Part 2
Esto es un fenómeno que no se explica sin la asistencia especial de Dios. Nuestros sacerdotes la tenía asegurada por la oración de Jesucristo, siempre eficaz: “Yo vengo a Ti, Padre Santo; ya que me los diste, conservarlos en tu nombre” (Joh., 17, 11). Dos mil años ha que se pronunció esta oración, y aún tiene fuerza, porque es oración del Hombre-Dios, para producir este fenómeno de seis, ocho, diez mil sacerdotes, incardinados por su consagración al sacerdocio de Cristo, que, sin previo acuerdo, sin contacto mutuo, miles de ellos a solas con sus asesinos, pudiendo escapar de sus manos con una palabra, dan este ejemplo de resistencia y solidaridad sacerdotal que no ha sido bastante ponderado.
“Cuando estaba con ellos, seguía Jesús, en la oración sacerdotal, era yo quien los guardaba en tu nombre, y ni uno de ellos pereció más que el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura” (Joh., 17, 12). Y cuando Jesús los ha guardado desde el cielo, no hay, no ya entre doce, sino entre millares de sacerdotes españoles, ni un solo desertor, ni un solo pérfido, ni un cobarde, que sepamos. ¡Y son seis, ocho, diez mil; no los contaremos hasta que nos haya dejado la pesadilla que nos abruma!
Pudieron congraciarse con el mundo con una palabra; y el mundo les hubiese llevado en palmas. No quisieron porque, como Jesús, “no eran del mundo” (Joh., 17, 14).
Una última palabra de Jesús explica el misterio de este heroísmo colectivo: “Por ellos, dice Jesús al terminar la oración por sus sacerdotes, yo me sacrifico a mí mismo” (Joh., 17, 19), es decir, es mi voluntad la que me lleva al martirio, que sufriré mañana en la Cruz; “para que ellos sean sacrificados en la verdad”. A la cabeza bastó su propia voluntad para dar la vida; a los miembros, partícipes de su sacerdocio, los sacrificó el ejemplo del Maestro y la fuerza de su verdad; por Él y por ella dieron testimonio con su muerte.
Señores Congresistas: Cuando os hablen de las riquezas, de la molicie, de la pereza, del enervamiento del sacerdote español del siglo XX, no os entretengáis en refutar las razones de nuestros calumniadores. Responded con este hecho: que de 30.000 han dado la vida 6.000 sin una defección; igual hubiesen hecho los restantes con la gracia de Dios. Y yo digo que una raza que sabe morir, pudiendo vivir, aunque fuese con vilipendio, no está enervada; y que una clase que está todavía encuadrada en las grandes líneas que le trazó su Fundador hace dos mil años, tiene derecho a seguir su historia haciendo el bien al mundo, entre la admiración de amigos y adversarios. El sol tiene sus manchas, y es la vida de un mundo; ¿qué son las flaquezas de algunos ante el vigor de la masa, puesta a prueba con la terrible prueba de la muerte?
Y ahora, Señores Congresistas, dejadme que os pregunte, para entroncar este fenómeno de valor y de sincronismo colectivo con el tema doctrinal de este Congreso de Budapest: ¿quién les dio a nuestros sacerdotes esta coherencia consigo mismos, con la Iglesia de la que eran pastores y particularmente con Jesucristo, que les solidarizó a todos con su única unción sacerdotal? Yo digo que fue la Eucaristía, que cada día brotaba de sus manos y mantenía por la comunión el vigor de sus almas. Ella es el vínculo de la caridad que ata fuertemente al sacerdote, más que al simple fiel, a su deber de cooperación con Cristo. Ella, que es el vínculo de la caridad, es la que imana todos los elementos de la vida del sacerdote y los hace converger en el pensamiento y en la voluntad del Sumo Sacerdote Jesús; la que le solidariza con la Iglesia; la que le hace una cosa con Cristo: ¡”Señor -le dice a Jesús el sacerdote, cada día, antes de comulgarse con su Cuerpo y Sangre-, no mires mis pecados, sino la fe de tu Iglesia: pacifícala, coadúnala…!” Señor Jesucristo, que por tu muerte diste vida al mundo… No permitas que jamás me separe de Ti…” (Orat. Ante Commun).
