Discurso Pronunciado En La Sesion Plenaria Celebrada Por El Com

Chapter 2

Chapter 24,224 wordsPublic domain

Si observan la agricultura, si suben a un avión y recorren la isla de un lado a otro, se encuentran extensiones enormes de tierras invadidas por el marabú, por la manigua o completamente abandonadas; se encuentran nuestras caballerías de tierra produciendo 50 000, 60 000, 30 000, en fin, un promedio de 45 000 arrobas por caballería, cuando en otros países se producen 200 000 y hasta 250 000; se encuentran los potreros produciendo 12 reses por caballería; se encuentran los pueblos que carecen absolutamente de todo, cómo no lo vamos a saber nosotros que desde que llegamos al pueblo más pequeño de Cuba, nos encontramos con que nos piden el centro escolar, porque no tienen centro escolar, o tienen alquilada —¡oigan bien, alquilada!— una casa que está derrumbándose; que no tienen hospitales, y cuando tienen hospitales no tienen médicos; y cuando tienen médicos y tienen hospitales, no tienen camas; y cuando tienen camas, médicos y hospitales, no tienen medicina, y cuando tienen las cuatro cosas no tienen presupuestos (APLAUSOS); que no tienen acueductos, y que si tienen acueductos no tienen filtros y se toman un agua fangosa y contaminada, y les falta alcantarillado, o la red de distribución es insuficiente por completo, y les falta pavimentación, y les faltan industrias, y les falta trabajo, amén de faltarles campos deportivos, bibliotecas... (UNA VOZ DICE: “¡Como Güines!)... ¡Como todos, como todos absolutamente, no como Güines solo! (APLAUSOS.)

¡Que levante la mano aquí un pueblo al que no le falte nada! ¡Y yo diría que levantaran la mano los pueblos a los que les falte todo! No tienen servicios públicos: si quieren un teléfono, es más probable que se saquen primero el premio de la vieja lotería a que le pongan un teléfono (RISAS); no tienen corriente eléctrica, porque existían un millón de planticas chiquitas que tenían que producir el precio del kilowatt carísimo y, además, lo aumentaban por dos en algunos casos; y había lugares en que se alumbraban con candiles, como en Holguín, que había barrios enteros que no usaban luz eléctrica porque era muy cara. Ahora mismo, a raíz de una disposición —que se hizo para empezar, para ponerle fin nada más que a ese mal endémico y empezar a buscar el modo de resolverlo de verdad—, a raíz de una disposición abaratando o equiparando la luz eléctrica con la capital, en Holguín organizaron una fiesta que la llamaron “el entierro del candil” (RISAS), como símbolo de que al fin iban a tener luz eléctrica, y enterraban el candil; en Sagua de Tánamo valía veinte o veintitantos centavos el kilowatt; en San Germán, en Mayarí, en Pinar del Río y, en fin, en una serie de pueblos de Cuba.

Nosotros sabemos que esas planticas no pueden producir el kilowatt barato, pero es que hay que cortar por lo sano y hay que empezar. Que se reúnan todas, como ya se están reuniendo, y elaboren planes de acuerdo con el Gobierno Revolucionario, y vamos a llevar adelante la electrificación del país por todos los medios posibles (APLAUSOS), y vamos a resolver el problema de una vez. Pero si nosotros no hacemos una rebaja vertical, el problema no se resuelve nunca y sigue como hasta hoy, porque todo el mundo muy cómodo, cobraba su kilowatt muy bien, más o menos con eso sostenía su negocio y sus ganancias, y el pueblo seguía sin luz.

Hablo de los que tienen el chance de tener luz porque la mitad de la población de Cuba no tiene ni a 50 centavos el kilowatt, no tiene ni el menor chance de encender un bombillo en su casa. Yo estoy seguro de que si a todos los que estamos aquí nos dicen que de ahora en adelante tenemos que alumbrarnos con velas, nos íbamos a sentir la gente más desdichada de la tierra, y es posible que muchos de nosotros no pensemos nunca que la mitad del pueblo de Cuba nunca ha visto un bombillo en su casa; esa es una de las realidades de las que nosotros solemos olvidarnos.

