Discurso pronunciado en el acto de su toma de posesión como Primer Ministro, efectuado en el Palacio Presidencial, el 16 de febrero de 1959

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<< Autor: Fidel Castro

Honorable señor Presidente;

Compañeros ministros;

Señores periodistas:

Paradójicamente, en los instantes en que recibo este honor de ponerme al frente del Consejo de Ministros, no experimento sino una honda preocupación por la responsabilidad que se ha puesto sobre mis hombros, por la seriedad y la devoción que siempre he puesto en el cumplimiento de mi deber.

Tal vez cuando lo que necesitaba era un buen descanso, lo que he recibido es más trabajo; un trabajo mayor del que venía realizando; un trabajo, además, más responsable del que venía realizando; una prueba, además, muy dura.

De cuantas tareas he tenido que realizar en mi vida, ninguna considero tan difícil como esta, ninguna considero tan preñada de obstáculos, ninguna considero tan dura de llevar adelante, porque estoy consciente de todas las dificultades, estoy muy consciente de todos los obstáculos.

De cuantas tareas me ha tocado realizar, en todas he actuado motu proprio. Esta, porque me ha sido asignada, esta, porque no la escogí yo sino que me la escogieron, y solo con un profundo concepto de la necesidad de sacrificarse por el país, sacrificio verdadero y sacrificio sincero; porque para nosotros el gobierno, el cargo público no es una posición para enriquecernos, una posición para recibir honores, sino una posición para sacrificarnos. Y todo el que haya presenciado este proceso revolucionario, todo el que haya observado mi conducta tiene que haber comprendido el desinterés con que he actuado.

Los cargos, como cargos, no me importan; los honores, como honores, no me importan. Aquí, desde esta posición, sigo siendo el mismo ciudadano que he sido siempre. Como ciudadano, no me diferencio en nada de cualquier otro ciudadano. Soy igual que cualquier otro modesto y humilde cubano, solo que un cubano con las mismas facultades que otro cubano cualquiera a quien se le ha asignado una grande y difícil tarea. Por tanto, cuando digo que para mi es un sacrificio, hablo muy sinceramente y hablo muy en serio.

No tengo, sin embargo, temor al esfuerzo que debo realizar; no tengo temor por las dificultades que haya de encontrar en el camino. Soy un hombre de fe y siempre he afrontado las obligaciones resueltamente. Estaré aquí mientras cuente con la confianza del Presidente de la República y mientras cuente con las facultades necesarias para asumir la responsabilidad de la tarea que se me ha impuesto. Estaré aquí mientras la máxima autoridad de la república —que es el Presidente— lo estime pertinente o mi conciencia me diga que no soy útil.

Está de más reafirmar mi respeto por la jerarquía, mi ausencia de ambiciones personales, mi lealtad a los principios, mi firme y profunda convicción democrática.

Aprovecho la oportunidad para decir que aun cuando la Constitución de la República fue modificada por el Consejo de Ministros para que el requisito de la edad no fuese un obstáculo a los hombres jóvenes para aspirar a la Presidencia de la República, debo decir que conmigo no se contó para esa modificación, que a mi ni siquiera se me consultó; que fue un derecho del Consejo de Ministros, en el que yo no tenia ningún interés.

Si se ha de instaurar realmente el régimen semiparlamentario en Cuba, si desde esta posición que se me ha asignado puedo servir al país, desde aquí lo sirvo o desde cualquier otra. Yo no soy un aspirante a la Presidencia de la República, y ojalá que no tenga necesidad de aspirar a la Presidencia de la República, ojalá pueda ser otro entre los muchos cubanos que tienen méritos y capacidad suficientes para ello.

Si desde aquí la puedo servir, lo que me interesa es hacer la Revolución, lo que me interesa es que la Revolución vaya adelante, lo que me interesa es que el pueblo no resulte defraudado y reciba de nosotros todo lo que espera de nosotros. Buena fe hay aquí de sobra; honradez hay de sobra; decisión para afrontar los problemas hay de sobra también; serenidad, calma y ecuanimidad, que son muy necesarias en el gobierno, hay también aquí de sobra. Lo único que me preocupa es que al final de esta jornada pueda Cuba haber recibido de nosotros todo lo que desea. Y todo lo tendrá si de nosotros depende, todo lo tendrá si el pueblo nos ayuda, todo lo tendrá si el pueblo nos comprende.

Hay impaciencias y, sin embargo, nadie está más impaciente que nosotros. Le pedimos al pueblo que no se impaciente porque nosotros vivimos llenos de impaciencia. Somos hombres de trabajo, somos hombres de acción y nos gustan los hechos más que las palabras.

