Discurso Pronunciado En La Ciudad De Santa Clara El 6 De Enero

Chapter 1

Chapter 13,938 wordsPublic domain

<< Autor: Fidel Castro

Pueblo de Santa Clara:

He venido a conversar con ustedes un rato. Desde que el pueblo manda hay que introducir un nuevo estilo: ya no venimos nosotros a hablarle al pueblo, sino venimos a que el pueblo nos hable a nosotros (APLAUSOS). El que tiene que hablar de ahora en adelante, el que tiene que mandar de ahora en adelante, el que tiene que legislar de ahora en adelante, es el pueblo (APLAUSOS); es el pueblo el que sufre, es el pueblo el que sabe lo que necesita, es el pueblo quien conoce los abusos y los atropellos que se han cometido contra él.

Por algo nuestra Revolución ha triunfado. Ha triunfado porque desde el primer instante el pueblo comprendió que se iba a derrocar la tiranía no para poner otra tiranía (EXCLAMACIONES), que no se trataba de un cambio de hombres, porque hasta este momento, en los 56 años de casi república, el pueblo no ha gobernado nunca (APLAUSOS). Yo no he oído decir otra cosa desde que era niño, no he escuchado de los labios del pueblo otra cosa que esta: que todos son unos ladrones, que todos son unos sinvergüenzas, que todos roban, que ninguno se acuerda del pueblo, que el capitán tal es un abusador, que el sargento tal le entró a planazos al trabajador y al campesino tal, que el alcalde tal se robó tanto, que el representante tal se robó más cuanto, que el ministro tal puso en el ministerio a su prima, a su tía, a su abuela y a toda su familia (EXCLAMACIONES); que el otro ascendió, no porque tuviera capacidad ni mérito, sino porque era “amiguito” particular del ministro, del jefe del ejército, o del Presidente de la república (EXCLAMACIONES); que Menocal se robó tanto, que Machado se robó más cuanto, que Batista se robó ni se sabe cuanto (EXCLAMACIONES), y que Estrada Palma —que era honrado— lo primero que hizo fue mandar a buscar a los americanos cuando tuvo problemas aquí (EXCLAMACIONES).

La gran verdad es una: los problemas de Cuba no son tan complicados, los problemas de Cuba lo que necesitan es buena voluntad para resolverlos. El pueblo de Cuba es lo suficientemente inteligente para decirles a los gobernantes lo que tienen que hacer (APLAUSOS). Y, antes que nada —porque hay cosas que van antes que otras—, antes que nada, aquí asentar la república sobre bases tan firmes que jamás vuelva a haber una dictadura en nuestro país (APLAUSOS).

¿En qué ocasión anterior se había presentado esta oportunidad? (EXCLAMACIONES.) ¿Cuando se vio en América que un pueblo desarmado como este, un pueblo que no tenía instrucción militar, un pueblo que no tenía un fusil y que tenía delante miles y miles de hombres organizados, con aviones, con tanques, con cañones, con fragatas y cuanto aparato de muerte se ha inventado...? (EXCLAMACIONES.) Y de repente este pueblo inerme, estos hombres y estas mujeres, estos jóvenes campesinos de la Sierra Maestra —guajiros la mayor parte de ellos—, estos estudiantes que abandonaron los libros y vinieron a manejar un fusil que nunca habían usado antes, estos combatientes gallardos de nuestra juventud, una juventud que no había visto más que malos ejemplos, y que es buena de lo buena que es (APLAUSOS), porque aquí nadie le había enseñado otra cosa que cosas inmorales, y al que no tenía una “botella” le decían bobo, y al que no robaba le decían que estaba perdiendo el tiempo —por no decir otras palabras que se empleaban por ahí— (APLAUSOS).

Y, sin embargo, esa juventud tiene que tener una calidad humana muy grande para haber realizado la proeza que ha realizado, de pura inspiración propia. ¿Cómo será la juventud que va a venir después de la Revolución, la que vamos a educar con el buen ejemplo? (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS.)

