Discurso pronunciado en el Colegio de Arquitectos, el 16 de febrero de 1959
Part 1
<< Autor: Fidel Castro
…(SIN GRABACION)... que han construido para beneficiar a unos pocos privilegiados en nuestra patria.
Es por eso que pienso que esta idea que nosotros estamos tratando de llevar adelante ha de contar con el entusiasmo de todos los arquitectos, o al menos de la inmensa mayoría de los arquitectos; quizás no tanto del arquitecto que se ha convertido en constructor de sus propios edificios de apartamentos. Es principalmente una idea que aspira a contar con el apoyo de los arquitectos jóvenes y de los arquitectos que no tienen trabajo en este momento.
Me expresaba así porque realmente en Cuba hay que decir muchas verdades que nunca se han dicho, porque ocurren en nuestra patria cosas que uno se explica que se hayan soportado solamente porque nos hemos acostumbrado a todo.
Respecto a la vivienda, considero que es uno de los problemas a resolver y, además, uno de los peores campos de explotación que han existido en el país.
En primer lugar, el campesino no tiene viviendas. No se puede llamar vivienda el bohío de tierra, de techo de guano, lugar inhóspito para el ser humano, donde viven allí como seres inferiores, se enferman; no hay plan de higienización que pueda progresar, no hay plan económico que pueda progresar en aquellas viviendas de los campesinos donde residen de 300 000 a 400 000 familias.
El Estado tiene que resolver el problema de la vivienda de los campesinos; pero tiene, sobre todo, también la tarea de resolver el problema de la vivienda del que vive en la ciudad, del que no es campesino. Y hay veces que quien paga 90 ó 100 pesos por un apartamento de dos cuartos, situado quizás en un lugar apartado de su trabajo, construido caprichosamente con el propósito de lucrar, tiene que envidiarle la suerte al campesino que aunque sea un bohío propio tiene, porque por aquel bohío no tiene que pagar absolutamente nada a nadie; lo construyó él en la medida de su fuerza y de sus conocimientos, y no tiene que pagar alquiler.
En la ciudad pues yo considero que las familias viven explotadas por los propietarios de los edificios de alquiler.
Yo no voy a decir por esto que se trate de unos señores despiadados, desalmados, no tengo que predicar absolutamente el odio contra nadie. El país se ha organizado así desde el principio, cada cual se ha adaptado a lo que había y, en medio de un egoísmo general —porque el dinero era lo que podía todo aquí, el dinero servía para sobornar funcionarios, el dinero servía para que respetaran a las personas, el dinero servía para que considerasen a las personas, y, en fin, el dinero lo era todo en este país donde la virtud y la honradez no eran nada—, en medio de ese egoísmo, se ha desarrollado el país, en la peor anarquía en todos los campos.
Ustedes en el orden de las construcciones habrán podido observar cómo cada cual ha construido donde le ha parecido, en la forma en que le ha parecido, con el sistema que le ha parecido; las calles a veces hay que trazarlas derrumbando casas que se hicieron atrás, y todo es un completo desorden: puede haber cinco manzanas sin una bodega y una manzana con cinco bodegas; grandes zonas sin centros escolares, sin zonas verdes, sin campos deportivos y, sobre todo, todo eso se ha desarrollado bajo el signo del privilegio.
Cuando se ha hecho una avenida no ha beneficiado al pueblo. Cuando se hace, por ejemplo, la Quinta Avenida de Miramar, tan hermosa, con sus flores, con su doble vía, ¿a quién ha beneficiado? Ha beneficiado a los que residen en aquella zona, ha beneficiado a los clubes que se habían apoderado de la parte costera, pero realmente no se podía decir que el pueblo se había beneficiado.
Las propiedades adquirieron valores extraordinarios, aumentaron de precio en forma fabulosa los terrenos, ¿y quiénes fueron los beneficiados? ¿Fueron acaso los inquilinos que cuando se mudaron allí, porque tenían necesidad de vivir bajo techo, tuvieron que aceptar las condiciones leoninas del alquiler que le impusieran, porque había más demanda que oferta de viviendas? ¿Fue acaso esa familia la que se benefició con las avenidas, o fue el que tenía el terreno adquirido, o el que obtuvo un préstamo para hacer aquella construcción y la llevó adelante?
