Cours familier de Littérature - Volume 06

Chapter 4

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Es muy importante esto, porque es lo que descubre dónde estaba la mamá del cordero. Dice así -me voy a permitir extractar un poco aunque después lo circularemos, en honor a una brevedad que ya he violado algo-:

«De inicio, se dio ampliamente por sentado en la América Latina que la invasión estaba respaldada por los Estados Unidos y que, por lo tanto, tendría éxito. La mayoría de los gobiernos y sectores responsables de la población estaban preparados para aceptar un hecho consumado (fait accompli), aunque existía recelos acerca de la violación del principio de no intervención. Los comunistas y otros elementos vehementes pro-Castro, tomaron inmediatamente la ofensiva con demostraciones y actos de violencia dirigidos contra agencias de los Estados Unidos en varios países, especialmente en Argentina, Bolivia y México. Sin embargo, tales actividades anti-norteamericanas y pro-Castro, recibieron un respaldo limitado y tuvieron menos efecto del que pudiera haberse esperado.»

«El fracaso de la invasión desalentó a los sectores anti-Castro, los cuales consideran que los Estados Unidos debían hacer algo dramático que restaurara su dañado prestigio, pero fue acogido con alegría por los comunistas y otros elementos pro-Castro.»

Continúa:

«En la mayoría de los casos, las reacciones de los gobiernos latinoamericanos no fueron sorprendentes. Con la excepción de Haití y la República Dominicana, las repúblicas que ya había roto o suspendido sus relaciones con Cuba expresaron su comprensión de la posición norteamericana. Honduras se unió al campo anti-Castro, suspendiendo las relaciones en abril y proponiendo la formación de una alianza de naciones centroamericanas y del Caribe para habérselas por la fuerza con Cuba. La proposición -que fue sugerida también independientemente por Nicaragua-, fue abandonada calladamente cuando Venezuela rehusó respaldarla. Venezuela, Colombia y Panamá expresaron una seria preocupación por las penetraciones soviéticas y del comunismo internacional en Cuba, pero se mantuvieron a favor de realizar algún tipo de acción colectiva de la OEA -«acción colectiva de la OEA», entramos en terreno conocido-, para habérselas con el problema cubano. Una opinión similar fue adoptada por Argentina, Uruguay y Costa Rica; Chile, Ecuador, Bolivia, Brasil y México rehusaron respaldar toda posición que implicara una intervención en los asuntos internos de Cuba. Esta actitud fue probablemente muy intensa en Chile, donde el Gobierno encontró una fuerte oposición en todas las esferas a una intervención militar abierta por algún Estado contra el régimen de Castro. En Brasil y Ecuador la cuestión provocó serias divisiones en el Gabinete, en el Congreso y en los partidos políticos. En el caso de Ecuador, la posición intransigente pro-Cuba del presidente Velazco, fue sacudida pero no alterada por el descubrimiento de que comunistas ecuatorianos estaban siendo entrenados dentro del país en las tácticas de guerrillas por revolucionarios pro-Castro.» -Entre paréntesis, y mío: es mentira-.

«Asimismo, existen muy pocas dudas de que algunos de los elementos anteriormente no comprometidos de la América Latina han quedado impresionados favorablemente por la habilidad de Castro en sobrevivir a un ataque militar, apoyado por los Estados Unidos, contra su régimen. Muchos que habían vacilado en comprometerse antes, porque suponían que los Estados Unidos eliminarían al régimen de Castro con el tiempo, puede que hayan cambiado ahora de opinión. La victoria de Castro, les ha demostrado el carácter permanente y factible de la Revolución cubana -informe de los Estados Unidos-. Además, su victoria ha excitado sin duda la latente actitud antinorteamericana que prevalece en gran parte de la América Latina.»

«En todos los respectos, los Estados Miembros de la OEA son ahora menos hostiles a la intervención de los Estados Unidos en Cuba que antes de la invasión, pero una mayoría -incluyendo Brasil y México, que suman más de la mitad de la población de la América Latina- no está dispuesta a intervenir activamente y ni siquiera a unirse en una cuarentena contra Cuba. Tampoco pudiera esperarse que la Organización le diera de antemano su aprobación a la intervención directa de los Estados Unidos, excepto en el caso de que Castro esté involucrado sin lugar a dudas en un ataque a un gobierno latinoamericano.»

«Aun cuando los Estados Unidos tuvieran éxito -lo cual luce improbable- en persuadir a la mayoría de los Estados latinoamericanos a unirse en una cuarentena a Cuba, el intento no tendría un éxito total. De seguro, México y Brasil rehusarían cooperar y servirían de canal para los viajes y otras comunicaciones entre la América Latina y Cuba.»

«La oposición mantenida por México durante mucho tiempo a la intervención de cualquier tipo, no representaría un obstáculo insuperable a la acción colectiva de la OEA, contra Cuba. La actitud del Brasil, sin embargo, que ejerce una fuerte influencia sobre sus vecinos suramericanos, es decisiva para la cooperación hemisférica. Mientras el Brasil rehúse actuar contra Castro, es probable que un número de otras naciones, incluyendo Argentina Chile, no tengan deseos de arriesgarse a repercusiones internas adversas por complacer a los Estados Unidos.»

