Discurso de Manuel Ferrer y Sitges (6 de julio de 1713)

Chapter 1

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No hay ninguno que pueda negar el funesto asunto que se propone no sea el más arduo que ha ocurrido en los pasados siglos; el más circunstanciado de tristes consideraciones que puede entender la más prudente reflexión; la más lastimosa calamidad que ha sucedido en Cataluña desde la inundación de los bárbaros africanos; y la proposición más difícil de resolver con acierto, honor y religión que han visto las más remotas edades, y las más tristes circunstancias que lo acompañan darán que admirar y escarmentar a las futuras centurias.

Quisiera decir en breves palabras mi sentir, pero la gravedad del negocio precisa a no poder reducir a cortas razones tanta importancia. Me es forzoso, para satisfacer mi propia conciencia, hacer presente a V.E.F., en breve resumen, las gloriosas hazañas que consiguieron nuestros pasados, y las miserias que toleraron para engrandecer el nombre catalán, a fin de que, teniendo presente los pasados sucesos, se fortifiquen nuestros corazones y sea más evidente al mundo la justicia que asiste a los Excelentísimos y Fidelísimos Brazos Generales y las Leyes fundamentales que apadrinan la resolución, justicia y constancia de la empresa que está pendiente.

El día 30 del mes pasado los Excelentísimos y Fidelísimos diputados, en la convocación general de los tres Excelentísimos brazos, hicieron patentes en la presentada Proposición, que entregaron a todos los individuos, las cartas órdenes y papeles que de parte del rey, nuestro señor emperador siempre, de la reina y emperatriz nuestra señora y del capitán general de este Principado y ejército, mariscal conde Guido Starhemberg, fueron dirigidos a los Excelentíssimos Comunes, y las respuestas dadas por ellos desde 21 de enero del presente año 1713 hasta 27 del corriente mes, para que, en vista de su contenido, V.E.F. dé su saludable consejo en orden al método que se debe seguir en el triste estado de los presentes negocios.

Yo he tenido la honra de ser uno de los nueve individuos elegidos de este Excelentísimo brazo para conferir con los sujetos destinados por los otros Excelentísimos brazos a fin de reflexionar, premeditar y discurrir sobre la misma Proposición, y, después de haber intervenido en muchas conferencias, prevaleciera por pluralidad de votos el dictamen que la gravedad del mal, unidos tan irreparables accidentes, es ya del todo sin remedio.

Y así que se aconsejase a los Excelentísimos brazos la pronta sumisión, pidiendo por este efecto desde luego los pasaportes que tiene ofrecidos el mariscal Starhemberg para ir a encontrar al general Grimaldi, que assegura el mariscal ha prometido dar pasaportes para pasar a someterse al duque de Pópuli, general de los Enemigos, y estar a lo que dispondrá por no aumentar más dolorosas consecuencias en la tardanza; pudiendo prometerse que la pronta resignación puede ser medio para mejorar las condiciones de la deplorable desgracia que nos amenaza. Este sentir prevaleció contra los demás dictámenes, de los cuales uno fue que desde luego se hiciesen prevenciones para la defensa y, despachándose sin la menor tardanza dos o más enviados al duque de Pópuli, se abocasen con él; y que si lo hallaran determinado y resuelto a que nuestra sujeción ha de ser absoluta y no condicionada, se despidan desde luego con esta respuesta, apenas hayan vuelto se prevengan las armas y se defiendan nuestros privilegios y leyes hasta la última extremidad.

El otro sentir fue que desde luego se tomen las armas, se alcen banderas, se alisten soldados, se publique continuarse por este Principado la guerra con los justos motivos de que no puede Vuestra Excelencia faltar al solemne juramento de fidelidad que tiene dado, sin que proceda la solemnidad de la abolición del mismo juramento, o que con éste que el rey nuestro ha renunciado sus derechos, lo que, salvando su real conciencia, no puede hacer, y por conservar las leyes y privilegios, y que es por demás recurrir, siendo esta diligencia infructuosa y sumamente perjudicial en un tiempo en que es necesario ganar los instantes, y por considerar que todos los medios y sumisiones no pueden ser sino ineficaces, y cuando las interposiciones del rey nuestro señor con ingleses y holandeses no han recabado más que una respuesta negativa, debiéndose presumir que hallándose el enemigo casi a las puertas de esta ciudad auxiliado de las ventajas que les da el mariscal para sujetarnos, no se hallará en este intermedio quien se quiera alistar bajo las banderas de la defensa; y esta indiferencia nos precipitará a los mayores infortunios, hallándonos, como no se duda, con enemigos clandestinos que, encubriendo sus ideas de temor, o de malicia premeditadas, en ocultas juntas que no se ignoran, esta perjudicial dilación daría a los designios que recelamos tiempo para contribuir a una pronta ruina; y si la obligación de los que debían invigilar no hubiese estado tan adormida, previniendo en tiempo los peligros, podían tener lugar ésta y otras diligencias, hechas en tiempo, muy provechosas, y ahora de presente del todo nocivas.