Cada vez que se ha hecho aquí una avenida sencillamente, en realidad, no ha hecho más que beneficiar a determinado sector reducidísimo del pueblo, y es por lo que pienso que la Revolución tiene el deber de resolver ese problema y resolverlo sin catástrofe, resolverlo sin quitarle de hecho nada a nadie y resolverlo de una manera inteligente como creo que lo vamos a resolver.
Dicen que para llegar a Roma hay muchos caminos, y nosotros hemos ideado también nuestro camino para solucionar este problema (APLAUSOS), problema que vamos a resolver junto con otros, que vamos a resolver junto con el problema del juego, que era otra lacra social, otra explotación inmoral, desvergonzada por parte del Estado, porque ante la realidad de que existía el vicio del juego —vicio detestable y dañino en todos los órdenes porque el hombre cifra sus esperanzas de mejorar no en el trabajo sino en el azar, vicio que va no solo contra la economía sino también contra el carácter del ciudadano—, el Estado, lejos de adoptar alguna medida para ponerle fin, lo que hacía era fomentarlo y explotarlo.
El Estado lo que ha hecho es explotar legalmente el vicio, y se nos planteaba a nosotros el problema de que había que erradicar el juego.
Eran fabulosas las cifras de millones que se invertían en el juego, y todo juego era antes que nada un robo y una explotación, sobre todo, de las clases humildes del pueblo.
Estábamos también ante el hecho de que los gobernantes anteriores nos habían dejado una herencia de 50 años de juego, sumada a la herencia que nos dejó la colonia de cuatro siglos de juego. Abolir el juego no era una tarea fácil, por decreto no se podía abolir. Son muy pocas las cosas que se pueden obtener —y yo estoy por decir que nada bueno se obtiene— por la fuerza y por la imposición.
Más de un millón de personas compraban billetes, amén de otro millón que jugaba bolita, dados, charadas, y hasta quien jugaba en la esquina con la chapa del automóvil que pasaba por allí primero (RISAS).
Ante esa realidad, yo sé que en estos momentos de entusiasmo revolucionario era fácil prohibir el juego con armas de orden psicológico, pero que cuando el país volviera a su normalidad nos íbamos a encontrar que el juego de nuevo volvería a aflorar por el hábito, por el desempleo que hay y que tardará algún tiempo en resolverse, y porque, sobre todo, el juego es una costumbre y las costumbres no desaparecen de la noche a la mañana.
Reprimir el juego mediante el esfuerzo de la policía requeriría el trabajo de miles de agentes. Prohibirlo tajantemente de manera legal era llevar a muchas personas a la ilegalidad, porque por algo se llama vicio: vicio es aquello de lo cual los hombres no pueden sustraerse fácilmente. Fue por eso que ideamos un procedimiento para convertir el juego en ahorro, lo que llamamos el vicio de jugar en la virtud de ahorrar, y hacerlo mediante un procedimiento que operase sobre la mentalidad del ciudadano, de manera de distraerle la mente cada vez más del azar y llevarla hacia los beneficios palpables, concretos y grandes del ahorro, mediante el sistema que vamos a instaurar.
Pero el dinero que se habría de lograr mediante el juego era necesario invertirlo en algo. No invertirlo en obras de beneficencia porque hace un bien por un lado y hace un mal por otro, le quita a un pobre para darle a otro pobre, combate un mal —que el Estado tiene otros muchos medios de combatirlo— fomentando otro mal.
