Part 2
Por ejemplo, nosotros, los combatientes rebeldes, realmente nos hemos sacrificado en estos dos primeros meses. Los miembros del Ejército Rebelde no cobraron el mes anterior, y este mes van a cobrar pero menos de lo que deben cobrar. ¿Ha sido por falta de interés? No. El Presidente de la república habló con nosotros en más de una ocasión, hablándonos de la necesidad de pagarles a los combatientes del Ejército Rebelde. Estos combatientes, al revés que cualquier otro ejército del mundo, incluso después que han triunfado, no cobran, mientras los soldados que quedaban cobraban.
Y les debo confesar que tengo en gran parte la culpa de eso, y es porque vi formarse a ese ejército, vi formarse a esos hombres en el sacrificio y en el desinterés más absoluto y me dolía pensar, sentía cierta nostalgia al pensar que ese desinterés, esa pureza comenzase a perderse desde el instante en que, apenas logrado el triunfo, ellos comenzasen a percibir un sueldo que no habían visto nunca. Considero necesario, y además justísimo, que cobren.
Pero tan arraigado es el sentimiento de admiración y de seguridad, y tan grande nuestra conciencia y nuestro concepto de la pureza de esos hombres, que nos hizo incurrir en cierta dejadez respecto al sueldo que debían cobrar. Si fuera prácticamente posible, lo ideal es que no hubiesen cobrado nunca. Y en este caso, sencillamente, hay que plegarse ante la realidad de que necesitan cobrar y, por lo tanto, deben cobrar.
Con esto les quiero decir que me preocupa grandemente que la juventud mantenga su espíritu de sacrificio, que los revolucionarios mantengan su espíritu de sacrificio; y que la apetencia burocrática no se despierte entre los elementos de la Revolución porque sería debilitar la Revolución.
Bien recuerdo el día en que tuve la noticia de la fuga del tirano, la convicción completa de que la guerra había concluido. En medio de la natural alegría de todos los cubanos, me preocupaba pensar que aquella escuela que había producido tantos hombres formidables, aquella lucha llena de sacrificios que había producido hombres tan ejemplares, había clausurado su curso. En lo adelante sería muy difícil distinguir el bueno del malo, porque solo allá en aquella escuela, en el fragor de la lucha es posible distinguir quien sirve de quien no sirve; quien es un hombre valioso y quien un farsante; quien un interesado y quien un idealista; quien un sincero o quien un hipócrita consumado.
Porque luchar en las altas montañas, con el frío, con el hambre y con el enemigo en acecho, no es lo mismo que sentarse cómodamente en un despacho y empezar a desempeñar una función de carácter administrativo, sin haber conocido jamás el sacrificio. Y me preocupaba lo que podían perder nuestros hombres en ese proceso. Y me preocupa grandemente que el espíritu revolucionario y el espíritu de sacrificio no decaiga.
¡Tareas tenemos tantas por delante, trabajo y lucha tenemos tanto por delante, que son suficientes para agotar no una, sino dos generaciones de revolucionarios!
El revolucionario no necesita impacientarse por ocupar un cargo. La Revolución necesita tener muchas reservas de paz, muchas reservas de valores para cuando llegue la hora, puesto que de los que van delante caerán muchos, como caen en la guerra. Porque la lucha desgasta, la lucha también en la etapa posbélica, en la etapa creadora, es una lucha intensa y los hombres se desgastan, y es necesaria una gran reserva porque hay que nutrir las filas de nuevo, hay que compensar las bajas que suframos.
Cuando a un hombre de méritos, a un hombre de capacidad se le sitúa en un cargo importante, siempre me preocupa si será el momento oportuno, si tendrá ya toda la preparación necesaria para cumplir cabalmente, o si aquella oportunidad será para perderlo porque todavía no está en condiciones de llevarlo adelante y con éxito.
