Part 1
Señor Presidente; Señores dirigentes y señores miembros del Club de Leones de La Habana:
Les decía el Presidente que yo le había propuesto, más que un discurso, conversar con ustedes y contestar todas las preguntas que estimasen pertinentes hacerme. Y voy a explicar por qué.Yo puedo venir aquí a hacer un discurso. Me han invitado muy gentilmente y muy amablemente; no me han dicho de lo que tengo que hablar. Puedo hablar de lo que a mí me parezca, pero puede ser precisamente todo lo contrario de lo que les interese a ustedes. Quieren conocer mi opinión. ¿Pero mi opinión sobre qué? Yo les puedo hablar aquí de muchas cosas, hasta de la era atómica y del futuro del mundo (RISAS); posiblemente haya muchas cosas.
En ocasiones adivinamos lo que le interesa a la opinión pública, las cuestiones más candentes, las preocupaciones principales, es hasta un deber saberlas; pero creo que es más leal, mucho más franca, mucho más útil, una comparecencia de esta índole cuando todos y cada uno pueden plantear las cuestiones que les interese, y además, en prenda de que venimos aquí sin demagogia de ninguna clase, sin teatralismos, sin preparación incluso, a dar nuestras opiniones, como pudiéramos darlas conversando en la calle, en la mesa, en cualquier punto.
Yo creo que debe inaugurarse un nuevo estilo en la vida del país.
Aquí todo el mundo sabe lo que hay que hacer, o por lo menos dicen que saben lo que hay que hacer. Cuantas veces va usted por la calle, se encuentra a alguien protestando de algo: esto es un abuso, esto es una injusticia, esto es una inmoralidad; no debía hacerse así, debía hacerse de otra manera. Y se encuentra a todo el mundo opinando, porque da la casualidad —por suerte— de que, al revés de lo que pasa en otros países, aquí todo el mundo opina (RISAS).
En otros pueblos nadie habla de política ni nada, y hay un millón de inmoralidades. Y creo que es muy negativo para las sociedades el que el pueblo no tenga opinión, el que la ciudadanía no hable de sus problemas; porque viven soportando todo lo que pasa con una indiferencia completa. Y yo les aseguro que de la única manera en que no se supera un mal es por generación espontánea; tiene que superarlos la ciudadanía, los males políticos, que son los más difíciles y los más frecuentes, porque es que la historia de la sociedad es eso: una lucha tremenda por lograr hacer cada vez más perfecta la sociedad, que es el instrumento mediante el cual el ser humano puede vivir, y solamente a través de ella.
No somos como las hormigas ni como las abejas, que ya tienen su problema resuelto; parece que lo discutieron bien antes de empezar, se pusieron de acuerdo y lo han arreglado todo, no tienen ni revoluciones, según tengo entendido (RISAS). Nosotros, que tenemos otras ventajas y otra vida más espiritual, más elevada, tenemos problemas más complejos. Y si de esos problemas tan complejos no se preocupa el hombre, que es un integrante de la sociedad, por resolverlos, pues no se resuelven solos. Miren el trabajo que pasamos por tratar de resolverlos y muchas veces no logramos resolverlos; menos los resolveremos si no nos preocupamos por ellos. Y esa es una de las ventajas extraordinarias del pueblo de Cuba.
Parecería un halago al pueblo o una vanidad de nosotros decir que uno tiene que sentirse orgulloso del pueblo de Cuba. Además, hemos visto al pueblo peleando.
Es como a veces: usted ve a una persona muy pacífica en un ómnibus, en una mesa y, de buenas a primeras, usted ve que aquella persona pues tiene un debate, una lucha y se bate gallardamente, heroicamente, brillantemente, y nos llena de asombro. Y ese es el pueblo de Cuba. Tranquilo estaba, aguantando, soportando; vinieron, le implantaron esa cosa repugnante, absurda, ilógica, inmoral, criminal, todo eso que fue aquel golpe militar sin razón y sin justificación; no había ni una lógica para dar aquel golpe: que si anarquía, que si mal gobierno, que si había muertos en la calle. La cuestión es que aquello significó una cosa tan desastrosa, tan asquerosa…
¿Quién se pudo alegrar aquel día? ¡Qué diferencia entre el 10 de marzo y el primero de enero en la alegría del pueblo! (APLAUSOS.) Aquella tristeza y luego aquel pesimismo de la nación. Y el pueblo, que soportó aquello y que creyeron que lo iba a soportar, no lo que soportó, lo sorprendieron: se despertó con los tanques en la calle, todo había cambiado. Y parece que adivinaba la ciudadanía la tragedia que aquello significaba, y aquel pueblo pues se dispuso a pelear.
