Discurso de la sesión del 2 de enero de 1792 en la Société des Amis de la Constitution - Sobre la guerra (continuación)

Part 2

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Por último, ¿queréis un antídoto seguro contra todas las ilusiones que se os presentan? Reflexionad siempre sobre la marcha natural de las revoluciones. En los Estados constituidos, como casi todos los países de Europa, hay tres poderes: el monarca, los aristócratas y el pueblo, o más bien el pueblo es nulo. Si ocurre una revolución en esos países, solo puede ser gradual; comienza por los nobles, por el clero, por los ricos, y el pueblo los sostiene cuando su interés coincide con el de ellos para resistir al poder dominante, que es el del monarca. Así fue también entre vosotros: fueron los parlamentos, los nobles, el clero, los ricos quienes dieron el impulso a la revolución; después apareció el pueblo. Se arrepintieron de ello, o al menos quisieron detener la revolución cuando vieron que el pueblo podía recuperar su soberanía; pero fueron ellos quienes la comenzaron; y sin su resistencia y sus falsos cálculos, la nación estaría todavía bajo el yugo del despotismo. A partir de esta verdad histórica y moral, podéis juzgar hasta qué punto debéis contar con las naciones de Europa en general; pues en ellas, lejos de dar la señal de la insurrección, los aristócratas, advertidos por nuestro propio ejemplo, tan enemigos del pueblo y de la igualdad como los nuestros, se han aliado como ellos con el gobierno para mantener al pueblo en la ignorancia y en las cadenas, y para escapar a la declaración de los derechos. No nos objetéis los movimientos que se anuncian en algunas partes de los Estados de Leopoldo, y particularmente en el Brabante; pues esos movimientos son absolutamente independientes de nuestra revolución y de nuestros principios actuales. La revolución de Brabante había comenzado antes que la nuestra; fue detenida por las intrigas de la Corte de Viena, secundadas por los agentes de la Francia; está a punto de reanudar su curso hoy, pero por la influencia, por el poder, por las riquezas de los aristócratas y, sobre todo, del clero que la había comenzado; hay un siglo de distancia entre los Países Bajos austríacos y nosotros, como hay un siglo entre el pueblo de las fronteras de vuestras provincias del norte el de la capital. Vuestra organización civil del clero y el conjunto de vuestra constitución, propuestos bruscamente a los brabanzones, bastaría para afianzar el poder de Leopoldo; ese pueblo está condenado, por el imperio de la superstición y la costumbre, a pasar por la aristocracia para llegar a la libertad.

¿Cómo puede uno, sobre cálculos tan inciertos como esos, comprometer los destinos de Francia y de todos los pueblos?

No conozco un juicio hecho tan a la ligera sobre esta cuestión como el de M. Brissot, salvo quizá la efervescencia filantrópica de M. Anacharsis Cloots. Refutaré de paso, y con una sola palabra, el discurso deslumbrante de M. Anacharsis Cloots; me limitaré a citarle un rasgo de aquel sabio de Grecia, de aquel filósofo viajero cuyo nombre ha tomado prestado. Creo que fue ese Anacarsis griego quien se burlaba de un astrónomo que, al contemplar el cielo con excesiva atención, cayó en un foso que no había visto en la tierra. ¡Pues bien! El Anacarsis moderno, al ver en el sol manchas semejantes a las de nuestra constitución', al ver descender del cielo al ángel de la libertad para ponerse al frente de nuestras legiones y exterminar, por medio de sus brazos, a todos los tiranos del universo, no ha visto bajo sus pies el precipicio al que se quiere arrastrar al pueblo francés. Puesto que el orador del género humano cree que el destino del universo está ligado al de Francia, que defienda con mayor reflexión los intereses de sus clientes, o que tema que el género humano le retire su poder.

Dejad, pues, dejad todas estas declamaciones engañosas; no nos presentéis la imagen conmovedora de la felicidad para arrastrarnos a males reales; dadnos menos descripciones agradables y consejos más sabios.

Podéis incluso dispensaros de entrar en tan largos detalles sobre los recursos, los intereses y las pasiones de los príncipes y de los gobiernos actuales de Europa. Me habéis reprochado no haberlos discutido con suficiente amplitud. No. Tampoco lo haré ahora: 1º porque no es sobre conjeturas de ese tipo, siempre inciertas por su propia naturaleza, sobre las que quiero fundar la salvación de mi patria; 2º porque quien llega a afirmar que todas las potencias de Europa no podrían, de acuerdo con nuestros enemigos interiores, sostener un ejército para favorecer el sistema de intrigas del que he hablado, adelanta una proposición que no merece ser refutada; 3º finalmente, porque ahí no está el nudo de la cuestión. Pues sostengo, y probaré, que tanto si la Corte y la coalición que la dirigen hacen una guerra seria, como si se limitan a preparativos y amenazas, habrán avanzado siempre el éxito de sus verdaderos proyectos.

