Part 1
<< Autor: Fidel Castro
Distinguidos representativos del Conjunto de Instituciones Cívicas:
Pocas veces, en los dos meses y medio largos que llevamos en estas faenas de dirigirle la palabra al público, me he podido encontrar con una tarea más difícil que la de esta noche, precisamente, por la complejidad del auditorio.
Pero primeramente quiero decir que para mí fue una grata invitación, la invitación a hablarles a las Instituciones Cívicas.
Cuando me visitó, o nos encontramos —cosa que ocurre con bastante frecuencia— el Presidente del Conjunto de Instituciones Cívicas y yo, me explicó el deseo de esta reunión, y el interés de esta reunión, según sus palabras —que él ha expresado aquí también esta noche—, para evitar desorientaciones y confusiones en la masa que integran las Instituciones Cívicas. Pero, además, otro motivo de carácter no político, sino más bien sentimental, influyó en el interés y el valor que para mí tenía esta reunión, y era el recuerdo de los días difíciles y duros de la Revolución, cuando el Conjunto de Instituciones Cívicas, que desde los primeros tiempos de la tiranía comenzó a perfilarse como factor moral de gran importancia en la lucha por la reconquista, o si se quiere, para hablar más realmente, por la conquista de nuestras libertades, porque nunca habíamos sido realmente libres; en aquellos días difíciles, en el mes de marzo de 1958, tuvo lugar aquel manifiesto y aquel pronunciamiento del Conjunto de Instituciones Cívicas, que fue uno de los más valientes y revolucionarios que se hicieron por aquellos días (APLAUSOS).
Hasta nosotros llegó, en la Sierra Maestra, una copia de aquella declaración que tuvo que salir publicada clandestinamente y que llevaba las firmas de todas las instituciones aquí representadas hoy. Para nosotros aquella declaración fue un motivo de aliento y fue un respaldo moral, y, como bien se sabe, solamente el aliento, solamente la moral y solamente la fe hicieron posible la victoria del pueblo.
Después vinieron días aun peores, fue a consecuencia del fracaso de la Huelga de Abril, uno de los reveses más duros que sufrió la Revolución en toda su etapa; sin embargo, pudo ser superado, porque ya estaban juntos todos los sectores del país, y, a pesar del desaliento pasajero, no tardó en reaccionar de nuevo el pueblo.
Aquel respaldo de las Instituciones Cívicas, siempre fue como un pilar básico de la Revolución que les dio prestigio dentro y fuera de Cuba, y no solo eso, sino que también después del triunfo, cuando la Revolución hubo de afrontar la campaña de calumnias que se desató contra ella en los primeros días, los integrantes de las Instituciones Cívicas nos ayudaron a librar aquella batalla en defensa del prestigio de la Revolución; por tanto, al reunirme aquí, dos cuestiones interesaban, o dos motivaciones existían para desear esta reunión: una, una cuestión de gratitud y de reconocimiento, no de gratitud personal, sino de gratitud en nombre de la Revolución, que contó con ustedes en sus horas difíciles; otra, una motivación de orden práctico, la conveniencia de evitar eso a que se refería el Presidente de las Instituciones, la confusión y la desorientación entre los elementos que integran el Conjunto de Instituciones Cívicas.
Decía el doctor Raúl Velasco que la clase media estaba como entre dos extremos, y en el medio de dos intereses contrapuestos; podía haber dicho que era algo así como la tierra de nadie. Hasta qué punto sea cierto, bueno, depende de muchas circunstancias; pero si ha de depender de la claridad con que tengamos que hablar nosotros, si ha de depender de los beneficios que Cuba va a recibir de la Revolución, si ha de depender de lo que por justicia se entiende y se ha entendido siempre, si ha de depender de lo que convenga o no convenga a Cuba, yo no podría afirmar nunca que la clase media estuviese entre dos intereses, ni que la clase media fuese tierra de nadie, sino que la clase media será tierra de la Revolución (APLAUSOS).