Y por eso es necesario que los que estamos gobernando nos sacrifiquemos, que vean que llevamos una vida verdaderamente de sacrificio y de trabajo, para que los demás no crean que esto es un paseo, para que los demás no crean que aquí se vive bien, que estamos encantados de la vida ocupando tal o más cual cargo; que sepan que es muy amargo, que sepan que es muy duro, que sepan que es muy sufrido, y que no hay que envidiarle nada absolutamente a quien esté ocupando un cargo, un cargo cuando no se viene a lucrar, cuando no se viene a enriquecerse.
Y la primera medida que se va a proponer hoy en el Consejo de Ministros es que nosotros, los ministros, nos vamos a proponer una rebaja de sueldo, empezando por la supresión de los gastos secretos, y que ganemos lo que necesitemos para las cosas más elementales, porque al fin y al cabo, cuando estábamos clandestinos vivíamos con cualquier cosa.
¡Máquinas grandes no; máquinas chiquitas! Vamos a hacer las cosas al revés de como las hacían los funcionarios pasados, para que el pueblo no crea que estar de ministro es una gran cosa y es una maravilla. ¿Sueldos? Sueldos modestos. Sí, es necesario, naturalmente, para que no vaya a ir a pie, porque tiene que andar más rápido, para que no vaya a pasar hambre ni vaya a hacer papel de pordiosero. Sí lo necesario, no lo que ganaba un ministro, porque los ministros aquellos ganaban más de la cuenta y, además, robaban. Nosotros vamos a ganar menos y no vamos a robar. Vamos a demostrar que la honradez no es cuestión de necesidad más o menos, si no que es cuestión de convicción.
¿Que se pague más para que no roben? Bueno, está bien. Pero eso no es lo que garantiza la honradez del funcionario, lo que la garantiza es su convicción y su moral. Si es honrado no roba aunque le paguen 10 pesos al mes, y si es ladrón roba aunque le paguen lo que le paguen.
Por lo tanto, como les hemos pedido un sacrificio a los trabajadores, nosotros vamos a hacerlo también, y cuando todo el mundo prospere y el estándar de vida suba, pues que suba también el estándar de vida de los ministros. Creo que es lo justo, para que no piensen que estamos pidiéndoles sacrificios a los demás y que nosotros no los estamos haciendo. Que vean que nosotros nos sacrificamos y que nosotros no pedimos rebaja de tiempo de trabajo; nosotros vamos a pedir de aumento, si es necesario, 24 ó 22 horas de trabajo, por dos de descanso, sin domingos, sin lunes y sin nada. Porque ahora le corresponde al país trabajar, trabajar mucho para que algún día —¡eso sí!— los que trabajan reciban los beneficios de lo que hacen. No trabajar para otros porque eso no es justo, porque tan ladrón es el funcionario que se roba un millón como el empresario egoísta que quiere ganar también un millón. Yo diría que debe conformarse con menos, con 100 000, por ejemplo, que, al fin y al cabo, no le va a alcanzar para gastarlo al año, y que le va a sobrar.
Robo es robarle al tesoro público y robarle también al trabajador. Eso es una malversación también. Hay empresarios egoístas que quieren acumular fortunas para pasear por Europa, para dar grandes fiestas de 25 000 y 30 000 pesos, y quieren pagarles salarios de miseria a los trabajadores o a los empleados que tienen más cerca, de cuyas necesidades y de cuyos dolores no se conduele.
Vamos a hacer sacrificios todos, que, al fin y al cabo, tanto derecho tengo yo a ser rico, o cualquier ministro, como lo tiene cualquier otro. Renunciamos a ser ricos para sacrificarnos por el país, para sacrificarnos por la patria, para salvar la Revolución que tiene muchos enemigos —no muchos dentro, pero los que tiene son poderosos; muchos fuera y poderosos—, que tiene muchos obstáculos, porque muchas veces nosotros mismos con nuestra impaciencia, con nuestra ligereza, con nuestros prejuicios somos un obstáculo a la Revolución.
