Discurso de Luis Echeverría Álvarez en su Sexto Informe de Gobierno

Part 13

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No se trata, por cierto, de un refrendo al desempeño concreto de este Gobierno, cuyos alcances los habrá de considerar la historia.

Se trata de la continuidad profunda que la Nación espera en su esfuerzo por el desarrollo.

Se trata de una decisión irrevocable: la de seguir avanzando por el rumbo que la Constitución señala.

Los mexicanos no elegimos el conformismo.

Sabemos que el camino por recorrer es más arduo que el que hemos dejado atrás.

Conocemos la dimensión de la miseria, de la injusticia y de la soberbia.

Advertimos que cada sexenio presentará mayores dificultades y más amenazantes desafíos; que el pueblo multiplicará sus demandas porque más necesita y aspira; que las tareas públicas requerirán planes más concretos y medidas más audaces, mayor solidaridad de quienes todo lo han recibido, actitud más combativa de quienes ansían progreso y más depurado patriotismo de todos.

Importan los programas y los hombres, habíamos afirmado.

Los que nuestro pueblo eligió representan la síntesis de su experiencia, la imagen fidedigna de sus luchas y esperanzas, el trazo más confiable de los objetivos que garantizan el porvenir.

Implican un rechazo a las debilidades y complacencias que en el pasado nos apartaron del compromiso ideológico con el pueblo.

Los propósitos son revolucionarios los hombres han sido forjados en la lealtad con que sabrán honrar su pacto social con las mayorías.

México se ha empeñado en hacer de su doctrina, programa.

No basta hoy la intuición genial, la rectitud pública o el laborioso despliegue de acciones transformadoras.

La realidad del mundo nos es aún adversa y la índole de nuestros recursos exige racionalidad y previsión para que sirvan al mayor número y pongan a salvo nuestra autonomía.

La planeación democrática, por la que el país ha optado, es el perfil contemporáneo de la Revolución.

El progreso material es sólo un testimonio contingente de la historia.

Lo que, a final de cuentas, resume y prolonga el esfuerzo de las generaciones es el patrimonio acumulado en la aptitud de los hombres.

En las virtudes de nuestros hijos se justifican siglos de sacrificio.

En la valía de sus dirigentes y en la calidad de su pueblo se expresa la verdadera evolución de un país.

México tendrá, porque lo ha merecido, un gobierno digno de su destino.

El Estado es obra superior de la cultura: articula los valores que la sociedad entraña y persigue.

Nuestro país ha remontado ya la edad de la improvisación y el caudillismo.

Ha decantado sus instituciones democráticas y fraguado con ellas la integración nacional.

Ha llegado a un plano de su desarrollo en el que sólo los hombres conformados en el estudio y la auténtica militancia, reflexivos en la decisión y valientes en la conducta, pueden aspirar a conducirlo.

Por eso entregaré con toda mi esperanza, con toda mi certidumbre de mexicano, el mandato supremo de la República a José López Portillo.

Desde esta alta tribuna, en la que comparezco por última vez, quiero expresar mi gratitud de hombre y mi reconocimiento de gobernante a quienes han cumplido conmigo la jornada.

La obra de la República no es aventura personal ni puede acometerse en el aislamiento. Inestimables colaboradores, jóvenes y experimentados -esforzados todos- compartieron lealmente las vicisitudes de nuestra lucha.

En ella contamos siempre con la guía certera y la proximidad afectuosa de nuestros compatriotas y con la adhesión esperanzada de los más humildes sin la cual pierden sustancia las tareas del Gobierno y el camino de la Revolución se cancela.

Es una trayectoria de la Nación, pero cada circunstancia es irrepetible.

A cada gobernante toca una tarea singular limitada en su ejercicio por el tiempo exacto de su mandato.

Ha de librarse a ella con plenitud, derrotando en sí mismo la ambición bastarda, la mezquindad y la fatiga.

Ha de emprenderla con la más honrada determinación de prefigurar en los avances de hoy, el porvenir que México ambiciona.

Cada gobernante asume su plena responsabilidad en la historia.

Ha de tomar las decisiones de su investidura en una realidad concreta; no la que hubiera deseado, sino la que resulta del pasado y del momento que vive.

Ha de tomarles según el mejor legado de la Nación y el ejemplo de quienes la forjaron, confiando -siempre- en la capacidad revolucionaria del pueblo.

Muchas decisiones podrían ser aplazadas eludiendo los compromisos fundamentales del servicio público, pero al hacerlo se agigantan los problemas y se reduce, con el paso del tiempo, la capacidad de resolverlos.

