Discurso De Luis Echeverria Alvarez En Su Sexto Informe De Gobi

Chapter 12

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La dedicación a esta tarea crucial de la época y nuestra experiencia directa de los numerosos obstáculos que se oponen a la cooperación entre nuestras naciones, nos condujo a fundar el Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo.

Esta Institución, que será inaugurada el próximo día 14 en la ciudad capital, aspira a combatir la inercia de un pasado de coloniaje, así como la pasividad que conduce a nuestros pueblos a renunciar a sus propias decisiones para recorrer su camino.

En su seno habrá de reunirse información recopilarse experiencias organizativas y tecnológicas, así como promoverse la elaboración de estudios y la aplicación de soluciones adecuadas a nuestras realidades.

El Centro ha terminado sus locales en San Jerónimo, con el apoyo que concertamos de algunos particulares, organizados en una asociación civil.

Ha integrado un fideicomiso mediante el Banco de México, a efecto de que tenga una verdadera independencia, pero con la colaboración del Estado revolucionario.

Cuenta con un patronato compuesto por el Rector de la Universidad Autónoma Nacional de México, el de la Universidad Autónoma de México, y el de la Universidad Autónoma Metropolitana, el Director del instituto Politécnico Nacional, el de El Colegio de México, el del Consejo Nacional de la Ciencia y la Tecnología, el del Centro Nacional de Educación Técnica Industrial y por los Secretarios de Relaciones Exteriores Educación Pública y de la Presidencia.

La presencia en el Patronato de las instituciones educativas mencionadas obedece al propósito de que nuestros principales centros de educación superior reciban oportunamente información acerca de tecnologías y procedimientos propios que se han puesto en práctica, con éxito, en diversos países.

Debemos tener presente que un gran problema de nuestras universidades, de todas y de nuestras instituciones técnicas, es que fueron organizadas y se han conservado de acuerdo a programas de estudio muy tradicionales; siguen formando individuos profundamente individualistas de tipo liberal, y se siguen alimentando de la información técnica y científica de países de gran desarrollo.

Por tanto, es urgente renovar todos los planes de estudio, y llevar la Reforma Educativa a los niveles superiores para después transformar a México.

Con experiencia de 30 años al servicio de mi Partido y al servicio de gobiernos revolucionarios, y sobre todo con la experiencia que de la Presidencia de la República, abrigo la más profunda, la más objetiva de las convicciones que en tanto no se produzcan profesionales, técnicos e investigadores con un sentido social distinto, no con una tendencia individualista predominante; mientras no se transformen a fondo nuestras instituciones de educación superior, desde sí misma, con base en su autonomía, no se producirá, por más griterías seudorrevolucionarias que haya, un verdadero movimiento revolucionario en nuestras universidades e instituciones técnicas.

Esto, el Gobierno no puede ni debe intentar hacerlo solo; mucho menos imponerlo.

La reforma tiene que ser profunda y autogenerada por universitarios conscientes, responsables históricamente.

Se necesita otro tipo de hombres, otro tipo de profesionales, con otro concepto del desarrollo independiente del país y con los ojos abiertos a lo que pasa en los países pobres.

A veces algunos piensan que las grandes tecnologías de los grandes países industrializados, capitalistas o socialistas, pueden trasplantarse de alguna manera, sin tomar en cuenta las circunstancias distintas en que se dieron.

Esto, en uno y otro caso, es complejo de inferioridad, aunque algunos se digan revolucionarios.

Se necesita que diseñemos nuestros propios productos industriales, viviendas para los campesinos y los obreros, así como nuevos métodos de financiamiento que aprendamos a liberarnos de muchos aspectos onerosos de la medicina tradicional y que nos ocupemos de tantas y tantas cuestiones de la alta cultura y la técnica, mediante esa revolución o esa reforma autogenerada en nuestras instituciones de alta cultura.

El proceso de adaptación al establecimiento económico y social, en nuestros países, se da un alto porcentaje entre los egresados de las escuelas superiores.

Inclusive aquellos muchachos que prorrumpían en grandes y profundas críticas dentro del fuero de la protección, de la impunidad de los patios y los jardines hechos con el esfuerzo del pueblo, llegan a adaptarse.

Llegan a buscar empleo incluso a los despachos de los abogados más conservadores y de los prestanombres de México.

Llegan, en fin, a claudicar en forma total, a corromperse.

Ellos habían entendido su vida universitaria como una rebeldía juvenil pasajera, porque carecían de una verdadera convicción revolucionaria.

Actuaban impulsados por lecturas apresuradas, por consejos superficiales, atenidos a unas cuantas orientaciones realmente ingenuas.

