Discurso Pronunciado En El Club Rotario De La Habana El 15 De E
Chapter 1
<< Autor: Fidel Castro
Honorable señor Presidente;
Señores directivos del Club Rotario;
Señores miembros:
Yo quiero, antes que todo, pedirles una excusa, y es mi tardanza. Me resulta sumamente desagradable hacerme esperar, y quizás una de las cosas que más me contraríe en estos días de tantas obligaciones, es el tener que hacer esperar a infinidad de personas. He sido puntual siempre y me encuentro con que ahora no puedo ser puntual, aunque no duerma, y me angustia porque algo anda mal que yo no puedo cumplir y algo me falta por saber, por aprender, por adquirir, de manera que pueda irme desenvolviendo, pero la cuestión es que a las 2:00 de la tarde yo estaba obligado a venir aquí y he llegado a las 4:00 de la tarde. Así es que les quiero pedir excusas a todos y explicarles que ha sido en contra de mi voluntad. Lo mismo que si aquí fuese necesario que permaneciera una hora o dos horas por estar con ustedes, por complacerlos a ustedes, lo hago, y otros pues me tendrán que esperar.
En este caso, yo no había venido antes por encontrarme realizando una serie de actividades que eran imprescindibles. Hay muchas cosas por hacer y en estos primeros días, sobre todo, el trabajo es extraordinario porque todo estaba desorganizado, y todo se va organizando poco a poco.
No es lo mismo una revolución que un golpe de Estado. El golpe de Estado quita al presidente, quita a los jefes principales, deja a todos los policías, a todos los soldados, todo el mundo se queda en sus puestos y la maquinaria del Estado sigue funcionando. Eso, por ejemplo, pasó el 10 de marzo. Suelen ocurrir en casi todos los países de América Latina golpes de Estado; muy pocas veces ocurren revoluciones, y me parece que en ninguna circunstancia ha ocurrido una revolución con las características en que se está desarrollando la Revolución Cubana.
Es por eso que nosotros, hombres nuevos, hombres inexpertos —porque es lo que yo digo, ninguno de nosotros ha sido nunca ministro, ni presidente, ni jefe de nada en absoluto— de buenas a primeras nos ponen jefe de todas esas cosas, una serie de responsabilidades, una serie de problemas complicadísimos y nos vemos en la necesidad de tener que resolverlos y, naturalmente, vamos pasando mucho trabajo.
Nos pasa como cuando desembarcamos. Cuando desembarcamos, nadie sabía nada de guerra y, en consecuencia, tuvimos que empezar a sufrir y a soportar todos los inconvenientes de no tener experiencia militar, de no haber estado nunca en combate, por lo menos dirigiendo combates. No sabíamos nada de táctica, nada de estrategia, nada de balística, nada de logística ni de nada absolutamente, y tuvimos que aprender sobre la marcha. Naturalmente, que al cabo de dos años ya sabíamos algo, y, en consecuencia, pudimos entrar en La Cabaña, en Columbia y en todos los demás lugares (APLAUSOS).
Ahora estamos exactamente igual: acabamos de desembarcar y no sabemos nada de casi nada, o casi nada de nada. Pero vamos llenos de buena intención, con el deseo de acertar. Lo que sí yo puedo asegurarles es que no hay ni un solo hombre en el gobierno de la república que no sea un hombre bienintencionado. Es verdad que alguien dijo que de buenas intenciones están empedrados los caminos del infierno (RISAS); pero la verdad es que, hasta ahora, los malintencionados nos han empedrado de verdad el camino del infierno y ni siquiera han hecho aquello que decían que hacía el diablo, que hacía el bien con malas intenciones.
Aquí los que gobernaban la república llenos de malas intenciones, nunca le hicieron el bien a nadie. Cuando vemos lo que han hecho en algunos aspectos, en cualquiera, en cualquiera, casi repugna, indigna, asombra. Lo extraordinario que tiene todo esto es que para nosotros, que hemos visto tantas cosas, cada día aparecen acontecimientos y hechos que nos vuelven a asombrar. A las cosas que han hecho no nos podemos acostumbrar, es difícil.
