Discurso de José López Portillo en su Sexto Informe de Gobierno

Chapter 6

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La actual, la de 1982, se presenta un poco del inicio de una nueva estrategia de crecimiento que a pesar de la premura y de los excesos, ha tenido un éxito innegable.

La economía mexicana es hoy no sólo más grande sino intrínsecamente más fuerte que la de hace seis años.

Ciertamente, la inflación interna acentuó sin duda las tendencias al desequilibrio financiero.

El origen y las causas de este fenómeno han sido objeto de diversas interpretaciones, muchas de ellas preñadas de prejuicios.

Pero no tiene sentido entablar una polémica, por demás estéril, en torno a este problema tan complejo, aun cuando muchos achaquen todas las culpas al Estado.

Si así fuese de sencillo, todos los países conocerían la solución y el mundo no estaría hoy debatiéndose entre el estancamiento y la inflación, o peor aún, como ocurre cada vez con mayor severidad, sumido en el estancamiento inflacionario.

Al primer conjunto de medidas de ajuste, se sumó en abril un segundo, todavía más drástico.

Por disciplina propia, nos impusimos un conjunto de metas cuantitativas que se inscribían en la más estricta ortodoxia financiera.

Recordamos aún más el gasto del sector público y fortalecimos sus ingresos, a fin de reducir el déficit total, entre 1981 y 1982, en tres puntos porcentuales del producto interno bruto.

Esta meta, que sin duda representa un esfuerzo de grandes dimensiones, se está logrando según se había planeado.

Asimismo, se adoptaron disposiciones para evitar el déficit en cuenta corriente de la balanza de los pagos sobrepasara los 9 mil millones de dólares casi 3 mil millones menos que en 1981.

Esta meta no sólo se va alcanzando, sino que la previsión más reciente indica que se cumplirá con creces.

Para estos 9 mil millones de dólares habíamos planeado contratar una deuda externa neta por 11 mil millones, con objeto de contar con un margen de maniobra adicional, o colchón, de 2 mil millones.

Hasta el mes de julio habíamos contratado más de 6 mil millones, según estaba previsto.

También se instrumentó una política crediticia restrictiva, cuyo fin es inducir reducciones en el gasto del sector privado.

De este esquema se desprende con claridad que el país contaba con grados de libertad para el manejo de su política económica.

Estaban ahí los recursos suficientes para manejar las necesidades normales de divisas del país.

Incluso la exportación del petróleo crudo y sus precios habían rebasado las previsiones originales.

El paquete de medidas de austeridad estaba funcionando en todos y en cada uno de sus renglones.

Nosotros mismos lo establecimos para recuperar a la economía del embate especulativo que forzó la devaluación de principios de año.

Y el gobierno lo estaba cumpliendo cabalmente.

Su costo era el de reducir temporalmente la tasa de crecimiento de la economía y el ritmo de creación de empleos.

Pero eso es una cosa y la otra la especulación financiera irrestricta.

Ni México, ni ningún otro país, tiene recursos para nutrir y resistir indefinidamente a la especulación.

Contra la fuga de capitales no hay fondos suficientes que alcancen, ni aquí ni en ninguna parte.

Ningún gobierno, y mucho menos el de un país con las carencias de México, puede darse el lujo de incluir en sus planes de acción a las fuerzas especulativas.

El gobierno de la República no podría seguir endeudándose en el extranjero para que cobrara fuerza el libertinaje cambiario.

El Estado no podría seguir consiguiendo en que el uso irrestricto de la libertad cambiaria se convirtiera en el objetivo fundamental de sus relaciones económicas con el exterior, sacrificando empleo de trabajadores y actividad de empresas útiles al país.

La especulación nos había forzado a devaluar una vez, pero continuaba insaciada.

No pudimos mantener el ritmo de deslizamiento previsto para evitar golpes bruscos a nuestra moneda.

Apostar contra el peso se convirtió en el mejor de los negocios.

