Discurso del cardenal Gomá en Budapest: «El tema doctrinal del Congreso y el actual momento de España» (1938)

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EL TEMA DOCTRINAL DEL CONGRESO EUCARÍSTICO DE BUDAPEST Y EL ACTUAL MOMENTO DE ESPAÑA

¡Oh, vinculum caritatis! (August. Tr in Jn, 26,13)

Señores Congresistas:

No creo inferir agravio a ninguno de los pueblos católicos representados en el Congreso Eucarístico de Budapest si digo que España ha ido a la delantera de todos en la fe y en el amor a Jesucristo. La prontitud en abrazarla en la misma primera generación cristiana, bajo los auspicios de la Madre Santísima de Cristo que vino en carne mortal a Zaragoza, y por el magisterio personal de los dos grandes apóstoles Santiago y Pablo; su difusión rápida en nuestro país, que la hizo ya en el siglo VI, el primer factor de la unidad nacional; el profundo arraigo del pensamiento cristiano que hincó en el alma española y se tradujo en las maravillas de nuestro arte, en las grandes instituciones de nuestra vida social y en las obras profundas de nuestros teólogos, místicos y poetas; la tenacidad en defender la fe cristiana, que hizo de los pechos españoles el muro en que se estrelló el poder de la Media Luna, en el siglo XV, la herejía protestante en el seiscientos, el poder de la revolución en el ochocientos y el bolchevismo en nuestros días: la fuerza expansiva del catolicismo español, que dio misioneros para un Mundo Nuevo que sus naves acababan de descubrir, que supo inocular sus creencias en un continente en que se hablaban más de dos mil lenguas, y que lo levantó de la barbarie a la civilización por medio de las cristianísimas “Leyes de Indias”, que sólo pudo inspirar el genio cristiano de nuestros legisladores y políticos; he aquí, señores congresistas, los títulos que me place alegar para que se dé a mi patria, España, el primer puesto entre las naciones que se han sometido, en veinte siglos de historia, al cetro soberano de Cristo Rey.

Perdonad la osadía, que si pudiese ser hija del patriotismo, me parece que responde a la verdad de la historia. Cuando no fuera más que ilusión, tendría el valor de un lenitivo en esta hora terrible que pasamos los españoles. Hay dos hechos, precisamente de hoy, que confirman mi tesis: el del pasmo que ha producido en el mundo la persecución religiosa en España, considerada por ello como el país católico por antonomasia; y el otro hecho de que en pleno siglo XX, es decir, en pleno predominio de la indiferencia y del escepticismo religioso, España haya todavía hallado en su suelo millares de sacerdotes y centenares de miles de ciudadanos que han dado su vida por su fe sin contar los que, sólo por Dios y por España, salieron a los campos de batalla para luchar en defensa de su religión.

Y porque la Santísima Eucaristía es el centro vivo del catolicismo, la síntesis del pensamiento cristiano y la fragua divina en que se templan las almas, por ello España, tierra clásica del catolicismo, ha sido la tierra clásica del culto a la Santísima Eucaristía. Recordad los nombres de Pascual Baylón, del Beato Rivera, de Micaela del Sacramento, de la “Loca del Sacramento”; nuestros Autos Sacramentales, que incorporaban a nuestro pueblo a la teología del Sacramento; las fastuosas procesiones del Corpus; las famosas Custodias, únicas en el mundo por su riqueza y arte; todo ello es como el exponente de nuestro sentido católico y como la proyección externa del alma eucarística nacional.

Cuando hace cuatro años, en el Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, vimos aquellos actos imponentes en honor de la Santísima Eucaristía, que sorprendieron por su grandiosidad espontánea a los mismos organizadores del Congreso, fuimos un sinnúmero los que coincidimos en la estimación del hecho grandioso: “Es el alma española, dijimos, que ha salvado las esencias de su pensamiento y de su amor, a través de cuatro siglos de historia de estos pueblos a quienes infundió su espíritu, y aparece hoy, en medio de la vida compleja y cosmopolita de la gran ciudad, tal como era cuando los grandes conquistadores y misioneros abordaron en el Mar del Plata, tal como era el alma de este misionero castellano que tomaba de tierras españolas un puñado de trigo que llevaba a América, que sembraba en una maceta y que se multiplicaba luego en las anchas tierras de la Argentina para que no le faltará jamás la materia del Sacramento y con él el Pan de la vida cristiana”.

