Discurso en su toma de posesión como Presidente de la República
Chapter 1
Autor: Luis Echeverría Álvarez
Discurso de Toma de Protesta de Luis Echeverría Álvarez como Presidente de los Estados Unidos Mexicanos:
Honorable Congreso de la Unión:
Transcurridos siglo y medio de vida independiente y seis décadas de transformación nacional, México debe fortalecer el contenido económico y social de sus instituciones democráticas.
Es el camino que nos señala la Constitución de 1917.
Con el firme propósito de seguirlo, asumo la responsabilidad de coordinar el esfuerzo de mis compatriotas desde la Presidencia de la República.
Las necesidades y las esperanzas del país plantean un reto a los mexicanos de nuestro tiempo.
Por la Revolución hemos afirmado la libertad ciudadana, la paz interior, el crecimiento sostenido y nuestra capacidad de autodeterminación frente al exterior.
Sin embargo, subsisten graves carencias e injusticias que pueden poner en peligro nuestras conquistas: la excesiva concentración del ingreso y la marginación de grandes grupos humanos amenazan la continuidad armónica del desarrollo.
No podemos confiar exclusivamente al equilibrio de las instituciones y al incremento de la riqueza la solución de nuestros problemas.
Alentar las tendencias conservadoras que han surgido de un largo periodo de estabilidad, equivaldría a negar la mejor herencia de nuestro pasado.
Repudiar el conformismo y acelerar la evolución general es, en cambio, mantener la energía de la Revolución.
En todas las regiones de la República y de todos los sectores sociales he recogido el testimonio de un resuelto afán de progreso.
He dialogado francamente con mis compatriotas.
Me han dicho lo que necesitan, lo que ambicionan y lo que están dispuestos a realizar.
Conocen mi pensamiento y mi voluntad de servirlos.
Llega el momento de actuar.
Cumpliré con lealtad el deber conferido.
El sufragio es un pacto entre los ciudadanos y sus gobernantes.
El pueblo me ha ordenado en los comicios de julio que obre con decisión inquebrantable, a fin de que el poder nunca sea cómplice de la pasividad o de la explotación.
Por su parte, mis conciudadanos han contraído el compromiso de trabajar intensamente en una gran tarea colectiva, animada por el patriotismo, la rectitud y la imaginación de cada mexicano.
Nada haré que atente contra la unidad nacional, ni permitiré que se lesione el régimen de libertades que la Constitución consagra.
Pero no dejaré de hacer nada que esté a mi alcance para desterrar vicios, combatir abusos y fomentar la utilización prudente y equitativa del patrimonio común.
La solidaridad efectiva entre los mexicanos es filosofía básica.
Queremos que la paz interior sea fruto del dinamismo de las fuerzas constructivas del país y no sólo ajuste precario de rutinas, intereses y egoísmos estériles.
Trabajaremos juntos y en favor de todos, porque la unión sin justicia es servidumbre.
La Revolución Mexicana apresurará su marcha.
Aunque hemos liquidado antiguas desigualdades estructurales, otras han surgido en los últimos lustros, pero son circunstanciales y deben ser pasajeras,
Mientras los más humildes no alcancen niveles decorosos de existencia, el programa a cumplir seguirá en pie de lucha, como impulso ascendente del pueblo y su obra creadora durante este siglo.
Ser revolucionario es aceptar una responsabilidad permanente y anteponerla a los afanes de lucro, las ambiciones de poder y los instintos destructivos.
Revolucionario es hoy el digno servidor público, el soldado leal y el dirigente íntegro; el campesino y el obrero laboriosos; el maestro, el científico, el artista y el estudiante entregados noblemente a sus faenas.
También lo es el empresario nacionalista y con visión social.
No lo son, en cambio, el simulador ni el soñador de revoluciones: el anarquista, el provocador o el entreguista, movidos por fuerzas e intereses extraños que conocemos bien los mexicanos.
