Discurso de Manuel Ferrer y Sitges (6 de julio de 1713)
Chapter 2
¿Cómo puede olvidarse Cataluña de aquella generosa y magnánima resolución guando, acabada la guerra en Italia, pasaron los catalanes, por convenio hecho con el emperador Andrónico en el año 1303, a socorrer al Imperio de Oriente, que inundaron las otomanas lunas? No excedieron de 12,000 los que en diferentes años pasaron a Grecia, y llegando a la capital del Asia menor, corrieron la Armenia, y, vencidos los turcos en 6 batallas campales, arribaron hasta el gran monte Tauro. Pero mal pagados estos servicios de la perfidia griega, vengaron su mala fe y traición a los fines del año 1405, porque, retirados a Gallipoli, hicieron quemar las embarcaciones en señal de que se había de vencer o morir, y en 8 gloriosas batallas triunfaron de los engañosos griegos y ganaron Atenas y las provincias vecinas, y se conservaron en la posesión de esta ciudad por el espacio de 148 años vasallos de su natural rey, hasta que, finalmente, en el año 1452, después de 7 años de sitio, alimentados de las yerbas que se producían alrededor de la fortaleza y de una abundante cosecha que la alta Providencia dispuso para que se sustentasen, se vieron obligados a ceder a la fuerza de Mahometo I.°, quedando Atenas totalmente asolada y destruida; y no son pocos los que afirman que, retirados 400 catalanes a las montañas, pactaron ser establecidos en la Asia con sus leyes y franquezas. En los 14 batallones entre los turcos y griegos se cuentan más de 80 mil muertos, y sólo 12 mil catalanes hicieron este espantoso estrago. ¿Quién no se animará a imitar estos nunca bastantemente alabados ni celebrados hechos, que superan la admiración y no dejan arbitrio para dejarles de imitar, sin una vergonzosa ignominia?
¿Qué motivos tiene el serenísimo duque de Anjou para haber deliberado oprimirnos con tanto rigor, queriendo de pueblos francos y libres hacernos Nación del todo sujeta y esclava? Para asegurar el éxito dichoso de nuestra defensa es preciso inferir las causas que le mueve a sujetarnos servilmente a su arbitrio.
Fue el serenísimo duque de Anjou admitido por conde de Barcelona, con derogación de leyes del Principado, el cual se halló oprimido de las grandes fuerzas que los franceses pusieron en el Rosellón, ayudados sus designios de la desmesurada ambición de los ministros castellanos, que, buscando más despótico su gobierno, han encontrado su justo y merecido abatimiento. Vino a celebrar cortes: interpúsose un disentimiento general; pero, temerosos de la superioridad de las fuerzas, disintieron, desahuciados de ayuda. Concluyéronse las cortes sin conseguirse las insaculaciones de la ciudad y diputación en el modo que las gozaba antes del año 1652. Único polo de Libertad y Privilegios.
No consiguió Cataluña en estas cortes ventajas para la Nación como la malicia ha publicado. Vinieron las armas aliadas en 1704, y el virrey Velasco, con sólo 700 hombres que tenía dentro Barcelona, instado de los comunes, formada la Coronela, disipó todas las esperanzas de los aliados de poder tomar pie en Cataluña, de lo que los serenísimos duque y duquesa de Anjou, desde el ejército y desde Madrid, escribieron con muchos elogios a los comunes las gracias; en el año 1705, habiendo desembarcado nuestro rey y señor, desterró Velasco de Barcelona más de 25,000 personas, y privó a los habitantes de tomar las armas y de salir de noche de sus casas por cualquiera necessidad; viéndose ultrajados los catalanes, tomadas las obediencias de Cataluña por los aliados, no se opusieron; es cierto que después han sostenido con todas sus fuerzas por el espacio de ocho años el juramento que sin violencia prestaron a su rey. De estos insubsistentes motivos se ha prevalido el serenísimo duque de Anjou para abolir el concejo de Aragón y publicar un decreto de derogación de todas las leyes y privilegios que gozaba la Corona de Aragón, uniéndolo a sus reinos como a provincias de Castilla.
Este decreto fue publicado en Madrid en junio de 1707 y puesto en ejecución en Aragón y Valencia y en las ciudades que ocupan sus armas de este Principado. ¿No sería, a la verdad, gran ligereza pensar que un decreto que se puso en práctica con tanta solemnidad y que no han podido hacerlo abolir los ingleses, pueden revocarlo nuestras bajas sumisiones? Confieso que no lo comprendo, y así lo paso en silencio. Notorias son las infracciones de las leyes que con el tiempo de su dominio se han ejecutado. Digno es de traerse a la memoria y a la consideración la carta que en 24 de febrero de 1701 escribió la ciudad declarando que no admitiría otra réplica, ni representación, guando la ciudad representa la justicia y privilegio que tenía para no admitir por virrey al conde de Palma hasta hubiese jurado en aquella ciudad.