¡Qué temor podemos albergar nosotros a hablarle con claridad a cualquier sector del país! Nosotros sabemos que, al fin y al cabo, estarán contra la Revolución solo aquellos que sean incapaces de algún sentimiento noble, de algún sentimiento generoso, de algún sentimiento humano, de algún sentimiento patriótico (APLAUSOS). Yo no puedo ver a nadie con prejuicio alguno, o a través de mentiras o de convencionalismos. Cuando me dirijo a mis compatriotas, lo hago suponiendo en todos un gran fondo de nobleza y un gran fondo de generosidad, porque tal es realmente el corazón y el carácter de los cubanos, y no se ha caracterizado, precisamente, el pueblo cubano por las pugnas de clases ni por los odios de clases. Yo diría que no existen siquiera marcadas conciencias de clase en Cuba, a tal extremo que muchas veces en los partidos políticos nos hemos encontrado una proporción similar de obreros, de campesinos, de profesionales, de hombres de negocios, y, en general, no hemos estado divididos por estratos, sino más bien por secciones que no han sido horizontales, sino más bien verticales.
Nuestros problemas no han sido propiamente problemas entre cubanos; más bien podría decirse que han sido problemas entre no cubanos y cubanos, y tal ha sido desde el principio hasta hoy. Los que han prevalecido aquí han sido intereses extranjeros; desde hace rato que viene Cuba luchando contra intereses foráneos, y así surgió a la vida la nación cubana.
La primera lucha, aunque tibia, pero lucha y resistencia al fin y al cabo, la ofrecieron aquí nuestros pacíficos indios contra los españoles que vinieron de Europa y ocuparon, por la fuerza y para “civilizar” a nuestra hermosa tierra y a sus pacíficos habitantes. Civilizaron a sus habitantes convirtiéndolos en esclavos, llevándoselos a los lavaderos de oro a buscar ¡pepitas!, matándolos —como hizo en Caonao, si mal no recuerdo, Don Pánfilo de Narváez—; además, quemándolos vivos porque, sencillamente, querían defender su pedacito de tierra. Al fin y al cabo, de tanto que los civilizaron y de tanto que los hicieron trabajar, los exterminaron. Quedaron algunos por Guantánamo, por la Sierra Cristal, por la Sierra Maestra que aparecen, de vez en cuando, en alguna geografía o en algún reportaje. Así comenzaron los intereses foráneos a pugnar con los intereses nacionales.
Después, vinimos a constituir una nacionalidad de la mezcla de razas y producto de los siglos —al fin y al cabo, somos una buena parte hijos de aquellos mismos españoles—; después nos tocó a los hijos de aquellos españoles sufrir cosas parecidas a las que habían sufrido los indios: después que éramos cubanos porque habíamos nacido aquí, después que éramos cubanos porque iba formándose un carácter y una nacionalidad cubana, nos tocó seguir pugnando con los intereses de una nación extranjera, aunque fuese nuestra madre España, como se le llamaba —y lo digo sin ningún desprecio por España, pero simplemente analizando la verdad histórica—, y comenzó entonces la lucha de los cubanos por su independencia, que duró casi un siglo.
Fuimos los últimos y fuimos solos. Mientras los demás lucharon juntos y aprovecharon la feliz circunstancia para esas naciones de que España estaba invadida por un ejército extranjero, nosotros tuvimos que luchar solos —más que solos, solitos— contra aquella potencia más poderosa que nosotros, que tenía grandes recursos militares, grandes generales, armas modernas, relaciones internacionales y todos los medios para obligarnos a una lucha larga, que duró en su etapa más activa cerca de 30 años.
Y por mantener aquellos privilegios que tenían sobre nuestro pueblo, por mantener aquellas ventajas que tenían sobre nuestro pueblo, por mantener aquellos derechos que decían tener sobre nuestro pueblo, asesinaron a muchos cubanos, torturaron a muchos cubanos, encarcelaron y desterraron a muchos cubanos, y cometieron contra el pueblo de Cuba todo género de abusos y de excesos. Allí también estaban defendiendo según ellos, un derecho que tenían sobre nosotros.