«La magnitud de la amenaza que constituyen Castro y los comunistas en otras partes de la América Latina, seguirá probablemente dependiendo en lo fundamental de los siguientes factores: a) la habilidad del régimen en mantener su posición; b) su eficacia en demostrar el éxito de su modo de abordar los problemas de reforma y desarrollo; y c) la habilidad de los elementos no comunistas en otros países latinoamericanos en proporcionar alternativas, factibles y popularmente aceptables. Si, mediante la propaganda, etcétera, Castro puede convencer a los elementos desafectos que existen en la América Latina, de que realmente se están haciendo reformas sociales -es decir, si de esto que decimos se convencen los señores Delegados que es verdad- básicas que benefician a las clases más pobres, crecerá el atractivo del ejemplo cubano y seguirá inspirando imitadores de izquierda en toda la zona. El peligro no es tanto de que un aparato subversivo, con su centro en La Habana, pueda exportar la Revolución, como de que una creciente miseria y descontento entre las masas del pueblo latinoamericano proporcione a los elementos pro-Castro, oportunidades de actuar.»

Después de considerar si nosotros intervenimos o no, razonan:

«Es probable que los cubanos actúen cautelosamente a este respecto durante algún tiempo. Probablemente no estén deseosos de arriesgarse a que se intercepte y se ponga al descubierto alguna operación de filibusterismo o suministro militar proveniente de Cuba. Tal eventualidad traería como resultado un mayor endurecimiento de la opinión oficial latinoamericana contra Cuba, acaso hasta el punto de proporcionar un respaldo tácito a la intervención norteamericana, o dar por lo menos posibles motivos para sanciones por parte de la OEA. Por estas razones y debido a la preocupación de Castro, por la defensa de su propio territorio en este momento, el uso de fuerzas militares cubanas para apoyar la insurrección en otras partes es extremadamente improbable.»

De modo señores Delegados que tengan dudas, que el Gobierno de Estados Unidos anuncia que es muy difícil que nuestras tropas interfieran en las cuestiones nacionales de otros países.

«A medida que pasa el tiempo, y ante la ausencia de una intervención directa de Cuba en los asuntos internos de Estados vecinos, los presentes temores al castrismo, a la intervención soviética en el régimen, a su naturaleza «socialista», -ellos lo ponen entre comillas- y a la repugnancia por la represión de Estado policía de Castro, tenderán a decrecer y la política tradicional de no intervención se reafirmará.»

Dice después: «Aparte de su efecto directo sobre el prestigio de los Estados Unidos en esa zona -que indudablemente ha descendido como resultado del fracaso de la invasión- la supervivencia del régimen de Castro, pudiera tener un profundo efecto sobre la vida política americana en estos años venideros. La misma prepara la escena para una lucha política en los términos promovidos por la propaganda comunista durante mucho tiempo en este Hemisferio, quedando de un lado las fuerzas «populares» -entre comillas- antinorteamericanas y del otro los grupos dominantes aliados a los Estados Unidos. A los Gobiernos que prometen una reforma evolutiva por un período de años, aun a un ritmo acelerado, se les enfrentarán líderes políticos que prometerán un remedio inmediato a los males sociales, mediante la confiscación de propiedades y el vuelco de la sociedad. El peligro más inmediato del ejército de Castro, para la América Latina pudiera muy bien ser el peligro para la estabilidad de aquellos gobiernos que están actualmente intentando cambios evolutivos sociales y económicos, más bien que para los que han tratado de impedir tales cambios, en parte debido a las tensiones y excitadas esperanzas que acompañan a los cambios sociales y al desarrollo económico. Los desocupados de la ciudad y los campesinos sin tierra de Venezuela y Perú, por ejemplo, los cuales han esperado que Acción Democrática y el APRA efectúen reformas, constituyen una fuente expedita de fuerzas políticas para el político que los convenza de que el cambio puede ser efectuado mucho más rápidamente de lo que han prometido los movimiento socialdemocráticos. El apoyo popular que actualmente disfrutan los grupos que buscan cambios evolutivos o el respaldo potencial que normalmente pudieran obtener a medida que las masas latinoamericanas se tornan más activas políticamente, se perderían en la medida en que los líderes políticos extremistas, utilizando el ejemplo de Castro, puedan hacer surgir apoyo para el cambio revolucionario.»

Y en el último párrafo, señores, aparece nuestra amiga aquí presente: «La Alianza para el Progreso pudiera muy bien proporcionar el estímulo para llevar a cabo programas más intensos de reforma, pero a menos que éstos se inicien rápidamente y comiencen pronto a mostrar resultados positivos, es probable que no sean un contrapeso suficiente a la creciente presión de la extrema izquierda. Los años que tenemos por delante serán testigos casi seguramente de una carrera entre aquellas fuerzas que están intentando iniciar programas evolutivos de reforma y las que están tratando de generar apoyo de masas para la revolución fundamental económica y social. Si los moderados se quedan atrás en esta carrera pudieran, con el tiempo, verse privados de su apoyo de masas y cogidos en una posición insostenible entre los extremos de la derecha y la izquierda.»