Más que realizar un programa del gobierno, ejecutaremos un programa del pueblo.
En la democracia los gobernantes reflejan su momento histórico.
Su autoridad no es sino una suma de aspiraciones, voluntades y esfuerzos.
Los dirigentes estamos obligados a servir de vanguardia, pero el quehacer de la República es compromiso común.
Actuaremos por mandato de la soberanía nacional e iremos tan lejos como el pueblo quiera.
México vive una prolongada época de paz creadora.
El régimen ha fortalecido la autonomía del país y generado un amplio consenso público que nos permiten tomar grandes decisiones.
Si para cumplir los mandatos de la Constitución es preciso modificar la estrategia de nuestro desarrollo, procederemos resueltamente.
La no reelección es una de las más sabias y fecundas decisiones del sistema político mexicano.
Nos permite llevar sin retraso el pulso de la historia, porque hace posible que se renueven las ideas y los nombres sin que se abandonen los principios.
Cada seis años tenemos ocasión de analizar resultados, proponernos nuevos objetivos, rectificar el rumbo si es conveniente y atender las expectativas legítimas de cambio que se han gestado en la comunidad.
México se enfrenta hoy a situaciones cuya naturaleza y magnitud no pudieron ser previstas en los inicios de esta centuria.
Su población se ha multiplicado más de tres veces desde que concluyó el movimiento armado.
Merced a las reformas efectuadas, el país está adquiriendo una nueva fisonomía.
El atraso secular de muchas regiones existe junto a los más novedosos fenómenos de la vida industrial.
Los problemas se agudizan cada año por la demanda incesante de las fuentes de trabajo y escuelas, y mejores condiciones de vida.
Cuando esta década termine seremos casi setenta millones de habitantes y dentro de veinte años llegaremos, muy probablemente, a los cien millones.
Libramos una dura batalla contra el tiempo.
Debemos precisar el modelo del país que deseamos y que podemos ser cuando termine el siglo para emprender, desde ahora, las reformas cualitativas que requiera nuestra organización.
He manifestado en diversas ocasiones que el crecimiento demográfico no es una amenaza, sino un desafío que pone a prueba nuestra potencialidad creadora.
Los mexicanos no aceptamos intervenciones coercitivas en materias que pertenecen al ámbito de libertad de la persona humana.
Rechazamos falsas soluciones que sirvan para cohonestar actitudes derrotistas o para encubrir indecisiones frente a graves problemas que, en cualquier alternativa, tendríamos que encarar y resolver.
No es cierto que exista un dilema inevitable entre la expansión económica y la redistribución del ingreso.
Quienes pregonan que primero debemos crecer para luego repartir, se equivocan o mienten por interés.
Se requiere, en verdad, aumentar el empleo y los rendimientos con mayor celeridad que hasta el presente.
Para ello, es indispensable compartir el ingreso con equidad y ampliar el mercado interno de consumidores.
Se requiere, también, que el esfuerzo humano sea más fecundo.
Para lograrlo, es preciso igualmente distribuir: distribuir el bienestar, la educación y la técnica.
Continuaremos impulsando la capitalización del país, a fin de alcanzar pronto una marcha autosostenida.
La abundancia de mano de obra, las riquezas naturales que aún no hemos explotado y el mercado interno que estamos creando, ofrecen un extenso campo al ahorro y al espíritu de empresa.
Progresar con recursos propios exige participación de todos los sectores y, en particular, de los más favorecidos.
Los dispendios, la ineficiencia y las fugas superfluas de divisas limitan la inversión y retardan el crecimiento.
México no acepta que sus medios de producción sean manejados exclusivamente por organismos públicos; pero ha superado también las teorías que dejaban por entero, a las fuerzas privadas, la promoción de la economía, la experiencia nos ha enseñado que no basta acrecentar el capital si no procuramos su correcta aplicación.
Las inversiones deben llegar a donde son más necesarias: al campo, a la infraestructura, a la obtención de bienes de capital, a empresas en que se requiera ocupar abundante fuerza de trabajo.
Alentaremos el ahorro interno, tanto el que captan las instituciones particulares, como el que deben obtener los organismos estatales.
El régimen mixto establecido por la Constitución presupone que la inversión pública tiene la fuerza suficiente para dirigir el crecimiento.
La libre empresa sólo puede ser fecunda si el Gobierno posee los recursos suficientes para coordinar el cumplimiento de los grandes objetivos nacionales.
Muchos países atraviesan, en esta época, serias crisis.
Sin embargo, el peso mexicano ha mantenido su firmeza durante los últimos dieciséis años.
La estabilidad monetaria de que disfrutamos tiene su origen en la estabilidad política y en el trabajo.
Preservaremos la solidez de nuestra moneda y mantendremos la libertad cambiaria.
Lucharemos contra las presiones inflacionarias que provocan desperdicios y lesionan a los sectores de escasos ingresos.
Las clases populares resienten, severamente, la elevación del costo de la vida.
La causa real de este fenómeno no es el alza de los salarios, que aumenta el circulante monetario, pero también debe estimular el volumen de la producción.
Es provocado, tanto por la escasa oferta de bienes, como por los mecanismos especulativos, que es de general interés contrarrestar.
La inversión extranjera no debe desplazar al capital mexicano, sino complementarlo asociándose con él cuando sea útil; y el capital mexicano, en todo caso, dirigir el encuentro con sagacidad, señorío y patriotismo, y encauzarlo para modernizar las empresas.
Recibiremos por ello, preferentemente, a inversionistas de diversos países que establezcan, orientados por mexicanos, nuevas industrias, contribuyan a la incesante evolución de la tecnología y fabriquen artículos destinados a la exportación que enviemos, también, a sus propios mercados.
Los empresarios mexicanos que venden negocios renovables, y aun florecientes, no hacen sino negar el esfuerzo de sus antecesores y el suyo mismo, malbaratar el patrimonio de sus hijos, confesar su falta de capacidad para prepararlos y abandonar el campo de trabajo de los nuevos ejecutivos, que ellos deben formar y que pueden sustituirlos si se consideran fatigados y han perdido el espíritu de lucha.
Es vital aumentar las exportaciones para poder financiar, sin ataduras, la compra de tecnología y maquinaria que aún no se producen en México.
Además, sólo compensaremos, con el fruto de las ventas en el extranjero, la pérdida de divisas que significa la salida de dividendos, el pago de intereses y el costo de los conocimientos que requerimos para seguir progresando.
Impulsaremos tanto la exportación de materias primas como la de artículos manufacturados sin olvidar que, a la larga, sólo la venta de bienes industriales podrá equilibrar las transacciones.
Seguiremos luchando porque sean más justas las relaciones de intercambio, principalmente entre los países unidos por la geografía y por la recíproca amistad; pero exploraremos nuevos mercados en todas las regiones del mundo y generalizaremos el sistema de normas para alentar la fabricación de artículos cuya calidad y precio sean competitivos en el extranjero.
Los empresarios que no estén en aptitud de alcanzar metas superiores, tendrán vedado el comercio internacional.
La etapa de sustitución masiva de importaciones, nos ha obligado, frecuentemente, a producir bienes con el auxilio de instalaciones rudimentarias.
Nos enfrentamos ahora a una fase del desarrollo en que la innovación y la eficiencia deben regular la actividad industrial.
Debemos incorporarnos plenamente a la modernidad por el mejoramiento de la capacidad creativa y no por la imitación extralógica de prácticas ajenas.
En vez de aturdir a los consumidores con hábitos inútiles e inundarlos con cosas superfluas, cancelemos métodos anacrónicos e implantemos procedimientos industriales y comerciales más avanzados.
Seguiremos revisando el sistema de protecciones con que el poder público ha rodeado a la actividad fabril.
Ayudaremos a las industrias para que se modernicen y coadyuven al desenvolvimiento de otros sectores; de ninguna manera para subsidiar la ineficacia.
El progreso tecnológico es hoy el mejor aliado de la Revolución Mexicana.
Cuando se carece de técnica, las inversiones obtienen lucro por la existencia de mano de obra numerosa, pero poco calificada y escasamente retribuida.
Es típico del subdesarrollo que los costos sean altos mientras los salarios son raquíticos.
En cambio la productividad, correctamente orientada, permite crear con abundancia y distribuir con justicia.
El régimen de libre empresa supone el respeto de los derechos laborales.
Velaremos porque los preceptos de la Ley Federal del Trabajo se cumplan en toda su extensión; porque se desenvuelvan con equilibrio las relaciones obrero patronales, se garanticen la autonomía sindical y el derecho de huelga; se cumplan las disposiciones sobre salarios mínimos y reparto de utilidades; porque no sean violados los derechos de ningún trabajador abusando de su irreflexión o desamparo.
Necesitamos crear más de medio millón de empleos al año, pero no lo haremos a costa de la dignidad humana.
Muchos compatriotas se ven obligados a aceptar, por indigencia, condiciones laborales precarias.
Es nuestro deber evitar, en unión de las organizaciones sindicales y de los empresarios modernos, que continúen prestándose servicios personales al margen de la ley.
Confiamos, esencialmente a la conciencia libre y a la valiente militancia de cada trabajador, la defensa de sus derechos.
Los mexicanos sostenemos que no son modelos deseables para nuestro desarrollo, ni el que se fundara exclusivamente en la acumulación del capital y la explotación del trabajo, ni el que suprimiera la libertad humana como valor supremo y la iniciativa individual como fuerza motriz de progreso.
Queremos avanzar de prisa, pero sin detrimento de ninguno de los términos que componen nuestra ideología: el respeto irrestricto a las garantías individuales y la acción del poder público para la conquista del bienestar colectivo.
Cuidaremos que los préstamos institucionales no rebasen la capacidad previsible de pago.
Acrecentaremos el prestigio de México en el ámbito internacional, porque es un invaluable patrimonio que debemos al esfuerzo de una generación.
La expansión demográfica y la acumulación de carencias exigen aumentos constantes en el gasto público y mayor agilidad en el régimen impositivo.
Sanearemos los mecanismos recaudatorios para que sean más idóneos y estemos en aptitud de ampliar la inversión gubernamental y la infraestructura básica, siempre con la convicción de que si el incremento de la economía no corresponde a un aumento proporcional del pueblo para trabajar, crear y consumir satisfactores, estaremos, en realidad, empobreciendo al pueblo.
Para el Ejecutivo Federal, gobernar será distribuir equitativamente el fruto de redoblados esfuerzos; hacer que las regiones y los grupos más afortunados contribuyan al desenvolvimiento de los más atrasados.
No pretendemos suplir la responsabilidad personal, ni menos aún, fomentar la indolencia.
Realicemos el principio de igualdad de oportunidades, para ofrecer a todos la posibilidad de prosperar con su propio trabajo.
México debe seguir reparando, desde su base, la construcción de una sociedad moderna.
Para ello cuenta primordialmente, con el poder de la educación.
Nuestros compatriotas tienen fe en la escuela.
Le encomiendan el porvenir de sus hijos con la incertidumbre conmovedora de quien -conociendo sus propias limitaciones- cree siempre en la nueva generación y confía en el progreso del hombre por medio de la cultura.
No defraudaremos esa esperanza, porque es fuerza moral de la República.
La nación, por sus maestros, encontró el camino de la libertad.
Don Miguel Hidalgo enseño a los humildes, en aulas precursoras, cómo ganarse el pan y la independencia.