Queremos ser autocríticos y queremos ser revolucionarios y volver a nuestra verdad; no tratar de reproducir extralógicamente lo que pasó en 1917 o en 1918 en otros países, para aplicarlos aquí en México, por ejemplo ahora que se quería realizar un paro eléctrico.

Eso es simplemente ingenuo, porque se parte de modelos de acción política totalmente fuera de nuestra realidad.

Por ello los obreros y todo el pueblo de México reaccionaron con apoyo de su Ejército.

A los jóvenes -el pueblo así lo quiere- , con un verdadero encauzamiento democrático, con una política nacionalista, tenemos que orientarlos al campo.

Es muy difícil que los muchachos que llegan a la capital quieran volver a la provincia; se quedan aquí a engrosar las filas de los desocupados.

En varias universidades del interior, que tienen distintas tendencias, se organizan ya instituciones de servicio social.

Particularmente, en estos momentos, en la Universidad de Guadalajara, en la de Morelos y en la de San Luis Potosí.

Así ocurre también, en la Universidad de Querétaro y en otra forma, en la de Puebla y en otra en la de Sinaloa y en otra más en la de Chihuahua, y en todas seguramente porque los jóvenes están más en contacto con la naturaleza, con los ranchos inmediatos y con los campesinos del lugar.

Hay grupos interdisciplinarios de servicio social no solamente de carácter estudiantil sino de tipo profesional, de egresados titulados, que se organizan para salir al campo y a las zonas marginadas de las ciudades a trasformar la realidad.

Se trata de un nuevo tipo de profesionales, como todavía no los forman las universidades, pero ya hay una reacción muy positiva para los propósitos de desarrollo justo e independiente.

El Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo va a provocar reacciones así; va a traer conocimientos de América Latina, de áfrica; y de Asia; va a asimilar tecnologías de los grandes países industriales para transformarlas de acuerdo a nuestros requerimientos y ofrecerlas a nuestras instituciones de alta cultura, a través de su Patronato.

Hay una rebeldía contra los procedimientos tradicionales, contra el inmovilismo, contra el estancamiento, contra la falta de espíritu de renovación.

Este es el origen del Centro y esos son los propósitos del Patronato.

Estos se discutirán con la dirección del Centro -que está en este momento en manos del exterior de la Universidad de Guadalajara, un eminente universitario- y, se llevarán sin duda, a la práctica.

El nuevo Sistema Económico Mundial y la instauración de un orden democrático en las relaciones entre los Estados supone una profunda transformación del Derecho Internacional.

Contribuir a su maduración y enriquecimiento ha sido también afán prioritario de mi Gobierno.

En los tres periodos de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar que se han celebrado desde 1974, México ha asumido la defensa activa de los intereses de los países del Tercer Mundo.

Esta labor se ha encaminado a salvaguardar los derechos de todos los pueblos a explotar aquellos recursos marinos considerados patrimonio común de la humanidad, y a garantizar su aprovechamiento para fines pacíficos, así como a promover soluciones justas y equitativas a todas las cuestiones que en la Conferencia se han dilucidado, especialmente respecto de los temas relativos a la anchura del mar territorial, la plataforma continental, la Zona Económica Exclusiva y el régimen de los fondos marinos y oceánicos y su subsuelo más allá de la jurisdicción nacional.

Fundado en estos principios anuncié a la Asamblea General de las Naciones Unidas la decisión soberana del Gobierno Mexicano de establecer una Zona Económica Exclusiva que se extiende hasta 200 millas náuticas a partir de la línea de baja mar a lo largo de la costa, sin menoscabo a la navegación, sobrevuelo o tendido de cables internacionales submarinos entre el mar territorial y el límite de la zona.

Al aprobar el honorable Congreso de la Unión el establecimiento de dicha zona, la República Mexicana, sin afectar a pueblo alguno, afirmó su cabal dominio sobre todos los recursos naturales en un área náutica de más de 2 millones de Kilómetros cuadrados. Por otra parte, la ejecución de las obras de encauzamiento del Río Bravo que prevé el Tratado de Límites de 23 de noviembre de 1970, en la región de Ojinaga, Chihuahua y en la de Reynosa, Tamaulipas, ha sido planeada con el objeto de que a fines del próximo mes de noviembre del presente año quede totalmente terminada, y realizar durante la actual administración el cambio de frontera que dejará resuelto este caso de particular interés para nuestro país, pues se reintegran a su soberanía 650 hectáreas de tierra de buena calidad.

Hace casi 6 años me comprometí ante el pueblo de México a la realización de una política internacional independiente.

