Discurso Pronunciado En El Parlamento De Caracas Venezuela El

Chapter 3

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Por lo tanto, el pueblo tiene también que castigar a los intrigantes y a los calumniadores, y la recomendación que yo les hago a los obreros de la Shell es precisamente el boicot; la recomendación que yo le hago al pueblo es el boicot contra los intrigantes, contra los calumniadores, contra los Otto Meruelos y los Díaz-Balart de la nueva etapa (APLAUSOS). El boicot que le recomiendo al pueblo es que no les presten ningún favor a los que desde ahora se les están viendo sus intenciones malévolas, sus intenciones cobardes y sus intenciones ruines. ¡Lo que le recomiendo al pueblo es que no los lean! (APLAUSOS.)

¿Tenemos derecho o no tenemos derecho a usar esta arma? (EXCLAMACIONES DE: “¡Sí!”) Esta arma sí. No la censura, ¡no! La censura no, de ninguna manera, eso va contra los principios; pero sí tenemos un derecho y es pedirle al pueblo, que cree en los hombres que se han sacrificado por él, que no los lean, pedirle al pueblo que no los lean. Eso es lo que le pedimos al pueblo. No los censuramos, pero les hacemos algo peor que la censura (APLAUSOS).

Yo no quiero hacer ataques específicos, no quiero hacer ataques específicos porque no; no quiero lanzar ataques específicos, no quiero aplastar a nadie. Que el pueblo, que es inteligente; que el pueblo, que es despierto; que el pueblo, que es listo; que el pueblo, que sabe dónde están sus intereses y dónde están los intrigantes y los ruines y los enemigos de la Revolución que usan mil pretextos so capa de libertades —de libertades que debieran hacer un uso digno y patriótico de ellas—, que el pueblo se encargue de saber y de discernir quiénes son aquellos a los que no debe leer. ¡Ese será el castigo!

Eso es peor que una censura, porque en la censura se quiere escribir, hay interés en lo que uno va a escribir y no lo dejan escribir. Y esto es peor, porque el individuo escribe, habla, y nadie le hace caso (RISAS Y APLAUSOS).

Como el ataque, para ser un ataque oído por el pueblo, tiene que ser un ataque justo; como para mucha gente este es un pueblo de oposicionistas sistemáticos —se han olvidado que no es que el pueblo haya sido un pueblo oposicionista sistemático, sino un pueblo de malos gobiernos sistemáticos, un pueblo de malos gobiernos sistemáticos, y, en consecuencia, sistemáticamente ha sido oposicionista el pueblo—, vamos a admitir que todos no lo estén haciendo bien en el gobierno. ¿Pero por qué le van a echar la culpa al que no la tiene? ¿O el hecho de haberme sacrificado aquí como el que más le da derecho a los demás a que me echen la culpa de todo? ¡Que me echen las mías, que ya tengo bastante con eso —porque no soy infalible y puedo cometer muchos errores—, pero que no me echen las culpas de los demás! Porque vuelvo a repetir que ni soy hombre fuerte, ni doy órdenes, ni soy mandón, ni soy dictador aquí. Que les echen la culpa a los que la tengan.

Así que el arma del pueblo contra esos intrigantes es esa.

Parece —como decía— que se han equivocado. Porque yo estoy seguro de que este es un pueblo justo, y yo estoy seguro de que este pueblo, mientras vea que los hombres están tratando de cumplir con su deber, que se están agotando y se están consumiendo en el solo empeño de cumplir con su deber, seguirá respaldándolos y seguirá otorgándoles su confianza y su simpatía (APLAUSOS).

¡Que se castigue al que no cumple, pero que se respete al que cumple! No se pide más. No pido elogios, no pido aplausos; pero lo menos que tengo derecho a pedir es que se respete a los que cumplen, que se respete el pudor, que se respete el honor, que se respete la vergüenza y que se respete la dignidad de los hombres.

Por eso, aunque tengo mucho que trabajar, aunque tengo muchas cosas que hacer, aunque tengo el deseo de hacer muchas cosas por mi patria —porque no soy el gobierno, pero soy el que impulsa, impulso leyes revolucionarias, como estoy impulsando hoy la reforma agraria y como habré de impulsar muchas leyes revolucionarias, porque esa es mi misión, no dar órdenes, no mandar; ¡no!, yo no soy un dictador: yo soy un hombre que le hablo al pueblo, yo soy un hombre que defiendo una tesis y la llevo adelante con el pueblo, con la palabra, con la razón. Yo no voy a los ministerios, yo voy a la plaza pública y digo al pueblo: Creo que esta medida es buena (APLAUSOS)—, aunque tenga mucho trabajo también y aunque tenga enemigos gratuitos, detractores que le han salido a uno sin saber uno ni por qué (EXCLAMACIONES DE: “¡Envidia!”), tengo al pueblo. Y el arma contra esos malintencionados, contra esos intrigantes, es el arma del desprecio.

Para el pueblo, ¡no leerlos! Recomiendo al pueblo que esté muy alerta y observe quién hace una crítica sana, y a ese sí leerlo, porque el que hace una crítica bien intencionada el pueblo lo sabe también. Y observar quién está haciendo un ataque sistemático, porque ese está defendiendo Dios sabe qué intereses, ese está defendiendo el regreso de Masferrer, de Ventura, de Batista y de toda esa gente aquí (EXCLAMACIONES DE: “¡Fuera!”). Y a esos lo que tiene que hacer el pueblo es no leerlos.

Y aparte de estas consideraciones, que sepan, además, que nos vamos a defender, porque ya el colmo es que ni quieren que uno hable. Tiene uno que hablar para orientar al pueblo, tiene uno que hablar para despejar de la mente del pueblo muchos prejuicios, tiene uno que hablarle al pueblo para tenerlo alerta. Entonces lo que critican es que hable, ¡critican que hable!

Otros quieren que nos afeitemos, les estorba nuestra barba. ¡Y yo digo que no nos afeitamos hasta que aquí no esté la Revolución hecha! (APLAUSOS), aunque les duela la barba.

Estas barbas no crecieron en un parque, estas barbas no crecieron en una playa de verano, estas barbas no crecieron paseando de turistas por el extranjero. ¡Estas barbas crecieron en las montañas más altas de Cuba, con un fusil al hombro! (APLAUSOS.) Y si los soldados de la tiranía no pudieron cortárnoslas, mucho menos podrán cortárnoslas los intrigantes y los mentecatos (APLAUSOS).

Quieren que nos cortemos las barbas porque ellos no tienen barbas, quieren que nos cortemos las barbas para que andemos igualitos que los demás y se destruya el mito, o el mito no, vamos a llamarle la leyenda —ellos le llaman mito, nosotros le llamamos leyenda—, para que se destruya el símbolo. Quieren destruir el símbolo de la Revolución, y qué casualidad que lo mismo que piden algunos aquí adentro es lo que están pidiendo nuestros enemigos de afuera que dicen que quieren que nos cambiemos la camisa y que lo que quieren es que nos afeitemos; eso es lo que quieren (EXCLAMACIONES DE: “¡No!”)

Dicen que la camisa está sucia, y yo digo que no me importa, que yo no vine aquí a la capital de la república a vestirme de frac ni de smoking y que, por lo tanto, me pongo esta camisa que es barata, y no necesito dinero para comprar más ni le tengo que robar a nadie (APLAUSOS).

Y que sepan los enemigos de la Revolución que vamos a tener una pelea de frente, que nosotros tenemos todas las armas, pero no las usamos porque las tenemos para defender, incluso, el derecho de los que nos atacan; sin embargo, haremos uso del derecho que ellos tienen, que es el derecho también de exponer nuestras razones, el derecho de esgrimir nuestros argumentos y el derecho de desenmascarar aquí a los enemigos de la Revolución, porque hay quien ha dicho que lo de contrarrevolución es una fábula. ¡Qué bonito! Entonces los ataques que le han hecho a la Revolución Cubana desde el extranjero son una fábula; entonces el mitin del millón de personas para defender la justicia revolucionaria es una fábula; entonces las amenazas de agresión e intervención en Cuba son una fábula; entonces la United Fruit Company no va a protestar cuando hagamos la Reforma Agraria, y aquí nadie va a protestar, porque es una fábula la contrarrevolución.

Entonces la granada de mano que asesinó en la procesión de El Cobre a tres ciudadanos e hirió a 40 ó 50, lanzada por un ex soldado de la tiranía, es una fábula también; entonces la Revolución no tiene problemas, la Revolución no tiene enemigos, según ellos es una fábula.

Hay mucha coincidencia entre los enemigos externos de la Revolución y los enemigos internos. Los enemigos externos, que son los más poderosos, tienen su quinta columna dentro, tienen sus Díaz-Balart y sus Masferrer aquí adentro haciendo de las suyas porque, figúrense, hay libertades absolutas. Ahora, lo que sí no lograrán es que nosotros suprimamos las libertades.

Nuestras intenciones con respecto al pueblo todo el mundo las conoce. Todo el mundo sabe, incluso, que nosotros queríamos que por las calles no hubiera ni policías. Era lo que queríamos, porque comprendo el odio que han despertado los policías; sin embargo, nos vemos en la necesidad de adoptar medidas más cuidadosas para evitar los robos y para evitar la delincuencia, consecuencia natural de la cantidad de gente que está pasando hambre en la calle. Por lo tanto, la delincuencia hay que combatirla fundamentalmente con medidas de tipo social, y no nos quedará más remedio que tener policías en las calles, no nos quedará más remedio, no para que le den golpes ni palos a nadie, sino para que no se roben los automóviles y no se robe en las casas.

¿Que no lo hayamos logrado en esta etapa? Todo el mundo sabe que fue una intención honrada y que si no lo hemos logrado hoy lo lograremos mañana, pero nosotros sacamos la policía de la calle. Ese es un empeño que vamos a realizar también, si no es hoy será en el futuro, cuando aquí todo el mundo trabaje y cuando la delincuencia se haya reducido al mínimo en este país. Entonces tal vez sea posible aquello de que los boyscouts puedan cuidar el tránsito. De todas maneras, incluso en aquellos casos en que no hemos logrado lo que pretendíamos, hemos hecho, por lo menos, el esfuerzo y el esfuerzo bien intencionado.

Así que lo que no haremos es sacrificar las libertades. Vendremos al pueblo a pedirle que coopere con nosotros; vendremos a los trabajadores azucareros y a los trabajadores industriales a decirles que cooperen con nosotros, y les diremos: Ahora no conviene huelga, aunque tengamos que hacer sacrificios. ¿Por qué? Porque en estos momentos a los enemigos de la Revolución lo que les interesa es que la economía se paralice, y por eso algunas empresas, sobre todo empresas azucareras extranjeras, hacen toda la resistencia posible para crear los conflictos.

Nosotros tenemos que decirles a los trabajadores que en la Revolución como en la guerra hay momentos en que hay que replegarse algo para después avanzar más, en que hay que renunciar a algunas demandas para después pedir más.

En este momento si nos paralizan la zafra, si los enemigos de la Revolución logran, mediante su intransigencia frente a las demandas obreras, paralizarnos la zafra, le harían un tremendo daño al país. ¡Calculen lo que sería si el gobierno se viera sin recursos para pagarles a los maestros, a los empleados públicos, para pagarles la comida a los soldados rebeldes, para pagar todos los servicios! Se crearían infinidad de conflictos, y entonces esos que están emboscados, esos que están buscando pretextos para atacar a la Revolución, en vez de un cintillo dedicarían 10 a atacarla, y en vez de cintillos de una pulgada o dos los pondrían de 10 pulgadas para atacarnos.

De por sí son muchos los problemas que se suscitan porque hay libertad, hay libertad absoluta, y algunos abusan, incluso, de esa libertad, no saben hacer uso de ella y crean infinidad de problemas descabelladamente, olvidándose de que este no es problema de un grupito, sino un problema colectivo, un problema de toda la nación. Por eso hay dificultades. Pero, sobre todo, si las dificultades que tuviéramos nosotros fuesen de orden económico porque no podemos hacer la zafra, entonces calculen cómo los enemigos se ensañarían contra la Revolución; por lo tanto, en estos momentos, puesto que la tiranía es derrocada a principios, cuando la zafra va a empezar, no habiendo dispuesto de tiempo ni el gobierno ni los trabajadores para organizar la zafra de una manera estudiada, de una manera justa, nos encontramos con la circunstancia de que las lluvias están apenas a dos meses de distancia y tenemos que producir 5 800 000 toneladas. Eso lo saben esos intereses y, como saben nuestro interés, se mantienen intransigentes.

Pero yo digo que las ventajas que ellos tienen este año son las ventajas que vamos a tener nosotros el año que viene. Las ventajas que ellos tienen este año, que están discutiendo cuando ya la zafra empezó y la lluvia está cerca, las tendremos nosotros el año que viene cuando empecemos a discutir en el mes de septiembre y la zafra esté lejos (APLAUSOS).

Ahora, la demanda a la que deben sumarse todos los trabajadores, tanto los trabajadores industriales como los trabajadores azucareros, es la demanda de la Reforma Agraria, porque esa es la que permitirá precisamente elevar el estándar de vida de todos los trabajadores industriales y de todos los trabajadores azucareros. Y resolverá el tremendo problema del desempleo si acompañamos la reforma agraria con una reforma arancelaria y con otras leyes revolucionarias, que vendrán una detrás de otra, una detrás de otra, porque todas juntas es un error.

Nosotros no atacábamos todos los pueblos juntos en la Revolución. Atacábamos uno primero y después otro y después otro, y ganábamos las batallas una tras otra. Concentrábamos nuestras fuerzas en un punto y después en otro.

Ahora yo le digo al pueblo que hay que concentrar las fuerzas en un punto: en la reforma agraria. Entonces tratar de que el país funcione, evitar el mayor número posible de problemas, porque no es este el momento adecuado.

La huelga es un arma que debe de usarse en el momento adecuado, no en el momento en que puede perjudicar al propio pueblo y a la propia Revolución, por las circunstancias en que nos encontramos. No es que nosotros vayamos a olvidar las demandas de los trabajadores, porque no hemos hecho esta Revolución para defender intereses de los poderosos. Digo aquí que esta Revolución la hemos hecho para defender los intereses de los humildes (APLAUSOS), y que la estrategia correcta ahora es evitar el mayor número de conflictos posibles, aunque tengamos que sacrificarnos ahora, porque los sacrificios de ahora serán compensados con creces pronto.

Nosotros le pediremos la ayuda al pueblo. Libertades no sacrificaremos. ¿Suspender el derecho de huelga? ¡No! ¿Suspender la libertad de prensa? ¡No! ¿Suspender la libertad de reunión? ¡No! ¿Suspender la libertad de manifestación? ¡No! Esta Revolución tenemos que seguirla adelante con todas las libertades (APLAUSOS), pero pidiéndole al pueblo colaboración, pidiéndoles colaboración a todos los sectores; que comprendan que será en detrimento de la Revolución, en detrimento de sus propios intereses el que llenemos el país de conflictos, y que hay que tener calma. Por todas esas cosas que deseamos, si hemos tenido que esperar siete años, ¿por qué no vamos a esperar unos meses? Si hemos tenido que esperar siete años por la fuerza, ¿por qué no vamos a esperar unos meses por las buenas, más cuando sabemos que todo lo que piden se lo vamos a dar? (APLAUSOS.)

Así que he aprovechado esta ocasión para hablarles no solo a los de la Shell, sino al pueblo. Tomé como ejemplo el caso de los trabajadores que habían venido planteando el problema pacientemente muchas veces, cómo yo discutí con ellos. Cuando me explicaban su problema de que estaban al borde de la quiebra, estaban al borde de perder sus trabajos; que, además, estaban ganando bajos salarios, indiscutiblemente que se nos presentaba un problema muy difícil, muy difícil, y era el problema de que mientras por un lado existía una ley revolucionaria, mientras por un lado el presidente de esta empresa había sido el promotor de las ventas de armas a la dictadura, por otro lado estaba el interés de 4 500 obreros que, en su inmensa mayoría, habían ayudado a la Revolución (APLAUSOS); y además, que el problema del boicot era un problema que tenía que decidirlo el pueblo, que era al pueblo a quien había que plantearle ese problema y explicarle la circunstancia de que esos 4 500 obreros cubanos eran los únicos que después del triunfo estaban más tristes que nadie, eran los únicos que después del triunfo, en vez de recibir los beneficios del triunfo, estaban cada día con menos esperanza de poder mantener su trabajo (APLAUSOS), y que los obreros más tristes en medio de la victoria eran los de la Shell; que eso que me planteaban a mí había que planteárselo al pueblo porque el pueblo era el que tenía que decidir sobre la cuestión, hablarle claro al pueblo.

Aquí está, por un lado, la compañía cuyo presidente causó este daño al país; están, por otro lado, los 4 500 obreros que ayudaron a la Revolución y que resultan, sin quererlo, los más afectados no solamente antes de la guerra sino incluso después de la guerra, y con un problema que amenaza no tener solución.

Entonces yo les decía: Pero es que tiene que haber una base para pedirle al pueblo que suspenda el boicot. Nos encontramos, por un lado, que el gobierno inglés no se había tomado ni siquiera la molestia de dar una explicación; que el gobierno inglés, a cambio del daño moral que le había hecho al pueblo de Cuba, no había tenido ni un solo gesto con el pueblo de Cuba.

Se sabe, incluso, que Cuba tiene una serie de intereses comerciales con Inglaterra; se sabe, incluso, que Cuba tiene que venderle azúcar a Inglaterra, que nos conviene que Inglaterra nos compre azúcar. Y el problema amenazaba con crear daños mayores, debido, precisamente, a que frente a un pueblo agraviado, un gobierno que tuvo culpa no había tenido la menor preocupación en desagraviar al pueblo.

Frente a ese hecho también se presentaba una circunstancia que es cierta, y es que hubo miembros del Parlamento inglés, hubo periodistas ingleses y hubo, en fin, mucha gente que en Inglaterra protestó contra la venta de armas, hubo mucha gente que en Inglaterra defendió el punto de vista de los revolucionarios cubanos.

Así que, por un lado, teníamos la conducta del presidente de la empresa, y, por otro lado, la conducta del gobierno, a contrapelo incluso de la opinión pública de Inglaterra.

Nosotros tenemos que conducir el país hacia un camino que nos permita salvar nuestras grandes dificultades, salvarlas siempre sin sacrificar un átomo de honra, porque esa es la línea que nosotros tenemos que seguir en el orden internacional, ¡nuestra soberanía plena, nuestra soberanía absoluta, nuestra autodeterminación más completa! (APLAUSOS), sin que ello implique que nosotros irresponsablemente, con conseguir esa línea, vayamos a estar tratando de crear problemas con todo el mundo. ¡No! Nuestra política tiene que ser de amistad con todos los pueblos del mundo, y nuestra política tiene que ser de venderles a todos los pueblos del mundo. ¡Al que nos compre le vendemos! (APLAUSOS.)

Con esto quiero decir que tenemos que encarar el futuro con un criterio realista y teniendo en cuenta nuestros problemas. No es la primera vez, y muchas veces se nos presentará el conflicto entre el ideal y la realidad. Decía Ingenieros que había dos clases de idealistas: el idealista romántico y el idealista realista; que el idealista realista era aquel a quien las lecciones de la experiencia no le mataban la fe sino que lo enseñaban.

Nosotros tenemos, por ejemplo, un caso: el que se nos presentó con el juego en los casinos.

Nosotros dijimos siempre que estábamos contra el juego que iba contra la economía popular: el juego que explotaba al pueblo, al trabajador, al agricultor. Que a nosotros no nos importaba defenderles los bolsillos al millonario americano ni al millonario cubano —si lo querían gastar en la ruleta que lo gastaran, allá ellos—, sobre todo, cuando ese dinero que se gastaba el millonario nosotros lo podíamos recoger para dárselo al pobre.

Pero lo que no podíamos permitir es que nadie viniera a explotar al pueblo. Ni los garitos, ni el juego; incluso, la lotería la vamos a cambiar, ya la estamos cambiando completamente, y el individuo que compra billetes, en vez de un jugador, aunque no quiera, es un ahorrador porque, aunque no quiera, se le devuelve el dinero con intereses al cabo de cinco años. Por lo tanto, ya no se le explota (APLAUSOS). En vez de explotársele, se le hace un bien: se le convierte en un ahorrador.

Se nos presentó con los casinos el problema siguiente —la realidad, porque esta es la realidad, ¿quién no quisiera acabar incluso con el juego en los casinos, verdad? (RISAS.) Quisiéramos, ese es un ideal, y yo espero que algún día lo logremos. Ahora se dice que si empezamos por ahí terminamos por allá; claro, de todas maneras hay que tratar de hacer alguna crítica, pero la gran realidad es que es muy fácil escribir en un despacho, olvidándose de que hay aquí de medio millón a un millón de desempleados y cientos de obreros que trabajan en los centros de diversión: en los cabarets, en los casinos, en los restaurantes, en los hoteles—, porque yo me encontraba al obrero de hotel, y decía: “Oye, esto es un problema, nos vamos a quedar sin trabajo, no hay turistas.” Y el otro decía: “Oye, esto es un problema.” Todos, miles de obreros me planteaban, llenos de angustia, el problema.

Yo llegué a la convicción de que nuestras condiciones económicas actuales no nos permitían el lujo de suspender el juego en los casinos. Yo dije: Bueno, podemos gastarnos ese lujo, pero vamos a tener 10 000 obreros haciendo manifestaciones por la calle, protestando, porque tienen hambre.

¿Subsidio? ¿Pero de dónde vamos a sacar subsidio, si aquí tenemos que pagar todos los millones, las deudas, los intereses? Porque si nosotros decimos que no pagamos las deudas, viene una ruina aquí total.

También sería muy bonito decir: “No pagamos las deudas ni los intereses de los empréstitos que se hicieron.” Si decimos eso se arruina aquí todo el mundo, se arruinan todos los bancos.

Yo creo que moralmente también pudiéramos decir: “No vamos a pagar lo que Batista recibió prestado.” ¡Ah!, eso es muy moral, ¿por qué no se plantea? ¡Ah! Yo estoy seguro de que, cuando se plantee eso, saltan muchos de los que combaten ahora el juego en los casinos. Saltan, porque saben que se arruina el país, y hasta la comida de ellos la ponen en peligro; pero como ahora se trata de la comida de miles de obreros de los hoteles, de miles de obreros que estaban trabajando en eso, que el Estado no está...

Es que el dinero de la “botella” tiene que dedicarse en este momento a hacer casas a los campesinos, señores; ¡tiene que dedicarse a hacer obras! (APLAUSOS.) ¿Vamos a dedicarlo al subsidio? Los obreros no van a querer subsidio. Los obreros son contrarios a la política del subsidio. Subsidio en casos de imprescindible necesidad, cuando ya no quede más remedio. Pero nadie quiere vivir de limosnas. El obrero quiere ganarse su sustento trabajando, y es contrario, yo sé que es contrario, a la política del subsidio. Además, ¿a cuántos habría que subsidiar? Bueno, a todos los empleados de los casinos, a todos los músicos, a todos los artistas, a todos los hoteleros, a todo el mundo habría que subsidiar aquí. Sería interminable la lista de subsidios.

Entonces, conclusión: yo creo que me considero tan puro como el más puritano en materia moral, tan enemigo del juego como el más puro en este país. ¡Me repugna! (APLAUSOS), nunca he entrado en una ruleta de esas. Le tengo odio, personalmente se lo digo (APLAUSOS); sin embargo, tiene uno que pensar que hay miles de obreros que están desesperados. Como me dijeron en una reunión: “Hace 20 días que no comemos”, y de eso hace otros 20 días; por lo tanto, creo que son 40.