Sacerdotes, que os habéis congregado en Budapest para glorificar a la Eucaristía. Ved la luz que os viene de esos miles de sacerdotes españoles que empuñan la palma del martirio en pleno siglo XX, cuando la debilidad del pensamiento religioso ha enervado los caracteres. Ante la santísima Eucaristía, donde está la vida que les dio el vigor del espíritu; ante el pueblo cristiano, para quien la palabra y la acción sacerdotal derivan la vida de Dios por la palabra del Evangelio y la acción santificadora de los Sacramentos; yo pido a Dios que la sangre de nuestros miles de sacerdotes españoles tenga la eficacia que tuvo siempre el martirio. Que sea holocausto a Jesús Sacramentado que les dio temple espiritual para afrontar por Él la muerte; lección para el pueblo cristiano que así es adoctrinado por sus pastores; gloria y estímulo para la clase sacerdotal, que contará en lo futuros esta gesta como florón magnífico de su historia. Y que la santa Eucaristía, vínculo sagrado de caridad, estreche los lazos espirituales de los sacerdotes entre sí, de éstos con el pueblo que han de salvar, y de todos con Jesucristo para que se verifique la palabra eucarística de Jesús: “Ut et ipsi in nobis unum sint”: “Que todos sean una cosa con nosotros” (Joh., 17, 21).
-El arte cristiano, la Eucaristía y la barbarie comunista
Voy, para terminar, a presentar ante los ojos de los congresistas, el cuadro de mayor desolación que nos ofrece España y que tiene relación profunda con el tema doctrinal de este Congreso. Me refiero a la inmensa catástrofe del arte religioso español. Me atrevo a afirmar que la revolución comunista producido en nuestro país la mayor mutilación que el orden artístico ha visto en la historia.
El arte es la proyección de la vida de un pueblo: es el reflejo de su alma; es la cristalización de lo más profundo y delicado de su espíritu. Y cuando se trata del arte religioso, es la conjunción, en forma social y visible, de la vida de Dios y de los hombres; es, sobre todo cuando se trata de nuestro arte cristiano, la expresión de la benignidad y de la filantropía de Dios –“apparuit benignitas et humanitas Salvatoris nostri Dei” (Tit., 3, 4)- que quiere convivir con los hombres, y la del esfuerzo del hombre que quiere remontarse a las alturas de Dios.
Ningún arte como el arte cristiano, porque no hay belleza como la de nuestro Dios, en su doctrina y en su historia; ni ha habido jamás percepción tan profunda, delicada y universal de la belleza, como la del espíritu cristiano. El arte griego supo hallar formas inimitables de la belleza física; pero le supera cien veces el arte cristiano en la reproducción de la belleza espiritual. Los griegos no sintieron jamás la emoción estética que produce la visión del cuadro del Angélico “La Coronación de la Virgen”, en el Louvre, o la de los “Pórticos” de las catedrales de Chartres y Santiago.
Ninguna civilización produjo, por otra parte, una profusión tal de obras de arte como la civilización cristiana. El arte antiguo era patrimonio de grandes ciudades y magnates: el cristiano ha sido ya de siglos el espejo de la vida cristiana hasta en los villorrios, al alcance de toda capacidad intelectual. Pues bien; yo creo poder afirmar que la Eucaristía, directamente o por sus influencias, como es el centro del culto y del sistema sacramental, así ha sido el principal generador del arte cristiano. “¿Qué hay más bello, diré con el Sabio, que este pan candeal de los elegidos, y este vino que engendra vírgenes?” En la Eucaristía está la suma belleza del Verbo de Dios y la suma belleza del Hombre-Dios; ella es la que está destinada a producir en el mundo la belleza de la santidad en su expresión más alta; ella es, en frase de San Buenaventura, “la fuente de la vida, de la sabiduría y de la ciencia, de la luz eterna; de ella brota el torrente de todo deleite; ella es la exuberancia de la casa de Dios”: “ubertas domus Dei”. Cuando Jesucristo la quiso instituir ordenó que se prepara un cenáculo “magnum stratum”, para que entre las bellezas de la mano del hombre naciera esta belleza de las manos de Dios.
