Discurso pronunciado en el Estadio Universitario, el 13 de marzo de 1959

Part 1

Chapter 14,119 wordsPublic domain (Wikisource)

<< Autor: Fidel Castro

Ciudadano Presidente de la República;

Familiares de los mártires de la Revolución;

Compañeros revolucionarios;

Señoras y señores:

Quedan pocos aquí, ¡pero buenos! (APLAUSOS.) Así nos pasara cuando “la cosa se ponga dura”. Los que tengan frío, los que les entre el frío, ¡se marcharán! (EXCLAMACIONES Y APLAUSOS), ¡y quedarán nada más que los buenos! (APLAUSOS.) Los que estén por “embullo”, ¡se marcharán, y quedarán nada más que los buenos! (APLAUSOS.) Los tibios, los que les gusta que otros lo hagan por ellos, los que les gusta ir a la retaguardia, ¡esos se marcharan también! ¡Quedarán solo los buenos!

Yo sé que los buenos estarán siempre junto a nosotros (APLAUSOS). Y basta basta, porque les puedo asegurar que vale mucho más tener pocos, pero buenos, que tener muchos, pero malos (APLAUSOS).

Hasta ahora la Revolución marcha como sobre rieles, todo va muy bien, no hay problemas. Pero ya quisiera yo ver algunas caras, si esto se pone “duro”; ¡ya quisiera ver yo algunas caras, sobre todo las de esos bombines impenitentes, las de los empujadores, las de los que andan siempre tratando de sacar provecho del beneficio de los demás, las de los que se creen que la Revolución fue un premio de lotería y que no ha costado el trabajo que ha costado conquistar este triunfo!

A veces desea uno que esto se pusiera bueno, y hubiera que pelear bien duro para acabar de saber los que sirven y los que no sirven (APLAUSOS). Yo sé que ustedes nos siguen a nosotros, y a los demás no les quedara más remedio que seguirlos a ustedes, porque hay que tener muy presente que por este camino que hemos emprendido, o llegamos muy lejos o hay que acabar con nosotros en el camino (APLAUSOS); que el tren de la Revolución no tiene marcha atrás, y que la República esta vez se salva de verdad, o se hunde de verdad (APLAUSOS).

Y de más está decirles que tengo la más completa seguridad de que se salva de verdad (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Viva Cuba Libre!”) ¡Y libre de verdad, y soberana de verdad, y democrática de verdad, y revolucionaria de verdad! (APLAUSOS.)

Yo recuerdo que, en medio de aquella alegría general del primero de enero, un sentimiento contradictorio, de tristeza, me embargó aquella mañana. Y no era precisamente porque el señor Cantillo se hubiese instalado en Columbia y hubiese designado a un señor, que ya nadie se acuerda cómo se llama, en la Presidencia de la República, porque nosotros sabíamos que iba a durar lo que un merengue en la puerta de un colegio (APLAUSOS).

La tristeza era por otra cosa. Yo pensaba que la lucha había sido dura, y costosa. Constantemente nos invadía la preocupación de pensar cuántos hombres probados, cuántos oficiales distinguidos del Ejército Rebelde tendrían que caer todavía. Y esa idea era lo que más nos hacía desear el fin de la guerra. Pero también pensábamos que la lucha había sido una escuela extraordinaria, que había sido una fragua de caracteres y de hombres; que aquella lucha dura había servido para ir dejando en el camino a los débiles, a los mediocres, a los incapaces. ¡Los buenos habían sabido resistir!