Así que había que invertirlo en algo seguro, porque el sistema se iba a basar en pagar un interés por los bonos, dar un premio que cada vez será menor a medida que aumente el número de billetes —porque aumentará el número de bonos y el número de premios no aumentará en la misma medida en que aumente la demanda, y los bonos van a tener una demanda extraordinaria por las ventajas extraordinarias que ofrece el plan—, y hay que invertirlo a un interés determinado para poder pagar un interés a los tenedores de los bonos, pagar los gastos del instituto y pagar los premios. Desde luego que la carga de los premios es mayor en la primera etapa —a medida que aumenta el número de bonos y se mantiene la misma cantidad destinada a premios es menor la carga— y que algunos se pondrán a sacar números y se preocuparán un poco porque tal vez no les cuadre bien, amén de que no habrán podido entender muy bien el plan.
El pueblo no lo habrá entendido, pero está seguro de que es un plan formidable y está muy contento todo el mundo, aparte de que no se va a dejar en la calle a ningún vendedor de billetes, que antes era explotado también porque había un intermediario que le daba a ganar un centavo o dos, y ahora se le va a entregar directamente el billete al que lo venda; vamos a abolir también el intermediario.
Cada billetero va a ganar —o bonero, que no me oiga la directora del instituto (RISAS)— un sueldo superior incluso al empleado corriente, va a empezar ganando de 80 a 100 pesos semanales.
Ahora ya no serán billeteros, ahora serán corredores de valores del Estado (APLAUSOS) y estarán realizando una función social útil porque estarán recogiendo dinero del pueblo para prestarle al pueblo. Y el que compra bonos no será ya un jugador, será un ahorrador porque, aunque no quiera, le devolverán el dinero con intereses, aunque no quiera. Si gana su premio se le paga en el acto, no es como algunos han pensado que el premio se le guarda. No, no; esos son planes viejos, anticuados, que existen por ahí, porque son planes con afán de lucro. La ventaja que tiene este es que le tiene prohibido por ley al instituto lucrar un solo centavo, como el departamento de viviendas tiene prohibido por ley lucrar un solo centavo. Así que las ventajas que se van a ofrecer en ese sentido son extraordinarias.
Antes el que compraba los antiguos billetes iba a ver la lista y si ganaba pues cobraba. Los que ganaban eran muy pocos. Yo hice un cálculo estadístico y descubrí que para ganarse el “premio gordo” —como le llaman— había que jugar durante 600 años todas las semanas un número de billetes —la verdad es que hay que ser muy optimista para pensar que se va a ganar un premio—, y haciendo un cálculo estadístico, ahorrando eso mismo, al cabo de 30 años usted habría ganado el premio mayor. Así que no era negocio de ninguna manera.
Esto hay que explicárselo a la gente, porque el objetivo del instituto por un lado no es vender mayor número de bonos. No. Si vamos a vender mayor número de bonos es porque le vamos a hacer una gran campaña a las ventajas que ofrece.
Nosotros pudiéramos decir: Bueno, un premio de 150 000. Quizás atraía más la venta, pero la atraía por el premio, y lo que hay es que combatir la idea del premio, combatir la idea del juego y resaltar las ventajas de ahorrar, que no va a ser la simple ventaja de que va a ganar un poco más o va a gastar más dinero dentro de cinco años. No. Por las ventajas que en otro orden le va a ofrecer también.
Así que, en esencia, el plan consiste en recoger todo ese dinero que antes se recogía para repartirse en botellas, en primas a una serie de señores aquí que se hacían millonarios con la lotería e invertirlo en algo, y ese algo es en la construcción de viviendas, que se van a construir con un interés. Ese dinero el instituto va a pagar un interés del 20% y va a invertir al 50%. Los tres puntos de diferencia van a servir para pagar el premio y los gastos del instituto. Si sacan cuentas dejando de tener en cuenta otros detalles les va a salir mal la cuenta, porque el plan tiene otros aspectos.
¿Tiene que esperar cinco años el tenedor de los bonos para cobrarlos? No. Si hay el sorteo el sábado y el lunes él quiere vender sus bonos, los puede vender al instituto, y el instituto los puede reintegrar; le da el 40% del valor. Ahora, si lo guarda un año le da el 50%, si lo guarda dos le da el 60%, si lo guarda tres ya salta en 15 puntos, le da el 75%; si lo guarda cuatro salta al 90%, son 15 puntos más, y si lo guarda cinco salta 20 puntos, 110% (APLAUSOS).
¿Eso tiene por objeto qué? Estimular al individuo a no ser bobo, o sea, a no ir a vender su bono por 40 centavos, y esperar los cinco años para obtener 60 puntos más.
Ahora bien: al cabo de cinco años puede pedir el reintegro del bono más sus intereses. Pero si lo desea conservar, entonces el instituto le paga el 3% el quinto año y el sexto año, al séptimo año le empieza a pagar el 4% si lo quiere guardar, pero interés compuesto —o sea que ya su bono vale un peso diez centavos, por ejemplo, lo que él ha gastado—, y si quiere tenerlo un año más le pagan interés no por el valor del bono, sino por el valor del bono más los intereses que ya había devengado en cinco años, porque al que lo guarda al cabo de cinco años le dan el valor total más un 2% por cada año. Por eso son un 2% en cada año, un peso en valores, sería un peso diez centavos. Los próximos dos años si lo guarda ese peso diez centavos gana un 3%, y si lo guarda, todo lo acumulado, empieza a ganar de siete años en adelante el 4%; pero lo puede cambiar desde el primer día. Ahora, las ventajas están en guardarlo. Pero estas no son las únicas ventajas, como yo les voy a demostrar.
Claro que pueden ocurrir dos cosas: que todo el mundo el lunes vaya a reintegrar. Bueno, pues entonces el instituto ganaría 12 millones de pesos, y ese no es el fin del instituto. No es el fin de invertir en viviendas que van a ser de él. No, no quiere dinero, el instituto no quiere dinero, lo que quiere es invertir lo que se recoge por un lado; y eso no sería ahorrar, todo el mundo estaría comprando por jugar y entonces estarían reintegrando.
Desde luego, ¿en ese caso hay 12 millones? Pues el instituto ha hecho sus cálculos estadísticos y al cabo de seis o al cabo del año dice: De ahora en adelante al que quiera reintegrar le damos el 20% en el primer año, el 30% en el segundo, el 40% en el tercero, el 60% en el cuarto, entonces salta de 20 puntos en 20 puntos y después de los cinco años le da el 120% ó el 125%. ¿Por qué? Porque dispone de 12 millones para invertirlos en interés, en estimular el ahorro.
Si le pasa al revés: que todo el mundo guarde. Bueno, pues entonces al cabo de cinco años tendría pérdidas si todo el mundo guardara, aparentemente, les voy a explicar por qué, he ahí las cuentas que ustedes sacan: Bueno, ¿cómo el 3% va a alcanzar para pagar premios más los gastos del instituto? El instituto tiene 200 000 pesos de premio semanales y 100 000 de gastos.
Pero ahora verán. Si el primer año da la cuenta que nadie va a reintegrar, se presentaría teóricamente el caso —teóricamente— de que al cabo de cinco años todo el mundo fuera a reintegrar y de repente el instituto tuviera déficit. Primero, no ocurre nunca que al cabo de cinco años vayan a reintegrar. Hay muchos que lo van a guardar, y les voy a explicar por qué, desde luego; pero además no se va a dar el caso de que haya déficit, porque si aumenta la demanda se aumenta el número de bonos a 80 000 —porque se empieza con 40 000—, se deja el mismo número de premios. Ya la carga es mucho menor y la cubre la inversión al 5%, ¿se dan cuenta? Porque ya se recauda mucho más, se venden muchos más bonos, pero se paga la misma cantidad de premios.
Vamos a suponer que no hay demanda, no quieren comprar más que 40 000. Entonces está todo el mundo guardando los bonos, la gente no está comprando bonos por jugar sino por ahorrar. Entonces disminuye el número de premios: en vez de mil premios de 100 pones 500, y ya esos 50 000 le permiten cubrir el déficit. Eso aparte de que nadie va a devolver, muchos no van a devolver al cabo del quinto año, lo van a guardar dos años más y entonces hay un 2% más de interés que va ganando en dos años más. Luego, después del séptimo año, un 1% de interés.