Yo me impaciento cuando, por ejemplo, estoy pensando en las viviendas que queremos hacerles a los campesinos; me impaciento cuando estoy pensando en las ciudades escolares que queremos hacerles a los niños, y me impaciento cuando pienso que el plan más elemental para llevar a cabo una obra requiere semanas de estudios; que para construir una ciudad escolar hay que hacer los planos, buscar los técnicos y buscar también a los pedagogos y que digan cómo deben estar situadas, cómo deben construirse. No solamente a los arquitectos y a los ingenieros, sino también a los pedagogos.

Hay ya dinero para empezar a hacer las ciudades y todavía no se han podido empezar a hacer las ciudades, y tardará algunas semanas en empezarse; hay fondos para hacer las viviendas campesinas y todavía no hemos podido empezar a hacerlas, porque requiere tiempo. Y me impaciento constantemente pensando cuándo se pondrá la primera piedra, cuándo se podrá empezar la obra.

No descansamos un minuto dando instrucciones, revisando los planos, organizando los departamentos correspondientes, no solo para atender esas necesidades sino para atender infinidad de necesidades. Porque en todos los órdenes y en todos los campos estamos proyectando, estamos encaminándonos para realizar grandes obras y llevar adelante grandes planes en beneficio del país. Sin embargo, sufrimos al pensar que nos tengan que esperar algunas semanas y hasta algunos meses.

Sufro cuando pienso en el sacrificio que les hemos pedido a los trabajadores, a quienes les hemos dicho: "Sacrifiquen todas las demandas por salvar la zafra, sacrifiquen todas las demandas por salvar la Revolución. Esperen, tengan confianza en nosotros." Y sufro pensando, impaciente, en que llegue la oportunidad de demostrarles nuestra lealtad, de demostrarles la gratitud de la nación por los sacrificios que están haciendo hoy.

Sufro impaciente pensando en el momento que necesariamente debe transcurrir hasta la oportunidad en que ellos, los trabajadores principalmente, que han sido tan generosos, que han tenido una conducta tan patriótica, que voluntaria y espontáneamente nos han ayudado y nos están ayudando a pacificar el país, a normalizar el país, a consolidar la Revolución, a salvar la zafra, puedan recibir los frutos de los sacrificios que están haciendo.

Quiero aprovechar este instante de la toma de posesión como Primer Ministro para decirles a los trabajadores y a los campesinos que los tenemos presentes, que no los olvidamos; que la reforma agraria —la ley más amplia, más amplia que la de la Sierra Maestra, que resuelve el problema de los campesinos que no tienen tierra— está confeccionándose y que será una realidad dentro de breves semanas. Pero que, además de la ley que proscribe el latifundio, como establece la Constitución de la República, se están llevando adelante ya los proyectos para desecar la Ciénaga de Zapata, donde obtendremos 15 000 caballerías de tierra, y para recuperar los bajos del río Cauto, desecándolos también y preparándolos para la agricultura, donde calculamos obtener 10 000 caballerías más de tierra. Y les digo también que sin descanso estamos trabajando para ellos, significa trabajar también para el pueblo.

Son muchos los proyectos y es mucho el trabajo que debemos realizar. Todas las cuestiones que interesan al país, todas, absolutamente todas las cuestiones que interesan al país, serán consideradas y serán resueltas.

Hoy en un periódico se publicaron 20 puntos. Yo no he adelantado puntos. Pienso que cada cosa debe tratarse en el momento oportuno; que, por ejemplo, la rebaja de alquileres hay que tratarla en el momento oportuno. Tratarla fuera de tiempo, tratarla cuando todavía el Instituto de Construcción de Viviendas no está totalmente organizado, no es lo inteligente, porque el resultado podría ser paralizar las construcciones y privar de trabajo a miles de obreros.

Las medidas lo que hay que hacer es tomarlas en el momento oportuno y cuando se pueden afrontar las consecuencias. Además, sobre el programa no he dicho una palabra. He conversado con distintos compañeros distintas ideas; pero las ideas se van perfilando, se van estudiando y se irán resolviendo en el momento oportuno, ¡ni un minuto antes, ni un minuto después! Todas las tareas del gobierno tienen un orden de prelación: unas primero y otras después, cada cual en el momento oportuno. Pero sí le puedo decir al pueblo que todas las cuestiones que interesan al pueblo, ¡todas! —y al decir todas lo digo todo—, serán tratadas y serán resueltas por el gobierno.