Por esto España, que a todos los Congresos Eucarísticos ha mandado nutrida representación, no podía estar ausente del Congreso de Budapest, a pesar de las horas difíciles por que atraviesa nuestra nación y a pesar de que sobre la inmensa mayoría de los católicos españoles pesa, en mil formas, la terrible tragedia que nos agobia. Y estamos presentes, porque el Gobierno Nacional, que sabe lo que en el mundo de la fe y de la piedad representa un Congreso Eucarístico Internacional, ha querido que nuestra patria, aunque sangrando, viniese acá a decirle a Hungría, y en ella a todo el mundo católico, que todavía conservamos intacta la herencia de nuestros antepasados; y porque un puñado de devotos del Sacramento, venciendo dificultades económicas casi insuperables, han querido rendir sus homenajes al Dios Eucaristía, junto al Danubio, en la bella Budapest, para decirles sus hermanos los católicos de Hungría:

“Aquí nos tenéis, hermanos, honrados en ser huéspedes vuestros en estos días de gloria: la Eucaristía es Hostia blanca y pacífica como Belén, “la casa del Pan”; pero es Hostia ensangrentada como la que un día pendió de un madero en el Calvario. Vosotros, hijos de Hungría, vivís en paz, fundamento de la felicidad de los pueblos; representáis “la casa del Pan”; nosotros, los españoles, vivimos las horas trágicas de un Calvario que no tiene igual en la historia de ningún pueblo. Venimos de Bosra, os diré con el Profeta, teñidos nuestros vestidos con las salpicaduras de la sangre de millares de sacerdotes y fieles. Admitidnos en este coro de alabanzas que cantáis en honor de la Eucaristía: vosotros dais la nota blanca del amor enardecido, la que daban los ángeles cuando sobre Belén y la Hostia pacífica del Pesebre cantaban el “Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus bonae voluntatis”. Nosotros daremos la nota del dolor, la que arranca de nuestros pechos cristianos el torbellino de males que se han desencadenado sobre nuestras Iglesias y nuestro culto, sobre los sacerdotes y el pueblo fiel, sobre la misma Santísima Eucaristía”.

Dejadme que por unos momentos moleste vuestra atención para hablaros del drama de España en funciones de esta manifestación espléndida de amor a la Eucaristía y del tema doctrinal de este Congreso de Budapest.

-La Eucaristía, vínculo de caridad, y el comunismo

San Agustín, el genio de las concepciones profundas y de las frases sintéticas, encerraba en estos tres conceptos las funciones capitales de la Eucaristía en la vida de la Iglesia: “¡Oh, sacramentum pietatis!; ¡oh, vinculum caritatis!; ¡oh, signum unitatis!” La Eucaristía es el sacramento de la piedad, el vínculo de la caridad, el signo de la unidad.

Es el Sacramento de la piedad, porque es la piedad de Dios, que llega al extremo de darse en comida a su criatura; y es la piedad de la criatura, que se levanta por este Sacramento hasta las alturas de Dios.

Es el vínculo de la caridad, porque en ella está vivo el Hombre-Dios, que sigue haciendo en el Sacramento la obra de amor que se empezó en Belén y terminó en el Calvario y que tuvo por objeto hacer a la tierra la caridad de inmensa de la Redención.

Y es el signo de la unidad, porque, si como dijo el filósofo, no hay pueblo en la tierra en que los hombres no tengan un signo visible que les junte en unidad de religión, la Eucaristía es el centro visible que convergen la creencia, la adoración y la vida religiosa del pueblo católico.

