Discurso de Manuel Ferrer y Sitges (6 de julio de 1713)
Chapter 3
Poco aprovecharían todos los medios ponderados y cuantos la Providencia humana podría pensar o aplicar, si no se procurase aplacar la ira divina por medio de una pública y fervorosa penitencia. Piadoso Dios, regularmente preceden potentes avisos antes de extender la mano de su justicia. Las historias nos dicen que en el año 670 se vio en nuestra España un eclipse tan espantoso que, sucediendo en lleno día, se vieron las estrellas. Todos los autores concuerdan que fue señal o aviso de la próxima invasión de los moros en esta Península, sucedida por las grandes culpas de sus moradores, de los cuales, no habiéndose enmendado, más antes bien añadido nuevos pecados públicos, irritaron la paciencia divina, y fue tal el castigo, que se miraban unas a otras las provincias sin darse ayuda ni socorro en aquella calamidad. En el año 827 comparecieron en el aire, sobre esta ciudad, visiones como escuadrones y multitud de rayos sin truenos. En el año 838, en el día de la Pascua de la Resurrección, se vio en Cataluña un terrible cometa. Estas señales precedieron las dos veces que esta ciudad fue entrada por asalto por los moros, sacrificando los habitantes sus vidas en la defensa.
Todos hemos visto en nuestros días las espantosas señales que el cielo nos ha dado de su indignación. En 3 de septiembre de 1700 cayó un rayo en la torre mayor de Tarragona, que, poniendo fuego a la pólvora, destruyó templos, conventos y casas, con muerte de muchos de sus habitantes, que quedaron sepultados en sus mismas ruinas. Después, en 25 de diciembre de 1704, compareció un horrible meteoro que con su gran resplandor oscureció el día, y con su espantoso estruendo pasmó a grandes y a xicos. En el día 12 de mayo de 1706 se vio aquel gran eclipse del sol, que de tal suerte turbó la luz del día que podían contarse las estrellas. Señales fueron de la ira divina los portentos referidos de los siglos pasados, de los cuales se siguieron en aquellos tiempos tantas tristes desgracias. y los sucedidos en nuestra edad son también no menos evidentes señales con que la divina justicia nos prevenía y exhortaba a la enmienda y penitencia. Hemos padecido el castigo de 8 años de guerra, en que ha quedado destruida la mayor parte de Cataluña, rendidas y arruinadas tres de las principales ciudades, sin que en las capitulaciones fuesen comprendidas sus libertades y privilegios. Asolados muchos pueblos, devastadas las más fértiles comarcas, taladas las campiñas, sacrificadas las vidas de un número sinnúmero de sus habitantes por su rey y por su Patria, de los cuales muchos padecieron en ignominiosas y duras prisiones, como víctimas de la ira de nuestros Enemigos. Todo esto son efectos de una enconada y rabiosa guerra.
Pero los más dolorosos y lo que más lastima la consideración es lo que con dificultad se nos haría creíble si todos los presentes no fuesen testigos. Los lastimosos clamores de los pueblos por tantas vejaciones y males que padecían y no han sido oídos; las violencias y robos a comunes y particulares se han visto no sólo tolerados, sino también protegidos y apoyados de los mismos ministros y generales que los debían remediar, pretextando con la voz del real servicio y con la disculpa de no ser evitables los abusos; enormidad verdaderamente execrable hacer cómplice de tantos insultos y delitos la piedad de la religión y la justicia de nuestro rey; crecidos al más alto punto los desórdenes y vicios, exaltados a la mayor altura el robo, el homicidio, la profanidad, la disolución y otros enormes excesos. La divina justicia, después de habernos prevenido y avisado misericordiosamente del castigo, nos amenaza con la más trágica ruina, si desde luego no nos determinamos a reformar nuestros desórdenes y vicios, que son las fuentes de tantos males y desdichas. Interpóngase con toda su autoridad y justicia el poder de los Excelentísimos brazos y hagan cesar de una vez todas las causas de tan abominables delitos; exhorten a los eclesiásticos a la reforma de los vicios, a la unión y concordia de los naturales sin consideración a los propios intereses, y a la contrición y penitencias. Sea esta ciudad y Cataluña toda diferente de lo que ha sido, otra contrita y penitente Nínive; persevere el fervor de la enmienda y de la comenzada penitencia, pues de este modo logrará esta ciudad los consuelos de otra Betulia por la protección de la soberana Judith, nuestra patrona la soberana Virgen de la Merced, que así como cuando se dignó descender a esta ciudad la ennobleció y glorificó, mandando instituir una Real Orden para redimir los cautivos detenidos en duras cadenas de esclavitud, así deshará con su poderosa protección los grillos que nuestros Enemigos preparan a nuestra libertad y no desemparar a la ciudad que eligió por libertadora.
