Discurso de Incorporación de don José Victorino Lastarria a una Sociedad de Literatura de Santiago
Part 2
Mucha verdad es que las lenguas varían en las diversas épocas de la vida de los pueblos, pero los americanos ofrecemos en esto un fenómeno curioso: somos infantes en la existencia social y poseemos una habla que anuncia los progresos de la razón, rica y sonora en sus terminaciones, sencilla y filosófica en su mecanismo, abundante, variada y expresiva en sus frases y modismos, descriptiva y propia como ninguna [3] .Nuestros progresos principian, y por mucho que nos eleve el impulso progresivo de la época presente, siempre tendremos en nuestro idioma un instrumento fácil y sencillo que emplear en todas nuestras operaciones, un ropaje brillante, que con vendrá a todas las formas que tomen nuestras facciones nacionales. Estudiad esa lengua, señores, defendedla de los extranjerismos; y os aseguro que de ella sacaréis siempre un provecho señalado, si no sois licenciosos para usarla, ni tan rigoristas como los que la defienden tenazmente contra toda innovación, por indispensable y ventajosa que sea. Os interesa, pues, emprender la lectura de sus clásicos, y penetrar en la historia de la literatura, a fin de saber apreciarlos y conocer esa poesía, que veréis, valiéndome de la expresión de un crítico, expresiva en su infancia, natural y sencilla, pero ruda, pobre y trivial; después grave, docta y sonora, hasta degenerar en afectada, pedantesca y enigmática; y por fin, grande, majestuosa y sublime, armoniosa y dulce, hasta acabar por hinchada, estrepitosa y sutil. De Garcilaso aprenderéis a expresar vuestras ideas y sentimientos apacibles con candor y amable naturalidad; de De la Torre, Herrera y Luis de León, imitaréis la nobleza, nervio y majestad; de Rioja el estilo descriptivo y la vehemencia del lenguaje sentencioso y filosófico. Descended a los prosistas, y Mendoza, Mariana y Solís os enseñarán la severidad, facundia y sencillez del estilo narrativo; Granada, la inimitable dulzura de su habla para expresar las verdades eternas y el idealismo del cristiano; y por fin, el coloso de la literatura española os asombrará con su grandilocuencia y con las originales graciosidades de su Hidalgo. Estudiad también a los modernos escritores de aquella célebre nación, y hallaréis en ellos el antiguo romance castellano hecho ya el idioma, de la razón culta, y capaz de significar con ventaja los más elevados conceptos de la filosofía y los más refinados progresos del entendimiento del siglo XIX.
Una vez que hayáis aventajado en esa indispensable preparación, creo que ya estaréis capaces de recibir las influencias de la literatura francesa, de esa literatura que sojuzga la civilización moderna, de la cual ha dicho uno de sus campeones del presente día, estas notables palabras: “Desde la muerte del gran Goethe, el pensamiento alemán se ha cubierto otra vez de sombra; desde la muerte de Byron y de Walter Scott, la poesía inglesa se ha extinguido; y a esta hora no hay en el universo más que una literatura encendida y viviente, que es la literatura francesa. De Petersburgo a Cádiz, de Calcuta a Nueva York, no se leen más que libros franceses: ellos inspiran al mundo...” [4]. No podemos excusarnos de reconocer esta verdad, pero es cordura no dejarse deslumbrar por su esplendor: veremos de qué manera deben inspirarnos esos libros franceses tan poderosos. Tres épocas de triunfo ha tenido la literatura de Francia, las cuales han sido caracterizadas por otras tantas escuelas, que, sin ser iguales entre sí, llevan impreso cierto aire de familia que ha causado graves equivocaciones. La dominante en el siglo XVII, que había sido formada, según el respetable Villemain, bajo las influencias de la religión, de la antigüedad y de la monarquía de Luis XIV la dominante en el siglo XVIII, en la cual, por el contrario, influyeron, a juicio del mismo sabio, la filosofía escéptica, la imitación de las literaturas modernas y la reforma política; por fin, la que en nuestros días se ostenta triunfante y regeneradora, la cual, a mi entender está dominada por el vigoroso y saludable influjo del cristianismo, de La filosofía y de la democracia, o en una palabra, sola, la perfectibilidad social. Las dos primeras, sin embargo de su diferencia, tienen entre sí tal consonancia que pudiéramos considerarlas como una sola; y, en efecto, Villemain dice que esas dos épocas tienen sus puntos de contacto, y que los talentos de la una han tenido algunos caracteres de la otra. Como quiera, señores, creo yo que ambas escuelas no merecen nuestro estudio, o en cuanto son dignas de la curiosidad del literato, porque pertenecen a la historia de los progresos del entendimiento humano; pero nada considero menos adecuado a nuestras circunstancias que a literatura de esos tiempos, y de consiguiente nada tampoco menos digno de nuestra imitación. No obstante las diversas causas influentes en aquellas escuelas, señaladas por el ilustre profesor, permítaseme agregar que todavía hay otra más universal que sirve como de eslabón para ligarlas; tal es aquel aire de afectación empalagosa que las domina, conforme al gusto disciplinado de esas épocas, según las conveniencias, usos y espíritu de cuerpo que ligaban a los palaciegos y demás gente de tono de la corte francesa e entonces. Aquel gusto dictaba una crítica severa y absoluta, egoísta, si puedo decirlo, que condenaba sin recurso todos los arranques de la fantasía, por naturales que fueran, cuando no agradaban al rey y a las damas cortesanas, y encadenaba el espíritu forzándolo al escepticismo religioso, y a la finura y ligereza de convención. Todos los grandes ingenios de aquellos dos siglos se vieron arrastrados por tal influencia, y le tributaron ciego homenaje en sus producciones. Ni el severo y profundo Montesquieu pudo salvarse del contagio: el autor de El espíritu de las leyes, de esa obra inmortal, escribió también las Cartas persianas. La república literaria entonces era una monarquía absoluta que extendió su predominio moral a toda la Europa, y hasta nuestros días: hizo más, invadió las regiones del Nuevo Mundo, y propagó aquellos principios exagerados y quiméricos de la regeneración política. Curioso es investigar las causas de tamaño prodigio, pero mi objeto no me permite demorarme en ello.
Empero, la época ha variado, el tiempo con su mano de bronce ha venido a despertar a los hombres para hacerlos más racionales y positivos, para encaminarlos por otro sendero más espacioso. La literatura moderna sigue el impulso que le comunica el progreso social, y ha venido a hacerse más filosófica, a erigirse en intérprete de ese movimiento. “La crítica —dice el juicioso Artaud— ha llegado a ser más libre, hoy que los autores se dirigen a un público más numeroso y más independiente, y por consecuencia debe tomar otra bandera; su divisa es la verdad; la regla de sus juicios, la naturaleza humana: en lugar de detenerse en la forma externa, sólo debe fijarse en el fondo. En vez de juzgar las obras del poeta y del artista únicamente por su conformidad con ciertas reglas escritas, expresión generalizada de las obras antiguas, se esforzará en penetrar hasta lo íntimo de las producciones literarias y en llegar hasta la idea que representan. La verdadera crítica confrontará continuamente la literatura y la historia, comentará la una por la otra, y comprobará las producciones de las artes por el estado de la sociedad. Juzgará las obras del artista y del poeta, comparándolas con el modelo de la vida real, con las pasiones humanas y las formas variables de que puede revestirlas el diverso estado de la sociedad. Deberá tomar en cuenta, al hacer tal examen, el clima, el aspecto de los lugares, la influencia de los gobiernos, la singularidad de las costumbres y todo lo que pueda dar a cada pueblo una fisonomía original; de este modo la crítica se hace contemporánea de los escritores que juzga, y adopta momentáneamente las ideas, los usos, las preocupaciones de cada país, para penetrar mejor en su espíritu...”
En esta definición que acabáis de oír, señores, tenéis delineados con vivos coloridos los caracteres de la moderna literatura francesa, caracteres que se divisan ya adoptados en la española y que más tarde se verán en la americana. La Francia ha levantado la enseña de la rebelión literaria, ella ha emancipado su literatura de las rigorosas y mezquinas reglas que antes se miraban como inalterables y sagradas; le ha dado por divisa la verdad y le ha señalado a la naturaleza humana como el oráculo que debe consultar para sus decisiones: en esto merece nuestra imitación. Fundemos, pues, nuestra literatura naciente en la independencia, en la libertad del genio; despreciemos esa crítica menguada que pretende dominarlo todo, sus dictados son las más veces propios para encadenar el entendimiento; sacudamos esas trabas y dejemos volar nuestra fantasía, que es inmensa la naturaleza. No olvidéis con todo que la libertad no existe en la licencia, éste es el escollo más peligroso: la libertad no gusta de posarse sino donde están la verdad y la moderación. Así, cuando os digo que nuestra literatura debe fundarse en la independencia del genio, no es mi ánimo inspirar aversión por las reglas del buen gusto, por aquellos preceptos que pueden considerarse como la expresión misma de la naturaleza, de los cuales no es posible desviarse sin obrar contra la razón, contra la moral y contra todo lo que puede haber de útil y progresivo en la literatura de un pueblo.
Debo deciros, pues, que leáis los escritos de los autores franceses de más nota en el día; no para que los copiéis y trasladéis sin tino a vuestras obras, sino para que aprendáis de ellos a pensar, para que os empapáis en ese colorido filosófico que caracteriza su literatura, para que podáis seguir la nueva senda y retratéis al vivo la naturaleza. Lo primero sólo sería bueno para mantener nuestra literatura con una existencia prestada, pendiente siempre de lo exótico, de lo que menos convendría a nuestro ser. No, señores, fuerza es que seamos originales; tenemos dentro de nuestra sociedad todos los elementos para serlo, para convertir nuestra literatura en la expresión auténtica de nuestra nacionalidad. Me preguntaréis qué pretendo decir con esto, y os responderé, con el atinado escritor que acabo de citaros, que la nacionalidad de una literatura consiste en que tenga una vida propia, en que sea peculiar del pueblo que la posee, conservando fielmente la estampa de su carácter, de ese carácter que reproducirá tanto mejor mientras sea más popular. Es preciso que la literatura no sea el exclusivo patrimonio de una clase privilegiada, que no se encierre en un círculo estrecho, porque entonces acabará por someterse a un gusto apocado a fuerza de sutilezas. Al contrario, debe hacer hablar todos los sentimientos de la naturaleza humana y reflejar todas las afecciones de la multitud, que en definitiva es el mejor juez, no de los procedimientos del arte, sí de sus efectos.
No puedo resistir al deseo de copiaros aquí los ingeniosos pensamientos con que el mismo autor desarrolla su doctrina. “Puede considerarse --dice-- que la literatura es como el gobierno: el uno y la otra deben tener sus raíces en el seno mismo de la sociedad, a fin de sacar de él continuamente el jugo nutritivo de la vida. Es necesario que la libre circulación de las ideas ponga en contacto al público con los escritores, así como es preciso que una comunicación activa aferre los poderes a todas las clases sociales. De este modo las necesidades, las opiniones, los sentimientos del mayor número podrán a cada momento hacerse campo, manifestarse y refluir sobre los que toman la alta misión de ilustrar a los espíritus o de dirigir los intereses generales. ¡Desgraciada la literatura! ¡Ay de los gobiernos que se colocan fuera de la nación o que al menos sólo se dirigen a clases privilegiadas y no corresponden sino a un menguado número! Interiormente agitado de un principio de vida que no se contiene jamás, el género humano prosigue siempre en marcha, las academias y los gobiernos quedan estacionarios, se atrasan: pronto llega un momento en que la disposición de los espíritus y las opiniones generalmente adoptadas no están ya de acuerdo con las instituciones y con las costumbres, entonces es preciso renovarlo todo: ésta es la época de las revoluciones y de las reformas. La literatura debe, pues, dirigirse a todo un pueblo, representarlo todo entero, así como los gobiernos deben ser el resumen de todas las fuerzas sociales, la expresión de todas las necesidades, los representantes de todas las superioridades: con estas condiciones sólo puede ser una literatura verdaderamente nacional”.
Seguid estos preceptos, que son los del progreso y los únicos que pueden encaminaros a la meta de nuestras aspiraciones; No hay sobre la tierra pueblos que tengan como los americanos una necesidad más imperiosa de ser originales en su literatura, porque todas sus modificaciones le son peculiares y nada tienen de común con las que constituyen la originalidad del Viejo Mundo. La naturaleza americana, tan prominente en sus formas, tan variada, tan nueva en sus hermosos atavíos, permanece virgen; todavía no ha sido interrogada; aguarda que el genio de sus hijos explote los veneros inagotables de belleza con que le brinda. ¡Qué de recursos ofrecen a vuestra dedicación las necesidades sociales y morales de nuestros pueblos, sus preocupaciones, sus costumbres y sus sentimientos! Su ilustración tan sólo os presenta materiales tan abundosos que bastarían a ocupar la vida de una generación entera; ahora nuestra religión, señores, contiene en cada página de sus libros sagrados un tesoro capaz de llenar vuestra ambición. Principiad, pues, a sacar el provecho de tan pingües riquezas, a llenar vuestra misión de utilidad y de progreso; escribid para el pueblo, ilustradlo, combatiendo sus vicios y fomentando sus virtudes, recordándole sus hechos heroicos, acostumbrándole a venerar su religión y sus instituciones; así estrecharéis los vínculos que lo ligan, le haréis amar a su patria y lo acostumbraréis a mirar siempre unidas su libertad y su existencia social. Este es el único camino que debéis seguir para consumar la grande obra de hacer nuestra literatura nacional, útil y progresiva.
No tengo la presunción de aconsejaros, porque ni mis conocimientos ni mis aptitudes me dan titulo alguno para ello: me contento con presentaros en este ligero cuadro mis ideas, apoyadas en la opinión de los sabios escritores que he citado: así las habréis escuchado con más atención. Yo no puedo más que acompañaros en vuestras tareas, para participar de la gloria que vais a granjearos con acometer la empresa de regenerar nuestra literatura. Mutuamente nos auxiliaremos: por el solo hecho de reunirnos hemos contraído con la sociedad un empeño sacrosanto; arrostrémoslo todo por cumplirlo, no sea que las generaciones futuras y la presente nos acusen de haber perdido la ocasión que se nos ofrece para elevar a nuestra patria al engrandecimiento que sus recursos le preparan.
RESPUESTA DEL PRESIDENTE, DON ANACLETO MONTT
Señor:
Animados del vivo deseo de ser en algo útiles a nuestra patria, nos reunimos para poner todo nuestro conato en conseguirlo.
Nuestro primer paso fue la formación de un reglamento que reprimiese el abuso, evitando el desorden, y que reglase la marcha de la Sociedad de un modo firme y durable. Se que habéis leído este reglamento. En él habéis visto (como lo manifiesta vuestro discurso) que nuestro objeto es estudiar la literatura a la par que profundizar las verdades que nos han enseñado nuestros maestros, y adquirir otras nuevas. Mas este trabajo es muy pesado para nuestras débiles fuerzas y no nos quedaba otro medio para llevarlo a efecto que buscar la protección de alguno de nuestros compatriotas ilustrados. ¿Y en quién mejor que en vos podíamos hallarla? ¿En vos, que tantas veces nos habéis manifestado vuestro amor, y que ahora patentizáis vuestro empeño por nuestros progresos? ¿En vos, señor...?, pero no me es posible continuar porque vuestra modestia se ofendería.
Básteme sólo deciros que nuestra gratitud será igual a vuestros beneficios: éstos nos seguirán en el curso de la vida, y en ella nos encontraréis siempre dispuestos a rendiros homenaje.
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[1] Artaud. [2] Larra. [3] Mora. [4] Hugo.
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