Yo preguntaba que en qué país del mundo —no de América— en qué país del mundo se había visto que un pueblo inerme —como decía— le haya arrebatado a un ejército moderno hasta el último fusil (APLAUSOS).

Porque todas las armas, todos los cañones, todos los tanques, todos los aviones, todas las fragatas, y todos los fusiles están en estos instantes en manos del pueblo (APLAUSOS). Y nosotros no haremos otra cosa que recibir y obedecer órdenes del pueblo (APLAUSOS). ¿Por qué no he de creer que el pueblo sea el mejor gobernante, si creí —cuando nadie lo creía— que el pueblo era el mejor guerrero? Y cuando todo el mundo decía que era una locura, que era un disparate, que nos iban a matar a todos, que pobrecitos nosotros, y hasta rezaban por nosotros porque ya nos consideraban exterminados, yo, sin embargo, creía que ganábamos la guerra (APLAUSOS).

Y cuando una tarde, después del primer revés, me vi con dos hombres y dos fusiles, y estuve 15 días antes de hacer contacto con mi hermano —que se apareció con otros cuatro hombres y cinco fusiles, y fueron siete en total los fusiles que volvieron a aparecer— (EXCLAMACIONES), yo estaba tan tranquilo como estoy hoy, porque estaba seguro de que íbamos a ganar la guerra (APLAUSOS). Sencillamente por una cosa, por una razón: ¡porque creía en el pueblo! (APLAUSOS); sabía que el pueblo se sumaría, sabía que el pueblo nos prestaría toda la colaboración posible, sabía que miles de jóvenes imitarían nuestro ejemplo, sabía que por cada combatiente que cayera se unirían cien más dispuestos a morir también (APLAUSOS).

Y esta provincia es testigo excepcional de ello, porque después de Oriente fue en Las Villas donde aparecieron los primeros grupos revolucionarios (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS): del Directorio Revolucionario y del Segundo Frente Nacional del Escambray, y de los auténticos y de todas las organizaciones, porque todo el mundo tiene méritos y hay que reconocérselos (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS); y nadie tiene derecho a negarle el mérito a los demás y a apropiarse del mérito de otros (APLAUSOS).

Yo sabía que el pueblo nos imitaría, y que el pueblo era invencible. Y si este pueblo era invencible antes, cuando no había fusiles y no había la unión que hay hoy, ni la experiencia que hay hoy, yo quiero que me digan quién puede vencer hoy al pueblo de Cuba (EXCLAMACIONES DE: “¡Nadie!”), y si no hay razón sobrada para sentirse optimistas. Y si el pueblo, sin haber ido a las academias militares, sin haber ido a los campos de tiro a aprender como se maneja un fusil —aunque ahora todo el mundo va a aprender a manejar un fusil aquí (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS); y va a aprender a manejar un fusil todo el mundo aquí, para que el Ejército de la Revolución no tenga 20 000 ni 10 000, sino tenga 6 millones de cubanos dispuestos a defenderla (APLAUSOS). ¡Que por algo hemos demostrado que en Cuba hasta las mujeres pelean, y pelean bien y pelean a la altura de los hombres! (APLAUSOS.)

Y yo decía que si el pueblo supo ganar la guerra, que era difícil, ¿por qué no va a saber gobernar ahora? (APLAUSOS.) El gobierno es difícil. ¿Por qué? Porque no se ha gobernado. Es inexplicable que se haya gobernado durante tanto tiempo no para el pueblo, sino por encima del pueblo y contra el pueblo; que uno no se explica cómo ha sido posible gobernar durante tanto tiempo fuera del pueblo (APLAUSOS).

Antes el pueblo solamente en parte se preocupaba de estas cuestiones, su indiferencia por la política. Antes, político —y mucha gente lo sabe, porque la política se había convertido en una palabra peyorativa; nadie quería que lo llamaran político, casi casi como nadie quiere que lo llamen hoy chivato, confidente, esbirro o algo de eso— (RISAS), político quería decir ladrón, político quería decir hombre de poca palabra que lo prometía todo y no daba nada (APLAUSOS); político quería decir compadre, porque la política que se hacía era a base de “compadre”; política quería decir “botella”; política quería decir compradera de votos; política quería decir que allí el que tenía 100 000 pesos podía salir, el que no tenía un peso, por muy honrado, por muy capaz que fuera no podía ser nada (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS).

