Discurso Pronunciado En El Parlamento De Caracas Venezuela El

Chapter 1

Chapter 13,971 wordsPublic domain

<< Autor: Fidel Castro

Compañeros obreros de la Shell:

Es necesario que expliquemos al pueblo el objeto de nuestra presencia aquí.

Los hechos que la motivan tienen su origen en acontecimientos que ocurrieron durante el proceso insurreccional contra la dictadura que oprimía a nuestro pueblo. Fue por los meses finales de la guerra, en instantes en que aún la lucha era dura y difícil, ocasión en que llegaron a Cuba rumores de que la dictadura de Batista estaba gestionando la adquisición de grandes cantidades de armas a Inglaterra, entre ellas los aviones tipo Sea Fury, que se consideraban de gran volumen de fuego y de alguna eficacia para las tareas de ametrallamiento y bombardeo.

Hacía tiempo que pugnaban por un lado los compradores de armas de la dictadura, y por otro los miembros del Movimiento 26 de Julio y de la oposición revolucionaria en general, tratando de sabotear todo tipo de compraventa de armas por parte de la dictadura en cualquier país extranjero.

Mucho fue lo que a todos nos preocupó la operación que se estaba llevando a cabo entre la dictadura de Batista y las fábricas de armas inglesas. Se llevó a cabo una gran campaña para tratar de persuadir al gobierno de Inglaterra de que no le vendiese armas a Batista.

Cuando incluso ya en Estados Unidos, abastecedor tradicional de armas al ejército de Cuba, habían decretado el embargo de las mismas, se presentó Inglaterra como vendedora de armas a la dictadura. Naturalmente que aquello no solo produjo preocupación, sino, más que preocupación, indignación en todos los sectores revolucionarios, particularmente en los hombres que nos encontrábamos levantados en armas, por cuanto conocíamos el daño que la aviación realizaba sobre todo en la población civil.

A ningún arma se tuvo nunca tanto odio como se tuvo contra la aviación. Los rebeldes veíamos a los aviadores de la dictadura como los peores elementos, como los más cobardes, porque, conociendo que nosotros carecíamos de armas antiaéreas, podían ametrallar y bombardear a su antojo, tanto a nuestras columnas como a la población civil, sin que nosotros pudiéramos responder el fuego.

Nuestros hombres tenían que conformarse con disparar sus fusiles contra los aviones que, en la mayor parte de los casos, eran disparos inútiles, porque carecían de eficacia frente al blindaje, por ejemplo, de los B-26 y otros aviones de combate.

No concebíamos cómo era posible que Inglaterra, un país que había tenido que soportar los primeros bombardeos masivos durante la Segunda Guerra Mundial, un país que se ganó las simpatías y la admiración del mundo por su resistencia frente a los ataques de la aviación alemana, un país que vio tantas manzanas de casas destruidas en Londres y en Coventry, un país que vio tantos niños y mujeres víctimas de los criminales bombardeos, permitiese tranquilamente que las fábricas de armas inglesas abasteciesen a un dictador sanguinario y cruel, precisamente en los días finales de su régimen.

Nos vimos en la necesidad de tomar medidas para tratar de paralizar la venta de armas. No teníamos nosotros otro recurso a que acudir, por cuanto todas las demandas razonadas, todas las explicaciones, todos los llamamientos hechos por distintos voceros de la Revolución al gobierno de Inglaterra habían sido inútiles.

Decidimos hacer un pronunciamiento declarando que, si se llevaba a efecto la venta de armas y aviones a la dictadura, los rebeldes confiscaríamos todas las propiedades inglesas. No teníamos otro recurso al que acudir en aquellos instantes, sino simplemente a una promesa que iba a gravitar sobre los intereses de los súbditos ingleses.

Era indiscutible que si el gobierno de Inglaterra era indiferente a la tragedia que estaba sufriendo el pueblo de Cuba, no podía ser también indiferente a los intereses de sus propios súbditos.