Tuvimos grandes hombres, grandes héroes, grandes patriotas; tuvimos un gran pueblo. Fue una lucha extraordinariamente desigual y, por tanto, extraordinariamente heroica; una lucha que iba a culminar con la victoria, porque de eso, nosotros, que tuvimos que librar una lucha similar, no tenemos la menor duda, y, sin embargo, los cubanos no lograron la victoria. Prácticamente se la arrebataron; y, a decir verdad, no solamente nos la arrebataron, sino que nos enseñaron a darles las gracias a los mismos que nos la habían arrebatado (APLAUSOS).
Y ya lo dije en cierta ocasión: nunca como ahora hemos tenido oportunidad de ver las cosas bien claras; y las hemos visto, precisamente, a causa de la oportunidad de conocer lo que es un proceso revolucionario en el poder. ¡Cómo tiene uno que defenderse de las arremetidas de los oportunistas, de los arribistas, de los que, incapaces de sacrificarse en la lucha, vienen a “coger los mangos bajitos” en la hora del triunfo! (APLAUSOS.) Cómo, a pesar de todos los esfuerzos, esfuerzos inhumanos que uno realiza, le es virtualmente imposible defenderse por entero de ese fenómeno y tiene que resignarse con que al menos los arribistas, los oportunistas, los desviacionistas, no se apoderen ni influyan decisivamente en el poder, y que, a pesar de ellos, la Revolución siga adelante, porque son esos instantes de conmoción, son esos instantes, como el que acaba de ocurrir en Cuba, en que toda la organización del Estado se desploma, y es necesario echar a andar de nuevo la maquinaria del Estado con un pueblo que, además, no está preparado para esas tareas, de lo cual no tiene la culpa, es una consecuencia de todo lo de atrás.
En esos instantes de “río revuelto”, salen inmediatamente “los pescadores” a pescar en el río revuelto. No han de recoger mucha cosecha, ni tampoco ocurrirá en este caso el milagro de los peces, porque no se van a multiplicar, y las ganancias, a pesar de los éxitos iniciales de algunos de ellos, van a ser pocas.
Pero si eso nos ha ocurrido a nosotros, con todo el respaldo del pueblo, con una buena voluntad en la inmensa mayoría de la nación, con tantos sectores y tantas personas decentes queriéndonos ayudar, con el Ejército Rebelde en los cuarteles (APLAUSOS), ¿qué no les ocurriría a los pobres mambises, a los que ni siquiera dejaron entrar en Santiago de Cuba?
Desde luego que no faltará quien se haga cruces, quien se asombre, quien se ponga malo del hígado cuando uno dice estas cosas, y es lógico, porque nos enseñaron a ser cobardes, porque nos enseñaron a ser tímidos, porque nos enseñaron a ser miedosos y porque nos enseñaron a ser poco patriotas (APLAUSOS). Entonces, ante las verdades se asustan, aunque sean verdades históricas. Nos casaron con la mentira y nos han obligado a vivir con ella en vergonzoso contubernio; nos acostumbraron a la mentira, y nos asustamos de la verdad. Nos parece como que el mundo se hunde cuando una verdad se dice, ¡como si no valiera más la pena de que el mundo se hundiera, antes de que vivir en la mentira! (APLAUSOS.)
¡Qué no les ocurriría a los pobres mambises, a quienes obligaron a cortarse sus bigotes y sus barbas, y los mandaron a regresar a una tierra que ya no era ni de ellos, sino de los que tal vez hicieron negocios durante la guerra, de los chivatos, de los confidentes, de los guerrilleros, de todo el mundo, menos de los mambises!
Y aquí, ¿quiénes se quedaron?, ¿quiénes prosperaron a lo largo de aquellos dos años de ocupación extranjera?, ¿quiénes se fueron acomodando a la mal llamada república que nacía? Pues los “inteligentes” —tan inteligentes que no habían peleado durante toda la guerra (RISAS)—, los “vivos”, los “simpáticos”, los “cortesanos”, los que sabían inglés; porque los mambises, ¡de inglés no sabían una palabra! (RISAS Y APLAUSOS.)