Las expectativas inflacionarias y devaluatorias motivadas por la propia devaluación, llevaron a nuestra moneda a niveles de excesiva subvaluación que a la vez indujeron a los profesionales que convierten la desconfianza en catástrofe en la que medran, a predecir otras devaluaciones más y seguir apostando contra nuestro peso y nuestro país.

Ello, además no sólo como un negocio lícito sino hasta prestigioso.

Cuántos no se ufanan de haber ganado millones sin haber hecho nada, salvo medrar.

Así, no contenta con su primera victoria, la especulación clamaba por más.

¿Quién garantizaría que cediendo de nuevo iba a calmarse?

¿Qué gobierno responsable podría seguir jugando una apuesta en que el país entero pone todo y el adversario nada?

Teníamos que poner freno al abuso, a pesar de todos los riesgos políticos que ello implicaba: campañas de rumores, terrorismo informativo y calumnias que de afuera y de adentro vendrán, vinieron y vendrán de parte de mucho dinero y muchos intereses reaccionarios que han estado contra México.

El 5 de agosto pasado, el gobierno de la República adoptó la primera de una serie de decisiones históricas para la vida nacional.

Aprovechando que el sector público es el generador de tres cuartas partes de los ingresos de divisas del país, implantó un mercado cambiario dual.

Los recursos derivados del petróleo y del financiamiento público externo se utilizarían para pagar el servicio de la deuda y para cubrir importaciones prioritarias; los recursos restantes se dejarían al libre juego de oferta y la demanda.

En el mercado libre, la divisa tendría el precio de la histeria especulativa y los gastos superfluos dictaran.

En las transacciones prioritarias, prevalecería el mismo tipo de cambio que venía rigiendo con anterioridad, con los ajustes de las condiciones reales de la economía fueran señalando como convenientes.

Además se anuncia por los acreedores extranjeros que los vencimientos de crédito de corto plazo, de los meses de agosto y septiembre no serían renovados.

Con ello se nos planteó un problema, no sólo de liquidez, sino de caja.

Por ello y como ha sido exhaustivamente explicado, tomamos la decisión de ahondar en la medida del 5 de agosto, para defender nuestras reservas y la capacidad de pago del país.

Acordamos en lo interno, impedir que los mexdólares depositados en México, fueran transferidos al extranjero; aplicamos la ley monetaria para que se pagaran en pesos a la cotización que fijara el Banco de México.

Para evitar impactos psicológicos inconvenientes cerramos las ventas de dólares por cuatro días.

Afuera, planteamos el problema de caja que tenía México y conseguimos dólares ampliando ventas de petróleo ya contratadas con Estados Unidos; nos apoyaron los Bancos Centrales de los países industrializados con préstamo de emergencia suficientemente garantizados; negociamos con éxito tratos de reestructuración de la deuda externa con la comunidad financiera a la que pertenecemos.

Iniciamos conversaciones con el Fondo Monetario Internacional, para estudiar las condiciones en que podemos disponer de alrededor de 4 mil millones de dólares que como derecho de giro tenemos en él.

Así hemos resuelto la crisis de liquidez de corto plazo.

En equivalencia, otorgamos facilidades crediticias y fiscales a las empresas, especialmente medianas y pequeñas que tienen, como el Estado, problemas de liquidez.

Con toda responsabilidad y cara a la nación hemos informado e informaremos, paso a paso, lo que estamos haciendo.

Adelante anunciaré medidas que le darán contenido adicional a los últimos noventa días de mi mandato.

Honorable Congreso de la Unión:

Todo llega y pasa; termina y empieza.

Pronto terminará el mandato que me otorgó el pueblo de México para ejercer su poder Ejecutivo.

Protesté hacerlo con lealtad y patriotismo.

Protesto ahora, que he puesto y pondré en lo que resta de mi mandato, toda mi voluntad y aun mi pasión, en ser leal y patriota.

Protesté cumplir y hacer cumplir la Constitución.

Protesto ahora estarlo haciendo.

