Discurso Pronunciado En El Resumen De La Asamblea Extraordinari

Chapter 1

Chapter 14,120 wordsPublic domain

<< Autor: Fidel Castro

Compañeros telefónicos:

Ya sabemos que estos tiempos son difíciles... (EXCLAMACIONES DE: (“¡No se oye!”) Sí, ustedes me van a oír si guardan silencio.

Estos tiempos ya se sabe que son difíciles para todos —no voy a decir los oradores, porque yo no soy orador—, para todos los que tenemos que tratar con el público, porque, entre otras cosas, a veces uno no ve al público: cuando no son las cámaras, son las luces. Pero yo no me siento molesto, yo comprendo que es una necesidad prestar ese servicio para las demás personas que no asisten a este salón; pero, además, porque antes lo llevaban a uno, en otros tiempos —yo no vivía en aquellos tiempos, pues me refiero al siglo pasado— los hombres públicos le hablaban a un grupo determinado de personas, y les hablaban a las personas que estaban presentes. Y hoy, cuando se asiste a un acto, de repente le ponen unos cuantos micrófonos y unas cuantas cámaras de televisión, y le está hablando uno a un millón, un millón y medio, dos millones de personas. Si se equivoca, por casualidad, como me pasó el otro día, cuando estaba un poco ronco y pedí coñac (RISAS), en el mismo momento en que estaba haciendo una campaña por consumir productos nacionales (RISAS); pero yo pedí coñac, yo no dije si español o si cubano, yo estaba pensando en un coñac cubano, porque también hay coñac cubano (APLAUSOS); pero, la próxima vez pedirá ron (APLAUSOS).

Desde luego, eso no quiere decir que estoy haciendo una campaña a favor de que tome más el pueblo, no; digo, si le toca tomar como a mí, cuando está ronco —único caso en que hago uso de esa medicina—, pues entonces que tome ron (RISAS). Por lo menos, que tome cualquier cosa, pero que sea cubana.

Eso fue lo que me pasó, y el resultado es que todo el mundo se dio cuenta. Porque óiganme, para ver las cosas malas que uno hace, ¡son más personas a ver! Y enseguida pues me di cuenta de que todo el mundo... Y de Santiago me mandaron un montón de telegramas, ¡esos sí que no perdieron tiempo en advertirme el problema! Pero, bueno, aunque yo no tengo la culpa de lo que pasó ese día, yo cargo con la culpa.

Y decía que eso demuestra cómo tiene uno que tener un cuidado fantástico en todo lo que hace, y mucho más en estos tiempos, en que además de luces, cámaras y micrófonos, le ponen 2 millones de personas delante para hablarles. La responsabilidad nuestra es por eso muy grande. Pero, ¿qué se va a hacer? Tenemos que ajustarnos a estos tiempos, que son tiempos revolucionarios en la técnica y que, por lo menos en Cuba, van a ser también revolucionarios en las demás cosas.

Esta reunión de hoy tiene para nosotros un significado extraordinario. El hecho de que, precisamente, sean los obreros telefónicos los que hayan organizado este acto de respaldo a las nuevas tarifas telefónicas, y en apoyo de la intervención revolucionaria de la Compañía de Teléfonos, tiene para nosotros una importancia grande, significa, antes que nada, el éxito de la medida revolucionaria.

No se han reunido aquí los usuarios, precisamente; se han reunido los obreros y los empleados que trabajaban en esa Compañía de Teléfonos. ¿Qué quiere decir? Quiere decir, antes que nada, el patriotismo de los obreros telefónicos, porque un grupo, un sector de obreros que no estuviese en esa actitud patriótica, estaría más bien defendiendo el alza de tarifas, con la esperanza de cobrar mejores salarios en un momento dado (APLAUSOS).

Y el hecho de que sean los obreros y empleados telefónicos los primeros en respaldar con entusiasmo esta medida, habla muy alto de la clase obrera cubana, y habla muy alto del pueblo cubano. Esos gestos generosos, esos gestos desinteresados, esos gestos ejemplares, solo se ven en el pueblo, porque solo el pueblo es capaz de ser generoso, solo el pueblo es capaz de sacrificarse por la patria (APLAUSOS).