Y, otra cosa, si alguien había sido un gran ladrón, un ministro, que se llevaba 3 ó 4 millones de pesos, no tenía que hacer otra que postularse para representante o senador, pues ya no había juez ni tribunal que le hiciera nada (APLAUSOS); compraba su acta, y llegaba al Capitolio de representante, se sentaba allí entre sus congéneres —que eran tan parecidos como él en su mayor parte y tan ladrones como él—, y venía un suplicatorio de un juez para arrestarlo, y decían: “No”. Eran unos señores que vivían por encima de la ley en una república que se decía igualitaria y democrática y sin privilegios; esos señores tenían el privilegio de robar, de matar, de estafar, de traicionar, de hacer horrores, y no pasaba nada, no los podían juzgar. ¡Esta era una república igualitaria y democrática donde estaba todo el mundo tan campante! (APLAUSOS.)

Yo creo que eso solo era suficiente como para producir la revolución. Porque vamos a ser francos aquí todos nosotros, que para eso estamos conversando de igual a igual: ustedes tienen parte de la culpa también (EXCLAMACIONES), porque aquí venía un pillo y hasta lo aplaudían; caía un candidato descarado, sinvergüenza e incumplidor y sacaba tantos o más cuantos votos, ¿de dónde salían? (EXCLAMACIONES.) ¿Es o no es verdad que había gente que vendían el voto por cinco pesos? (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!”) ¿Y el que vende el voto no es tan malo como un chivato o como un esbirro? (EXCLAMACIONES DE: ”¡Sí!”) ¿Y por qué ustedes querían fusilar a los esbirros y se quedan tan campantes con la gente que vende el voto?

Los que corrompieron la política y los que vendían votos y los que compraban votos y los que dejaban que se compraran y vendieran votos, tienen culpa también de que haya venido la dictadura (EXCLAMACIONES), porque se paró Batista allá en Columbia y dijo que esto era anarquía. Y la corrupción y el robo y la inmoralidad que había, fue la causa de que incluso cuando se dio el golpe de Estado, mucha gente se quedara indiferente, un golpe de Estado que nos costó tanta sangre. Pero los politiqueros y los ladrones son también culpables de la sangre que se ha derramado en Cuba (APLAUSOS).

Y eso, esas cosas que hemos estado viviendo y sufriendo, se tienen que terminar, porque para eso nos hemos sacrificado, se han sacrificado ustedes (APLAUSOS). Ahora todo el mundo se interesa por la política, es lógico, porque aquí todo el mundo ha sido insultado por la tiranía. Al que no le han dado un golpe le han dado una bofetada, al que no lo han insultado le han asesinado un hermano, un hijo, un pariente, un amigo, y al que no se lo han asesinado, se ha pasado siete años temiendo que se lo asesinen cualquier día, temor que ya desapareció por completo en nuestra Patria (APLAUSOS).

Por eso hoy todo el pueblo está aquí, porque el pueblo está muy interesado en los problemas de Cuba; y está aquí porque sabe que está gobernando ahora, está aquí porque sabe que tiene que decir la última palabra sobre todas las cuestiones. Y que esta vez si fracasa el gobierno, es porque el pueblo quiere que fracase (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡No!”). Para saber lo que piensa no hay que hacer unas elecciones todos los días, lo que tiene que haber es un mitin todos los días. Y yo me atrevo a decirles lo que piensa el pueblo. Lo que piensa el de aquí es lo mismo que piensa el de La Habana y el de Pinar del Río, porque somos un solo pueblo y todos pensamos igual y tenemos un solo pensamiento, unos con más entusiasmo, otros con menos entusiasmo. Pero los problemas de una provincia son los problemas de toda la isla.