Si analizamos, por ejemplo, desde el punto de vista económico las cosas que han hecho, ustedes se encuentran que lo han vendido todo. Han vendido el Malecón, el Cuerpo de Ingenieros, el parque “Martí”, han vendido hasta Mazorra (RISAS). Vendieron la tierra de Mazorra, las treinta y tantas caballerías que había allí las vendieron también. Lo han vendido todo y lo han introducido en compañías anónimas, en negocios de todas clases; es una cosa escandalosa.
Calcularán ustedes el desbarajuste que hay en ese orden con la fuga precipitada que ocurrió aquí el día primero de enero. La sensación que me da es el caso de un delincuente, de un ladrón, que entra en una casa, roba, sale huyendo y en el camino lo sorprenden, lo deja todo y sigue corriendo. La impresión que da cuando usted llega a una casa, a una oficina cualquiera de los magnates, a cualquier centro de negocios de los que tenían organizados y se encuentra que dejaron cartas, documentos, papeles, libretas de cheques, lo han dejado todo allí, la sensación que da es la del delincuente que dejó el bulto en el camino y salió huyendo.
El Ministerio de Recuperación de Bienes —por lo que yo veo— va a recuperar una cantidad fabulosa de bienes robados. Están en compañías anónimas, pero se sabe perfectamente bien, y esta vez no se van a poder amparar en pretextos de tipo leguleyesco.
Una revolución no se hace con la ley, sino se hace la revolución y la ley viene detrás de la revolución (APLAUSOS). Yo digo que es como una criatura, un niño: nadie lo bautiza antes de nacer; se espera a que nazca y después que ha nacido se le bautiza, se le pone nombre, se lleva al juzgado a inscribirlo. Y esa es la Revolución, está naciendo al país, y después iremos estableciendo jurídicamente todas las relaciones.
Las leyes de la Revolución son, fundamentalmente, principios morales. Los propósitos por los cuales se está luchando son los que guían y trazan el derrotero de la Revolución. La Revolución no es una cosa loca, la Revolución es algo que tiene una ruta trazada, una serie de principios a los cuales se ajusta, y, además, una serie de principios fundamentales que es necesario dejar bien sentados para que la Revolución se pueda desarrollar pacífica y ordenadamente.
Nosotros empezamos por ratificar aquí que los principios de la Constitución de 1940, los preceptos fundamentales de la Constitución de 1940, son los que regirán el Gobierno Provisional y el gobierno futuro de la república, lo cual le dará ya una pauta a toda la ciudadanía. No puede funcionar la Constitución en cuanto al poder legislativo o al poder judicial, una serie de poderes, que no existen, no existen, porque nosotros no íbamos a dejar ahí el Congreso de Batista, no íbamos a designar un congreso de dedo, porque cuando vuelva a haber un congreso tiene que ser un congreso elegido por el pueblo, y, en consecuencia, la Revolución sí ha dicho que todos los preceptos fundamentales de la Constitución, todos los derechos civiles, políticos y humanos que garantiza la Constitución de la República, están garantizados por la Revolución, porque esa es la norma de la Revolución y porque la Revolución se puede hacer dentro de esos principios.
Cuando se me preguntaba recientemente si, en mi opinión, debía haber una nueva Constitución, yo dije que eso entorpecería la Revolución, porque nadie sabría a qué atenerse. Todo el mundo empezaría a temer qué tipo de Constitución sería esa, nadie se sentiría seguro, mientras que así todo el mundo ya sabe a qué atenerse, que va a regir la Constitución de 1940; porque el problema no era que no hubiera una buena Constitución, sino que no se cumplía la Constitución buena que tenía el pueblo de Cuba (APLAUSOS).
