando una criada ó un peón me eran molestos ó antipáticos, espiaba todos sus pasos, acciones, palabras y aun pensamientos, hasta encontrarlos en falta y poder acusarlos ante el tribunal casero; ó--no hallando hechos reales,--imaginaba y revelaba hechos verosímiles, valiéndome de las circunstancias y las apariencias paciente y sutilmente estudiadas. ¡Y cuántas veces habrá sido profunda é ignorada verdad lo que yo mismo creía dudoso por falta de otras pruebas que la inducción y la deducción instintivas!

Pero esto era, sólo, una complicación poco evidente--para descubrirla he debido forzar el análisis,--de mi carácter que, si bien obstinado y astuto, era, sobre todo--extraña antinomia aparente,--exaltado y violento, como irreflexivo y de primer impulso, lo que me permitía tomar por asalto cuanto con un golpe de mano podía conseguirse. Y como en el arrebato de mi cólera llegaba fácilmente á usar de los puños, los pies, las uñas y los dientes, natural era que en el ataque ó en la batalla con el criado ú otro adversario eventual, resultara yo con alguna marca, contusión ó rasguño que ellos no me habían inferido quizá, pero que, dándome el triunfo en la misma derrota, bastaba y aun sobraba como prueba de la ajena barbarie, y hacía recaer sobre el enemigo todas las iras paternas:

--¡Pobre muchacho! ¡Miren cómo me lo han puesto! ¡Es una verdadera atrocidad!...

Y tras de mis arañones, puntapiés, cachetadas y mordiscos, llovían sobre el antagonista los puñetazos de mi padre, hombre de malas pulgas, extraordinario vigor, destreza envidiable y amén de esto grande autoridad. ¿Quién se atrevía con el árbitro de Los Sunchos? ¿Quién no cejaba ante el brillo de sus ojos de acero, que relampagueaban en la sombra de sus espesas cejas, como intensificados por su gran nariz ganchuda, por su grueso bigote cano, por su perilla que en ocasiones parecía adelantarse como la punta de un arma?

Vivíamos con grandeza--naturalmente en la relatividad aldeana, que no da pretexto á los lujos desmedidos,--y «tatita» gastaba cuanto ganaba ó un poco más, pues á su muerte sólo heredé la chacra paterna, gravada con una crecida hipoteca que hacían más molesta algunas otras deudas menores. Sí; sólo teníamos una chacra, pero hay que explicarse: era una vasta posesión de cuatrocientas varas de frente por otras tantas de fondo, y estaba enclavada casi en el mismo centro del pueblo. Su cerco, en parte de adobe, en parte de pita, cina-cina y talas, interceptaba las calles de Libertad, Tunes y Cadillal, que corrían de norte á sud, y las de Santo Domingo, Avellaneda y Pampa, de Este á Oeste. Los cuatro grandes frentes daban sobre San Martín, Constitución, Blandengues y Monteagudo. Nuestra casa ocupaba la esquina de las calles San Martín y Constitución, la más próxima á la plaza y los edificios públicos, y era una amplia construcción de un solo piso, á lo largo de la cual corría una columnata de pilares delgados, sosteniendo un ancho alero. En ella habitábamos nosotros solos, pues las cocinas, cocheras, dependencias y cuartos de la servidumbre, formaban cuerpo aparte, cuadrando una especie de patio en que mamita cultivaba algunas flores y tatita criaba sus gallos. En el resto de la chacra había algunos montecillos de árboles frutales, un poco de alfalfa, un chiquero, un gallinero, y varios potreros para los caballos y las dos vacas lecheras. Tengo idea de que alguna vez se plantaron hortalizas en un rincón de la chacra, pero en todo caso no fué siempre, ni siquiera con frecuencia, sin duda para no desdecir mucho del indolente carácter criollo que en aquel tiempo consideraba «cosa de gringos» ordeñar las vacas y comer legumbres. Con todo, nuestra casa era un palacio y nuestra chacra un vergel, comparadas con las demás mansiones señoriales de Los Sunchos, y nuestras costumbres de familia tenían un sello aristocrático que más de una vez envenenó las malas lenguas del pueblo, que zumbaban como avispas irritadas, aunque á respetable distancia de los oídos de tatita. Esta especie de refinamiento, cada vez más borroso, se explica naturalmente: mi padre pertenecía á una de las familias más viejas del país, una familia patricia radicada en Buenos Aires desde la guerra de la Independencia, vinculada á la alta sociedad y dueña de una respetable fortuna que varias ramas conservan todavía. Menos previsor ó más atrevido que sus parientes, mi padre se arruinó--ignoro cómo y no me importa saberlo,--salió á correr tierras en busca de mejor suerte, y fué á varar en Los Sunchos, llevando hasta allí algunos de sus antiguos hábitos y aficiones.