Y, por lo tanto, esta vez, el gobierno tiene que ser el gobierno del pueblo. Aquí el que manda de ahora en adelante es el pueblo, y el pueblo tiene que ponerle fin a toda la sinvergüencería (APLAUSOS). Y vamos a empezar aquí por los municipios: se acabaron las “botellas”, los privilegios, los favoritismos (EXCLAMACIONES), se acabó la bolita, se acabó el juego prohibido (EXCLAMACIONES), se acabó el sargento que cobra cinco pesos, el capitán que cobra diez y el comandante que cobra veinte pesos por la bolita (EXCLAMACIONES).

¿Qué hay que hacerle al rebelde que cometiera la indignidad de dejarse sobornar? (EXCLAMACIONES.) Yo creo que el rebelde merecería más castigo que nadie; porque si uno acostumbrado a hacer esas cosas las hiciera, todavía es una inmoralidad pero se concibe mucho mejor que en un hombre que ha luchado y ha cumplido un rol en una etapa tan heroica y tan hermosa de nuestra historia, y que después traicionara esos principios. Con los rebeldes hay que ser más duros que con nadie para que no se malogren (APLAUSOS). Y ustedes tienen que ayudarnos a nosotros a mantener elevada la moral del rebelde y no echar a perder al rebelde (APLAUSOS).

De la Sierra Maestra vienen conmigo 3 000 guajiros, armados, veteranos de la guerra de liberación (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS), y van para La Habana, y con ellos se va a organizar la división blindada del nuevo ejército de la república, van a tener los tanques y los cañones. Yo le pregunto al pueblo de Cuba si no estarán en buenas manos esas armas (APLAUSOS).

A esos hombres hay que educarlos; o sea, quiero decir, sacarles la calidad humana extraordinaria que tienen, de la inteligencia brillante que poseen, del sentimiento puro que alberga cada uno de ellos en sus corazones, y aprovechar el triunfo no para que se envanezcan, no para pensar que ya todo ha terminado, sino para empezar a mejorarse. Yo les digo a los rebeldes que ninguno de nosotros sabemos nada todavía y que tenemos mucho que aprender (APLAUSOS). Porque si ellos hicieron lo que hicieron sin saber nada, ¡cuánto no podrá esperar la patria cuando sepan más de lo que saben hoy! (APLAUSOS.)

Y decía que con los rebeldes tenemos que ser más duros, para que no se malogren. Los conozco muy bien, porque no en balde tuve una participación muy importante en la moral, en el espíritu caballeroso que se les creó a nuestros combatientes, porque lo que hicimos los primeros, fue lo que hicieron los demás. Y como siempre se nos vio que a un herido no se le matara en el suelo, porque eso era una cobardía, como siempre se vio que al hombre rendido e indefenso no se le asesinaba, como nunca se escuchó una palabra de ofensa, porque no tiene mérito ofender a un hombre cuando está desarmado —y los que habíamos sufrido esas humillaciones en una estación de policía no podíamos ser capaces de hacerle eso a los demás— (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES), llegó a convertirse en un sentimiento de orgullo y un honor, para cualquier jefe de las fuerzas rebeldes y para cualquier rebelde, hacer tres prisioneros y traerlos vivos allí, y coger los heridos y cuidarlos. Aquello se convirtió en uno de los orgullos más grandes de nuestros combatientes (APLAUSOS). ¡Y esa línea no fue violada en un solo caso durante toda la guerra!