Cuidando de las libertades de los mexicanos, y sus derechos sociales; cuidando la unión, preservando la institución como estructura ordenada de cambio, fuente legítima para dirimir toda controversia y desterrar la violencia y sus peligros.

Ahora, después de haberla servido desde la más alta función pública, amo más entrañablemente a mi patria.

Convencido estoy de su grandeza, confirmo, después de haberla vivido como responsabilidad estos años de historia, que el planteo de sus orígenes, generosidad, sabiduría india y señorío español enraizados en nuestra tierra de contrastes y prodigios, proyecta en el mundo, como conciencia y dignidad esenciales, la integración de los contrastes.

Sé que esta integración trascenderá como ejemplar, al destino final de una humanidad que sólo será universal, en función de nacionalidades que hayan aprendido íntima, convencidamente, el valor de la solidaridad de todos en cada uno y no de la unidad de imperios que la impongan como alarde de soberbia y violencia.

México es mucho más que coyuntura crítica.

Midámonos en su proyección, no en las angosturas de la paridad del peso; sino en el compromiso de su grandeza.

Hace seis años lo dije.

Salimos del trance; ahora lo repito, saldremos de éste.

Todos los que en México hemos sido, somos y seremos, nos constituimos en nuestro pacto de unión nacional, ámbito de nuestro espacio entendido como territorio; medida de nuestra historia entendida como norma; estructura concebida en el devenir como cambio. La Constitución es nuestra unión, vínculo, fuerza, seguridad.

Que para siempre sea el patrón de nuestros cambios y que nunca más la violencia entre nosotros, cambie patrón.

Ya hicimos nuestra revolución.

Profundicémosla en la democracia; abierta está a generar su propio progreso.

Que sea origen y fin, realidad y proyecto; ser y deber ser; libertad en el hacer; justicia en el tener.

Así, generosa, vale y se proyecta, a pesar y por encima de titubeos, fracasos, claudicaciones y disimulos.

Poderosa en el logro; satisfecha en sinceridad y triunfo.

Vale aunque no sea siempre realidad.

Por eso obliga como norma.

He procurado servir al bien y a la prosperidad de la unión; al desarrollo democrático, popular e independiente, no como esfuerzo de uno sólo, que así poco vale, sino como solución participativa de todos.

Y cuando todos los quisimos, todos lo hicimos.

Es la desunión la que rompe y frustra, experiencia brutal de nuestra historia.

Por ello unión es precondición de todo lo que por su importancia trasciende.

Sé que la función del Estado mexicano es supuesto social y consecuencia económica.

Por ello afirmo que una de sus misiones fundamentales es fortalecer nuestra nacionalidad, gestada y no completa en su total capacidad vinculatoria.

Debemos convencernos de que en la base y por encima de individuos y sus intereses; de clases y sus contradicciones; de gremios y sus ambiciones, hay un México en cuya tierra hemos nacido; cuya sangre mestiza nos corre por las venas y nuestra voluntad de pertenecerle fortalece.

Cada crisis y muchas hemos tenido, pone a prueba la firmeza de nuestro nacionalismo surgente.

De cada fracaso o derrota hemos sacado experiencia y fuerza y todo triunfo nos da orgullo y enriquece.

Con valor y coraje a veces; otras con vacilación, cobardía o hasta traición; con avances y retrocesos, desde el fondo de nuestra historia; con los desgarres y tentaciones de nuestra geografía y su vecindad; con nuestras fuerzas paradigmáticas y contradictorias, estamos aprendiendo a ser mexicanos: desde las dudas intelectuales del trágico Moctezuma y su fatalismo, compartido por la generosa

apertura a lo otro que se entraña en la Malinche; con la osada concepción viril de la vida, como gozosa aventura, de Cortés; con la sacrificada dignidad juvenil del rescate de lo propio que nos entrega Cuauhtémoc, todo, todo ello, en cada circunstancia, nos va haciendo mexicanos.

