Discurso en su toma de posesión como Presidente de la República

Chapter 2

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Es urgente remodelar el espacio económico: crear polos de crecimiento ahí donde las disponibilidades naturales y los recursos humanos están esperando la infraestructura.

Multiplicaremos los procesos de penetración para ir al encuentro de las aspiraciones rurales.

Las obras públicas han de ser planeadas siempre en beneficio de los intereses colectivos y nunca en provecho de personas aisladas o de pequeños grupos, cualquiera que sea su aparente o transitoria influencia política y económica.

Nos preocupan las deficiencias de algunos medios de comunicación.

No es exacto que la era del ferrocarril haya quedado atrás.

Rehabilitaremos y modernizaremos la red ferroviaria para que sea un medio rentable de transporte y un instrumento eficaz de la descentralización de actividades.

Acrecentaremos la flota mercante y mejoraremos los servicios portuarios.

Ellos exigen inversiones públicas y privadas, y coordinación administrativa.

La reconquista de la tierra fue causa profunda de la Revolución y origen del México actual.

Empero millares de campesinos viven, aún, en duras condiciones.

El ejido, la propiedad comunal y la auténtica pequeña propiedad, son instituciones fundamentales.

Respetarlas y hacerlas productivas es fomentar la paz y la prosperidad en el campo.

El reparto agrario no ha concluido.

Legal y físicamente existen todavía tierras susceptibles de ser distribuidas.

Reitero solemnemente mi compromiso: no descansaré un solo día del sexenio en la tarea de promover el mejoramiento de los campesinos y del medio rural.

Proseguiremos incorporando a la explotación el mayor número posible de hectáreas.

Colonizar es poblar racionalmente el territorio.

Llegaremos a las regiones que sean promisorias superando resistencias atávicas y evitando los errores de épocas pasadas.

Cada núcleo de población deberá disponer de los elementos adecuados para convenir su trabajo en bienestar.

Son vitales para las faenas rurales el buen empleo del agua y la fluidez del crédito.

Pondremos en acción cuantos métodos sean necesarios para aumentar las áreas de riego y mejorar su distribución.

Transferiremos al campo un volumen mayor de recursos financieros y los administraremos con rectitud.

Propiciaremos que la banca privada participe, en forma más amplia, procurando que nuestros agricultores sean, cada año, mejores sujetos de crédito.

El minifundismo, como forma de explotación, contradice la naturaleza del sistema ejidal.

Fortaleceremos el ejido para convertirlo en célula activa de democracia y en verdadera unidad productiva.

Donde sea posible y los campesinos lo quieran, crearemos, por el agrupamiento de las parcelas y el trabajo cooperativo, auténticas empresas rurales.

Sacudiremos el inmovilismo tradicional de la agricultura, por la enseñanza y la aplicación intensiva de tecnología, pues es urgente rebasar la edad del monocultivo: abandonar rutinas improductivas y prácticas que agotan la tierra, establecer con rigor los ciclos de rotación y sustituir cultivos pauperizados por otros más provechosos.

Fomentaremos la aptitud económica y la disposición mental de los agricultores para que utilicen plenamente maquina y equipos, semillas mejoradas, fertilizantes e insecticidas.

Reformaremos los métodos de distribución a fin de que sea nuestro pueblo, el que trabaja la tierra y el que consume sus productos, quien aproveche el esfuerzo compartido que vamos a emprender.

Por tradición y geografía somos un país ganadero.

Concederemos particular atención a las actividades pecuarias y daremos garantías suficientes a los productores.

El progreso de la ganadería permitirá proporcionar a nuestro pueblo alimentos más nutritivos, impulsar numerosas industrias rurales, mejorar el intercambio comercial con el exterior y elevar la ganancia de los habitantes del campo.

Los bajos niveles de ocupación rural nos obligan a diversificar las explotaciones y a transformar, en mucho mayor medida que hasta ahora, las materias primas y a establecer centros artesanales y fabriles donde el hombre puede trabajar más y vivir mejor.

Redoblemos la secular y ardua lucha contra la naturaleza.

En las montañas y en el subsuelo, en los mares y en los ríos, existen recursos inexplotados que aprovecharemos con la audacia de un pueblo joven que cree en su destino.