Y en cuanto a la administración pública, es nuestro propósito más firme escuchar las quejas que se han expuesto, investigar la conducta y el trabajo de cada funcionario. No me apuro en esto, porque para sustituir a un funcionario por otro hay que buscar al funcionario que reúna todas las cualidades para sustituir al otro con éxito, para que haga un trabajo mejor. ¡Pero es tan difícil encontrar funcionarios en estos tiempos!... Porque los hay capaces que, sin embargo, no hicieron nada, y si se sitúan en una posición pueden pensar que se está favoreciendo a los "bombines". Si se busca al funcionario que tiene una historia revolucionaria pero no es capacitado para ese cargo, entonces corremos el riesgo de que no lo haga bien. Y es necesario lo ideal: encontrar al funcionario con méritos revolucionarios y con capacidad. Y, desde luego, antes que nada la capacidad, porque los asuntos del Estado hay que resolverlos con capacidad.

¿Que hay batistianos en algunos cargos de confianza? Pues que nadie se preocupe mucho, que a la vuelta de algún tiempo no quedará un solo batistiano en ningún cargo de confianza. Debe tenerse presente que es cuestión de que el Estado quedó totalmente anarquizado porque se desplomó, totalmente desorganizado, y que había que atender aquí una serie de tareas fundamentales inmediatas, y que siempre hay el habilidoso, el que disimula su historia, el que trata de hacerse insustituible y puede sorprender a un funcionario; lo puede sorprender por algún tiempo, pero no por mucho tiempo.

Por eso yo he dicho que no se hable de "bombines", sino que se diga quiénes son: que no se hable de batistianos sino que nos hagan el favor de decirnos quiénes son, dónde están y qué pruebas hay de su conducta. Porque para nosotros es un principio incuestionable que un batistiano, o sea, un servidor y un colaborador de la tiranía, no puede estar en un cargo de confianza; que un señor que no tenga méritos revolucionarios, no tenga capacidad —que a ese es al que yo llamaría el "bombín", porque naturalmente que el Estado tiene que ser administrado por infinidad de personas; puede haber hombres que no hayan participado en la Revolución pero que tengan capacidad. "Bombín" es el que no tiene ni méritos ni capacidad—, y, en consecuencia, no es en ningún sentido útil a la Revolución y, por tanto, la administración pública tiene que ser depurada de esos elementos.

Pero, además, no importa que se tengan muchos méritos revolucionarios, si no se es capaz y no se actúa correctamente, pues a esos también es necesario sustituirlos, porque los intereses de la república están por encima de todo interés personal, de toda amistad personal y de todo sentimiento familiar. El amiguismo, y el favoritismo, y el nepotismo, son principios con los cuales jamás comulgará la Revolución.

La Revolución tiene obstáculos delante, no puede hacer las cosas a la perfección, tiene sus errores; pero la Revolución tiene un perenne propósito de superarse, de rectificar en aquellas cosas en que no haya estado acertada. Lo que no hará jamás la Revolución es contemporizar con una negación de los principios por los cuales hemos estado luchando. Y el pueblo es quien debe ayudarnos, señalándonos, aportándonos pruebas de aquellos casos que, a juicio del pueblo, constituyan una violación del principio revolucionario, como es la presencia de elementos no revolucionarios, "bombines" o batistianos en la administración pública.

Pero hay también otras cosas que resaltar. No todo funcionario puede contar siempre con la simpatía de todo el mundo, y es imposible que los criterios sean unánimes respecto a un funcionario. Eso es imposible. y a veces nos encontramos críticas justas, y otras veces nos encontramos críticas injustas. También es cierto que a veces el funcionario se excede; también es cierto que actúa un poco precipitadamente, y que en el afán de resolver el problema de su departamento se olvida del problema general del país y se olvida del problema social.

Puede ocurrir que un funcionario llegue a un departamento del Estado y se encuentre 2 000 "botelleros". Pues muy bien: ¡Cesantes los "botelleros"! Eso es elemental. Pero se encuentra también 2 000 empleados que trabajan: unos que llevan más de siete años, otros que llevan menos de siete años, y puede hasta encontrarse con que hay un exceso de burocracia, y, naturalmente, la burocracia es enemiga de la administración pública. Solución fácil sería para ese funcionario decir: "Cesante todo el exceso de personal.” Muy bien: el departamento se beneficia, pero lanza a la calle 500 ó 600 personas, crea un problema social. Y las medidas de gobierno deben tender a resolver los problemas sin crear otros; resolver el problema de la burocracia, del exceso de personal, sin crear otro problema de tipo social. Sobre todo que el funcionario no piense en resolver el problema exclusivo de su departamento con olvido de los demás problemas del país. Por lo tanto, es una política errónea resolver el problema sencillamente cesanteando de inmediato aquel exceso de personal.