Hay mucha gente que todavía vive casi con 10 años de retraso. No se dan cuenta de que una revolución está teniendo lugar y que en esta Revolución todos tenemos grandes deberes que cumplir. Y me doy cuenta de que vivimos con 10 años de retraso cuando me detienen por la calle para plantearme los problemas que antes le planteaban al concejal del ayuntamiento —no se dan cuenta de que uno tiene que resolver los problemas de millones de ciudadanos—, cuando llega usted a una asamblea y se encuentra los mismos cartelones de demandas y las mismas cosas de hace 10 años.
Porque, por ejemplo, nosotros no somos los ministros de Batista, nosotros no somos los líderes de la época de Batista: nosotros somos una misma cosa con el pueblo. El pueblo no debe decirnos "pedimos"; el pueblo lo que debe decirnos es: "Vamos a hacer", "proponemos", hagamos", porque nosotros somos una misma cosa con el pueblo. Es que muchas personas no se han dado cuenta del cambio, están viviendo con retraso y tienen en la mente las ideas de las épocas que han pasado.
Otra cuestión muy importante: todas las actividades del Estado tienen que estar bien coordinadas. No es cuestión de que un ministro haga una cosa por su cuenta, otro haga otra y otro haga otra, aunque le parezca que sea buena, o sea buena, sino que todo tiene que obedecer a un plan general. Y no se trata de que cada cual triunfe él como ministro, sino que triunfe el gobierno como gobierno y que triunfe la Revolución como Revolución; porque hay veces que una medida resuelve por un lado y complica por el otro, porque no es tan fácil...
Además, el gobernante tiene que analizar bien cada medida cuánto va a perjudicar, estudiarla, persuadir, como nosotros ayer íbamos persuadiendo ciertos intereses relacionados con las playas, de que es necesario liberar las playas, que al pueblo le han cerrado la entrada al mar y que, por lo tanto, es una cosa injusta, y convencerlos, persuadirlos, pedirles la colaboración, preguntarles qué es lo que más les preocupa, si el aislamiento del barrio, que eso se puede mantener, pero no de las playas. Y, en definitiva, buscar la buena voluntad de todos, incluso de los intereses que resulten afectados, porque a esos intereses hay que demostrarles que no se les quiere afectar por afectarlos o por odio, o porque se le quiera hacer daño a nadie, sino porque es un derecho del pueblo y que tenemos la obligación de gobernar, y que los que vinieron primero que nosotros nos han dejado un millón de dificultades, han organizado esto a su manera.
Nos encontramos que cuando uno tiene que analizar y tomar medidas revolucionarias, los gobernantes anteriores permitieron que las playas fueran ocupadas; en esas playas se construyeron miles de casas. Y cuando hay que hacer una medida revolucionaria y justa para abrirle las playas al pueblo, se encuentra que hay ya establecidos allí un sinnúmero de intereses, que invirtieron de acuerdo con lo que había. Y para tomar una medida revolucionaria tiene la Revolución que cargar con un montón de enemigos. Esa es la consecuencia de haber permitido cosas que no debieron permitirse y de que haya marchado el país desorganizada y anárquicamente como ha marchado. Todos son intereses en todos los órdenes.
Aquí antes, cuando se hacía una avenida, no beneficiaba al pueblo, beneficiaba a los propietarios de aquella zona, a los que tenían un club; al pueblo nada. No vacilo en decir que el pueblo ha sido víctima de todas las injusticias.
Han ocurrido cosas que se soportan únicamente cuando uno se acostumbra a ellas. Y nos hemos acostumbrado a todo género de injusticias en todos los órdenes, como ocurre, por ejemplo, en el caso de los muebles a plazos. Un ejemplo: el que tiene dinero lo paga al contado y paga la mitad de lo que tiene que pagar el pobre; el pobre, que no tiene dinero, paga a plazo y paga el doble, y le cobran un interés usurario, porque le cobran el interés del capital y cuando ya casi lo ha terminado de pagar lo están cobrando como si todavía estuviera todo el capital. Y al que compra una máquina financiada le pasa lo mismo, y al que va a una casa de empeños le pasa lo mismo, y al que va a un garrotero le pasa peor.