Ahorraos al menos todas las contradicciones que vuestro sistema presenta a cada instante: no nos digáis unas veces que solo se trata de ir a perseguir a veinte o treinta leguas a los caballeros de Coblenza y volver triunfantes; y otras, que no se trata nada menos que de romper las cadenas de las naciones. No nos digáis unas veces que todos los príncipes de Europa permanecerán espectadores indiferentes de nuestros conflictos con los emigrados y de nuestras incursiones en el territorio germánico; y otras, que derribaremos el gobierno de todos esos príncipes.

Pero adopto vuestra hipótesis favorita y extraigo de ella un razonamiento al que desafío a todos los partidarios de vuestro sistema a responder de manera satisfactoria. Les propongo este dilema: o bien podemos temer la intervención de las potencias extranjeras, y entonces todos vuestros cálculos fallan; o bien las potencias extranjeras no se mezclarán de ningún modo en vuestra expedición; en este último caso, Francia no tiene entonces otro enemigo que temer que ese puñado de aristócratas emigrados a los que apenas prestaba atención hace algún tiempo. ¿Pretendéis acaso que esa potencia debe alarmarnos? Y si fuese terrible, ¿no lo sería evidentemente por el apoyo que le prestarían nuestros enemigos interiores, de los que no desconfiáis en absoluto? Todo prueba, pues, que esta guerra ridícula es una intriga de la Corte y de las facciones que nos desgarran; declararles la guerra fiándose de la Corte, violar el territorio extranjero, ¿qué es sino secundar sus designios? Tratar como potencia rival a unos criminales a los que basta con estigmatizar, juzgar y castigar en rebeldía; nombrar para combatirlos mariscales de Francia extraordinarios, contra las leyes; afectar el exhibir ante los ojos del universo a La Fayette en toda su extensión, ¿qué es sino darles una imagen y una importancia que desean, y que conviene a los enemigos de dentro que los favorecen? La Corte y los facciosos tienen sin duda razones para adoptar este plan: ¿cuáles pueden ser las nuestras? El honor del nombre francés, decís. ¡Justo cielo! ¿La nación francesa deshonrada por esa turba de fugitivos tan ridículos como impotentes, a los que puede despojar de sus bienes y marcar ante los ojos del universo con el sello del crimen y de la traición? ¡Ah! La vergüenza consiste en dejarse engañar por los groseros artificios de los enemigos de nuestra libertad. La magnanimidad, la sabiduría, la libertad, la felicidad, la virtud: he ahí nuestro honor. El que queréis resucitar es el amigo y el sostén del despotismo; es el honor de los héroes de la aristocracia, de todos los tiranos; es el honor del crimen, un ser extraño que yo creería nacido de no sé qué unión monstruosa del vicio y la virtud, pero que se ha puesto del lado del primero para degollar a su madre; está proscrito de la tierra de la libertad; dejad ese honor, o relegadlo más allá del Rin; que vaya a buscar un asilo en el corazón o en la cabeza de los príncipes y de los caballeros de Coblenza.

¿Es, pues, con esta ligereza como hay que tratar los más altos intereses del Estado?