Son precisamente las acciones no cumplidas y los silencios cómplices del pasado, lo que obligó en estos años, al pueblo y al gobierno de México, a realizar un esfuerzo sin precedentes, para recuperar el tiempo perdido y restaurar el rumbo de la Revolución.

Por eso nos comprometimos a no volver a incurrir en esta evasión histórica.

Por ello, sin pequeñez en el propósito, sin egoísmo, todas las decisiones que asumimos durante el sexenio, fueron inspiradas en la voluntad de abrir un horizonte más amplio, más libre y más justo para los mexicanos de hoy y de mañana.

Esa ha sido la norma superior de nuestros actos.

La verdadera dimensión de lo alcanzado está aún en la entraña del tiempo.

Será fecunda si, como estoy cierto, con la Revolución Mexicana y con la Constitución de 1917 proseguimos, todos, ¡Arriba y Adelante!

Contestación del Dip. Heladio Ramírez López, Presidente del Congreso.

Señor Presidente de la República:

Desde las comunidades más pobres, hasta las ciudades más industrializadas; desde las chozas más humildes, hasta las grandes mansiones; los mexicanos esperaban hoy, la síntesis del relato de una historia en donde todos hemos sido actores.

Querían conocer el presente y el futuro de un país que ha sostenido nuevas y grandes batallas para avanzar en la conquista de su independencia, pero sobre el que pesan todavía, siglos de "servidumbre y contradicciones".

Queremos hoy comprender la razón y la esencia de un sexenio de inconformidad creadora, que nos lleva a la transformación de nuestra democracia para alcanzar un proyecto nacional que logre la igualdad en la libertad.

Para millones de compatriotas que acaban de escucharlo, no se trata simplemente, de haber conocido las contundentes cifras de cada peso invertido en la administración pública.

Se trata de un relato profundamente humano del que se destaca la acción concertada en todo el país, para dotarlo de los recursos que promueven su capacidad creativa, fortalecen su dignidad como Nación, y constituyen una nueva enseñanza, tan perdurable, que nos hace más dueños de nuestro destino.

Este gobierno es de militancia ideología y de práctica revolucionaria.

Sin límite de horarios y sin barreras de protocolo, realiza un gran viraje histórico.

Al principio, comunidades de la Sierra y el Valle, de la costa y la montaña, no daban crédito a sus ojos.

Veían a un Presidente escalando peñascos, cruzando ríos, demandando el diálogo y la denuncia, en busca de la verdad.

La crítica y la severa autocrítica del Presidente sorprendió, confundió al principio, pero los estudiantes le hablaron en el mismo tono y denunciaron arbitrariedades.

Los indígenas fueron oídos en Los Pinos y expusieron una larga lista de quejas.

Crímenes ignorados, durante años por los artífices de una falsa estabilidad.

Al demandar usted la verdad, el país recobró el verbo de la insurgencia.

Pidió valor civil al pueblo y hoy hemos adoptado nuevamente el lenguaje de la inconformidad creadora.

El Presidente deja una enseñanza: no debemos admitir ni manipulación retórica, ni simulación en los quehaceres públicos.

Quienes piensen que la crítica ha sido un gesto irreverente a quienes le antecedieron, se guían por el estrecho criterio de una supuesta tradición.

Debe entenderse con claridad, que la crítica y la autocrítica son prueba de honestidad revolucionaria, y que son, además, una respuesta contundente a las provocaciones, a las asechanzas físicas y verbales, a la cobardía del rumor.

El 1 de diciembre de 1970, usted negó ante el país que existiera un dilema inevitable entre la expansión económica y la redistribución del ingreso.

Señalo que quienes pregonan que primero debemos crecer, para luego compartir, se equivocan o mienten por interés.

Desde ese día los mexicanos hemos abatido los muros de la falsedad que intentó levantar una élite gerencial mistificadora de nuestra Revolución y de nuestra Constitución.

El pueblo se había visto asediado por las fuerzas del neocolonialismo político que trataron de imponer la economía del crecimiento en la desigualdad, a través del autoritarismo.

Pero nuestro pueblo jamás abdicó de su temperamento libertario; esperó al líder, encontró a Luis Echeverría y con él lucha hoy contra el oscurantismo y el autoengaño; contra los heraldos de la dependencia y contra la marginación.

Sólo así pudimos remontar el esquema prefabricado por las metrópolis de poder.

El desarrollismo como fórmula imitada pretendió resolver, a través de saltos en la historia, lo que debía ser un esfuerzo de continuidad. Imbuidos por el espejismo de generar un proceso industrializador dependiente en lo tecnológico, se trastocaron los objetivos fundamentales de largo alcance, que son: eliminar la marginación y elevar substancialmente las condiciones de vida del pueblo.