Y lo hemos visto. Es el caso que yo decía: el hombre que de repente, el boxeador, que a lo mejor en su casa es un hombre muy pacífico, muy tranquilo, pero cuando llegó al cuadrilátero resultó ser un pugilista extraordinario, destruyó al enemigo. Ese es el pueblo de Cuba. Lo hemos visto peleando, y por eso es la admiración que ahora sentimos. Además, porque se ha comprobado todo lo que pensábamos sobre los ciudadanos de este país, y ciudadanos sin distinción, porque vamos a decirlo de una vez: ¡Aquí todo el mundo se ha portado bien! (APLAUSOS.) Hay que decir que todo el mundo ha sido valiente, porque ha sido la regla.
Hombres pacíficos que no se metían con nadie, que no se preocupaban de estas cuestiones, han corrido riesgos, han escondido armas, han escondido a revolucionarios, han desafiado la ira de los Ventura, de los Pilar García, han dado dinero, han distribuido panfletos. Todo el mundo ha hecho algo aquí, por lo menos la inmensa mayoría, hombres de todas las clases, de todas las ideas, de todas las religiones, de todos los criterios. Aquí era una cosa unánime: había que liquidar esa situación, y realmente ha sido unánime.
Tienen por esa razón que sentirse todos los sectores del país satisfechos y todos los sectores del país esperar cuando menos que lo que han hecho sirva de algo al país.
Yo decía que esa era la cualidad de nuestro pueblo: un pueblo que se preocupa y un pueblo que opina. Y por tanto, un pueblo donde todo el mundo opina, es un pueblo que tiene miles de gobernantes, porque lo curioso es que coinciden las opiniones.
No es como en la pelota, que unos son almendaristas y otros son habanistas, o del Marianao o del otro —no quiero que se ponga bravo nadie que sea de un club de pelota (RISAS)—; pero en política la verdad es que cuando alguien roba, da lo mismo que sea de un partido o de otro, dicen: este es un ladrón. Y todo el mundo está de acuerdo, hasta los que son del partido del que roba: este es un sinvergüenza y no debiera estar ahí; porque mira, el otro es bueno y el otro también y todo el mundo es bueno, pero ese es un ladrón. Es mi opinión.
Hay un crimen y todo el mundo protesta; hay un negocio turbio, hay una entrega, hay una concesión onerosa que perjudica a la economía del país, hay una grosería y todo el mundo está de acuerdo en que está mal hecho. Y de todas las lacras y de todos los vicios tienen opinión hecha, porque en política el cubano opina racionalmente. No es como en deportes, en que la simpatía es caprichosa por completo; en política la opinión pública no tiene caprichos.
Y les advierto una cosa: había una parte que opinaba y una parte que no opinaba. La parte que opinaba censuraba las cosas unánimemente; la que no opinaba era el pesimismo y la indiferencia, porque no creía en nada y tenía un concepto ya fatalista de los problemas de Cuba, de que no se iban a resolver nunca, y, por tanto, eran indiferentes, no querían saber ni oír hablar de eso; les molestaba. Cada cual se dedicaba a su actividad, creía que eso era más honorable, más honesto; trabajar por su familia, por sus hijos, su educación, y fuera de eso no quería preocuparse de más nada, le repugnaban incluso los temas políticos. Y la verdad que había motivos para que la política repugnara aquí, señores; había que acabar ya con eso.
Yo me pregunto por qué no puede administrarse la república como se administra, por ejemplo, una organización como esta: los hombres se reúnen, discuten decentemente, sin intereses particulares, por el altruismo realizan sus acciones. Hay una atmósfera de decencia. Todo el mundo está contento. Es más: se han venido los ciudadanos a refugiar en estas organizaciones (APLAUSOS).