Estos son, señores Delegados, los documentos que la Delegación de Cuba quería presentar ante ustedes, para analizar descarnadamente la «Alianza para el Progreso». Ya sabemos todos el íntimo sentir del Departamento de Estado norteamericano: «es que hay que hacer que los países de Latinoamérica crezcan, porque si no viene un fenómeno que se llama castrismo, que es tremendo para los Estados Unidos.»

Pues bien, señores, hagamos la Alianza para el Progreso sobre esos términos: que crezcan de verdad las economías de todos los países miembros de la Organización de Estados Latinoamericanos; que crezcan, para que consuman sus productos y no para convertirse en fuente de recursos para los monopolios norteamericanos; que crezcan, para asegurar la paz social, no para crear nuevas reservas para una eventual guerra de conquista; que crezcan para nosotros, no para los de afuera. Y a todos ustedes, señores Delegados, la Delegación de Cuba les dice, con toda franqueza: queremos, dentro de nuestras condiciones, estar dentro de la familia latinoamericana; queremos convivir con Latinoamérica; queremos verlos crecer, si fuera posible, al mismo ritmo en que estamos creciendo nosotros, pero no nos oponemos a que crezcan a otro ritmo. Lo que sí exigimos es la garantía de la no agresión para nuestras fronteras.

No podemos dejar de exportar ejemplo, como quieren los Estados Unidos, porque el ejemplo es algo espiritual que traspasa fronteras. Lo que sí damos la garantía de que no exportaremos revolución, damos la garantía de que no se moverá un fusil de Cuba, de que no se moverá una sola arma de Cuba para ir a luchar en ningún otro país de América.

Lo que no podremos asegurar es que la idea de Cuba deje de implantarse en algún otro país de América y lo que aseguramos en esta conferencia, a la faz de los pueblos, es que si no se toman medidas urgentes de prevención social, el ejemplo de Cuba sí prenderá en los pueblos y, entonces sí, aquella exclamación que una vez diera mucho que pensar, que hiciera Fidel un 26 de julio y que se interpretó como una agresión, volverá a ser cierta. Fidel dijo que si seguían las condiciones sociales como hasta ahora, «la cordillera de los Andes sería la Sierra Maestra de América».

Nosotros señores Delegados, llamamos a la Alianza para el Progreso, la alianza para nuestro progreso, la alianza pacífica para el progreso de todos. No nos oponemos a que nos dejen de lado en la repartición de los créditos, pero sí nos oponemos a que se nos deje de lado en la intervención en la vida cultural y espiritual de nuestros pueblos latinoamericanos, a los cuales pertenecemos.

Lo que nunca admitiremos es que se nos coarte nuestra libertad de comerciar y tener relaciones con todos los pueblos del mundo, y de lo que nos defenderemos con todas nuestras fuerzas es de cualquier intento de agresión extranjera, sea hecho por la potencia imperial o sea hecha por algún organismo latinoamericano que englobe el deseo de algunos de vernos liquidados.

Para finalizar, señor Presidente, señores Delegados, quiero decirles que hace algún tiempo tuvimos una reunión en el Estado Mayor de las Fuerzas Revolucionarias en mi país, Estado Mayor al cual pertenezco. Se trataba de una agresión contra Cuba, que sabíamos que vendría, pero no sabíamos aún cuándo ni por dónde. Pensábamos que sería muy grande, de hecho iba a ser muy grande. Esto se produjo antes de la famosa advertencia del Primer Ministro de la Unión Soviética, Nikita Khrushchov de que sus cohetes podían volar más allá de las fronteras soviéticas. Nosotros no habíamos pedido esa ayuda, y no conocíamos esa disposición de ayuda. Por eso, nos reunimos, sabiendo que llegaba la invasión, para afrontar como revolucionarios nuestro destino final. Sabíamos que si los Estados Unidos invadían a Cuba, una hecatombe habría, pero en definitiva seríamos derrotados y expulsados de todos los lugares habitados del país.

Propusimos, entonces, los miembros del Estado Mayor, que Fidel Castro se retirara a un reducto de la montaña y que uno de nosotros tomara a su cargo la defensa de La Habana. Nuestro Primer Ministro y nuestro Jefe contestó aquella vez, con palabras que lo enaltecen -como en todos sus actos- que si los Estados Unidos invadían a Cuba y La Habana se defendía como debiera defenderse, cientos de miles de hombres, mujeres y niños morirían ante el ímpetu de las armas yanquis, y que a un gobernante de un pueblo en revolución no se le podía pedir que se refugiara en las montañas, que su lugar estaba allí donde se encontraban sus muertos queridos, y que allí, con ellos, cumpliría su misión histórica.

No se produjo esa invasión, pero mantenemos ese espíritu, señores Delegados. Por eso, puedo predecir que la Revolución cubana es invencible, porque tiene un pueblo y porque tiene un gobernante como el que dirige a Cuba.

Eso es todo, señores Delegados.

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