Al rendir protesta como Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, expresó usted que:

"El quehacer de la República es compromiso común. Actuaremos por mandato de la soberanía nacional e iremos tan lejos como el pueblo quiera".

En esta definición, México encontró un llamado y un desafío.

En lugar de haber mantenido una inercia reaccionaria o haber seguido el modelo de la dependencia, nuestro pueblo optó por oír su llamado y acompañarlo hacia arriba y adelante, hasta el límite de sus fuerzas.

Y en esa ruta llegará tan lejos, que ninguna potencia por fuerte que sea, ni grupo criollo alguno por antimexicano que sea, podrá menguar el gran trecho histórico ganado, ni frenar la velocidad de la marcha.

Convencidos, de que sólo es válido el cambio social cuando tiende a cerrar las brechas de la desigualdad, desde aquel diciembre de 1970 nos hemos abierto paso hacia la emancipación plena de los mexicanos en lo interno, porque ninguna solidaridad social es posible en la servidumbre.

Cinco días después de haber protestado cumplir con la Constitución, usted, señor Presidente, recorrió el desierto y las zonas de miseria; integró la Comisión Nacional de Zonas áridas e inició la acción indetenible del rescate a los elementales derechos de los campesinos.

En México, la lucha agraria es razón y fuerza de la Revolución.

Antiguos señoríos feudales y nuevas formas de un latifundismo financiero en el campo han tramado estrategias subrepticias para recobrar sus potestades, y establecer nuevas líneas de dependencia a través de una agricultura de exportación que, de espaldas a las necesidades del pueblo, es una vía para perpetuar el subdesarrollo y la sumisión de los campesinos.

Son los hombres de paja utilizados por las transnacionales que organizan nuevas guardias blancas, los profesionales de la falacia y el rumor, los que ejercen el terrorismo desde las finanzas.

Tristes manifestaciones de quienes tienen los estómagos llenos y pretenden recurrir al chantaje con burdas imitaciones, que desde ahora están condenadas a fracasar porque para ello siempre habrá, como existe ahora, la respuesta de un pueblo organizado.

Quisieran que en México se erigieran nuevos señoríos de poder y que en nombre de una mal entendida libertad de empresa se arrasara la libertad.

Pero se equivocaron rotundamente.

Abatieron campesinos, pero jamás la raíz de su causa que es la misma del Presidente Echeverría.

Para este régimen, la Reforma Agraria es ante todo, darle contenido y razón de ser al derecho a la tierra, proporcionando con ella agua, crédito y pago justo de los productos obtenidos por el trabajo de las manos campesinas.

Es recuperar los terrenos nacionales para que sean poblados por mexicanos; entiéndase bien, y no por extranjeros.

Es devolver, verdaderamente, las tierras a las comunidades indígenas.

Es combatir el coloniaje interno, y emprender un intenso proceso organizativo de los campesinos como camino para introducir la técnica, para crear empleos, pero singularmente, para liquidar la explotación en todas sus formas.

Entiéndase bien: no puede enjuiciarse el ejido como una forma de producción ineficaz, por aquéllos que detentando todos los privilegios, en su tiempo, le negaron el agua, la infraestructura para la producción, la técnica, el crédito y sólo le arrojaron las migajas de un financiamiento, que en el fondo, no era sino otra forma de sometimiento.

Ofende y subleva la conciencia que ataquen al ejido quienes pretendieron destruir su vida democrática, acentuaron el individualismo, cometieron despojos, concentraron tierras y pusieron en peligro la estabilidad de nuestra Nación, al convertir al campo en un polvorín que estuvo a punto de estallar.

Mienten quienes han afirmado en campañas contumaces, que el régimen del Presidente Echeverría ha pretendido destruir la propiedad privada.

Lo que ha ocurrido es que se han recuperado las tierras de los ejidos y de las comunidades; se han ejecutado resoluciones presidenciales que a base de subterfugios impedían que las tierras llegaran a manos de los campesinos.

Se han destruido odiosos e irritantes privilegios, de quienes pretendían conservar vastas propiedades por encima de la ley.

Si queremos ser siervos de las potencias, dejemos el proceso de organización agropecuaria al libre juego de los intereses.

Si ansiamos la libertad, hagamos del agrarismo una planeación productiva y participativa.

Ejido sin organización es servidumbre y simulación agraria, es delito social.

Dejar de producir o estorbar el reparto de las tierras, es grave atentado a la Nación.

Alianza en la producción y equidad en la participación es objetivo revolucionario y democrático que el pueblo merece y habrá de cumplir.

Esta es la preocupación creadora de Luis Echeverría y con ella luchan los campesinos de México.

Reforma Agraria, equidad fiscal y justicia para los trabajadores, son partes que hacen del todo, coherencia en la conducta revolucionaria.

Durante los años transcurridos de este gobierno, no hay uno de ellos, que no registre grandes decisiones a favor de la clase obrera.

Las garantías sociales son irrenunciables.

Su cumplimiento e incesante expansión son metas básicas de nuestra democracia social y razón profunda de que en México el poder corresponde a una vasta alianza popular de obreros, campesinos y clases populares.

Ante los fenómenos inflacionarios, el Presidente expresó que no serían las clases humildes, las clases laborantes, sino las de altos ingresos, las que deberían compartir los mayores riesgos.

En lugar de permitir que los efectos de ese fenómeno limitaran nuestra estrategia distributiva, aceleramos su proceso.

Era falso que a mayores salarios, mayores precios y menor producción.

La clase obrera y el gobierno no se dejaron atrapar por la escalada de la especulación.

La primera etapa de nuestro reencuentro constitucional se abrió paso al anular progresivamente las prácticas que hacían del campo el subsidiario de las zonas urbano - industriales.

Ese primer movimiento fue el articulador entre los intereses del sector campesino y el de los obreros organizados, en favor de quienes el presente régimen ha ampliado y multiplicado sus derechos; ha mantenido incólume el derecho de huelga y creado nuevos instrumentos de equilibrio en los factores de la producción, con la Comisión Nacional Tripartita como organismo deliberante y consultivo; el INFONAVIT como garantía tangible de cumplimiento del artículo 123; el FONACOT como fuente de crédito social y el respeto a la democracia interna en las organizaciones sindicales.

El derecho de huelga es constitucional e irreductible.

Pero no debe confundirse con el boicot a México o con la agresión a la autonomía de las universidades.

Democracia social es justicia en la libertad, es contenido del diseño constitucional dado en los artículos 3o., 27 y 123.

Al enarbolar los derechos de las mayorías, el gobierno ha creado múltiples instrumentos de reivindicación: la protección al salario mediante su revisión anual para ajustarlo al costo de la vida, y la defensa de su poder de compra mediante el ejercicio del derecho a través del Instituto y la Procuraduría de Defensa del Consumidor.

La planeación urbana con la Ley General de Asentamientos Humanos, y el acceso a la organización, al crédito y al trabajo de muchos humanos marginados que se da en la Ley de Solidaridad Social entre muchas otras, integran la fisonomía de un auténtico derecho popular.

Es así como se operó un proceso de reencuentro con la filosofía de los Constituyentes de Querétaro.

Así es como se recobró la vigencia del pacto social entre las clases agrarias, obrera y popular, en una alianza para construir el nuevo orden económico y luchar por la unidad nacional.

Sí, pero por la unidad de una sociedad equitativa y no por la simple conjunción de los desiguales.

Para ello, el Presidente Echeverría sigue agitando las conciencias pusilánimes.

Por ello, preferimos una visión descarnada del país, al cómodo ministerio de la utopía que eterniza los contrastes económicos y los desdibuja, para convertirlos en vitrina del consumismo.

En materia de política económica, la vía definida por el gobierno, colocó prioritariamente las medidas orientadas a cancelar los desequilibrios sociales, geográficos y sectoriales.

No era ya aceptable el desarrollo estabilizador, denominación que complació a los exégetas del privilegio.

El haber alentado por más tiempo el mito del milagro mexicano, habría dado lugar a una economía insular que, a plazo imprevisible, haría romper la pretendida estabilidad del sistema.

Bien lo señalo usted, los milagros económicos no existen, lo que existe son los efectos de una publicidad tendenciosa.

Comprendemos la trascendencia y la necesidad de las medidas económicas adoptadas por usted el día de hoy.

Sabemos que estas medidas no eran aconsejables al principio de su gobierno, porque ello hubiera hecho imposible llevar adelante las profundas transformaciones que ha realizado en todos los órdenes y porque en aquel momento eran otras las circunstancias prevalecientes en el mundo.

México que no vive en el aislamiento ha recibido la influencia de los profundos desequilibrios monetarios del mundo actual.

Cuando la producción de los países más industrializados ha dado señas de abatimiento, y cuando sus monedas se han visto impactadas por la crisis, resultaba ya necesario que nuestro país, en aras de seguir adelante, realizara a su vez revisión monetaria.

Sabemos muy bien que en septiembre de 1976 la alternativa que usted tuvo al frente, era crear las condiciones para encontrar el nuevo nivel de intercambio del peso mexicano o dejar que nuestra planta industrial y la producción en el campo se abatieran, y se agravaran los niveles del desempleo.

Para evitarlo, es necesario hacer que nuestros productos cuesten menos en el extranjero y así poder vender mucho más.

Es necesario evitar que los traidores de siempre se enriquezcan con simples operaciones monetarias sin trabajar, sacando su dinero del país, donde se requiere para crear fuentes de trabajo y para atender nuestras grandes y urgentes necesidades sociales.

De igual manera, al encarecerse frente a nuestra moneda los productos extranjeros, se reducirá la acción de los contrabandistas y los exagerados gastos con que algunos millonarios gustan de hacer el ridículo fuera de nuestras fronteras.

Mientras el país progresa en un marco de justicia y libertad, mientras nuestra capacidad se expande con obras que acrecientan el potencial generador de riqueza y de divisas, mientras aumenta el prestigio de nuestra solidez económica en el mundo y la confianza de la comunidad financiera internacional, aún hay algunos medrosos que se resisten a participar en el gran proyecto nacional.

El país no es una empresa que se pueda manejar con criterio de caja registradora.

Pero aún utilizando los más estrictos sistemas de evaluación, podemos afirmar que esta medida, lejos de hacer vulnerable a nuestra economía, la fortaleció en el corto y en el largo plazos.

Sabemos que esta disposición de usted, habrá de imprimir un mayor dinamismo a nuestra planta productiva; que nuestra economía se hará más fuerte y que todo ello redundará, como usted lo ha señalado, en la generación de más empleos para los mexicanos, en la multiplicación de alimentos, vivienda, vestido, educación y en mayores niveles de bienestar social.

Los obreros, los campesinos y los integrantes del sector popular, representados en esta Cámara, damos por todo ello, nuestro más amplio respaldo a esta patriótica y valiente decisión de su gobierno.

Y digo patriótica y valiente, porque usted no quiso en aras de un falso, de un triste concepto de la popularidad, transferir estas decisiones al próximo gobierno y dejar que a lo largo de estos tres meses se deteriorara la situación económica de México.

Si los que han venido usufructuando una desmedida capacidad de consumo, que la han convertido en libertinaje para el desperdicio, copiando servilmente, ridículamente las formas de vida de las metrópolis, se sienten afectados y les parece una medida impopular, los grandes núcleos humanos del país que no pueden, ni aspirar a importar modelos decadentes de consumo, no sólo aplauden esta actitud popular y nacionalista del gobierno, sino que se disponen a emprender una gran movilización; a tomar la iniciativa para impedir que unos cuantos pretendan desviar los objetivos de esta decisión, encareciendo u ocultando los artículos de primera necesidad.

A partir de ahora y en forma permanente, nos constituiremos en severos vigilantes para lograr que estas medidas se cumplan hasta sus últimas consecuencias.

Ante la nueva política monetaria surgirán quejas y lamentaciones de los poderosos.

¿Y las quejas de los niños tejedores de palma de la Mixteca?

Esos acallados lamentos sólo han sido recogidos, igual que todas las demandas aplazadas, por un Presidente en campaña que supo interpretarlos al determinar impuestos sobre los artículos suntuarios, para con ellos llevar agua potable, alimentos y escuelas a los desheredados.

La política internacional de México es la expresión de su combativa soberanía.

Al salir de la triangulación en el comercio exterior, los campesinos y trabajadores han logrado captar ingresos que antes iban a llenar las cajas fuertes de los monopolios.

Hoy luchamos contra el hambre y la injusticia en todas las latitudes del planeta.

Cuando las grandes potencias destinan más de doscientos billones de dólares al furor bélico y a la paradójica conquista del espacio, la geografía del hambre, como lo dijera Josué de Castro, asuela a multitudes que alcanzan ya los mil millones de habitantes en el Tercer Mundo.

En esta encrucijada, México no se refugia en la resignación, ni hará el juego a los intereses de la oligarquía internacional.

Por el contrario, seguiremos construyendo la nueva democracia internacional y defenderemos nuestro derecho soberano sobre nuestros recursos naturales.

Que se entienda bien en todas partes: el petróleo, el azúcar, el café, los minerales, los fertilizantes y otras materias primas, son ante todo patrimonio del pueblo y jamás serán puestas en subasta para provecho de las potencias

Por este principio, ante el Club de Roma y la FAO demostró usted la falacia del catastrofismo y propuso instrumentos de justicia internacional como el Banco Mundial de Alimentos y el Fondo de Garantía de las materias primas.

A la difícil descolonización política aún en contienda, debe seguir una auténtica descolonización económica.