Discurso pronunciado en el acto de su toma de posesión como Primer Ministro, efectuado en el Palacio Presidencial, el 16 de febrero de 1959

Part 3

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Pero todo el pueblo estará concorde en que es mucho mejor evitar una manifestación a permitir una reyerta callejera, a que se reúnan mañana las madres de los que asesinó la tiranía y se establezca una batalla campal entre cubanos en el medio de la calle, que eso es lo que quieren precisamente los provocadores, que eso es lo que quieren precisamente los enemigos de la Revolución.

Si se abusa de las manifestaciones nos veremos en la necesidad de poner rebeldes allí, hombres que saben respetar al pueblo, y decir: ¡No se puede pasar por aquí! Porque en los establecimientos públicos hay que trabajar, porque en los establecimientos públicos no se puede establecer un show permanente, porque el establecimiento público hay que respetarlo como el establecimiento público respeta los derechos del ciudadano, y a los revolucionarios hay que respetarlos como los revolucionarios respetan a la ciudadanía; y nuestro derecho a trabajar hay que respetarlo como se respetan los derechos de los demás.

Y, por lo tanto, aquí queremos mantener el máximo de libertades posible, y haremos todo lo necesario para que los enemigos de la Revolución no se salgan con el propósito de hacer que nos veamos obligados a restringir lo más mínimo de libertad.

Porque les hablamos, sí, yo les hablo, pero posiblemente a ese sea el único núcleo al que yo no le hable, aunque me atrevo a hablarle, ¿no?, pero por un sentimiento humano y hasta por un poco de repugnancia no me animo a pararme delante de semejante multitud... Multitud no, grupo. Señores, es doloroso pensar que no hubiese piedad para los demás y se venga a pedir piedad ahora para los criminales de guerra.

Algo a lo que no me acostumbro es a ver a un torturado. Días recientes visité un periódico. Uno de los obreros de ese periódico mostró sus espaldas: aquellas llagas producidas por sopletes, donde echaron vinagre y sal. No es lo peor que hicieron, por supuesto. Pero las fotografías no son capaces de dar la impresión que produce la visión de aquellos actos de barbarie.

Hoy mismo se ha estado celebrando el juicio de Sosa Blanco. Algunos creían que íbamos a tener tolerancia con Sosa Blanco. Y lo que queríamos era demostrar de manera irrefutable la cantidad de pruebas que había contra él. Y hasta apareció nada menos que un informe del señor Cowley Gallegos —cuya historia, famosa por sus crímenes, conoce todo el mundo—, un informe secreto de Cowley Gallegos al Estado Mayor, informando de los crímenes de Sosa Blanco. Informe que debe ser publicado enteramente, para que los que se compadecieron de Sosa Blanco se den cuenta que hasta el criminal de Cowley se horrorizó de los crímenes de Sosa Blanco. Para que los que hablaron de Sosa Blanco en el extranjero y lo quisieron presentar como víctima, para los que publicaron fotografías besando a las hijas, olvidándose de las hijas de los cientos de campesinos que asesinó, olvidándose de que aquellas no le dieron el último beso a su padre; olvidándose de esas madres que aquí han tenido que recoger los restos de sus hijos en cajitas... Y no hay espectáculo que impresione más que el recuerdo de un hombre grande y fuerte y que al cabo de los años no vea usted más que una cajita donde lo tienen enterrado, producto del crimen, como los compañeros del “Granma” que fuimos a enterrar hace unos días: hombres fuertes, saludables y entusiastas que fueron asesinados después que los hicieron prisioneros, y que tuvimos que enterrarlos en cajitas de este tamaño.

Bueno es que se tengan presentes esas cosas. No queremos exaltar las pasiones. Pero bueno es que no dejemos de levantar la intriga y las maniobras de los contrarrevolucionarios. Porque si lo que están es perturbando, peor será para ellos, porque mientras más exalten las pasiones del pueblo peor será para ellos. Y el pueblo está severo, vigilante, exigente. Lo han provocado tanto que está intransigente. Y nosotros somos los que podemos pedirle al pueblo, y lo que le podemos pedir es que ya la hora de los fusilamientos no es el problema fundamental de Cuba: ¡que ha llegado la hora de la Revolución! Que hay más de 300 criminales de guerra fusilados y que unos cuantos más caerán, y que los demás tendrán que ir a hacer trabajo forzado, tendrán que ir a la Ciénaga de Zapata a desecar la Ciénaga de Zapata o a otros lugares, porque es el castigo si quieren... Yo estoy seguro de que ese castigo es peor que el fusilamiento.

Nosotros somos los que tenemos que orientar al pueblo y ayudar al pueblo; pero que no exciten al pueblo, que no exacerben al pueblo, que no nos obliguen aquí a resucitar todos los horrores que han cometido los servidores de la tiranía, porque entonces será peor, porque mientras más lo exciten y más lo provoquen, más severo será el pueblo. Y hay que tener en cuenta que nosotros actuamos de acuerdo con el pueblo, lo orientamos; pero que mientras lo orientemos no lo provoquen, porque provocarlo es lo peor que pueden hacer. Y que no lo provoquen abusando de las libertades, que no lo provoquen con maniobras cobardes.