No es de menor cuenta el destierro del embajador D. Francisco Miquel, de Madrid, y la detención de los otros dos embajadores en Zaragoza el mismo ano 1701, sin permitirles pasar a la corte, y la más indecorosa del embajador D. Pablo Ignacio Dalmases, a quien se puso en las prisiones públicas de Madrid en el año 1705, sin permitirle representar, faltando al derecho de gentes. Ni son menos dignos de reflexión los destierros y prisiones sin causa contra el derecho, sin proceder conocimiento, con infracción de nuestras leyes y privilegios, de todos los sujetos que no aprobaron ni consintieron sacar del testamento del rey Carlos II la cláusula de substitución hecha a favor del rey nuestro señor, substituyendo en su lugar el duque de Orleans, como mandó el serenísimo duque de Anjou, declarando que debía entenderse así la voluntad de su tío; siendo esta provincia la única de España que se opuso a tan injusto precepto, opuesto a toda razón y justicia, representándole humildemente que este caso no se podía tratar sino en Cortes Generales; en que se deben también considerar los destierros y prisiones que padecieron todos los que consideró aquel violento ministerio, inclinados a la augusta casa, sin más motivos que los de la propia imaginaria fantasía.
Los delitos que pueden imputarse a Cataluña son en sustancia que los catalanes han tenido siempre por más sólidos los derechos de la casa de Austria que los de la casa de Borbón; este imaginado delito ha sido común en España, aunque con más fuerza en Cataluña; pero supuesto lo referido, no podrán negar los mayores contrarios de nuestros fueros y leyes que Cataluña no ha dado motivo para la venganza que pretende ejecutar el ministerio de Madrid aboliendo del todo nuestro honor, nuestras leyes y privilegios, de donde convence y prueba manifiestamente que, no habiendo dado causa Cataluña, es injusta la razón de que se valen para oprimirnos.
No debo callar los falsos pretextos de que los ministros castellanos que tiranizan los indefensos pueblos de Castilla se sirven para imprimir perniciosas máximas en aquellos ánimos ignorantes y sencillos a fin de mantenerlos en su dura dominación y hacerles más pesado el yugo de su esclavitud, pues procuran inspirar en sus corazones el encono y rigor contra nosotros con el oprobioso carácter de rebeldes con que nos denigran calificando así nuestra constancia y la unión en mantener nuestras leyes y privilegios.
Si la Nación Castellana cargase la consideración sobre sus infortunios vería que en las civiles discordias que eclipsaron del todo su libertad en la desgraciada batalla de Villalar a 23 de abril de 1520, no tuvieron más parte los catalanes de la de compadecerles y lastimarse de su desgracia. Los sentimientos y quejas de nuestra Nación son justificados.
Comenzaron nuestros infortunios en el último rey de Aragón don Fernando el Católico, después que en 1475 fue jurado rey de Castilla en Segovia. A este rey ayudó Barcelona con mil quintales de pólvora para la conquista de Granada por la desgracia de haberse bolado los almacenes, y con dos mil hombres voluntarios, y en 2 de enero de 1492 se rindió a las católicas armas. Por esta gloriosa expedición y socorro quedó libre toda la España del mahometismo secta después de 782 años de cautiverios. En la misma ciudad se hizo en 30 de abril del mismo año el rey D. Fernando el contrato con Cristóbal Colón para el descubrimiento de las Indias, que importó 17,000 ducados, y en 23 de agosto del mismo año se hizo ala vela en Palos de Moger. En 3 de abril de 1493, de vuelta del descubrimiento, entra Colón en Barcelona, donde se hallaba el rey don Fernando, y en esta ciudad fueron bautizados los primeros seis indios, y del monasterio de Montserrate se destinaron doce monjes sacerdotes catalanes con fray Bernardo Boil, con título de patriarca de las Indias y legado a Lacere. Contribuyó Cataluña con 200 catalanes mandados por don Pedro Margarit, de ilustre prosapia, que fue el primer gobernador de la primera fortaleza que se construyó en las islas de Cibu. Sólo en la isla española el patriarca Boil derribó más de 160 mil ídolos, fundó las primeras iglesias, constituyó los primeros obispados, y cinco de sus monjes, y fray Julián, aragonés, fueron obispos. Gerónimo Passamonte, aragonés, fue el primer oficial real y tesorero en Indias. El único sacerdote que Colón se llevó consigo, en el primer descubrimiento, fue un mercenario aragonés. Y, contra todo derecho y razón, la reina Isabela solicitó del papa Alejandro VI, para equitar las diferencias que sobre la conquista de las Indias había entre el rey de Portugal y D. Fernando, una bula en que declarase su santidad que esta conquista fuese a favor de los reyes de León y Castilla, y así expidió la bula en mayo de 1493.