Yo puedo referirme —por ejemplo— a una anécdota. En cierta ocasión, después de un combate victorioso por nuestra parte, a raíz de la huelga del 9 de abril, fueron hechos prisioneros ocho soldados enemigos heridos —heridos y prisioneros, algunos no estaban heridos. Un capitán nuestro —que hoy es Comandante. No, él no es Comandante; fue el Capitán Angelito Valdés, que murió valientemente cuando la última ofensiva; su hermano es Comandante hoy, tan valiente como él y tan combativo como él— ocupó las armas, tomó prisionero a los heridos y a algunos soldados más, porque él había atacado por la retaguardia a la patrulla enemiga que había caído en una emboscada nuestra. Recoge a los prisioneros heridos y los mete en una camioneta —eso era cerca de Estrada Palma—; de repente se le aparecen dos avionetas dándole vueltas. Entonces él, como llevaba a los prisioneros, los dejó arriba del camión, y les dijo: “háganles señas, háganles señas”. Entonces él hizo como que iba para Estrada Palma, andando a pie los caminos para poderse marchar, y para llevarse a los heridos. Llegó al Cerro Pelado, a cuatro kilómetros de Estrada Palma.

Se arrimó lo más posible a Estrada Palma, y la avioneta arriba. Entonces, recogió los fusiles, con otros compañeros más, y se llevó las armas bajo el fuego de la avioneta (APLAUSOS).

En ese momento, las avionetas lanzaron granadas de mano sobre la camioneta, produciéndole la muerte a casi todos los prisioneros aquellos, a aquellos ocho.

Se corría entonces el rumor —que llegó a mis oídos—, de que el Capitán Núñez Verdecia había dado muerte a aquellos heridos prisioneros, a aquellos prisioneros. Aquello me produjo a mí un sentimiento de verdadera angustia porque habiéndose portado valiente en el combate, y siendo un compañero estimado por todos nosotros, yo no podía hacer otra cosa que aplicarle el más severo castigo si hubiese violado nuestras normas, y sobre todo el dolor que me producía la posibilidad de que él tuviera la culpa.

Y empecé inmediatamente a investigar lo que había ocurrido, hasta que pude comprobar la verdad totalmente y sin la menor duda. Pero hubo en aquel hombre unas palabras que valían más que todas las demás pruebas. Cuando yo lo llamé y le dije: “Capitán Verdecia, he oído decir que lo que ocurrió allí fue que usted, cuando tuvo que abandonar la camioneta, mató a los prisioneros. El entonces me explicó: “mire, dos hombres tuvimos que cargar los ocho heridos bajo el fuego de los aviones, íbamos delante, me hirieron” —porque lo habían herido—, “¿cree usted que en esas circunstancias yo me podía detener a matar a los prisioneros? Pero, sobre todo, ¿cómo iba a matar a los prisioneros, si yo venía orgulloso con mi camioneta llena de prisioneros y de armas?” (APLAUSOS.)

Y aquello siempre fue una verdad: el orgullo de los rebeldes era ser caballeros. ¡Jamás se golpeó un prisionero!; algo más: ¡jamás se golpeó a un chivato! Y, sin embargo, no hubo necesidad de hacer nada de eso para ganar la guerra.

Esto demuestra que si en medio de una guerra bélica, en medio de una guerra donde nosotros teníamos todas las desventajas, al enemigo, al espía, cuando había que fusilarlo se le fusilaba; pero jamás se le golpeaba, ni se le insultaba. Si no fue necesario emplear procedimientos malos en medio de la guerra más adversa que haya podido librarse —como fue esta guerra en los primeros tiempos—, ¿qué necesidad puede haber en la paz de levantar la mano? ¿Qué necesidad puede haber en la paz de torturar a nadie, ni de golpear a nadie, ni de insultar a nadie? (APLAUSOS.)

Por eso yo sé que en el futuro nunca más un ciudadano será vejado por un agente de la fuerza pública, que nunca más un ciudadano será torturado, porque las medidas van a ser muy drásticas con el que haga mal uso de la autoridad; tampoco andar con fusiles por las calles; ahora sí, porque todavía quedan unos confidentes y que hay que mantener el orden hasta el momento de la consolidación de la Revolución.