No se ocupaba más que de la política activa, y de la tramitación de toda clase de asuntos ante las autoridades municipales y provinciales. Intendente y presidente de la Municipalidad, en varias administraciones, había acabado por negarse á ocupar puesto oficial alguno, conservando, sin embargo, meticulosamente, su influencia y su prestigio: desde afuera, manejaba mejor sus negocios, sin dar que hablar, y siempre era él quien decidía en las contiendas electorales, y otras, como supremo caudillo del pueblo. Cuando no se iba á la capital de la provincia, llevado por asuntos propios ó ajenos--en calidad de intermediario,--pasaba el día entero en el café, en la «cancha» de carreras ó de pelota, en el billar ó la sala de juego del Club del Progreso, ó de visita en casa de alguna comadre. Tenía muchas comadres, y mamá hablaba siempre de ellas con cierto retintín y á veces hasta colérica, cosa extraña en una mujer tan buena, que era la mansedumbre en persona. Tatita solía mostrarse emprendedor. Á él se debe, entre otros grandes adelantos de Los Sunchos, la fundación del Hipódromo que acabó con las canchas derechas y de andarivel, é hizo, también, para las riñas de gallos, un verdadero circo en miniatura. Leía los periódicos de la capital de la provincia, que le llegaban tres veces por semana, y gracias á esto, á su copiosa correspondencia epistolar y á las noticias de los pocos viajeros y de Isabel Contreras, el mayoral de la galera de Los Sunchos, estaba siempre al corriente de lo que sucedía y de lo que iba á suceder, sirviéndole para prever esto último su peculiar olfato y su larga experiencia política, acopiada en años enteros de intrigas y de revueltas. La inmensa utilidad práctica de esta clase de información fué, sin duda, lo que le hizo mandarme á la escuela, no con la mira de hacer de mí un sabio, sino con la plausible intención de proveerme de una herramienta preciosa para después.

Esto ocurrió pasados ya mis nueve años, puede también que los diez. Mi ingreso en la escuela fué como una catástrofe que abriera un paréntesis en mi vida de vagancia y holgazanería, y luego como una tortura, momentánea sí, pero muy dolorosa, tanto más cuanto que, si aprendí á leer, fué gracias á mi santa madre, cuya inagotable paciencia supo aprovechar todos mis fugitivos instantes de docilidad, y cuya bondad tímida y enfermiza, premiaba cada pequeño esfuerzo mío tan espléndidamente como si fuera una acción heroica. Me parece verla todavía, siempre de negro, oprimida en un vestido muy liso, pálida bajo sus bandós castaño obscuro, hablando con voz lenta y suave y sonriendo casi dolorosamente, á fuerza de ternura. Mucho le costaron las primeras lecciones, como le costó hacerme ir á misa é inculcarme inciertas doctrinas de un vago catolicismo, algo supersticioso, por mi inquietud indómita; pero á poco cedí y me plegué, más que todo, interesado con los cuentos de las viejas sirvientas y los, aún más maravillosos, de una costurerita española, jorobada, que decía á cada paso «interín», que estaba siempre en los rincones obscuros, y en quien creía yo ver la encarnación de un diablillo entretenido y amistoso ó de una bruja momentáneamente inofensiva. «Interín» me contaban las unas las hazañas de Pedro Urdemalas (Rimales, decían ellas), y la otra los amores de Beldad y la Bestia, ó las terribles aventuras del Gato, el Ujier y el Esqueleto, leídas en un tomo trunco de Alejandro Dumas, mi naciente raciocinio me decía que mucho más interesante sería contarme aquello á mí mismo, todas las veces que quisiera y en cuanto se me antojara, ampliado y embellecido con los detalles en que sin duda abundaría la letra menudita y cabalística de los libros. Y aprendí á leer, rápidamente, en suma, buscando la emancipación, tratando de conquistar la independencia.