Y porque lo somos y constituimos una Nación, con plena conciencia, en mi Gobierno, he querido darle plena función al nacionalismo.

Porque nuestra sociedad civil está significada en el ámbito de una Nación que se organiza políticamente como Estado, constituido por la revolución de un pueblo.

Porque nuestro Estado se organiza jurídicamente como de derecho, en el supuesto de una solidaridad basada en la nacionalidad, no en la individualidad; no en la clase social; no en el gremio o en la corporación.

En la Nación, que de nacer, en una tierra, de una sangre, con una voluntad de ser y pertenecer y que supone natural solidaridad.

En nuestro nacer mexicano el que nos da derecho como individuos y como sociedad.

Nuestro nacer mexicano.

Por eso a la Nación corresponde tanto la propiedad originaria como los recursos sustanciales del país.

Por eso gozamos libertades y exigimos justicia distributiva, conmutativa y social.

Por eso porque somos mexicanos, podemos votar y ser electos.

Por eso podemos invocar protección y amparo.

Por eso el Estado nacional es rector de la economía.

Por eso hay una economía nacionalizada.

Por eso y lo subrayo, hay régimen jurídico de mexicanización, que propicia y apoya la iniciativa de los mexicanos, excluyendo, condicionando o regulando a los extranjeros.

En el supuesto de la identidad nacional, he querido impulsar e integrar sus consecuencias; hace casi seis años dije:

La unión constitucional no es un capricho sino una consecuencia de la historia, norma que nos da sustancia y proyección; nos preserva y al mismo tiempo nos hace evolucionar en derechos, obligaciones y valores.

No estamos unidos para que unos pisen y se encaramen sobre otros; ni para facilitar explotación y abuso; ni para que pocos se salven y muchos se hundan.

Acordamos la unión para superar con su fuerza los riesgos de la vida, conservarnos, perpetuarnos, perfeccionarnos.

Graves riesgos vivimos ahora.

Conviene identificar sus causas.

Se le imputan al Estado en frases que se estereotipan y repiten en forma acrítica: Inversión pública ineficiente.

Gasto público excesivo, despilfarrador e inflacionario.

Deuda externa excesiva y enajenante.

Economía petrolizada.

Política económica equivocada.

Medidas correctivas desarticuladas y balbuceantes.

Y otras más que son ofensas y desahogos de los que no me ocuparé.

Quiero redundar, para entrar en materia, que en mi convicción nacionalista, he querido convencer y no vencer; conciliar la libertad con la necesidad; partir de lo cierto para alcanzar lo justo.

Gobernar para todos.

Si he armonizado opuestos, no ha sido para lavarme las manos en la inocuidad neutra; sino para integrar el bien general.

Busco alianzas expresas y nunca vergonzantes con todas las fuerzas productivas de la Nación, las sociales y las privadas; en el campo y la ciudad.

Cumplimos pactos y alcanzamos objetivos.

Busco la concordia y aunque a veces critico a quienes critican, lo he hecho sin prepotencia y sin querer ofender; me interesa más hallar responsables que culpables y en la medida que estos años lo han permitido, logré sumar y no restar.

La hazaña nacional cumplida en los años pasados sólo así se explica.

Ahora, frente a la crisis, afirmo categóricamente:

Por primera vez en nuestra historia, con base en una reforma administrativa, proyectamos, programamos y presupuestamos el gasto público.

Fijamos en forma expresa objetivos en planes sectoriales y convocamos a todas las fuerzas nacionales para que democráticamente concurrieran.

Y lo hicieron.

De los resultados hemos dado cuenta.

Es el gasto público instrumento fundamental del Estado para orientar la economía, no sólo ahora sino desde hace varias décadas; porque construye la infraestructura y la opera cuando le corresponde; porque es estímulo, fomento, condición para inducir metas en nuestra planeación democrática.

Porque es el instrumento más útil para lograr la redistribución del ingreso en el desarrollo social, sin el cual no se justifica, ni crecimiento económico y ni siquiera estructura estatal.