“¡Oh, vinculum caritatis!” Tal es el lema de este Congreso de Budapest, el XXXIV de los Internacionales. Cuando Jesús hubo dado a los Apóstoles la primera comunión, pronunció aquel discurso de gracias que se contiene en el capítulo XVII de San Juan y que es la página más encendida y profunda que salió jamás de labios de hombre; ¿qué extraño, si era la palabra que el Hombre-Dios pronunciaba horas antes de morir, momentos después de que brotara de sus manos esta maravilla de las maravillas, que es la Eucaristía, que tenía todo el valor de un testamento y toda la eficacia en orden a la constitución del reino de Dios en el mundo?

Y en este discurso de Jesucristo, al que el sacramento daría especial resonancia en los pechos de los Apóstoles convertidos en sagrario, hay unas palabras culminantes que repite el Señor con insistencia, como si tratara de grabar al buril en las almas de sus discípulos el pensamiento que contienen: “Ut sint unum…” “Padre mío, que sean una sola cosa”… (Joh., 17,11). “Padre mío, que todos sean una misma cosa”: “Ut omnes unum sint…” (Joh., 17,21). “Padre mío, que tú eres una misma cosa conmigo y yo soy una misma cosa contigo, que ellos sean una cosa con nosotros...” (Joh., 17,21).

Nunca, ningún Dios, ningún filósofo, ningún jefe de multitudes, ningún bienhechor de la humanidad, dijo jamás palabras semejantes a estas. La unificación de los hombres es un anhelo, pero la historia lo contradice; la historia es guerra, y la unidad no se desgarra a sí misma.

Más; nunca la palabra de un hombre, quienquiera que sea, tuvo la eficacia de esta palabra de Dios. Porque a su conjuro, la unidad que acaba de consumar Jesucristo entre él y sus discípulos, comunicándoles su propia vida, y entre sus discípulos entre sí, reforzando los vínculos de la caridad apostólica, se dilatará en esta unidad de pensamiento y de corazón que es la Iglesia, que ha llenado la tierra y los siglos y se ha traducido en la unidad de Credo, de culto, de vida, de aspiraciones para presente y para la eternidad.

La Iglesia católica, única que ha continuado en la historia la Iglesia del Cenáculo, es la más grande realización de la unidad humana en la historia: “Et unam”… He aquí una de las notas esenciales de la Iglesia de Cristo. Unidad de Dios, unidad de Credo, unidad de culto. Unidad de autoridad, unidad de Ley, unidad de obediencia. Pero sobre todo, unidad de caridad, hija de la unidad del Espíritu de Dios, alma de la Iglesia, y que comunica a la misma esta unidad de ritmo con que sigue su camino, imperturbable, a través de la historia.

Todo cambia con los siglos; la Iglesia, no. Esta unidad que llamaríamos sustancial que Jesucristo pedía al Padre para su Iglesia en la última Cena: “Ut sint unum”… se ha proyectado en la historia en este fenómeno único que a los católicos de hoy nos hace idénticos a los de la primera generación cristiana, a los de las catacumbas, a los conquistadores espirituales de los bárbaros, a los del Sacro Romano Imperio, a los que persistimos idénticos a nosotros mismos a través de todas las defecciones de las herejías, a los que hemos conquistado en toda la redondez de la tierra.

Y como centro y aglutinante de esta unidad, el santísimo vínculo de la caridad, la Eucaristía, verdadero Pan de la unidad, amasado por el amor de Cristo, que ha hecho con los hombres lo que el artista de la Edad Media reprodujo en las vidrieras de una Catedral famosa; un molino, en que los granos de trigo se amasan y transforman en la blanca Hostia; una prensa en que los granos de uva se confunden y convierten en el chorro transparente del vino generoso: “¡Oh, vinculum caritatis…!”

Pero frente a la doctrina de la unidad católica, frente a la historia de esta unidad, han surgido en nuestros días una doctrina y un hecho que les son diametralmente opuestos y que pretenden cambiar el rumbo de la historia humana. Me refiero al comunismo, cuyo nombre parece encerrar también la tesis de la unidad humana. Fijaos en la semejanza fonética y de concepto de estas locuciones: “comunismo”. “Ut sint unum”; “comunismo”, “comunión”… Con todo, son dos palabras que representan una antilogía terrible.