Hay también otra serie de cuestiones. Una mayor parte de los funcionarios del Estado fueron ya establecidos allí después del 10 de Marzo. En un país con un exceso de desempleo, eran muy pocos, ¡pero muy pocos!, los ciudadanos a los que les ofrecieran un cargo en el Estado para trabajar que no lo aceptase, por encima, desgraciadamente, de las circunstancias.

Entonces, puede haber 10 000, 20 000, 30 000, 50 000, pero habría que preguntarse cuántos hubieran sido los miles que si les hubieran ofrecido el cargo no lo hubieran aceptado. Obsérvese si no quiénes renunciaron a raíz del 10 de Marzo, y se pueden contar con los dedos de las manos. A la inmensa mayoría los tuvieron que botar, porque no renunciaron; fueron pocos los que renunciaron. Y realmente es así.

Es una realidad y, por lo tanto, no se puede actuar con un criterio rígido respecto al caso de la infinidad de personas que encontraron empleo en el Estado después del 10 de Marzo, que han trabajado, que no sean confidentes, o que no sean "botelleros", o que no hayan sido, por ejemplo, candidatos a las elecciones, porque ya ser candidato a las elecciones es una falta que la Revolución no puede tolerar.

Quienes fueron candidatos después de la ley que se hizo contra la farsa electoral, han perdido su derecho por 30 años a ejercer cargos en el Estado, a votar o a ser electos. Pero hay infinidad de casos que no son esos. Y esos hombres ya están asentados, tienen una serie de compromisos y obligaciones, deudas, un estándar de vida apretado, por cierto, que si se les desplaza en este momento del cargo que desempeñan, del sueldo modesto que reciben, sin ninguna otra compensación, constituyen un problema social. Y, por lo tanto, hay que conciliar los dos intereses: el interés de la administración y el interés también del Estado con los problemas de orden social.

Yo me he encontrado infinidad de casos de personas con 12 y 13 años de servicio que las han cesanteado. Y lo encuentran a uno en la calle y lo agobian a uno. Y siente uno, incluso, la injusticia de que los errores de otros vayan a caer sobre los demás y vayan a agobiar a otros, porque uno está en la calle hablando con la gente. Por lo tanto, creo que son errores que hay que impedir que se repitan.

Es verdad que la economía del país quedó muy depauperada; es verdad que tenemos escasez en este momento de recursos económicos. No es como antes que si hacían falta 100, 200 ó 300 millones de pesos, inmediatamente los buscaban. Nosotros tenemos que resolver los problemas con lo que recaudamos. Y si las recaudaciones son más altas es por la honradez con que se está recaudando y por la colaboración de aquellos sectores que, pensando que el dinero no se lo va a robar nadie ahora, lo pagan en impuestos gustosamente o, por lo menos, puntualmente.

Y gracias a eso se han aumentado las recaudaciones, e incluso han alcanzado cifras récords, pero son las recaudaciones normales del Estado; no son las recaudaciones de los fondos que se obtienen pidiendo al Banco Nacional, haciendo emisiones. Y aunque ese dinero es el único recurso con que contamos en estos instantes, considero que debe aplicarse la siguiente política en la administración pública: antes que nada, tener muy presente que esta es una oportunidad de sanearla, de hacer una administración más eficiente, de organizar un aparato administrativo del Estado que no tenga nada que envidiarle a ningún otro aparato administrativo. ¡Hay que rescatar el crédito y el prestigio del Estado!

Todo el mundo, cuando se trata de algo que va a administrar el Estado, sospecha. Los enemigos de la Revolución, los elementos que quisieran actuar libremente en todos los órdenes de la vida nacional, siempre hablan de la incapacidad del Estado, de la ineficacia del Estado y no se explican por qué una compañía privada tiene una buena administración y el Estado no la tiene. La explicación es clara: el Estado ha sido la víctima de todos los errores y de todas las inmoralidades de los gobernantes. Cuando se ha tratado de buscarle un puesto a un pariente, a un amigo, pues no les ha importado situarlo aquí; cuando se ha tratado de organizar una camarilla política no les ha importado lo que le va a costar al pueblo eso; no se han preocupado por el pueblo, que es quien paga los ingresos del Estado.

¿Y cómo han invertido los fondos del Estado? Pues se los han robado o los han invertido ligeramente, y han sobrecargado los ministerios de personal. Y tenemos casos de ministerios que, llamados a hacer una tarea de construcción determinada, tienen más gasto de personal que de obras. Y no solo le han hecho un gran daño a la república sino que han desegmentado las instituciones.