Lejos de mirarla con temor o con tibieza, los obreros han respaldado la medida, ¡y en qué grado! Baste un ejemplo que voy a citar aquí, y es el siguiente: cuando se acordó la medida revolucionaria, calculamos que la adaptación de los tragarreales a traganíqueles iba a durar 48 horas, pues bien, ¡los obreros que trabajan en esas operaciones hicieron el trabajo en ocho horas! (APLAUSOS.) (DEL PUBLICO LE DICEN: “¡En cuatro horas!”) ¿En cuatro? ¡Ese récord ya no hay quien lo rompa! (RISAS.) Es una marca mundial la que establecieron los obreros ahí.

¡En cuatro horas convirtieron cuatro mil quinientos setenta y cinco tragarreales en traganíqueles! —el pueblo de La Habana se quedó asombrado—, ¡en cuatro horas solamente! ¿Cuándo se pudo contar con un entusiasmo semejante? ¿Cuándo se pudo contar con una eficacia semejante? ¿Y por qué? ¡Ah!, porque aquellos obreros comprendieron que en ese esfuerzo no estaban sirviendo precisamente a aquella compañía que no tenía la menor consideración con el pueblo; se dieron cuenta de que estaban sirviendo a su pueblo (APLAUSOS), que estaban ayudando a la Revolución, que estaban cooperando con el Gobierno Revolucionario (APLAUSOS). Por eso nosotros no vacilamos en tomar la medida, porque teníamos fe en los trabajadores.

Nosotros tenemos la suerte de ser hombres de fe, que creemos en el pueblo, no de palabras, sino de hechos, y cada vez que hemos ido a hacer algo con el pueblo, siempre nos ha salido bien, siempre. Otros no tienen fe en el pueblo, otros creen que los pueblos son rebaños, a los que no hay que tomar en consideración para nada. Y esos, sí, han tenido algún éxito hasta ahora, pero se les acabó el éxito para siempre, por lo menos en Cuba (APLAUSOS). (El público presente protesta por las cámaras y luces que le impiden ver bien.)

Sí, pero es que hay mucha gente que está viendo la televisión. Bueno, hay que resignarse. Todos los problemas no se pueden resolver enseguida. Si llamamos a los telefónicos las quitan enseguida de ahí —pero no queremos, porque hacen falta las cámaras—, en cuatro segundos. Pero yo sé que, miren, son también obreros y técnicos como ustedes, los que están trabajando las cámaras, y los pobres están muy apenados por eso (APLAUSOS).

Ese gesto de los obreros telefónicos, convirtiendo en cuatro horas todas las alcancías de La Habana, es la garantía del éxito de la intervención. Pero no se limitará a eso. Con la misma rapidez con que quitaron los tragarreales, van a ampliar las líneas telefónicas. Porque ustedes saben que una de las promesas que se le hizo al pueblo, uno de los argumentos que se empleó, es de que había un gran número de líneas que había que tender, y una gran demanda de teléfonos. Pero van a cumplirse dos años desde aquella traicionera concesión, y el plan de ampliación, el famoso plan de ampliación, está retrasadísimo. Ahora vamos a ver, cuando los obreros, por el interés de hacer quedar bien al Gobierno Revolucionario, se lancen a, de verdad, hacer un plan de ampliación y prestarles servicios telefónicos a las decenas de miles de familias que lo han solicitado. Y no solamente van a trabajar los obreros que están actualmente prestando ese servicio, sino que vamos a darles empleo a cientos de obreros más (APLAUSOS). Vamos a llamar a trabajar a cientos de trabajadores (APLAUSOS).

Así le vamos a demostrar al pueblo cuánta razón teníamos en adoptar esta medida, y lo que es una administración revolucionaria, y lo que es un Gobierno Revolucionario. Porque no solo se va a lograr la rebaja que estaba demandando el pueblo, sino que, además, se va a mejorar de veras el servicio y se va a prestar el servicio a las decenas de miles de familias que, desde 10 y hasta 12 años, han pedido aquí teléfonos y no se lo han servido. Una compañía que tenía el monopolio de poner los teléfonos aquí, y no le daba la gana de poner teléfonos. Y puso algunos teléfonos solamente a costa de que le establecieran un sistema de tarifas onerosas, y consiguió esa tarifa el mismo día que se logró la más encarnizada matanza, la más sangrienta matanza de revolucionarios que se hizo en La Habana: ¡nada menos que el 13 de marzo! Y ese día, aquella compañía no tuvo inconveniente ninguno en decir: “¡Gracias, Batista!”, porque le había concedido aquella onerosa concesión, sobre la sangre de aquellos jóvenes que murieron el 13 de Marzo, hace dos años.