Es vehículo de justicia social, fórmula única para repartir, según necesidades reales, con independencia de capacidades ciertas.

La orientación del gasto público corresponde, quiero subrayarlo a políticas no de un Gobierno, sino del Estado rector mexicano; y trascienden a las sucesivas administraciones y a través de todas y cada una de ellas se ha fortalecido.

En estas políticas de gasto se origina en gran medida el desarrollo del México moderno.

De ellas se deriva en gran parte el sustento popular y democrático del que ha gozado el Estado mexicano en más de sesenta años.

Este Gobierno se ha mantenido estrictamente dentro del marco de esas políticas.

El gasto público debe ser tan amplio, como la capacidad de su financiamiento, su costo de oportunidad y el cálculo de lo que cuesta hacer las cosas y de lo que cuesta no hacerlas.

Nosotros lo calculamos ateniéndonos a las posibilidades financieras que encontramos y que generamos.

Su manejo se dificultó cuando variaron los supuestos del financiamiento, dados los factores externos a los que hemos aludido, con la cauda de implicaciones internas ya referida.

No ha habido despilfarro.

Cada programa, incluidos los criticados edificios de Pemex y el Banco de México, minucia simbólica, que en la magnitud del problema prácticamente no cuentan, tienen su propia explicación, aunque, reconozco, son hora inoportuna inversión.

Tenemos que ponderar los que se califica de ineficiencia del gasto cuando se trata de subsidios.

Cada uno de ellos tiene justificaciones; se corrigen cuando el mal mayor lo exige.

En todo caso hay una justificación social o económica que lo explica.

Pero, también en todo caso, el gasto aquí se queda y no se va del país, que es la mayor de las ineficiencias concebibles.

El Estado Mexicano ha usado, usa y estoy cierto, usará el gasto público en el proyecto nacional pese a objeciones decimonónicas o libertarianas.

Como lo hemos demostrado, no es la causa del actual problema.

Excesivo o no, aquí se queda.

El que se va es el que hiere.

La deuda pública se presupuestó para restaurar, consolidar y hacer crecer aceleradamente la economía.

Teníamos fuentes de financiamiento del desarrollo bien presupuestadas, con base en el potencial de nuestra economía y el precio del petróleo, que sirvió de eje de nuestra capacidad financiera, y además en función del costo externo del dinero que como crédito debíamos conseguir para importar lo que nuestros planes requerían.

Bajaron los primeros, subieron los segundos y sufrimos el efecto de las dos hojas de la tijera que cortaron nuestro impulso.

Si el mundo nos prestó, es porque sabe de nuestra capacidad de pago.

Si el mundo ahora nos apoya es porque sabe que circunstancias ajenas nos pusieron en condiciones de poca liquidez, pero que somos absolutamente solventes.

El monto total de la deuda pública y privada, ciertamente significativa y elevada, nos fue prestado porque se ha estado destinando a inversiones que generarán recursos más que suficientes para pagar esa deuda.

El proceso de desfinanciamiento por el que hemos atravesado la llevó a niveles imprevisibles y superiores a los programados, que efectivamente acusan tanta gravedad, que recientemente sufrimos no sólo problemas de liquidez, sino de caja.

Están transitoriamente resueltos, ya lo hemos dicho.

Reitero, las inversiones públicas hechas con los ingresos en divisas y la deuda, están en el país; forman parte de su activo, no se esfumaron ni salieron de aquí, producen o producirán aquí y significan la solución de la crisis y la plataforma de su pleno desarrollo.

Nuestra economía no está petrolizada, ni por el porcentaje de la ocupación que genera el sector petrolero, ni por su participación en la inversión total, ni por la parte de los ingresos públicos que produce, ni en fin, por el peso que tiene su producción en el producto interno bruto.

En drástico contraste con otros países exportadores de petróleo está la capacidad tecnológica autónoma de México en esta actividad.

