Discurso de José López Portillo en su Sexto Informe de Gobierno

Chapter 5

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Con ello, fue posible proporcionar mínimos de bienestar a millones de compatriotas que antes carecían hasta de la esperanza de tenerlos: 3 mil 24 unidades médicas rurales y 61 hospitales de campo que dan servicio a 18 millones de habitantes; 276 almacenes regionales para abastecer a 12 mil tiendas campesinas que al estar administradas directamente por la comunidad, impiden el intermediarismo, la usura y la preparación de empleados públicos desleales; 3 mil 200 sistemas nuevos de agua potable y 800 rehabilitados o ampliados; 18 mil 539 kilómetros de caminos rurales nuevos, lo que significa haber roto el aislamiento y, por tanto, cacicazgos, falta de conciencia nacional, abusos y tantas otras consecuencias de la incomunicación; trabajo permanente y remunerado a 130 mil jefes de familia, organizados en 2 mil cooperativas que a la fecha han rescatado de la erosión 350 mil hectáreas hoy pobladas con 600 millones de árboles.

A ello hay que agregar el sistema de apoyo a la economía campesina que articula servicios antes dispersos, tales como la extensión agrícola, promoción de obras de riego, trámites agrarios, seguro agrícola, dotación de fertilizantes; el sistema de casas escuela, de las que se construyeron 41, más mil 100 aulas que atienden a niños provenientes de 2 mil pequeñas localidades aisladas y las 92 mil 703 viviendas que fueron rehabilitadas por sus propios habitantes dentro del Programa de Mejoramiento de la casa Rural.

Con la participación directa de nuestros pueblos indios se han emprendido también importantes acciones para preservar sus culturas originarias y para dar apoyo financiero y técnico a su producción.

Hechos, no palabras, que enriquecen nuestro proyecto de integración y modernización democrática.

De todo lo dicho, podemos deducir, comparando:

Entre 1977 y 1981, el ritmo de crecimiento de la economía nacional supera en un 60% al de la economía mundial: en aproximadamente 20% al de los países en desarrollo y países socialistas y prácticamente duplica el de los países desarrollados.

A medida que se avanza hacia finales de la década, la distancia entre el dinamismo de México y el del resto de las regiones, se va acentuando notoriamente.

En 1981, la economía de México se expande a un ritmo que equivale ocho veces al de la economía mundial y de los países avanzados, tres veces el de los países en desarrollo y cinco veces el de los países socialistas.

Es interesante hacer notar que la producción industrial de México equivale a tres veces la del conjunto de países exportadores de petróleo del Medio Oriente, es decir, México es el único país en desarrollo que puede legítimamente ser definido como semi industrializado y, simultáneamente, exportador importante de petróleo.

Síntesis que le otorga un potencial evidente en cuanto al objetivo a largo plazo.

Por otro lado, mientras en los países industrializados el crecimiento de la inversión en 1978- 1979 se ubica en torno al 4%, para volverse negativo en 1980- 1981, en México, después de una caída de la inversión al inicio de 1977, se verifican tasas de crecimiento de aproximadamente 15%, con lo cual la inversión casi duplica el ritmo de crecimiento del producto nacional bruto.

En la actualidad, México es el décimo país más grande del mundo no socialista por el producto interno bruto generado en su industria manufacturera.

El tamaño de este sector es, en términos absolutos, superior al de países desarrollados como Holanda, Suecia, Bélgica, Dinamarca y Noruega.

Es asimismo, 14 veces más grande que el de Singapur; 11 que el de Chile; 5 que el de Corea del sur, y 2 que el de Argentina e India.

La industria manufacturera mexicana genera el 25% de nuestro PIB y el 20% del empleo total, proporciones similares a las que registran algunos países desarrollados.

La magnitud del contraste entre el dinamismo de México y el del resto del mundo se hace todavía más evidente si se compara la demanda interna de máquinas herramientas.