Bueno, pues eso cubre, en el peor de los casos, los gastos del sorteo más los intereses; o sea, los premios, más los gastos, más el 2% que hay que pagarle. Se cubre perfectamente con el 5%, calculado de manera matemática.
Pero, además, el instituto es rico. No importa un déficit porque el instituto va a empezar con bienes por valor de 60 ó 70 millones, porque La Cabaña está ahí con todos sus millones de metros cuadrados, terreno valiosísimo, se lo damos al instituto; bienes malversados, le damos al instituto. El instituto va a empezar rico, no le importa perder; en eso no hay problemas (APLAUSOS).
Lo seguro, lo matemático, es que el instituto no va a perder; seguro, lo matemático, todo bien calculado. Aunque todo el mundo guardara y fuera a cambiar al cabo de cinco años, puede; porque el primer año sí, observa con datos estadísticos... Los próximos cuatro años restantes cambia, disminuye el número de premios, la cantidad; no disminuye el grande, aunque el objetivo final del instituto es desaparecer el premio. Cuando haya 200 000 bonos vendiéndose, entonces el instituto dice: Bueno, pues ya aquí todo el mundo está comprando por ahorrar, porque aumenta el número de bonos, no aumenta el número de premios, vamos a rebajar el premio. Y puede llegar un día a suprimir el premio y hasta a decir: Bueno, el que adquiera estos bonos cobrará el 4% de interés desde el primer momento, se le reintegrará en todo su valor inmediatamente, se suprime el premio, porque no les he hablado de las otras ventajas que son suficientemente alentadoras como para pensar que se acabe el juego y que suplimos totalmente el juego por el ahorro en Cuba.
Ahora, otro aspecto: ¿En qué se va a invertir el dinero acumulado? En construcciones de viviendas, construcciones que se van a hacer con el mismo celo que cualquier particular. Desde luego, aquí vamos a discutir, porque el que más y el que menos tiene algo que preguntar, pero vamos a hacer las construcciones con un departamento de construcciones muy bien organizado. Se va a construir a precio de costo, o sea que no va a haber ganancias de contratista.
Ya sé las impugnaciones —me han hecho algunas—: que si el Estado puede construir y que es un desbarajuste. En el Estado de antes sí, en el de ahora no (APLAUSOS), porque el Estado de antes llamaba a los amiguitos y el Estado de ahora llama a los arquitectos, a los que saben de eso (APLAUSOS). Desde luego que hasta para eso se pasa algún trabajo, porque yo dije: Llámenme al Colegio de Arquitectos. Me llamaron al Colegio de Arquitectos, se reunieron algunos arquitectos conmigo, yo no los conocía, nada más sabia que eran arquitectos, y al otro día veo que un grupo sale en los periódicos diciendo que si bombines, que si cosas de esas (RISAS Y APLAUSOS).
Yo no sé absolutamente nada, pero si hay bombines y batistianos la culpa no la tengo yo, la culpa la tienen ustedes (APLAUSOS). No llamé a fulano ni a mengano ni a zutano, yo llamé al Colegio de Arquitectos, y ahí salvo mi responsabilidad. Como si el plan de construcciones fracasa la culpa no la tengo yo, la culpa la tienen ustedes (RISAS). Yo he llamado a los arquitectos; incluso, cuando vi que había tan pocos allí dije: Yo quiero reunirme con todos los arquitectos.
Bueno, son problemas, accidentes de menor cuantía, pero quiero aclararlos porque quiero que todo el mundo sepa cuál es el procedimiento que usamos nosotros y la opinión que tenemos sobre estas cuestiones.
Se hace sumamente difícil hacer las cosas ahora en estos tiempos.
Hace unos días estaba tratando de localizar una casa de la que tenía información que estaba construida con un sistema de bloques, de tierra y cemento —no me llevaron a donde estaba la casa, me llevaron a la casa del dueño—, y el dueño era un contratista que había hecho obras a no sé quién de otro gobierno. Cuando llego allí, el escándalo: si el señor era batistiano y tenía negocios (RISAS).