Por eso, para nosotros no hay satisfacción mayor, al cumplirse los dos años de aquel heroico esfuerzo dirigido por José Antonio Echeverría, por los estudiantes universitarios (APLAUSOS); al cumplirse los dos años de la muerte alevosa de aquel paladín de la lucha contra los abusivos precios de los teléfonos que fue Pelayo Cuervo Navarro (APLAUSOS), que al cumplirse los dos años, ya no estará en vigor la onerosa concesión que se escribió sobre su sangre.

Ahora podrán decir lo que quieran. Pero eso demuestra, una vez más, que lo peor que puede hacerse nunca es actuar de espaldas a los intereses del pueblo. No sé si se quejarán, pero sí puedo decir que hemos sido demasiado generosos: nos hemos concretado a cancelar aquella concesión y a intervenir la compañía; una compañía que ni siquiera tenía realmente permiso legal para operar, una compañía cuya concesión se habla vencido, una compañía que nunca rindió cuentas, una compañía que ni siquiera era fiscalizada en los servicios que prestaba, que le podía pasar los servicios al pueblo cobrándole 30, 40, 50, 60, ¿y quién iba a reclamar en aquellos tiempos de Ventura, de Pilar García, de Carratalá, etcétera, etcétera, etcétera?

Esa era la situación del pueblo de Cuba frente a los abusos de la Compañía Telefónica, hasta el momento en que se dictó la medida revolucionaria. Algunos se preguntaban, impacientes, que qué pasaba. Desde luego, siempre hay el impaciente que cree que esto es un paseo de rosas, que esto es una tarea fácil. Hay mucha gente que tiene en la cabeza un poco de lo que le enseñan a través de las novelas, en los cuentos de hadas y en las películas, que todo siempre termina bien y todo siempre parece muy fácil, y no tiene ni la menor idea de las dificultades con que se tiene que encontrar un gobierno que viene a dirigir una república que tiene 50 años de desorden, de contradicciones, de desgobiernos, de privilegios; donde todo se ha hecho bajo el signo del privilegio, de la injusticia, de lo absurdo, con las consecuencias que tenemos hoy. Y, además, una república que se edificó sobre cuatro siglos de colonia. Y sobre esa base que ni siquiera fue removida, porque aquí, cuando el país logró su independencia tuvo que edificarla sobre la base de la colonia, sin destruir aquellos cimientos; sobre una base colonial creció este injerto republicano que a nosotros nos ha tocado ahora gobernar, por suerte, con la colaboración del pueblo, sin la cual estimo que sería virtualmente imposible esta tarea.

Y en todos los órdenes que se mire nos encontramos con el mismo problema. Si vamos a la industria azucarera —para no citar más que un ejemplo— nos encontramos que estamos produciendo hoy la misma cantidad de azúcar que producíamos hace 30 años y que, sin embargo, ahora las maquinarias necesitan menos trabajo humano; y que tenemos, por otro lado, que en cada central azucarero no solamente están los trabajadores de hace 30 años, sino los hijos y en algunos casos hasta los nietos también, sin que haya aumentado el empleo, sino que más bien ha disminuido, y casi se ha triplicado el número de personas que necesitan trabajo en los centrales azucareros.

Las cañas están cultivadas mediante procedimientos arcaicos. Y, por ejemplo, en cualquier país del mundo, algunos países, como Hawai, con una tierra no tan fértil como la nuestra, producen por caballería 250 000 arrobas de caña, mientras que nosotros producimos un promedio de 45 000. Las tierras no producen lo que deben producir, mientras unas 200 000 familias cubanas no tienen tierra. Y la agricultura nuestra está retrasada en unos 3 000 años, ¡la agricultura nuestra tiene tres mil años de retraso!

