Discurso de Luis Echeverría Álvarez en su Segundo Informe de Gobierno

Part 5

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La participación en las decisiones no justifica sin embargo el caprichoso cumplimiento de las tareas que a cada uno competen.

La administración no puede ser un foro para negociar intereses personales o de grupo.

Quienes la sirven deben ser solidarios con el programa adoptado por el pueblo.

La arbitrariedad se combate ahí donde se genera.

No basta dictar normas y establecer políticas generales.

Descender incluso al detalle para supervisar los actos encomendados a su autoridad es responsabilidad del funcionario en este momento de cambio.

La administración necesita que se actúe con justicia en cada caso concreto.

La honorabilidad en el ejercicio de un cargo público, como en cualquier otro, no es sólo abstención de conducta ilegal; es también responsabilidad y valentía.

Quienes no sean capaces de armonizar su interés personal con el de la comunidad, poco tienen que hacer en el México contemporáneo; nada en el gobierno.

A cada ciudadano corresponde un deber, pero el del funcionario es exigible por el pueblo, en cuyo nombre ejerce la autoridad.

Ninguna conveniencia circunstancial, ninguna consideración táctica o afectiva moverá el Ejecutivo Federal para conservar en sus puestos a quienes no se muestren dignos servidores del interés nacional.

La época actual reclama un nuevo tipo de funcionario que ha de contar también con mejores instrumentos de acción.

Hemos acelerado deliberadamente la sucesión de las generaciones en los puestos de mando porque es evidente que la Nación necesita ordenarse, desde ahora, de manera distinta.

Tiempos nuevos exigen mentalidades nuevas.

POLíTICA EXTERIOR

México no puede crecer en soledad.

Nada de lo que ocurre fuera de nuestras fronteras nos

es ajeno y es imposible el aislamiento en una época de creciente interdependencia.

Numerosos asuntos que son objeto de debate y acuerdo entre los Estados, tienen repercusiones profundas en la vida nacional y en la de cada uno de los mexicanos.

Necesitamos multiplicar e intensificar nuestras relaciones con todos los países y no renunciar a ningún intercambio que favorezca nuestra evolución.

Hemos defendido siempre el derecho a forjar nuestro futuro.

La experiencia reiterada de injerencias extranjeras nos ha hecho intransigentes defensores de los principios de no intervención y libre autodeterminación de los pueblos.

Nos induce también a pugnar porque se imprima contenido real y concreto a la igualdad jurídica de los Estados.

Tenemos como fundamento un pasado de rectitud y debe afirmarnos un presente de progreso democrático.

Durante años, hemos actuado al mismo tiempo con firmeza y con cautela.

En defensa de nuestros principios internacionales, hoy hemos añadido acciones más directas.

En los próximos lustros, México deberá asumir un papel más relevante en el orden internacional.

Es indispensable que la Nación esté más alerta de cuanto ocurre en el mundo y comparta responsabilidades con quien tiene el deber de conducir la política exterior de la República.

La postguerra vio nacer dos bloques de países antagónicos.

Su enfrentamiento produjo un inestable equilibrio de poder, fundado en el temor recíproco.

Una definición de cerradas zonas de influencia limitó las opciones internacionales de los Estados.

Se desmoronaron antiguos imperios, se aceleró el proceso de descolonización y fue frecuente el estallido de guerras localizadas.

Estos fenómenos configuraron el marco en que se forjó nuestra generación.

Hoy en día, se desintegran las alianzas y aparecen fuerzas renovadoras.

Sin embargo, las grandes potencias no han renunciado a sus aspiraciones hegemónicas.

Sobre la autodeterminación política, perduran formas manifiestas de supeditación.

Los pueblos antaño sojuzgados buscan nuevas fórmulas para consolidar su independencia y remontar el atraso económico.

Nuestra comunidad latinoamericana está en ebullición y urgida de cambios en sus estructuras internas.

Este es el escenario en el que nos toca actuar.

Nunca hemos pretendido constituirnos en líderes de nadie, excepto de nuestro propio destino.

Nos agrupamos activamente con el Tercer Mundo y, en especial, articulamos esfuerzos liberadores con América Latina.

Su lucha es también la nuestra y debemos coordinar acciones para romper las relaciones de dependencia y acceder al pleno desarrollo.

Aislados somos débiles, unidos a las mayorías se acrecienta nuestra viabilidad de progreso.

Este es el camino elegido para lograr nuestras metas.

Practicamos una política exterior independiente y lo seguiremos haciendo.

A todos los foros donde nos lleva el interés de la República, exponemos nuestras convicciones con igual franqueza.

