Discurso de José López Portillo en su Sexto Informe de Gobierno
Chapter 2
Pero también advertimos que la grandeza no equivale a fuerza o dimensión y que la asimetría entre Cuba y Estados Unidos obliga a recíproca mesura y responsabilidad.
Las amenazas y el ostracismo y la no aceptación de una realidad con 23 años de existencia no corresponden a la hermosa tradición de libertad y tolerancia del pueblo norteamericano. Insistimos una, otra y otra vez y lo haremos siempre, en la posibilidad razonable de distender el área como precondición para resolver los demás problemas.
Así se explica la propuesta de paz que formulamos en Managua en febrero de este año: es evidente para todos que la alternativa a la negociación era y es, la conflagración regional.
Tratamos, nuevamente, de anticiparnos a los acontecimientos; asumimos nuestra obligación de hacer todo lo posible por alejar la catástrofe.
Diagnosticamos los centros de tensión, propusimos soluciones y canales de comunicación y emprendimos las gestiones necesarias para establecer el diálogo entre las distintas partes.
De este modo, México cumplía cabalmente con su papel de comunicador, de iniciador de contactos y de esclarecedor de posiciones respectivas.
Pero México no puede negociar a nombre de las partes, ni puede obligar a éstas a entablar una negociación que no concuerda con sus intereses, tal y como esas partes los entienden.
El primer balance, pues, del plan de Managua es relativo; por un lado se lograron los contactos, pero éstos no se transformaron, por lo menos hasta ahora, en negociación.
No obstante, un análisis más sustantivo muestra algo de importancia indudable: nadie podrá jamás reprocharle a México el no haber hecho todo para evitar el cataclismo.
Nadie podrá negar que México le ganó tiempo a la solución pacífica y esclareció las posiciones, y sobre todo, quedó claro para el mundo que sí existió y existe, alternativa a la guerra en la región, si hay imaginación y voluntad para impedirla.
Que cada quien asuma sus responsabilidades; México asumió las suyas.
Ahora y desde aquí, cuando vecinos y hermanos parecen incurrir en la provocada debilidad de la fuerza, los exhortamos a conciliación y concordia.
No caigan hermanos centroamericanos en la definición violenta de artificiales diferencias que en rigor lo son de dicotomías hegemónicas, que no son las nuestras; que las juventudes idénticas no se maten y que no se manche la nobleza de nuestras tradiciones latinoamericanas.
Nuestra política hacia Centroamérica y el Caribe no se limita, sin embargo, a los países mencionados.
Con Costa Rica, estrechamos relaciones en todos los terrenos incluyendo, en particular, el de la cooperación económica.
Apoyamos decididamente, desde 1977, la legítima reivindicación de Panamá por establecer su soberanía sobre el Canal que lleva su nombre.
Cuando en octubre de 1979 ahí hablamos en representación de los jefes de Estado de Latinoamérica, sentimos el reconocimiento por esta tradicional posición de México.
Defendimos con firmeza el derecho inalienable a la autodeterminación del pueblo de Belice y, una vez lograda su independencia, hemos desarrollado un programa de cooperación que esperamos fortalezca su autonomía.
Para México, el mantenimiento de buenas relaciones con Estados Unidos constituye una piedra angular de su relación con el exterior.
Cuestión de realidades, no de gustos o caprichos.
Pero no puede haber buenas relaciones con los Estados Unidos si no se basan en primer término, en el respeto.
En la medida en que durante mi Gobierno ha habido respeto mutuo, puedo afirmar que el balance sexenal de nuestras relaciones con Estados Unidos es globalmente positivo, porque mantuvimos el equilibrio imperativo e indispensable, entre el aspecto económico, el propiamente político y el fronterizo, significado este último por el fenómeno de nuestros compatriotas que viven y trabajan al norte del Río Bravo; la cooperación en el narcotráfico y los problemas del contrabando.
En el aspecto comercial, vivimos los efectos de nuestra expansión y de la recesión de nuestros vecinos. Importamos mucho y ellos querían exportarnos más.
Exportamos bastante, pero ellos insistían en que exportáramos de manera distinta: más petróleo y gas, menos bienes manufacturados e intermedios.
Esta contradicción se vio agudizada por otra, de carácter más abstracto: México es hoy ya, uno de los países más desarrollados del conjunto de las naciones en vías de desarrollo.
Nosotros queremos seguir siendo tratados como país en desarrollo y tenemos razón.
Estados Unidos quiere tratarnos como si ya fuéramos una economía subdesarrollada y no carece de argumentos.
El conjunto de elementos de nuestra relación económica con los Estados Unidos - aún, impuestos compensatorios, barreras arancelarias, relación con el GATT, etc.- se enmarcan en el desfase citado y en la transición en curso.
Negociamos lo que era negociable, sin lograr grandes avances, pero sin sufrir tampoco dolorosas derrotas.
Mientras no tengamos un mayor éxito en la diversificación de nuestras relaciones con otros países, no habrá mucho espacio para avanzar en el terreno económico bilateral.
Así son las realidades que tenemos que reconocer.
En materia política, en cambio, se logró una transformación en las relaciones cuya trascendencia no siempre ha sido debidamente valorada.
No se suele entender la importancia radical de un hecho: por primera vez en la historia, México se ha convertido en un interlocutor aceptado y buscado por los Estados Unidos en asuntos no directamente bilaterales.
En el consejo de seguridad de la ONU, en torno a la situación en Centroamérica y el Caribe, más recientemente sobre el conflicto de las Malvinas y finalmente en lo tocante a la ronda de negociaciones globales, México diverge, converge y sobre todo, negocia con los Estados Unidos por el camino de la dignidad, el respeto y la amistad.
Esto nunca antes había ocurrido.
En lo que toca a los mexicanos que emigran hacia el Norte en búsqueda, de empleo que a pesar de los avances aún no les podemos ofrecer en su patria, logramos lo esencial.
No nos prestamos a ningún esquema que restringiera la libertad constitucional, de todos los habitantes de transitar o salir de México.
Aquí no hay muros.
La presencia de trabajadores indocumentados en Estados Unidos, es un problema de demanda real de manos en ese país.
El nuestro, el que hemos luchado por resolver, es el de crear empleos aquí y el de hacer respetar los derechos humanos y laborales de nuestros compatriotas, mientras sigan teniendo que emigrar.
Jamás accederemos a patrullar nuestras fronteras.
Hemos ampliado considerablemente la gama de nuestras relaciones internacionales durante este sexenio.
Sostenemos relaciones diplomáticas con un total de 140 países en todos los continentes.
En ese aspecto el cambio más relevante fue, por supuesto, el restablecimiento de relaciones diplomáticas con España en 1977, lo que suscitó un dramático florecimiento en las relaciones culturales, sociales, económicas y humanas entre nuestros dos países. Nos congratulamos vivamente en ello.
Por el camino de las coincidencias, apoyamos y fuimos apoyados por los países socialistas en iniciativas de paz y de desarrollo, impulso que habrá de fortalecerse.
Con Brasil, Canadá, España, Francia, Japón y Suecia hemos establecido esquemas globales de cooperación económica, que toman en cuenta integrada y simultáneamente aspectos de complementación industrial y tecnológica junto con las relaciones comerciales y financieras como forma mutuamente benéfica de asociarlos de manera más estrecha al desarrollo económico de México.
Este proceso ha tenido buen éxito y nos ayudó considerablemente en los días difíciles de la baja brusca de los precios del petróleo.
El panorama internacional de 1982 no es el que los pueblos del mundo quisieran.
La distensión y la relativa prosperidad del decenio anterior han cedido su lugar a la mayor crisis en las relaciones este-oeste y norte-sur que hayamos presenciado en la posguerra.
México sufre inevitablemente los efectos de esta trágica situación que ya parece escapar a todo control.
Si no pudimos, ni nosotros en la modestia, ni nadie en la fuerza, evitar la crisis global que azota al mundo, la enfrentamos con la serenidad y la confianza que nos brinda la posición de México entre la comunidad de naciones.
Es un buen logro haber dado a México la posibilidad de enfrentar la crítica situación internacional que vivimos en las mejores condiciones posibles: tradición e innovación; respeto y prestigio; consistencia e imaginación; pueblo que apoya y principios que obligan.
Pensamos parafraseando al filósofo, que no es ni racional ni ético aceptar un mundo en el que haya países tan ricos y poderosos que pueden comprar por la riqueza o dominar por la fuerza a países tan débiles que acepten venderse o puedan ser arrollados por la arbitrariedad y la violencia.
Por encima de esa cruel, inaceptable dicotomía, está la alternativa superior del derecho.
En él creemos.
El lugar que hoy tiene México en el mundo es digno y seguro.
Es uno de los mayores orgullos de mi administración.
Antes de referirme a la situación económica que vive el país, en obvio de reiteraciones, pido a esta soberanía se remita a los anexos en los que se complementa este Informe y se amplían, detallan y pormenorizan, los números y estadísticas de los distintos sectores de actividad económica y social.
Para no aturdir la atención, manejaré tan sólo las cifras que ilustran los conceptos.
Todas son comprobables.
Podrá haber algún error; pero ninguna falsedad.
Me voy a referir al tema sin duda más polémico de cuantos pueda tratar: la política económica.
Señor secretario particular está entregando los anexos.
Del modo más directo, solicito se me escuchen mis prejuicios; ni para bien, ni para mal.
No vengo aquí a vender paraísos perdidos, ni a buscar indulgencias históricas.
Con toda honestidad intelectual, vengo a cumplir con un compromiso elemental: decir la verdad, la mía.
Es mi obligación, pero también mi derecho.
Ni todo lo ganamos ni todo lo perdimos.
Un país como el nuestro es mucha entidad para concentrar su destino en una coyuntura, así sea la creada por los poderosos de este mundo.
Seré objetivo.
Quiero referirme a todas las cuestiones que están en las conciencias, los intereses o simplemente en la calle.
A todos quiero contestar porque con todos estoy obligado.
Porque a todos reconozco derecho.
A las preguntas limpias de la gente sencilla; a los gritos de los que hace poco aplaudían; a los reproches de quienes no quieren recoger varas y hace poco tiraban cohetes; a los que quieren seguir lucrando con el riesgo del país amparándose en la desconfianza; a los monólogos de los pontífices críticos.
A los que se me rajaron.
A las dudas de los amigos.
A las condenas de los enemigos, gratuitos porque desde el poder no dañe, ni a nadie ofendí.
Y sobre todo a la gente buena de nuestro pueblo que todavía aplaude y sonríe cuando pasa el Presidente.
Voy a explicar mis decisiones, para dar la cara a los juicios.
Y para que todos nos esforcemos por recordar o entender, momento, devenir, hombre, país y circunstancia.
Es útil a todos el análisis colectivo; el enfrentamiento a la verdad profunda, que después fundamente una acción solidaria y correctiva y no escape vía inmolación ajena, para ganar tranquilidad de conciencia, justificación a la falta de solidaridad, excusa al egoísmo, desahogo a las contradicciones o a los problemas de identidad y aun de lealtad.
Es evidente que los problemas financieros de corto plazo tienen ahora un peso predominante en la atención nacional.
Es explicable; pero no suficiente.
Los acontecimientos de cada día aturden la conciencia.
Por eso conviene recordar, serena, tranquilamente, sin triunfalismos vanos, lo que nos propusimos, logramos y avanzamos y también, lo que no alcanzamos.
Frente a la situación en que se encontraba el país, al inicio de mi responsabilidad; su contexto internacional y las perspectivas de su futuro desarrollo, decidimos, una vez restaurada la economía, optar por un rápido crecimiento económico, a fin de ensanchar las oportunidades de empleo, única fórmula en un país en desarrollo, para cubrir las necesidades básicas de su población y manera principal de iniciar el proceso de justicia en la distribución del ingreso; no hay otra.
Ello implicaba instituir por primera vez en nuestra historia un plan totalizador que propiciara expansión económica acelerada, aprovechando todas las circunstancias favorables, porque en México la oportunidad y el tiempo tienen otra dimensión que en los países ricos.
Nosotros debemos saltar hacia adelante.
La corriente internacional contra los débiles.
Es demasiado fuerte como para nadar pausadamente.
Retrocederíamos.
Y saltamos fuerte.
Crecimos.
Ese es un hecho.
No lo olvidemos.
El salto tiene riesgos, los estamos enfrentando.
Dejarnos llevar por la corriente, hubiera tenido otros.
Los hubiéramos pagado.
Importa el saldo y la base creada para seguir.
La vida siempre empieza mañana.
Es evidente que crecimiento económico no es sinónimo de desarrollo económico.
Pero es importante no cometer el error opuesto.
El de suponer que es posible obtener desarrollo social, sin crecimiento económico y sin generación de empleos.
También es evidente que pueda formularse la tesis aséptica de aspirar a un crecimiento de la economía sin incurrir en lo que se califica como el romanticismo de querer combatir la pobreza y la marginación.
Hubiéramos podido, en efecto, haber optado, como lo hicieron muchos países, por una política de restricción económica, con la idea de guarnecernos de los embates de la desquiciante situación internacional, que hemos estado padeciendo desde hace ya más de diez años.
La experiencia de quienes así lo hicieron nos muestra que hubiera sido un sacrificio infructuoso: desempleo, recesión, debilidad política, dependencia creciente, injusticia y represión galopantes y aún así la persistencia inexorable de la inflación.
Lo que hoy tenemos a la vista nosotros los mexicanos, da la dimensión de lo que ese sacrificio hubiera significado.