Y ved la belleza producida por la Eucaristía en el terreno del arte cristiano. Estos templos maravillosos, esos retablos, desarrollo a veces gigantesco, como sucede en las iglesias de España, de los antiguos dípticos del altar cristiano; esos sagrarios cargados a veces de simbolismo eucarístico; telas y frescos como la de la “Sagrada Forma”, del Escorial, o estas “Cenas”, de Vinci o de Juan de Juanes, o la “Disputa del Sacramento”, de Rafael, o esos Santos con rostros divinos transformados por la Comunión eucarística; esas maravillas de la orfebrería religiosa, particularmente estas “Custodias”, cargadas de arte y de riqueza, que fueron la gloria de centenares de Iglesias en España. Todo ello constituye un inmenso poema en piedra, en colores, en bronces y metales preciosos; las artes mayores y menores, los mejores artistas del mundo han colaborado en él, y a fuerza de siglos y de generosidad del pueblo cristiano, se ha podido elaborar este monumento colosal del arte cristiano, que podría ser la gloria de una civilización, y que a mí se me antoja una inmensa custodia, obra del pensamiento y del amor del pueblo católico en cuyo centro brilla con fulgores divinos la Hostia santa que un día brotara de las mismas manos de Dios.
Pues bien, señores congresistas. Todo este inmenso cúmulo de arte ha desaparecido en su totalidad de la zona española ocupada por la revolución marxista. Ha sido una ráfaga de barbarie y de locura la que ha pasado por casi la mitad de España y ha aniquilado nuestra riqueza artística. Más de 20.000 templos han sido destruidos o profanados; sus retablos han ardido en inmensas piras; telas preciosas han sido convertidas en guiñapos; el mazo o el martillo han hecho pedazos de las famosas estatuas. A la destrucción ha sustituido el pillaje, cuando se preveía un alto precio para la obra de arte. No hace mucho que un periódico de la zona roja desafiaba a un gobierno que quiso engañar al mundo con la profesión de su tolerancia religiosa a que se dijera una sola misa en una gran ciudad: “No ha quedado un cáliz ni una ara para ello”, decía el diario impío. Ante la inmensidad de la catástrofe no temo decir que la hecatombe del arte español supera al desastre producido en el mundo del arte por bárbaros, iconoclastas y hugonotes, acumulando las ruinas de todos.
¿Qué relación tiene la terrible tragedia del arte español con el tema doctrinal de este Congreso? Tiene una relación de antítesis, señores congresistas. El arte cristiano, como la ciencia, como la virtud cristiana, como las instituciones de orden cristiano social, arranca del profundo sentido de Cristo -el “sensus Christi”, del Apóstol- que es la característica de nuestro pueblo católico. Porque nuestro Dios no es el de los paganos, que no salvaba al dintel de los templos y de los lares, sino que vive en cada uno de nosotros, arrancando de nuestra propia vida, del pensamiento, de la voluntad, del sentimiento, las maravillas de su vida divina. Es el Emmanuel. “Dios con nosotros”, que absorbe nuestra pobre mortalidad, es palabra del Apóstol, y la utiliza para transparentarse a través de ella, en el orden personal y social.
Bajo este aspecto, la Santísima Eucaristía tiene una doble eficiencia en el orden a la manifestación social de la vida cristiana. La Eucaristía hace personalmente presente a Dios entre los hombres; y la presencia de Dios, como el sol en nuestro sistema planetario, hace que toda la actividad humana se oriente hacia él y gire alrededor de él. Por esto, ya que el arte es el espejo de la vida, no ha habido jamás en la historia pueblo alguno como los pueblos católicos que haya proyectado en la sociedad con mayor profusión, delicadeza y profundidad los aspectos múltiples de nuestra vida religiosa.