El Estado hay que sanearlo, el Estado hay que hacerla más eficiente, el Estado tiene que funcionar mejor que cualquier otra institución que no sea pública. ¿Por qué la palabra "pública" tiene que estar desacreditada? ¿Por qué siempre se ha de referir a las cosas públicas, a la administración pública, como lo más deficiente? ¡Pues tiene que ser más eficiente en cuanto tenga, como tiene hoy, hombres que están dispuestos a servirla desinteresadamente; cuando tenga, como tiene hoy, hombres que están dispuestos a hacer todos los sacrificios, y que no están aquí como está un funcionario de una empresa privada que está por un sueldo, está por el lucro!

El Estado no puede lucrar. Los hombres que sirvan al Estado tienen que ser hombres de vocación para que la administración del Estado, que es la del pueblo; para que el Estado, que representa los intereses del pueblo, funcione mejor que cualquier otro tipo de institución. Y por lo tanto es muy necesario reestructurar y reorganizar el Estado. Pero, claro, que eso no tiene que contemplar una serie de realidades sociales; no se logra con la simple buena voluntad. Porque si nos proponemos sanear el Estado en 24 horas, puede ser que lo que hagamos es ponerlo peor; si lo que nos proponemos es sanearlo en 15 días, puede ser que lo pongamos peor y que pongamos allí, por uno de más o menos alguna eficacia, a uno menos eficaz, aparte de que crearíamos un problema social, y por tanto, requiere tiempo. Pero tiene que ser un propósito firme organizar el aparato del Estado en forma verdaderamente eficiente.

Luego, si es imprescindible esa realidad hay que ajustarse a un principio respecto a la administración del Estado.

En esta etapa revolucionaria es necesario, en primer lugar, que todo el personal de los cargos de confianza sea sustituido, porque aquellos eran también los hombres de confianza de la dictadura. En segundo lugar, quien haya sido un colaborador de la tiranía o haya estado vinculado a la tiranía, tiene que ser sustituido aunque el cargo no sea de confianza. Si ha sido un recomendado de Ventura, de Tabernilla, de toda esa serie de esbirros, es lógico que deba ser sustituido, porque no vamos a tener a un confidente o a un amigo de cualquiera de aquellos criminales en la administración pública.

También se puede dar otro caso: el caso ya de quien no es ningún vinculado a la dictadura, ni está en ningún cargo de confianza, pero que realmente es un funcionario que está de más porque apenas realiza tarea alguna, porque se creó el cargo para proteger a algunos amigos, o por la razón que haya sido, y se han ido acumulando los cargos, y que requiere el departamento ser reestructurado —¡reestructurado!—, no botar a unos para poner a otros —¡reestructurado!—, considerando única y exclusivamente la conveniencia de la administración pública. En ese caso, cesantear al ciudadano sin más consideración no es correcto, ponerle una fecha atrasada no es correcto y es una práctica injusta e inmoral. No creo que nadie lo haya hecho —esto ha ocurrido, tengo entendido, con los casos de personas que devengaban sueldos y no trabajaban—; pero si ha ocurrido algún caso digo que es incorrecto.

La Revolución no puede renunciar a la oportunidad de mejorar en todos los órdenes el aparato administrativo del Estado. Cuando sea necesario suprimir una plaza, cuando a un individuo se le entregue la cesantía, que se le pague hasta el momento en que ha trabajado y que, además, se le pague el mismo sueldo durante tres meses, por lo menos, para que se adapte, para que busque otro trabajo; o para que mientras tanto los planes del Gobierno Revolucionario hayan producido una demanda de trabajo, aquella persona no se vea repentinamente desplazada o privada de los medios de sustento con que cuenta.

En ese sentido vamos a proponer un acuerdo en el Consejo de Ministros para llevar la tranquilidad a todos. Y que se sepa que cuando uno es sustituido se está pensando en el interés de la nación, y que se va a hacer lo que nunca se ha hecho en la administración pública, y solo por estrictas razones de necesidad.

Es necesario resaltar que hemos observado en los últimos tiempos como un despertar de las apetencias burocráticas. Y que si bien es cierto que en los primeros días era difícil encontrar a alguien que quisiera ser ministro, hoy hay mucha gente que quiere ser cualquier cosa en el Estado: lógica consecuencia, como es natural, de una serie de sentimientos humanos y, sobre todo, más que de sentimientos humanos, yo digo que de una necesidad social muy grande.

Creo que la pureza de los revolucionarios hay que mantenerla lo más posible.