Creo que ese espécimen como el bolitero tiene que desaparecer, como el comerciante de drogas tiene que desaparecer. Y el Estado tiene que brindar la solución a aquellos que se ven en necesidad de acudir a un garrotero, porque esos se chupan los sueldos de los pobres. Entre casas de empeño, vendedores de muebles a plazos y garroteros, el pueblo, si gana 60 pesos, cobra 30, porque se lo roban.
Hay que ir a todos esos barrios de La Habana o del interior de la república para ver cómo nos encontramos esas casas, solares, cientos de personas que viven hacinadas. Las empresas de construcción han sido incapaces de resolver el problema de la vivienda, por eso lo tiene que resolver el Estado a través del Instituto de Ahorro y Viviendas. Y lo va a resolver.
¿Qué ha ocurrido con los apartamentos, por ejemplo? Bien sencillo. ¿A quién le prestan los bancos? Al que tiene otro edificio, al que tiene un central o al que tiene una gran finca. Al que no tiene no le prestan. Entonces el que puede obtener dinero prestado busca una compañía para que le construya. El dinero que le presta a él cobra un interés, la compañía cobra una ganancia, que es del 15% o el 20%. Entonces alquila el apartamento y el inquilino paga el interés, paga las ganancias de la compañía que construyó el edificio y amortiza el capital. Pero amortiza el capital para aquel señor al que le prestaron el dinero, no lo amortiza para él. El inquilino pagó los intereses, pagó la construcción y pagó el capital y no le quedó nada. Esa es una gran verdad, y encima de eso no le construyen casas al pueblo; si las hubieran construido no habría la cantidad de solares que hay.
Por eso el Estado se ve en la necesidad de resolver el problema de la vivienda, y por eso hemos elaborado un plan para invertir 1 000 millones de pesos en cinco años en construcción de viviendas. Lo que no quiere decir que el capital se ha de invertir en viviendas, porque estamos pensando que se invierta, por lo menos, 2 000 millones de pesos en industrias.
Debemos declarar que esta época, la época revolucionaria, marca una era buena para las inversiones industriales; una era mala para las inversiones en tierra, y una era mala para las inversiones en hipotecas, y una era mala para las inversiones en edificios de apartamentos y de alquiler, porque ese es capital pasivo, capital muerto.
El que compra a 30 centavos o a peso la vara para esperar que le hagan cuatro carreteras por allí y vender a 30 pesos, sencillamente está usufructuando un capital que es del pueblo, un valor que, gracias al esfuerzo del Estado, ha surgido y se ha creado, y se lo apropia indebidamente. Así se estaba construyendo ya La Habana del Este. Ya estaban comprando terrenos y ya estaban poniéndolos caros para que después comprara alguien, construyera un edificio allí con capital prestado y que todo lo amortizara el infeliz futuro inquilino que iba a vivir allí. Y ya ahora no va a vivir ningún infeliz futuro inquilino: va a vivir el inquilino que va a amortizar el capital, sí, pero para él; que va a pagar el alquiler, y el apartamento, la casa, va a ser para él, que la va a construir el instituto de viviendas sin lucro. ¿Invirtiendo qué? El dinero que antes se invertía en el juego. Ustedes oían decir que se invertían 90, 100, 120 millones de pesos en el juego; eso se va a invertir en construcciones. Y el que invierta el dinero en el juego no va a perder su dinero sino que se lo van a devolver con un interés.
Y ya hoy también está lista la ley que crea el Instituto de Ahorro y Viviendas; como está lista la ley que crea la Marina Mercante. Y estimo que antes de dos meses ya habrá decenas de miles de hombres empleados solamente en ese sector de las construcciones, que va a significar una demanda de artículos de construcción mucho mayor de la que hay hoy, que va a significar más empleo. Y mientras más dinero circule, más demanda habrá de artículos de consumo. Todo esto tiene que ir unido a la campaña de que se consuman artículos del país, para dar trabajo al país, para que no mermen nuestras reservas en divisas.