Antes de extraviaros en la política y en los Estados de los príncipes de Europa, comenzad por volver la mirada a vuestra situación interior; restableced el orden en vuestra propia casa antes de llevar la libertad a otra parte. Pero pretendéis que ese cuidado no debe ni siquiera ocuparos, como si las reglas ordinarias del buen sentido no estuvieran hechas para los grandes políticos. Restablecer el orden en las finanzas, detener su depredación, armar al pueblo y a las guardias nacionales, hacer todo lo que el gobierno ha querido impedir hasta ahora para no temer ni los ataques de nuestros enemigos ni las intrigas ministeriales; reavivar, mediante leyes benéficas y mediante un carácter sostenido de energía, dignidad y sabiduría, el espíritu público y el horror a la tiranía, que es lo único que puede hacernos invencibles frente a todos nuestros enemigos: todo eso no serían más que ideas ridículas; la guerra, la guerra, en cuanto la Corte la pide; ese partido dispensa de cualquier otro cuidado; se está en paz con el pueblo en cuanto se le da la guerra; guerra contra los justiciables del tribunal nacional o contra los príncipes alemanes; confianza, idolatría hacia los enemigos interiores. ¿Pero qué digo? ¿Tenemos enemigos interiores? No, no los conocéis; solo conocéis Coblenza. ¿No habéis dicho que la sede del mal está en Coblenza? ¿No está entonces en París? ¿No hay, pues, ninguna relación entre Coblenza y otro lugar que no está lejos de nosotros? ¿Qué? ¿Os atrevéis a decir que lo que ha hecho retroceder la revolución es el miedo que inspiran a la nación los aristócratas fugitivos que siempre ha despreciado, y esperáis de esa nación prodigios de todo tipo? Aprended, pues, que a juicio de todos los franceses ilustrados, la verdadera Coblenza está en Francia; que el del obispo de Tréveris no es más que uno de los resortes de una profunda conspiración tramada contra la libertad, cuyo foco, cuyo centro, cuyos jefes están en medio de nosotros. Si ignoráis todo eso, sois ajeno a todo lo que ocurre en este país. Si lo sabéis, ¿por qué lo negáis? ¿Por qué desviar la atención pública de nuestros enemigos más terribles para fijarla en otros objetos, para conducirnos a la trampa en la que nos esperan?

Otras personas, sintiendo vivamente la profundidad de nuestros males y conociendo su verdadera causa, se equivocan evidentemente en cuanto al remedio. En una especie de desesperación, quieren precipitarse hacia la guerra extranjera, como si esperaran que el solo movimiento de la guerra nos devolviera la vida, o que de la confusión general surgieran por fin el orden y la libertad. Cometen el más funesto de los errores, porque no distinguen las circunstancias y confunden ideas absolutamente distintas. En las revoluciones hay movimientos contrarios y movimientos favorables a la libertad, como en las enfermedades hay crisis salutíferas y crisis mortales.