Yo les decía que todo nos lo hemos encontrado desorganizado, y que se está haciendo un extraordinario esfuerzo de organización para que todo vuelva a funcionar. Realmente, uno se maravilla de ver cómo, al desplomarse por completo la maquinaria del Estado, ha funcionado tan bien el país en estos días: las carreteras se están arreglando, la zafra está al empezar, las comunicaciones están perfectamente bien, el orden: no hay robo, no hay saqueo, no hay crimen. Nunca ha habido tanta paz en Cuba como ha habido en estos momentos posteriores a la Revolución (APLAUSOS). Y ese mérito hay que atribuírselo por entero al pueblo de Cuba, ese mérito es la prueba inequívoca de la colaboración que está prestando el pueblo.
Es bien sencillo: cuando Batista asaltó el poder traidoramente el 10 de marzo y todo el mundo comprendió y vio la tragedia —porque adivinó todo el mundo lo que aquello iba a significar para el país—, pues el pueblo lo que quería no era que tuviera éxito aquel gobierno; todo el mundo le ponía una piedra en el camino para que se cayera. Sin embargo, al Gobierno Provisional de la República, al Presidente, al magistrado Urrutia, todo el mundo lo está ayudando para que tenga éxito; es un estado de ánimo. Por eso ha podido marchar adelante el gobierno en estos días dificilísimos, ha marchado el gobierno sin maquinaria estatal; sin embargo, todo marcha normalmente, no hay ni policías en las calles y no hacen falta tampoco (APLAUSOS).
Se ha hablado mucho de la riqueza de nuestra patria, de su riqueza mineral, de su riqueza vegetal, de la fertilidad de su tierra, de las bondades de su clima. Y en verdad todo cuanto se diga de la bondad de la naturaleza de la tierra de Cuba es poco, porque es realmente una de las tierras más feraces y más ricas del mundo. Eso lo han reconocido cuantos han visitado nuestro país, cuando han estudiado la riqueza de nuestro país. Pero hay una riqueza en Cuba todavía más extraordinaria, y les digo con absoluta honradez mi convicción de que lo más rico y lo más extraordinario que tiene Cuba es su pueblo (APLAUSOS).
Tenemos en realidad un pueblo extraordinario. Los acontecimientos lo están demostrando, y creo que un pueblo así bien merece un destino mejor. Un pueblo lleno de hombres bienintencionados, un pueblo que trabaja y quiere trabajar, en que el ansia unánime de la colectividad es no vivir de parásita, que son los menos, y, además, el parasitismo lo engendra muchas veces la falta de trabajo, las condiciones sociales. El hombre que quiere trabajar y no puede trabajar, se encuentra que tiene que aspirar a que le den algo de todas maneras. La falta de trabajo es un mal que engendra otros muchos vicios, vicios que realmente son deprimentes para nuestro pueblo, engendra la delincuencia, engendra el parasitismo, engendra la aspiración a vivir del Estado, engendra la prostitución, engendra el juego, engendra toda una serie de calamidades. Y por eso, incluso, esa minoría que pasa por encima de las reglas del pudor para ir a vivir de una actividad ilegal, quedaría extraordinariamente reducida en proporción cuando el país viviera en otras condiciones sociales.
Por eso digo que con un pueblo tan extraordinario como este, cuyas ansiedades las conocemos todos, se puede llegar realmente muy lejos. Cuba había de tener un destino, porque el que hasta hoy había vivido no era un destino digno de ella. Yo podría decir que los cubanos hemos tenido mala suerte, mala suerte porque todo ha salido mal y todo ha salido al revés desde que se descubrió la isla de Cuba. Desde que el primer español o el primer gobernador español puso aquí sus pies, con su sable, su espada y su ejército hasta hoy, el país ha vivido bajo la explotación, bajo la opresión, bajo la fuerza, bajo la ilegalidad, bajo el vicio, bajo la corrupción, bajo las malas costumbres. No quiere decir eso que no se hayan introducido en nuestra patria todas las ventajas de la civilización. Sí, nos trajeron las cosas buenas, es cierto, y todos somos producto de ello.
Primero eran los españoles los que oprimían a los indios, después oprimían también a los indios y a los negros, después oprimían a los hijos de los indios y de los negros con los españoles; y así, cuando de una nación extranjera pasamos a creer que éramos una nación libre, lo primero que nos tocó sufrir, después de haber luchado 30 años... Porque quien lea la historia de Cuba, quien lea la biografía de Agramonte, de Máximo Gómez, de Maceo, y además, no solo quien la lea, quienes hayan vivido lo que es la campaña, quienes hayan vivido lo que son los rigores de la lucha, sin medicinas, sin médicos, sin recursos, podrán apreciar lo que fueron aquellos 30 años de lucha por nuestra independencia. ¡Cuán grande no sería la tristeza de todos nosotros, los combatientes, y la tristeza del pueblo si, después de haber luchado dos años y un mes, en campaña, en las montañas, nos encontráramos con que la victoria no coronaba nuestro esfuerzo, nos encontráramos con que otros estuviesen mandando aquí! Pues la tristeza sería grande. Piensen si no que todas las libertades y todos los derechos que ustedes disfrutan ahora se los quitemos de repente. Pues bien, los mambises lucharon 30 años y, mala suerte, ¡mala suerte!, cuando se acabó la Guerra de Independencia se quedaron en la calle los voluntarios, los confidentes, los enemigos del país, y los que gobernaban la república no eran los cubanos, eran los extranjeros los que gobernaban la república (APLAUSOS).
Esa ocupación extranjera fue la causa de muchos de nuestros males. Sí, aquí vino una higiene militar: mataron los mosquitos, desecaron los pantanos, hicieron algunas mejoras en ese orden. Pero, ¿qué hicieron? Privaron al pueblo de sus prerrogativas de gobernarse, privaron al pueblo de su soberanía, lo trataron como a un muchacho chiquito que le dicen: “Te damos permiso para que hagas hasta aquí, y si no haces eso, te castigamos.” Y se implantó la Enmienda Platt, que, o nos portábamos bien —bien en el sentido y en el concepto que le interesaba al país extranjero—, o nosotros perdíamos nuestra soberanía, por el derecho de intervenir en Cuba.
Cuba no era libre, porque cuando un extranjero se arroga los derechos de intervenir en los asuntos de un país, ese país no es libre, ese país es un poquito menos esclavo de lo que era antes, pero libre no era. La libertad no admite trabas, la libertad no admite límites, la libertad no admite cortapisas.
¿Y cuál era la consecuencia? ¿Que el gobierno robaba?, pues había que soportarlo. ¿Que mataba el gobierno?, había que soportarlo. ¿Que existía la prebenda, el privilegio, el favoritismo, el nepotismo?, había que soportarlo. Si usted combatía eso, si usted protestaba contra eso, entonces lo podían acusar de poco patriota. Y le decían: Usted tiene que escoger entre dos males: entre el mal gobierno o perder la soberanía. Si nosotros en aquel tiempo nos hubiéramos levantado en armas, nos hubieran acusado —y con algún fundamento— de enemigos de la soberanía y de la patria, porque nos iban a decir:
“Van a intervenir, van a intervenir, así que ustedes van a sacrificar la soberanía, ustedes, los exaltados, van a sacrificarla.”
Entonces aquí se creó un conformismo, una resignación, frente a todos los males públicos. Era inconcebible que un pueblo que había demostrado tantas virtudes en su guerra por la independencia, un pueblo que había sabido gobernarse en plena manigua, un pueblo que había sabido ordenarse jurídicamente, que había tenido su presidencia, sus leyes, su parlamento en plena guerra, llegara la república y fracasara, y que aquí el pícaro, el arrivista, el oportunista, el ladrón, el sinvergüenza, el descarado, fuera el que gobernara la república. Y entonces al mambí, ni tierra ni nada; le dieron una pensión. ¿Para qué? Para sobornarlo, para que cada vez que llegara un nuevo presidente, dijera: “No, yo te aumento cinco pesos la pensión”, y entonces corrompieron a los veteranos de la independencia —esa es la gran verdad— con la cuestión de la pensión (APLAUSOS).
Aquí no se le ha pagado a nadie, ni se le pagará. ¿Por qué? Porque nadie quiere cobrar, pero hay algo más: no se le pagará pensión a nadie. Sí tendrán nuestra asistencia los hijos de los compañeros que han muerto y los familiares, porque eso es muy justo (APLAUSOS), y procuraremos dársela en forma de trabajo, en forma de algún empleo, que presten servicios, de alguna manera que al mismo tiempo que reciben un beneficio de la sociedad, sirvan a la sociedad en algo. Como también tendremos que ayudar, porque es justo y porque es humano, a las víctimas de los soldados que murieron luchando contra nosotros, porque esos hijos y esas esposas no tienen culpa de nada (APLAUSOS). Pero nadie cobrará pensión y nadie podrá sobornar con aumentos de sueldo a los combatientes revolucionarios.
En nuestra república lo que ocurrió fue eso: el soborno, la corrupción y la frustración. Y aquel pueblo fue extraordinario, porque de todos los pueblos de América, aquel que tuvo que pelear más fue el cubano; de todos los pueblos de América, aquel que tuvo que librar su guerra solo fue el cubano. Los demás países libraron aquella guerra ayudados unos por otros. España estaba invadida por Napoleón Bonaparte, tenía una guerra en Europa, no podía atender del todo sus intereses en América, y todos aquellos pueblos, unidos, lograron su independencia. Pero todo aquel poderío español quedó en Cuba y los cubanos solitos, solitos, sin que nadie los ayudara, tuvieron que luchar. Y cuando reunían armas en Estados Unidos se las quitaban —como nos la quitaban ahora también (APLAUSOS)—; y después de tanto tiempo luchando, al final, se les impide recoger el fruto de su victoria. A Calixto García ni siquiera lo dejaron entrar en Santiago de Cuba.
Pero yo decía que lo peor de todo fueron las consecuencias morales, el conformismo, la corrupción que originó todo aquello, y, además, porque los gobernadores militares fueron los que sembraron aquí la semilla de la corrupción en el país también, que eso es una verdad.
Nuestro pueblo tuvo que vivir todo aquel letargo de las primeras tres décadas bajo la égida, bajo la amenaza constante de una intervención extranjera. Viene la revolución contra Machado, se derroca la tiranía de Machado; pero, ¿qué pasa?, pasa algo de lo que quisieron que ocurriera aquí: vino un general de los de Machado y le dijo a Machado que se tenía que ir, o Machado más bien llamó al General y le dijo que ya era imposible y que él se iba —como fue lo que pasó aquí—, y entonces pusieron a un tal Carlos Manuel de Céspedes, hijo muy ilustre del Padre de la Patria, pero que no era más que eso, el hijo del Padre de la Patria (RISAS).
Entonces, ¿qué pasó? Pues no había habido revolución; dejaron al pueblo que se desahogara, que es lo que le permiten al pueblo las castas militares cada vez que hay crisis en el Estado: gobiernan, implantan un dictador por la fuerza y, cuando es tal la resistencia del pueblo que ya no puede más, oportunamente quitan a ese presidente, ponen a otro, restablecen las libertades de todas clases, dejan que el pueblo se desahogue, se tranquilice; y cuando el pueblo está desahogado, tranquilo, un poco escéptico, porque siempre espera maravillas y nunca las maravillas vienen, entonces vienen e implantan otra vez la bota militar, porque queda intacta la fuerza.
Quedó intacta la fuerza a la caída de Machado; los mismos soldados, que posiblemente andaban persiguiendo a los estudiantes y asesinando ciudadanos, eran después los que andaban persiguiendo a los esbirros. Y por ahí andaba una fotografía de un cabo con un fusil, y yo cada vez que veía esa fotografía me preguntaba: “¡Dios sabe cuánta gente mató el cabo ese, que después andaba persiguiendo a los esbirros!” Y vino lo que tenía que ocurrir: las clases, los soldados, ante el descrédito y la desmoralización de los oficiales, un día dieron un golpe de Estado; pero se quedaron con los fusiles las clases y los soldados, se quedaron con las armas en la mano. Era el poder castrense intacto.
Pusieron un gobierno revolucionario, ¿y quieren que les diga lo que pasó aquí? Ustedes lo saben, ¿no? Yo creo que el que más y el que menos lo sabe, pero lo voy a repetir (RISAS Y APLAUSOS). Viene Batista y da el golpe del 4 de septiembre, controla toda la fuerza y ofrece el poder civil —que en aquel momento no tenía quién lo ejerciera— a un gobierno revolucionario. Mucha gente se alegró, creyó que la revolución había llegado al poder, pero se olvidaba de que ahí estaban los cabos, los sargentos y los soldados con los fusiles en la mano, y que los sargentos eran ahora coroneles y comandantes; el poder militar intacto.
Todo el mundo muy contento con una serie de leyes, las leyes de Guiteras, las leyes sociales que se hicieron. Todo el mundo dice que el gobierno del año 1933, el gobierno de Grau, fue un gobierno revolucionario —eso es una cosa reconocida por todos—, aportó una serie de leyes de beneficios sociales, pero, ¿qué pasó? Cuando más contento estaba todo el mundo, más embullados estaban, aquellos que se habían quedado con los fusiles derrocaron al gobierno. Pero, ¿por qué? ¿Qué pasó? ¿Actuaron solos? No. Todo el mundo sabe que aquí había un señor que se llamaba Jefferson Caffery que estaba metido en Columbia y cuando él no estaba metido en Columbia, Batista estaba metido en la embajada, y que los intereses extranjeros aquí, cuando vieron que había un gobierno revolucionario dispuesto a defender los derechos del país, dispuesto a defender los intereses del pueblo, se valieron de Batista para desalojar del poder a la revolución, y nos implantaron una dictadura de 11 años aquí. Eso fue lo que pasó (APLAUSOS).
Considero que no estoy diciendo más que una verdad histórica, y a mí no me van a llamar comunista por eso, porque yo no soy comunista; estoy diciendo la verdad (APLAUSOS). Aquí se han querido poner las cosas que quien no sea un vendido y un incondicional miserable de los norteamericanos, entonces es un comunista (APLAUSOS); pues yo no soy comunista, ni me vendo a los norteamericanos, ni recibo órdenes de los norteamericanos (APLAUSOS). Hacemos aquí en nuestra patria lo mismo que estarían haciendo en este momento Maceo, Máximo Gómez, Martí y todos los que nos dieron nuestra independencia (APLAUSOS). Pero lo cierto es que todo el mundo sabe las causas por las cuales fue derrocado aquel gobierno revolucionario: porque afectó intereses, intereses extranjeros, y, sencillamente, si hubiera sido un gobierno que no hubiera hecho una sola ley revolucionaria, se queda allí, lo respaldan, lo apoyan, le mandan tanques, le mandan aviones y le mandan de todo, como se lo mandaron a Batista.
Yo no voy a hacer comparaciones con lo de otros países, voy a hacer la de aquí, esta, que es la que nosotros tenemos que estar atentamente observando. En el caso de Batista, todo el mundo sabe que Batista les decía a los soldados que a él no había quien lo derrocara, que estaba fuerte, porque los norteamericanos lo apoyaban, y le mandaron la misión militar y le mandaban aviones, todo eso es una verdad. Pero la cuestión es que esos intereses fueron indiferentes a los horrores que ha sufrido nuestra patria durante los primeros 11 años. Después vinieron los ocho años efímeros de gobierno constitucional y después tuvimos otra vez siete años de tiranía, que son 18 años, ¡y cuenten los muertos que ha habido, cuenten los sufrimientos de nuestro pueblo, cuenten las lágrimas que han derramado las mujeres cubanas; cuenten los sufrimientos de todas las madres, hasta las que no han perdido un hijo, porque la que no ha perdido al hijo vio perder al hijo de otra y pensó que algún día podría ser su hijo! Que nadie ha vivido en paz aquí durante ese proceso, nadie ha vivido en paz ni ha vivido seguro un solo minuto desde el 10 de marzo de 1952.