El pueblo puede estar seguro que nuestra actuación en el exterior ha estado invariablemente encaminada a realizar sus ideales y satisfacer sus justas aspiraciones.

La Política interior y la exterior son parte de una misma estrategia.

Las responsabilidades de un Estado revolucionario para combatir el colonialismo fuera y dentro de sus fronteras han sido la guía permanente de nuestras acciones en el exterior.

En los asuntos económicos tomamos en cuenta las prioridades de nuestra estrategia de desarrollo, así como la necesidad de impulsar en nuestra sociedad la justicia distributiva y el pleno empleo.

La resolución favorable que alcanzamos en el caso de la salinidad del Río Colorado, representa gráficamente esta orientación profunda de nuestra política exterior

En nuestras relaciones con el país más poderoso de la Tierra tomamos siempre en cuenta las necesidades de los hombres del campo de Baja California.

Igualmente, cuando propusimos la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados, así como el Sistema Económico Latinoamericano, cuando pugnamos por un Nuevo Orden Internacional y cuando afirmamos los derechos de los países del Tercer Mundo a defender los precios de sus productos, tuvimos presente el imperativo de hacer justicia a los campesinos productores de materias primas agrícolas, a los trabajadores industriales y a los empleados públicos; tuvimos presente en suma, el derecho de todos los mexicanos a llevar una vida digna y a participar en el esfuerzo colectivo para impulsar el progreso de la Patria.

No somos un País poderoso, ni es nuestro interés ejercer cualquier tipo de hegemonía.

Los principios que hemos defendido, las causas que hemos abordado no son meras abstracciones retóricas, constituyen el fruto de un azaroso proceso histórico, el nuestro y el de todos los países que han sufrido la injusticia, la explotación y el coloniaje. Los avances que hemos alcanzado no nos conducen a la autocomplacencia.

Son tantos los problemas del mundo que tenemos por delante, y las injusticias que faltan por remediar, que no podemos permitirnos la pausa, pero tampoco el desaliento.

En la realización de esta noble empresa hemos arrostrado el ataque injusto y superficial, la calumnia y el denuesto.

Poderosos intereses económicos han financiado y promovido esos ataques insidiosos contra México.

Pequeños grupos dentro de nuestro país, alejados de los grandes problemas y aspiraciones nacionales han festejado las agresiones del exterior y participado activamente en el vano empeño de vulnerar las decisiones independientes de la Nación.

No se trata de un fenómeno nuevo, ni exclusivo de nuestro país, ni de la época.

Pero en México no tuvieron ni tendrán éxito la obstrucción extranjera ni sus colaboracionistas internos.

A pesar de ellos la Nación es hoy más libre y más independiente, ha fortalecido sus soberanía, tendido puentes y estrechado vínculos de amistad y colaboración con todos los países del mundo, empeñados en el último cuarto del Siglo XX en erradicar la explotación, instaurar la justicia y convertir la historia en una experiencia auténtica liberadora de los pueblos y de los hombres.

MENSAJE POLITICO

Una etapa más de la vida nacional está próxima a concluir.

Juntos, pueblo y Gobierno, hemos cumplido un intenso período en el itinerario de México hacia su plena libertad.

Durante seis años, por el mandato soberano de la ciudadanía, me correspondió la responsabilidad de coordinar el esfuerzo de los mexicanos.

La tarea llega a su término constitucional, político y humano para el gobernante.

Para el pueblo, será sólo un episodio de su inacabable batallar en la historia.

Este ha sido tiempo de cambio.

Las cifras y aun los hechos más elocuentes que este informe reseña apenas dan constancia del desafío moral que significaba, para todos, abrir el camino de una nueva sociedad.

Nada de cuanto la Nación realizó durante estos años es fruto de un designio personal o de un esquema preconcebido por el gobernante.

Inconformidades manifiestas y demandas largamente diferidas obligaban a modificar aspectos esenciales de la conducta pública.

El país crecía en la desigualdad.

Los esfuerzos productivos se nutrían del desequilibrio y en vez de reducirlo, tendían a consolidarlo.

La injusticia y el contraste social comenzaban a ser aceptados, bien como fatalidad, bien como precio que había que pagar en función del progreso.

La esperanza de la juventud difícilmente encontraba curso en las instituciones y no pocos de nuestros conceptos, sobre el país y sobre el mundo, se habían vuelto francamente anacrónicos.

Era indispensable someter nuestras ideas y nuestras prácticas a una profunda revisión.

Enfrentar la realidad nacional con una leal y militante conciencia revolucionaria.