Los países petrolizados utilizan internamente una pequeñísima parte de su riqueza energética.

Nuestro consumo de energía es mayor prácticamente que cualquier país en desarrollo y muchos desarrollados.

El consumo de energía es, en los más rigurosos términos de evaluación económica, un índice de desarrollo.

Sí, en cambio, hay que enfatizar que para nuestros ingresos en divisas dependemos muy grandemente del petróleo, como lo acabamos de experimentar dramáticamente, que de otra fuente no vienen, por la recesión generalizada.

Pero en el mundo de hoy y el previsible, si no las estuviéramos obteniendo del petróleo, simplemente no tendríamos divisas.

Este es un fenómeno generalizado en el mundo en desarrollo; excepto para quienes han hecho de países enteros sucursales de empresas transnacionales.

Nuestra economía no sólo no está petrolizada, sino que, en buena medida, gracias al petróleo está más diversificada, más integrada y más poderosa.

Hoy nuestra agricultura está revitalizada, nuestra industria ha duplicado su capacidad y la población dispone de mejores niveles de alimentación, salud y educación.

Una cosa es la petrolización y otra aprovechar una plataforma petrolera de producción para impulsar el desarrollo general de la economía, como lo hemos logrado.

El petróleo, símbolo de nuestro nacionalismo, rescatado por la Nación desde Cárdenas y desarrollado por los regímenes sucesivos -y en éste como prioridad- , nos ha unido como Nación, ha impulsado nuestra economía y ahora en la crisis es fuente de confianza internacional para salir del trance.

Es infantil que reneguemos del petróleo y se lo atribuyamos al diablo.

Es conseja de analistas externos, insisto, es consejo de analistas externos, frívolos e irresponsables, empeñados en demostrar la ineficiencia de los países en desarrollo para administrar sus recursos, en afán de trasnochado tutelaje.

Lo que a partir del petróleo hemos hecho en tan pocos años, es asombroso.

Que no nos aturdan.

Más, mucho más haremos.

A ninguna ingenuidad engañamos al anunciar nuestras realidades petroleras en la crisis energética de los setenta.

No por la casualidad, sino por nuestro prioritario esfuerzo descubrimos reservas y desarrollamos producción.

En el desánimo, en el pesimista fatalismo congénito de muchos de nosotros; en la crisis de confianza, convenía a todos recuperarla, admitir la esperanza, inyectar el optimismo no con ilusiones, sino con realidades.

Creímos en nosotros mismos.

El mundo en nosotros creyó, dimos el salto.

Había riesgos.

Algunos se materializaron.

Que no nos vengan ahora con simplismos a llamarse a engaño, cuando entonces llamamos a confianza y convocamos al trabajo sobre realidades expresas que nos permitieron alcanzar objetivos reales.

Hubo crecimiento, se multiplicó el empleo y el ingreso; parte de él se fue al extranjero en forma de especulación.

Que ahora no se hagan niños chiquitos engañados.

Bien saben a dónde se fue la abundancia.

Nuestra política económica no ha sido equivocada; está expresa en planes globales y sectoriales que permitieron, en el primer año, restaurar la economía que en 1976 recibimos, y crecer en los siguientes como nunca en nuestra historia.

La presencia de los factores externos multicitados, nos ha forzado a un ajuste sucesivo que se adapta a circunstancias eventuales que, agolpadas ya como crisis, se identifican ahora como el gran mal que exige el gran remedio.

Si las crisis fueran claramente previsibles, nunca se presentarían.

Hay factores desconocidos que operan sobre una acción en curso, cuya inercia no es siempre fácil de cambiar.

Las medidas de ajuste que tomamos, siempre en función del interés nacional, corresponden a las circunstancias que se presentan y que por la naturaleza de expectativas subjetivas, no siempre anticipamos para no precipitar lo que tenemos.

Cuando ello ocurre, actuamos conforme a un plan de decisiones alternativas.

Ante esta soberanía, soy categórico: