Discurso de José López Portillo en su Sexto Informe de Gobierno
Chapter 1
Sexto Informe de Gobierno del presidente José López Portillo. 1 de septiembre de 1982.
Discurso del Lic. José López Portillo, al abrir el Congreso sus sesiones ordinarias, el 1 de septiembre de 1982. Honorable Congreso de la Unión:
Rindo mi sexto informe de Gobierno ante esta renovada pero idéntica soberanía.
Están aquí, representadas por ustedes, ciudadanos legisladores, las fuerzas ideológicas de nuestro pluralismo nacional, y legitimada su lucha mediante un proceso permanente y perfectible que pueblo, gobierno y organizaciones, hemos instituido como reforma política.
Estamos aprendiendo a transitar, no sin problemas, de un gobierno de mayorías absolutas, a otro en el que de manera garantizada concurren las minorías.
Recientemente y para culminar el procedo de la ley de amnistía, se beneficiaron las últimas cuarenta personas que se hallaban en el supuesto de esta norma, que cumple así sus propósitos como importante capítulo de la propia reforma política.
Disidencia radical ya no es disolución social, sino posible integración de oposiciones.
Protesta ya no es necesario sinónimo de violencia y delito, sino puede ser cuestionamiento encauzado y fértil.
La voz de la inconformidad salió de la clandestinidad y libre se multiplica, garantizada como derecho a la información, respetada como libertad de expresión, de prensa y sobre todo, como seguridad al uso de medios masivos de comunicación.
Las calles están abiertas a las reuniones y manifestaciones públicas de toda idea, cuestión e interés.
Se disiente, se discute, se discierne en el respeto y la tolerancia.
Esa es la democracia y en ella el pueblo resuelve y vota.
Y votó y aquí estamos.
Aquí están, y en buena hora, con voz, voto y fuero, críticos radicales y nuevos opositores, bienvenidos.
También están los miembros de mi partido.
Un abrazo solidario y una consigna: sigan haciendo los cambios revolucionarios desde las instituciones, lo mismo en la calma que en la tormenta.
Todo termina.
Todo empieza.
Ustedes, nuevos representantes del pueblo en el Poder Legislativo, asumen hoy la responsabilidad de un nuevo tiempo.
Podrán convertir sus convicciones de decisiones, como oportunidad legitimada de servicio al bien de la República.
Hoy, por mi parte, dirijo el último mensaje a la nación desde su más elevada tribuna.
Pronto terminará el mandato que me otorgó el pueblo y el término definitivo de mi vida pública a la que entregué toda mi voluntad y buena fe, en afán de servir, de ser útil en la comprometida función de tomar decisiones ejecutivas frente a alternativas en ocasiones dramáticas, ocurridas en tiempos difíciles, ante las cuales no pueden optarse por un imposible bien, sino por un viable mal menor.
El recuento de lo cumplido y su claro oscuro, aquí lo haré.
El balance último de nuestra gestión será obra de la historia.
La angustia ante ella, mi preocupación más íntima; pero al fin de cuentas poco importa el destino, la imagen o el prestigio individual de un hombre y la suerte que la posteridad le depare.
Lo que importa es que se salve nuestro patrimonio común de instituciones y esperanzas.
Y éstas, entendidas como próxima responsabilidad, como renovación de tiempos, principios, tareas y expectativas para este gran país, están radicadas en el Presidente electo de los Estados Unidos Mexicanos, aquí presente.
Para usted ciudadano Miguel de la Madrid Hurtado, mi fraternal saludo y los votos por que cumpla mejor que yo, las recias responsabilidades de servir a México.
LLegará al poder en una de las horas más difíciles de la Historia Universal Contemporánea.
Cuenta con una absoluta e indiscutida legitimidad política; pero habrá de necesitar el apoyo efectivo y permanente de todos los mexicanos.
Por mi parte, cumpliré mi intransferible responsabilidad hasta el último día de mi mandato.
Ofrezcamos al nuevo gobierno las mejores condiciones posibles para emprender su tarea.
Hagámoslo por el bien de todos.
Ahora podemos afirmar que los poderes de la Unión son el efecto de la Reforma Política cuya importancia no exagero por haber sido su iniciador responsable; la reconozco así, porque recibió el refrendo total del pueblo, y porque abierta está al proceso de su perfeccionamiento.
En estas oscuras épocas de bárbaros regresos, progresamos en la democracia como sistema de nuestra vida nacional.
Pocos países del mundo pueden dar un ejemplo de riqueza plural y participación electoral como el ocurrido el 4 de julio de este año.
Estoy satisfecho y orgulloso, como debemos estarlo todos los mexicanos, que fuimos protagonistas y testigos.
Quien ejerció su derecho fundamental, su sencillo derecho a votar, tenga la certidumbre de que se respetó y que los procesos se cumplieron como supuestos en la norma, incluidas irregularidades y aun violaciones que se resolvieron legalmente.
Aquí están todos los que son, en la legitimación certificada y no están los que no pudieron ser.
Que no opaquen el triunfo de la democracia la inconformidad estéril de quienes habiendo tenido la oportunidad, no llegaron.
El pueblo no lo quiso.
Nos explicamos los esfuerzos de sobrevivencia política de algunos.
No admitamos que deseen lo fundamental.
Dentro de la práctica normada por la Reforma Política, a tiempo y en debida forma se han renovado la mayoría de los ejecutivos y congresos locales y de ayuntamientos.
En toda la república las minorías han encontrado expresión y la pasión de su disidencia se ha vuelto deber institucional.
Y así, afirmo: la Reforma Política fue un logro estructural irreversible.
La misma sabiduría del pueblo aceptó otra grave decisión estructural básica; tal vez la más comprometida que la nación ha tomado como el fin último de nuestro proyecto nacional: disminuir en el sexenio como lo hicimos, el incremento poblacional del 3.6% al 2.5%, al mismo tiempo que la mortalidad descendió en estos últimos 5 años del 8.5% al 7.5%, con aumento de la esperanza de vida de 64 a 66 años.
Se concilió la necesidad, con el respeto a la libertad de la pareja que ha resuelto el número y espaciamiento de su prole.
Fue otro logro estructural que puede convertirse en irreversible.
Avanzamos, de mantenerse esta tendencia decreciente, podremos esperar que para el año 2 000 seremos alrededor de 100 millones de mexicanos en vez de 130.
Grave decisión ética entre lo cualitativo, y lo cuantitativo.
El nivel de vida, el desarrollo social, frente al aumento inmoderado de población que lo hacen imposible en este mundo lleno de contradicciones y limitaciones.
En este momento de aturdimiento, tal vez no lo valoremos en su cabal importancia.
Para México, se trata de su futuro: cuántos mexicanos debemos ser.
Hemos sido celosos en garantizar a los extranjeros que ingresan al país la amplia libertad y derechos que consagran nuestras leyes y de modo especial el mantener vigente el derecho de asilo, ejercido cada vez con más frecuencia en la medida que se cierran las opciones democráticas en otros países.
Con las Naciones Unidas establecimos la Comisión de ayuda a refugiados.
Ningún mexicano está asilado en embajada o país extranjero.
Mantenemos así nuestra vocación de paz para garantizar los derechos humanos de los que padecen persecución por sus convicciones políticas.
Aquí no sólo las respetamos.
Las consideramos opciones institucionales para el pueblo de México.
Aquí están.
Realizamos un esfuerzo simultáneo y sistemático en toda la nación, para rehabilitar y hacer más eficaz la función del ministerio público, voz del pueblo en la administración de justicia que no es, ni por su fin ni por su propósito fundamental, castigar.
Una sociedad es tanto más sana, cuanto menos se vea en la necesidad de resolver en justicia conflictos y controversias.
Aquella lo es más efectiva cuando la sociedad vive la norma como normalidad.
El castigo, la sentencia, es función conmutativa indispensable en el conflicto, que en sí mismo es indeseable.
Ahora la función del ministerio público y su trabajo eficiente tiene otra fisonomía.
Se ha humanizado la actitud de las personas que lo ejercen y se ha obtenido en diversos órdenes la invaluable colaboración de la ciudadanía en concurrencia cívica sin precedente, que con vigor se proyecta hacia el futuro.
Fue un logro en proceso perfectible.
Avanzamos.
Llegamos a 1982 con nuestras instituciones armadas en tierra, aire y mar, cada vez más profesionales, modernas y eficientes.
A lo largo del sexenio he convivido con ellas y satisfecho he asistido a su mejoría sustancial, progresiva y constante.
Es asombroso lo que se alcanzado con los prepuestos asignados, manejados no sólo con honradez, sino con imaginación y creatividad, que se hace evidente en sus construcciones de alta calidad, a costos increíblemente bajos; su cada vez mejor industria militar de equipos y vestuario, a su preparación intelectual y física, a las ya dignas excelencias del servicio militar.
Frente a los retos de la ampliación de la Zona Económica exclusiva y los crecimientos de nuestras actividades comerciales y pesqueras y de construcción naviera, nuestros marinos han sabido responder con gallardía.
Las funciones castrenses han auxiliado a la población civil en casos de necesidades públicas, no sólo con riesgo, sino con el sacrificio de su vida.
Conmovido, aquí recuerdo, como ejemplo, la patrulla del Ejército cubierta por las cenizas del Chichonal, cuya erupción creó modalidades operativas sin precedente a las que la adaptabilidad del Ejército halló óptimas respuestas.
Nuestro agradecimiento a su heroísmo y eficacia, que se hace extensivo no sólo a la lucha contra los siniestros sino a la construcción del progreso nacional, sin cuyo apoyo no se concebiría.
Asimismo debemos mencionar la lucha contra el cultivo y tráfico de estupefacientes que constituye en el mundo, ejemplo sin paralelo.
Todos los años lo hemos dicho; grave sería que en uno, no pudiéramos repetirlo.
Puedo afirmar que hoy tenemos mejor Fuerza Armada que antes, nutriente y nutricia de nuestras instituciones; coadyuvante a la serenidad social; fruto innegable del desarrollo autónomo y la convencida lealtad institucional de sus miembros.
Teniendo como responsabilidad la seguridad nacional, no es reducto para escépticos, para claudicantes o para quienes suspiran por el extranjero.
Es bastión de lealtad que cumple eficientemente con su deber, emocionadamente con su compromiso y disciplinadamente con su tarea.
Constituyen nuestros Institutos Militares y Navales un logro irreversible de la República.
Mi agradecimiento más convencido a su lealtad, generosidad y patriótica entrega.
Ahora para todos es evidente la interrelación del mundo contemporáneo.
Los problemas interiores de México, como los de todos los países y de modo especial los que están surgiendo, no se puede resolver, ni siquiera plantear fuera del ámbito internacional envolvente.
Los vasos comunicantes de la política y la economía, transmiten presiones y buscan niveles que tarde o temprano afectan al conjunto y a las partes.
El mundo actual en lo económico vive la ruptura del sistema impuesto por los triunfadores de la segunda Guerra Mundial, para ordenar el mundo a su imagen y conveniencia.
Mantienen la fuerza de su liderazgo; pero éste ya no es eficaz.
Ya no hay el orden que, bien o mal, lo justificaba.
Ellos mismos después de veinte años de estabilidad, rompieron la disciplina, en un proceso de deterioro que empezó con la sobresaturación del dólar como divisa; sus problemas con el oro; siguió con la inflación, se agravó con las competencias y sus reacciones y represalias y ahora se expresa en el desorden monetario, financiero y comercial en el que vivimos y en el que ya ni los aliados se entienden.
Las diferencias económicas entre los países ricos norte, y los pobres del sur, se agrandan y complican, como hasta el cansancio lo hemos dicho, con las definiciones ideológicas alternativas, la pugna hegemónica este- oeste, que especialmente ahora ensombrece el panorama y se radicaliza.
Hasta 1979 vivimos los años de la distensión.
Las dos superpotencias, nunca amigas, habían llegado, sin embargo, a una serie de entendimiento, unos explícitos y otros implícitos, en el terreno político y aun en el Militar.
La carrera armamentista nunca se detuvo de verdad, pero los importantes acuerdos sobre misiles antibalísticos de 1972, unidos a la larga negociación de Salt II, finalmente coronada por el éxito, hicieron cobrar esperanzas de que finalmente los gobiernos habían percibido lo que sus pueblos ya sabían:
La genuina seguridad y la paz se logran mediante el desarme y el progreso y no el rearme sin límites y la recesión.
El mundo se empezaba a acostumbrar y a gozar de los beneficios de 20 años de distensión, cuando intempestivamente, de un año para otro, la situación empezó a deteriorarse aceleradamente, al grado de que hoy vivimos quizá la época de mayor tensión, crisis y peligro desde el final de la guerra.
El rearme se ha desenfrenado y a él se sacrifica el sistema económico mundial. Las zonas de conflictos armados se han multiplicado.
Todo ello directa o indirectamente a todos nos afecta.
Es claro que no podemos arreglar la casa, ni en ella tomar decisiones ciertas, cuando la corriente exterior, fuera de nuestro control, nos empuja, nos precipita o nos detiene.
Por ello mi Gobierno acordó pasar de ser un espectador prestigiado por sus principios y su fino criterio, a ser un actor con una trayectoria definida por su propia actuación.
Así, además de la mera invocación de ciertos postulados internacionales que son consustanciales a México -autodeterminación y solución pacífica de controversias, no intervención y prohibición del uso de la fuerza- y que constituyen el aspecto tradicional y fundamentalmente defensivo de nuestra política exterior, decidimos adoptar una actitud activa y dinámica ante el mundo, en vez de esperar pasivamente su deterioro.
Esta era la actitud que mejor correspondía a los intereses de México contemporáneo y a las aspiraciones de nuestro pueblo.
Asumo con el mayor orgullo la responsabilidad de esta elección.
A casi seis años de distancia afirmo con emoción que la voz de México, siempre tan escuchada y respetada, es hoy piedra angular de la esperanza activa de la razón en los asuntos internacionales.
En todos estos años, dimos fuerte apoyo a las Naciones Unidas, que a pesar de sus imperfecciones representa el mejor instrumento jurídico- político de que ha sabido dotarse la humanidad, no sólo para mantener la paz, sino para establecer la cooperación entre las naciones.
Así, continuamos la lucha iniciada dignamente en el gobierno anterior, por el establecimiento de un nuevo orden económico internacional más justo.
En su seno, lanzamos dos grandes iniciativas relacionadas con temas vitales para la humanidad.
La primera, el Plan Mundial de Energéticos, propuestos en 1979, plantea la racionalización de la producción, de la distribución y del consumo energético, en preparación del tránsito ordenado entre dos eras energéticas de la humanidad.
Hoy, cuando las condiciones han variado, el Plan Mundial de Energía cobra nueva vigencia, frente al desorden en precios, abandono de proyectos de desarrollo y de fuentes alternativas de energía.
La otra iniciativa de mi Gobierno es esta materia, fue la Reunión en Cancún de veintidós Jefes de Estado o de Gobierno representativos del norte y del sur, con el fin de dialogar sobre las relaciones económicas entre las dos mitades del mundo y de que se subrayará la voluntad política de sus pueblos para hacerlas más justas.
Aunque la sola reunión fue uno de sus logros importantes, preciso es reconocer que el consenso deseado no fue pleno, pero aún en la intransigencia de algunos países del norte, se demostró que el diálogo era posible y conveniente, que no toda reunión entre norte y sur caía en el enfrentamiento, que sí podía existir un "espíritu de Cancún" y un sentido de responsabilidad en la negociación.
Este logro ha dejado huellas; de alguna manera el reciente acuerdo tomado por los siete grandes países industrializados en la Reunión de Versalles sobre el comienzo de las negociaciones globales, es resultado del "espíritu de Cancún", así como el reciente acercamiento entre India y los Estados Unidos de Norteamérica.
México, país frontera, conjugó a ambos términos sin enfrentamientos y sin polarización.
Demostró y acrecentó su presencia activa en el mundo de hoy, como interlocutor aceptado y respetado por todos.
Queremos enfatizar ante esta soberanía que, con estas iniciativas, buscamos afuera las soluciones que adentro no podemos dar a los problemas que nos aquejan, monetarios, financieros, comerciales, tecnológicos. No nos cruzamos de brazos.
Luchamos en todos los frentes.
Otra muestra patente de la nueva actitud dinámica fue nuestra elección y participación en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
A pesar de haber sido fuertemente requerido, México se había rehusado a presentar su candidatura desde 1946, porque entrañaba riesgos.
Ciertamente una presencia activa en el Consejo acarrea la posibilidad de serias desavenencias con otros Estados, pero también ofrece la oportunidad de defender causas justas, presentar propuestas conciliadoras y sobre todo, hacer valer y apoyar principios más que países.
Durante los dos años de nuestro mandato (1980- 1981) nuestra participación se caracterizó por su independencia y seriedad.
México se enorgullece de haber participado activamente en la elaboración de la convención sobre el derecho del mar, que puede considerarse como expresión del Derecho Internacional General vigente en la materia y será abierta en el curso de este año.
En el marco del fortalecimiento de nuestra presencia en las Naciones Unidas, mi gobierno decidió firmar y ratificar siete tratados sobre derechos humanos, unos de las Naciones Unidas y otros de la Organización de Estados Americanos, que llevaban ya, algunos de ellos, unos veinte años de estar abiertos a la firma. Mediante su ratificación, el gobierno de México queda obligado, no solamente ante su pueblo, sino ante la comunidad de naciones, a respetar los derechos humanos en los términos de los tratados.
Al pedir la aprobación del senado, hice ver su significación política complemento, y en verdad, parte de la reforma política que ahora vivimos.
A pesar de que la organización de Estados Americanos no funciona adecuadamente para mantener la paz y fomentar la cooperación internacional, mi administración la ha apoyado porque representa un foro en que los países latinoamericanos, a veces, pueden negociar, no bilateralmente, sino en su conjunto, con los Estados Unidos de América.
Quisimos también reorientar nuestra política internacional hacia una zona decisiva, vital para nosotros: Centroamérica y el Caribe.
Las naciones que integran el área son las más cercanas a México desde todos los puntos de vista.
Sabíamos que la situación económica, política y social de los países que componen esta región era explosiva y que, junto al ostracismo de Cuba, constituían un potencial de tensión con los Estados Unidos, que desgraciadamente se ha expresado en actos lamentables.
Tratamos entonces de anticiparnos a la crisis, tanto en el terreno político como en el económico.
Tenemos que conciliar a lo que a veces parece irreconciliable: mantener buenas relaciones de fondo con los Estados Unidos y, al mismo tiempo, postular y desarrollar nuestra simpatía y apoyo a las luchas más nobles de los pueblos del mundo en desarrollo, en particular de la región más cercana a nosotros y a la vez más convulsionada: Centroamérica y el Caribe.
Posible hubiera sido para mi gobierno el expresar nuestra solidaridad con nuestros hermanos centroamericanos y del Caribe en sus luchas sociales, relegando a un segundo plano nuestras relaciones con Estados Unidos.
Pero ¿qué hubiera valido esa solidaridad a la luz de las dificultades, más aún, de la grave crisis que significaría para México el vivir en un constante y desgastante enfrentamiento con los norteamericanos?