No solo eso, sí usted va al Estado se lo encuentra completamente hipertrofiado. Al Estado cubano no hay ni por dónde empezar a mirarlo ni por dónde empezar a entenderlo, porque semeja un pulpo con un centenar de brazos, entre ministerios, departamentos autónomos, organismos de todas clases, y lo peor es que cargado de personal, sobrecargado de personal.

Las cajas de retiro son una cosa absurda, nunca se siguió una política con el retiro y el resultado es lo que pasa en algunas cajas. Hay 15 000 obreros del transporte, por ejemplo, jubilados; se necesitan 12 millones —si no me equivoco, puede ser que hasta más— para pagar esas jubilaciones. Las jubilaciones, en la empresa más importante, no se cobran; están, de hecho, esas deudas aplazadas, condonadas, tienen unos tratos ahí para no pagar más nunca.

Las compañías de transporte urbano —cosas que no las entiende nadie!—, primero, los tranvías los convirtieron en autobuses, los autobuses los convirtieron en Metropolitana, la Metropolitana se la dieron, o se la regalaron —no se sabe lo que hicieron— a la Compañía de Ómnibus Aliados, los Ómnibus Aliados quitaban autobuses y ponían ómnibus de otras clases. Y ya ustedes ven cómo anda todo eso: una serie de ómnibus con unos letreros que dicen que están muy viejos, que no sirven, que los cambien. ¡Y una de problemas...! Y, sobre todo, unos 1 200 obreros desplazados; hace siete años que están desplazados. ¿Y dónde van a encontrar trabajo?, si aquí cada día eran más los que crecían y tenían necesidad de trabajo y menos el trabajo que había.

Y el problema de los autobuses sin resolverse, que lo vamos a resolver también; que vamos a resolver el problema de esos 1 200 desempleados, como estamos resolviendo otros problemas; ¡que vamos a resolver el problema de los alcoholeros que están sin trabajar también, porque hoy mismo se firmó ya una ley disponiendo que se elabore alcohol absoluto, para darles trabajo a cientos de obreros! (APLAUSOS.)

A los obreros de los autobuses los lanzaron a la calle, ¡y ahí te va!, no les importó más nada; a los obreros alcoholeros, pues también los lanzaron a la calle. ¡Cuestiones de negocios entre ciertos intereses productores de combustibles y el gobierno!

Y así, dondequiera que se ponga la vista se encuentra usted el caos, la ruina: las cajas de retiro repletas de bonos del BANDES, del BANFAIC. Si se anularan esas deudas, se acababan de arruinar todas las cajas de retiro. Y las pusieron allí, y les llevaron el dinero en efectivo a las cajas de retiro y les pusieron esos bonos; y ahora nosotros tenemos que cargar con esos bonos. Y el dinero de esos bonos lo malbarataron, lo malgastaron en cosas, en obras, que no eran más que negocios; construían la mitad del valor, si acaso, de lo que costaban las obras, y la que tendrá que pagar el pueblo con intereses. Por eso es que no hemos tenido muchas contemplaciones en ocupar los bienes de esas compañías que se dedicaron a lucrar con ese negocio de las construcciones, sencillamente.

Yo quiero ponerles un ejemplo nada más de algunas cosas de las que pasaban aquí: hace unos días, pasando por uno de esos establecimientos de la CENCAM, que es uno de los tantos organismos que hay aquí que no los entiende nadie, me encontré que había unas máquinas de cortar arroz, que en la época de cosecha se las arrendaban a los cosecheros; pero se las arrendaban no a los cosecheros pequeños, sino a los grandes cosecheros, a los que podían comprar las máquinas, a los amigos de toda aquella gente que estaba aquí en el poder. Cada máquina la vendieron a 120 000 pesos, ¡y no valía ni diez mil! Al Estado se la cobraron unos 110 000 pesos más o menos por encima del precio, de lo que valían las máquinas. Así, por el estilo.

