Discurso De Luis Echeverria Alvarez En Su Quinto Informe De Gob

Chapter 11

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La revisión y elevación de los precios de garantía de los productos del campo no sólo ha sido una práctica justiciera del presente régimen: es el acicate que un gran conductor como Luis Echeverría ha puesto en movimiento para que los campesinos mexicanos encuentren en su propio trabajo y en su condición de clase, el medio natural de su emancipación y bienestar, y para impedir así que el trabajador agrícola, cuando tiene voluntad de progreso, opte por abandonar la tierra y por evadirse de su clase social.

Los jóvenes ya no retrocederán hacia formas de tutelaje político que este gobierno demolió.

Frenar las inquietudes de las nuevas generaciones sería el peor de los errores: los jóvenes podrán equivocarse muchas veces, pero al final acertarán porque son portadores de la energía vital que mueve la rueda de la historia.

Nadie -entiéndase bien- nadie se había incorporado, desde las esferas del poder, a la lucha de los jóvenes como lo ha hecho Luis Echeverría.

Mientras la táctica tradicional fue dividir, debilitar y desviar, el gran mexicano que hoy gobierna este país se ha puesto adelante de los jóvenes para mostrarles un camino, que habrá de ser tan recto y tan amplio como los jóvenes quieran que sea, hacia la construcción de una nueva sociedad más justa, más libre y más independiente.

Las mujeres no querrán retornar al vasallaje legal que por tanto tiempo se mantuvo.

La total revisión del orden jurídico mexicano para desterrar toda discriminación disfrazada de proteccionismo, podrá no ser el toque milagroso que, de una sola vez, equipare en un plano de absoluta igualdad social a los hombres con las mujeres; pero es sin duda un nuevo y vigoroso jalón histórico para romper la inercia y liberar un cúmulo de fuerzas potenciales que el país necesita para su transformación y desarrollo.

Pero más todavía: hay una íntima correlación entre la actualización jurídica de la condición social de la mujer y los principios incorporados a la nueva política demográfica, puesta en marcha por el presente régimen.

La integración de la mujer depende en gran parte de que ella misma se libere, por decisión concertada con su pareja, de los sacrificios de la maternidad perpetua.

Esta función nobilísima, cuando se prolonga indefinidamente a través de su constante renovación, es la que sustrae a la mujer -muchas veces de por vida- al trabajo productivo, reduciendo al mínimo sus posibilidades de emancipación económica.

La reorganización de nuestro sistema jurídico en torno a la igualdad de la mujer y la filosofía de integración social implícita en la nueva Ley General de Población, se complementan recíprocamente y son el basamento de la promoción histórica de las mujeres mexicanas hacia niveles de libertad y participación que ellas no querrán abandonar en el futuro.

Es un acto de justicia subrayar que esta correlación entre las nuevas garantías de la igualdad jurídica y los esfuerzos por incorporar plenamente al sexo femenino a las tareas del desarrollo social, así como su íntima conexión con la tesis de la planeación familiar, han sido expuestas nítidamente por una mujer ejemplar y admirable, que a sus muchos esfuerzos y realizaciones en favor de la niñez, suma su actividad de vanguardia en pro de la integración de las mujeres mexicanas a la sociedad moderna y al pleno disfrute de sus derechos: la señora María Esther Zuno de Echeverría.

Y hay otros muchos componentes de esta sociedad que ha empezado a cambiar en estos años, que tampoco admitirán la vuelta al pasado.

Uno de los sectores más pujantes y más ligados a las luchas del pueblo por su emancipación y bienestar -los miembros de las fuerzas armadas, de aire, mar y tierra- han confirmado su noble tradición como un ejército de paz, entregado con devoción patriótica a labores de acción social, sin perjuicio de que, cuando la seguridad pública se vea amenazada, reasuman su función noble y elevada de preservar la paz social y asegurar el funcionamiento normal de nuestras instituciones democráticas.

Los soldados de México son un sector inseparable del pueblo, porque son una parte vigorosa del pueblo mismo.

Han encontrado en el actual gobierno no sólo comprensión y aliento para la función patriótica que desempeñan, sino al gestor de un cambio social que, beneficiando al pueblo, beneficia al ejército del pueblo.

Por eso, al igual que obreros campesinos, jóvenes y mujeres, los soldados de México no querrán que se detenga el proceso de transformación de nuestra sociedad, que Echeverría ha puesto en marcha.

La soberanía es un atributo indeclinable de los pueblos.

El encargado de ejercer las potestades inherentes a esa soberanía, es el gobierno.

Hay gobiernos que llegan a someter, por impotencia, la autoridad que su pueblo les ha conferido, al poder de otros Estados.

Surge así la figura contemporánea - inadmisible si esto se juzga conforme a los principios - de los Estados de soberanía limitada.

Lo que ocurre es que en el campo de las convenciones internacionales, los Estados se reconocen recíprocamente como iguales en soberanía, pero en el terreno de las realidades económicas y militares, imperan las desigualdades y prevalece la ley del más fuerte.

Lo que hace iguales a los pueblos es el Derecho, lo que los hace desiguales es el poder.

Por eso los débiles somos partidarios del Derecho como medio para evitar los abusos de los fuertes y pugnamos por construir un poder económico y militar.

