Discurso de Luis Echeverría Álvarez en su Quinto Informe de Gobierno
Part 10
Una moral que recoge y respeta los valores de la mujer, en el seno de la familia y del hogar, para verterlos en el quehacer social; una nueva actitud que demanda de todos los ciudadanos: de los hombres públicos, de los dirigentes obreros, campesinos y empresariales; de los maestros y de los estudiantes, auténtico patriotismo, acción solidaria y verdadera militancia en beneficio de nuestro país.
Este es un gobierno de transición hacia una sociedad en la que el planifique dentro de la libertad y con el concurso de los diversos sectores sociales; hacia una democracia social, que se apoya tanto en la reforma de las instituciones como en la transformación de la conducta, que recoge la herencia de nuestra historia y concibe a la libertad no como prebenda de un grupo dominante, sino como patrimonio de todos los mexicanos.
La nación requiere que el próximo Gobierno posea una indeclinable vocación por la justicia social; que esté abierto a las quejas y las peticiones del pueblo, que trabaje intensamente, que tenga un contacto estrecho y constante con todos los grupos progresistas del país.
Cualquiera que sea el resultado de las próximas elecciones, declaro ante el pueblo, y lo subrayo ante mis colaboradores, que no alentará la más mínima pretensión de continuismo.
Pero igualmente afirmo que ni el debate previo, ni la realización de la justa electoral tienen por qué disminuir el ritmo de la actividad nacional y menos aún la del Gobierno.
En este último año se trabajará con la misma intensidad de los anteriores; y aún con mayor esfuerzo.
Al asumir el mandato juré cumplir la Constitución.
Ello obliga a trabajar seis años en la tarea de engrandecer a México.
De este supremo compromiso no habremos de restar un solo día.
Reafirmamos nuestra fe en el futuro de México y en la potencialidad creadora de nuestro sistema político, económico y social.
Por este camino, nuestro pueblo, con las banderas de la Revolución Mexicana y de la Constitución de 1917, seguirá ¡Arriba y Adelante!
Contestación del Dip. Carlos Sansores Pérez, Presidente del Congreso.
Señor Presidente de la República:
Gobernar un país como México es una de las empresas más difíciles que puede asumir un hombre.
Y no porque los mexicanos seamos ingobernables, como en un tiempo quisieron hacer creer los enemigos de la soberanía nacional, usando este argumento para implorar la intervención de un imperio extranjero que pusiera orden en lo que llamaron caos interno. No.
Entonces como ahora, nuestro pueblo ha sabido desmentir a los vendepatrias y a los renegados, revelando no sólo su capacidad para autodeterminarse y para escoger a sus verdaderos conductores, sino proyectando, además, en la grandeza de sus líderes -entonces Juárez y hoy Echeverría- lecciones de dimensión universal que el mundo entero recogió ayer y reconoce ahora.
Es enorme tarea gobernar este país, porque la naturaleza no ha sido pródiga con quienes lo habitamos, porque fuimos atrapados en la trampa del desarrollo desigual y porque la geopolítica nos impuso factores adversos que sería un desatino tratar de ocultar.
Respecto de lo primero, baste repasar mentalmente la configuración de nuestro territorio: sus grandes cadenas montañosas, sus dilatados desiertos, sus selvas inhóspitas, sus pantanos insalubres, no sólo reducen considerablemente las zonas habitables, sino que constituyen obstáculos que se antojan insuperables para la comunicación física y el intercambio económico y para la plena integración nacional.
El agua -ese elemento indispensable para la vida- se distribuye de manera desproporcionada: abunda en las zonas de menor densidad demográfica y esa abundancia llega a ser, eventualmente, causa de desastres; pero escasea en las regiones más pobladas y esa insuficiencia puede llegar a extremos de carencia total.
Estos hechos, de sobra conocidos, justifican la idea de que gobernar a México entraña un esfuerzo gigantesco por modificar la geografía y dominar, las fuerzas de la naturaleza, para ponerlas al servicio del hombre.
Sin embargo, no es esa la tarea más compleja ni la más ardua que ha de asumir el jefe de esta nación.
Así como es menester cambiar la naturaleza, es requerimiento inaplazable transformar la sociedad.
La nuestra, la que se ha venido configurando a través de los siglos, nació y creció bajo el peso de la opresión.
Su ingénita vitalidad se vio frustrada por un sistema de dominación que fue acumulando un enorme lastre histórico que frena todavía nuestra marcha hacia la plena liberación nacional.
Lo que hoy llamamos subdesarrollo no es sino el estado social de conjunto que se presenta necesariamente en una sociedad como fue la nuestra: deformada por la desigualdad y aplastada por la ignorancia, la servidumbre y la expoliación.
Durante siglos, los recursos naturales del país fueron explotados de manera irracional y siempre en beneficio de intereses ajenos a los del pueblo mexicano.
Por siglos también, una reducida casta dominante se adueño de las tierras, los bosques, las minas y, en general, de todos los medios de producción; sumó a ese monopolio, el de la cultura; y cimentó su predominio de un modo tan seguro, que ningún cambio en los ámbitos del poder político, fuese de personas o de partidos, pudo hacer vacilar la estructura de dominación que había levantado.
No es que la comunidad nacional se haya visto obligada a aceptar transitoriamente la desigualdad como un mal necesario; en México la desigualdad fue impuesta por la fuerza, como el único sistema posible y como el destinado a perpetuarse.
Transformar ese sistema, construir una nueva sociedad, es la tarea más trascendente -pero al mismo tiempo la más intrincada- que están llamados a cumplir los guías de la nación.
Para avanzar en ese doble empeño contra la naturaleza hostil y contra siglos enteros de atraso, desigualdad y enajenación, hemos de superar -más que ningún otro pueblo- un conjunto de factores geopolíticos que limitaron en el pasado y condicionan en el presente nuestra capacidad de liberación.
Nada de lo que México ha intentado a lo largo de su vida independiente y nada de lo que se proponga realizar en lo futuro, ha podido ni podrá dejar de tomar en cuenta la constelación de las fuerzas e intereses exteriores y, de entre ellos, los que más inmediatamente nos afectan por razón de nuestra ubicación geográfico.
La primera y la más grande responsabilidad de un gobernante mexicano es preservar y consolidar nuestra soberanía, no sólo como atributo inseparable de nuestra independencia, sino además como basamento de un poder de negociación, de movilización y de maniobra, que libere de obstáculos el camino de nuestro desarrollo autónomo.
El hombre que haya cumplido con estas tres grandes responsabilidades puede estar seguro de haber sido, en México y para México, un buen gobernante.
Pero quien, además de realizar esas tareas fundamentales, las vigoriza ideológicamente, las engrandece moralmente y las impulsa más allá de lo inmediato y transitorio, puede abrigar la certidumbre de que ha sido y será, en la Historia Patria, un gran Presidente y un estadista universal a la altura de su pueblo y de su tiempo.
¿Cómo ha cumplido Luis Echeverría con sus responsabilidades como Presidente de México?
Han sido muchas las acciones gubernativas encaminadas a convertir los factores naturales adversos en elementos favorables; así como a aprovechar al máximo los que originalmente nos han sido propicios.
En lo que va del presente sexenio se ha construido una longitud de caminos que duplica los que se habían puesto en servicio en varias décadas anteriores.
La capacidad generadora de energía eléctrica se ha incrementado casi al doble.
Presas y sistemas de riego dan testimonio del eficaz esfuerzo por mejorar la productividad de la tierra y está muy cerca ya la meta señalada de un millón de hectáreas beneficiadas.
Estos son sólo algunos de los ejemplos más visibles de una obra material sin precedentes cuya significación social aumenta cada día.
Nunca se había hecho tanto en tan poco tiempo por atender las necesidades del pueblo mexicano.
Nuestro territorio no es sólo el asiento físico de la nación: es la base misma de su patrimonio.
Una naturaleza improductiva o aprovechada deficientemente es riqueza mal empleada, inutilizada y, al fin y al cabo, perdida.
Detectar la realidad territorial del país, hacer el inventario de sus recursos naturales, precisar los índices del uso potencial del suelo han sido tareas primordiales de su administración, destinadas a lograr un aprovechamiento más racional de los bienes de la naturaleza, a fin de obtener los alimentos indispensables para el sustento de la población y las materias primas imprescindibles para la producción industrial.
Usted ha señalado, señor Presidente, que el progreso del país sería ilusorio, aparente y utópico, si no se apoya en el desarrollo de las fuentes productivas primarias.
Una de las grandes decisiones de su gobierno, que la historia recoge como un hito indicador del momento en que el país enderezó el rumbo, ha sido la de cargar el acento económico sobre la producción agropecuaria.
Cuando México vuelve la cara al campo, la Revolución reencuentra su camino.
En el complejo mundo en que vivimos, la soberanía de los Estados se ve debilitada en sus bases mismas cuando un pueblo no puede bastarse por sí solo para la satisfacción de sus necesidades primordiales.
Por todo ello, como usted lo ha proclamado, de la autosuficiencia alimentaria -que su gobierno se ha empeñado en alcanzar- depende básicamente la preservación de nuestra soberanía.
En la medida en que logremos esa autosuficiencia, se alejará el peligro de presiones manipuladas desde los centros del poder económico.
El hambre de las masas no podrá ser instrumento para poner a nuestro pueblo de rodillas.
La exploración de mantos petrolíferos ha creado un sólido basamento económico para el desarrollo futuro del país.
Hay quienes, con una mentalidad simplificadora que se aproxima a la mezquindad, comentan que este gobierno ha contado con un auxilio providencial, pues tuvo la "buena suerte" de hallar ricos yacimientos del valioso energético que le han permitido compensar desequilibrios comerciales y financieros.
Eso que llaman "buena suerte" no es sino el resultado de un empeño indeclinable y un esfuerzo sostenido; es el fruto de la decisión inquebrantable de vencer las circunstancias adversas y de preservar contra todos los pronósticos pesimistas.
En el caso del petróleo, lo providencial no es sino el tesón y la voluntad ejemplares de Luis Echeverría.
La apropiación de los recursos de esa porción de la naturaleza que llamamos territorio está regulada por nuestras leyes constitucionales y regida por principios internacionales.
Pero las potestades soberanas tienden a ensancharse al mismo tiempo que los intereses externos pugnan por imponer su preeminencia apoyados en los instrumentos del poder económico.
Los recursos del mar son ahora el campo de esa sorda disputa entre el pragmatismo de los poderosos, que sostienen una tesis de libre explotación sin más límite que la capacidad de cada quien para llevarla a cabo, y el derecho moral de los débiles que exigen el reconocimiento de un principio de exclusividad que no es sino una nueva frontera contra la expoliación.
La confrontación de intereses y el choque de puntos de vista discordantes no sólo no ha terminado, sino que se exacerba gradualmente y endurece oposiciones irreductibles.
De hecho, el transcurso del tiempo obra en favor de las grandes potencias marítimas que siguen explotando sin ninguna restricción real, una riqueza que debiera pertenecer a los Estados ribereños.
Así pues, es consenso claramente definido en esta representación nacional que, tal como usted lo ha anticipado, debe declararse sin ninguna dilación, que México extiende, por decisión soberana, sus derechos sobre una zona económica exclusiva de 200 millas.
Estamos persuadidos de que, si esperáramos a que en las reuniones mundiales se llegue a un acuerdo de aceptación universal, estaríamos declinando en favor de las grandes potencias la potestad de determinar el momento en que debemos asumir el pleno dominio sobre nuestros recursos.
Por eso, la patriótica iniciativa del Presidente Echeverría cuenta ya con el apoyo de esta representación popular.
El desarrollo del país ha sido patente también en renglones de la importancia que en la vida moderna tiene la industria siderúrgica, pues en el último quinquenio el volumen de su producción ha llegado al doble, aproximadamente, de la que se obtenía en años anteriores.
Dejemos, pues, constancia histórica de la capacidad creadora de este gobierno y de que el Presidente Echeverría ha cumplido con creces la función de poner al servicio del pueblo los bienes, los frutos y las energías de la naturaleza, transformando nuestra geografía y amplificando el dominio jurídico y material de la nación sobre sus recursos territoriales.
Nuestra sociedad -ya lo dijimos- creció con las deformaciones propias del desarrollo desigual.
No es sólo el hecho global de que las fuerzas productivas de este país se hallan todavía al inicio de un proceso de crecimiento y liberación, que nos sitúa en un punto de rezago histórico respecto de otros pueblos del mundo.
Es, además, que dentro de nuestra misma sociedad hay profundas disparidades que distorsionan hasta la propia integración nacional.
La marginación de grandes masas de población no es un hecho nuevo.
Es, por el contrario, la secuela de las estructuras socioeconómicas que nos fueron impuestas a lo largo de siglos.
Lo que en un tiempo se llamó "colonias interiores" y que ahora se califica como subdesarrollo dentro del subdesarrollo, determina la existencia de islas de prosperidad en un gran océano de miseria, pequeños oasis de opulencia en el desierto enorme de la penuria y la indigencia.
En el cuadro de las relaciones económicas internas, se reproducen las condiciones de desigualdad que imperan entre las naciones.
Cuando México ha pugnado por el establecimiento de nuevas relaciones económicas internacionales que abran perspectivas de justicia para los pueblos del Tercer Mundo, hemos tenido muy presente que hay un "tercer mundo" subyacente en la estructura de nuestra propia sociedad.
Transformar esa sociedad, creando las condiciones indispensables para un desarrollo menos desigual, ha sido uno de los empeños más denodados y constantes del Presidente Echeverría.
Desde el principio de su mandato se propuso romper la inercia de formas y sistemas que, lejos de contribuir a cerrar la brecha que separa a las mayorías desposeídas de las clases y estratos privilegiados, propiciaban una mayor concentración de las prerrogativas económicas y de los bienes materiales y culturales generados por el esfuerzo nacional.
Había que cambiar una parte muy importante de las bases jurídicas sobre las que se levanta nuestro régimen social.
Y a esa tarea dedicó y sigue dedicando una energía, capacidad renovadora y determinación revolucionaria, que difícilmente encuentran paralelo en la historia reciente de México.
No sólo por el número, sino por la profundidad de las reformas constitucionales y legales que el Presidente Echeverría ha promovido, merece ser reconocido como el primer legislador del cambio social en México.
Con el objetivo de una mejor integración de la sociedad mexicana, este gobierno ha pugnado por brindar protección y seguridades a las clases mayoritarias, tradicionalmente marginadas.
Su política, señor Presidente, en materia de seguridad social está impregnada de una filosofía profundamente humanista, pues no hay peor angustia frente al porvenir que la que padecen las familias carentes de recursos económicos para afrontar las eventualidades siempre posibles de una enfermedad.
La ampliación de los servicios y la incorporación de algunos estratos campesinos es, sin duda, uno de los actos de mayor significación en la lucha contra la injusticia social, pues los ricos pueden darse el lujo de contratar médicos con fama de eminentes e incluso curarse en el extranjero; pero los pobres no cuentan, sino con la solidaridad nacional que está implícita en el régimen de seguridad social.
Nadie ignora que educar es redimir.
Pero una educación desvinculada de los objetivos nacionales se convierte en obstáculo para que éstos se realicen.
La preparación para la vida social que los adultos imparten a las nuevas generaciones debe estar impregnada de una filosofía de liberación colectiva y no sólo de emancipación individual.
La afirmación de los valores propios, la divulgación de una cultura que nos preserve de influencias externas enajenantes y la formación de una fuerza intelectual capaz de impulsar al país hacia su desarrollo independiente, son objetivos indeclinables de una educación nacional que, como la ha concebido Luis Echeverría, sea el más vigoroso instrumento del cambio social.
Por eso, la Reforma Educativa emprendida y realizada por el presente régimen ha sido el eje de una dinámica de transformación que habrá de prolongarse más allá de la temporalidad de este sexenio.
Su impulso no debe valorarse sólo en el aspecto cuantitativo del número de aulas construidas o de maestros contratados por la presente administración.
Siendo ese número considerablemente superior al de cualquiera otra gran etapa de gobierno anterior, no radica en esto el supremo valor del esfuerzo educativo del presidente Echeverría, sino en haber dotado al país de un sistema para la educación nacional, concebido y organizado teniendo a la vista las necesidades y las previsiones del nuevo siglo que ya se acerca.
Una educación que prepare a las generaciones jóvenes conforme a la mentalidad de la sociedad que tratamos de cambiar, sería una rémora.
Por eso, la reforma educativa de Luis Echeverría pugna por crear hombres y mujeres nuevos, capaces de construir una nueva sociedad y aptos para vivir en ella.
Así pues, repudiamos la ceguera y la insensatez de los pequeños grupos que se oponen a los avances educativos y quisieran frenar las reformas emprendidas y anular sus objetivos.
Es obvio que en esa actitud oscurantista subyacen intereses profundamente conservadores y, de muchas formas, antinacionales.
Lo que en el fondo importa a los impugnadores del sistema educativo y de sus instrumentos didácticos, es impedir que se levante una nueva sociedad, donde antes florecieron la ofuscación y los prejuicios.
Pero la nación, representada por el Estado, no puede declinar el supremo derecho de establecer los fines de la educación, los cuales están implícitos en la filosofía social definida por la Constitución.
Cualquier pretensión de subordinar el interés nacional a las preferencias -ciertas o artificiales- de las minorías, debe ser rechazada pues entraña el falaz intento de impedir que las nuevas generaciones empiecen a ser el motor de un cambio social que consolide nuestra independencia y haga realidad la justicia.
Cambiar las viejas estructuras es tarea que tropieza con muchas y muy fuertes resistencias.
Hay ocasiones en que la oposición surge por mezquindad o por miopía, pues los intereses de los impugnadores se verían, a la larga, favorecidos junto con los de todo el cuerpo social.
Cuando en México hablamos del cambio social no estamos anunciando la supresión inminente de la propiedad privada de los medios de producción ni la completa estatización de la economía.
Nuestro sistema de economía mixta, dentro del cual la iniciativa privada es un elemento básico y una contribución imprescindible, fue creado y fortalecido deliberadamente por el poder de la Revolución.
Así pues, habremos de sostener ese sistema porque estamos persuadidos de que es el que mejor se ajusta a las peculiaridades de nuestra conformación social.
Lo que no podemos permitir, es que la economía mixta desvirtúe su naturaleza original, trastoque su función rectificadora de las disparidades que son propias de las estructuras exclusivamente capitalista y degenere en un instrumento para perpetuar la injusticia.
El sector privado que evidentemente se ha beneficiado con la protección que el Estado de la Revolución Mexicana brinda al sistema de economía mixta, debe comprender que quienes extreman sus ambiciones de lucro y dan rienda suelta a su codicia, pueden provocar la necesidad de rectificaciones más profundas.
El sector privado de nuestra economía debe cobrar conciencia de que el cambio social es una exigencia histórica, válida por sí misma pero, simultáneamente, la única garantía de que el sistema podrá prolongarse y desarrollarse.
De otro modo, en el pecado llevarán la penitencia, porque el Estado cuenta con los instrumentos necesarios para realizar -sin más aquiescencia que la de las masas del pueblo- los cambios que las necesidades del país reclaman.
Si se tuviera que optar por esta alternativa, la justificación histórica sería incontestable: la economía mixta no debe convertirse en instrumento de la contrarrevolución.
Hago esta consideraciones, porque algunas de las decisiones gubernativas del Presidente Echeverría han tropezado con cierta oposición sectaria de los círculos conservadores del sector privado de la economía.
Naturalmente, no por ello la acción transformadora se ha detenido.
La dialéctica de las acciones y reacciones históricas ha operado indefectiblemente.
A las resistencias de los que sueñan con la contrarrevolución ha correspondido un mayor impulso innovador del Gobierno de la República; y a los contubernios subterráneos de los enemigos internos y externos del cambio social, se ha sobrepuesto la permanente y renovada alianza del pueblo de México con el Gobierno de Luis Echeverría.
Por lo demás, los cambios están en marcha.
Nuestra sociedad ya no es la misma que hace cinco años.
La mentalidad colectiva se ha ido modificando gradualmente, respondiendo a los incentivos renovadores del guía de la nación.
Ni los individuos ni los grupos sociales volverán jamás a resignarse a ser sujetos pasivos de la historia, pues en este sexenio han percibido el valor de su participación en la dinámica social.
El pueblo conoce ya las ventajas del diálogo directo con sus mandatarios y no querrá retroceder al inmovilismo y a la incomunicación que se enmascaran con solemnidades formales.
La opinión pública ha practicado -en la medida en que ha sabido y ha querido hacerlo- la plena libertad, y no estará dispuesta a admitir que se le vuelva a amordazar.
Los obreros han advertido la fuerza real de sus derechos y no aceptarán que nadie los limite ni en su dimensión legal ni en su ejercicio cotidiano.
No podrán permitir que principios por primera vez materializados en soluciones concretas, como el de la vivienda obrera, se retrotraigan otra vez al ámbito de los postulados teóricos: querrán mejorar su eficacia pero nunca volver atrás.
Ni accederán tampoco los trabajadores de México a que beneficios tangibles como la institucionalización del crédito comercial de las clases laborantes, sean anulados porque los intereses regresivos de un sector minoritario se sientan afectados, INFONAVIT y FONACOT son dos avances irreversibles que el Presidente Echeverría ha impulsado en el camino de las conquistas obreras.
Los campesinos han recibido por primera vez un estímulo proporcionado al esfuerzo que realizan.
Jamás volverán a aceptar que la prosperidad de otros sectores tenga que erigirse sobre el patético sacrificio de los cultivadores de la tierra; no estarán dispuestos a que la inmovilidad de los precios de garantía los encadene a una forma de salario disfrazado y por muchas razones insuficientes.