Ved la enorme distancia que separa a los católicos de los comunistas. Nosotros fundamos nuestra unidad en Dios, vínculo universal de cuantos hacemos profesión de vivir su vida; ellos son los Sin-Dios, que no tienen más fuerza unitiva que una doctrina antihumana y la fuerza explosiva de las pasiones humanas. Nosotros nos definimos racionales, es decir, espirituales, y la unidad la buscamos en el fondo de las almas; ellos no son más que cuerpo, y el ideal de su unidad deberá lograrse por la satisfacción común de todos los apetitos que tienen la materia por objeto.

Nosotros fundamos el eje de nuestra vida, por un polo en nuestra libertad, y por el otro en la acción de Dios y en unos destinos eternos; para ellos no hay más que el desarrollo fatal de las fuerzas de la vida y el aniquilamiento de la muerte.

La ruta de nuestra historia nos la señala la Providencia y la Redención; ellos interpretan la suya según las leyes económicas, es decir, según las exigencias del estómago social.

Para ellos es más el que más puede, el superhombre, aunque lo sea por la garra y los puños; aunque lo sea por la injusticia, o por el aniquilamiento del que es menos y puede menos; para nosotros es más el que más merece en el orden espiritual, ante Dios y ante los hombres.

Nosotros tenemos un culto, una ley y una moral, y tenemos los brazos abiertos para recibir en ellos a todos los hombres a quienes llamamos hermanos; ellos, no: son los iconoclastas, los que han cegado los caminos del cielo, los amorales o inmorales, los que sólo se juntan como las fieras para la conquista de la presa y alargan sus brazos para cogerla y devorarla.

Y contra este reino que fundó Jesucristo y cuya robusta esencia se nutre de su propio Cuerpo y de su propia Sangre, que son el signo de su unidad y el vínculo de su caridad, han lanzado ellos sus ejércitos para fundar este otro reino del odio, donde con toda razón puede decirse que no hay más que el desorden, ancho campo donde tiene su asiento todo horror.

Y henos aquí en el punto de contacto actual de España con el tema doctrinal del Congreso de Budapest.

¡El momento actual de España! No estamos a bastante distancia de él para definirle y señalar su papel en la historia de Europa y de su civilización. Ni pudimos, los que desconocemos las fuerzas secretas que mueven el mundo de los hombres, cuando estalló el conflicto que creíamos nacional, barruntar que eran dos mundos espirituales los que entraban en liza en los campos de España. Hoy sí que podemos proclamarlo a la faz de la tierra, porque es una tesis que resulta de hechos múltiples, visibles, famosos.

España se ha partido en dos, más que en el área de su territorio, en el fondo de los espíritus. De un lado está la España secular, cuyo espíritu forjó la doctrina del Evangelio, con el mismo pensamiento de Cristo, con la vida que se templó, en el orden personal, poniéndose en contacto con la Eucaristía, y en el social polarizando toda ella alrededor del Sacramento, que ha tenido en nuestra patria su glorificación más espléndida de la doctrina de sus teólogos, en la obra maravillosa de sus artistas, en su literatura teológica, en sus fiestas y costumbres populares. Y del otro lado está lo que todos hemos visto y ciego será el que en lo futuro no quiera verlo: la negación de Dios, único imán que concentra a los pueblos en la unidad; el odio a Jesucristo, único que, en expresión de Él mismo, es capaz de juntar en un redil a los hombres dispersos sobre la haz de la tierra; el furor satánico contra la Iglesia, única institución que ha realizado en el mundo la unidad humana. Es decir, que en España se baten el sentido de la unidad cristiana, amasado con este otro concepto de la unidad patria, y el espíritu nihilista y dispersivo del comunismo, que es garra que penetra en lo más sustantivo de los pueblos para aniquilarlos.

Y no es sólo la ideología la que ha partido en dos a nuestra España, sino todo un sistema de hechos que de ella derivan. Por parte de la España que no quiere morir, un esfuerzo de reconstrucción espiritual y material, adentrándose en nuestra tradición y en nuestra historia para hallar en ella el nervio vivo que nos hizo ser lo que somos, y que se manifiesta en la reviviscencia de leyes, instituciones, costumbres, que da la impresión de un rejuvenecimiento nacional. Por la parte opuesta, la de la España contrahecha y extranjera, un afán de destrucción que ha convertido sus dominios en región de desolación y barbarie.