II

Acabé por acostumbrarme un tanto á la escuela. Iba á ella á divertirme, y mi diversión mayor consistía en hacer rabiar al pobre maestro, don Lucas Arba, un infeliz español, cojo y ridículo, que, gracias á mí, se sentó centenares de veces sobre una punta de pluma ó en medio de un lago de pega-pega, y otras tantas recibió en el ojo ó la nariz, bolitas de pan ó de papel, cuidadosamente masticadas. ¡Era de verle dar el salto ó lanzar el chillido provocados por la pluma, ó levantarse con la silla pegada á los fondillos, ó llevar la mano al órgano acariciado por el húmedo proyectil, mientras la cara se le ponía como un tomate! ¡Qué alboroto, y cómo se desternillaba de risa la escuela entera! Mis tímidos condiscípulos, sin imaginación, ni iniciativa, ni arrojo, como buenos campesinos, hijos de campesino, veían en mí un ente extraordinario, casi sobrenatural, comprendiendo intuitivamente que, para atreverse á tanto, era preciso haber nacido con privilegios excepcionales de carácter y de posición.

Don Lucas tenía la costumbre de restregar las manos sobre el pupitre--«cátedra» decía él,--mientras explicaba ó interrogaba; después, en la hora de caligrafía ó de dictado, poníase de codos en la mesa y apoyaba las mejillas en la palma de las manos, como si su cerebro pedagógico le pesara en demasía. Observar esta peculiaridad, procurarme pica-pica y espolvorear con ella la cátedra, fueron para mí cosas tan lógicas como agradables. Y repetí á menudo la ingeniosa operación, entusiasmado con el éxito, pues nada más cómico que ver á don Lucas rascarse primero suavemente, después con cierto ardor, en seguida rabioso, por último frenético hasta el estallido final:

--¡Todo el mundo se queda dos horas!

Iba á lavarse, á ponerse calmantes, sebo, aceite, qué sé yo, y la clase abandonada se convertía en una casa de orates, obedeciendo entusiasta á mi toque de zafarrancho; volaban los cuadernos, los libros, los tinteros--quebrada la inercia de mis condiscípulos,--mientras los instrumentos musicales más insólitos ejecutaban una sinfonía infernal. Muchas veces he pensado, recapitulando estas escenas, que mi verdadero temperamento es el revolucionario y que he necesitado un prodigio de voluntad para ser toda mi vida un elemento de orden, un hombre de gobierno... Volvía, al fin, don Lucas rojo y barnizado de ungüentos, con las pupilas saltándosele de las órbitas--espectáculo bufo si los hay,--y, exasperado por la intolerable picazón, comenzaba á distribuir castigos suplementarios á diestro y siniestro, condenando sin distinción á inocentes y culpables, á juiciosos y traviesos, á todos, en fin... Á todos menos á mí. ¿No era yo, acaso, el hijo de don Fernando Gómez Herrera? ¿No había nacido «con corona», según solían decir mis camaradas?

¡Vaya con mi don Lucas! Si mucho me reí de ti, en aquellos tiempos, ahora no compadezco siquiera tu memoria, aunque la evoque entre sonrisas, y aunque aprecie debidamente á los que, como tú entonces, saben acatar la autoridad política en todas sus formas, en cada una de ellas y hasta en sus simples reflejos. Porque, si bien este acatamiento es la única base posible de la felicidad de las naciones, y en consecuencia de los ciudadanos, la verdad es que tú exagerabas demasiado, olvidando que eras, también, «autoridad», aunque de ínfimo orden. Y esta flaqueza es, para mí, irritante é inadmisible, sobre todo cuando llega á extremos como éste.

Una tarde, á la hora de salir de la escuela y á raíz de un alboroto colosal, don Lucas me llamó y me dijo gravemente que tenía que hablar conmigo. Sospechando que el cielo iba á caérseme encima, me preparé á rechazar los ataques del magíster hasta en forma viril y contundente, si era preciso, de tal modo que, como consecuencia inevitable, ni yo continuara bajo su férula ni él regentando la escuela, su único medio de vida: un arañazo ó una equimosis no significaban nada para mí--era y soy valiente,--y con una marca directa ó indirecta de don Lucas, obtendría sin dificultad su destierro de Los Sunchos, después de algunas otras pellejerías que le dieran que rascar. Considérese, pues, mi pasmo, al oirle decir, apenas estuvimos solos, con su amanerado y académico lenguaje, ó, mejor dicho, prosodia:

--Después de recapacitar muy seriamente, he arribado á una conclusión, mi querido Mauricio... Usted (me trataba de usted, pero tuteaba á todos los demás), usted es el más inteligente y el más fuerte de la escuela, aunque no el más juicioso ni el más aplicado... No, no se enfade todavía, permítame terminar, que no ha de pesarle... Pues bien, usted que todo lo comprende y que sabe hacerse respetar por sus condiscípulos, mis alumnos, puede ayudarme con verdadera eficacia, sí, con la mayor eficacia, á conservar el orden y mantener la disciplina en las clases, minadas por el espíritu rebelde y revoltoso que es la carcoma de este país...

Aunque sorprendido por lo insólito de estas palabras, pronunciadas con solemne gravedad, como en una tribuna, comencé á esperar más serenamente los acontecimientos, sospechando, sin embargo, alguna celada.

--Pero no he querido--continuó don Lucas, en el mismo tono,--adoptar una resolución, cualquiera que ella sea, sin consultarle previamente.

El aula estaba solitaria y en la penumbra de la caída de la tarde. Junto á la puerta, yo veía, al exterior, un vasto terreno baldío, cubierto de gramíneas, rojizas ya, un pedazo de cielo con reflejos anaranjados, y, al interior, la masa informe y azulada de los bancos y las mesas, en la que parecía flotar aún el ruido y el movimiento de los alumnos ausentes. Esta doble visión de luz y de sombra me absorbió, sobre todo, durante una pausa trágica del maestro, para preparar esta pregunta:

--¿Quiere usted ser monitor?

¡Monitor! ¡El segundo en la escuela, el jefe de los camaradas, la autoridad más alta en ausencia de don Lucas, quizás en su misma presencia, ya que él era tan débil de carácter!... ¡Y yo apenas sabía leer de corrido, gracias á mamita! ¡Y en la escuela había veinte muchachos más adelantados, más juiciosos, más aplicados y mayores que yo! ¡Oh! estos aspavientos son cosa de ahora; entonces, aunque no esperara semejante ganga, y aunque mucho me sonriera el inmerecido honor, la proposición me pareció tan natural y tan ajustada á mis merecimientos, que la acepté, diciendo sencillamente, sin emoción alguna:

--Bueno, don Lucas.

Yo siempre he sido así, imperturbable, y aunque me nombraran papa, mariscal ó almirante, no me sorprendería ni me consideraría inepto para el cargo. Pero, deseando ser enteramente veraz, agregaré que el «don Lucas» de la aceptación había sido, desde tiempo atrás, desterrado de mis labios, en los que las contestaciones se limitaban á un sí ó un no, «como Cristo nos enseña», sin aditamento alguno de señor ó don, como nos enseña la cortesía. Y ésta fué una evidente demostración de gratitud...

Después he pensado que, en la emergencia, don Lucas se condujo como un filósofo ó como un canalla: como un filósofo, si quiso modificar mi carácter y disciplinarme, haciéndome, precisamente, custodio de la disciplina; como un canalla, si sólo trató de comprarme á costa de una claudicación moral, mucho peor que la música de su pata coja. Pero, meditándolo más, quizá no obrara ni como una ni como otra cosa, sino, apenas, como un simple que se defiende con las armas que tiene, sin mala ni buena intención, por espíritu de conservación propia, y utiliza para ello los medios políticos á su alcance--medios poco sutiles á la verdad, porque la sutileza política no es el dote de los simples.--Para los demás muchachos, el ejemplo podía ser descorazonador, anárquico, desastroso como disolvente, porque don Lucas no sabía contemporizar con la cabra y con la col; pero ¡bah! yo tenía tanto prestigio entre los camaradas, era tan fuerte, tan poderoso, tan resuelto y tan autoritario, para decirlo todo de una vez, que el puesto gubernativo me correspondía como por derecho divino, y muy rebelde y muy avieso había de ser el que protestara de mi ascensión y desconociese mi regencia.

Comencé, pues, desde el día siguiente, á ejercer el mando, como si no hubiera nacido para otra cosa, y seguí ejerciéndolo con grande autoridad, sobre todo desde el famoso día en que presenté á don Lucas mi renuncia indeclinable...

He aquí por qué:

Irritado contra uno de los condiscípulos más pequeños, que, corriendo en el patio, á la hora del recreo, me llevó por delante, levanté la mano, y sin ver lo que hacía le di una soberbia bofetada. Mientras el chicuelo se echaba á llorar á moco tendido, uno de los más adelantados, Pedro Vázquez, con quien estábamos en entredicho desde mi nombramiento de monitor, me faltó audazmente al respeto, gritando:

--¡Grandulón! ¡Sinvergüenza!

Iba á precipitarme sobre él con los puños cerrados, cuando recordé mi alta investidura, y, conteniéndome, le dije con severidad:

--¡Usted, Vázquez! ¡Dos horas de penitencia!