Era preciso alertar la opinión ciudadana, sacudir el mutismo y la indiferencia, hacer del pensamiento crítico sistema de gobierno.

Era menester, en suma, actualizar mediante el análisis nuestra visión de México y reformular, en consecuencia, los objetivos del desarrollo.

El empeño nacional de renovación correspondió a una preocupación universal sobre los efectos del colonialismo económico.

La marginación y la dependencia aparecen, hoy día, no como fenómenos inevitables, menos aún como fruto de la incapacidad intrínseca de ciertos pueblos.

Sabemos que resultan de un prolongado proceso de explotación internacional que sirve de apoyo al colonialismo interno.

La tradición revolucionaria de México nos llevaba al encuentro de aquellas comunidades que sólo pueden realizarse en la lucha común contra la discriminación y el despotismo de los más fuertes.

El propósito último de todos nuestros actos ha sido reencontrar la identidad política del país y, con ella, la identidad nacional.

Quienes vinculan sus intereses y su destino a centros externos de poder que no creen en México ni confían en la potencialidad creadora de su pueblo.

Defender, en cambio, nuestra identidad y nuestros verdaderos intereses es afirmar los valores en que se sustentan la independencia y proponer la justicia como única vía para edificarla.

Todo cuanto hemos emprendido se funda en la filosofía del texto constitucional.

Hacer vigentes sus avanzados preceptos y llevarlos incluso al ámbito internacional eran, a un tiempo, imperativo de congruencia y de supervivencia, la democracia social, síntesis de la doctrina mexicana para el desarrollo, es objetivo permanente de la Nación desde sus orígenes.

Conjuga la necesidad de ampliar el régimen de libertades y la de garantizarlas mediante una conducta solidaria.

Postularla de nuevo, con toda decisión, es ofrecer a las nuevas generaciones el camino de nuestra propia historia.

La sola formación de la riqueza no es el desarrollo.

Una sociedad avanza cuando evoluciona su pueblo.

Gobernar no es, tan sólo, administrar bienes y proporcionar servicios.

Es alentar las energías de la comunidad y buscar los caminos que la hagan progresar en lo moral, en lo cultural y en lo social.

Gobernar es coordinar la tarea histórica de una nación.

Por eso nuestros actos de gobierno, aun los más nimios, han sido orientados conforme a un mismo proyecto que mira al porvenir.

Cuanto hemos hecho e intentado se proponía apresurar el tiempo de México para hacerlo más contemporáneo y más auténtico.

Nada, sin embargo: ni las conquistas materiales y sociales, ni las leyes promulgadas, ni las instituciones erigidas, es obra consumada.

Su permanencia y efectos dependen de la continuidad en la acción revolucionaria.

Vencimos incontables resistencias pero el pasado no fue definitivamente sepultado.

Siglos de servidumbre y decenios de contradicciones pesan todavía sobre el presente y el futuro del país.

A quienes habrán de proseguir la tarea toca en adelante recoger lo mejor de nuestro esfuerzo e incorporarlo, con mayor talento y energía, a una nueva realidad.

Hombres, enfoques y procedimientos nuevos -todo cuanto era joven- fue decididamente promovido.

Optamos siempre en favor del pueblo y en contra del privilegio.

Las fuerzas del cambio y los grupos sociales mayoritarios son hoy más combativos y poderosos que ayer.

El país sabe con claridad lo que quiere realizar y lo que debe cancelar.

Conoce mejor los rostros y las tácticas de sus tenaces adversarios.

Está dispuesto a perseverar en la lucha y alcanzar la victoria.

Un mandato constitucional concluye, pero su término reanima el impulso popular de renovación.

La no reelección absoluta del Poder Ejecutivo es clave de nuestro sistema político.

Lo es también la fortaleza de un Partido Revolucionario que otorga coherencia y continuidad a nuestro proyecto histórico.

Partido que enlaza el quehacer de las generaciones y mantiene en el poder de la República a los obreros, a los campesinos y a los sectores populares de México.

A la política de camarillas y al monopolio de los grupos cerrados de poder se oponen, en México, la puntual sustitución de los hombres en los cargos públicos y la vigencia histórica de un Partido mayoritario.

La estabilidad, que hace fructífero el esfuerzo colectivo, la permanencia de los principios y los cauces abiertos a la innovación, derivan de esa fórmula superior, según la cual los hombres somos transitorios y sólo perdura la potestad del pueblo.

El Partido Revolucionario Institucional, -al que he servido desde la juventud y a cuya doctrina he querido ser leal en toda función pública- se ha robustecido ahora por efecto de la lucha social.

Durante estos años, fueron los trabajadores, del campo y de la ciudad, los protagonistas centrales de la acción política.

La Alianza Popular ha sido el soporte y la expresión combatiente de la ideología nacional.

La conciencia que de sus derechos y posibilidades han adquirido los grandes núcleos sociales, sus logros concretos y su mayor articulación son hoy la más firme garantía del proceso revolucionario.

México necesita, frente a los desafíos que le aguardan en años próximos, fincar su soberanía, en un gobierno popularmente fuerte.

He ahí la tarea política de estos meses, confirmada por la voluntad ciudadana en los comicios del 4 de julio.

Una revolución no prevalece si sólo se conforma con la apariencia del cambio.

Alterar el orden de las cosas no es necesariamente transformarlas.

En la medida que las reformas iniciadas hayan penetrado en la realidad y en las conciencias, habrán de subsistir.

Por ello, el mejor legado de nuestros empeños es la convicción progresista que hoy comparte la mayoría de los mexicanos y el nuevo perfil de su representación política, reflejado en estas Cámaras del Congreso de la Unión, testimonio de una voluntad irreversible de progreso social en la independencia.

No admite nuestro régimen el vacío político.

Algunos quisieran que la vida nacional se aletargara cuando se aproxima la sucesión de los poderes: que el Gobierno suspendiera el trabajo que lo justifica y la transición constitucional ocurriera sin la movilización democrática del pueblo.

Desearían el abandono temporal del escenario público por parte de sus Legítimos ocupantes -las mayorías nacionales- para suplantarlas, e imponer al Estado absurdas condiciones.

Lejos de ello, todos los días han sido para la República, de febril actividad creadora.

La Nación ha laborado sin desmayo, y -al mismo tiempo- ha replanteado sus problemas y esperanzas en la más extraordinaria jornada cívica de que tenga memoria esta generación de mexicanos.

Más amplia es la consulta ciudadana, más se aleja el país de cualquier tentación autoritaria.

Los silencios de ayer estuvieron en el origen de muchas desviaciones.

Hoy, en cambio, la presencia multitudinaria de la demanda popular y la palabra libre, resguardada el contenido democrático de las instituciones.

México ha vivido, durante estos meses uno de los mejores esfuerzos del mundo en desarrollo.

Ha rechazado el fácil camino de la sumisión en un razonado y concluyente plebiscito por el que afirmó su determinación libertaria.

Una a una, han sido desgastadas las tesis de la reacción, exhibidas sus complicidades, vencidas sus estrategias.

Es la Nación misma, sus más limpias tradiciones y el proceso revolucionario que la impulsa, quienes han alcanzado la victoria con el voto del pueblo en las urnas.

Nuestro país ha dado, ciertamente, una gran lección.

Ha probado que al margen de presiones y amenazas, de inútiles enfrentamientos y de provocaciones que son fruto de la impotencia, es capaz de fortalecer su unidad esencial en la democracia.

Ha probado la enorme vitalidad de su pueblo y su aptitud reflexiva para evaluar avances y para esclarecer los problemas nacionales y encontrar la solución que compromete a todos.

La abstención cívica fue sólo inocente preocupación o táctica estéril de minorías.

Un pueblo celoso de su libertad no desoye jamás el llamado a la responsabilidad ciudadana no escatima su concurso en las decisiones que definen el porvenir.

Menos aún cuando se sabe parte de un continente asediado por las dictaduras y de una época en que la autonomía de los pueblos y la dignidad de los hombres se gana únicamente con la lúcida y tenaz determinación de ser libre.

Nuestro pueblo entendía que no es la incapacidad del adversario para presentarse en el foro del debate público lo que otorga a una justa su carácter democrático, y que éste no se disminuye por la ausencia deliberada de un contendiente.

Comprendía que es la voluntad participativa de los ciudadanos y su interés en integrarse al quehacer político; la lealtad a las instituciones representativas y la confianza de la mayoría en la claridad de sus procedimientos, lo que hace de un sistema político una democracia.

La amplitud y entusiasmo del sufragio popular rebasaron toda predicción.

Muy pocos regímenes democráticos - tal vez ninguno - cuentan hoy con semejante respaldo ciudadano.

Gracias a ello, el país ha redoblado su seguridad en el futuro y los nuevos poderes harán frente, muy pronto, a las complejas tareas nacionales con una indiscutible legitimidad política.

El pueblo les ha confiado los atributos de la soberanía para que prosigan con firmeza la obra de la Revolución.

El significado de los comicios: el sentido con que se expresó la voluntad de los mexicanos es inequívoco.