El Estado cubano tenía una cantidad de tierra fantástica; desde luego, al Estado cubano apenas le queda tierra, se la tragaron los geófagos y los latifundistas. Y yo digo que aquí, realmente, los legítimos propietarios de las tierras eran los indios que encontró aquí Diego Velázquez cuando desembarcó. Pero bueno, no hay que asustarse tanto, que no vamos a hacer una revisión tan amplia del problema de la tierra (RISAS). Solamente estoy diciendo una verdad: que aquí no se explica que si se hace una república y se derroca a un gobierno colonial que regía el país, pues siguieran teniendo vigencia las leyes de la colonia. Aquellas mercedes de tierras las concedió el Rey de España. Y después que la Revolución derrocó aquí al Rey de España, ¿por qué las leyes del Rey de España siguieron teniendo vigencia en Cuba?

Lo que les quiero decir es que en todos los órdenes, y la tierra entre otros, no se vio otra cosa que el privilegio, la imprevisión, la falta de sentido patriótico, la falta de visión política. Si nos trasladamos del campo a la ciudad, nos encontramos el problema de la ciudad.

Hoy nosotros estábamos haciendo los cálculos sobre el problema de los alquileres. Nos encontramos que hay unas 200 000 familias que pagan alquileres de 10, 12 pesos. ¡Esas no pagan alquileres, esas son las familias que viven en las cuarterías! Lo curioso es que después de tantos años haciendo edificios, haciendo edificios, haya en La Habana una cantidad enorme de familias que viven hacinadas, en las peores condiciones higiénicas, en las peores condiciones materiales. ¡Para esa gente nunca construyó nadie! Yo no dudo que mañana, pues aparezcan unos cuantos escritos hablando de la “injusticia” en que ha consistido la rebaja de los alquileres (APLAUSOS). Pero es lo cierto que aquí nadie construyó nunca casas para el pueblo, nunca se acordó nadie aquí de la mayoría de la población, que está viviendo en los solares, en esas casas de tres y cuatro pisos, viejísimas, donde el agua no aparece, donde no caben las familias. ¡Nunca se construyeron casas para esas familias! Porque se construían casas y más casas, y resulta que uno de los países del mundo donde se paga más alto porcentaje de la renta por los alquileres es Cuba; un porcentaje fantástico de dinero que se sustrae de la circulación, de dinero que no va a parar al comercio ni a la industria, porque sencillamente se lo tiene que quitar de su sueldo la familia para pagarlo a fin de mes.

Nos encontramos que aquí los obreros tienen que pagar alquileres de clase media, y la clase media tiene que pagar unos alquileres altísimos, y sin esperanzas, y si viven 40 años están 40 años pagando alquileres; amortizan tres veces la casa y de la casa no les toca nada, ni un ladrillo (APLAUSOS).

En el juego se invertían 100 millones de pesos todos los años, ¡cien millones de pesos invertía el pueblo!, que iban a parar a manos de los banqueros, del policía, del capitán, del ministro, del presidente, de todo el mundo, y le extraían al pueblo 100 millones de pesos. Si desde el inicio de la república hubieran hecho un Instituto de Ahorro y Viviendas, como el que hemos hecho nosotros, pues, hoy tendríamos una población donde cada ciudadano sería dueño de su propia casa. ¿No les parece que sería muy bonito eso? (APLAUSOS.)

Llegamos aquí y nos encontramos con que es incalculable el número de personas que pagan alquileres, e incalculable el número de millones que se pagan en alquileres. Ya sé lo que nos van a decir: que se van a paralizar las construcciones. Los obreros de las construcciones no tienen nada que temer; la paralización fue estos días, porque claro, asustado todo el mundo aquí, sin razón, pues paralizaron las construcciones.

Una de las causas que nos ha movido a tomar más rápidamente esta medida ha sido precisamente la paralización de las construcciones. Precisamente, estábamos tratando de ganar tiempo mientras organizábamos el Instituto de Ahorro y Viviendas para construir y resultó que estaban paralizadas las construcciones. Y entonces dijimos: “Bueno, pues no se puede esperar, porque de ese dinero que se paga en alquileres, hay que liberar una parte para que vaya a parar al comercio y a la industria y para que las familias mejoren de estándar de vida.” Esto ha equivalido a un aumento general de salarios en todas las familias que pagaban alquileres (APLAUSOS).