Desde luego, aquí la Revolución no la van a derrocar. Se podría derrocar a la Revolución si la Revolución no se hace, si la Revolución no cumple su destino, pero mientras estemos nosotros dispuestos a hacerla, ¡la Revolución no será derrocada, porque tendrá tras de sí a todo el pueblo, porque actuaremos siempre rectamente hoy y mañana, porque siempre nos verán pobres, porque nunca nos verán una caja en el banco, porque nunca nos verán un negocio particular, porque nunca nos verán una especulación o una malversación, porque nunca nos verán favoreciendo a un amigo, favoreciendo un privilegio, favoreciendo a un familiar! Porque nuestra conducta será recta hasta la saciedad en todos los órdenes, sencillamente porque estamos muy conscientes de los deberes que tenemos que cumplir, y que nos tocó sacrificarnos.

Como tenemos vocación de revolucionarios, sabremos ser revolucionarios, cualquiera que sea el esfuerzo que se exija de nosotros, cualesquiera que sean los riesgos que tengamos que correr, cualesquiera que sean los sacrificios, porque tenemos vocación de revolucionarios. No somos bodegueros metidos a revolucionarios. ¡Somos revolucionarios haciendo revolución, y revolucionarios en el poder, conscientes de todo el poder que tenemos y, precisamente por eso, ejerciéndolo tan benevolentemente como sea posible, ejerciéndolo tan humanamente como sea posible, ejerciéndolo tan ecuánimemente como sea posible!

Por eso, porque somos fuertes, porque tenemos al pueblo, podemos ser generosos, podemos ser ecuánimes, podemos hacer una revolución sin terror, podemos hacer una revolución sin violencia, podemos hacer un cambio: un cambio extraordinario al cual se adaptarán todos los intereses. Porque sencillamente es una ley biológica aquella de que el que no se adapta desaparece. Y he visto con sincera satisfacción que han venido banqueros, hacendados, todos dispuestos a hacer los sacrificios que sean necesarios. Hay incluso un industrial que ha hablado de ceder el 50% de sus utilidades.

Y así veo en Cuba un proceso extraordinario de todo el mundo queriendo colaborar al triunfo, porque es una realidad y porque aquí todo el mundo comprende que tenemos que seguir adelante, porque aquí todo el mundo comprende que la Revolución hay que hacerla, ¡porque si no se hace, fracasa! ¡El fracaso de la Revolución es el abismo, la guerra civil, el mar de sangre y, al fin y al cabo, el regreso de Batista, de Ventura, de Chaviano, de Masferrer, de Carratalá y de toda aquella caterva de criminales!, porque aquí no hay términos medios.

Y la gente prefiere un millón de veces —por el desinterés con que los han visto— a esos hombres que traen barbas que les crecieron combatiendo, a esos hombres caballerosos, a esos hombres honrados; a los hombres que ven hoy, que no serán magos, que no serán expertos, pero que cada día irán aprendiendo y cada día irán aprendiendo cada vez mejor, y cada día irán aplicando mejor lo que sepan con el respaldo del pueblo que nos tiene que ayudar en todo.

Ahora tienen que ayudarnos a hacer una campaña contra las apetencias burocráticas, que hay que saber esperar, saber sacrificarse, porque tenemos que construir el porvenir para todos. No es cuestión de resolver el problema... La burocracia mata el espíritu revolucionario. La Revolución necesita sus grandes reservas de valores.

Y una campaña para que nos dejen trabajar, para que piensen que nosotros no somos el concejal del ayuntamiento. Que cada hora y cada minuto lo necesitamos para hacer leyes que han de beneficiar a millones de cubanos. Que cada hora y cada minuto lo necesitamos para pensar en los grandes problemas de Cuba. Que si distraemos la atención en un problema minúsculo y pequeño, si gastamos nuestras energías en eso, entonces no podremos hacer nada.

Queremos complacer a todo el mundo, y por quererlos complacer nos vemos que nos agobian. Y no queremos tener que decir: no recibimos a nadie. Lo que queremos es que el que no tenga que tratar un asunto importante, un asunto urgente, un asunto necesario, no trate de pedirnos audiencia, no nos visite. Queremos por lo menos seis meses para trabajar enteramente, para dedicarnos por entero a este trabajo, que es muy difícil y que si no lo ayudan a uno no hay quien lo haga, no hay quien lo haga como lo queremos hacer nosotros. Porque para hacerlo igual que como lo hicieron antaño, para eso no lo hacemos, para eso no hace falta. Que nos dejen trabajar, que nos ayuden en eso. Que los autógrafos no se los pidan a uno, que eso es cosa para artistas de cine, no para revolucionarios. Que no lo estén parando a uno en todas partes para tratar problemas que no tienen importancia. Que tengan paciencia.

Yo comprendo la angustia, pero es más grande mi angustia por Cuba, es más grande nuestra angustia por millones de cubanos, es más grande nuestra angustia por la patria.

Y eso es lo que tenemos que tener presente: que necesitamos nuestro tiempo para trabajar por el pueblo y para el pueblo, para todos. Con un poco de paciencia hoy y mañana, esos problemas que hoy angustian a la gente, no se presentarán.

Es necesario, además, que todos actuemos sin demagogia, que todos actuemos honradamente. Que no se presenten esos casos, como los de hoy, que por adelantar noticias se le puede provocar un daño a la Revolución. Que no se presente el caso de líderes que se ponen a agitar consignas demagógicas, cuando saben que no es el momento oportuno, porque eso no es de revolucionarios, eso no es ser amigo de los trabajadores.

Hay líderes que se ponen a agitar consignas de ese tipo. ¿Para qué? Para obtener fuerza y lideraturas personales. Y la Revolución no puede consentir eso, porque antes que nada hay que ser honrado, hay que ser valiente.

A mí me ha tocado en más de una ocasión hablar incluso contra lo que está sintiendo una masa determinada. Y, por ejemplo, me vi en la amarguísima necesidad de tener que decirles a los representantes de los trabajadores azucareros que la medida que más querían, la medida que más apreciaban, la medida que aplaudían durante un minuto no era, a mi entender, una medida económica; que eso sería la consecuencia de una etapa, que algún día trabajarían no seis horas sino cuatro horas, el día que organizáramos la sociedad sobre bases justas, cuando se desarrollara la técnica de nuestro país, cuando tuviéramos hecha la reforma agraria, cuando tuviéramos industrializado el país, entonces sí. Pero ahora lo que tenemos es que trabajar todos, trabajar mucho para salvar la Revolución, para producir riquezas, y luego convertir esas riquezas, evolucionar y revolucionar la economía de nuestro país para que el pueblo reciba el fruto de su trabajo.

Y he tenido en más de una ocasión que pararme honradamente... Lo demagógico hubiera sido: sí, esta demanda, no cuatro turnos sino seis turnos. Eso era lo demagógico. Y tuve con dolor de mi alma que pedirles a los obreros sacrificios, sacrificios en bien de ellos, sacrificios hoy para obtener mayores ventajas mañana. Creo que eso es lo honrado: hablarles así, no agitar consignas demagógicas para crear problemas a la Revolución. Y la Revolución tiene que marchar como un todo, que tiene que haber una estrategia, que debe haber un mando o, de lo contrario, se pierde la Revolución como se hubiera perdido la guerra.

Y que por lo tanto es muy necesario que esas cuestiones las tengamos presentes y que el pueblo nos ayude condenando al demagogo, condenando al farsante, condenando al intrigante y, además, condenando también al funcionario que no cumpla y diciendo quién es, pero diciéndolo sobre bases. No por cualquier cosa una protesta, porque es muy fácil protestar. Yo al que protesta lo llamaría y le diría: ¡Hágalo usted!, para que viera que no es nada fácil ir resolviendo estos problemas cuando hay tantos intereses de por medio, cuando tiene la Revolución que ir enfrentándose a cada una de esas marañas, de esa urdimbre que han creado aquí los malos gobiernos.

Nosotros tenemos la seguridad de que, por lo menos, si del esfuerzo depende, que si de la buena voluntad depende, que si de la energía, que si de la honestidad depende el éxito de la Revolución, si de que nosotros tomemos con el entusiasmo con que hemos tomado todas las cosas, con la dignidad con que hemos tomado todas las cosas, con la perseverancia y la tenacidad y la voluntad con que hemos hecho otras cosas; si de eso depende el triunfo, el triunfo está asegurado de antemano.

En la mente del pueblo solo quiero que haya siempre pendiente una idea: que no es fácil, que es difícil; que no gobernamos para el triunfo de nosotros, que peleamos para el triunfo de ellos; que nos ayude. Y sé que la mayoría del pueblo, como sabe que somos leales a él, como sabe que no nos interesa nada más que servirlo a él, como sabe que somos hombres iguales a él, no un hombre encaramado en una posición, no un hombre encumbrado en una posición sino un hombre que está a la altura del pueblo, que es un hombre del pueblo, que viene aquí a servir los intereses del pueblo, sé que la inmensa mayoría del pueblo estaría con nosotros.

Y lo que hay es que orientarlo bien. No que mientras nosotros lo orientemos, otros lo desorienten. Que no nos obliguen a trabajar por gusto, a crear una conciencia revolucionaria y que otros la desvíen.

El pueblo tiene que estar muy consciente de que el camino es difícil, que el camino es largo, que el camino es fatigoso, que tenemos que sudar mucho la camisa luchando. Y que no solamente hay que tener esa idea presente, sino que hay que estar siempre alerta y no dejar que el entusiasmo muera. Porque esta obra grande que se ha impuesto el pueblo de Cuba no es obra de pueblos mezquinos, sino de pueblos grandes como el nuestro.

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