Quisiera mi celo verdadero patricio, desapropiado de humanos respetos; ya que es notorio que no he procurado más lustre que haber nacido Catalán, ni más ventajas a mis conciencias que las que poseía mi suerte; mi deseo sería en esta ocasión tener el magisterio de un Tácito para referir los gloriosos hechos de nuestros mayores, y la elocuencia de un Cicerón para inducir a la Nación a imitar a los que con constantes fatigas y sangre establecieron nuestra Nación libre, franca y gloriosa; pero me sirve de consuelo que la verdad sin mendigar las dulces voces de la retórica, por sí sola es la más elocuente peroración. No puedo, sin una penetrante pena, renovar a la memoria de Vuestra Excelencia las causas ciertas de tantos pasados infortunios, y de los que al presente amenaza el odio de los envidiosos de nuestras franquezas y libertades.

Más de cien años ha estado Cataluña sin celebrar cortes en ella nuestras reyes; en la diuturesidad de tanto tiempo se han engendrado en el cuerpo civil del gobierno, como en otro cuerpo natural, pestilentes humores, que han ocasionado graves accidentes y han minorado la salud pública y nuestras leyes; los que por sus cargos debían poner remedio a tantos males, dejaron agravar la república de tantos accidentes de modo que, tolerando infracciones de las leyes, vino a quedar el estado de nuestra Libertad del todo decaída, y al parecer sin remedio; se toleró desde el año 1598 el admitir virreyes, sin haber jurado los reyes sucesores las leyes y privilegios en este Principado y ciudad, contentándose de una inútil protesta; este abuso produjo tantos y tan graves males que casi eclipsó de una vez la fuerza y fervor de nuestras leyes, y destruyó la más privilegiada prerrogativa de decidir el derecho de suceder en este condado disputable, como el que se consideraba entre las partes que pretendían del serenísimo archiduque Carlos de Austria, nuestro rey y señor, y el serenísimo duque de Anjou, Felipe de Borbón, aclamado en Castilla, haciéndose tanto agravio así mismos aquellos naturales admitiendo aquella línea de Borbón, que las mismas cortes de Castilla, en 1618, por ley, habían excluido; que los tratados de paz habían privado, que tantos testamentos habían habilitado, aprobado el mismo sumo pontífice esta exclusión como justa a ruegos de los mismos reyes y de la Nación; actos y hechos en que no concurrió la Corona de Aragón.

Indeterminada Cataluña, sorprendida de dolor y de la novedad de la muerte de Carlos II, sin autoridad que les permitiese esta decisión, reservada a los brazos generales, como en fuerza de nuestras leyes se ha practicado desde el año 801 en dos condes de Barcelona y cuatro reyes de Aragón, siendo el último ejemplar la elección del infante D. Fernando, hijo de la reina D. Leonora de Castilla, hija del rey don Pedro III de Aragón, excluyendo al conde de Urgel, descendiente por línea masculina de D. Alonso III de Aragón, en pena del detestable fratricidio que cometió por heredar el condado de Urgel, castigando Dios su pecado con permitir que se le quitase la corona que de derecho le tocaba, siendo el primer rey que, descendiendo por línea femenina, ha sucedido, viendo la injuria hecha a Cataluña, la Divina Providencia, transportando a la plaza de esta capital el rey nuestro señor aclamado como legítimo sucesor por casi todos los potentados de Europa.