Los obreros no tienen que preocuparse, se van a construir ahora más casas que nunca antes (APLAUSOS). Ya hay, por Obras Públicas, por ejemplo, 5 000 obreros trabajando en La Habana; dentro de poco comenzará a trabajarse en La Habana del Este, y pronto habrá allí otros 10 000 obreros construyendo La Habana del Este (APLAUSOS). No solo eso, se concede una exención de impuestos durante 10 años a todo el que construya una casa para vivirla él (APLAUSOS). Y desde luego, si los edificios que están paralizados no continúan construyéndose, entonces el Ministerio de Obras Públicas se encargará de terminarlos de construir (APLAUSOS).

Así que pronto, en vez de tener el número de obreros que había antes en las construcciones, vamos a tener el doble y, además de eso, muchas familias van a pagar la mitad de lo que pagaban de alquiler (APLAUSOS). Así que la contracción esa se va a acabar; días más o días menos, pronto la contracción se acaba.

¿Y qué decir de lo que se iba en los teléfonos? ¿Qué decir de esas familias que estaban pagando ya 50, 60 y 70 pesos? ¿Y qué decir de todo el que tenía que hacer varias llamadas? ¡Porque ya hasta los amores habían disminuido en La Habana, con lo caro que estaba el teléfono! (APLAUSOS.) La cantidad de dinero que se libera, dinero que, por supuesto, nadie lo va a guardar en el banco, porque todo el que ha vivido aquí en una casita de alquiler, y tiene que pagar a fin de mes el alquiler, la luz, el teléfono, el refrigerador a plazos, los muebles a plazos, el gas, el bodeguero, el carnicero, el tintorero, el limpiabotas —porque hay quien le pide fiado al limpiabotas también—, y algo que oigo aquí mucho: el garrotero (RISAS). ¿Cómo podía alcanzarle el dinero a nadie aquí? ¿Cómo podía alcanzarle el dinero? Aquí no le alcanzaba el dinero a nadie. Y eso de garrotero me luce como un fantasma, algo así como un cuco, al que el pueblo le tiene un miedo terrible.

Hace rato que estamos rompiéndonos la cabeza, de ver cómo resolvemos el problema del garrotero, porque yo digo: hacemos organismos de crédito; incluso los bancos están dispuestos a hacer préstamos personales, con determinada legislación, a bajo interés (APLAUSOS). ¡Magnífico! Pero es que me dicen que el garrote es algo ya como un vicio y que, aunque haya organismos de crédito, les piden a este organismo, al otro, al otro y, al final, caen en manos del garrotero también (RISAS). Bueno, yo no entiendo mucho de eso, ¡porque a mí ni el garrotero me fiaba! La verdad es que nunca tuve trato con esa gente.

Pero si se hacen organismos de crédito para evitar que el pueblo vaya a parar en manos del garrotero y el pueblo sigue cayendo en manos del garrotero, ¡aquí no va a quedar más remedio que fusilar al garrotero! (RISAS Y APLAUSOS.) No voten, no vayan a votar a favor del fusilamiento de los garroteros, porque ya veo que aquí levanta la mano todo el mundo. No, no, no. No vamos a asustar al garrotero, lo que vamos a tener que tomar algunas medidas contra el garrotero. ¡Es que no le hace un favor a nadie! Es que, sencillamente, es el peor parásito. Me perdona si hay algún garrotero por ahí (RISAS), y no vaya a pensar que yo le tengo ninguna mala voluntad personal; el problema es que está acabando con el pueblo. Es algo así como un verdadero buitre el garrotero. Y el problema es que una de las ventajas del garrotero es que presta “a la carrera” a los clientes conocidos, a los que son buena paga.

Realmente, de alguna manera hay que ponerle fin al garrotero. Entre otras cosas yo propongo que no se le pague al garrotero (APLAUSOS). ¡Hay que arruinar al garrotero! Hay que arruinar al garrotero, porque está visto que si establecemos un organismo de crédito y el garrotero sigue, la única manera de que no haya garroteros es arruinándolos.

(DEL PUBLICO LE DICEN: “Ya se hizo rico.”) Bueno, pero pueden perder algo ahora (RISAS).