Los movimientos favorables son aquellos que se dirigen directamente contra los tiranos, como la insurrección de los americanos o como la del 14 de julio; pero la guerra en el exterior, provocada y dirigida por el gobierno en las circunstancias en las que nos encontramos, es un movimiento a contracorriente, una crisis que puede conducir a la muerte del cuerpo político. Tal guerra no puede sino engañar a la opinión pública, desviar la atención de las justas inquietudes de la nación y prevenir la crisis favorable que los atentados de los enemigos de la libertad habrían podido provocar. Bajo este aspecto fue como desarrollé en primer lugar los inconvenientes de la guerra. Durante la guerra extranjera, el pueblo —como ya he dicho— distraído por los acontecimientos militares de las deliberaciones políticas que interesan a las bases esenciales de su libertad, presta una atención menos seria a las maniobras sordas de los intrigantes que las socavan, del poder ejecutivo que las sacude, a la debilidad o a la corrupción de los representantes que no las defienden. Esta política fue conocida en todos los tiempos y, diga lo que diga M. Brissot, es aplicable y elocuente el ejemplo de los aristócratas de Roma que he citado: cuando el pueblo reclamaba sus derechos contra las usurpaciones del Senado y de los patricios, el Senado declaraba la guerra, y el pueblo, olvidando sus derechos y sus agravios, no se preocupaba más que de la guerra, dejaba al Senado su dominio y preparaba nuevos triunfos para los patricios. La guerra es buena para los oficiales militares, para los ambiciosos, para los agiotistas que especulan con este tipo de acontecimientos; es buena para los ministros, pues cubre sus operaciones con un velo más espeso y casi sagrado; es buena para la Corte, es buena para el poder ejecutivo, pues aumenta su autoridad, su popularidad, su ascendiente; es buena para la coalición de nobles, intrigantes moderados que gobierna Francia. Esta facción puede colocar a sus héroes y a sus miembros al frente del ejército; la Corte puede confiar las fuerzas del Estado a hombres que pueden servirla llegado el caso, tanto más eficazmente cuanto que se les habrá fabricado una especie de reputación de patriotismo; ganarán los corazones y la confianza de los soldados para ligarlos más firmemente a la causa del realismo y el moderantismo; esta es la única clase de seducción que temo para los soldados: no es de una deserción abierta y voluntaria de la causa pública de lo que hay que tranquilizarme. Tal hombre que sentiría horror por traicionar a la patria puede ser conducido por jefes hábiles a clavar el hierro en el seno de los mejores ciudadanos; la palabra pérfida de republicano y de faccioso, inventada por la secta de los enemigos hipócritas de la Constitución, puede armar a la ignorancia engañada contra la causa del pueblo. Ahora bien, la destrucción del partido patriótico es el gran objetivo de todas sus conspiraciones; una vez aniquilado, ¿qué queda sino la servidumbre? No es una contrarrevolución lo que temo; son los progresos de los falsos principios, de la idolatría y de la pérdida del espíritu público. ¿Creéis acaso que sea una ventaja mediocre para la Corte y para el partido del que hablo acantonar a los soldados, acamparlos, dividirlos en cuerpos del ejército, aislarlos de los ciudadanos, para sustituir insensiblemente, bajo los nombres impotentes de disciplina militar y honor, el espíritu de obediencia ciega y absoluta, el antiguo espíritu militar, el amor por la libertad y a los sentimientos populares que se mantenían por su comunicación con el pueblo? Aunque el espíritu del ejército sea todavía bueno en general, ¿debéis disimular que la intriga y la sugestión han obtenido éxitos en varios cuerpos y que ya no es enteramente lo que era en los primeros días de la revolución? ¿No teméis el sistema seguido constantemente desde hace tanto tiempo, de devolver al ejército al puro amor por los reyes y de purgarlo del espíritu patriótico, que siempre se ha considerado como una peste que lo devastaba? ¿Veis sin inquietud alguna el viaje del ministro y el nombramiento de tal general famoso por los desastres de los regimientos más patrióticos? ¿Consideráis como cosa sin importancia el derecho arbitrario de vida y muerte del que la ley va a investir a nuestros patricios militares desde el momento en el que la nación sea declarada en guerra? ¿Consideráis como cosa sin importancia la autoridad policial que se entrega a los jefes militares en todas nuestras ciudades fronterizas? ¿Se ha respondido a todos estos hechos con la disertación sobre la dictadura de los romanos y con el paralelo entre César y nuestros generales? Se ha dicho que la guerra impondría respeto a la aristocracia del interior y secaría la fuente de sus maniobras; en absoluto: adivinan demasiado bien las intenciones de sus amigos secretos como para temer el desenlace; no harán sino mostrarse más activos en proseguir la guerra sorda que pueden hacernos impunemente, sembrando la división, el fanatismo y corrompiendo la opinión. Es entonces sobre todo cuando el partido moderado, revestido con las libreas del patriotismo, cuyos jefes son los artífices de esta trama, desplegará toda su siniestra influencia; es entonces cuando, en nombre de la salvación pública, impondrán silencio a cualquiera que ose elevar alguna sospecha sobre la conducta o las intenciones de los agentes del poder ejecutivo —en el que reposará— y de los generales que, como él, se habrán convertido en la esperanza y el ídolo de la nación; si uno de estos generales está destinado a obtener algún éxito aparente, que creo que no será muy mortífero para los emigrados ni fatal para sus protectores, ¡qué ascendiente no dará a su partido! ¡Qué servicios no podrá prestar a la Corte! Es entonces cuando se hará una guerra más seria contra los verdaderos amigos de la libertad, y solo entonces triunfará el sistema pérfido del egoísmo y de la intriga. Una vez corrompido el espíritu público, ¿hasta dónde no podrán llevar sus usurpaciones el poder ejecutivo y las facciones que lo sirven? No tendrá necesidad de comprometer el éxito de sus proyectos con una precipitación imprudente; quizá no se apresure a poner el plan de transacción del que ya se ha hablado: ya se atenga a ese, ya adopte otro, ¿qué no podrá esperar del tiempo, de la languidez, de la ignorancia, de las divisiones internas, de las maniobras de la numerosa cohorte de sus adeptos en el cuerpo legislativo, de todos los resortes, en fin, que prepara desde hace tanto tiempo?

Nuestros generales —decís— no nos traicionarán; y si fuéramos traicionados, ¡tanto mejor! No os diré que me parezca extraño este gusto por la traición; pues en esto estoy perfectamente de acuerdo con vosotros. Sí, nuestros enemigos son demasiado hábiles para traicionarnos abiertamente, como vosotros lo entendéis; la especie de traición que debemos temer es la que acabo de exponeros: esa no despierta la vigilancia pública, prolonga el sueño del pueblo hasta el momento en que se le encadena; esa no deja ningún recuerdo; esa...todos los que adormecen al pueblo favorecen su éxito; y advertid bien que para lograrlo ni siquiera es necesario hacer seriamente la guerra; basta con ponernos en pie de guerra; basta con mantenernos en la idea de una guerra extranjera: aun cuando no se obtuviera otro beneficio que los millones que se hacen contar por adelantado, no se habría perdido del todo el esfuerzo. Esos veinte millones, sobre todo en el momento en que estamos, valen al menos tanto como las proclamas patrióticas en las que se predica al pueblo la confianza y la guerra.

Decís que desanimo a la nación; no, la ilumino; iluminar a hombres libres es despertar su coraje, es impedir que su propio coraje se convierta en el escollo de su libertad; y aun cuando no hubiera hecho otra cosa que descubrir tantos lazos, refutar tantas ideas falsas y malos principios, frenar los impulsos de un entusiasmo peligroso, habría contribuido a impulsar el espíritu público y servido a la patria.

Habéis dicho también que he ultrajado a los franceses dudando de su coraje y de su amor por la libertad. No; no es el coraje de los franceses de lo que desconfío, es la perfidia de sus enemigos lo que temo; que la tiranía los ataque abiertamente, serán invencibles; pero el coraje es inútil contra la intriga.

Habéis dicho que os sorprendió oír a un defensor del pueblo calumniar y envilecerlo. Ciertamente, no esperaba un reproche semejante. Aprended, ante todo, que no soy el defensor del pueblo; jamás he pretendido ese título fastuoso; yo soy pueblo, nunca he sido otra cosa, no quiero ser otra; desprecio a cualquiera que quiera ser algo más. Si hay que decir más, confesaré que nunca he comprendido por qué se daban nombres pomposos a la fidelidad constante de quienes no han traicionado su causa; ¿sería un medio de reservar una excusa a quienes la abandonan, presentando la conducta contraria como un esfuerzo de heroísmo y de virtud? No; no es nada de eso: no es más que el resultado natural del carácter de todo hombre que no está degradado. El amor a la justicia, a la humanidad, a la libertad es una pasión como cualquier otra; cuando es dominante, se le sacrifica todo; cuando se abre el alma a pasiones de otra especie, como la sed de oro u honores, se les inmola todo: la gloria, la justicia, la humanidad, el pueblo y la patria. He ahí todo el secreto del corazón humano; he ahí toda la diferencia que existe entre el crimen y la probidad, entre los tiranos y los bienhechores del país.

¿Qué debo responder, pues, al reproche de haber envilecido y calumniado al pueblo? No: no se envilece aquello que se ama, no se calumnia uno a sí mismo.

¡He envilecido al pueblo! Es verdad que no sé adularlo para perderlo; que ignoro el arte de conducirlo al precipicio por caminos sembrados de flores; pero, en cambio, fui yo quien supo desagradar a todos los que no son pueblo, defendiendo, casi solo, los derechos de los ciudadanos más pobres y más desgraciados contra la mayoría de los legisladores; fui yo quien opuso constantemente la Declaración de los Derechos a todas esas distinciones calculadas según la cuantía de los impuestos, que establecían distancias entre los ciudadanos; fui yo quien defendió no solo los derechos del pueblo, sino su carácter y sus virtudes; quien sostuvo, contra el orgullo y los prejuicios, que los vicios enemigos de la humanidad y del orden social disminuyen siempre, junto con las necesidades artificiales y el egoísmo, desde el trono hasta la choza; fui yo quien consintió en parecer exagerado, obstinado, incluso orgulloso, para ser justo.

La verdadera forma de dar una prueba de respeto al pueblo no es adormecerlo alabando su fuerza y su libertad, sino defenderlo, prevenirlo contra sus propios defectos; porque el propio pueblo los tiene. El pueblo es así es, en este sentido, una sentencia muy peligrosa. Nadie nos ha dado una idea más justa del pueblo que Rousseau, porque nadie lo ha amado más. «El pueblo siempre quiere el bien, pero no siempre lo ve.» Para completar la teoría de los principios del gobierno bastaría con añadir: los mandatarios del pueblo ven a menudo el bien, pero no siempre lo quieren. El pueblo quiere el bien porque el bien público es su interés, porque las buenas leyes son su salvaguardia; sus mandatarios no siempre lo quieren, porque quieren volver la autoridad que se les confía en provecho de su orgullo. Leed lo que Rousseau ha escrito sobre el gobierno representativo, y juzgaréis si el pueblo puede dormir impunemente. El pueblo, sin embargo, siente más vivamente y ve mejor todo lo que concierne a los primeros principios de la justicia y de la humanidad que la mayoría de quienes se separan de él; y su buen sentido en este aspecto es a menudo superior al ingenio de los hombres hábiles; pero no tiene la misma aptitud para desenmarañar los rodeos de la política artificiosa que estos emplean para engañarlo y someterlo, y su bondad natural lo dispone a ser víctima de los charlatanes políticos. Estos lo saben bien y se aprovechan de ello.