Nos hubiéramos mantenido con los problemas que teníamos, sin los logros materiales, sociales y políticos que alcanzamos y que son la base real del futuro del país y punto de apoyo para salir de ésta y cualquier crisis.
El freno de la inversión hubiera implicado privaciones inaceptables, ya que eran posibles de evitar.
El rumbo adoptado nos permitió avanzar en la senda del crecimiento y de la justicia social, a pesar del costo, que, de todas maneras, la gran mayoría de los países del orbe tuvieron que pagar.
Aun los que no avanzaron.
Nosotros sí avanzamos.
Como todos, ahora tenemos serios problemas financieros, y un gran debe; pero como muy pocos aprovechamos la oportunidad y nos lanzamos al progreso y tenemos también en nuestros activos, un gran haber.
La diferencia estriba, tal vez, en que los mexicanos no estamos todavía cabalmente acostumbrados a entender la vinculación que con los fenómenos universales necesariamente tiene ya un país tan grande como México.
Y no sólo cerramos el círculo de responsabilidades, sino que hacemos corto el circuito de entendimiento y ante lo que no comprendemos o admitimos, por conveniencias políticas o ideológicas explicables, sentenciamos culpable al gobierno, con lo que quemamos resistencias y se nos apaga la luz.
Nada ganamos con cazar brujas oficiales y mucho con hacer conciencia y asumir responsabilidades solidarias.
Recordemos para ello, que desde finales de los sesentas los países avanzados descubrieron que después de más de 20 años de crecimiento sostenido sin inflación, el dinamismo se erosionaba en una magnitud temiblemente similar a la observada en 1930.
Había pasado la época dorada de los tratados de la segunda posguerra.
Correlativamente, la economía mexicana disminuía su ritmo de crecimiento.
La estrategia asumida en los cincuentas, mostraba claros síntomas de agotamiento, reflejándose en una incapacidad creciente para absorber la mano de obra que inexorablemente arrojaba el aumento de población.
El llamado desarrollo estabilizador, cumplida su importante etapa, no daba más de sí.
Denunciarlo y criticarlo, sin superarlo, era actitud vergonzante.
El reto era planear una nueva estrategia de crecimiento, concebida en tres bianualidades: recuperación, que logramos antes; consolidación y crecimiento acelerado, que se traslaparon.
Como es obvio, no era factible transformar y modernizar en seis años la estructura económica de una nación.
El objetivo era marcar la dirección que permitiera a México eliminar el desempleo y la marginación, favorecer la elevación del nivel de vida de la población, en lo económico, social y cultural, democratizar el sistema político, fortalecer el federalismo, revertir la tendencia demográfica, tanto en lo cuantitativo, como en su distribución, bajándola del altiplano, a las rampas costeras y puertos industriales.
Eso implicaba conducir las contradicciones existentes, hacia una evolución armónica y productiva, frente a un mercado internacional desfavorable que nos hacía caer en la trampa del financiamiento; debíamos no sólo buscar y lograr tasas elevadas de crecimiento, sino dar prioridades sectoriales, regionales y sobre todo sociales a la actividad económica, convocando para ello a obreros y empresarios.
A esta estrategia la llamamos Alianza para la Producción.
Sus prioridades han sido alimentos y el Sector de la Energía.
Como sustento de ambos, debíamos impulsar la fabricación nacional de maquinaria y equipo de demanda.
Pero asegurar el desarrollo de estos sectores llevaba implícito lograr que éste alcanzara niveles de eficiencia y productividad, congruente con la tecnología moderna.
De ahí la necesidad de llegar a niveles de producción que aseguraran bajos costos, mediante volumen, sin sacrificar salarios y niveles de vida, especialmente el rural, como ocurría con la política de sustitución de importaciones, que agotó su esquema y empobreció brutalmente al campo.
Esta Estrategia Nacional, la alianza para impulsar el desarrollo y transformar la estructura productiva, requería, como condición adicional, reducir gradualmente la limitación del financiamiento externo, mediante la consolidación de un flujo de exportaciones permanentes, menos susceptibles a las fluctuaciones de demanda y precio que las materias primas tradicionales de los países atrasados.
Ahí estaba el petróleo.
No había además otras alternativas para un desarrollo con independencia y para la justicia, ya que la historia de la última década muestra que sólo el petróleo o la transnacionalización y los paraísos fiscales, permitieron el crecimiento acelerado en países en desarrollo.
Evidentemente, esta segunda no era una opción para México, y resignarnos a no crecer, resultaba suicida.
El petróleo era el único que podía generar recursos excedentes para aplicarlos a resolver el resto de nuestros problemas.
El petróleo, que se agota, lo sembraríamos para generar otros recursos que no se agotan.