En México, fue de 470 millones de dólares en 1981.

En ese mismo año en Suecia fue de 224 millones de dólares.

De 222 en España, de 288 en Suiza, de 373 en Brasil, de 95 en Argentina, de 243 en la India y de 427 en la República Democrática Alemana.

En la otra área productiva: en 1981, la producción de alimentos en todo el mundo subió en promedio 1.9%; en áfrica 2.6%; en Norteamérica 0.5%; en América del Sur en su conjunto 3.5%; en Asia 2.4; en Europa 2.3%; y en Oceanía menos 0.3%.

En 1981 en comparación con otros países, el que más creció en producción de alimentos fue México, 4.5%.

A pesar de las significativas diferencias en el alto ritmo de crecimiento de la población, en México se verifica que, mientras nuestra tasa de desempleo supera notoriamente en 1977 la de los principales países industrializados (8.1% y 5.4% respectivamente), en 1981 la relación se había invertido; 4.5% de desempleo en México y 6.6% en los principales países industrializados.

Si de este último grupo se excluyen Japón y la República Federal Alemana que, preceden el grupo en términos de dinamismo, la tasa de desempleo de los países industrializados, prácticamente duplica la de México en 1981, pues en este año se estima habrá cerca de 28 y medio millones de desempleados y en Estados Unidos el desempleo se acerca ya al 10% de su capacidad de trabajo.

La magnitud alcanzada por el proceso inversionista productivo en el país y, por otra parte, el rezago de la estructura productiva, tenía que repercutir, con mucha intensidad, en el endeudamiento externo, para adquirir equipo y financiar la inversión.

Sin embargo, al relacionar deuda externa con la exportación y por otra parte con el producto interno bruto, resulta que de ser mayor que la de los países en desarrollo, no petroleros, hasta 1981, va disminuyendo hasta ser menor.

En otras palabras, la deuda externa puede considerarse, en ese lapso, hasta 1981, como de elevada productividad porque ha venido acompañada de un rápido y productivo crecimiento, contra lo que ocurrió en la totalidad de países en desarrollo.

Condiciones fuera de nuestro control, no conocidas ni previstas, cambiaron completa y repentinamente el cuadro.

Hasta aquí el lado claro del gigantesco esfuerzo nacional que será permanente.

Veamos el oscuro, por el que ahora atravesamos.

El plan global, los planes sectoriales y los proyectos específicos, por primera vez en nuestra historia, expresos, integrados e instituidos, que partían de ciertos supuestos estables de financiamiento, cuando estaban ya en marcha tras cuatro años de ejecución, entraron en brutal contradicción con factores internos y externos.

Las crisis no surgen porque sí.

Muchos elementos han contribuido.

Muchas responsabilidades se han combinado.

El Gobierno a mi cargo, asume la suya.

En 1981, ni los países más desarrollados, ni las más grandes empresas financieras e industriales advertían en el mundo y en México, que la economía internacional entraría a la más grave y prolongada crisis desde la gran depresión; ni que los precios de todas nuestras exportaciones seguirían cayendo con estrépito; ni que las tasas de interés se fijaran tan altas como nunca en la historia; ni que el crédito se restringiera; ni que las medidas proteccionistas se perpetuaran en los países industrializados.

El golpe se recibió de lleno a partir de la caída del precio del petróleo.

Fueron restricciones diversas que enfrentamos agolpadas y de momento. No haber cumplido nuestros programas de inversión en petróleo, industria, alimentos, empleo y mínimos de bienestar, sólo, hubiera significado una vulnerabilidad y debilidad mayor.

De modo fundamental, recordemos primero que en los últimos catorce meses, bajó drásticamente el precio del petróleo y se debilitó el mercado petrolero internacional con lo que se frenó, además, el crecimiento de la más dinámica de las exportaciones mexicanas y detuvo la tendencia de rápido crecimiento de los ingresos derivados de su exportación, previstos para autofinanciar nuestros planes.