En el orden económico, ¿cómo ha vivido el hombre de campo y el hombre de pueblo del interior? Pasa usted por una estación de ferrocarril, pasa usted por un pueblecito, y se encuentra a los hombres mustios, con los brazos cruzados, la gente descalza, infinidad de mendigos, una plaga de muchachos y de personas vendiendo dulces, vendiendo emparedados, vendiendo caramelos, vendiendo frutas, vendiendo cualquier cosa, y a veces en uno de esos trenes son más los vendedores que se montan que los pasajes que lleva el vagón (RISAS).

Va usted, en cambio, a Estados Unidos y se encuentra que tiene que cargar las maletas en las estaciones, porque no encuentra ni maleteros, y aquí nosotros tenemos que buscarnos un problema para ver a cuál de los 60 maleteros le damos la maleta. Una sensación de pobreza, una sensación de miseria, una sensación de tristeza; y cuando va por esos caminos del interior de la república no se encuentra más que bohíos, miserables bohíos donde viven amontonadas las familias, hombres y mujeres, niños y niñas en la más espantosa promiscuidad, durmiendo en el suelo, comiendo una vez al día, y un padre de familia que trabaja tres meses al año, lo que gana lo debe, no tiene dónde sembrar, siembra en las guardarrayas si se lo permite el mayoral, el resto del año no gana nada. Y yo les preguntaría a las familias que están aquí qué harían si tuvieran que sostener los gastos de su casa, de sus hijos, la ropa, los zapatos, de cinco o seis muchachos, y ganaran 300 pesos al año. Pues les parecería inconcebible, les parecería un imposible.

Si aquí casi hay una revolución cuando usted rebaja los alquileres, por ejemplo, ¿cómo explicarse que no haya habido 50 revoluciones con tantos cientos de miles de personas que no ganan 300 pesos al año? Y han tenido que vivir como han vivido, porque a ellos les rebajaron más: les rebajaron toda la tierra, que la compró el extranjero a 20 centavos; les rebajaron toda la tierra, que los geófagos se apoderaron de ella mediante métodos fraudulentos; les rebajaron todo, porque no les dieron nunca nada, porque no tuvieron escuelas, porque no aprendieron a leer y a escribir, porque no tuvieron nunca médicos, porque nunca tuvieron medicinas, porque nunca tuvieron alimentación adecuada, porque nunca fueron a un cine, porque nunca fueron a un parque, porque nunca leyeron una novela, porque nunca vieron una película, porque nunca vieron un televisor, porque nunca se dieron un viaje a Estados Unidos, ni un viaje a Europa.

Tan seres humanos como nosotros son, tan sensibles al dolor como nosotros son. Como nosotros sufren tanto cuando tienen la desgracia de perder a un hijo, o a un hermano, o a su esposa; tan sensibles al dolor como nosotros son cuando ven a sus hijos pasando hambre (APLAUSOS), y tan sensibles y más sensibles que nosotros son, porque cuando el hombre sufre y sabe por qué sufre y se explica por qué sufre, encuentra más resignación que el que en su ignorancia no sabe ni por qué sufre ni se explica por qué sufre; y cuando, además, se siente inferior a los demás, porque no sabe nada, y se siente víctima de todos y de todo.

Así han vivido durante 50 años nuestras familias. Así, si se hiciera una estadística de la mortandad entre los niños del campo y los niños de la ciudad; si se hiciese una estadística comparativa entre la edad media que vive una mujer en el campo y la edad promedio que vive una mujer en la ciudad y si esa comparación no se hiciese entre el campo y la ciudad, sino se hiciese entre el campo y los sectores pudientes de la sociedad, se encontraría con que la mortandad infantil en el campo sea posiblemente cien veces mayor, y que las mujeres de los campesinos vivan las dos terceras partes de la edad que vive cualquier señora de los sectores pudientes del país.