Y no importaba que algunos de nuestros compañeros físicamente no fuesen hombres fuertes; no importó que alguno, como Ernesto Guevara (APLAUSOS), padeciese de asma, y se ahogase en el camino y hubiese de andar constantemente con un aparato para ayudarle a respirar. Eso no importaba, eran hombres fuertes, eran hombres de carácter; no había montaña lo suficientemente alta para ellos, no había sacrificio lo suficientemente grande que no fuesen capaces de resistirlo, por su voluntad de acero; y recuerdo también hombres fuertes que al tercer día se acordaban de su casa, se acordaban de sus hijos, se acordaban de su familia, y se acordaban de las comodidades del llano, y viraban para atrás (APLAUSOS). Qué tiempos aquellos: ¡de cada 10 se quedaba uno, y a veces ninguno! (RISAS.) Iban a las montañas porque oían fábulas en el llano, y hasta oían decir que teníamos unas cuevas llenas de comida (RISAS), y que teníamos no se sabe cuantos hombres y cuantos fusiles, y pensaban que aquello era un paseo, y salían los hombres de la ciudad y hasta del campo, y cuando llegaban allí y veían “cuatro gatos” que no tenían ni treinta balas por cabeza, que comían un día sí y tres no, que los sorprendía la lluvia y no tenían ni una capa, y tenían que dormir sobre el suelo mojado, que se recostaban en la falda de una loma y se despertaban tres o cuatro metros más para abajo; cuando todavía no habíamos descubierto ni las hamacas, bien que me acuerdo que aquellos que llegaban con la cabeza llena de ideas falsas, regresaban rápidamente para el llano (DEL PUBLICO LE DICEN: “¡Pero quedaron los buenos!”). Fueron apareciendo los buenos, fue apareciendo ese uno de cada diez. Y claro, al final ya había carne, había hamaca, había nylon, había comida, había malanga (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES), y entonces no desertaba nadie.

Desde luego que eso no se puede atribuir exclusivamente a las dificultades físicas, sería un error. También faltaba conciencia revolucionaria, también faltaba fe, también faltaba la confianza en el triunfo, que da mucha fuerza, da mucho ánimo y da mucha entereza. Y cuando hay confianza, cuando hay fe, cuando hay entusiasmo, se resisten mejor las dificultades físicas. Pero también es cierto que tengo la seguridad de que no todos los que después se pusieron uniforme, y hasta unos galones, y todos esos que invadieron a los cuarteles revolucionarios, todos esos que agarraron un fusil el último día, cuando ya no había contra quién pelear (RISAS), yo les aseguro que si hay que ir a las montañas, de cada 10 nos quedan tres. Eso es una verdad (DEL PUBLICO LE DICEN: “Las mujeres vamos.”). Las mujeres sí sé que van (APLAUSOS), porque pelearon y pelearon de verdad, y pelearon con más fervor y con más valor, si cabe, que el promedio de los hombres. Es posible que haya influido en ellas ese amor propio, porque fue una decisión discutida, porque había muchos con prejuicios que decían que no peleaban y había escopeteros que decían que cómo le iban a dar un M-1 a una mujer, mientras ellos andaban con una escopeta. Y yo les decía: “pues van a pelear más que ustedes con ese M-1”. Y fueron y pelearon y ganaron batallas, y se dio el caso en que habiéndose herido el capitán, continuaron solas el combate, y ganaron el combate (APLAUSOS).

Aunque, desde luego, las mujeres que pelearon fueron muy pocas. Les quiero decir que era un pelotón que no ha aparecido mucho en los periódicos, que no se han sacado muchas fotografías, y que están todavía sobre las armas, y que forman el núcleo de la Compañía de Combatientes Femeninas del Ejército Rebelde (APLAUSOS).

Hago la aclaración, porque después de la Revolución he visto muchas fotografías y he visto muchas mujeres también vestidas de uniforme, y he visto muchas historias, y he visto muchas autohistorias de hazañas y de proezas, que me han producido muy mala impresión, porque los verdaderos héroes, las verdaderas heroínas han hablado muy poco después de la Revolución (APLAUSOS), y no han estado, precisamente, por las redacciones de los periódicos. Bueno es señalar estas cosas aquí, porque estas veladas, estos actos conmemorativos debieran ser como un látigo contra los males morales, contra la hipocresía, contra la simulación y contra todo aquello que tienda a mixtificar, falsear o enervar el espíritu revolucionario y la verdad revolucionaria.

Precisamente en días como hoy, en que se habla de los mártires, en que se habla de los muertos gloriosos, en que se recuerda a los que todo lo dieron, en que se homenajea a los que quedaron en la mitad del camino, debe ser la ocasión para fustigar con látigo de acero a los simuladores, a los farsantes, a los oportunistas, a los arribistas, a los descarados (APLAUSOS); a los que, incapaces de sacrificarse en la hora del sacrificio, quieren venir de descarados a llevarse las glorias en las horas de triunfo (APLAUSOS).

Y de esos los tenemos por dondequiera, porque no hay quien pueda defenderse de ellos, porque tendría uno que volverse un detective o un inspector de policía para averiguar dónde se han metido, donde se han colado, cómo han llegado allí, porque se han dado casos de que de buenas a primeras —y desde luego, afortunadamente, son casos por excepción— el peor del pueblo ha sido designado para un cargo importante. Y uno dice: bueno, ¿cómo es posible eso? Y cuando se pone a investigar, por medio de una serie de combinaciones, de relaciones, la oportunidad, el momento, la premura en designar a un funcionario, se las ingeniaron, se las arreglaron para confundir a uno, a dos o tres, y de repente el peor del pueblo designado para un cargo importante.

Así, por ejemplo, pasó en un pueblo, en una ciudad de Cuba, para un cargo importantísimo, me dicen: “hay un señor ahí, que se llama fulano de tal...” (EL PUBLICO PIDE QUE DIGA EL NOMBRE).

¿Para qué?, si es tan pequeña cosa, que no vale la pena cazar tomeguines a cañonazos... (EXCLAMACIONES Y RISAS.) Y cuando me dicen que no lo iban a dejar tomar posesión, les digo: “no, no le pueden impedir que tome posesión, porque no puede interferirse la acción de las autoridades administrativas. Se le permite que tome posesión, y después informan. De ninguna manera violar ese principio de autoridad, y violar ese principio de disciplina. Esperen: porque, claro, si se acepta de que se le impida tomar posesión a un sujeto de estos, cuando por habilidad resulta designado para un cargo, el resultado es que se rompe la disciplina, y luego, en cualquier momento, un agitador cualquiera, un resentido, un aspirante cualquiera se puede valer de la agitación o del pretexto para interrumpir la Administración Pública. Lo que dije: “No. A ese señor, ahora, no por orden de ustedes, que son jefes militares, sino por orden mía, que soy Primer Ministro, no se le da posesión, mientras hablo con el Ministro para que lo destituya del cargo para el cual ha sido designado.” ¿Y saben a quién habían designado? A un señor... No voy a decir cómo se llama porque nadie lo conoce aquí (EXCLAMACIONES). Estábamos nosotros en la Sierra Maestra, éramos un puñado, estábamos desesperados por armas, y ese señor tenía diez armas. Se las mandamos a pedir una vez, y dos veces, y tres veces. Las tenía guardadas para cuando se alzara; y no las mandaba. Hasta que le hice una carta; lo menos que lo califiqué fue de cobarde, de traidor, y que no se le ocurriera alzarse, porque si caía en manos de nosotros iba a parar ante un Consejo de Guerra; cuando a la vuelta de dos meses paso por cerca de ese pueblo, me informan que había sido nombrado para un cargo importante en el pueblo. ¿Y eso qué producía? Cuando el peor del pueblo es nombrado para un cargo, cosa que parece insignificante, y en sí, objetivamente, lo es, porque de eso no va a depender el curso de la Revolución, sin embargo, le mata la fe a todo ese pueblo, porque se pregunta el pueblo: ¿Y cómo es posible? ¿O están tan ciegos que no saben nada, o está tan corrompida la Revolución que este señor ha sido designado en tal cargo? Pues nada. Sin embargo, ni la Revolución está corrompida por eso, ni la gente que la está dirigiendo está ciega. Es que hay gente muy habilidosa, y se cuelan por el ojo de una aguja (APLAUSOS).

Y claro, tiene el Estado tantos organismos, tantos municipios, tantas cajas autónomas, y tantos departamentos, que a menos que tenga usted todo un cuerpo de policía o de investigación para vigilar esas cosas, no hay gobernante que pueda protegerse de esos individuos. La única arma que me ha quedado es la de venir a la tribuna, y por radio y por televisión decir estas cosas, condenar esos errores, para ver si tienen un poco de vergüenza y se van algunos (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES), y para ver si algunos funcionarios tienen un poco más de cuidado para designar en los cargos, porque los hay que han colocado a sus parientes incurriendo en el peor nepotismo, una cosa que hemos combatido tanto y una cosa que hemos criticado tanto.

¿Cuál es la consecuencia? Se da el caso de funcionarios que tienen un familiar que ha sido revolucionario junto con ellos, y lo designan, pero se da el caso de quienes sacaron a los parientes de su casa, que no habían oído ni Radio Rebelde, para situarlos en cargos. No me refiero a los importantes, pero sí en muchos departamentos menores, porque creen que uno no se va a informar de eso, ¡como si todo el pueblo no estuviera aquí con cuatro ojos mirando todo lo que pasa en cualquier parte! (APLAUSOS.) Más valía que los que se han dejado llevar por la debilidad de colocar a parientes que no hayan sido revolucionarios —aclaro: a parientes que no hayan sido revolucionarios—, ¡más valía que los fuesen separando del cargo, antes que tengamos que quitar a toda la parentela junta! (APLAUSOS.) Que la Revolución no se hizo para que aquí nadie incurriese en la vergonzosa debilidad de caer en vicios contra los cuales ha estado luchando esta Revolución (APLAUSOS). (DEL PUBLICO LE PREGUNTAN ALGO AL DOCTOR FIDEL CASTRO).

Se queda ahí, porque aquí esta aprendiendo también. Estudia el domingo por la tarde y por la noche en vez de ir al cine (RISAS Y APLAUSOS). Además... (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO.)

Un examen, ¿de qué? ¿De psicología? De biología. Bueno, ¿y qué hiciste todos estos días anteriores? (EXCLAMACIONES.) La biología que importa ahora es la biología de la Revolución (APLAUSOS). (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO).

Sí, pero él esta llorando de emoción (DEL PUBLICO LE DICEN: “¿Y los que tengan que trabajar mañana?”).

¿Y nosotros no tenemos que trabajar mañana también? (EXCLAMACIONES). (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO).

Precisamente, de eso quería hablar, de las cesantías, que ha sido una de las tragedias, y uno de los escollos y uno de los dolores de cabeza más grandes de la Administración Revolucionaria. ¿Por qué? Porque había que estar claro en lo que debía hacerse; por lo pronto era necesario que ningún batistiano descarado y sinvergüenza (EXCLAMACIONES) de esos que tenían cargos de confianza en determinados puestos, que ningún chivato, que ningún recomendado de Ventura, de Pilar García, o de esa gente, era necesario que ninguno de esos personajes quedara en la Administración Pública. Eso, por lo pronto, era una cuestión esencial, pero también debió ser otro principio cardinal que ningún empleado de esos que trabajaban todos los días, que no eran ni chivatos, ni recomendados de Ventura, ni politiqueros, ni sujetos inmorales, ningún empleado de esos que llevaban 10 y 15 y 20 años pasando trabajo, ninguno de esos debió ser dejado cesante (APLAUSOS). Y mucho menos para poner a otro en su lugar, porque si todavía se trata de disminuir la burocracia, porque no hay duda de que la burocracia es una carga y a veces un estorbo, lo que quiero decir: el exceso de personal. El exceso de personal, además de costar caro, estorba; yo estimo que antes que estar sentado detrás de un buró, sin trabajar, es preferible que un hombre esté sembrando boniatos, porque por lo menos le da de comer a unos cuantos sembrando boniatos, y detrás del buró no le da de comer a nadie, sino que come de lo que está trabajando otro. Y que debe haber en la Administración Pública el mínimo indispensable y que cuando se cesanteara a alguien, porque no desempeñaba —porque ustedes saben que muchos cargos se creaban para ayudar a amigos, y camarillas políticas—, que por lo menos no se pusiese a nadie más en su lugar, y, además, que como una compensación se le pagasen tres meses de sueldo, para no dejar a nadie así, de buenas a primeras, en la calle y en la desesperación, señores, porque quien ha conocido eso tiene que compadecerse de cualquier ser humano que se vea en esa situación (APLAUSOS).

En todo caso, amortizar las plazas en beneficio de la Administración, para que ese dinero se invierta en Obras Públicas, en escuelas y en mil cosas más que se necesitan. Pero quitar a uno que ganaba un sueldo miserable de 60, de 65, o de 70 pesos, que estaba empeñado con el bodeguero, con el garrotero, con el dueño de la casa, con el tintorero, y con todo el mundo, a ese infeliz que no tiene la culpa de la dictadura, ni de los crímenes de los Ventura y de los Batista y de toda esa gente, yo estimo que no era justo quitarlo para poner otro. Resultado: que se los encuentra uno en la calle, porque como yo ando por la calle, porque no puedo vivir en ninguna parte... Dios me libre que viva en ninguna parte. No, no, el peligro no es que me hagan un atentado ni nada de eso; el peligro es la cantidad de cesanteados, de gente que tiene problemas, de comisiones que se me acercan allí, y cuando yo creo que tengo un programa, resulta que no tengo tal programa; cuando creo que tengo tres o cuatro audiencias, tengo 65 audiencias, y no me dejan hacer nada; cuando no me encuentro una manifestación en la mitad del camino, me la encuentro más adelante, me la encuentro en la entrada de Palacio, me la encuentro cuando está el Consejo de Ministros andando, me la encuentro cuando salgo, me la encuentro por la mañana cuando me levanto, y me la encuentro a las 4:00 de la mañana cuando voy a acostarme (APLAUSOS).

Y como no puedo pasarle por el lado a nadie como pasaban antes los funcionarios, sin hacerle caso y sin detenerse, soy un esclavo de las cincuenta mil comisiones que vienen a verme. Y, por supuesto, no me explico todavía cómo hay quien cree que yo puedo contestar las cartas que me escriben. Claro está, yo se las puedo dar a un secretario o a dos secretarios, pero eso no quiere decir que yo las conteste; eso no sería más que una fórmula de cortesía.

Además, requerimos todo el tiempo para estudiar bien las leyes que se proponen en el Consejo de Ministros del Gobierno Revolucionario, para que después no lo critiquen a uno, de si faltó una coma, o sobró una coma; de si se escapó uno, o no se escapó; de si hay que meter otro precepto o no hay que meterlo. Porque nadie puede pensar que un señor que tenga que estar para arriba y para abajo todo el día, sin descansar y sin dormir, pueda, además, evitar que se le escape una coma en una ley.

Y las leyes, lo de menos es que cuiden a uno, por lo menos que uno sirva para algo, que eso es lo que interesa a uno (APLAUSOS). Que las leyes nuestras y el esfuerzo nuestro tiene que dirigirse no a resolver el problema a alguien, como el que el otro día me insistía, me insistía, y me insistía porque quería que yo lo colocara en Omnibus Aliados, que ni siquiera es un departamento del Estado; y me volvía a insistir. Y por el estilo me encuentro cincuenta mil casos, y digo... (DEL PUBLICO UNO LE DICE: “Colócame a mí.”) Ahora cuando haga la Reforma Agraria, ahora, cuando repartamos la tierra, avísame; me dejas el nombre y la dirección, que te vamos a poner a trabajar en la tierra, para que produzcas (RISAS Y APLAUSOS).

A trabajar sí, ¡pero que no me vengan a ver para meterse a policías! (RISAS Y APLAUSOS.)

Así que, decía yo que como ando por la calle, me encuentro constantemente a los cesanteados. Claro, como no puedo estar en secreto y se publica que voy a poner una primera piedra aquí, que voy a inaugurar una exposición allá, que voy a estar tal día en tal lugar, se enteran, y cuando llego ¡los montones de cartas! No me estoy quejando, ¡si a mí nadie me metió en esto, que fui yo solo el que me metí en esto! (RISAS.) Y, además, no estoy planteando un problema personal, estoy planteando la tragedia de un funcionario, al que no hay “chance” de que lo cesanteen (RISAS), porque no puede contar con esa posibilidad; no tengo ni la esperanza de que me cesanteen. Digo, el Presidente de la República es el que puede hacerlo y existen magníficas relaciones entre nosotros (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES), y además del Presidente, el pueblo, me puede cesantear también (EXCLAMACIONES).

Les estaba planteando la tragedia de un funcionario, no un problema personal. Y ese funcionario, que ya no puede vivir en ninguna parte, que no puede tener oficina, y que tiene que hacerlo todo con una libretica y que luego le quitan hasta la pluma... (DEL PUBLICO LE PREGUNTAN ALGO). Bueno, la verdad es que nunca me la roban, esa es la verdad; no hay pueblo más honrado en el mundo que este, y se lo digo porque siempre ando con la multitud y nunca me quitan ni la pistola, ni me llevan nada, esa es la verdad (APLAUSOS). Pero me la piden, y cuando no se me pierde, porque se cae... Y lo digo, porque en otros lugares se lo llevan todo a uno, señores, por experiencia (DEL PUBLICO LE DICEN ALGO). ¡No, no, no, honradamente que no! Se los digo por experiencia; ustedes no se imaginan lo honrado que es el pueblo de Cuba; se los aseguro. No, los ladrones aquí son una minoría. El pueblo, a fuerza de odiar a los ladrones se ha vuelto el pueblo más honrado del mundo (APLAUSOS).

Y decía que, como funcionario, me encuentro en la calle a todos los cesanteados; y llegan personas llorando, personas desesperadas, personas quejándose. Yo no sé si serán muchas o serán pocas, a lo mejor son cincuenta nada más y yo me las encuentro todos los días (RISAS); ¡pero a lo mejor son 20 000 y yo no me encuentro más que a 50!

Y entonces, me piden, pues, que los repongan; entonces, me piden que haga una carta. Les digo: “miren, en primer lugar, nunca he hecho una carta aquí”; en segundo lugar, me quedo pensando cómo voy a saber yo si a lo mejor es un “botellero”, si a lo mejor es un confidente, si a lo mejor es un bien botado, o es un mal botado. Pero lo triste es que sé que hay muchos mal botados. Y entonces, ¿cómo lo va a saber uno? ¿Por qué? Porque a pesar de que digo aquí reiteradamente, por radio y por televisión, que no se hagan cesantías injustas, siempre hay aquí alguno que otro sujeto... (DEL PUBLICO LE DICEN: “Hay muchos batisteros todavía trabajando.”) Pero si eso es lo triste, que si hubieran botado a los batisteros, pero no acaba uno nunca de saber, ni acaba el pueblo de saber a qué atenerse (ALGUIEN DEL PUBLICO LE DICE: “Busquen en el expediente que por ahí lo saben.”).

Pero para eso, ¿qué se necesita, señores? Se necesita algo que no tenemos, desgraciadamente: un equipo de hombres preparados. No los tiene el pueblo, desgraciadamente; porque se encuentra usted mucha gente buena, pero que no sabe; mucha gente que cree que con saber leer y escribir ya puede ser un magnífico funcionario público. Yo he visto, por ejemplo, funcionando el Instituto de Ahorro y Viviendas, y les digo que si allí, en el trámite aquel, no había un porcentaje de empleados de antes, de esos que trabajaban, no “botelleros”, les digo que no funciona. Y hay gente que es inteligente, pero no se puede ni hablar con ellos, porque sería un escándalo: andaban en las fiestas y en los mítines políticos de la dictadura.

Y entonces, encontrar un inteligente, que además sea un hombre de carácter, que además tenga mérito revolucionario, es como buscar una aguja en un pajar. Porque “revolucionarios” sí, sobran ahora, pero cuando usted empieza a preguntar, son revolucionarios del día primero para acá.

Y entonces cuando en medio de esas cuestiones aquí hay que atender problemas nacionales de mayor importancia, cuando hay que atender problemas internacionales, cuando hay que hacer además leyes revolucionarias, en medio de este trabajo nos encontramos con que la tarea más difícil es precisamente la tarea burocrática, y acabar de encontrar hombres que tengan los cinco sentidos, y sobre todo el sentido humano, que es el que a mucha gente, desgraciadamente, les falta (APLAUSOS).