Después vino el efecto del golpe, en el incremento reciente de la deuda externa y de los servicios correspondientes que constituyen un factor externo, no presupuesto, repentino, agobiador y fuera de nuestro control.

La deuda ascendió a julio de este año, subrayo, a julio de este año, a 76 mil millones de dólares, de lo cual corresponde 80% al sector público y 20% al privado.

Les suplico que nos vayamos fijando en estas cantidades astronómicas que de tan grandes ya nada nos dicen.

La deuda externa de México es de 76 mil millones de dólares, 80% al sector público y 20% del sector privado.

Fijémosla para entender otras que a continuación voy a expresar.

Ahora bien, para todos, pero especialmente para los países en desarrollo y México como el más representativo, la elevación de las tasas de interés explica gran parte del deterioro económico: entre 1978 y 1981, la tasa de interés de los préstamos internacionales pasa del 6% hasta el 20% y esto explica, parcial, pero fundamentalmente, el que el pago por intereses de los países en desarrollo que en 1978 alcanzaba a 14 mil 200 millones de dólares, se eleva en 1981 a 38 mil millones de dólares.

En el caso de México el pago de los intereses de la deuda pública y privada, documentada, alcanzaba en 1978 a 2 mil 606 millones de dólares, mientras que en 1981 correspondía 8 mil 200 millones de dólares.

De este modo, los pagos por intereses, registraron un crecimiento prácticamente exponencial y se convirtieron en el principal elemento de presión de la cuenta corriente de la balanza de pagos.

La estructura del endeudamiento externo, en la que ganaron importancia los financiamientos a corto plazo, favoreció también el incremento de la carga por servicio derivado de los mayores intereses.

Los plazos cortos nos obligan a inconvenientes negociaciones frecuentes y riesgosas.

Es éste un factor cuya importancia difícilmente puede exagerarse.

Los niveles prevalecientes de tasas de interés, las mayores de la historia civilizada, no parecen obedecer a razones derivadas del funcionamiento de los mercados, sino a políticas deliberadas de restricción monetaria, cuyo propósito antiinflacionario se ve desmentido por el efecto inflacionario mismo del alto costo del dinero.

Todo el mundo lo padece.

Los riesgos de ir contra la corriente dominante de la economía mundial, francamente depresiva y las políticas de liberación de importaciones que, aplicadas en otras épocas y en otras circunstancias pudieron resultar adecuadas, se revirtieron en nuestro perjuicio.

Importamos con exceso, todo, y así el espectro de la restricción de balanza de pagos volvió a renacer.

Por el lado de las exportaciones, México enfrentó al igual que otros países en desarrollo, el deterioro muy marcado de las cotizaciones de buen número de sus productos básicos y clásicos de exportación.

Tal fue el caso, entre 1980 y 1981, principalmente del café en grano (cuyo valor unitario de exportación se redujo en - (16%) del algodón en rama (12%), el cobre en minerales o blíster (- 51%), el plomo refinado (- 25%) y, desde luego, la plata somos el primer productor en el mundo, (- 75%).

Por este factor, el dinamismo de los ingresos por exportación de productos primarios, que representa aún una proporción significativa en el total de la exportación no petrolera (50.5% en 1981) se vio frenado muy considerablemente.

Por otro lado, parte de la notable disminución de nuestras exportaciones de manufacturas, independientemente de la falta de competitividad, debe atribuirse a la agudización de las tendencias proteccionistas en los mercados de los países avanzados, que no nos compran como antes.

Ellos, además de la creciente demanda interna que no permitía grandes excedentes exportables.

Por otro lado, el menor ritmo de la actividad económica mundial y el aumento de la desocupación han afectado, en los países avanzados los niveles de dinero disponible.

Una de las principales manifestaciones de esta situación ha sido la marcada reducción en el crecimiento del Turismo a escala mundial.

A menor ingreso disponible, menor demanda de viajes del exterior.

El turismo hacia México ha resentido severamente esta situación, contrayéndose tanto en el número de visitantes, como en el gasto promedio y la estancia media del turista, con un consecuente menor ingreso total por este concepto al mismo tiempo la concentración del ingreso prevaleciente en México había provocado un muy rápido crecimiento del gasto turístico mexicano en el exterior.

Llegó a ser 220% mayor que en 1976. Nos defendimos imaginativamente.

Promovimos el turismo interno intensamente y ampliamos y modernizamos nuestras instalaciones.

Sin embargo a pesar de que la balanza sigue siendo positiva, disminuyó en 900 millones de dólares.

A estos factores negativos nos hemos referido con frecuencia, porque son los que explican lo más importante, y pareciera como si en las explicaciones privara también el comunismo y tuviéramos que inventar nuevas para satisfacer la irritación que causa lo que no es propicio; pero no hay otras explicaciones.

Esas son las fundamentales.

Dentro de ellas admitimos nuestra responsabilidad; pero no nos responsabilizamos por ellas.

Como lo he dicho, soy responsable del timón; pero no de la tormenta.

Todos estos factores: altas tasas de interés afuera que arrastran a las de adentro; baja el precio de las materias primas; exceso de importaciones; disminución de exportaciones; baja en el turismo externo; aumento del turismo nacional al extranjero; colocaron a nuestra economía en una situación súbita de particular vulnerabilidad.

Pero si eso sólo hubiera sido el problema, la potencialidad del país lo hubiera podido resolver con esfuerzo, pero sin deterioro.

Con lo que no pudimos, fue con la pérdida de confianza en nuestro peso, alentada por quienes adentro y afuera pudieron manejar las expectativas y causar lo que anunciaban, con el sólo anuncio.

Así de delgada es la solidaridad.

Así de subjetiva es la causa fundamental de la crisis.

Contra esto ya no pudo el vigor de nuestra economía.

Hagamos, para ilustrar la magnitud del problema, unas consideraciones indicativas.

Además de los dólares que salieron normalmente para pagar nuestras importaciones, deudas y sus intereses, que son para lo que deben servirnos, por hábito, inseguridad o ambición, muchos mexicanos, en uso de la libertad cambiaria, ahorran o anticipan pagos en dólares, que sacan a los bancos extranjeros.

Otros colocan aquí pocos nominados en dólares, en cuentas especiales.

De afuera, y aun de adentro porque convenía a la oportunidad hacer negocios con nuestro auge, motivando nuestra inseguridad y desconfianza, se empezó a especular con nuestro peso, a partir de análisis parciales exagerados, amañados y aun perversos de nuestros problemas económicos, similares a los de todo el mundo; pero subrayados para lograr el efecto especulativo o incluso desestabilizador.

De afuera venía la noticia, luego era cierta, se resignaba Doña Malinche.

Adentro lo confirmaba la insidia del rumor.

De igual modo sugestivas campañas publicitarias anunciaban atractivas inversiones en inmuebles urbanos y rústicos en el "otro lado", que daban seguridad a la inversión, y satisfacción a la ambición.

La base del negocio era crear la desconfianza y explotar el afán de seguridad.

Logrados los motivos, presionaron explicablemente a nuestro peso.

La ambición desmedida de los especuladores de siempre y de los novatos, hicieron el resto.

El acoso al peso empezaba en las mismas ventanillas de los bancos en las que se aconsejaba y apoyaba la dolarización. A todo el mundo le consta.

Tal vez lo consideraban deber con su clientela.

Lo destaco, no lo califico.

No lo sabemos con certeza; pero tenemos datos de que las cuentas bancarias recientes de mexicanos en el exterior ascienden, por lo menos, a 14 mil millones de dólares.

Hay quienes afirman que es mucho más.