Yo estoy seguro de que con ese mismo espíritu de solidaridad humana, con esa sensibilidad con que se han preocupado del dolor ajeno, con el deseo de superar dentro de lo posible todos nuestros males, de aliviar el sufrimiento, hacen toda esta obra altruista, elevar el nivel de cultura, que tienen los hombres que se han agrupado en esta forma, desearían que fuera mucho más amplia esa obra, desearían algo así como que fuera toda la república como un leonismo, que hubiera esa fraternidad, esa decencia, esa honradez en todas las cosas.
Estoy seguro de que si los honorables miembros de la dirección de este Club no fueran buenas personas, no estarían ahí (APLAUSOS). De donde resulta que en la república, en lo más importante que es el Estado, lo más importante, el instrumento de la sociedad, o sea, la dirección de la sociedad, pues llegan, están ahí aunque no quiera nadie, hacen horrores y se quedan ahí, engañan a los demás, y lo que debiera funcionar mejor, que es el Estado, es lo que peor funciona, con daño de todos nosotros, pero de todo el mundo.
Porque yo les voy a decir una cosa, y es que he visto a los cubanos cómo reaccionan, incluso he visto a los hombres ricos reaccionar en contra de sus intereses, no importarles si va a haber una ley revolucionaria que disminuya en algo sus ganancias. Les preocupa más que se viva con decencia en el país; hasta ganar un poco menos, pero que eso que tiene que dar se le dé a otro, no que se lo roben unos sinvergüenzas, señores
(APLAUSOS).
He visto cómo suele ser la generalidad del cubano: una bondad, una generosidad, por las buenas lo ofrecen todo y lo dan todo.
Pero sí lo he visto, delante de mis ojos he visto ciertos actos altruistas, y sé que no son la excepción, que son la generalidad.
Y esos hombres que han estado dispuestos a dar para la Revolución miles de pesos —y los dan—, y para 20 obras, cuando les roban cinco pesos se sienten desgraciados. Y es que, precisamente, la condición humana repele lo indigno, lo inmoral, lo que es el robo, el atraco, la explotación, y siente, cuando hace uso de su libertad, de sus derechos, esa satisfacción que vale más que todo el dinero del mundo.
Y es lo que yo digo: una familia donde cada cual tiene un automóvil, un cuarto, 20 pisos la casa —porque son muy ricos—, y todo es de oro y plata, y tienen abundancia de todo allí, muchas veces cuando hay más de la cuenta nadie disfruta de lo que tiene. Yo lo he visto: en la Sierra Maestra nos comíamos cualquier cosa y estábamos encantados y, después, cuando abunda la comida, no apreciamos el valor que tiene.
Pero si en aquella casa donde hay mucha riqueza uno está peleando con el otro, el otro está insultando a aquel, unos les están cogiendo las cosas a los otros, allí no hay felicidad. Puede haber una familia no con 10 máquinas, con dos y una casa más pequeña, que se sienta mucho más feliz porque hay orden en aquella casa.
La felicidad no la hace el dinero, y es así positivamente, y los hombres que tienen un sentido espiritual de la vida y tienen una concepción filosófica lo saben. Otros ingredientes son los que hacen felices a la familia: el cariño, la tranquilidad, la paz, la seguridad, el respeto, una tradición, un sentimiento, y lo esencial para vivir sin tener que depender de nadie. Esas cosas son las que hacen feliz a la familia y al ser humano.
El desorden que había en esta república no podía hacer feliz a nadie, ni a ricos, ni a pobres, ni a nadie. Por eso era unánime aquí la oposición, y ha sido por eso tan unánime la alegría de todo el pueblo; por eso tiene todo el pueblo.
Es lo que yo digo: el caso del contribuyente. Aquí todo el mundo trataba de no pagar los impuestos. ¡Pero con razón, señores!, hay que decirlo. Se lo robaban, en primer lugar, y, en segundo lugar, aunque los pagara de acuerdo con la Ley, venía un inspector y tenía que darle usted todo. Usted vivía temblando. Se vivía aquí no bajo una dictadura, ¡veinte dictaduras!, señores —hay que decirlo— y no en esta época, ¡en las otras también! (APLAUSOS.)