La medida era ciertamente drástica, la medida podía ser discutida, podía considerarse incluso qué grado de culpabilidad podían tener los ciudadanos ingleses por la política de su gobierno. Pero se presentaba la circunstancia de que el principal director, el presidente de la más importante compañía o de la más importante inversión inglesa en la isla de Cuba era precisamente quien estaba realizando las gestiones en favor de la adquisición de armas para la dictadura.

Hasta nuestros oídos llegó la noticia de que era el señor Julio Iglesias el principal promotor de esa venta de armas y, por tanto, un representante de una compañía inglesa o en la cual ciudadanos ingleses tienen una parte considerable de las acciones, quien estaba sirviendo de promotor a esa venta de armas. En consecuencia, se lanzó el boicot contra los artículos de la Shell, como represalia contra las gestiones que realizaba el señor Iglesias.

Nuestras advertencias fueron inútiles. Un día supimos que habían llegado los primeros aviones ingleses a Cuba; que incluso habían llegado pilotos ingleses para entrenar a los aviadores cubanos en el manejo de esos aviones, y en consecuencia, nos vimos en la necesidad de cumplir nuestra promesa, dictando una ley en la cual se declaraban expuestos a la confiscación o confiscables todos los bienes de ciudadanos ingleses en Cuba.

La medida naturalmente que tenía su razón no en un problema de orden económico, sino en un problema de orden político. No es que estuviese en nuestro programa revolucionario la confiscación de los bienes de un país extranjero invertidos en el país, sino que era una medida de represalia frente a una agresión de la que no teníamos otro modo de defendernos.

No se puso en práctica de inmediato. Resultaba incluso en muchos casos duro ponerla en práctica. Nos encontrábamos ciudadanos ingleses que tenían algunas pequeñas fincas en el territorio libre y que habían colaborado con la Revolución, que eran amigos de la Revolución, y a nosotros nos resultaba realmente duro ir a privarlos de sus bienes por culpa de la política que había seguido el señor Iglesias, presidente de la Shell; por tanto, la medida, aunque tenía carácter legal y aun tiene carácter legal, no llegó a aplicarse de manera efectiva.

Los acontecimientos subsiguientes ocuparon por entero nuestra atención. Estábamos decididos a combatir contra todos los obstáculos, y, a despecho de los aviones y de las armas que habían llegado, seguimos adelante la lucha.

Durante aquel tiempo apenas quedaba otra cosa en qué pensar que no fuese en las actividades puramente bélicas.

Ocurrió el desenlace con la caída de la tiranía. Los días y las semanas subsiguientes fueron para todos nosotros de extraordinario trabajo. Nos vimos en la necesidad de defendernos de otras agresiones, amenazas de agresiones más graves todavía, amenazas de carácter económico e incluso de intervención armada como consecuencia del castigo de los criminales de guerra; nos vimos en la necesidad de dedicar gran parte de nuestro tiempo a responder los ataques y a responder las calumnias de que se estaba haciendo víctima a la Revolución Cubana, y así iban transcurriendo los días, mientras infinidad de problemas se iban suscitando en otros aspectos de la vida nacional.

En varias ocasiones se acercaron a nosotros los obreros de la Shell —los obreros de la Shell, donde el Movimiento 26 de Julio tenía un gran número de simpatizantes, donde la mayoría eran simpatizantes del Movimiento 26 de Julio y ayudaron al Movimiento 26 de Julio (APLAUSOS)—, se nos acercaron para decirnos que el boicot estaba haciéndoles un daño extraordinario como consecuencia de la rebaja de la venta; que con motivo del boicot otros trusts y monopolios extranjeros se estaban beneficiando (APLAUSOS), y que incluso esos trusts y monopolios, que no eran muy dados a apoyar medidas revolucionarias, en cambio apoyaban el boicot de buenísima gana (APLAUSOS); que había 4 500 obreros dependiendo del salario que ganaban en esta empresa y que, de continuar el descenso en la venta de esos productos como consecuencia del boicot popular, serían lanzados a la calle.