Fijaos en otro hecho. Yo no diré que sea todo oro puro de religión y españolismo lo que aparece en el campo nacional; pero sí que en él se cree en Dios, y se reza, y se levanta la Hostia Santa en todos los campamentos, y se confiesan los pecados, y el honor tiene su culto y el heroísmo su premio, y se muere besando la Cruz y la bandera y muchas veces aclamando a Cristo Rey. Mientras que en el otro campo queda arrasado o vilmente profanado todo signo de religión y se ha hecho tabla rasa de todo lo que era un valor de espíritu en la estimación nacional.

Es decir, que en España luchan la unidad contra la anarquía, la fuerza cohesiva, que busca en el alma nacional todo elemento que la haga perdurable, y la turbulencia del pensamiento, que se traduce en la fuerza explosiva que dispersa todos los factores de unidad de un pueblo o nación.

Señores Congresistas: ante el terrible espectáculo, en el que se interesan todas las naciones por una o por otra parte, se levanta en Budapest la Hostia Santa para recibir los homenajes de todo el mundo. Y acá vienen todos los pueblos de la tierra para aprender la gran lección, que le ha debido entrar a España con la sangre de millares de sus mejores hijos.

Y la lección, Señores Congresistas, es ésta: Hay un espíritu, el de Dios, el de Jesucristo nuestro Dios, que lleva al fondo del espíritu humano y a la entraña de los pueblos la fuerza unificadora de los factores de la vida personal y social; y hay otro espíritu, que ha logrado en estos tiempos una virulencia extraordinaria, el espíritu del comunismo sin Dios, que desencadena en el fondo del alma humana los desórdenes de la libertad y de la pasión, y que corroe todo vínculo de la sociabilidad humana, lanzando a hombres y pueblos unos contra otros.

Y hay un Sacramento de virtud soberana, elemento sintético de la fuerza sobrenatural con que quiso Dios hacer del mundo humano una gran unidad, entre los hombres y con el mismo Dios: es la Eucaristía, vínculo de caridad, que entre las convulsiones de los pueblos atacados por el virus comunista, y ante el peligro de que se inocule en otras naciones y determine el mayor cataclismo de la historia, se ofrece al mundo entre las magnificencias del Congreso de Budapest como factor de unidad que puede contener el mal de disolución social que nos amenaza.

“Oh, Sacramentum unitatis; oh, vinculum caritatis!” Oh Eucaristía, Pan de unidad y caridad! Que los pueblos te adoren, y se acercarán unos a otros al acercarse a Ti; que te coman, y serán una sola cosa porque vivirán de Ti. Nosotros, españoles, llevamos a Budapest la experiencia de nuestra historia: fuimos grandes, gloriosos, y engendramos para Jesucristo veinte grandes naciones cuando el Sacramento de la unidad y de la caridad fue el alma del alma nacional. Hoy, débiles ya por años de inconsciencia religiosa y nacional, hemos sido invadidos por una raza forastera que, para aniquilarnos definitivamente, no sólo nos ha herido de muerte con el puñal envenenado de sus doctrinas, sino que con sacrílego afán ha destruido los tiempos y los altares donde se guardaba el Pan divino de la unidad y ha profanado el Santísimo Sacramento arrojándolo a lugares inmundos. La España católica está unida hoy en espíritu al Congreso Eucarístico de Budapest, y al par que ruega a Dios que no tome en cuenta los sacrilegios de sus malos hijos, formula el voto ardiente de que este Congreso sea como la voz de Dios que invita al mundo a rehacer su unidad por el culto y la comunión de la Santísima Eucaristía.