Las cuentas de mexicanos, yo les suplico que vayan fijando estas cifras en su conciencia, las cuentas de mexicanos en bancos ascienden a 14 mil millones de dólares en el extranjero.

Conservadoramente podemos afirmar, en consecuencia, que la economía mexicana han salido ya, en los dos o tres últimos años, por lo menos 22 mil millones de dólares; y se ha generado una deuda privada no registrada para liquidar hipotecas, pagar mantenimiento e impuestos, por más de 20 mil millones de dólares que se adicionan a la deuda externa del país.

Estas cantidades sumadas a los 12 mil millones de mexdólares, es decir, 54 mil millones de dólares, equivalen a la mitad de los pasivos totales con que cuenta en estos momentos el Sistema Bancario Mexicano en su conjunto y alrededor de dos tercios de la deuda pública y privada documentada del país.

Puedo añadir, esto es dramático, puedo añadir igualmente, que los rentistas mexicanos, que los rentistas mexicanos en los últimos años, han hecho mayores inversiones en Estados Unidos, que toda la inversión extranjera en México, en toda la historia.

Esta inversión, la inversión extranjera en México, en libros, tiene un valor aproximado de 11 mil millones de dólares, 70% de los cuales es norteamericano.

El ingreso neto hacia nuestro país de inversión extranjera en 81, fue de 1,700 millones de dólares, suma ridícula, frente a la que de aquí salió.

Con otra reflexión: la inversión extranjera dio utilidades y regalías, regresa recursos a sus países de origen y en ellos pagan impuestos.

Por contra, la inversión mexicana no sólo no regresa nada a México, sino que está severamente comprometida con intereses y gastos por muchos miles de millones de dólares y además eleva el fisco.

Adicionalmente, los inmuebles urbanos rurales en Estados Unidos de América, propiedad de mexicanos, se estima según muestreo, que tiene un valor del orden de 30 mil millones de dólares.

Esto generó ya una salida de divisas por concepto de enganches y primeros abonos, del orden de 8 mil 500 millones.

Esto ya es grave.

Más grave aún es que se han generado obligaciones de pago para liquidar por completo esas adquisiciones, incluyendo intereses, más gastos de administración y mantenimiento, por un monto varias veces superior al valor inicial de los inmuebles.

Las cuentas en bancos mexicanos denominadas en dólares, pero nutridas original y mayoritariamente en pesos, se entregaron pesos, no dólares, son del orden de 12 mil millones.

Los llamamos mexdólares, y significan el aspecto más grave de la dolarización de la economía.

Conservadoramente podemos afirmar, en consecuencia que de la economía mexicana han salido ya, en los dos o tres últimos años, por lo menos 22 mil millones de dólares; y se ha generado una deuda privada no registrada, para pagar hipotecas pagar mantenimiento e impuestos, por más de 20 mil millones de dólares que se adicionan a la deuda externa del país.

Estas cantidades sumadas a los 12 mil millones de mexdólares, es decir, 54 mil millones de dólares, equivalen a la mitad de los pasivos totales con que cuenta en estos momentos el Sistema Bancario Mexicano en su conjunto y alrededor de dos tercios de la deuda pública y privada documentada del país.

No negamos que los mexicanos tienen derecho a su dinero y a su seguridad y los bancos la obligación de servir a su clientela, pero lo que individualmente parece inocuo uso de su libertad y protección de clientes, sumado en proporciones tan grandes perjudica al interés general y ello afecta a todos aun a los que se creen beneficiados por su privilegio y que salvo que se vayan y no podrán hacerlo muchos, tendrán que vivir en un país con mayores problemas y con el que no se ha solidarizado.

Si lo hicieran, con una mínima parte de ese capital resolveríamos la crisis transitoria de liquidez de la que vamos a salir gracias a enormes sacrificios económicos y políticos.

En síntesis, la necesidad cada vez más de divisas para que el sector público pagara importaciones y deudas y para que particulares, bancos y compañías sacaran sus capitales o dolarizaran la economía, condujo, consecuentemente, a requerir un mayor crédito externo para abatir dichas presiones.

A finales de 1981 y principios de 1982, todo ello se traduce en un impacto inflacionario en los costos y, al mismo tiempo, en una aceleración del gasto y del crédito externo que, al reproducirse en un ciclo vicioso rápidamente creciente, nos fue haciendo perder el paso en el proceso de deslizamiento del paso y de las protecciones con que lo habíamos rodeado para mantenerlo en estabilidad precaria; pero funcional: control de importaciones con licencias y aranceles, estímulo a las exportaciones, desliz más acelerado, tasas de interés muy altas.

El atractivo de la cuenta en dólares se hizo cada vez más grande para todas las personas con recursos, con lo que el ahorro se dolariza.

Lo que conlleva a que se endeuden en esa divisa las empresas; y paradójicamente sus reservas se constituyan también en mexdólares.

Se da con mucha frecuencia el contradictorio caso de socios de empresas que deben en dólares y que en lo personal tienen cuentas aquí o allá en dólares y/o también inmuebles en el extranjero, con montos muy superiores a toda la deuda del sector privado, empresarios ricos, empresarios pobres.

Con todos esos factores, el proceso inflacionario que venía disminuyendo tras el impacto de costos de la devaluación de 1976, se ve estimulando de manera decisiva por el impacto en costos de tasas crecientes de interés y posteriormente, como efecto, que luego se convierte en causa principal, por las tasas crecientes de deslizamiento de la paridad cambiaria.

El ciclo vicioso, se convierte así en perverso.

Todos estos efectos se nos agolparon desde hace un año, nos hicieron perder el paso.

En febrero de este año, pese a todos nuestros esfuerzos institucionales y de persuasión, el ataque contra nuestro peso fue brutal.

Nuestras reservas de dólares para pagar lo importante, estaban en riesgo de disminuir a extremos peligrosos.

Acordamos el 17 de febrero, retirar al Banco de México del mercado de cambios.

La moneda se devaluó estrepitosamente, interrumpiendo dramáticamente un proceso de crecimiento nacional sin paralelo en nuestra historia.

A partir de febrero nos adentramos a un proceso definitorio, siguiendo las medidas a nuestro alcance que no implicaran cambios radicales en los sistemas y mecanismos establecidos respetando su tradición y el consenso relativo que significaba hasta agotar todas sus posibilidades.

Frente a la devaluación y un contexto internacional cada vez más incierto y sombrío, tomamos medidas defensivas: acentuamos la disminución del gasto público; reimplantamos los controles a las importaciones; acordamos medidas de precios y tarifas del sector público, tan necesarias para sanear sus finanzas; y continuamos elevando las tasas de interés, para defender el ahorro en pesos.

Ante la expectativa de la inflación, en una dramática negociación definida por el estado, se acordó un aumento salarial con efectos no sólo restitutorios, sino precautorios, que fue aceptado por la sociedad sin conflictos, aunque con reservas sobre sus efectos inflacionarios.

Es cierto, la justicia tiene sus costos, que sólo en la comprensión y la solidaridad se enjugan.

Como era natural, la devaluación y su secuencia acentuaron una restricción de la actividad económica que ya se había iniciado desde finales de 1981.

Los impactos sucesivos de la pérdida cambiaria y el aumento preventivo de salarios redujeron la liquidez de las empresas.

La restricción presupuestal, el corte brusco a las importaciones y la parálisis crediticia redujeron la demanda en forma sustancial.

Adicionalmente, el crédito externo se redujo acentuando más aún el proceso.

Puede afirmarse que la economía mexicana se agolpa ahora en la crisis como ante lo hizo en el auge.

Pero se trata de una crisis distinta que la vivida en 1976.

Aquella fue la gran final del agotamiento de una estrategia.