Hubiéramos podido dedicarnos a cultivar las relaciones diplomáticas, económicas y comerciales con nuestro vecino del norte, haciendo caso omiso de lo ocurrido al sur del Suchiate.
Pero ¿con qué dignidad podría yo representar a México ante el mundo si así hubiéramos actuado? y ¿con qué fuerza, con qué orgullo podríamos negociar el sinnúmero de asuntos pendientes con los Estados Unidos si nos traicionábamos a tal punto con nosotros mismos?, tomadas por separado cualquiera de las dos responsabilidades son fáciles de asumir.
Lo difícil y a la vez lo imperativo, es cumplir con ambas simultáneamente.
Lo hemos intentado por el camino del respeto al derecho y por el del derecho de la amistad: el reconocimiento de disentir con el amigo honesta y abiertamente.
Sobre Centroamérica hemos insistido en que las pequeñas y frágiles economías de los países del área, deterioradas por la incomprensión internacional, requieren de una cooperación significativa y sin discriminación política.
Así, en la medida de nuestras posibilidades hemos sido consecuentes:
El acuerdo petrolero de San José que firmamos con Venezuela ha resistido el paso del tiempo y el peso de la crisis.
Entre 1980 y 1982 la ayuda económica de México a los países del área por este concepto ha sumado 700 millones de dólares.
En términos anuales, este monto es idéntico al del plan de ayuda a la cuenca del Caribe propuesto por Estados Unidos, siendo incomparables las capacidades y condiciones de nuestras dos economías.
A pesar de la crisis mantenemos vivos nuestros compromisos, porque queremos decirle al mundo no con palabras, sino con el ejemplo de los hechos, que es posible apoyar el desarrollo de los débiles sin abusar de su situación; sin someterlos a la humillación de admitir intervención o condiciones ideológicas; que es posible ayudar en la dignidad y en el respeto a resolver la desigualdad y la injusticia, sin buscar siquiera, la gratitud.
Eso lo dice un México desfinanciado, que con otro país latinoamericano, Venezuela - que también y como todos, tienen problemas- afronta sus compromisos y, quisiera ver comprometida en forma equivalente a toda la humanidad.
Tratamos como queremos ser tratados.
Esa es nuestra autoridad moral frente a la prepotencia.
En las buenas, pero también en las malas, hemos permanecido al lado de nuestros hermanos nicaragüenses.
Su gobierno, apoyado por su pueblo, le ha cumplido; nosotros lo hemos hecho con ellos, apoyándolos hasta donde hemos podido y cumpliendo así también con nosotros mismos.
Hoy, cuando la incomprensión, la ceguera y la impune arbitrariedad de la fuerza acosan a esa pequeña y sacrificada nación, es orgullo de México poder decir con la razón y el derecho: Nicaragua debe resolver por sí, sus problemas; no la agobien más con presiones económicas; ni la amenacen con intervenciones armadas de disidencias artificiales.
Hay opciones racionales y dignas.
Déjenla en paz.
Parafraseando a Lincoln insisto en que ningún país es suficientemente bueno para intervenir en otro sin su consentimiento.
Junto con el Gobierno de Francia tratamos de impulsar una solución negociada en el caso de El Salvador, que ponga término a la sangría.
Hoy, cuando es ya evidente que ninguna otra solución ha resultado viable, nuestro planteamiento cobra aún mayor realismo, y pasa a ser llamado de alarma: si no hay negociación, puede haber, pronto, demasiado pronto, regionalización.
Hay que evitarla.
Con relación a Cuba desarrollamos la política digna fijada por México desde hace 20 años.
Rechazamos el aislamiento y reforzamos los lazos que históricamente nos unen con ese heróico pueblo.
Desde 1980 proseguimos gestiones discretas buscando el fin de ese absurdo silencio que impera entre dos grandes naciones separadas por apenas 150 kilómetros del mar Caribe.