Lejos de convertir los bosques en páramos, hagamos productivos los desiertos.

Muchas zonas áridas pueden ser incorporadas a la economía agropecuaria.

Las todavía dilatadas extensiones cubiertas de arboles requieren una utilización cuidadosa e intensiva.

La voracidad, como la indigencia, disminuye la riqueza forestal y amenaza el equilibrio ecológico del medio.

Eduquémonos en el respeto del bosque para hacerlo crecer, y transformarlo, en beneficio del hombre.

En un programa de alcance nacional el Gobierno, las cooperativas de pescadores y los sectores privados, habrán de atacar, coordinadamente, los problemas que plantean extraer, almacenar y distribuir los productos del mar.

Poseemos más de diez mil kilómetros de costas, pero durante siglos hemos aprovechado sólo en una pequeña parte las especies marítimas.

Las disponibilidades del subsuelo no son renovables.

Su explotación errónea compromete los intereses futuros del país.

La minería, que fue aliciente para nuestra sujeción colonial, debe hoy coadyuvar a nuestra independencia.

No basta que mexicanos compren acciones de las compañías extranjeras.

Es necesario explotar mejor las minas, en beneficio del país, continuar las exploraciones, superar los procedimientos y transformar los productos a fin de que no decaiga la participación minera en el comercio exterior.

La batalla petrolera derivó de nuestra voluntad de autonomía y nos impulsó a emprender el desarrollo industrial.

Hoy, la fortaleza y el prestigio de todas las empresas que el pueblo administra a través del Estado dependen, en gran medida, de la eficacia con que opera la industria petrolera.

Incrementaremos las investigaciones tecnológicas para obtener a menores costos y multiplicar la utilización del petróleo, e intensificaremos la exploración de la plataforma marítima y de otras zonas de nuestro territorio.

La petroquímica es el sector industrial que más rápidamente crece.

Ha propiciado el dominio de tecnologías avanzadas, presenta grandes posibilidades de explotación y es factor decisivo en el mejoramiento de la agricultura.

Debemos impulsarla a un ritmo mayor alentando, tanto la iniciativa de los particulares como la actividad de los aspectos que el Estado debe atender, para preservar los intereses patrios.

En menos de un decenio, la industria eléctrica ha duplicado su capacidad e integrado sus servicios bajo el control efectivo de la nación.

Proseguiremos electrificando al país como punto de partida de una política de energéticos para descentralizar la industria y llevara los campesinos los beneficios de la civilización.

Los desequilibrios del comercio exterior se compensan, parcialmente, con los ingresos provenientes del turismo.

Esta actividad, que se desenvolvió durante mucho tiempo como un fenómeno natural, es ya negocio altamente especializado.

Ni el atractivo de nuestras antiguas culturas, ni la belleza de nuestros paisajes, pueden suplir algunas deficiencias en los servicios.

Canalizaremos mayores recursos en favor de la infraestructura turística y alentaremos el mejoramiento de sus instalaciones.

El turismo es fuente de intercambios humanos y de comprensión internacional.

Nos interesa, igualmente, que sea vehículo para que el mexicano recorra con mayor frecuencia y muestre a sus hijos los caminos de la patria.

Nos alarma, por otra parte, el hecho de que aumenten con mayor rapidez los gastos de compatriotas en el exterior que los gastos de turistas extranjeros en México.

Nada justifica los derroches o las erogaciones desproporcionadas, y frecuentemente con manifestaciones de mal gusto, con que algunos exhiben y subrayan, en el extranjero, los errores de nuestra justicia distributiva.

México tiene clara conciencia de su historia y de su posición en el mundo.

Nacimos a la Independencia cuando apenas se iniciaba el derrumbe del colonialismo moderno.

Por más de un siglo sufrimos las ambiciones políticas y económicas de grandes potencias.

Padecimos, en épocas ya superadas, abuso, incomprensión y violencia.

Exigimos, ahora, respeto a nuestra independencia y queremos, para todos los países, justicia y paz.

También en política exterior mantenemos, muy en alto, las banderas de la Revolución Mexicana.

Conservamos incólumes sus principios: igualdad jurídica entre las naciones, no intervención y autodeterminación de los pueblos.

Afianzaremos nuestros nexos de cooperación y fraternidad con los pueblos que forman la comunidad indolatina del continente americano.

Compartimos no sólo experiencias históricas, tradiciones y semejanzas culturales, sino principalmente, la voluntad de rescatar nuestros recursos para garantizar la soberanía y alcanzar la libertad por el desarrollo.

Una nueva era, más combativa y madura a la vez, comienza para nuestras naciones.

Así lo anuncian la identidad de propósitos con que actuamos y los impulsos por transformar estructuras anacrónicas en el interior de nuestros países y en nuestras relaciones con el exterior.

La integración latinoamericana exige no solamente la unión de nuestros mercados, sino también la de nuestro potencial productivo.

Debemos crear una economía de escala que vuelva costeables las industrias más complejas y las haga competitivas a nivel mundial.

Propondremos el establecimiento de empresas multinacionales que vinculen la iniciativa de nuestros inversionistas, utilicen materias primas de distintos países y aprovechen técnicas avanzadas y fuentes institucionales de crédito internacional.

Propondremos, igualmente, la creación simultánea de centros latinoamericanos, multinacionales, de investigación.

El camino que cada pueblo ha elegido es profundamente respetable.

Nuestra Revolución no fue importada y tampoco hemos tratado de exportarla.

Los países que intentan imponer a otros sus propias soluciones, violan los principios medulares de la comunidad internacional.

Distraen, además, recursos que podrían aprovechar para el bienestar y la libertad de sus propios pueblos.

México continuará rechazando, firmemente, toda intromisión en sus asuntos internos, cualquiera que sea el signo ideológico que la disfrace.

No somos un país amurallado.

Nuestras fronteras son puertas abiertas para la comunicación humana, económica y cultural.

Con los Estados Unidos de América y con Guatemala guardamos relaciones que deseamos fortalecer sobre bases de respeto recíproco, espíritu de justicia y auténtica comprensión entre nuestros pueblos.

La Nación puede estar cierta de que mi mandato se inicia bajo augurios de concordia y buena voluntad.

México está atento a todas las corrientes intelectuales, científicas y económicas que hacen evolucionar al hombre.

Ampliaremos las relaciones con los países que se encuentran más allá de los dos océanos.

Estrecharemos las que nos unen, desde hace tiempo, a las naciones europeas y buscaremos fórmulas más eficaces de intercambio con los países de Asia, África y Oceanía.

Diversificaremos nuestra política exterior con promociones positivas que favorezcan nuestro desarrollo.

La paz que anhelamos, para ser equitativa y perdurable, ha de fundarse en la lucha por la prosperidad de cada pueblo.

Honorable Congreso de la Unión:

Afirmé al término de mi campaña política, y quiero reiterarlo ahora, que durante estos seis años México ha tenido, al frente de su destino, a un hombre excepcionalmente dotado para el servicio público, cuya recia personalidad e inconmovible patriotismo lo situarán en la historia al lado de los grandes forjadores de nuestro país: el ciudadano Gustavo Díaz Ordaz.

La magnitud de la obra pública, el impulso al reparto agrario y la defensa de los derechos de los trabajadores realizados por el Gobierno, durante el último sexenio, constituyen avances decisivos en la transformación institucional de México.

El Presidente Díaz Ordaz reafirmó los principios esenciales en que se sustenta nuestra organización política: impidió que se destruyera el orden público o que, en nombre de éste, se cancela(ra) la libertad.

Mantuvo la autoridad del Estado por encima de los intereses y las pasiones y amplió, vigorosamente, la soberanía de la nación.

Gracias a la consistencia de su obra de gobierno y al talento con que ha conducido nuestra vida pública, el país se apresta hoy, con paz interna, entusiasmo cívico, confianza y optimismo, para emprender una nueva etapa de su administración.

Con el más íntimo convencimiento he jurado lealtad a la Constitución Política de la República.

La Carta que nos rige es el fruto de una larga lucha del pueblo y el mejor instrumento que posee para seguir edificando su futuro.

Convirtió un movimiento político en un programa social y económico reivindicador.

Con la Constitución alcanzaremos las metas que explican prolongados sacrificios.

A quienes tuvieron la visión genial de penetrar en el porvenir de México; a quienes entendieron el devenir histórico y trazaron el camino de la legalidad, para que las generaciones futuras lo transitaran en la paz, el orden, la libertad, la independencia y el progreso, a los venerados Diputados Constituyentes de 1917, reitero mi emocionado homenaje de gratitud, respeto y admiración.

La vigencia de las instituciones depende de los hombres que sin cesar las remodelan.

La conciencia histórica se fortalece por la conciencia crítica.

Nos encontramos muy lejos de haber llegado a una etapa definitiva de nuestra evolución y estamos dispuestos a renovar, en profundidad, cuanto detenga el advenimiento de una sociedad más democrática.

Quedaron atrás las épocas en que la actividad política era germen de conflictos y violencia.

La campaña electoral que condujo a la renovación de los Poderes Legislativo y Ejecutivo fue ejemplo de responsabilidad y de interés patrióticos.

En vez de fomentar discordias, estableció mayor unión entre los mexicanos.

Las desgracias que lamentamos no fueron fruto de la incomprensión o el odio, sino de la entrega cabal al servicio del país.

Rindo sentido recuerdo a los periodistas mexicanos que, en penoso accidente, dejaron la vida cumpliendo su deber.

Demandamos que mejoren nuestros procesos electorales, que se fortalezcan los partidos y la actividad ideológica; que la conciencia cívica esté más alerta y siempre verazmente informada; que los ciudadanos sean más exigentes con los Poderes que han constituido.

Mal podríamos perfeccionar el funcionamiento del Estado si no mejoramos todas las formas de nuestra convivencia, pues la sociedad política sólo puede crecer, sanamente, desde su base.

La libertad debe ser garantizada por el Gobierno; la democracia la construye el pueblo todos los días.

Velaré porque se respete la dignidad de los mexicanos, en particular la de los más humildes, que a menudo sufren la ofensa de la arbitrariedad, la servidumbre, de la explotación y la vejación de la miseria.

Necesitamos que madure la conciencia general en el ejercicio de una serena autocrítica.

Juzguemos objetivamente nuestra propia conducta y meditemos sobre la contribución efectiva que prestamos a la sociedad.

Cambiemos de raíz algunas estructuras mentales que heredamos de siglos.

Desterremos, dondequiera que subsistan, la venalidad, el recelo y la mentira.

Ejercitemos, permanentemente, el respeto mutuo y la solidaridad humana.

Convirtamos en aulas de civismo práctico nuestras oficinas, nuestros ejidos, nuestros sindicatos, nuestras cooperativas, nuestras instalaciones y nuestras empresas.

Que las relaciones cotidianas correspondan siempre a los ideales que postulamos.

La función educadora de nuestras familias y sus convicciones morales y progresistas son fundamentales.

Los hogares deben acrecentar en este tiempo su cohesión y su fuerza espiritual.

Un hogar sin comprensión y sin diálogo es un anacronismo que distorsiona, en sus cimientos, la vida ciudadana.

La responsabilidad de los padres, en su esfera, es más grave que la de los maestros y los gobernantes.

La mujer ha demostrado, sobradamente, su aptitud para enriquecer la vida cultural, económica y política del país.

Ha probado su sensibilidad para comprender los problemas reales de la sociedad y ha contribuido activamente a resolverlos.

Promoveremos el pleno ejercicio de sus facultades creadoras.

En pocos años, los hombres y las mujeres de México habrán de alcanzar igualdad cabal de derechos, deberes y oportunidades en los múltiples aspectos de la vida nacional.

En nuestro país los jóvenes se incorporan tempranamente a las actividades productivas y a las funciones de responsabilidad.

Contribuyen, con su potencialidad creadora, a la renovación social.

El Gobierno de la República comparte sus justos anhelos de superación y cuenta con sus energías para transformar a México.

Alentaremos mayores oportunidades de educación y trabajo para las nuevas generaciones.

Estimularemos su participación consciente y civilizada de las actividades políticas, dentro del partido o la corriente de pensamiento que mejor responda a sus aspiraciones.

Es absurdo concebir una República sólida, integrada por municipios débiles.

Fue voluntad del Constituyente fomentar núcleos democráticos que evitaran una nueva concentración del poder y la riqueza; que fueran modelos de autogobierno y gestores activos del progreso.

Alimentaremos las células más pequeñas de la sociedad política, porque ese es el camino de nuestra verdadera grandeza.

Trabajaremos para crear en la provincia condiciones decorosas de vida; pero estableceremos también auténticas unidades de convivencia en el interior de las grandes ciudades, a fin de suscitar la cooperación, evitar el desperdicio inútil de tiempo y esfuerzo, hacer expedita la administración de justicia y colocar la autoridad al servicio inmediato del pueblo.

Nuestro régimen no es sólo una fórmula jurídica: es la estructura profunda de la República.

No olvidaré las imágenes que recibí ni las carencias que observé durante mi extenso recorrido por el país.

Comprobé que el tiempo ha robustecido personalidades regionales inconfundibles que se unifican en la gran tarea nacional.

Vigoricé mi convicción de promover el desarrollo de todas las Entidades Federativas para ser leal con el mandato conferido.

El equilibrio de Poderes garantiza el ejercicio democrático de la autoridad.

Voluntad de cooperación y respeto absoluto a la esfera de atribuciones de los Poderes Legislativo y Judicial, ha sido y será la norma invariable del Ejecutivo.

Nos unen la ideología del régimen constitucional y las aspiraciones de la comunidad mexicana.

Las Fuerzas Armadas de la República son parte esencial de nuestro sistema democrático.

Los grandes avances de nuestra historia se deben a victorias del pueblo en los campos de batalla.

Nuestros ciudadanos armados derribaron intereses y estructuras sociales que se oponían al progreso y salvaguardaron, con lealtad inconmovible, la independencia del país, la paz interior y la vigencia del derecho.

Al igual que el Gobierno, las Fuerzas Armadas de tierra, mar y aire, son una expresión del pueblo.

Participan de sus afanes de justicia, aman la libertad por la que lucharon sus mayores, ejercen sin desmayo la solidaridad social y son símbolo de patriotismo.

Merecen el respeto, el afecto y la gratitud de la Nación.

Conciudadanos:

Llego a la Presidencia de la República sin resentimientos, ambiciones ilegítimas o deseos de satisfacer intereses personales o de grupo.

Soy ajeno a la simulación, creo en la doctrina de la Revolución Mexicana y me he formado en la disciplina de la función pública.

Pienso que el dirigente está obligado, más que nadie, a desempeñar con toda integridad su tarea, sin manchar jamás su investidura con el abuso del poder o la claudicación de sus principios.

La carrera del funcionamiento es incompatible con la de negociante.

Aquél que emplea en su propio beneficio los bienes o la autoridad que se le han confiado, traiciona a su país.

Aquél que no se entrega a las tareas públicas hasta el límite mismo de su capacidad y de su energía, defrauda al pueblo.

La obra próxima de la Nación requiere depurar la conducta, perfeccionar la organización y acrecentar la eficacia de la autoridad en todos sus niveles.

No interrumpiré el diálogo que he iniciado con mi pueblo.

Seguiré visitando las diversas regiones de la República, en particular las que más requieren atención y estimulo.

Escucharé a mis compatriotas y les seguiré hablando con la verdad.

Trabajaré con la inspiración y la energía de los ciudadanos.

Renovaremos, durante todos los días del sexenio, el pacto de concordia y entendimiento establecido por el sufragio.

El pueblo mexicano nunca se arredró ante los graves desafíos que la historia le impuso.

Hoy lo convoco a reafirmar la reciedumbre de sus principios; a vivir, en plenitud, la filosofía profunda de la Constitución de 1917.

Reanudemos la obra tenaz de las pasadas generaciones.

Vayamos hacia arriba, al encuentro del porvenir que deseamos para México.

Reavivemos nuestra alianza nacional.

Vayamos siempre adelante, sin altos ni desviaciones, en la infatigable conquista del progreso.

Categoría:Discursos de Luis Echeverría Álvarez