Hemos expresado las tesis de México y escuchado con atención y respeto las de otros pueblos y gobiernos.

Hablamos con la energía que las circunstancias exigen, pero también con la serenidad que nos impone la madurez alcanzada por el país y el análisis cuidadoso de la realidad de nuestro tiempo.

Para facilitar el cumplimiento de los objetivos internacionales del país, hemos continuado renovando mecanismos e instrumentos diplomáticos.

Del primero de diciembre de 1970 a la fecha designamos veinticinco nuevos Embajadores, en su mayoría hombres y jóvenes, técnicos y universitarios.

Se mantuvo amplio el diálogo y el sistema de consulta iniciado el año anterior entre altos funcionarios gubernamentales y los Embajadores de México acreditados en alguna región del mundo.

Una primera reunión fue celebrada durante el mes de octubre, en la ciudad de Viena, en la que se examinaron nuestras relaciones con los países de Europa, áfrica y el Medio Oriente.

En el mes de febrero, tuvo lugar en Cozumel un segundo encuentro, esta vez encaminado al estudio de los vínculos con países situados en Norteamérica y en la zona del Caribe.

En los días próximos a mi Primer Informe de Gobierno cristalizaron una serie de cambios que habían venido gestándose durante los últimos años en las relaciones internacionales.

México tenía que definir su actitud y lo hizo sin titubeos.

En octubre comparecí ante la Asamblea General de las Naciones Unidas para declarar nuestra solidaridad con los pueblos que han padecido el colonialismo político y luchan ahora por erradicar la injusta distribución del poder y de la riqueza que aún prevalecen en el mundo.

Advertí la necesidad de crear una genuina democracia internacional, caracterizada por el progreso compartido y por la participación efectiva de todos los pueblos en la dirección de los asuntos que los afectan y, por lo tanto, también les conciernen.

Manifesté que la universalidad a la que aspira la ONU conocería un avance decisivo con el ingreso de la República Popular China.

La soberanía y la integridad territorial de un Estado son jurídicamente indivisibles.

Votamos, en consecuencia, por el restablecimiento de los derechos que corresponden al Gobierno de esa nación y el reconocimiento de sus delegados como únicos representantes legítimos ante las Naciones Unidas.

En el mes de febrero, la República Popular China y México establecieron relaciones diplomáticas, sobre bases de amistad y respeto mutuo, comprometiéndose a acatar el principio de no intervención en asuntos internos de los Estados.

En el comunicado conjunto figura, de manera expresa, el apoyo del gobierno chino al propósito de la desnuclearización de América Latina.

Realicé en el mes de marzo una visita de Estado a Japón, invitado por el Emperador Hiro - Hito.

Con los gobernantes de este país, subrayamos la necesidad de que los Estados medianos y pequeños intervengan más activamente

en las decisiones que están determinando el futuro de la humanidad.

Fortalecimos la bases amistosas y políticas que permitirán ampliar nuestros intercambios y suscribimos acuerdos de cooperación en materia tecnológica, económica y cultural. Ambas partes coincidimos en señalar que estamos iniciando una nueva era en la historia de las relaciones entre Japón y México.

Nuestro destino se halla íntimamente asociado al de América Latina.

Aunque nuestros países tienen múltiples objetivos comunes, el grado de coordinación alcanzado está lejos de ser satisfactorio.

Ha llegado el tiempo de hacer a un lado diferencias ideológicas y unificar nuestra acción política y económica.

Hemos reiterado, en todas las circunstancias, nuestro apoyo al proceso de integración latinoamericana.

Centroamérica es el área del mundo más próximo a nosotros.

En el periodo que cubre este Informe, me reuní con el Doctor Ramón Ernesto Cruz, Presidente de Honduras y con el Ingeniero Demetrio B. Lakas, Presidente de la Junta de Gobierno de Panamá.

Reconocimos que la colaboración entre países con niveles semejantes de desarrollo exige un esfuerzo de imaginación y constancia.

Reiteré nuestros ofrecimientos de cooperación económica, tecnológica y cultural, a los que hemos comenzado a dar cumplimiento.

En abril visité la República de Chile, donde se desenvuelve un aspecto significativo de las luchas emancipadoras de América Latina.

Manifesté nuestra determinación de estrechar relaciones con aquellos pueblos que buscan soluciones democráticas y constitucionales para modificar sus estructuras internas.

Condenamos el Presidente Salvador Allende y yo toda forma de intromisión en los asuntos internos de nuestros pueblos, proveniente de Estados o de empresas extranjeras.