A través de su intensa y esforzada actividad como dirigente de la política exterior de México, hemos aprendido, señor presidente, profundas lecciones.

Nuestro país tiene una larga tradición como propugnador de los principios de igualdad jurídica de los Estados, solución pacífica de los conflictos, no intervención en los asuntos internos y libre autodeterminación de los pueblos.

Pero ni aún en los momentos cumbres de nuestra historia, estos principios dejaron de ser sólo arma defensiva que esgrimimos contra retenciones hegemónicas o contra agresiones ciertas.

Nos refugiamos en la defensa del Derecho, pero no habíamos intentado modificar las relaciones del poder.

Usted, ha tenido la admirable visión de apuntalar los valores jurídicos con realidades políticas.

Si el orden internacional nos es adverso, hay que cambiar ese orden, esgrimiendo -sí- las armas del Derecho, pero pugnando por crear frente a las grandes potencias, un poder compensatorio formado por un número tal de países débiles, que impida a aquéllas decidir el destino del mundo sin tomar en cuenta la enorme fuerza moral de quienes conformamos la mayor parte de la humanidad.

Es verdad que ese poder compensatorio ya existía potencialmente y que, incluso, era conocido mucho antes con la denominación global de Tercer Mundo.

Pero resulta innegable que su influencia en la correlación de fuerzas era débil y fluctuante, en vista de la dispersión de sus acciones, su inestabilidad estratégica y sus posiciones oscilantes.

Cuando México abandona su pasividad y se declara uno más entre los pueblos de ese Tercer Mundo; cuando el presidente Luis Echeverría propone objetivos concretos y moviliza a la diplomacia mexicana para obtener un consenso estable; cuando nuestra política exterior refuerza su juridicidad con una concepción política y se identifica con la figura enhiesta de un hombre que recorre el mundo entero, dialogando con todos los líderes del orbe; en ese momento, recomienza la dinámica tercermundista y empieza a obtener avances irreversibles.

Nunca la solidaridad de los pueblos tuvo una expresión más completa ni una fuerza más decisiva, como el día en que 120 países aprobaron la Carta de los Derechos y Deberes Económicos de los Estados.

Ese hecho jamás podrá ser borrado de las páginas de la historia universal y quedará por siempre ligado al nombre de México y al de Luis Echeverría.

Su iniciativa, señor Presidente, fue el eje doctrinario de una de las más ruidosas derrotas morales que se ha infligido jamás a la soberbia de los poderosos.

Pero hay más, mucho más en las acciones de política exterior que usted ha emprendido: la solidaridad con el presidente constitucional de Chile, Salvador Allende, y la protección decidida a los combatientes y perseguidos de aquel pueblo hermano; el abierto repudio a un fascismo renaciente pero condenado a morir, al romper relaciones diplomáticas con el régimen militar de Pinochet; la movilización a escala hemisférica, de las corrientes latinoamericanas más progresistas para promover una integración económica que sea el primer peldaño hacia una unidad de mayores alcances; y la victoria diplomática de San José de Costa Rica que -como usted lo ha señalado- permitió recobrar a los pueblos de América Latina la parte de soberanía que once años atrás habían enajenado.

No escuchemos, pues, a las pequeñas voces mercantiles que desearían encontrar en cada paso de nuestra política exterior, un beneficio utilitario cuantificable en cifras de productos vendidos o de créditos obtenidos o de otras ventajas materiales.

Los logros de una política internacional como la nuestra están concebidos en otra dimensión histórica y deben medirse por el fortalecimiento de nuestra soberanía.

Lo que México se ha propuesto es que el orden prevaleciente entre los débiles y los poderosos se rija por principios de mayor equidad.

En este sentido, todos los esfuerzos realizados por el Presidente Echeverría para equilibrar la balanza de la justicia, procurando sumar la capacidad de autodeterminación y de transformación de todos los que poseen vitalidad revolucionaria y resolución reivindicadora, representan, sin duda, un avance en las posibilidades de liberación absoluta y un retroceso de las fuerzas comprometidas con la dependencia exterior.

Señor Presidente de la República:

Estos juicios, me han sido dictados, no sólo por la lectura de su Quinto Informe de Gobierno, sino además, por las constancias cotidianas de su obra y su incansable esfuerzo de gobernante y de mexicano.

No obstante, el apego afectivo e ideológico que a usted me unen -y que no tengo por qué callar- he procurado formular un documento cuya veracidad sea capaz de resistir no sólo el examen de los espíritus más exigentes y apasionados de ahora, sino también el de investigadores de mente fría que -tal vez- quieran analizarlo en tiempos venideros.

Tengo conciencia de que Luis Echeverría está en la Historia y de que todos los que actuamos a su lado, seremos sujeto de disecciones críticas más o menos rigurosas.

Por ello, asumo la responsabilidad de exponer estas ideas, con la convicción de que el tiempo será nuestro mejor aliado, pues habrá de confirmar lo que este día hemos dicho acerca de un gobernador y líder moral que no se ha limitado al cumplimiento formal de su mandato, sino que entendió y está cumpliendo la más compleja, la más ardua y la más enorgullecedora de las empresas que puede asumir un hombre: transformar la geografía, cambiar la sociedad y modificar la correlación entre las naciones, todo para obtener bienestar, libertad y justicia para su pueblo."

Muchas gracias.

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