Propuesto, pues, y asentado por estos justos motivos y sólidas razones con base fundamental y verdad incontestable que Cataluña es hoy la misma que era en otros tiempos, que los que hoy viven son descendientes de aquellos que han dejado sus nombres inmortalmente gloriosos en la memoria de los siglos; que nuestras leyes renacieron bajando nuestros mayores de los fríos Pirineos con la divisa de la Santa Cruz, por señal de su religión; que Cataluña tiene autoridad para propulsar las injurias no sólo por el derecho natural, sino principalmente por nuestras leyes juradas y pactadas, que la multitud de los contrarios no turba el corazón de los catalanes, quién no dirá que fuera en nosotros acción ignominiosa el sujetarnos a discreción, sin oponernos vigorosamente, y tanto más indigna de consentirla por ser nosotros los primeros catalanes que la ejecutarían.
Mantuviéronse nuestros antiguos 7 años en Atenas, 2 en Galípoli y uno en Perpiñán; nuestros barceloneses, en las centurias de 1400, 1600, tuvieron 24 años cerradas las puertas de esta ciudad y no las abrieron hasta que con honor pactaron leyes, privilegios. Exceder a nuestros mayores fuera añadir blasones a nuestra Nación; seguir el curso de sus instrucciones es justicia que debemos hacernos a nosotros mismos, si no queremos que el mundo nos moteje y diga que degeneramos de nuestros pasados catalanes. Nuestros legítimos reyes han aprobado nuestra defensa para mantener nuestras leyes y libertades. ¿Y un príncipe que tiene tan disputable derecho, excluido por una solemne constitución, quiere ultrajar así nuestra justicia? Los mismos que aprobamos aquella constitución como los que nos hallamos presentes, ¿cómo, pues, podemos consentir sin afrenta la ignominiosa entrega que se nos propone? La ley jamás tiene lugar sino cuando se presenta el caso, y que consentimos que se estableciese venida la ocasión, ¿no la observamos? Ignominia sería de la cual no se hallaría ningún ejemplo.
La brevedad no permite hacer memoria de tantos príncipes, reyes, emperadores que, movidos por las reglas de la justicia, han ayudado a este Principado a repeler la esclavitud que en diferentes tiempos ha querido la envidia imponer a Cataluña: sólo hago memoria de los gloriosos emperadores Carlo Magno y Ludovico Pío, que vinieron en persona a socorrernos de nuestra opresión, ratificando nuestras góticas libertades y añadiéndonos singulares privilegios; y si esto ejecutaron aquellos piadosos emperadores por proteger oprimidos, ¿quién puede dudar que nuestro rey y invictísimo emperador, ligado con solemnes vínculos de tantos juramentos, y sabida nuestra constante resolución, no nos proteja y socorra en nuestra necesidad con todo su poder?
En su real carta nos dice que retira sus tropas por no hacer más trágica nuestra desgracia, y no se halla en ella voz ni palabra alguna que explique renuncia de sus derechos, ni que declare que nos exime y libre del juramento de fidelidad, que todo el Principado, en acto solemne de cortes, le tiene prestado. Sabio y religioso nuestro rey, sabe que no puede renunciar sus derechos ni deshacer tampoco el juramento que su majestad hizo en la corte general si no es con otro acto de Cortes Generales, y consintiéndolo la misma corte; porque el contracto hecho en Cortes Generales es el más solemne y tiene antelación y preferencia a todos los demás contractos, de donde se infiere esta legítima consecuencia que nosotros permanecemos vasallos, y que no podemos deshacer un acto de cortes sin cortes; y que menos podemos deshacer un voto de cortes como es la constitución primera, en la cual reconocimos ser un derecho justo a la exclusión de los demás.
Vuelvo a repetir que tengo por constante que los que concurrieron a la aprobación de aquella solemnísima constitución son los aquí presentes. No hay quien no diga que las leyes se hicieron para observarse, y que no tienen estimación ni fuerza hasta que llega el caso de hacerlas valer y poner en práctica. Fuera a la verdad cosa digna de mofa, de risa, haber consentido con tanta reflexión en la expresada ley en tiempo en que estaban a las puertas de esta ciudad dos ejércitos, y que ahora, con oprobio de nuestra Nación, no sólo rompiésemos una constitución tan sagrada, mas consintiésemos también a perder de un golpe todas nuestras leyes, libertades y fueros. Esto no lo dicta la razón ni lo aconseja la justicia.
Defendamos nuestro derecho con resolución y brío, y hágase a su majestad memoria de nuestra forzosa obligación, como también del magnánimo espíritu con que los juramentos hechos en Cortes Generales, y por las promesas subsiguientes se determinó en el año 1706, contra el parecer y sentir de sus ministros y consejeros, a mantenerse dentro de esta ciudad para ser nuestro capitán, y en aquel formidable sitio, a imitación del rey D. Juan el II de Aragón, a quien debieron esta fineza heroica los perpiñaneses en el año 1443, poniendo a su majestad en consideración que el día de hoy militar para amparamos y protegernos iguales, y aún más poderosas razones por el sacrificio que de nuevo se expuso Cataluña, como también por el glorioso ejemplo y memorable prueba que dio esta ciudad de su contante fidelidad, no sólo consintiendo el embarco de la reina y emperatriz nuestra señora, sino también acompañándola esta Excelentísima ciudad, nobleza y pueblo hasta que puso sus reales pies en el mar, sirviéndola el amor y fidelidad de estos naturales, con las armas en las manos, de segura guardia en que se debe ponderar como punto digno de particular reflexión, poniendo la reina y nuestra señora una preciosa prenda que el rey nuestro señor nos dejó en empeño de que no desampararía Cataluña y que volvería a honrarla con su presencia. Antepuso Cataluña el amor y servicio de su majestad y la salud pública a la infatigable seguridad de ser mantenido en la posesión que goza de sus privilegios y leyes, conservando prenda de tanta estimación como en seguridad de su real promesa, porque pudo tanto en ella la reflexión y deseo de querer complacer al rey nuestro señor, y hacer patente el mayor acto de fidelidad, que todo lo venció la lealtad, la confianza y el amor.
Las infracciones de leyes y privilegios que ejecutaron los ministros del serenísimo duque de Anjou están comprobadas: las públicas ofensas e injusticias que en tantos años ha tolerado Cataluña del ministerio castellano, se han hecho notorias. ¿Qué esperamos? Si misericordioso el cielo favoreció a Cataluña guiando este Principado nuestro rey y glorioso emperador para que en su dulce y suave dominio renaciesen las glorias de Cataluña en restablecimiento de las insaculaciones de ciudad y diputación, en tantos como se hallan empleados en la guerra, en lo político y en la misma corte del rey nuestro señor, ¿querrá Cataluña volver a sujetarse a los agravios y ultrajes que tantos años ha sufrido de ver a sus naturales no sólo excluidos de todos los empleos, sino también en un solo día ni privilegios, ni leyes, ni honor?
Supongamos como sucedido el más lastimoso suceso de verse esta ciudad en quien reside hoy día, no sólo la libertad de la Corona de Aragón, sino la de muchos reinos y provincias, reducida a la necesidad de rendirse a la fuerza, ¿podrán por ventura ser más duras, peores, las condiciones, que de habernos de entregar a discreción, como quieren nuestros Enemigos?
Es cierto que no habrá quien diga que pueden ser más duras y peores. Pregunto: ¿no sería una fea acción elegir de nuestro espontáneo consentimiento la más funesta de todas las desgracias que es aquella misma a que el mayor infortunio no puede sujetar en el más triste y trágico contratiempo? Yo considero que no habrá quien no entienda ser el más bajo y vil abatimiento a que puede llegar el ánimo más desnudo de honor, de ley y de noble resolución. ¿Qué dirían las historias venideras de los que ejecutaran una tan torpe y fea acción?
Es constante que, comparando una acción con otra, dirían tantos oprobios como refieren glorias las historias antiguas de nuestros honrados antepasados. De los pasados barceloneses se lee que en las conquistas de Mallorca, Valencia y Menorca obraron acciones dignas de eterno nombre; en las guerras de Sicilia y Cerdeña ejecutaron las mayores proezas; en Nápoles, el año 1442, la valerosa Coronela de esta ciudad, capitaneada por su consejero Galcerán Destorrens, supo ocupar y mantener las puertas de Santa Sofía, que en esta ciudad se guardan para memoria de esta proeza.
En la propia Patria han defendido con admiración tantas veces las libertades y privilegios de Cataluña, y en tantos sitios como ha padecido esta ciudad o ha capitulado con honor, o acabaron los habitantes la vida con inmortal gloria. Acuérdese la invicta Coronela que aún viven en esta ciudad hijos de aquellos que con tanto valor humillaron el orgullo del marqués de los Vélez en los repetidos asaltos que en 26 de enero de 1641 dio al fuerte de los reyes en Monjuich, ¿y hoy consentiría su honor ser desemejantes a los que con tantos esfuerzos supieron mantener generosamente la gloria de su Patria y la justicia? Para animar y persuadir la heroica resolución de tan noble empresa no me ha sido necesario recurrir a extranjeras historias.
Todos los ejemplos que he propuesto son casos que han ocurrido en nuestra Nación y en nuestra Patria, referidos por autores extranjeros, exentos siempre de adulación. Acuérdese Cataluña que el africano dominio la impuso 27 tributos, y que nuestros mayores, con la sangre que gloriosamente derramaron, sacudieron el yugo de la sarracena sujeción, la redimieron de dura esclavitud.
¿Quién, pues, podrá persuadirnos a que en un solo día queramos consentir que se entronice sobre los catalanes la vanidad y violencia castellana, para hacerles servir con la misma ignominia con que, según nos dicen las historias castellanas, hacían servir a los indios, después que les sujetaron y redujeron a su dominio; y ¿quién podría en tan triste caso ver sin dolor y lágrimas arrancar con violencia de un lado del padre el consuelo del querido hijo; y el amador marido de la compañía de su mujer, y llevarles atados por los caminos a modo de salvajes, para obligarles a ir a la guerra, por aquel inhumano orden que se llama quintas?
Acábese la Nación con gloria, pues vale más un glorioso fin que tolerar exhortaciones y violencias que no practicaron los moros.
Por todas estas razones, que desde luego se empuñen las armas y se alcen banderas, se alisten soldados, sin que se pierda un momento. Válganse los Excelentísimos y Fidelísimos brazos generales de la autoridad que el omnipotente Dios, justo y misericordioso, ha depositado en sus manos; manden desde luego hacer manifiestos para que conste a toda la Europa de nuestra justicia y la posteridad de nuestro proceder, quede desengañada la vana presunción de los ministros de Madrid, que, contra todas las reglas de la humanidad y de la justicia, quieren castigar por delito según imaginada fantasía, el afecto que juzgan tenemos de nuestros corazones a la sacra católica cesárea real persona del rey nuestro señor; constando por los actos públicos que no les asiste más razón que un supuesto y vano pretexto.
Pues ven nuestro valor y experimenten a su costa que no ha decaído en un punto ni el espíritu ni el honor de la Nación Catalana; y si por castigo de Dios su injusta envidia nos supera ayudada de la fuerza francesa, y acabara nuestra libertad y privilegios 190 y más años después que acabó la de Castilla con el honor de inmortal memoria, sacrificando generosamente nuestras vidas; y, en fin, ya que en estos gloriosos blasones, nuestros antiguos hicieron renacer en nuestra Patria la gótica libertad, acabara con igual distinción de eterno renombre o persevera, como esperamos, muchos siglos, para que se manifieste lo que en sí tiene reservado la alta Providencia, como en otro voto por una elocuente boca se ha dicho, para pasmo de los que se nos oponen, manifestación de su misericordia y exaltación de su santísimo nombre.
Manuel de Ferrer y Sitges. Barcelona y 6 de julio, 1713.
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