Los educadores liberales fueron gestores indiscutibles del triunfo de la Reforma.
Durante la Revolución armada, el maestro fue promotor e intérprete de la lucha del pueblo.
Nada de lo que México ha logrado hasta el presente puede explicarse sin la obra educativa realizada por sus Gobiernos.
Nuestro tiempo desafía, en todos los países, la eficacia de la escuela.
Una educación estática puede ser germen de discordia y retroceso.
Hagamos de cada aula un agente dinámico del cambio social, del progreso científico y del desarrollo económico, para que sea baluarte de soberanía y fuente de patriotismo constructivo.
Que surja de la escuela la nación que ambicionamos ser.
Una auténtica reforma educativa exige revisar, profunda y permanentemente, los objetivos, los conceptos y las técnicas que guían la docencia.
Desconfiemos de los cambios espectaculares y las decisiones arbitrarias.
La reforma que iniciaremos no será fruto de una imposición burocrática.
Surgirá de cada aula y estará fundada en la veracidad y en el diálogo.
Es menester apoyar la función social, intelectual y moral del educador, para que sea, en su conducta y en su dedicación al trabajo, una imagen viva de los principios que enseña.
Ha de templar su vocación en el estudio, para fecundar la imaginación del discípulo, en cuya pregunta se anuncia, tal vez, la verdad del mañana.
La reforma educativa es, en gran medida, una autocrítica del magisterio.
En todas las etapas de su formación, el alumno debe cultivar su aptitud para la acción creadora.
Es preciso que el campesino aprenda a transformar su medio y pueda incorporarse a la economía contemporánea, y que la industria y los talleres se enlacen estrechamente a la escuela para volverla más productiva.
Debemos, también, estimular la cooperación entre padres y maestros.
Reducir, en suma, la distancia que media entre el aula y la realidad que pone a prueba.
Los valores que enarbolamos en los planteles educativos son, frecuentemente, negados en el seno de la comunidad.
De poco valdría vigorizar la obra del educador, si no convirtiésemos los medios de difusión en instrumentos de enseñanza extraescolar y en forjadores de la conciencia colectiva; si no demandásemos a todos los sectores el ejercicio de una nueva actitud moral y si no estuviésemos decididos, por nuestra parte, a mostrar a las nuevas generaciones la fortaleza de nuestros principios y la rectitud con que los sostenemos.
La era que vivimos está condicionada por el avance científico y tecnológico.
Muchas regiones son pobres, aunque poseen cuantiosas materias primas, porque carecen de conocimientos y capital para transformarlas.
La adquisición de patentes y el pago de regalías resultan demasiado onerosos para las estructuras económicas poco evolucionadas.
El colonialismo científico agudiza las diferencias entre los países y prolonga sistemas de sujeción internacional.
Ningún pueblo puede desenvolverse en plenitud atenido exclusivamente a los conocimientos ajenos, ni decidir su futuro por sí mismo mientras factores externos sean capaces de frenar o distorsionar, en cualquier momento, su proceso de desarrollo.
Cobra así nueva vigencia un antiguo principio, según el cual, se es libre por el saber.
Generalicemos el empleo de métodos más racionales en la producción de bienes y servicios: en la agricultura y la ganadería, en las actividades extractivas, la industria, la administración y el comercio.
Busquemos, donde se encuentren, las técnicas que demanda la aceleración del progreso.
Para discernir su verdadera utilidad, para adaptarlas a nuestras peculiaridades y, sobre todo, para innovar por nosotros mismos, intensifiquemos una capacidad científica propia.
Será objetivo primordial del Gobierno de la República el fomento de la ciencia.
Proporcionaremos a las Universidades y a los Institutos Técnicos, los medios para que mantengan el conocimiento a la altura contemporánea.
Respetaremos cabalmente su autonomía, porque sin libertad de pensamiento no existe creación intelectual.
Solicitaremos su cooperación para un programa que comprenda, desde la enseñanza básica hasta la difusión científica y la capacitación de investigadores que garanticen nuestra independencia.
Si consideramos sólo cifras globales, podríamos pensar que hemos vencido el subdesarrollo.
Pero si contemplamos la realidad circundante tendremos motivo para muy hondas preocupaciones.
Un elevado porcentaje de la población carece de vivienda, agua potable, alimentación, vestido y servicios médicos suficientes.
Hemos abatido la mortalidad y aumentado la esperanza de vida al nacer; pero no hemos logrado que la existencia humana se desenvuelva siempre en condiciones satisfactorias.
El hambre es la enfermedad más grave que padecen algunos compatriotas.
Produzcamos más alimentos y llevémoslos a la mesa del pobre.
Desterremos la insalubridad y promovamos, decididamente, la salud física y mental de todos los mexicanos.
En muchos miles de poblados falta lo elemental para vivir con decoro; pero también la excesiva concentración urbana genera peligrosas deformaciones.
Nos enfrentamos a problemas, como el subempleo crónico, las tensiones síquicas y la contaminación del ambiente que atacaremos sin demora, pero que sólo se resuelven, a fondo, por la descentralización de las fuentes de trabajo.
Reitero que cada mexicano merece una morada digna.
Por desgracia, la mayoría de las viviendas campesinas refleja lacerantes pobrezas.
Las grandes aglomeraciones provocan el hacinamiento de hombres, mujeres y niños bajo improvisados techos, en cinturones de miseria y en ciudades perdidas.
Hacer efectivo el derecho de toda familia a vivir en un hogar decoroso, es tarea que demanda acciones perseverantes.
Impulsaremos, con el estímulo el esfuerzo individual, la superación de las pequeñas comunidades y el mejoramiento urbano, con sistemas más baratos de construcción y aumento de las inversiones en vivienda popular.
La seguridad social es uno de los instrumentos más poderosos para redistribuir el ingreso y fomentar la salud.
En unos cuantos lustros se ha puesto la medicina al servicio de las familias trabajadoras.
No obstante, sus beneficios apenas llegan a una cuarta parte de la población.
Las ventajas que ofrece no deben restringirse sólo a los sectores asalariados.
Extenderemos gradualmente los servicios al medio campesino y los llevaremos, asimismo, a las capas urbanas más modestas, a las clases medias y a los trabajadores independientes.
Con planeación cuidadosa y ejecución audaz, iniciaremos un programa por el que la seguridad social puede amparar, antes que esta década termine, cuando menos a la mitad de nuestros compatriotas.
Por la Independencia conquistamos, al mismo tiempo, la soberanía de la Nación y la igualdad esencial entre los mexicanos.
En nuestro país no hay prejuicios raciales.
Somos un pueblo mestizo y mestiza también es nuestra cultura.
Estamos orgullosos de las dos grandes fuentes de nuestra nacionalidad.
Todo mexicano, cualquiera que sea su origen étnico, es nuestro hermano.
El atraso y la marginación de algunos grupos indígenas son fenómenos del subdesarrollo.
Mientras no los incorporemos al avance de la comunidad, serán extraños en su propia tierra.
Debemos llevarles el camino, la educación y la técnica; proporcionarles, en actitud honrada, el aliciente que los mueva a participar en las tareas generales.
En el primer decenio de este siglo éramos todavía un país semifeudal.
Para romper aislamientos ancestrales, tuvimos que vencer las barreras geográficas que nos separaban: construir carreteras, crear sistemas hidráulicos, diseminar la energía eléctrica, establecer líneas aéreas, llevar la telecomunicación hacia todos los rumbos.
En sólo cincuenta años se ha integrado físicamente la mayor parte del territorio y estamos, por primera vez, dando a México existencia orgánica.
Evitaremos que los beneficios de la civilización sigan concentrándose en unas cuantas zonas.