No una sino muchas veces se acercaron a mí para pedirme ayuda. No fueron en forma multitudinaria, no declararon ninguna huelga de hambre, no crearon ningún problema social (APLAUSOS), no intentaron crear trastornos al Gobierno Revolucionario, no abusaron de la libertad que con tanto sacrificio se ha conquistado. Una y otra vez, pacientemente, se acercaron a mí, a pesar de las dificultades que significaba para ellos por el enorme cúmulo de personas que trataban de verme todos los días: unas para problemas serios como este; otras, en muchos casos, por razones de afecto desinteresado; y otras, por simples boberías o por inconciencia, olvidándose del gran cúmulo de trabajo y de problemas y de preocupaciones que pesan sobre cada uno de nosotros.

Los obreros de la Shell comprendían que yo no podía tener la culpa de todos y cada uno de los problemas que existen en este país; comprendían que yo no podía tener la culpa de los errores de otros; comprendían que yo soy un hombre y no un Dios (APLAUSOS); que yo no puedo estar en todas partes; que yo no puedo responsabilizarme con todas y cada una de las actividades de los demás, y que como revolucionario, lo que he tratado simplemente —antes, ayer, y trataré siempre— es de cumplir con mi deber, hacer todo lo que esté humanamente al alcance de mis manos; dedicar todas las horas del día, si es necesario, al esfuerzo de enderezar a nuestra patria hacia senderos mejores de felicidad (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS); que yo no me he cruzado de brazos un solo día; que no he ido nunca a divertirme a un cabaret; que en muchas ocasiones me ha sorprendido el día atendiendo a cuantas personas han venido a verme, tratando de resolver cuantos problemas gratuitamente se me presentaban, porque querían que yo resolviera todos y cada uno de los problemas que se suscitasen en cualquier rincón del país.

Les agradezco que tuviesen eso en cuenta, porque parece como que muchos se olvidan; parece como si muchos estuviesen empeñados en demostrar que no somos dignos de la libertad que hemos conquistado; parece como si muchos estuviesen empeñados en destruir esta obra que tanto bien parece prometer a nuestra patria.

Realmente, si me preguntaran hoy cuál es el sentimiento que más me embarga, yo diría que es un sentimiento de decepción; de decepción de tipo personal, no respecto al futuro de nuestra patria, porque yo sé que por encima de todas las amarguras y de todos los obstáculos esta obra se llevará adelante, sé que por encima de todas las incomprensiones e inconciencias esta obra se llevará adelante; lo que duele es que un país recién salido de siete años de tiranía, que un país cuyo destino se ha frustrado tantas veces, que un país que tiene hoy la más extraordinaria oportunidad que haya tenido nunca ningún pueblo de América, se vea amenazado por tantos factores de desintegración, de irresponsabilidad y de desorden.

A veces se pregunta uno si quedan algunos cubanos que no han comprendido el minuto que estamos viviendo, si quedan algunos cubanos que no comprenden la responsabilidad que sobre todos y cada uno de nosotros pesa, si quedan algunos cubanos que no comprendan que el fracaso de la Revolución sería el fracaso de todos, que en un proceso revolucionario tan hondo como este no caben términos medios, que un proceso revolucionario como este llega a la meta o el país se hunde en el abismo, que o avanzamos cien años o retrocedemos cien, que una recaída en el pasado sería la peor suerte y la suerte más indigna que pudiera caberle a un pueblo como este.

Me pregunto si no se dan cuenta del daño que le pueden hacer al país; si no se dan cuenta que aquí, después de la sangre que ha corrido por el medio, después de las cabezas de los criminales que han rodado, no puede haber término medio posible entre el pasado y el presente, ni puede haber término medio posible entre el triunfo o el fracaso de la Revolución.