Resentidos los aragoneses de que no se les permitiese pasar a las Indias, presentaron en las cortes de Monzón, celebradas en el año 1585, sus razones al rey. Reconocida por su majestad su justicia, fue establecido en proemio del título Fuero Juzgo que gozarían los aragoneses de todo lo que gozan los castellanos en Indias; pero ¡oh dolor! por más que ha procurado Cataluña la ejecución de este establecimiento y se ha esmerado en vivir y acudir con sus fuerzas a la monarquía, no ha podido conseguir lo que de justicia se debe; si esto hubiese sucedido a los castellanos, cuáles serían sus clamores! ¿No es cierto que el rey D. Fernando de Aragón es el primero que comenzó la conquista? ¿No contribuyeron a ello los catalanes? No se hallará razón para demostrar que deban ser excluidos. Léase el antiguo López Gomara, en la Historia de las Indias, que, afirmando que no se permitía sino a los castellanos pasar a las Indias, dice estas palabras: de donde se puede inferir que la reina favoreció más al descubrimiento que no el rey; se ve, pues, claramente que los autores castellanos no hallan ninguna sólida razón para ser excluidos los catalanes de las utilidades de las Indias, hecha la conquista por un rey de Aragón.
Este mismo rey, en el año 1515, por una suma de dinero que dio Castilla, unió aquella Corona al reino de Navarra, separándolo de la Corona de Aragón, a la cual había estado unido de tiempos muy antiguos. Diga el más desapasionado si este agravio lo hubiera tolerado Castilla. El reino de Aragón, por su constante fidelidad y amor a su rey, se contentó con una sola representación que hizo de su antiguo derecho. ¿Pueden dejar de confesar que el reino de Nápoles se poseyó por el rey D. Alonso IV en el año 1423, el reino de Sicilia por el rey D. Pedro I de Aragón, y que por consecuencia estos reinos son propios y unidos a la Corona de Aragón? Digan si es verdad que la vanidad y la injusticia de los ministros castellanos han privado injustamente los mencionados reinos de los oficios y cargos a nuestros nacionales, y que en el espacio de 200 años han sido raros o ninguno los empleos que han ocupado los naturales de la Corona de Aragón. Digan con qué derecho o con qué justicia se han apropiado de lo que verdaderamente no es suyo. Reinos que han costado tantos tesoros, sangre y fatigas a la Corona de Aragón.
¿No es cierto que desde Carlos V nuestros nacionales no han ocupado ningún empleo en el real palacio? ¿Son por ventura de más ilustres prosapias las familias de Castilla que las de Cataluña? No lo puede decir ni la mayor vanidad ni la más crasa ignorancia; los más ínfimos paisanos de nuestra Cataluña son hidalgos del mismo modo que los tienen por blasón en Castilla, que es lo mismo que decir hombres que no son pecheros, ni sujetos a pagar imposiciones; este género de hidalguía gozan en Cataluña los hombres de más baja condición.
Es también notorio que los castellanos han entrado sin justicia a gozar los arzobispados y obispados de Cataluña y Corona de Aragón; pero no consta que ningún catalán haya ocupado semejantes y otros empleos en Castilla. ¡Oh desgracia! Que siendo esto manifiesto y público a toda la Europa, motejan nuestra tolerancia con el infame nombre de rebeldía.
Dignos son de compasión los engañados pueblos de Castilla, y en general toda la España, por la ambición, vanidad y codicia de los ministros pasados, que como hambrientas sanguijuelas han chupado con su ignorante conducta la sangre de los sencillos pueblos; y siendo ellos los autores de las civiles discordias entre los vasallos de un mismo príncipe, han ocasionado la ruina del reino, del rey y de su propia Patria.
Es tan antigua como depravada la malicia que han ido alimentando los ministros castellanos en los ánimos de aquella dócil Nación,con el fin de que, disipadas sus discordias, los nacionales tuviesen más mano en despótico poder, proponiéndoles facilísimos pretextos para hacer naturaleza del odio, que el antiguo Arabu, en el libro 3, cap. 2, lo dice en las palabras siguientes: Ad Castellani rumpuntur invidia et alienam felicitatem suum intrerpretantur infortunium, tum etiam ob inveteratam cum Cathalanis simultatem, aegre ferunt illorum incrementum. Esta antipatía, antigua emulación, ha sido su ruina, y la que al presente amenaza a este Principado.
¿No es Cataluña la que ha sufrido ver trasplantadas las más ricas familias de Madrid y la que ha permitido con castellanos casarse las más ricas herederas, pues sólo seis familias poseen en Cataluña 444 ciudades, villas y lugares, hallándose empobrecida la nobleza y todo el Principado por la extracción de tan crecidas sumas? ¿No es Cataluña la que ha tolerado y sufrido con ignominia ver pervertido el orden de la justicia social en el premio de la virtud y del merito de sus naturales?
Los condes de Barcelona y los reyes de Aragón, con el consentimiento de sus vasallos, animaban las ciencias y el valor, elevando al grado de nobleza a los que se hacían dignos de esta honrosa distinción. Estos dos polos en que se sustenta sin decaer la república, ha turbado el gobierno castellano para envilecernos, dando o, por mejor decir, vendiendo el carácter de la nobleza por un módico y vil interés, haciendo caer en menosprecio nuestra antigua estimación.
Bien notorio es a todos, no hablando de tiempos muy atrasados, que desde el año 1690 hasta el 1700, el ministerio de Madrid concedió diferentes privilegios de caballeros y ciudadanos honrados a algunos conventos de Madrid por poderlos beneficiar y vender y mejorar de este modo el estado de sus conventos, y de este abuso que se hizo de la nobleza nacieron civiles discordias en Urgel, campo de Tarragona, Sagarra y montañas, que arruinaron muchas familias: el doloroso estado de sus ocurrencias presentes, efectos forzosos de las referidas causas dejará compadecida y llorosa la posteridad de las más remotas naciones informadas de nuestra antigua paciencia, fidelidad y constancia, y no negarán que en los sucesos referidos vean increpando de ladrón al que es robado, y de rebelde el que justamente se defiende, y que después de haber sufrido que se les desposea de sus bienes y de su substancia, sólo se opone para que no se le quite del todo la vida civil, que es el honor y la libertad.
Los medios para oponerse a las depravadas ideas de extinguir con ignominia nuestro honor, franquezas y privilegios, parece que son ningunos si se considera devastada la tierra, los Enemigos casi a las puertas de esta ciudad, abandonadas las fronteras de nuestras tropas y ocupadas ya de nuestros contrarios; y si considera también que la Excelentísima Diputación y Excelentísima ciudad se hallan sin ningunas prevenciones, y, lo que es más de ponderar, sin dineros efectivos en sus erarios, que es el principal nervio y fuerza para emprender la guerra.
La necesidad hace comunes los bienes, según la ley natural, y en el caso presente la precisión de conservar la libertad hace comunes los haberes como hace comunes las ventajas, oponiéndonos hasta mantener nuestras fuerzas.
¿Quién puede dudar que en los Excelentísimos brazos generales resida autoridad para la defensa de las leyes, sobre todo los bienes en general y particular sin distinción, porque, estando interesada la pública salud, todos los medios están obligados y sujetos a aplicarse para la causa pública, de donde se infiere que los Excelentísimos brazos pueden apropiarse en este caso todos los medios que puedan producir prontas y efectivas sumas para oponerse a los que pretenden hacer decaer del todo el estado de nuestra libertad? Entre tanto que se consumen los referidos fondos, que tomará a interés la diputación, obligándose los brazos generales con la cláusula de mayor seguridad para que tengan seguros sus intereses, aquellos que los prestasen, se dará tiempo a los Excelentísimos brazos para recurrir y pedir socorro; no dejando reino ni provincia en la Europa a quien no se avise y se informe de la indubitable justicia que nos asiste para emprender esta justa defensa. Sobre este punto pido me permitan hacer las reflexiones siguientes:
En primer lugar parece que de justicia se debe recurrir a implorar la piedad del sumo pontífice, que, como vicario de Dios en la Tierra, gobierna un pueblo, y como piadoso padre de la república cristiana se moverá con tierno corazón a interponer su suprema autoridad para que no se extermine una Nación que en los más calamitosos tiempos acudió por medio de sus naturales a su amparo con su valor y consejo, como se vio manifiesto en los pontificados de Juan, Pascual y Calixto, gloriosos pontífices en los años 820, 873 y 1119, de los cuales merecieron tantas confortaciones animándoles a sostener la fe de donde renació nuestra libertad, y que con tanta sangre ha contribuido a extender el santo nombre de Dios, sujetando reinos y provincias, reduciéndolas a nuestra santa religión, y que, finalmente, en la Asia, África y Europa, y aun dentro de la misma Roma, ha sabido defender el sagrado de los templos, recordando a su santidad el católico celo con que en el año 1526 defendieron la entrada de la iglesia de San Juan de Letrán, que pretendían profanar los soldados que mandaba Borbón, los nombres de los cuales se hallan escritos y sus escudos de armas esculpidas en una tabla que allá se conserva.
Los embajadores enviados por los Excelentísimos Comunes tienen en Inglaterra y Holanda sabida la resolución de Cataluña de emprender la defensa a que le empeñaron las esperanzas que puso en los holandeses y las promesas de la reina de Inglaterra; moverán a los holandeses por el interés de su propia conservación, y a los ingleses por el pundonor de su palabra y gloria de su Nación a ayudarnos y protegernos en una causa tan justa, no pareciendo creíble que una Nación tan generosa como la inglesa se determine a obrar contra sus mismas promesas y quiera dejar tan negro borrón a la posteridad.
Los príncipes de Germania, informados de nuestra determinación, acudirán por ventura al socorro de nuestra Nación que tiene su origen en la Alemania misma, pues que es constante que Otger Catalón, de Nación Alemana, condujo los catos, Nación también alemana, que se habían establecido en Francia en la provincia de Lemosín, para socorrer en España a nuestros godos; y de esta Nación de los catos tomó esta tierra el nombre de Cataluña. Quedando ellos domiciliados en esta provincia, los reinos de Nápoles, Cerdeña, Mallorca, que tantas veces han sido socorridos de las armas catalanas en sus contratiempos, y que después ha unido a este Principado y Corona de Aragón, cuando sepan la empresa en que entramos por nuestra libertad, no dejarán de mostrarse agradecidos, favoreciéndonos con todo aquello a que se extienden sus medios y socorros.
El rey de Portugal, con razón mal contento del abandono de los aliados y no muy lejos de sucumbir l mismo infortunio que nos amenaza, no dejará de interesarse también en nuestra causa, acordándose con sus leales y valerosos vasallos de su amistad y antiguas concordias establecidas con nuestros mayores, y como también de cuánto contribuyó Cataluña para repeler el duro dominio que oprimía aquel reino y hacer revivir su gloria y sus leyes, uniéndose estrechamente con aquel reino en el año 1641, con D. Ignacio Mascareñas, embajador del rey D. Juan, a los Comunes de Cataluña, en que por el mes de febrero se estipuló el solemne tratado; para ratificación pasó después a Portugal como embajador de Cataluña D. Jacinto Sala, siendo el objeto y fin de este tratado el repeler la agresión común a las dos naciones que pretendía la ambición del conde-duque de Olivares imponerse a aquel reino y a Cataluña.
Estas mismas diligencias parece conveniente que es justo se practiquen en todos los reinos y provincias que aman la justicia y la libertad, porque no puedo persuadirme a que dejen en nuestra y de ser nuestros valedores de interesarse en nuestra defensa por su conveniencia misma coyuntura, debiendo deducir de nuestra desgracia esa necesaria consecuencia; que si la esclavitud va aumentando en Europa, no tardarán mucho los reinos, repúblicas y provincias a caer bajo el de esclavitud que hoy tan injustamente tenemos.
Los aragoneses, valencianos y catalanes, ministros y criados que al presente se hallan en servicio del emperador y rey nuestro señor, no se debe dudar que, noticiosos de la generosa deliberación de los Excelentísimos brazos de morir antes que dejar de ser sus vasallos, entregándose vilmente a la esclavitud, acordándose que nacieron libres y privilegiados, y que estas franquezas son las que les han elevado al honor y distinción que gozan, regarán con sus lágrimas los reales pies de su majestad, implorando de su clemencia los merecidos alivios.
Los reinos de Aragón y Valencia, que es justo consideremos como a nuestros hermanos, unidos con vinculo indisoluble por tantas centurias en tantos solemnes repetidos actos de Cortes Generales, en compañeros en tantas conquistas, que hoy sufren violentamente más duro y odioso despotismo y que han sabido en nuestros días defender su incomparable valor, tan notorio al mundo, como lastimoso a la memoria, los privilegios y libertades, en indefensos pueblos comarcanos y montañas, se debe esperar que si la suerte les presenta la ocasión vuelvan a tomar las armas, y que, haciendo el último sacrificio de sus vidas, sacudirán tan intolerable servidumbre y ayuden a la común empresa de la Libertad.