En aquella falta de higiene, en aquella falta de alimentación, la mujer que tiene que alimentar a cinco, a seis y a siete hijos, porque suelen ser más generosas con la naturaleza de lo que suelen ser las mujeres de la sociedad... (APLAUSOS)..., porque a la patria le dan esos hijos que son los que en las horas difíciles de Cuba han peleado y han muerto; esos hijos de campesinos, que fueron los que pelearon en el 95 (APLAUSOS) y que fueron los que lucharon, fundamentalmente también, en esta etapa.

Esas mujeres les dan su vida a sus hijos, y los pocos años que viven los viven padeciendo todas las calamidades físicas, porque nosotros, con nuestros médicos en campaña, pudimos comprobar el porcentaje altísimo de madres campesinas, cuyo estado de salud era realmente calamitoso y no podía explicarse de otra manera, cuando una mujer atiende su casa, atiende y alimenta a numerosos hijos, hasta trabaja en el campo y nunca toma leche, nunca come carne, nunca se alimenta con vegetales, y no come más que malanga, cuando aparece la malanga, o arroz, o aquellos alimentos que tienen un porcentaje muy bajo de cualidades nutritivas.

Es de explicarse el porcentaje alto de mujeres que mueren en la mitad o en las dos terceras partes de lo que vivirían normalmente. Y si hacen el estudio en los niños, se encontrarán el 95% de los muchachos, raquíticos, sin dientes, sin calcio, sin vitaminas, comidos de parásitos; y a esos son los hombres que luego les exigimos tantas horas de trabajo en el campo, les exigimos tanto esfuerzo, para alimentar al resto del pueblo, al que trabaja en la ciudad, ¡y también al que no trabaja en la ciudad! (APLAUSOS.)

El que come algo, alguien lo siembra; el que come algo, alguien lo produce —produce, o como médico, o como ingeniero, o como arquitecto, o como obrero, o en algún sentido produce algún bien a los demás, aporta algún beneficio a los demás—, pero hay otros, hay muchos, que no aportan más que su “viveza”, hay muchos que no aportan más que su “habilidad”, y hay muchos que no aportan más que su “buena suerte”, porque o sus padres fueron millonarios, o tuvieron “relaciones” y resolvieron todos los problemas de la vida material. Y hay que tener en cuenta que en la sociedad hay que alimentar a los niños, hay que educar a los niños, que no pueden producir; hay que sostener a los ancianos, que no pueden producir; hay que ayudar a los enfermos; hay que ayudar a los inválidos; hay que ayudar al maestro, que no trabaja en el campo o en alguna industria, pero educa y prepara; hay que producir para el médico; hay que producir para todos los trabajadores intelectuales; y, además, hay que producir para mucha gente que no produce nada ni presta ningún servicio en la sociedad, ustedes lo saben.

¿Y cómo producen? ¿Es que acaso producen con máquinas? Porque si cada campesino que produjera tuviese una máquina, trabajaba una hora y descansaba; no ganaba más, pero trabajaba una hora. Nos encontramos, sin embargo, que nuestra agricultura, en muchos aspectos, tiene 3 000 años de retraso; y se cultiva con un azadón, con un pico, con una yunta de bueyes, con un arado de palo, y obligamos a ese campesino a producir para el que trabaja y para el que no trabaja con las maquinarias y las herramientas que existían hace 3 000 años.

Y no es lo único que aquí tiene 3 000 años de retraso. ¡Nuestro derecho tiene tres mil años de retraso! (RISAS.) Y lo he dicho. Todavía aquí existen, por ejemplo, instituciones romanas, como el “préstamo pignoraticio” —que creo es como se llama legalmente—, vulgarmente “la casa de empeños” (RISAS), en la cual, aunque la ley diga que el máximo interés es tanto, lo que le cobran es cinco veces más que el interés que marca la ley; y aunque la ley dice que aquella prenda hay que rematarla en pública subasta, aquí el prestamista la remata en el despacho o en la trastienda de su casa de empeños, y no le da cuenta a juez, ni le da cuenta a nadie; cuando se le vence el plazo, si no paga, se la quita.

Aquí existe un derecho de propiedad romano. Un señor llega, en el año 5 o en el año 10, compra una caballería de tierra urbana, no construye, no deja construir a nadie allí; las familias tienen que ir a construir a 10 kilómetros de su trabajo; esperan que otros trabajen, que otros hagan carreteras, que otros construyan edificios, y entonces, cuando el solar que costó 15 centavos el metro aumenta a 40 pesos el metro, lo venden. Entonces, como ese es un gran negocio, al cubano le gustaba, antes que poner una industria, comprar solares, porque el solar era un magnífico negocio: no tenía que aportar un centavo más, no tenía que aportar un minuto de trabajo más, ponerle una cerca, estar prevenido por si alguien le quitaba media pulgada de aquel solar, pasar de cuando en cuando un susto cuando se hablaba de una avenida que iba a pasar por tal o más cual punto, y tenía una magnífica inversión. Eso se llamaba “magnífica inversión” en Cuba.

¿Resultado? Que el hombre de la ciudad, que es el que más necesita de una casa, porque no la puede hacer de guano, como la hacen en el campo, tiene que ser más o menos de cemento —no puede dormir en el medio de la calle; no puede dormir en un parque, porque si quisiera dormir en un parque aquí no hay ni parques (RISAS); si quisiera dormir debajo de una mata, ¡aquí no hay ni matas! (RISAS.)—, tenía que vivir, ¿dónde? En un edificio, que costó tanto, sobre un solar que costó más cuanto. Entonces el que ganaba el mismo sueldo, como maestro, como profesional, que el que se ganaba en otro lugar de la república, se encontraba con que, por ejemplo, aquí en la ciudad, el sueldo le alcanzaba menos que a nadie, porque ya solamente con pagar el solar aquel —no propio, no; los alquileres que se derivaban de un edificio construido en un solar carísimo, con un dinero recibido a un interés carísimo—, tenía aquí que pagar la tercera parte de su sueldo solamente en alquileres.

¿Quién enriqueció aquel solar? El estado que construyó una carretera; el vecino que construyó un edificio. Todos enriquecieron el solar menos el que lo compró; sin embargo, todos tienen que pagar más caro el solar, y el único que lo disfruta es el que lo compró.

Así, cuando aquí se iba a poner una industria, al que iba a comprar el terreno para poner la industria, le costaba más el terreno que las máquinas; y, además de eso, venía el gobierno y le pedía 500 000 pesos para darle permiso. El que iba a construir una casa, porque ha sido el sueño de cada cubano tener una casa propia, ni siquiera empezaba a tenerla, porque se asustaba nada más que de pensar que cada metro le iba a costar 20, 25 ó 30 pesos, y no construía. Ni se construían las casas particulares para las familias, que es el sueño de cada cubano; ni se hacían industrias, que es una necesidad fundamental de la economía de la nación.

El préstamo para una industria era carísimo, el solar era carísimo, venía el gobierno y le hacía una exigencia, ¡y así queríamos nosotros tener industrias, así queríamos nosotros que el país prosperase!

Aquí todo el mundo, cualquiera, escribe un editorial diciendo que lo que hay que buscar es fuentes de trabajo, que la solución de los problemas de Cuba es buscar fuentes de trabajo; pero nadie dice cómo. La frase es muy bonita, pero muy demagógica también cuando no se dice el cómo. Y no se dice el cómo, porque no se quiere decir el cómo; se quiere decir una frase bonita y quedar bien con todo el mundo, porque si se dice el cómo, hay que decir que para que haya industrias es necesario que haya quien compre, porque si no hay quien compre, no hay industrias.

Nosotros podemos hacer algunas industrias para vender afuera azúcar, tabaco, frutas, algunas cuestiones, en general, de alimentos; pero nosotros no podemos competir con los relojes suizos, nosotros no podemos competir con las grandes industrias extranjeras, nosotros tenemos que desarrollar una industria de consumo nacional, para venderle al pueblo de Cuba, cuando el pueblo de Cuba consuma lo que debe consumir, coma lo que debe comer, vista lo que debe vestir, calce lo que debe calzar y reciba lo que debe recibir.

Pero le escriben que aquí lo que hay que buscar son fuentes de trabajo, y, sin embargo, no le dicen que para que haya fuentes de trabajo tiene que haber industrias, y para que haya industrias no puede haber latifundio; que mientras el campesino esté ganando 300 pesos al mes —no, al mes es lo que debe ganar, ¡y lo que va a gana! (APLAUSOS)—, mientras esté ganando 300 pesos al año, no puede prosperar aquí ninguna industria; y para que el campesino gane lo necesario para poder consumir artículos industriales, es preciso que no haya latifundios. Pero los que escriben que el problema se resuelve, que la tarea del gobierno es buscar fuentes de trabajo, no dicen una sola palabra de que hay que ponerle fin al latifundio (APLAUSOS); no dicen que cuando el 30% de los ingresos de la familia en la ciudad se va en alquiler no hay industria que prospere, porque ese dinero va a parar directamente a los bancos y después va a invertirse en nuevas construcciones, o en solares, o en hipotecas, o en “garrotes”, y no hay quien compre.

Se dice que hay que buscar fuentes de trabajo, y nadie hace una campaña a favor de los artículos de consumo nacional; se dice que hay que buscar fuentes de trabajo, y nadie habla de proteger nuestras industrias mediante leyes arancelarias; se dice que hay que buscar fuentes de trabajo, pero no hay el valor, ni el civismo, ni la honradez, de decir las demás cosas que hay que hacer y sin las cuales nunca habrá fuentes de trabajo. O, si no, ¿qué es lo que vamos a inventar? ¿Una maquinita de hacer pesos y repartir pesos a todo el mundo aquí, para resolver el problema del desempleo?

¿Cómo va a trabajar el campesino si no tiene tierra? ¿Cómo va a trabajar el hombre en la ciudad si no tiene industrias? ¿Cómo puede establecerse una cosa sin las demás medidas? ¿Por qué aquí hay tanto miedo? ¿Por qué aquí hay tanta hipocresía? ¿Por qué aquí la gente se da tanto “golpe de pecho” patriótico y nunca acaba de decir lo que conviene a la nación? (APLAUSOS.)

Existen teorías económicas, teorías económicas hechas a la medida de los intereses creados, de los grandes intereses creados. Se han inventado una serie de teorías, teorías que corresponden a una organización económica que tiene todavía las leyes de Roma rigiendo los destinos de la sociedad; de una economía que usa los métodos de agricultura que se usaban hace 3 000 años; de una economía donde todo es anarquía, donde no le dicen a nadie cuánto maíz tiene que sembrar, o cuánta papa, o cuánto tomate, o cuánto café, o cuántos frutos menores; donde todo el mundo produce por la libre, lo mismo pollo, que maíz, que azúcar, y, en fin, todos los demás artículos. Desde luego, el azúcar está regulado, se ha regulado; en el tabaco hay alguna regulación de cuota. Y constantemente nos enfrascamos con estos problemas de que hay que quemar tabaco, de que hay que dejar caña en pie, de que los productos bajan de precio y no solo bajan de precio, bajan de precio para los campesinos, sino que los que los compran, como compran lo que necesitan, al precio que les conviene, se lo venden tres veces más caro al pueblo.

Aquí la vianda, los frutos menores, carísimos; el pescado, carísimo. Hay pescadores a los que les pagan 13 centavos por la arroba de pescado, y el pescado vale 30, 35 y 40 centavos la libra. ¡Eso es muy honrado! Desde luego, hablar de que esto no es justo y de que hay que tomar medidas contra esto, es exponerse a que lo quieran crucificar a uno y le empiecen a endilgar todos los epítetos y todos los calificativos, como si lo único aquí que pudiera conformar a alguna gente es que uno se cruzara de brazos, porque pusieron un letrerito en la máquina que decía: “Gracias, Fidel”, y dejara esto como está; que, desde luego, no se iba a quedar como está, porque iba a ser el caos, el infierno, la ruina. Si esto sigue nada más que un poquito más como estaba, cuando ya aquí todos los retiros sociales están arruinados; cuando, por ejemplo, el transporte solamente tiene 15 000 jubilados, y necesita un millón de pesos al mes y no tiene un solo centavo; cuando las reservas monetarias estaban por el suelo, porque el dinero se lo habían llevado en valores extranjeros, ya que el desnivel en la balanza de cambio está constituido, fundamentalmente, por el dinero que se llevaron para afuera, dinero robado, porque robaban en todos los órdenes, y se llevaban el dinero para tenerlo seguro en el extranjero, y aunque el cambio fuese, más o menos normal, el desequilibrio no podía ser normal...