Leo todos los días los periódicos, leo todos los días todas las opiniones que se escriben. Me resulta más fácil leer la prensa que oír la radio o ver la televisión, porque un periódico se lee en un avión, en un automóvil, antes de dormirse, al levantarse, en cualquier esquina; y a los hombres cuando tienen un trabajo permanente e intenso, como el que yo tengo, se les hace muy difícil sentarse a hora fija para escuchar un programa de radio o de televisión.

Trato de palpar constantemente el estado de ánimo de la opinión pública, trato de conocer el pensamiento de cada cual, trato de conocer lo que se lee y lo que se escribe sobre cada problema. Vigilo atentamente todo lo que a la opinión pública se refiere, porque en nuestra filosofía política la opinión pública es el factor decisivo.

Nosotros, que tenemos hoy todas las armas de la república en nuestras manos; nosotros, que tenemos un ejército victorioso cada vez mejor organizado, nunca pensamos en esos elementos como elementos de poder, nunca pensamos en que nuestra fuerza se pueda sustentar en las armas o en la fuerza material.

Mi permanente preocupación, mi constante preocupación, mi única preocupación es la opinión pública. Para hombres de convicciones profundas como las nuestras, para hombres que tienen una fe tan elevada en su pueblo, que tienen un concepto tan alto de la dignidad del hombre, la opinión pública lo es todo, la opinión pública es el factor más poderoso y decisivo de la Revolución.

Hemos dicho que esta Revolución se diferencia de todas las revoluciones del mundo, entre otras cosas, porque es la primera revolución, en el sentido cabal de la palabra, como transformación profunda de los sistemas en que hemos vivido; es la única revolución en el mundo que se está haciendo con un respaldo del 95% del pueblo.

Otras revoluciones en la historia universal —revoluciones, no golpes de Estado, no revueltas— (APLAUSOS) han sido obra de minorías audaces, de avanzada, que impusieron sus leyes revolucionarias con el apoyo de la fuerza. En otras revoluciones a través de la historia, para llevar a cabo cambios sustanciales en el orden social, las minorías revolucionarias han tenido que aplicar la violencia, las minorías revolucionarias han tenido que aplicar el terror frente a los intereses creados, han tenido que imponer a viva fuerza las leyes revolucionarias.

Nosotros si hemos aplicado la violencia no es a los intereses que en el orden social puedan estar resultando perjudicados por las medidas revolucionarias; si hemos aplicado la fuerza fue contra los que detentaban el poder. Ha sido contra los criminales de guerra, porque era imprescindible castigarlos; o sea, se están castigando hechos del pasado (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS), se está aplicando la pena severa de la ley contra aquellos que de un modo bárbaro violentaron los más sagrados derechos humanos; pero a partir del día primero nuestra política revolucionaria, nuestro método revolucionario tan pronto cayó la tiranía, fue poner a un lado las armas, guardar los tanques que le arrebatamos al enemigo, guardar los aviones, y utilizar la gran arma, la única arma legítima: ¡la opinión pública, la voluntad mayoritaria del país! Porque aquí lo que se hace cada día es interpretar el sentimiento mayoritario del país.

Nuestros procedimientos, ¿cuáles son? El respeto absoluto a las libertades, el respeto absoluto a los derechos humanos, el respeto absoluto a la persona humana.

Por muy revolucionarias que sean las leyes que nos proponemos llevar adelante, se hacen sin violar un solo derecho, sin suprimir una sola de las libertades públicas, sin darle un golpe a nadie, sin insultar siquiera a nadie (APLAUSOS). ¡Es una revolución profunda que se lleva adelante, que se está llevando adelante, como no se ha llevado ninguna revolución en el mundo, dentro del respeto más absoluto a los derechos humanos!

Es verdad que hay ciertos artículos de la Constitución que son en estos instantes de imposible cumplimiento, cuando no existen tribunales ordinarios porque se están reorganizando, cuando no es posible soltar a los criminales de guerra para que se nos escapen (APLAUSOS). Como es una demanda del pueblo no solo que se castigue a los criminales de guerra, sino que se castiguen rápido (APLAUSOS), hay algunas garantías de derecho procesal, como el Habeas Corpus, que han tenido que ser suspendidas por un período determinado de tiempo.

Es que se daban algunos casos que no tenían solución. Se nos presentó, por ejemplo, el caso de un señor que estaba acusado de ser confidente y socio de Martín Pérez, que tenía en su casa 100 películas pornográficas, y sobre el cual existían una serie de gravísimas acusaciones. Sus abogados, por obligación de profesionales o entendiendo tal vez que era inocente, presentaron un recurso de Habeas Corpus. Y una sala de justicia, de las que se están reorganizando, accedió al recurso de Habeas Corpus, donde se veía el gobierno en la necesidad de poner en libertad a aquel señor o faltar a la obediencia de un mandato judicial.

Mi criterio en ese momento fue este, yo dije: Bueno, es la orden de un tribunal. Nosotros no nos vamos a desacreditar en el incumplimiento de una orden; aunque sea injusta, aunque sea negativa, aunque sea inmoral tenemos que cumplirla, porque el Ejército Rebelde no se va a desacreditar. Si un tribunal da la orden de soltar a Sosa Blanco, no vacilaríamos (EXCLAMACIONES). Si un tribunal diera la orden de soltar a Sosa Blanco, yo me ajustaría al mismo principio, no desacataría la orden del tribunal. Ahora sí, pediría que fusilaran al tribunal (RISAS Y APLAUSOS).

Les quiero decir con esto que se les pueden presentar a los funcionarios de un gobierno revolucionario, en circunstancias como estas, problemas difíciles y contradictorios. Lo que el gobierno optó, ante esa circunstancia y ante la cantidad de dificultades que podían suscitarse, por suspender el Habeas Corpus durante un período determinado de tiempo.

¿Quería decir ello que se privaba de garantía a los ciudadanos? ¡No! ¿A qué ciudadano pacífico, a qué ciudadano serio, a qué ciudadano por lo que escribe o por lo que habla se le detiene y se le encierra indefinidamente en prisión? ¿Qué ciudadano se siente inseguro en este país? (EXCLAMACIONES DE: ¡Ninguno!)

Si se veía el gobierno en la necesidad de suspender ese precepto, no era por combatir a los adversarios políticos, a los que lo criticaran, por combatir a ningún sector político. No, era exclusivamente para evitar que se escapasen los criminales de guerra o que la justicia revolucionaria se viese entorpecida por procedimientos de tipo leguleyesco, pero no era que privara a la ciudadanía de ningún derecho; sin embargo, esa medida tan necesaria se ha visto expuesta a la crítica.

Yo me pregunto si el Gobierno Revolucionario podía hacer otra cosa.

Y así, la tarea de gobernar no es una tarea fácil.

Si nosotros estuviésemos poniendo a nuestros parientes en los cargos públicos; si nosotros estuviésemos disfrutando de las prebendas y de los gajes del poder; si nosotros estuviésemos echándonos un centavo en el bolsillo; si nosotros estuviésemos haciendo algo que no se ajustase al más estricto y honrado sentido del deber, al más profundo deseo de cumplir con la nación —a la que no le hemos pedido ningún premio por los sacrificios que hacemos, a la que estamos sirviendo desinteresadamente—; si nosotros fuésemos como aquella canalla que en otros tiempos dirigía los destinos de Cuba; si nosotros fuésemos aquellos demagogos, aquellos descarados, aquellos cínicos; si nosotros perteneciésemos a aquella raza de hombres, quizás para nosotros estas obligaciones serían menos amargas.

El hombre honrado tiene un pudor, tiene una sensibilidad, tiene un sentido de la dignidad y del honor. El impúdico, el mercenario, el traidor, no ha de sentirse nunca herido de las críticas que le hagan, no ha de sentirse nunca ofendido por lo que le digan, no ha de saber lo que es la amargura, porque quien no tiene pudor ni tiene dignidad no se puede amargar por nada en este mundo.

Hay muchos que parecen no haber distinguido entre una clase y otra clase de hombres. Hay muchos que están viviendo todavía en la rutina de antaño. Hay muchos que hablan por hablar y escriben por escribir. Hay muchos Otto Meruelos, muchos Díaz-Balart que, bajo la capa de un idealismo que no sienten, bajo la capa de una honradez que no practican, bajo la capa de una lógica que jamás han aplicado a su conducta, hoy parece como si se empeñaran en destruir los valores que la Revolución ha creado; en destruir la fuerza más poderosa con que la Revolución cuenta, que es la fe del pueblo (APLAUSOS); en destruir la fuerza más poderosa con que la nación cuenta, que es su opinión pública.

Si a nosotros como gobernantes nos quitan la opinión pública, no nos quedaría otra alternativa que usar la fuerza para llevar adelante la Revolución o renunciar (APLAUSOS).

Debo aclarar mis palabras, para los suspicaces; esos suspicaces que han aparecido a última hora, superpatriotas, superapóstoles, superpuros, superrevolucionarios (ABUCHEOS). Quiero aclarar que no amenazo. No amenazo, porque mi temperamento, mi idiosincrasia, mi profunda convicción humana, me hacen detestar el empleo de la fuerza para aplicar una medida revolucionaria. Y si en ese caso me viera un día, yo dejaría a otros que la hicieran.

Si la obra que queremos hacer limpia y pura, si la obra que queremos llevar adelante en medio de tantos enemigos y de tantos obstáculos, si la obra que queremos llevar adelante democráticamente con el respaldo mayoritario de la nación no la podemos llevar; si yo soy un equivocado en mi concepción política y he creído que con democracia se puede llevar un pueblo adelante, y he creído que con todas las libertades se puede llevar un pueblo adelante; si yo me he equivocado acerca de la madurez cívica del pueblo cubano y pueden más los mercenarios, los intrigantes, los hipócritas, los Judas y los falsos apóstoles (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡No!”); si esos hombres tienen el poder de engañar y confundir al pueblo; si esos hombres tienen el poder de poner en tela de juicio la integridad de cada uno de nosotros; si esos hombres que durmieron tranquilamente todas y cada una de las noches de los siete años de tiranía, si esos hombres que nunca estuvieron en una mazmorra o en una estación de policía, si esos hombres que tal vez contaron con la protección de los amos de turno, si esos hombres que no tuvieron nunca la enemistad de los Pilar García, ni de los Chaviano, ni de los Ventura, ni de los Batista, si esos cómodos paladines de las libertades —cuando están ya conquistadas (APLAUSOS)— pueden más en el ánimo del pueblo que los hombres que se han sacrificado, que los hombres que saben lo que es la celda solitaria y los años de cárcel; si pueden más en el ánimo del pueblo algún día que los que... ¡Para qué hablar! ¡Para qué hablar de méritos, cuando hay tantos hombres sin méritos que no hacen más que esgrimir sus escasos y tal vez inventados servicios a la patria!

Si esos hombres —en dos palabras— pudiesen más algún día en el ánimo del pueblo que nosotros; si mientras nosotros escalamos de nuevo la Sierra para visitar a los hombres que nos ayudaron, para visitar a los campesinos nobles, ¡porque allá sí hay nobleza! (APLAUSOS), porque debo decir que prefiero mil veces el patriotismo estoico, sereno y noble de nuestros campesinos, al patriotismo vocinglero —que tiene muy poco de puro y de noble— de muchos de los que pululan en la capital de la república.

Me siento mejor, mucho mejor, entre aquellos hombres. Se respira una atmósfera distinta: más sana, más pura. Son hombres de fe, ¡hombres de fe en su pueblo!, y aquel ambiente es mucho más edificante para nosotros que la atmósfera que en nuestra capital han creado o tratan de crear aquellos a quienes Martí llamaba hombres de siete meses, porque no tenían fe en su pueblo. Peores que los que no tienen fe: los que tratan de matar la fe del pueblo.