Decía que es una era mala para las inversiones parasitarias, para las inversiones muertas, una era mala para las inversiones en tierra; una era buena para las inversiones en industrias.
Estamos dispuestos a brindar todas las garantías al capital nacional; estamos dispuestos a brindar toda la protección que pidan, con una sola condición: salarios altos. Es la única condición que la Revolución pone a las inversiones en industrias nuevas que deben desarrollarse. Ahora, tendrán una venta muy superior a la que tienen hoy. Porque cuando a través de la reforma agraria y de los planes revolucionarios que hay en proyecto, se eleve cinco o seis veces el estándar de vida de los campesinos, se venderá cinco o seis veces más. Eso, unido a leyes que protejan la industria nacional, significará un aumento extraordinario de empleo.
Si llevamos adelante el programa en toda la extensión como nos proponemos, si todos los proyectos que están en este momento preparándose se llevan adelante, si no nos ponen zancadillas, tengo la seguridad de que en el curso de breves años elevaremos el estándar de vida del cubano por encima del de Estados Unidos y del de Rusia, porque esos países invierten un porcentaje enorme del esfuerzo humano en hacer aviones, bombas, cohetes, barcos de guerra y armamento en general. Si nosotros, que no tenemos esos problemas, nos dedicamos a invertir nuestro esfuerzo en crear riquezas para la nación cubana, con la ventaja de ser una revolución respaldada por la mayoría del país, con la ventaja de contar con un país rico, donde se puede sembrar todo el tiempo en el año, un pueblo inteligente y un pueblo entusiasta, un pueblo ansioso de alcanzar un destino mejor, lograremos un estándar de vida mayor que ningún otro país en el mundo.
Creo que lo lograremos. Mas si es un sueño, Martí dijo que los sueños de hoy del idealista, son la ley del mañana. También nos decían soñadores cuando iniciamos la lucha contra Batista y hoy somos los que hacemos las leyes revolucionarias de la república. Mas, aunque no se lograran esos objetivos, soñar con ellos y aspirar a ellos, es de por sí el primer paso para tratar de lograrlos.
Si no alcanzamos esa meta tan alta pero alcanzamos la mitad, llegamos a la mitad del camino, habremos alcanzado mucho. Hay que aspirar al máximo para lograr lo más posible. Lo que importa —como decía Ingenieros— no es la meta, sino el rumbo que nosotros nos hemos trazado, sin predicar el odio contra nadie, sin sacrificar los derechos de nadie, sin violentar a nadie, sin aplicar el terror. ¡No!, dentro del más estricto respeto a las libertades humanas.
Prueba de ello la tenemos hoy. Un grupo de mujeres, familiares de los criminales de guerra, que vienen a pedir que cesen los fusilamientos, hasta han ofendido a algunos rebeldes. Naturalmente que no vinieron a pedir que cesaran los asesinatos de siete años de tiranía, no les aconsejaron a sus hijos o a sus esposos que no asesinaran en medio de la noche, no les aconsejaron que tuvieran piedad para los perseguidos. Aquí no podían venir las madres en aquellos tiempos, porque les tiraban con ametralladoras. Hoy pueden venir y pueden reunirse, y no llamaremos nosotros a las madres de las víctimas para evitar conflictos, para evitar lamentables incidentes.
Es indiscutible que manos enemigas de la Revolución han estado fomentando esos shows, los han estado fomentando y organizando. ¿Qué se consigue con eso? ¡Nada! Nosotros tenemos el propósito de finalizar cuanto antes los fusilamientos, porque tenemos que dedicar nuestras energías a la obra creadora. Constantemente estoy instando a los consejos de guerra para que apresuren los trabajos, para que celebren los juicios, para ver si al comenzar el mes de marzo ya podemos decir que un número considerable de criminales de guerra han sido sancionados ejemplarmente, y que los demás serán condenados a tantos años de trabajo forzado. Porque nuestro deseo —y es el deseo del pueblo— es que se aceleren los procesos para liquidar esa cuestión de los fusilamientos. Y seguiré instando para que en este mes finalicemos los fusilamientos: que se continúen los juicios de delitos menos graves, y pongamos la atención y el esfuerzo de todos nosotros en otras cuestiones fundamentales, más importantes en este momento, como es la tarea de hacer la Revolución.
Fusilar es justo. Pero fusilar no es hacer la Revolución; fusilar es un presupuesto a la Revolución, fusilar es hacer justicia, destruir el crimen y sentar un precedente para que quede bien claro aquí que el criminal tiene que pagar su crimen; que el que asesina a un ciudadano tiene que pagar su crimen. Que sea una ley, sobre todo, para nosotros y para las generaciones futuras; porque fusilamos al criminal de guerra no para enseñarles nada a los criminales de guerra ni a los que estaban antes, sino para enseñarnos nosotros y enseñarles a las generaciones futuras, para que quede sentado terminantemente.
Pero, ¿cuál fue la consecuencia de la campaña que se hizo contra Cuba a raíz de los primeros fusilamientos? ¡Ah!, enardecer al pueblo, exacerbar las pasiones. Porque el Gobierno Revolucionario podía, en un momento dado, decir: tantos criminales fusilados, castigo ejemplar; podía aplicar otras sanciones, como es la condena a cárcel al resto de los criminales de guerra. No faltará incluso el criminal de guerra que sea capturado dentro de siete meses, cuando los fusilamientos ya de hecho hayan cesado. Y no es cuestión de estar siempre con la atención pendiente a los casos de los criminales de guerra. Hay otras muchas sanciones que son aplicables.
Lo que sí nosotros debemos advertir es que los delitos contra la Revolución, los delitos que atenten contra la vida de los ciudadanos por tratar de implantar aquí de nuevo la tiranía, para esos sí estará permanente la pena de muerte, mientras dure el Gobierno Provisional Revolucionario.
Porque no hay derecho, después de haber asesinado por mantener la dictadura en el poder, asesinar luego o conspirar luego, para derrotar la libertad e implantar la tiranía. Y contra eso seremos severos.
Pero la consecuencia de la campaña que se hizo contra Cuba fue la necesidad de movilizar al pueblo, de decirle al pueblo todos los crímenes que cometieron, de publicar todos los cadáveres de tantos cientos y de tantos miles de infelices torturados y asesinados, y el exacerbamiento de las pasiones. Y cuando las pasiones se exacerban, el pueblo exige más castigo. Esa ha sido la consecuencia de la campaña.
Las consecuencias de estas campañas podrían ser peores, porque si nos vemos en la necesidad de movilizar de nuevo al pueblo, de decir todo lo que hicieron, las pasiones se van a exacerbar de nuevo, y no se lograría con ello más que el daño hasta de los mismos que dicen que desean ayudar.
Así que manos enemigas de la Revolución movilizan esos actos. Nosotros no llamamos a los familiares de los que asesinó la tiranía para evitar espectáculos. Pero es indiscutible que la libertad y el respeto que se disfruta hoy en Cuba no han existido nunca. Y dentro de esa libertad y dentro de ese respeto, marcharemos adelante a pesar de las provocaciones.
A los que organizan esa campaña bueno es advertirles del daño que se pueden hacer a sí mismos, porque ya deben tener presente las consecuencias de la otra campaña que se organizó; que, naturalmente, nosotros no hemos tomado medidas, hemos dejado que se acerquen a los edificios públicos. Eso sí, pero que no se abuse de eso, porque la autoridad, naturalmente, tiene que mantenerse, porque en el instante en que se comience a abusar de las libertades que se permiten y hacer un show permanente frente a los establecimientos públicos, entonces nos veremos en la necesidad de prohibir que haya manifestaciones frente a los establecimientos públicos. Y no queremos hacerlo.