Fui a Chile, en suma, a refrendar la solidaridad de México con el empeño de los chilenos para proseguir, con total autonomía, el camino de liberación que han elegido.

Durante una breve escala técnica en la República del Perú, establecí fraternal diálogo con el Presidente Juan Velasco Alvarado.

Entre otros temas de interés común, abordamos el de los límites del mar territorial.

Consideramos en extremo valiosa la acción coordinada de América Latina para preservar los recursos del mar próximo a nuestras costas.

México ha sostenido su posición en el sentido de que sea establecida una zona de soberanía absoluta de 12 a 20 millas.

Como complemento, los recursos naturales dentro de una franja de 200 millas a partir de sus costas, serán explotados en exclusiva por los Estados ribereños, sin obstaculizar la navegación y el sobrevuelo de naves de otros países.

Es ésta la llamada Tesis del Mar Patrimonial, adoptada en la Conferencia de Países del caribe sobre Problemas del Mar.

Al suscribirla, no pretendemos debilitar ninguna de las justas aspiraciones de los países en desarrollo, sino hacerlas más viables y merecedoras de consenso.

En el mes de junio visité los Estados Unidos de Norteamérica, invitado por el Presidente Richard Nixon.

En todas nuestras pláticas e intervenciones públicas, me referí, sin ambigüedades a los problemas pendientes entre ambos países.

El ocultamiento de la realidad, en aras de un entendimiento convencional, sólo perjudicaría a México.

El asunto que más nos preocupa y lesiona es la salinidad del Río Colorado.

El Tratado de Límites y Aguas suscrito en 1944, estableció el derecho de México a recibir aguas de buena calidad.

Su contaminación voluntaria, por parte de los Estados Unidos, ha venido deteriorando extensos terrenos del Valle de Mexicali.

Durante mi gira electoral, en la Navidad de 1969, recorrí la región afectada para apreciar directamente los daños.

Ante la inminencia de mi viaje a los Estados Unidos, regresé en dos ocasiones a esa zona a fin de percatarme de la situación prevaleciente.

Ante el Presidente Nixon y el Congreso Norteamericano, expuse con franqueza nuestra posición.

Señalé que la capacidad del gobierno norteamericano para resolver complejos problemas con potencias antagónicas contrastaba con su escaso interés para arreglar problemas sencillos con países amigos.

Hemos resuelto el problema en buena parte.

El Presidente Nixon ordenó de inmediato medidas para reducir la salinidad y ha designado un representante que estudia el problema y formulará una propuesta.

Esta determinación, unida a nuestro rechazo de recibir las aguas fósiles de Wellton Mohawk, ha permitido que el Valle de Mexicali las obtenga de la misma calidad que las utilizadas por los agricultores norteamericanos.

En las visitas que al Valle de Mexicali hicimos poco antes del viaje a Washington, hablamos con multitud de ejidatarios, tanto en las zonas tradicionalmente irrigadas, como en aquellas otras en donde el agua al sur del Valle nunca ha llegado.

Comprobamos de modo directo, escuchando las explicaciones de los campesinos y de los técnicos, de que efectivamente en los últimos 10 años la salinidad excesiva de las aguas que nos venían entregando los Estados Unidos, con una interpretación errada del convenio celebrado en 1944, era una causa muy importante de la decadencia de los cultivos y de la pérdida completa de tierras en diversos ejidos, colonia y pequeñas propiedades.

Lo más interesante, en realidad, fue que entendiendo los campesinos de Mexicali -porque ahí hay compatriotas nuestros provenientes de todas las entidades federativas-, que estábamos haciendo un sincero esfuerzo para romper precedentes, que íbamos a encontrar en ellos solidaridad, por lo incierto de los resultados, por los riesgos que significaba contraer con ellos de modo expreso el compromiso de ir como abogado de ellos ante la presencia del Congreso de los Estados Unidos, me manifestaron que estaban dispuestos a reducir las áreas de cultivos, siempre que consiguiéramos una reducción inmediata de la salinidad en las gestiones que habíamos decidido hacer.

Nosotros infravaloramos frecuentemente a los técnicos mexicanos.

Tomamos muy en serio cuando se dice que la preparación o la cultura o la técnica se hallan fuera del Gobierno.

La Revolución ha creado en todas las dependencias del Gobierno, técnicos de primera calidad que son los que han impulsado -fuera de los funcionarios que entran y salen sexenalmente- ,que han propiciado el desarrollo del país.

A propósito de este asunto del Valle de Mexicali, yo rindo un homenaje a los técnicos en ingeniería hidráulica que allí, como en muchos sitios, están cerca de los campesinos, y que allí con los campesinos nos permitieron llegar a la conclusión de que una batalla bien dada en los Estados Unidos, no significaría -como no ha significado-, una reducción de las áreas de cultivo .

Y nos pidieron juntos, los agricultores y los técnicos, que rechazáramos de plano que se nos entregaran -como había venido ocurriendo durante los últimos 10 años- aguas fósiles no utilizables para la agricultura que, mezcladas con otras de regular calidad, venían a proporcionarnos agua en realidad mala.

Y me pidieron ambos sectores del trabajo, en Mexicali, que categóricamente manifestara que ya no recibiríamos las aguas de Welton Mohawk, sino solamente las aguas útiles para riego, y que aunque se nos contabilizara una parte todavía, a reserva de establecer el acuerdo jurídico por el que ahora luchamos, una parte de esas aguas de Welton Mohawk, ellos afrontarían con el Gobierno las consecuencias en el Valle.

Los técnicos nos llevaron a minuciosos estudios que nos han hecho, por fortuna, no hacer ningún sacrificio.

El señor Presidente Nixon cumplió en muy pocos días, antes de lo que esperábamos, con el compromiso que en lo personal contrajo con nosotros.

Y cuando después de haber visitado Nueva York, Chicago, San Antonio y los ángeles, fuimos a Mexicali a informar del resultado de la gestión, a los habitantes de Baja California, comprobamos que desde el día anterior se había reducido en una forma muy importante la salinidad del agua.

Posteriormente, después de unos días más, fue un representante nuestro para pedir y tomar las determinaciones físicas necesarias a efecto de que ya no entrara agua de esa aportación -de aguas fósiles del Welton Mohawk- , y así se realizó.

Quiere decir que unos 10 días después de haber regresado de los Estados Unidos, comenzaron en Mexicali los campesinos a recibir aguas semejantes a las que reciben los usurarios norteamericanos -los últimos que hay del otro lado de la línea fronteriza- , que fue lo que habíamos pedido, porque ellos también están sufriendo cierto incremento de la salinidad natural del río, y estamos conscientes de ello.

Y estamos recibiendo aguas semejantes a las que se recibieron hasta hace 10 años, antes de que se comenzaran a derramar las aguas de drenaje de Welton Mohawk.

Si los acuerdos son positivos, también son provisionales.

Mientras se alcance una resolución definitiva, que no podrá ser otra que la que corresponde a las justas reclamaciones de México, disponemos de los recursos acuíferos necesarios para que pueda seguir funcionando el Distrito de Riego del Valle de Mexicali.

Trataremos de evitar el quebranto de la cordialidad, pero mantendremos intactos nuestros derechos.

Establecí comunicación directa con diversos sectores del pueblo norteamericano y conversé con funcionarios públicos, empresarios, periodistas e intelectuales.

A todos ellos expuse la vía mexicana para el desarrollo.

Señalé que esperamos de los Estados Unidos el cumplimiento de los principios de cooperación económica internacional.

Cualquier medida que en respuesta a intereses locales y privados afecte a las industrias maquiladoras establecidas en México, o perjudique nuestras ventas a ese país, sería negativa para la economía de ambas naciones.

Inquieta a la conciencia nacional la emigración de trabajadores mexicanos a los Estados Unidos.

Nos preocupa, sobre todo, el trato injusto y en ocasiones inhumano de que son objeto.

Los convenios que al respecto fueron suscritos en el pasado no proporcionaron una respuesta adecuada.

El gobierno norteamericano nos ha asegurado su buena disposición para atender este problema y hemos creado, por nuestra parte, una Comisión Intersecretarial que lo examina en todos sus aspectos.

Sin embargo, estamos convencidos que la solución de fondo se encuentra dentro de nuestras propias fronteras.

Impulsando nuestro desarrollo económico y social ampliaremos las perspectivas de trabajo satisfactoriamente remunerado.

Al exponer este punto de vista durante mi visita a los Estados Unidos.

Insistí en que queremos exportar productos y no problemas sociales.

Tuve especial inclinación por visitar aquellas regiones donde viven comunidades de origen mexicano.

La existencia de profundos vínculos étnicos y culturales nos impone con ellas responsabilidades ineludibles.

Sin transgredir las normas constitucionales de ambos países, estamos obligados a poner a su alcance recursos que coadyuven a la preservación de sus nexos con México.

La vigorosa afirmación que estas comunidades hacen de su identidad y raíces históricas, muestra la consistencia de los valores que la nación ha generado y constituye un genuino motivo de orgullo para nosotros.

Ante el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos declaren que México nunca ha concebido la unidad hemisférica como fórmula de servidumbre ni como instrumento al servicio de un Estado o grupo de Estados.

El panamericanismo, como colaboración entre iguales, no ha dejado de ser una aspiración.

En nuestro Continente se da una amplia gama de discrepancias surgida de un pluralismo, cada vez más variado.

La OEA no ha de ser más santuario de principios intemporales, sino un foro de libre discusión entre países soberanos.

Debemos aceptar como naturales las divergencias y empeñarnos sinceramente en armonizarlas.

Expresé que los países latinoamericanos, con todo realismo, debiéramos buscar soluciones para afrontar los agudos problemas que privan en nuestros países.

De la misma manera que hemos articulado voluntades en el plano económico, en el terreno político tenemos que actuar unitariamente ante el exterior.

Hice un llamado para erradicar los vestigios de la "guerra fría" que parecen perpetuarse en la región, poniendo término a una política continental que niega el derecho de los Estados a darse la estructura que mejor convenga a sus intereses.

Desarme, preservación del medio ambiente y desarrollo son aspectos diferentes de un mismo problema.

En la actualidad, una guerra implica a menudo destrucción despiadada de la naturaleza.

Por otra parte, los recursos que ahora se malgastan en inútiles armamentos, bien podrían canalizarse hacia propósitos específicos de desarrollo en las regiones periféricas.

En la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano, México sostuvo una invariable postura: en los países pobres, el mejoramiento de la ecología se funda, primordialmente, en los avances económicos.

Ninguna medida de carácter ambiental, preventiva o correctiva, debe entorpecer su desarrollo o su comercio exterior.

Con la convicción de que tan grave es hoy la amenaza de una guerra nuclear como el aumento de la desigualdad entre países ricos y pobres, acudimos a la Tercera Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo.

Para nuestros pueblos, la década anterior, consagrada a la cooperación internacional para el desarrollo, fue de frustración.

Culminó de manera paradójica con una nueva política proteccionista y con desajustes financieros y comerciales que perjudicaron, en primer término a las naciones débiles que no eran responsables de la crisis.

Creí mi deber expresar que el deterioro creciente de las condiciones de vida en los países en desarrollo, constituye una involución que afecta a toda la humanidad.

Congruente con nuestra tradición jurídica y recordando que la Constitución Mexicana de 1917 fue la primera en el mundo en consagrar garantías económicas y sociales, propuse trasladar la cooperación económica del ámbito de la buena voluntad para acuñarla en el campo del derecho.

La vida de relación entre los países exige una Carta de Deberes y Derechos Económicos de los Estados, complementaria de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre.

Debe crearse un derecho internacional que garantice a cada nación la libre disponibilidad de sus recursos naturales; asegure estabilidad y justicia en los precios de las materias primas; mejore las condiciones generales en que se ofrecen la nueva tecnología y el financiamiento del desarrollo; evite el empleo de instrumentos y presiones económicas para reducir la soberanía de los Estados; prohíba a las corporaciones transnacionales, expresamente, intervención de los asuntos internos de los países, y permita a cada pueblo adoptar la estructura económica que le convenga e imprimir a la propiedad privada las modalidades que dicte el interés público.

La iniciativa de México obtuvo el respaldo entusiasta de los países en desarrollo y también el apoyo de otros altamente industrializados.

Aquellos que se abstuvieron de votar el proyecto, no rechazaron la legitimidad de nuestro planteamiento.

Se establecieron los mecanismos que deberá seguir la elaboración definitiva de la carta, cuyo proyecto final será presentado a la Asamblea General de las Naciones Unidas para su discusión y, en su caso, para su aprobación definitiva.

Un documento de validez universal como el que hemos sometido a la comunidad de naciones, pone a prueba la disposición de los países poderosos de practicar una auténtica solidaridad internacional.

Sabemos que no será fácil su proceso de adopción.

En todo caso, México tiene una tesis ante el mundo: la cooperación, regulada por normas jurídicas de observancia obligatoria, es el mejor instrumento para conquistar una paz estable y duradera.

La batalla de Juárez no ha terminado.

Es la de los hombres marginados y explotados, la de cuantos sufren miseria, injusticia y opresión.

Seguirá librándose mientras subsistan pretensiones imperialistas y naciones sojuzgadas.

Hacer perdurar su obra es decisión que compromete el presente y el futuro de la nacionalidad mexicana.

Ya redactado este Informe, recibí en Los Pinos, anteayer por la tarde, la visita de una numerosa delegación de tamaulipecos.

Venían de aquel rincón del noreste de México, ejidatarios, pequeños propietarios, pequeños industriales y técnicos.