Más aún: hay una relación profunda entre el amor y la belleza. Es el Espíritu de Dios, amor esencial, el que en el orden natural cubre la creación con manto rozagante de toda belleza: “Emittes Spiritum tuum et creabuntur, et renovabis faciem terrae”. “Amor forma de eternas sustancias la eminente”, ha dicho el Dante; y esta eterna sustancia ha comunicado a toda criatura un destello de su belleza. La Eucaristía es amor, porque es la suma amabilidad como Sacramento y es abrazo de Dios con su criatura como Comunión. Es más; la Eucaristía es mensaje y factor de la obra del divino espíritu en nosotros; sacramento de la gracia, más que ninguno, es el que nos sella con la marca del Espíritu Santo y nos preforma según la divina semejanza y nos prepara para la transformación de la gloria eterna. ¿Qué extraño que la acción profunda del Sacramento en el alma de los pueblos católicos haya podido arrancar de ella formas nuevas de belleza, como ha producido formas nuevas de sabiduría y de virtud, y las haya proyectado, en esta forma social del arte, por el genio creador de los grandes artistas?
Señores congresistas: yo no sé si en el orden de las manifestaciones sociales del sentido religioso haya nada comparable con nuestras representaciones españolas de los “Autos” y “Loas” sacramentales, o con la procesión del “Corpus” de Toledo, que valía un viaje a través de los mares, o con este monumento de orfebrería, quizás la pieza más representativa y más armónica en su género, que se llama la “Custodia”, de Toledo, de nuestro gran Arfe.
Es que la Eucaristía es el vínculo de la caridad que, desde el Cenáculo acá, ha captado en el fondo de las almas, y en el fondo de los siglos cristianos, todos los elementos de la belleza de nuestra religión divina y los ha armonizado en síntesis maravillosas por el genio de sus artistas.
Todo ha desaparecido en la zona roja de nuestra patria. Lo que el amor de la Eucaristía, el “vinculum caritatis” había producido con el esfuerzo de siglos, el odio de lo divino, que es el más profundo de los rencores y que es el dogma fundamental del comunismo, lo ha aventado en pocos meses.
Señores Congresistas: la Catedral de Toledo guardaba un tesoro que no lo tenía igual ninguna iglesia del mundo: ornamentos y tallas, pinturas y broderías, códices miniados, vasos sagrados que eran el pasmo de los visitantes. Destacaba sobre todo la famosa “Custodia”, con sus doscientas estatuas; su dulce sonería que anunciaba al pueblo el paso de su Dios; su ostensorio, con dieciséis kilos de oro puro cuajado de perlas y pedrería: era un monumento alado, espiritual, de cuatro metros de alto, rematado en cruz de grandes perlas, que parecía labrado por manos de los ángeles que le daban guardia. Cuando, dos días después de la reconquista de Toledo, entraba yo en el recinto en que se guardó nuestro tesoro, vi con pena el inmenso expolio que había sufrido nuestra Iglesia; habían desaparecido las sesenta y cuatro mejores piezas de orfebrería, muchas de ellas únicas en el mundo. La “Custodia” quedaba allí, deshecha, dispersas sus partes por el suelo; la rapidez de la fuga no les había dado tiempo a los sacrílegos ladrones de llevarse el preciado monumento, aunque sí fue robado el precioso viril de oro puro cuajado de pedrería.
Y me pareció un doble símbolo. Aquel ostensorio de la Hostia divina había representado la convergencia de toda la vida cristiana en el centro vivo de la humanidad que es la Eucaristía, cristalizada alrededor de ella por la fuerza inmensa de este vínculo de caridad. En los fragmentos dispersos de la “Custodia”, y en el furor satánico que deshizo la magnífica pieza, me pareció ver la fuerza del moderno Belial, el comunismo, que no quiere nada con Cristo, que quiere destruir su obra, y el terrible estrago que ha causado en los pueblos cristianos al descentrarlos del eje secular de la civilización cristiana. Señores Congresistas: La habilidad de nuestros artistas cogerá religiosamente los fragmentos de nuestra “Custodia” y la rehará, y las generaciones futuras podrán adorar al Dios de sus padres que pasará triunfante por las calles de la ciudad. Es otro símbolo. La fuerza de nuestro apostolado, del apostolado sacerdotal y del apostolado seglar, que recibe su vigor del Pan divino de la caridad, bajará al fondo de las almas extraviadas y penetrará en las entrañas de nuestra sociedad engañada y lo aglutinara todo otra vez con Cristo y lo hará revivir para Cristo.
Lo esperamos en el mismo Jesucristo, que no querrá que perezca nuestra nación, madre de naciones cristianas. Lo esperamos de la sangre de los miles de sacerdotes y católicos que clama al cielo la única venganza digna de un mártir: la venganza de la misericordia de Dios que doblegue con su gracia la protervia de sus enemigos. Lo esperamos de la fuerza del pensamiento y del amor cristianos que todavía pueden reconquistar lo perdido, si la generación de hoy reconoce que no hay salvación posible más que en Jesucristo.
Cuando anteayer, en el silencio de la noche obscura, se deslizaba sobre las aguas del Danubio la nave, profusamente iluminada, que servía de ostensorio a la Santísima Eucaristía, recordamos las metáforas evangélicas de la luz, representativas de la persona y de las funciones de Cristo en el mundo: “La luz brilla en las tinieblas” (Joh., 1, 5); “Yo soy la luz del mundo” (Joh., 8, 12); “Yo, Luz, vine al mundo”. A ambas orillas del río agitábanse millares de antorchas, mientras que otras naves, convertidas en constelaciones, seguían a la nave capitana en que viajaba el Gran Rey. De repente, en lo alto de la fortaleza de Saint Gellert apareció una inmensa cruz luminosa que atrajo las miradas de la gran ciudad. El espectáculo era maravilloso. Era el cortejo que los hijos de la luz hacían al que es la Luz sustancial que vino a iluminar a todo hombre que viene al mundo.
Y salió de nuestros labios una plegaria: “Señor, que vean”. Que los que andan todavía en tinieblas y en sombras de muerte se dejen iluminar por esta luz, fuerte y viva, de la Eucaristía y de la Cruz. En las tinieblas cerradas del mundo de hoy no hay más luz que Tú, Señor Jesucristo, que eres el Dios-Luz. Haz, Señor, que las tinieblas te reciban. Que esta luz que brilla hoy en Budapest inunde el mundo espiritual y que a su claridad aprendan los hombres que para la solución de los grandes problemas que los torturan, no hay más recurso que la luz de tu pensamiento, porque Tú solo eres el Pensamiento sustancial de Dios; ni más fuerza que la de tus mandamientos, que son la regla eterna del bien obrar; ni más vida que la que viene de Ti, vida del mundo, que quisiste encerrarte en la Santísima Eucaristía para que los hombres viviesen la misma vida de Dios.
Y toda vez que el mundo ansía formar una unidad inmensa, que deje sus utopías comunistas, que han acarreado ya inmensas ruinas y se nutre de Ti, Señor; de tu pensamiento y de tu amor, y sobre todo del Sacramento de tu Cuerpo y Sangre, vínculo de caridad, al que en tu sermón de la última Cena pusiste como factor y símbolo de la unidad espiritual del mundo: “Ut sint unum”…
Fuente: "Por Dios y por España". Pastorales,instrucciones, discursos, etc. 1936-1939, del Excmo sr. D. Isidro Gomá y Tomás, cardenal-arzobispo de Toledo. Barcelona, 1940
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Categoría:Guerra Civil Documentos del Bando Nacional 1938 Categoría:Documentos de Isidro Gomá Tomás Categoría:Documentos del Nacionalcatolicismo