Indeterminada estuvo Cataluña hasta que, ocupando las armas aliadas Montjuich y otras plazas, convocó el rey nuestro señor la nobleza y pueblo en el campo delante de Barcelona, y publicó un manifiesto de sus derechos a la corona, y sus reales seguridades, y los generales ingleses hicieron públicas promesas de su protección. Rendida Barcelona con honrosa capitulación, convocó el rey nuestro señor para celebrar Cortes Generales, dar remedio en ellas a los abusos, y corregir con saludables leyes la observancia de muchas, disputóse el derecho del rey nuestro señor, proponiendo su majestad a las cortes la exclusión de la familia borbona del Condado de Barcelona; aprobaron y consistieron las Cortes Generales la ley de la exclusión con las mayores solemnidades que previene el derecho, expresadas en aquella constitución primera de dichas cortes celebradas por el rey nuestro señor en 1706, hallándose los Enemigos a las puertas de la ciudad, hazaña digna solamente de los corazones catalanes, que, despreciando todos los peligros, se expusieron a los más inminentes desastres sólo por apoyar las reglas de la justicia; ha servido después Cataluña, con más de lo que permitían sus fuerzas, a su rey; con el sacrificio de tantas vidas, con sus haberes, y con el todo de su poder; han mirado en todo este tiempo los celadores de nuestras leyes, procuradores destinados de la provincia para invigilar a la observancia de ellas.

Todas especies de abusos y delitos, despojados los pueblos de los mismos que debían velar en su conservación, exigiendo grandes sumas con pretexto del real servicio, han permitido todo género de delitos, extendiéndose esta enormidad, aun dentro del sagrado de esta capital, con continuos robos y homicidios, coloreando los ministros estos delitos con el pretexto de que era preciso contemporizar, ¡sacrílega proposición! que, a más de amontonar ofensas a la divina justicia, que si tolera no deja sin castigo los crímenes, ha permitido que se haya visto obligado nuestro rey a haber de firmar la evacuación de este Principado para poder retirar sin peligro la preciosa prenda de la reina nuestra señora, y los pérfidos ministros ingleses, despreciando tantas promesas, rompiendo tantas seguridades, han sacrificado la confianza que en la Nación Inglesa teníamos puesta, entregándonos a discreción a nuestros capitales Enemigos.

El silencio con que han callado los que debían declarar los peligros en que se hallaba Cataluña, ocultando el deplorable estado, los ha hecho cómplices en la presente desgracia, avisando casi fuera de tiempo. Dios sabe si este pernicioso silencio ha tenido todo su principio y origen de las persuasiones de los ministros, del temor de otros fines, que quizás disculparán con los simulados ofrecimientos del mariscal Starhemberg de que no desempararia este Principado sin que quedasen asegurados los privilegios. Es evidente que hasta la casi mortal agonía en que se hallan nuestros males, no han llamado para pedir su parecer a los interesados, movida como es cierto la convocación general de brazos por evitar la ruina que podían temer en sus propias personas.

Finalmente, han propuesto los remedios que han aplicado y los medios que han interpuesto, pero han ocultado los sucesos que precedieron desde septiembre de 1712, en que comenzaron las conferencias de orden de la reina nuestra señora, hasta el enero de 1713, y han convocado los brazos generales cuando muchos son de sentir que nuestro mal no tiene remedio. Decir que los peligros en que nos hallamos no sean grandes, fuera necedad; dudar que los ahogos que nos oprimen son como sofocativos, fuera locura; no creer que nuestras presentes aflicciones son de la mayor monta, fuera negar la verdad; pero dar por imposible el remedio, es estar oprimido de un pánico temor y haberse desapropiado del Honor Catalán; dar el caso presente por no sucedido, es negar a nuestra Nación sus gloriosas hazañas; elegir el medio de sujetarse a la dura esclavitud que quieren imponernos nuestros Enemigos, es hacer afrenta a nuestra Nación, degenerando de nuestros Predecesores.

Pregunto: ¿es otra Cataluña de la que era en otros tiempos? ¿Se ha mudado el benigno clima que debemos a la Providencia? ¿Tenemos otros progenitores que los que en tantas empresas y conquistas han dilatado e ilustrado nuestro Nombre? ¿Tienen por ventura nuestra leyes, privilegios, indignos establecimientos y principios? ¿No dan nuestras leyes y privilegios facultad para oponerse a los que injustamente quieren oprimirnos? ¿Puédese dudar que cuando la causa es justa los fines no son dichosos? ¿Quién negará que Dios justo apadrina con impensados consuelos a los que, convertidos a él, siguen las reglas de la justicia, y quién dirá que la mayor multitud contra razón no se ha visto abismada por una invisible Providencia, si estas proposiciones nos muestran tantas experiencias en nuestra Patria? ¿Quién será que ahora, reflexionando con sinceridad la justicia, propia conveniencia, no se anima a la defensa por las Leyes, por los juramentos, por el Honor, y, finalmente, por lo que debe a si mismo y a la Patria?