El pueblo ha tenido que sufrir mucho la insolencia y los atropellos de los hombres armados. En la calle no tiene que haber un fusil, los fusiles no sirven más que para intimidar a la ciudadanía. ¿Qué es eso de un guardia rural con un machete, un revólver 45, un fusil, una canana, y todos esos andamiajes, como si estuviera en una guerra, en plena paz? ¿Para meterle miedo a quién? (EXCLAMACIONES.) ¿Es que acaso para que el pueblo se comporte decentemente y civilizadamente, tiene que vivir bajo el miedo, tiene que andar un tipo con ametralladoras, fusiles y cananas, con la fuerza, como si se tratara de delincuentes o de presidiarios? (EXCLAMACIONES.) Cuando un militar no esté de servicio tiene que dejar el fusil en el cuartel; los fusiles están en los cuarteles. Y en los cuarteles no van a estar solamente los fusiles de los militares, van a estar los fusiles del pueblo también, porque cuando haya que pelear, el pueblo también va a pelear (APLAUSOS).

Y hay que darle armas para que se defienda, porque el pueblo ha demostrado que sabe pelear, y sabe pelear mejor que cualquier soldado del mundo (APLAUSOS).

Tenemos que acabar con todas esas lacras y todos esos vicios, para empezar, porque después tenemos que continuar; esto no es nada más que para empezar. Pero por lo pronto hay que darle una garantía al pueblo de que, en lo adelante, las armas estarán a su servicio (EXCLAMACIONES); de que, en lo adelante, nunca más en su vida un ciudadano sin armas va a ser agredido por un ciudadano con armas, porque de ahora en adelante todos somos ciudadanos, nada de civiles y militares (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES).

Y esa es la primera base de la Revolución. Porque aquí, ¿qué pasó con el machadato? ¿Que hubo una revolución? Yo he oído a mucha gente hablar de la revolución, la revolución, pero ¿qué revolución? ¿Qué pasó? Pues pasó lo que quiso hacer Cantillo aquí el otro día, si nosotros le hubiésemos dado oportunidad (APLAUSOS); pasó porque el general Herrera, uno de sus generales, le dijo a Machado que se fuera y puso a un Carlos Manuel de Céspedes allí, un Carlos Manuel de Céspedes que instauró un gobierno allí, descolorido por completo. Y entonces, ¿qué pasó? Aquello no era una revolución, duró unos cuantos días nada más, y el 4 de septiembre vienen los soldados, se alzan contra los oficiales, y se quedan con el poder en la mano. ¿Eso es lo que dicen que es revolución? (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”) No. Los sargentos se alzaron, apresaron a los oficiales y tomaron ellos el poder. Tenían los fusiles en la mano, el pueblo no tenía nada; dejaron a algunos que siguieran con su revólver por la calle los primeros días, y después se los fueron quitando uno a uno. ¿Y qué hicieron? Que cuando el gobierno revolucionario llevaba tres meses, cuando el gobierno revolucionario empezaba a realizar su tarea, se reunieron sargentos —Pedraza, Batista y compañía—, y quitaron al gobierno revolucionario. Once años estuvimos soportando a Batista aquí. Dieron unas elecciones en el año 1944; después de la guerra mundial, hay una corriente de opinión internacional a favor de la democracia y Batista —no es que se vaya— se repliega; deja sus amigos en Columbia y en la Cabaña, esperó a que se desprestigiara un poquito el Poder Civil, y volvió, se instaló en Columbia y empezó a dar órdenes tranquilamente, ¡y se acabó! Siete años de tiranía, ¡pero por fortuna los últimos! (APLAUSOS) Porque los hombres que van a tener los fusiles de ahora en adelante no son amigos de nadie. Y yo empiezo por decir que no tendré más amigos que aquel que cumpla con su deber (APLAUSOS); que jamás apañaré abusos y sinvergüencerías.

¿Para qué queremos nosotros la fuerza si tenemos el pueblo? (APLAUSOS.) Nadie debe albergar la menor suspicacia por el hecho de que a los revolucionarios, que a un revolucionario, se le haya encargado la tarea de organizar a los Institutos Armados de la República (APLAUSOS). A nosotros la fuerza no nos interesará nunca, y les voy a decir por qué, y a mí en particular entre mis compañeros, y quiero aclararles, porque me interesa mucho aclarar mi posición.