No podían hablar con el gobernador, porque el gobernador, posiblemente, no sabía castellano (RISAS Y APLAUSOS) y el que le daba los consejos era el que pronunciaba bien el idioma extranjero, y el que aquí se trepaba era el que halagaba los oídos del extranjero. Pero el mambí, el revolucionario, si ahora que nosotros hablamos el castellano, y tratamos además de hablarlo claro, pasamos el trabajo que pasamos y todavía hay quien se queja de los oportunistas y de los arribistas, ¡qué no sería en aquellos tiempos! ¿Qué revolución pudo salir de todo aquello? Lo que salió fue la Enmienda Platt, en contradicción con una declaración que decía que Cuba era “de hecho y de derecho un pueblo libre e independiente”. No lo fue, ¡ni de hecho ni de derecho! (APLAUSOS.)
La Enmienda Platt formaba parte de la Constitución de la República, y los pobres mambises tan decepcionados habrían de estar, tan escépticos, tan tristes y tan viejos, que hasta la aceptaron, y eso dice mucho. Aquello fue el principio del conformismo, de la resignación en el infortunio y en la adversidad, de la sumisión que ha caracterizado la vida de nuestro pequeño, pero bueno; nuestro sufrido, pero digno pueblo cubano. El último en liberarse, el que peleó solo, el que le arrebatan la victoria y lo obligan a vivir como ha vivido durante 50 años: entre intervenciones directas o indirectas, entre malversaciones, entre fraudes, entre tiranías, entre frustraciones, entre traiciones y entre todas las desgracias que, juntas o separadas, le puedan haber caído a ningún pueblo. A lo mejor eso lo ha ayudado a ser lo que es hoy; quizás sin esos sufrimientos fuese un pueblo muelle, un pueblo cómodo y un pueblo carente de virtudes.
Martí dijo que la tiranía fomentaba virtudes en los pueblos, y a nosotros las tiranías que hemos estado padeciendo, porque son varias y algunas no nos las hemos quitado todavía, como por ejemplo: la del hambre, la de la miseria, la del analfabetismo, la de la falta de higiene, la del desempleo, ¡y para qué seguir, porque son como veinte y nada más nos hemos quitado una o dos!
El pueblo nuestro tuvo su esperanza en el año 1933. Hubo otro conato de revolución, cuando creyó el pueblo —este pobre pueblo que tantas ilusiones se ha hecho por gusto, que de milagro no ha muerto de desengaño—, en el año 33, que la Revolución había triunfado. Cintillos en los periódicos: “Triunfó la Revolución”; discursos en la plaza pública: “Triunfó la Revolución”; (discursos en la plaza pública: “Triunfó la Revolución”;) escritos de “viva la Revolución”. ¿Y qué fue lo que triunfó? Triunfó, una vez más, la traición; la traición de un señor que se alzó con los sargentos, muchos de los cuales habían sido esbirros y criminales de guerra, pero que les echaron la culpa a los oficiales, se lavaron las manos, se pintaron de patriotas y de revolucionarios, dieron un cuartelazo por cuestiones de ropa y de comida más que de ideales. Cuando vieron que la jefatura se desplomó, se quedaron allí, se pusieron estrellas de coronel. Creyó el pueblo, por unos días, que aquello podía ser útil para algo; se olvidó de aquellos guardias rurales, con el machete, el revolvón y el fusil; se olvidó de que aquellos sargentos eran los mismos sargentos del machadato, y a los cuatro meses, según cuenta el “Libro Blanco” del Departamento de Estado americano —porque ustedes saben que en Washington existe la costumbre de publicar las “Memorias” cada 25 años, según tengo entendido—, allí aparecen todas las conversaciones del señor Jefferson Caffery —¿es “Caferry”? (RISAS)— con Batista; y de ahí sacó el “panegirista” aquello de: “Un Sargento llamado Batista.” Y aquel sargento llamado Batista fue influido decisivamente por aquel embajador llamado Caffery; se alzó con las armas, frente al Gobierno Revolucionario, lo derrocó, e instauró su dictadura durante 11 años.
Al cabo de 11 años —la guerra mundial pasada; mucho hablar de “democracia”, de “derechos humanos”, de “libertades”—, y un poco impresionado tal vez por todo aquello, el tirano se repliega, hay unas elecciones, gana la oposición, y los que ganaron, los que ganaron, dejaron allí a todos los sargentos del 4 de septiembre, convertidos ya no en coroneles, sino hasta en generales; dejaron a los guardias rurales, con sus fusiles, sus machetes y sus revólveres; empezaron a robar, empezaron a negociar, empezaron a lucrar, y aquí, al cabo de ocho años, el sargento llamado Batista —por desgracia para Cuba— volvió a tomar el poder, tranquilamente, con los mismos soldados, los mismos cabos, los mismos sargentos, los mismos capitanes, comandantes, coroneles y generales que había dejado allí.
¿Eso es política?, ¿eso es Revolución?, ¿eso es sentido común?, ¿eso es sentido de la responsabilidad? ¿Quién pagó esos “platos rotos”?, ¿quién ha pagado aquí los “platos rotos” desde hace 50 años? (EXCLAMACIONES DE: “¡El pueblo!” Y APLAUSOS.) Y al pueblo le tocó, una vez más, sufrir las consecuencias de todo eso. Inmediatamente vinieron los pactos o, mejor dicho, vinieron los pretextos de los pactos y de veinte mil cosas más, y resulta que a esta isla —que, por suerte, es una isla, que no tiene fronteras con nadie, que no tiene guerras con nadie— le empiezan a mandar cañones, y le empiezan a mandar tanques “Sherman” de 35 toneladas, y le empiezan a mandar fusiles, y le empiezan a mandar bazookas, y le empiezan a mandar misiones militares, y le empiezan a mandar todo cuanto era necesario, no para ganar ninguna guerra, porque esos pobres diablos no pudieron ni ganarnos a nosotros la guerra, que en cierto momento éramos 12... (APLAUSOS).
Armas, no para ganar una guerra, sino armas para mantener oprimido al pueblo de Cuba; armas para mantener secuestradas nuestras libertades; armas para mantener aquí los privilegios de todos aquellos señores que aquí acabaron hasta con la quinta y con los mangos (RISAS Y APLAUSOS). Porque valdría la pena nada más que analizar los negocios que hicieron con el BANDES, con la Financiera Nacional, y con todos esos organismos de crédito, para ver que no había un solo negocio donde no llevasen un tanto por ciento mayoritario; donde no había un solo negocio que no fuera para favorecer a los amigos y a los incondicionales de la camarilla; donde todo se organizó y se preparó para enriquecer a una manada de sinvergüenzas, a una manada de bandidos, porque no se pueden calificar con otra palabra. Bandidos a mano armada, porque para mantener esos gajes, esos negocios y esos privilegios, asesinaban aquí a mujeres, a niños, a ancianos, a jóvenes, a estudiantes, a ricos, a pobres, a obreros, a comerciantes y a todo el mundo (APLAUSOS). Para mantener todos esos privilegios, asesinaron y torturaron a más de 20 000 cubanos; mantuvieron durante siete años el terror, el luto y la tragedia, y nos dejaron después de eso el cuadro desolador de una república desbarajustada y arruinada.
Si salimos de eso, afortunadamente no se lo debemos a nadie, sino a nosotros mismos; única y exclusivamente al pueblo cubano (APLAUSOS), que luchó solo una vez más, solito una vez más, y sin que nadie lo ayudara, porque las ayudas recibidas fueron insignificantes, esporádicas y con mucho trabajo. Solito el pueblo de Cuba, frente a todas aquellas armas modernas y aquellos aviones, y aquellos tanques y aquellos recursos, porque la desigualdad era todavía mayor de la que existía en la época de la independencia; y solito el pueblo cubano conquista su libertad, empieza a aplicar la justicia por primera vez en cuatro siglos, porque aquí, desde el primer indio que asesinaron los españoles hasta el último joven que asesinó la tiranía de Batista, todos los crímenes habían quedado impunes; aquí, al revés de las novelas, de los cuentos de hadas y de las películas, el malo siempre ganaba (RISAS) y el bueno siempre perdía. Y así, cuando por primera vez el pueblo triunfaba y aplicaba por primera vez en cuatro siglos la justicia, todavía no habíamos terminado la primera semana de libertad y ya se había desatado contra Cuba la más criminal y la más calumniosa campaña que se haya desatado contra ningún pueblo.