Renuévese en la memoria de nuestra Nación el santo establecimiento de las Leyes góticas, por Eurico, rey godo, escribiéndolas nuestro patricio y glorioso obispo San Severo, año 446, mejoradas por el rey Suintila o Sisenando, año 637, en el cuarto concilio toledano, con asistencia de seis obispos de nuestra provincia. Invadieron los africanos la España, año 712, y esta ciudad fue la última que situada en tierra plana se sujetó al africano dominio después de dos años de sitio en el año 718, y en aquella calamitosa era capitularon los barceloneses la observancia de religión, templos, prelados y la manutención de leyes e inmunidades

Retirándose nuestros antecesores al abrigo de los fríos Pirineos, y entre sus grandes trabajos y miserias conservaron portantes las leyes y religión. Cinco veces fue perdida y recobrada Barcelona, bajando de las frías montañas nuestros mayores animados de la fe con el invencible pendón de la cruz, divisa de verdaderos católicos para distinguirse de los arrianos, recobrando esta ciudad. Dos veces fueron sus habitantes degollados, y no se perdieron de ánimo para vengar la sangre de sus Patricios y exaltar el nombre de Dios. Esta fe y constancia tuvo el premio de ser Barcelona la primera ciudad de España edificada en tierra plana que se sacudiera el yugo mahometano.

Violaron los moros los pactos de la entrega, y en el año 740 fue recobrada, y últimamente volvió a ser ocupada de los moros en 6 de julio del año 986; pero en 3 de agosto del mismo año fue recobrada por el conde Ramón Borrell; de manera que en el espacio de 268 años desde la primera ocupación de los moros hasta el último recobro, estuvo Barcelona en poder de nuestros Patricios 199 años, y en poder de los africanos, y debajo de su dominio, 49 años; y es digno de reparo que estuviesen los pueblos de España 782 años debajo de la bárbara sujeción hasta la conquista de Granada, hecha por el rey D. Fernando de Aragón, año 1492, y justamente gloriase Barcelona de que en tantas centurias sólo 69 años sufrió el mahometano dominio, acabando por dos veces la vida sus gloriosos habitantes.

En el año 1204 el conde Ramón Berenguer, I° de este nombre, confirmó con privilegios todas las inmunidades, franquezas y leyes que gozaban en los antecedentes siglos, y fueron confirmadas por el emperador Carlomagno; y en 1169, convocados los prelados, nobles y pueblos, fueron con su intervención y consentimiento unidas las Leyes góticas y formadas las leyes que llamaron Usatges, que hasta el día presente se hallan confirmadas por 70 solemnes actos de Cortes Generales celebrados por nuestros gloriosos señores, y por mantenerlas ha sufrido Cataluña 23 invasiones de franceses, y siempre triunfante y victoriosa por conservar ilesas las leyes de su Patria y la fidelidad a sus señores.

La independencia de conservar estas libertades la confirma la autoridad de Cataluña de tomar las armas por la defensa de sus privilegios y leyes. Así se ve practicado en las antiguas centurias, contra los condes de Urgel, Rosellón y otros, por tributos que querían imponer, y mediando los condes de Barcelona y reyes de Aragón se ajustaron las diferencias, y para extinguir toda duda rectificó y confirmo este tratado el serenísimo rey D. Pedro III con real privilegio, dado en 4 de las calendas de abril de 1344 con la clara especificación que los oficiales y cabos nombrados por Cataluña en defensa de sus privilegios fuesen en todos tiempos reconocidos por sus sucesores. Este privilegio ha sido después confirmado por todos los actos de Cortes Generales que se han celebrado hasta el día presente.

Descaeció y desmayó el valor de muchos suponiendo que, desamparados de los aliados, son débiles nuestras fuerzas para oponernos contra Francia y Castilla.

Ningún catalán sufrirá la afrenta de oír que él no es tan catalán como los passados, y si fuera afrenta el tolerarlo, seria doblada ignominia negarlo con las palabras y verificarlo con las obras.

Cuando Felipe IV, rey de Francia, entró en Cataluña en el año 1285 contra el rey D. Pedro de Aragón con 286,600 hombres, y la armada naval de 330 embarcaciones, ¿era otra Cataluña de la que esa: presente? Es cierto que no. Acuérdense, pues, que nuestros mayores, apadrinados de la justicia, vieron deshecho aquel orgulloso ejército. ¿Bastaron las fuerzas de los catalanes para oponerse a la multitud? ¿Quién negará que eran flacas? ¿Qué es lo que respondían aquellos dignos héroes de nuestra Nación? Los desmayados decían ser imposible resistir, y los mismos franceses lo tenían por temerario. Los heroicos corazones de los otros respondieron Dios ayudará, la causa es justa, en sus manos la ponemos. Bendijo Dios aquella confianza, fueron derrotados los franceses y precisados el príncipe Luis, su hijo, estando agonizando su padre, a pedir al rey D. Pedro el paso y seguridad para volver a Francia.

No es de semejante el caso presente al suceso del rey D. Juan II. Este príncipe, en el año 1473, quiso persuadir a los perpiñaneses a entregarse por algún tiempo al rey de Francia. No quisieron asentir a tal proposición, y, desengañado el rey y obligado de su amor, resolvió quedarse dentro de Perpiñán y sufrir un horroroso sitio con que para muchos meses la tuvieron cercada los franceses. Y en el mismo año, a 10 de octubre, movido de lo que padecían sus vasallos, firmó un tratado con el rey de Francia, pactando que entre tanto que le pagaría 200,000 escudos que le debía, se pondrían las plazas del Rosellón y Cerdaña en manos de una de la cuatro personas que elegiría el rey de Francia; pero, ¡oh engaño antiguo en la Nación Francesa! contra la fe del tratado, en 9 de mayo de 1474 volvió a sitiar con gran poder a Perpiñán. El rey D. Juan, compadecido de los trabajos que padecían los perpiñaneses, en febrero de 1475 envió orden y dio licencia a Juan Blancas, jurado en cap de Perpiñán, para rendir la villa. Comunicada esta resolución a los habitantes, determinaron no rendirse hasta haber acabado los cueros de que se servían para su sustento. En una salida hicieron los Enemigos prisionero a un hijo único de Blancas; los sitiadores le enviaron a decir al padre que rindiese la plaza o que su hijo sería degollado; eligió Blancas la segunda proposición, antes que faltar a la fe y juramento; religión y valor digno de inmortal memoria. Sufrieron 9 asaltos, y, oprimidos por el hambre, capitularon en 16 de marzo de 1475, salvando privilegios y libertades; y no se rindieron hasta que se hallaron reducidos a sólo el número de 400. Justamente mereció el dicho Blancas el glorioso timbre en el lema que para memoria se escribió en el frontispicio de su casa, que es como sigue: Dominus hujus domas fidelítate cundas superavít Romanos.

Son tan sólidos los establecimientos de nuestras libertades, que, informados los reyes de su invariable firmeza, los han ratificado de nuevo con sucesos particulares. El rey D, Juan II, persuadido de la ambición de la reina D. Juana, quiso oprimir con dura fuerza a su hijo primogénito príncipe Carlos de Viana, que tuvo de su primera mujer, reina de Navarra. Opúsose Cataluña en defensa de la inocencia del príncipe y de las leyes que violaban los ministros para oprimir a un príncipe primogénito y legitimo sucesor; duró la guerra en este Principado desde el año 1460 hasta el 6 de octubre de 1472, en que reconociendo el rey la justicia de los catalanes, firmó antes de entrar en Barcelona la reintegración de todas sus leyes y privilegios, con declaración de haber sido justa la guerra.

Vióse después oprimida Cataluña de las infracciones de sus leyes y privilegios por los envidiosos designios del conde duque de Olivares, que no permitiendo que llegasen a los oídos del rey Phelipe I los justos clamores de Cataluña, para informarle de la verdad, movió injustamente todas las fuerzas de España contra Cataluña, y, comenzando las peleas a 25 de septiembre de 1640, duró aquella lastimosa guerra hasta 10 de noviembre de 1652, en que, mejor informado el rey Felipe IV, dio plena autoridad y poder al señor D. Juan de Austria, quien juró y ratificó todas nuestras leyes y privilegios, y las confirmó después el mismo rey, el cual, deponiendo al turbulento conde duque de Olivares, dio reposo a sus reynos.

Tan conformes y justos han sido siempre en Cataluña los motivos y las justicias de empuñar las armas por la defensa de las leyes y privilegios, que los mismos monarcas lo han aprobado y confesado haber sido mal informados y haber injustamente turbado la quietud y la justicia.

Recordar y traer a la memoria las hazañas de nuestra Nación es como casi lo mismo que numerar las arenas del mar. Son testimonio que las califican tantos reinos y provincias, piedras preciosas que adornan la corona de nuestros reyes. Desplegadas nuestras banderas en los reinos de Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Mallorca, han dilatado el nombre catalán, y no cabiendo su valor en estos reinos, penetraron la Italia, pasaron a África y guerrearon en Grecia, y fue conocido su nombre en la América y Asia.