Uno no quiere ni pensar en lo que habría sido del país si dura seis meses más la tiranía. Es inconcebible lo que iba a pasar aquí. ¡Ah, pero parece que a algunos los contenta nada más que uno se cruce de brazos! Y cuando a la república, honradamente, si queremos salvarla, tenemos que hacerle una operación quirúrgica, ¡algunos quieren que le pasemos mercuro cromo, para que se nos muera la república!

Ya he hablado del campo. Si vamos a la ciudad nos encontramos con que 200 000 familias viven en cuartos y en habitaciones de 10, de 15, de 20 pesos, hombres y mujeres juntos. Luego queremos que haya moral, luego queremos que haya virtudes, y hay gente que habla de la moral y defiende la moral, y protesta de que se tome una sola medida para poner fin a ese foco de vicio y de inmoralidad, porque en esas condiciones materiales es muy difícil librarse de todos los peligros que atentan contra la virtud y contra la moral. Y se encuentran personas muy moralistas que, sin embargo, dicen que nosotros somos algo así como unos bándalos, las hordas de Atila o algo parecido, cuando tomamos una medida revolucionaria que tiende a ponerle fin a esa situación que mucha gente, de palabra, dice que debe ponérsele fin, pero cuando se le va a poner fin, protestan.

¿En 50 años han resuelto el problema de los solares aquí, las construcciones de edificios? ¿Lo han resuelto? ¿Y para cuándo lo iban a resolver?, porque cuando se pusieron baratos los alquileres no construían, y, por supuesto, el salto que tenía que dar quien pagaba 10, 15 y 20 pesos a 60, era muy alto. Ahora nos dicen que nosotros no estamos propugnando construcciones para el pueblo.

¡¿Ah, pero se van a acordar ahora del pueblo?! Y además, nosotros no estamos pensando en este pueblo; estamos pensando en un pueblo que va a tener más ingresos de los que tiene ahora y que podrá vivir en las casas que está construyendo el Instituto de Ahorro y Viviendas.

Y en las playas, ¿qué pasaba con las playas? Aquí al que más y al que menos le gusta irse a bañar al mar cuando llega el verano. No hay cubano que no sueñe con irse a bañar al mar. Cuba tiene playas preciosas, pero aquí los gobernantes permitieron que las playas buenas fuesen cercadas, fuesen urbanizadas, y al pueblo le dejaron los dientes de perro (APLAUSOS).

Cuando venimos nosotros y queremos rectificar ese error, problema que no hubiéramos afrontado si los gobernantes hubiesen sido un poco honestos, un poco equitativos, un poco previsores, impidiendo que alguien se apoderara de las playas. No tendríamos nosotros que buscarnos ahora 10 000, 20 000, 25 000, 30 000 enemigos, cuando decimos que las playas deben ser de todos los cubanos, y que todos los cubanos, y no unos cuantos nada más, tienen derecho también a bañarse en el mar (APLAUSOS).

Si el plan del Instituto de Ahorro y Viviendas se hubiera aplicado desde los inicios de la república, entonces los tahures no hubiesen recibido más de 2 000 millones de pesos producto del juego, y, en cambio, cada familia en Cuba tendría su propia casa; cada familia se habría ahorrado lo que paga de alquiler; la ciudad sería distinta, porque con toda la imprevisión y la improvisación que ahí ha existido para la solución de esos problemas, ustedes van por esas calles y dan asco. No hay una sola fachada pintada, no hay quien se gaste un centavo en pintar; ni pinta el inquilino porque no es de él, ni pinta el dueño porque no va a gastarse en pintura, porque la casa era del año tal y más cual, y la rebajaron una vez, o se la pueden rebajar luego, y no pinta.