Ese era el caso: usted le tenía miedo al policía, porque iba a comprar allí y no le iba a pagar. Además, iba por la calle y podía correr el riesgo de que se metieran con su señora, con su hija, con su novia. Y a usted, bueno, si protestaba, le daban un toletazo —que era lo que daban, ¿no?; vamos a decirle como se llamaba: un toletazo—, o un empujón y lo llevaban para una estación de policía. Nadie vivía seguro. El que vivía en un lugar y tenía un negocio procuraba no pelearse con el jefe de la estación de policía, porque se acababa el mundo ya para aquel hombre. Aquel era el señor y el amo del lugar: el jefe de estación, el sargento jefe de puesto, el capitán, con esas normas y costumbres establecidas en que venían a pedir en Nochebuena, el 4 de septiembre, el 10 de marzo; en todas las fechas estaban pidiendo, estaban pidiendo todos los días del año (APLAUSOS).
Y el inspector igual. Daba lo mismo que fuera de hacienda, de salubridad, de comercio, de extranjeros, porque, esto era una plaga de inspectores. Todos los departamentos tenían inspectores y todos eran unos señores que no dejaban vivir en paz a nadie (APLAUSOS). Si resultaba bueno, era cuestión de suerte, ¿no?; pero el susto lo pasaba de todas maneras el que le venía un inspector por allí por la casa.
Así que ¿en detrimento de quién? De todo el mundo.
El dinero que no se invertía trajo como consecuencia tanto analfabetismo, tanta enfermedad, tanta pobreza, tanto bohío, tanto piso de tierra, tanto espectáculo deprimente como se ven en la república.
La Habana es muy bonita porque se han preocupado incluso de hacer algunas cosas por La Habana, fastuosas sobre todo; y, además, porque es la capital centro principal de la economía del país y prospera. Y nos hemos librado en la capital de ciertos espectáculos que, sin embargo, son permanentes: esa pobreza de las ciudades y de los pueblos del campo, unido a esa bondad y a esa resignación de los campesinos y del pueblo en general.
Yo digo que no debiera haber un solo bohío de guano, no debiera haber una sola familia hacinada (APLAUSOS).
Quedan todavía los solares en la propia Habana, aunque no se vean; pero se pueden descubrir. Allí viven las familias hacinadas: 10 y 12 en un cuarto de 10 pesos. Imposible que se pueda desenvolver una vida moral allí, decente, por muy buenas que sean las condiciones naturales de esa familia, en aquella promiscuidad: falta de higiene moral y de higiene material, deprimente en todos los órdenes. Y así viven miles y cientos de miles.
Pero sí hubiera sido posible resolver esos problemas, de eso estamos seguros. Hay nada más que hacer un cálculo matemático: calcular el dinero que le han saqueado a esta república. Habría suficiente dinero para que cada ciudadano tuviera una casa aquí. Pero seguro: campesinos, obreros, y escuelas y hospitales. Además, se habría desarrollado. Todo el mundo está de acuerdo, porque es verdad, en que este es uno de los países más ricos del mundo. Pocas veces se ha reunido en un espacio geográfico del mundo una tierra tan rica y un pueblo tan rico como este, en inteligencia y en cualidades.
Sin embargo, ¿qué es lo que nos pasa a nosotros? ¿Qué mala suerte es la que tenemos nosotros que, desde que llegaron aquí los descubridores e implantaron la primera bandera y, por la fuerza, subyugaron al primer indio, hasta ahora, hemos estado viviendo bajo la fuerza, el vicio, la explotación, una cosa insoportable, que ha hecho que —ya les digo— este milagro que es Cuba —milagro de riqueza y milagro de pueblo— se haya frustrado?
Y por eso ha hecho lo que ha hecho el pueblo de Cuba hoy. Si no fuera este pueblo así, tengan la seguridad de que tendríamos dictadura por 30 años. Y después de este, el hijo y el nieto, como decían ellos (APLAUSOS); “guatacas” y confidentes había aquí suficientes para 30 ó 40 años (RISAS). Y no eran muchos, pero eran suficientes. Porque para implantar una dictadura basta el control. Incluso a miles de soldados los mandaban aquí unos cuantos generales y unos cuantos oficiales, y tenían allí a aquella gente engañada, cuadrados todo el día. Les habían prohibido pensar, incluso. Y aquella gente, acostumbrada a eso, no pensaba. ¿Prohibido pensar? Pues prohibido pensar: ¡no pensaban! Y mataban y hacían horrores.
Es fácil mantener al pueblo bajo el terror en estas condiciones. No será fácil de ahora en adelante, porque vamos a hacer las cosas de manera que nadie aquí pueda ser dictador (APLAUSOS). Cuando el pueblo esté bien organizado y tenga una conciencia clara y el soldado sepa lo que es y para lo que está allí; y no solo sepa, sino que sepa también que si no hace lo que debe hacer el pueblo va a acabar con él. Y que el pueblo sepa defenderse.
Yo soy de los que digo que Servicio Militar Obligatorio no, porque no hay derecho a agarrar a un hombre y por la fuerza ponerle un uniforme, un casco, un fusil y ponerlo a marchar; pero sí el entrenamiento, lo más posible, de la juventud y del pueblo para que no haya una pandilla armada y entrenada y que sabe tirar, frente a un pueblo inerme, que no tiene manera de defenderse y sin armas ni nada (APLAUSOS).
El equilibrio no hay que buscarlo siquiera en las leyes. Hemos visto que las leyes, cuando no reúnen otras cosas para hacerlas posible, no valen de nada: las más bonitas, la Constitución, los derechos, la libertad, no valen de nada. El equilibrio hay que buscarlo en los hechos, y en la realidad que hay que buscar el equilibrio, es en el pueblo. Frente a la fuerza que se pueda alzar un día con las armas; que no se va a alzar porque va a estar bien enseñada, ¿no? Pero, además, si no aprendiera todo lo que se le ha enseñado ni las lecciones de la historia, sepa a qué atenerse: que tiene un pueblo donde los hombres están muy conscientes de sus derechos y saben defenderse.
Debe enseñarse a la juventud el manejo de las armas, precisamente para que no tengan que usarlas nunca. Porque si no la enseñan, hay que usarlas, como las tuvimos que usar nosotros. No nos enseñaron nada y por eso tuvimos que usarlas. ¡Ah!, si le hubieran dado entrenamiento a la juventud, al pueblo, a todo el mundo, no hay quien se hubiera atrevido a hacer lo que hizo. Se hubiera sabido esto sin que costara tan cara la lección, ni hubiera tantas viudas y tantas víctimas.
Y tenemos que hacer las cosas para que haya un verdadero equilibrio de fuerza, no solo en la educación, en el ejemplo, en la ley, que vale mucho; no solo en la conciencia del pueblo, sino en la preparación del pueblo.
Y yo les digo a ustedes que fue un factor muy importante para mantener subyugado al pueblo de Cuba, el hecho de que aquí todo el mundo fuera un pacífico ciudadano, que no tuviera noción de cómo se ponía una zancadilla a un soldado en la calle. ¿Se dan cuenta? Es que no sabía, era una indefensión total, sin armas y sin entrenamiento, contra tanques, contra aviones, contra cañones, contra ametralladoras. Y cada día era un desfile, un desfile, ¿para qué? Para tenernos aquí cada día más oprimidos. Mientras más crecía la rebeldía, más armas traían y más se registraba cada casa para que nadie se armara. Entonces era la pandilla armada frente al pueblo inerme e indefenso.