¿Aquí qué factor fue el predominante? El factor extranjero. Nosotros somos hoy la consecuencia de todo eso: un conformismo, una impotencia, un desgano mortal en nuestro pueblo, que se vio obligado a soportar durante décadas y décadas, esa especie de fatalismo histórico que es la causa principal de nuestros males, porque viendo las cosas de Cuba desde aquí, no leídas en un periódico, o en un libro de historia, o en un manifiesto, vistas desde aquí, se asombra uno de las cosas que han pasado en Cuba; no comprende uno cómo han podido pasar tantas cosas, no llega siquiera a comprender claramente cómo ha sido posible que pasaran, porque era preciso que un pueblo viviese en la impotencia más absoluta, o en la falta de moral más absoluta, o en la inmadurez más absoluta, o en el fatalismo más absoluto, para que hayamos vivido como hemos vivido desde los inicios de la república, porque solamente la imprevisión, la falta de honradez, la falta de moral, la falta de plan, la falta de justicia, la falta de amor a Cuba, es lo que ha presidido la vida política en nuestro país.
Que hay clase media, ¿por qué si aquí todo el mundo debiera ser clase media? (APLAUSOS.) ¿Por qué si en nuestra patria no debiera existir un solo pobre? ¿Por qué si esta es una de las islas más ricas y fértiles del mundo? ¿Por qué si aquí pueden vivir 30 millones de habitantes? ¿Por qué si Holanda, si Dinamarca, si esos países con más habitantes, con menos tierras, con menos fertilidad, son incomparablemente más ricos que nosotros? ¿Por qué si en Cuba había medios naturales de sobra para que todo cubano tuviese lo necesario para vivir decorosamente y, además, le sobrara? Si aquí cuando se sacan unas cuentas elementales y analizamos lo que se han robado, lo que se han llevado, lo que le han esquilmado al pueblo, habría para haberle construido una casa a cada familia, 20 escuelas en la aldea más pequeña, 10 000 carreteras, hospitales, acueductos, industrias, y haber desarrollado la vida económica del país de manera que este fuese hoy el pueblo más feliz y el pueblo más rico del mundo, y que no lo ha sido por el egoísmo, por la explotación, por la intervención de factores extraños en nuestra tierra, y por la forma dolorosa e infecunda en que se ha desarrollado la historia de nuestro pueblo.
Desde el principio fue la malversación, desde el principio fue el privilegio, desde el principio fue el caos, desde el principio fue el juego, desde el principio fue el vicio, desde el principio fue el parasitismo, desde el principio fue la imprevisión. ¿Por qué si no dejaron comprar nuestras tierras a 20 centavos para que hoy existan los latifundios que existen en Cuba? ¿Por qué se permitió que las tierras del Estado se perdieran y fuesen devoradas por los geófagos? ¿Por qué se permitieron aquí tantas cosas y se hicieron tantas concesiones antinacionales, que nuestra isla era más colonia todavía de lo que era antes de que nuestra isla fuese a parar en ser lo que es hoy?
Si ustedes analizan el cuadro actual de Cuba, es realmente un cuadro desolador; no es desolador en cuanto a que no pueda superarse —desde luego que no estaría aquí si no creyera que todo eso lo vamos a superar, ¡y bien superado! (APLAUSOS)—, pero analizan a Cuba en todos los órdenes, en el orden educacional, en el orden económico, en el orden industrial, en el orden agrario, en el orden de la salubridad, en los seguros sociales, y se encuentran que todo es un verdadero desastre