Yo por instinto pregunté, porque siempre ando desconfiado, y dije: ¿Y este señor? Dicen: ¿Este? Este es esto y esto, me hablaron en esos términos. Realmente ni eran tan graves los cargos, o al menos por lo que yo pude apreciar: le había construido a uno de estos señores, era constructor; tenía un familiar que había sido piloto de los aviones. Pero la cuestión es que la gente está desde luego muy exaltada y muy sensibilizada, y uno tiene que tenerlo muy en cuenta, porque por algo nosotros hemos sembrado en el pueblo ese instinto moral, esa preocupación y esa vigilancia revolucionaria. Pero se hace difícil, porque si usted tiene que buscar una persona que sepa hacer las cosas y no es un revolucionario porque no lo conocen, pero es la capacidad necesaria, no lo puede poner porque dicen que es un bombín; si pone al revolucionario y no sabe hacerlo, fracasa y no va adelante el plan. Y encontrar las personas que vayan reuniendo las dos cosas no es tarea muy fácil, ¿comprenden? (APLAUSOS.) Se encuentran, pero son muchas las tareas a desarrollar, y se acaban. Además, uno hizo una labor muy destacada y le crecieron barbas, pero otro hizo otra labor muy destacada y no tenía barbas, nadie lo conoció. Y tiene usted que dar explicaciones a todo el mundo por el camino, y no es nada fácil.
Y les advierto que, por mi parte, la verdad es que el trabajo que me han dado ahora es el peor que me podían haber dado nunca. Los demás me los busqué yo, este me lo buscaron a mí (RISAS). Así que estoy haciendo algo para lo que no aspiré y muy consciente de lo difícil que es.
Todo será sometido a discusión, porque si uno camina para la izquierda se discute y si va para la derecha se discute también; unos que eran partidarios de que fuera por aquí y otros de que fuera por allá, y es sumamente difícil la tarea. Pero sobre todo cuando pasan estas cosas, en lo que menos usted se imagina ya hay veinte que protestaron porque llegó un señor allí y yo lo que creo es que las cosas hay que resolverlas en el seno de las instituciones y no exponer a uno a que le pasen esas cosas.
No discuto si es verdad o no es verdad, no estoy informado. Yo no debo hacer afirmaciones, ni afirmando ni negando, porque no sé. Yo estaba en la Sierra Maestra y a veces allí no llegaban periódicos; además, los periódicos no publicaban nada porque había censura. Tenía poca oportunidad de enterarme de aquí quién habló en un discurso a favor de quién o en contra de quién, y esas cosas, señores, no hay quién las sepa.
Ahora, creo que es deber de todos ir depurando responsabilidades en cada caso para evitar estas confusiones, pero al fin y al cabo pienso que sea cuestión de tiempo y que cada vez nos conoceremos mejor. Y habrá hasta incluso muchos que parecen muy buenos que en definitiva no lo sean, porque no me he imaginado que estemos rodeados en todas partes de mirlos blancos; y habrá más que uno u otro sepulcro blanqueado por ahí, disfrazado de magnífico revolucionario (RISAS).
Espero que podamos lograr, a medida que transcurran los días y todo vaya entrando en la normalidad, que las funciones, los trabajos, las actividades marchen mucho más rápidamente y cada cual se dedique a lo suyo.
Pero yo decía que buscábamos a los arquitectos para organizar ese departamento, para construir al más bajo costo posible y con la mejor calidad posible. Con un departamento de construcción de edificios bien organizado, si tiene la ventaja de que puede comprar en masa, si tiene la ventaja de que puede organizar en grande, si tiene la ventaja de que puede adquirir equipos sin impuestos; si, además, no hay lucro, cada cual recibe su sueldo y buen sueldo, yo no voy a invitarlos a una fórmula más o menos de 10 años. Soy partidario de menos años, porque en muchos años es más lo que se paga de intereses, y si lo hacemos barato lo que tenemos que procurar es que se paguen plazos módicos; yo digo que lo que hoy se paga de alquiler, ni más ni menos, y quizás menos, y en 10 años es dueño del edificio, amortiza el capital y los intereses al 5%.