Hay que buscar el equilibrio en la realidad, no solo en la teoría, no solo en las leyes, no solo en las doctrinas que hay que inculcarles a los soldados. Hay que educar a todos los soldados en lo que tienen que hacer; pero, además, tienen que saber que si se sublevan un día —la próxima aquí, que no va a haber próxima—, lo que les corresponde es eso. Nadie, nadie, puede llevar a una masa a una posición suicida. Si el ejército hubiera sabido a lo que lo estaba llevando Batista, no va. Porque hay que ver los militares cómo se sienten de deprimidos en este momento. ¿Por qué? Porque los han llevado a un suicidio de la institución. Si lo hubieran sabido, ¡ah!, si lo hubieran sabido, no hay 10 de marzo, fusilan a Batista el día que entró en Columbia: este lo que es un loco, un ambicioso y lo que va a crear aquí es la destrucción de todos nosotros, y lo fusilan. ¡Ah!, ¿no lo fusilaron? Ahí tienen las consecuencias.
Y lo que hay que hacer es demostrarles ahora a los institutos armados del pueblo que el que haga lo que hizo Batista hay que fusilarlo, sencillamente (APLAUSOS).
Así que yo creo que me he extendido más de la cuenta en esta introducción (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡No!”).
__.- Comandante Fidel Castro, yo quisiera que antes de que usted iniciara las respuestas, todos puestos de pie, dedicáramos un minuto a todos esos combatientes, a todos los civiles, que murieron por esta causa y por ayudar a que Cuba hoy pueda sentirse libre.
(SE GUARDA UN MINUTO DE SILENCIO.)
Muchísimas gracias.
__.- Continúe, Comandante Fidel.
CMDTE. FIDEL CASTRO.- Yo tengo entendido que aquí están las cámaras de televisión y me imagino que tengan el tiempo limitado, y hay programas. Y lo mejor es que yo…
__.- Doctor Fidel Castro, las cámaras de televisión del Canal 12, Escuela de Televisión, están a la disposición de usted todo el tiempo que quiera (APLAUSOS). Aquí no hay límite para usted porque a usted hay que rendirle honores. Así que las cámaras del Canal 12, Escuela de Televisión, en el sentir de la empresa, le puedo decir que están a la disposición de usted todas las horas que sean necesarias.
__.- ¡Y los Leones igual! Nos sentimos deseosos de oírlo, Comandante Fidel Castro.
CMDTE. FIDEL CASTRO.- Yo les doy las gracias y tengan la seguridad de que esas cámaras no se van a utilizar para hacer política, ni para hacer demagogia, ni para tomarle el pelo a nadie aquí, sino para tratar todos… Porque no se vayan a creer que alguien aquí tiene que saber más que los demás, ni mucho menos imaginarse que nosotros somos infalibles. Y creo que el que más sabe de todos los hombres fue aquel que dijo:
“Sólo sé que no sé nada”, porque ese sabía algo (RISAS). Y vamos a empezar por admitir esa gran verdad.
No existe propiamente la especialidad del hombre público ni del hombre de Estado. Es al revés de lo que pasa en las demás actividades profesionales. A nadie se le ocurriría llevar al hijo para que se lo operara un aprendiz de medicina, un alumno de primer año. Seguro seguro que nadie se lo lleva. Se lo llevan a un médico y que le tengan confianza. Y el que va a hacer una casa, un edificio de apartamentos —el Hilton este, por ejemplo, que es una obra fantástica—…
(DEL PÚBLICO LE DICEN ALGO.)
Ya me siento casi casi medio sobornado porque me han ofrecido un salón ahí. Pero si tengo que hablar un día contra el Hilton, hablo contra el Hilton (RISAS Y APLAUSOS). Me han ofrecido muy gentilmente una habitación, y yo que no tengo casa pues la uso. No es para mí, porque esa es del pueblo; está llena todo el día y yo no hago más que trabajar en ella.
Decía que este hotel seguro que lo hizo un arquitecto y de experiencia, y un ingeniero de experiencia, y no se les habría ocurrido llamar para que lo hiciera a un albañil que no tuviera otros conocimientos que el de colocar los ladrillos; llamaron a un experto. Y así en todas las actividades.
Sin embargo, hay una función mucho más difícil, que es la función de gobernar, y aquí nos encontramos con que cualquier “ñame con corbata” se postula para senador (APLAUSOS); quiere arreglar la República un señor que no sabe nada de nada. Entonces lo más grave, el problema de todos nosotros, se lo ponemos a cualquiera en la mano.