-La Eucaristía, vínculo de la caridad de nuestros mártires

Pero España lleva al Congreso de Budapest no sólo el ejemplo histórico de la lucha colosal que en su tierra se ha entablado entre el principio cristiano de cohesión social y la fuerza disolvente del comunismo, sino que ha ofrecido al mundo, y yo me complazco en ponerlo de relieve ante las naciones congregadas alrededor del Sacramento en la capital de Hungría, otro ejemplo que no tiene par en la historia, de la fuerza cohesiva de la Eucaristía en el orden personal: fuerza cohesiva de la caridad, que polariza todas las facultades de la vida humana en el sentido de un ideal, y que al propio tiempo arrastra toda la vida a unirse con su Dios, fuente de toda caridad, a pesar de los tormentos y de la muerte. Me refiero a la heroicidad de nuestros mártires, y especialmente al ejemplo altísimo que dado al mundo la clase sacerdotal en España.

Y he de insistir en ello porque se nos ha desconocido y hasta se nos ha calumniado. “El clero español ha sido indolente, desconocedor de sus deberes, inadaptado a su tiempo, debilitado por la molicie de una vida cómoda”; estas son las imputaciones que se nos han lanzado desde todo el mundo, hasta por quienes se llaman católicos. Y yo digo que no; que si la clase sacerdotal en España hubiese sido todo esto, no contaríamos hoy tantos mártires como fueron los sacerdotes perseguidos a muerte, ni se habrían dado los ejemplos de heroísmo que pasmarán al mundo cuando se conozcan.

El honor del sacerdote católico es el honor de la Eucaristía, que cada día se ofrece a Dios por la salvación del mundo. Y creo que será grato a Jesucristo Sacramentado que en este Congreso, que tiene por objeto general su glorificación, y por objeto especialísimo la demostración de la fuerza vinculadora de su caridad en la Eucaristía, el Primado de España, que no fue hallado digno del martirio con sus sacerdotes, diga al mundo congregado lo que ha hecho nuestra clase sacerdotal en la tremenda revolución comunista.

Para ello no tengo que hacer más que poner un simple comentario a la oración sacerdotal de Jesús en la última Cena, cuando acababa de ser instituido el sacerdocio católico y, junto con la participación de sus poderes sacerdotales, había dado a los primeros sacerdotes la participación de su Cuerpo y Sangre. Porque Jesús, en aquel sermón admirable, que con razón se ha llamado el “Sancta Sanctorum” de los Evangelios, no sólo trazó los cimientos de la unidad de la Iglesia, sino que delineó las características del cuerpo sacerdotal en la perduración de la Iglesia misma.

El sacerdocio es la prolongación de Jesús. La unción sacerdotal que a Jesús le vino por el contacto sustancial con la divinidad -porque Jesús no es sacerdote como Dios, sino como Hombre-, ha venido con toda su eficacia sobre el cuerpo sacerdotal que ha de continuar en el mundo la obra de la Redención y santificación. Y gloria es de la Cabeza que los miembros sean solidarios de ella; y justo es que el discípulo sea como su Maestro. Y los seis u ocho mil sacerdotes que en España han dado su sangre por el Sacerdote Jesús han sido dignos de su Cabeza y de su Maestro.

Vedlos a nuestros sacerdotes, santificados por el martirio. Jesucristo los hizo suyos por la vocación: “Eran tuyos y me los diste” (Joh., 17, 6), puede decir Jesús ante la hecatombe inmensa de los sacerdotes españoles. “La palabra que tú me diste, Padre mío, yo se la di a ellos; y ellos la recibieron y creyeron que yo era tu enviado” (Joh., 17, 8). ¡Maravillosa apología la que contiene esta profecía de Jesús de nuestro sacerdocio español, sacrificado a la furia de la revolución! ¡Qué luz de fe, y qué constancia en profesarla hasta la muerte! Se santiguan muchos de ellos al morir; bendicen no pocos a sus verdugos; uno de ellos besa la mano al que le ha de matar; otros van al lugar del suplicio enseñando la religión a sus verdugos; uno de ellos muere en domingo y tiene para sus matadores la homilía sobre el Evangelio del día; otros gritan al morir: ¡Viva Cristo Rey! En verdad que recibieron la palabra de Jesús y creyeron que eran enviados del Padre.