Desde nuestra campaña política decíamos que, como país en vías de desarrollo, estábamos entrampados en el financiamiento; que no podíamos desarrollar nuestros recursos porque no teníamos financiamiento y no teníamos éste porque no habíamos podido desarrollarlos.
El precio del petróleo en la coyuntura internacional, fue favorable en ese momento.
Nos permitió romper el círculo vicioso.
Lo hicimos conscientes de los riesgos; de que entrábamos a un juego internacional, peligroso, a otro nivel de participación, iniciativas y responsabilidades, posiblemente inseguro; pero era nuestra oportunidad.
Teníamos que aprovecharla y lo hicimos.
Retardar la decisión de usar nuestro petróleo como fuerza central del financiamiento de nuestro desarrollo, hubiera sido no sólo una cobardía, sino una tontería.
No entrar a la lucha por nuestra autonomía, nuestro desarrollo y por un lugar digno y de pie en el mundo y ante nosotros mismos, no es alternativa para un país de hombres y mujeres recios como los mexicanos que estamos escribiendo una gran historia.
No aprovechar la breve oportunidad que nos ofrecían las circunstancias de conseguir crédito para construir nuestras instalaciones petroleras e industriales a una velocidad que ningún país del mundo ha logrado y además exportar petróleo en las condiciones excepcionales y breves que se nos presentaron, hubiera implicado miopía y estupidez.
Peor aún: hubiera significado que quizá no volviéramos a tener oportunidad de financiar esa expansión y estar en capacidad pronta de exportar crudo.
¿Quién ahora con el mercado petrolero reprimido, nos prestaría para instalar nuestras plantas?
¿A qué ritmo podríamos construir una plataforma de producción y exportación de petróleo?
¿Qué facilidades de crecimiento en otras áreas?
¿Qué divisas nos estarían entrando en estos momentos?
¿Cuántas nos hubieran entrado o cuántas salido?
Tomé la decisión de lanzar al país para salvar la trampa que un mundo hostil, ordenado por los países poderosos para su propio beneficio, le tendía permanentemente a los países subdesarrollados.
Y la decisión se convirtió en acción de todos, sector público, privado y social.
En estos años duplicamos, prácticamente, nuestra planta industrial y reactivamos fundamentalmente al campo.
Tuvimos que aprovechar el momento propicio, una verdadera rendija, para lanzarnos adelante y escapar de la trampa.
De ello debemos estar profundamente orgullosos.
Hay que entenderlo.
Ahora tenemos más y mejor infraestructura, tenemos capacidad organizada y un lugar preponderante en el mercado comercial y financiero del mundo, porque previa y oportunamente desarrollamos nuestras instalaciones petroleras, no sólo sin abandonar, sino fortaleciendo las otras actividades.
Se trataba de transformar un recurso perecedero en fuentes permanentes de empleo y producción; en una base económica capaz de sostener con dignidad no sólo a la población actual, sino a las futuras generaciones, lo subrayo, a las futuras generaciones.
De ahí surge el concepto de plataforma de exportación, de la limitación de petróleo exportable no en función de la demanda externa, sino de la capacidad del país para utilizar ese petróleo como pivote que permite mayores recursos del exterior, la seguridad energética de la Nación, la posibilidad de crear nuevas industrias y acelerar el ritmo de generación de empleo.
En la coyuntura de México en 1977, con una economía postrada por la magna inversión de los años anteriores y el impacto de la crisis económica de 1976, la nueva estrategia de desarrollo abrió el horizonte.
El énfasis en la agricultura y los productos básicos; en la industria y la producción de maquinaria y equipo; en la transformación de la estructura económica con mayores oportunidades de empleo; mejor nivel de vida y marginación decreciente dieron un nuevo impulso al país.
El petróleo ha sido el medio para acelerar el logro de las metas, el catalizador que permitió acortar el tiempo, acelerar el ritmo.
La crisis conllevó el riesgo de retroceder, pero también brindó la oportunidad de corregir y avanzar, de recuperar la confianza y consolidarla.
Mientras la economía mexicana despertaba de su letargo, la economía mundial y, en especial la Europea y Norteamericana, se adentraban en recesión cuya duración y profundidad nadie había vaticinado.
El estancamiento inflacionario se convertiría poco a poco en la tónica del país tras país.
La estructura productiva mundial se vio crecientemente sujetada por una estructura financiera injusta y obsoleta que clamaba como único remedio a la crisis creciente, la restricción y el desempleo.
Ese contexto internacional, y las presiones que de él emanaban, planteaban a México, una estrategia substancialmente diferente, que no aceptamos; pero que sufrimos como presión: