Discurso de Inauguración de la Sociedad Económica de Amigos del País

Part 2

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¿Qué reino fue jamás más poblado, más opulento, ni más fuerte que el Egipto, en donde tuvo crédito y dedicación este arte riquísimo? ¿Qué materia o qué facultad cuenta maestros y escritores tan esclarecidos como esta? Los reyes sabios, los famosos generales, los filósofos más profundos, los poetas más célebres, no tuvieron a menos soltar los cetros, las espadas, y los libros, para tomar la pluma y prescribir reglas al cultivo de los campos. ¡Cuánto mejor parece Manlio en su cabaña cociendo las legumbres por su mano, que bañando las tierras de Italia con la sangre de las legiones de Pirro! Y si Washington, peleando por la libertad de su patria, me parece un hijo de Marte teñido de sangre, y cubierto de polvo; recogiendo sus pocas hojas de tabaco en su corta heredad, se asemeja al hermano de Cares, rodeado de placeres y de abundancia. No fueron estos, no, menos héroes en el campo de labor, que en el campo de batalla: en este vencían enemigos, y en el otro dominando sus pasiones, daban reglas de virtud a sus conciudadanos.

Es admirable el aprecio en que el fundador de Roma tuvo a la agricultura. Persuadido de que esta es la única riqueza verdadera, y el origen de todas las comodidades de la vida, quiso que sus vasallos fueran todos labradores, y con este objeto estableció la primera ley agraria sobre el repartimiento de las tierras. Este legislador consideró en su política el cultivo de los campos como la principal y más sólida columna del Estado. Licurgo el legislador de Lacedemonia, sin embargo de no haber tenido las luces necesarias para ver el agravio que hacía a la naturaleza en sus leyes contra los infantes mal formados, y contra la honestidad de las doncellas, supo conocer, que no podría mandar vasallos virtuosos, sin hacerlos primero agricultores.

Entre la multitud innumerable de sabios antiguos que trataron esta materia, y cuyos escritos han podido llegar a nuestros días, aparecen el Gaditano Columela, y el poeta de Mantua. En las obras De re rústica del primero, y en las Geórgicas del segundo, vemos cuanta consideración y cuanto aprecio les mereció a estos grandes hombres un ejercicio, un arte, una ciencia, que hoy abandonamos a la gente que llamamos baja, no dignándonos poner los ojos en aquello mismo por que existimos.

¡Qué lecciones de reconocimiento podíamos tomar aún de aquellos mismos que llamamos bárbaros! Los egipcios, los griegos, y los latinos, penetrados de gratitud por el beneficio de la agricultura dieron el título y adoración de dioses a Osiris, Ceres, Triptolemo, Jano y otros. Su bárbara impiedad contra el verdadero Dios nació de una piedad mal entendida. Los sucesores de Confucio hasta hoy rinden un homenaje debido a la naturaleza, velando sobre la economía de los campos; y el mismo emperador de la China, acompañado de sus sabios, toma un día de cada año el oficio de labrador; ceremonia la más digna de un monarca prudente, que conoce el origen de las riquezas de su estado, y enseña con su ejemplo a no desdeñar el trabajo. El fundador del imperio peruano, el político Manco-Capac redujo naciones enteras al yugo de sus leyes, haciendo conocer a sus vasallos el arte de cultivar la tierra. En fin, nuestros misioneros del Paraguay y de Mainas primero hicieron a los indios labradores, y después cristianos: el primer beneficio que recibían, les disponía el corazón para oír con placer la doctrina religiosa.

Me parece que bastante he dicho para demostrar la necesidad de formar agricultores sabios, a fin de que prospere el primero, y el más vasto ramo de la felicidad de los pueblos; pero nada habría hecho con esta demostración en beneficio de mis semejantes, si no propusiese los medios que me parecen más adecuados para conseguir lo mismo que propongo. Omitiendo esta segunda parte de mis meditaciones, haría lo mismo que aquel médico que reconociendo al enfermo, le ponderase la gravedad del mal que padecía, y se retirase sin ordenarle ninguna medicina: mas antes de entrar en esta parte de mi discurso, trataré de las artes y las ciencias, como de las otras columnas de estado, que acompañan a la agricultura.

De las Artes en General, y de su División.

Las artes tienen por materia los frutos de la tierra, y por objeto el alivio de las necesidades del hombre. Si buscamos la verdad y la justicia en nuestras indagaciones, hallaremos que solo la ignorancia, el orgullo y el vicio pudieron haber autorizado aquella bárbara diferencia que se estableció entre las artes, dándoles a unas el nombre de bajas, o serviles, y a las otras el de liberales, o nobles; pero nada hay más chocante a los ojos de la razón como el hacer más bajo. O menos noble, lo que es más útil, más necesario, más indispensable en el orden social. El filósofo no debe conocer más diferencia en los ejercicios del hombre, que la que hay entre lo útil, y lo perjudicial; ni debe dar el título de noble sino a la virtud, como tampoco debe llamar bajo o despreciable, que todo es lo mismo, sino a lo que está amasado con el vicio. Pretendieron los antiguos dividir las artes en varios ramos, que clasificaron de distintos modos según sus caprichos particulares. Quintiliano las dividió en especulativas, activas, y efectivas; Aristóteles en arquitectónicas y sirvientes; Vitrubio se acercó mucho a la división de Aristóteles; Galeno fue el primero que les dio, a unas el renombre de nobles, y a otras el de bajas; Posidonio estableció cuatro clases, que distinguió con los títulos de vulgares, deleitosas, pueriles, y liberales; Séneca, finalmente, siguió la doctrina de su maestro Posidonio; y todos ellos no hicieron otra cosa que querer lucir su ingenio especulativo a costa del sólido interés de la sociedad, infundiendo el desprecio más bárbaro a los ejercicios más útiles. Por esto vemos tan frecuentemente que estas profesiones se hacen el patrimonio exclusivo de las gentes corrompidas.

Causas que se oponen al adelantamiento de las artes.

En vano se quejan los políticos del paso perezoso con que las artes caminan a su perfección; en vano proyectan medios de adelantarlas, si dejan en su raíz el vicio que se opone al incremento. Levantan con mano justa y generosa el bárbaro anatema que echaron sobre aquellos ejercicios: háganlos dignos de la gente honrada, y estudiosa: honren a los artesanos como lo merece la utilidad de su trabajo, y esto solo podrá más que todas las leyes, que todos los estatutos gremiales, y que todas las penas, que más sirven para convidar al ocio con las dificultades, que para hacer amable la labor. ¿No es una injusticia que nos quejemos de la ignorancia y de la mala fe de los artesanos, cuando nosotros mismos les quitamos el placer que tuvieran en instruirse, y los envilecemos antes de cometer el primer delito? ¿Qué hombre honrado, y de alguna delicadeza abrazará unos ejercicios por sí mismos despreciables? Era necesaria mucha despreocupación, mucha filosofía, para contrarrestar al sentimiento universal, y despreciar los errores consagrados por los pueblos, tomando las cosas en aquel sólido principio de verdad que tienen en la naturaleza, y de que solo son capaces algunos pocos hombres ilustrados.

Es una prueba de la miseria humana el error que los sabios cometieron en el envilecimiento de las artes, error tanto más doloroso y degradante, cuanto más opuesto a la felicidad de los hombres. La razón que tuvieron para ello, fue considerar que todo lo que pedía fuerza corporal era indigno del género humano, y por eso Quintiliano llamó noble al arte de danzar, y bajo el de labrar la tierra. ¿Es esto otra cosa que honrar el ocio, y lo inútil, despreciando el trabajo y la virtud? O yo no entiendo, o estos sabios tuvieron más necesidad de aprender, y más errores que corregir que los mismos ignorantes. Aquí me parece digno de repetirse lo que dijo un sabio de nuestros días: “El noble no lo pareciera, si anduviese descalzo y desnudo: ¿y por qué razón deben ser bajos y despreciables los que tienen en su mano los signos de la nobleza?” ¿El zapatero y el sastre, que nos guardan el cuerpo de las incomodidades de la desnudez, por qué serán menos nobles que el sombrerero y el curtidor? El platero, el relojero, el diamantista, no son tan útiles en la sociedad como los primeros, y sin embargo de esto son los más nobles. Luego los ejercicios más útiles son los más envilecidos; luego lo despreciable está más bien en lo necesario y útil de las obras, que en la fuerza corporal, u otra causa alguna; luego este es el error más grosero y menos disimulable que se ha cometido en el mundo contra los intereses de la sociedad; luego hay una necesidad absoluta de corregirse.

De las artes mecánicas.

No entraré yo ahora en detallar cuales sean todas las artes mecánicas, ni propondré la diferencia que entre estas, y las liberales se ha establecido desde el tiempo de los griegos y romanos; ni menos procuraré apoyar mi sistema con las doctrinas de los autores antiguos. El que guste de adquirir una fastidiosa, e inútil erudición en este ramo, vea la difusísima obra que escribió en España el licenciado Gaspar Gutiérrez de los Ríos, en que hacinó cuantas autoridades pudieran haber esparcidas en su tiempo en inmensas bibliotecas; pero nada más conseguirá que haber leído muchas fojas sin encontrar cosa de provecho. Preocupado este autor con los abusos de su tiempo y con las doctrinas de los antiguos, dice cosas bien diversas de lo que en su intención tenía: él convida al trabajo, pero convida despreciándolo. ¡Que ceguedad! ¡Que locura!

Yo comprendo en las artes mecánicas todos los ejercicios que tienen relación con los principios matemáticos. Esta opinión es del célebre Newton, y es conforme con la verdad y con la exactitud de las demostraciones. Dice, pues, este sabio “Que la mecánica práctica encierra todas las artes manuales que le han dado su nombre; pero que como los artistas y oficiales acostumbran obrar con poca exactitud, se ha distinguido la mecánica de la geometría, refiriendo a ésta todo lo que es exacto y lo que no lo es tanto a la otra”. Esto se convence con el examen de casi todos los ejercicios del hombre: en ninguno se deja de observar cierta medida y combinación sujetas a cálculo, y a demostraciones; en casi todas es esencial el dibujo y parecen auxiliares otros muchos ramos de la física. Lo cierto es que nada existe en la naturaleza sin su carácter y forma diferentes: todo tiene sus leyes particulares; y el variar un cuerpo, dándole nueva forma para nuevos usos, requiere conocimientos varios y combinaciones exactas. En unos casos se requerirá desde luego más talento e instrucción que en otros; pero no por eso se dará un oficio en que no sean necesarios los principios. Todo requiere enseñanza, y sin ella nada puede ser perfecto; esta es una verdad que solo puede contradecirla la ignorancia más supina.

De las artes liberales.

Las artes liberales se llaman aquellas en que trabaja más el entendimiento que el cuerpo del hombre. Estas artes son casi todas ciertos ramos de una ciencia, cuyos principios generales son invariables, aunque pueden admitir nuevos inventos cada día, para facilitar y mejorar sus operaciones. Si quisiésemos reducir a número determinado estas artes, encontraríamos el mismo embarazo que en las anteriores; pues los autores, tanto antiguos como modernos, ni han podido acordarse en este punto, ni sería posible que sucediese en medio de tantos caprichos y tantas pasiones. Baste apuntar algunas de ellas para que sirvan de ejemplo y proporcionen el conocimiento de las demás. Son artes liberales el dibujo, y todas las que de él nacen, como la pintura, la escultura, el gravado; lo son la música, la poesía, la arquitectura, y la agrimensura. Dáseles el nombre de liberales porque están más inmediatas a las ciencias, y porque se quiso denotar con este nombre, que por su excelencia eran dignas del cultivo de hombres libres. Por tanto son efectivamente acreedoras al más alto concepto de lo hombres; mas no por esto debemos realzarlas sobre el desprecio de las mecánicas; pues todas son útiles en la sociedad, y mientras más fatigas cuesten al artista, tanto más dignas se hacen de nuestra consideración y benevolencia. A todas se les debe protección y elogios, y a ninguna interesa para su elevación que se eche por tierra el mérito de la otra. En obsequio de la verdad debemos confesar, que requiere más virtud el ejercicio de cualquier arte mecánica, que ninguna de las liberales. Estas tienen en sí la variedad, que divierte las fatigas; tienen la comodidad de no agitar tanto el cuerpo, y tienen también el atractivo necesario para agradar al mismo tiempo que dan su primera utilidad. Las otras son penosas, exigiendo más trabajo y menos variedad: su monotonía debe exasperar al cabo de algún tiempo, y su excesiva fuerza corporal puede muy frecuentemente conducir a los artistas al término de una corta vida: su constancia y su paciencia debe ser más grande que la de los otros; y así, tan lejos de baldonarlas con la bajeza que no tienen sus profesiones, conozcamos que son dignos de elogios por las virtudes con que oponen un trabajo grande al ocio perjudicial, padre de los vicios. Seamos justos con despreocupación, separemos los estorbos que impiden el paso a la felicidad, conduzcamos al ciego por la mano, y pronto nos veremos en aquella edad de oro, porque suspiran los poetas.

Sobre las ciencias.

Por ciencias se deben entender aquellos conocimientos exactos y demostrables que satisfacen al entendimiento, y dan una nueva extensión al discurso. Tales son la matemática pura, y muchos ramos de la física, como la química, la botánica, la historia natural, astronomía y otros. Con estos conocimientos queda convencido el entendimiento, y puede aun adelantar todos los días sus especulaciones y cálculos exactos. Donde no se da esta exactitud no se da la ciencia, pues donde quiera que haya lugar a la duda, o a la oposición de opiniones, es claro que no se sabe de un modo seguro lo que se ventila; y como el saber se opone al dudar, no se puede decir que hay ciencia donde hay duda, que es hija de la ignorancia. Habiendo ya definido las ciencias, pasemos ahora a sus objetos y sus relaciones.

Se puede asegurar que no hay cosa en la naturaleza que no esté sujeta al conocimiento del hombre, pero también es cierto que no se pueden adquirir estos conocimientos sino por medio del estudio de las ciencias. Estas son el tesoro del entendimiento humano, de donde debemos sacar todos los auxilios de la vida. Solo el hombre nace ignorante en la naturaleza, pero también es él solo el que puede con el estudio abrazar en sus conocimientos cuanto está comprendido entre el cielo y la tierra. El animal más estúpido saca al nacer todo el instinto que debe gobernarle por el tiempo de su existencia: nada tiene que aprender para conservarse y vivir en la esfera de su destino; mas el hombre todo lo ignora cuando nace, y es preciso que pasen muchos años para que adquiera los conocimientos más necesarios para la felicidad: por lo menos debe emplear un tercio de su vida en aprender lo indispensable para conocer al Creador, a la naturaleza, al hombre, a la sociedad, a sus leyes gubernativas, económicas y políticas.

Consideremos que sería muy quimérico querer dar al hombre sin estudio unos conocimientos que solo puede adquirir por los órganos de sus sentidos exteriores. Estos deben llevar a su entendimiento, y a su memoria las ideas de las cosas, para que sujetándolas en el primero al análisis más exacto, se grave después en la segunda el resultado de la operación intelectual. Esta no puede producir un bien, sino por medio del orden metódico que comunican las ciencias; y por consiguiente sin ellas no es de esperarse el pulimento de la razón humana, sujeta más a los errores, que asegurada de los aciertos. Por otra parte, debemos advertir que las ciencias son verdaderamente el resultado de las investigaciones de los hombres por todos los siglos: ellas presentan al entendimiento la esencia de la verdad, alquitarada al fuego de los experimentos y demostraciones, separada del error en que estuvo envuelta muchos años, y libre ya de volverse a confundir en el caos de donde fue sacada.

No sería menos absurdo buscar el adelantamiento de la agricultura y de las artes, sin consultarlo con las ciencias, de donde salen todos los conocimientos. Una conducta semejante debería compararse con el proyecto de fabricar castillos en el aire. Así, el primer paso de favorecer al hombre, debe ser el de ilustrarlo. ¿Cómo habrá quien enseñe a corregir los errores, si no hay sabios que estudien la naturaleza y descubran sus arcanos? ¿Y cómo se darán estos sabios, sin que se proporcione el estudio de las ciencias?

Sobre que deben formarse una academia de ciencias, y una sociedad de amigos del país.

Yo no encuentro otro medio de conseguir la ilustración general en Chile sino congregando a los literatos y sabios en una academia, en donde por los estímulos favoritos del hombre, que son la gloria y el honor, trabajen con eficacia en despreocupar a sus semejantes, comunicándoles las luces de un cuerpo lleno de sabiduría. Los académicos deberían ser necesariamente consumados en alguna facultad, guardándose mucho de no prodigar este honor al favor particular, ni a la pedantería; pues con esta prodigalidad muy pronto se convertiría este establecimiento utilísimo en una tertulia de gentes ociosas y aun perjudiciales. Esta academia deberá tener sus estatutos, formados con las consideraciones necesarias para que prevalezca el grande objeto de su institución. Ninguna clase, dignidad, ni jerarquía; ningún título, ni grado tendrá derecho al honor académico, sino el mérito que le comuniquen al sujeto sus talentos y su ciencia. Pero yo no trato ahora de arreglar un establecimiento superior a mis débiles fuerzas, y así solo me contento con apuntarlo para que se discurra sobre su conveniencia, necesidad y formación. Otros habrá con mejores luces, y más desocupados que yo, para proponer el modo de realizar este útil pensamiento. Ahora paso al objeto principal de este discurso.

La agricultura y las artes en Chile no pueden florecer de otra suerte diversa de la que se ha observado en los países cultos de la tierra. Así deberemos consultar el ejemplar de aquellos, para imitarlos en nuestro país. Ya encontraremos luego formado el plan de beneficencia, sin que tengamos más trabajo que adoptarlo entre nosotros, con alguna corta variación que lo haga más favorable. La Francia, la Inglaterra, la Alemania, la Holanda, la Suiza, la España, los Estados Unidos de América y otras varias naciones cultas nos presentan como el apoyo de sus riquezas a las sociedades patrióticas de hombres cultos, que constituidos en un cuerpo de protectores de la labranza y de las artes, no consultan otra cosa que a extender con mano generosa y activa los medios de conseguir la felicidad de su país.

Persuadido de esta verdad el ciudadano Arnould en su Sistema Marítimo y Político, hace concebir grandes esperanzas de que la España mejorase su situación económica con el establecimiento de las Sociedades Patrióticas que en el año de 1775 se abrieron en Madrid, Toledo, Guadalajara, Segovia, Ávila, y Talavera. Tengo yo en mi concepto por tan bien fundado este sentir del sabio Arnould, cuanto me consta por experiencia el buen suceso de estos establecimientos. La capital del reino de Guatemala erigió una Sociedad económica a mi vista, y gracias al celo paternal de sus meritísimos individuos, cuyos nombres serán siempre respetados, dentro de muy pocos meses hubieron [sic] artesanos que presentaron obras acabadas en su clase; se remitieron a España muestras de cotonias, gasas, y terciopelos de algodón tan excelentes, que temiendo los codiciosos peninsulares se les acabase la introducción de estos, y los demás géneros de su comercio, consiguieron de un rey bárbaro, y de un ministro corrompido, la orden inicua para destruir la sociedad. Esta se destruyó efectivamente, pero como ya estaban echados los cimientos de la prosperidad, duran aun los telares de aquel reino en un pie de perfección que desconoce el resto de la América. ¿Mas quien será capaz de calcular el estado que tendría hoy aquel país, si no se le hubiese precisado a carecer de su Sociedad Patriótica?

Chile podrá conocerlo al poco tiempo de haber tomado este ejemplo tan útil y necesario. Realícese este proyecto de beneficencia pública, y se verá que al momento se empiezan a sentir sus efectos favorables. La humanidad afligida bajo el peso abrumador de las necesidades levantará al cielo sus manos laboriosas, y bendecirá a los autores de su consuelo. El pobre, la viuda, el huérfano, hallarán un protector, y un padre en el cuerpo patriótico que les enseñe los medios de salir de su miseria. El rudo labrador tomará lecciones de sabiduría para sacar del almacén de la naturaleza los dones que le esconde la ignorancia. El artesano humilde será conducido a la perfección de sus artes por el dedo con que la sociedad le señale los defectos que comete, y los aciertos que debe solicitar. Todos los habitantes gozarán de las comodidades de la vida, que proporciona un trabajo bien reglado. Mas es preciso proponer los estatutos de esta sociedad, que debe ser el modelo del orden, y del aprovechamiento. Feliz de mi, si este corto e imperfecto trabajo que he tenido, pudiera contribuir de algún modo al bien de Chile. Yo me tendría por el hombre más afortunado, considerando que había ya cumplido con la primera obligación del hombre de bien y del buen patriota.

Promover el bien de los semejantes.

¡Obligación dulcísima! ¡Acto divino, que es la mejor señal de la semejanza del hombre con su Creador! Baje yo al sepulcro con el consuelo de haber hecho algún servicio a mis hermanos, y no tenga el dolor de morir como los brutos, y los egoístas, que en muy poco se diferencian entre sí.

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