Discurso de Gustavo Díaz Ordaz en su Segundo Informe de Gobierno
Chapter 7
El propio señor Presidente Johnson, en el discurso que pronunció en la ceremonia de descubrimiento de la estatua de Lincoln, entre diversas normas de la política norteamericana respecto de América Latina, afirmó categóricamente el propósito de su gobierno de cooperar, no sólo para estabilizar, sino para incrementar los ingresos que nuestros países obtienen de sus explotaciones tradicionales, principio de elemental justicia por el que tanto hemos luchado.
D. Mejorar las relaciones de convivencia entre las ciudades fronterizas de ambos países.
E. La creación, en México, del Fondo Abraham Lincoln y, en los Estados Unidos de Norteamérica, del Fondo Benito Juárez, para otorgar becas a jóvenes del Hemisferio, que les permitan continuar estudios en los institutos de educación superior de cualquiera de los dos países.
En Río de Janeiro se reunió la II Conferencia Extraordinaria de la Organización de los Estados Americanos, a fin de examinar la conveniencia de reformar la Carta de Bogotá de 1948, constitutiva de esa Organización.
Con toda claridad México expresó que, dispuesto como estaba y ha estado siempre, a cooperar para que se mejoren, de modo de hacerlas más eficaces, las normas que rigen la convivencia entre los Estados Americanos, consideraba que no debían tocarse los principios básicos que figuran en la Carta y que recogen aspiraciones por las cuales los mexicanos han luchado a lo largo de toda su historia; de modo muy especial los que consagran la autodeterminación de los pueblos y la obligación de todos los Estados a no intervenir, ni individual ni colectivamente, en los asuntos internos o externos de otros países.
La postura mexicana fue compartida por todos los Estados que participaron en la Conferencia y fue así como, en el más importante de los documentos aprobados, el Acta de Río de Janeiro, se reafirmaron específicamente todos y cada uno de esos principios cardinales, aprobándose simplemente modificaciones de carácter estructural.
Se logró, igualmente, que no llegara siquiera a proponerse de manera formal la creación de una Fuerza Interamericana permanente, idea que ha sido objeto de franca oposición por parte de nuestro país desde que surgió, en el mes de Mayo de 1965.
México llevó la proposición, que fue aprobada, de crear el Fondo Interamericano de Asistencia para Situaciones de Emergencia.
Se aprobó la Carta Económica y Social de Río de Janeiro, que recoge las principales aspiraciones de Latinoamérica, que tan trabajosamente han ido tomando cuerpo en la última década, tanto en lo que se refiere a la integración económica del área, como a la planificación del desarrollo económico, a la reforma y modernización de las estructuras sociales -en especial por lo que toca a la tenencia de la tierra- , a la cooperación mutua en materia financiera y a la necesidad de que en el comercio exterior, principalmente el de los productos básicos, rijan principios de orden y de justicia que no solamente permitan la estabilización de los precios y de los mercados, sino que hagan posible que los países en proceso de desarrollo, mediante su propio esfuerzo, alcancen niveles superiores de productividad, única forma de elevar el nivel de vida de las mayorías.
La Conferencia Interamericana Extraordinaria encargó a una Comisión Preparatoria, que se reunió en la ciudad de Panamá, los proyectos de reformas que traducirían, en textos concretos, las directivas aprobadas en Río de Janeiro.
Algunas cuestiones que habían quedado pendientes en Río de Janeiro se resolvieron de acuerdo con los puntos de vista que nuestro país sostiene, pero en materia económica los resultados de la Junta de Panamá no fueron satisfactorios, pues los Estados Unidos de Norteamérica consideraron que no podían dar un voto favorable a las propuestas en que coincidieron todos los países Latinoamericanos.
Con objeto de alcanzar fórmulas de entendimiento, se convocó a una reunión de expertos que tuvo lugar en Washington el pasado mes de junio, aprobándose textos que se propondrán a la próxima Conferencia Extraordinaria y los cuales significan un progreso respecto de los que han figurado en la Carta desde 1948.
Sin embargo, debe hacerse constar que esos textos no realizan, sino en una forma incompleta, las aspiraciones que quedaron recogidas en el Acta Económica y Social de Río de Janeiro, documento que sigue en vigor, sino como un Tratado con fuerza jurídica obligatoria, sí como un compromiso político moral de todos los países de América, pequeños, medianos y grandes.
México ha actuado en estas cuestiones primordialmente por convicción, pues gracias a empeños continuados por varias décadas, hemos logrado diversificar nuestro comercio exterior, multiplicar nuestros renglones de ingreso de divisas, y las fuentes de financiamiento exterior, de manera que, sobre todo en lo que se refiere a este último punto, la no inclusión en la Carta de la Organización de los Estados Americanos de algunos de los postulados aprobados en Río, no tiene para nosotros la gravedad que para otros países hermanos.
La promoción del desarrollo económico es tarea indeclinable de cada país y en ella los afanes de su pueblo han de ser la fuerza predominante; sin embargo, no puede ocultarse el hecho de que año con año se hace más grande la distancia entre el bienestar de los países altamente industrializados y el de los países no desarrollados o en vías de desarrollo.
Este es uno de los mayores problemas de nuestro tiempo.
Es el reto a que todos nos enfrentamos, pero muy particularmente los países a los que la naturaleza dotó de grandes recursos que les han permitido el espectacular desarrollo de los últimos tiempos.
México se asocia con serenidad, pero con apasionada firmeza, a los esfuerzos que se realizan para establecer normas que permitan una mayor equidad y una mayor justicia.
Nuestro país ha cooperado con empeño en los esfuerzos para ir sentando las bases para conquistar la todavía lejana meta de la integración económica latinoamericana.
Nuestra nación participó en la reunión de Cancilleres de los países miembros de la ALALC, que tuvo lugar en la ciudad de Montevideo a principios de Noviembre del año último, y entre los diversos acuerdos destacó el que se tomó para fortalecer a la asociación sustituyendo los mecanismos actuales de negociación por un sistema que permita la eliminación automática de tarifas y otras restricciones que existen actualmente.
Hemos hecho la reserva de que en materia agrícola no podemos aceptar compromisos que eventualmente nos impidiesen defender a los agricultores, especialmente a los campesinos que forman el grupo social de nivel de vida más bajo.
La proliferación de las armas nucleares es el peligro mayor que confronta nuestra generación. Se continuaron empeñosamente los esfuerzos encaminados a tratar de lograr la aprobación de un convenio que asegure la desnuclearización de la América Latina, entendida ésta como la ausencia total de estas armas en nuestra área y con el compromiso formal de nuestros países de no producirlas ni aceptarlas bajo ningún título.
Sin disminuir la importancia de los problemas aún no resueltos, confiamos en que será posible superarlos y llegar a un arreglo.
Sabemos que de lograrse, su fuerza sería esencialmente moral pero no estéril:
¡Cuántas veces la historia ha atestiguado cómo la fortaleza moral de un hombre o de un pueblo han evitado grandes catástrofes!
Por nuestra parte, ninguna circunstancia nos obligará a gastar un sólo centavo en la experimentación o producción de armas nucleares; los escasos recursos del pueblo mexicano deben dedicarse a la vida y no a la muerte.
El 31 de Diciembre del año anterior, recibí a un enviado especial del Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, quien tenía el encargo de informarme de los esfuerzos que el Gobierno Norteamericano estaba llevando a cabo para crear -con la suspensión de los bombardeos sobre Vietnam del Norte- condiciones que eventualmente permitiesen negociar la cesación de las hostilidades.
Hice conocer al señor Presidente Johnson el afán pacifista de México y nuestra mejor voluntad para coadyuvar en los esfuerzos para lograr el cese de las hostilidades y el inicio de las negociaciones que pudieran conducir a una solución satisfactoria.
Por los canales diplomáticos hicimos también llegar a los Estados que mantienen relaciones con Vietnam del Norte, nuestra exhortación en el sentido de que no debería escatimarse esfuerzo para explorar con el Gobierno de Hanoi las posibilidades de que se iniciaran las negociaciones que pudieran llevar al cese de las hostilidades.
Como es sabido, las tentativas de paz de principios de año, desgraciadamente no tuvieron éxito y la guerra ha continuado con intensidad creciente.
En reciente visita que hizo a México el señor Secretario General de las Naciones Unidas, tuve oportunidad de examinar con él -lógicamente en forma muy general- , las posibilidades de integración económica de los países latinoamericanos, meta en la que nuestro país se encuentra muy interesado, y los problemas que más afectan a la paz del mundo.
Reconociendo que somos un país sin poderío bélico ni económico, pero con la fuerza moral que nos da la rectitud de la conducta internacional de México, seguida por lustros, ofrecí a nombre de nuestro pueblo la más desinteresada y esforzada colaboración para sumarnos a quienes tratan de lograr que el conflicto de Vietnam pase del campo de la violencia física a la mesa de conferencias, donde impere la razón y no la fuerza.
¡Ningún camino, ninguna fórmula, ninguna posibilidad deben desdeñarse para hallar una rápida solución a este conflicto bélico que perturba la paz mundial y tiene amenazados a todos los pueblos!
Al presentarse situaciones anómalas en algunas Repúblicas del Hemisferio, el Gobierno de México acordó que nuestros representantes diplomáticos permanecieran en los países donde están acreditados, en el ejercicio normal de sus funciones, sin significar por ello reconocimiento de los nuevos regímenes, pues la práctica del reconocimiento es ajena a los principios que México sustenta desde 1930 y que han tomado el nombre del entonces Secretario de Relaciones, Genaro Estrada.
Esta política no contradice nuestra convicción de que la paz y la estabilidad del progreso no vendrán en definitiva sino a través del ejercicio auténtico de la democracia, entendida ésta tal como lo expresa el artículo 3 de nuestra Constitución, no sólo como un sistema político, sino como un esfuerzo constante y firme para mejorar la vida económica, social y cultural de los pueblos en el marco de las libertades individuales y de la creciente justicia social.
Deploramos cuando un país hermano se separa del camino de la democracia, pero creemos que no lo ayudamos a volver a la que creemos es la buena senda condenándolo al aislamiento.
La democracia, como la justicia, como la reforma social, para ser auténticas han de apoyarse en la decisión espontánea de los pueblos.
No pueden imponerse desde el exterior, ni siquiera indirectamente.
En marzo del año pasado, en el Consejo Interamericano Económico y Social, a fin de "dar un impulso político más eficaz hacia los objetivos de la Alianza para el Progreso y acordar los medios más adecuados para acelerar sus realizaciones", surgió la idea de una reunión de los Presidentes de todas las Repúblicas que forman parte de la Organización de los Estados Americanos.
Para el caso de que se realice, he expresado el propósito de asistir, si cuento con la autorización de este Honorable Congreso; pero, al mismo tiempo, he advertido claramente que, como es natural que nuestros pueblos renueven sus esperanzas ante el solo anuncio de una junta al más alto nivel político, sería sumamente grave que de ella no salieran frutos importantes, conclusiones claras, medidas concretas y prácticas para elevar su nivel de vida.
La Carta de Punta del Este recogió, además del importante objetivo de la integración económica latinoamericana, aspiraciones y principios por los que el pueblo mexicano viene luchando desde la Revolución.
Es por eso que México la ha apoyado y la apoya, y acepta su tesis cardinal de que la tarea del desarrollo económico corresponde fundamentalmente a cada país.
Si se habla de una Alianza para el Progreso, es en reconocimiento de lo que la cooperación de todos puede lograr en la lucha contra la pobreza, la enfermedad y la ignorancia.
Las grandes metas ya están fijadas.
Lo que se necesita ahora es traducir los buenos propósitos en normas de acción.
Eso es lo que nuestros pueblos esperarían de una junta de sus jefes de Estado.
Por la solidaridad con los demás países del Continente, el Presidente de México no puede estar ausente de una reunión a lo que concurran los otros; pero esta misma solidaridad y la honrada limpieza con que siempre ha actuado en materia internacional me obligaron a advertir el peligro de una amarga frustración latinoamericana, si los resultados que se obtengan no corresponden a las esperanzas despertadas.
El Ejecutivo enviará para la consideración de este Honorable Congreso, en el período de sesiones que hoy comienza, una iniciativa de Ley para establecer una zona exclusiva de pesca de 12 millas marinas, equivalente a 22,224 metros, lo largo de nuestro litorales.
Esta iniciativa no modificará en forma alguna las disposiciones que, desde 1935, fijaron, conforme a una vieja tradición jurídica mexicana, la extensión del mar territorial de nuestro país en 9 millas marinas.
De acuerdo con las normas internacionales, que México siempre está dispuesto a respetar, la iniciativa pedirá que se faculte al Ejecutivo a fijar las condiciones y términos en que pueda autorizar, por un plazo razonable, a los nacionales de países que tradicionalmente hayan pescado en las aguas adyacentes a nuestro mar territorial, a que continúen haciéndolo.
Las ideas son universales y componen la corriente vital de la historia; pero es ley que cada pueblo debe aprovecharlas de acuerdo con su tradición, su peculiaridad regional y su modo, libremente escogido, de vivir.
México ha formado el caudal de su corriente histórica con todas las ideas, sin entregarse al exclusivismo de ninguna, sino manteniendo intacta su propia substancia.
Nuestra forma de vivir no corresponde exactamente a otras formas de vida en el mundo; es la nuestra, la entrañablemente nuestra, que emana y crece de las raíces más profundas de nuestro ser.
En ella seguiremos creciendo, seguros de que así responderemos a la más pura autenticidad.
En esta hora de estrecha e inevitable interrelación que borra día a día el concepto de frontera, nos toca alentar la solidaridad en el conjunto universal, fundirnos a las luchas esenciales de la humanidad, pero a condición de confirmarnos más, de robustecernos en lo que nos es propio. La patria mexicana es indivisible no solo como unidad geográfica; también y definitivamente, como un todo espiritual.
Es así como México mantiene actualmente las mejores relaciones, en su historia, con todos los pueblos del mundo.
Ciudadanos diputados;
Ciudadanos Senadores;
Ciudadano Presidente de la Honorable Suprema Corte de Justicia de la Nación:
He procurado reseñar hechos; pero tan importante como la objetividad de datos y cifras, es la exposición de los métodos empleados, las metas perseguidas, los resultados alcanzados y los no conseguidos aún.
Estamos obligados no sólo a informar, sino también, con la brevedad que la premura del tiempo exige, a explicar, a reiterar las idea que nos conducen, las razones que fundan las acciones gubernamentales y a prever el curso de los acontecimientos, hasta donde la información disponible y las tendencias observadas lo permiten.
Al rendir el Primer Informe de Gobierno, con honrada franqueza expliqué la situación económica del país, los problemas, tanto de carácter internacional como internos, que habíamos confrontado y la necesidad en que nos vimos de limitar la inversión del sector público para disminuir fuertes presiones inflacionarias.
Debemos repetirlo: hubiera sido temerario que el sector público conservara durante 1965 el ritmo de inversión de 1964.
Con energía y firmeza debía hacerse frente a un pasivo a corto plazo que, de no ser cubierto, colocaba a la economía mexicana en posición vulnerable ante cualquier reacción en materia de precios, demanda de nuestros productos de exportación o disminución de los ingresos de divisas.
Además, hubiera afectado directamente al sector privado puesto que se trataba de adeudos a proveedores, contratistas y banca privada, y hubiera impedido que conservara su ritmo de inversión.
Los sectores privados mostraron absoluta comprensión de los motivos que razonablemente impulsaban al Gobierno a adoptar austeridad y prudencia en su política financiera.
Esta confianza que depositaron en el régimen, los llevó a elevar su inversión y compensar así la baja en el nivel de la oficial.
La capacidad del sector público para hacer frente a un estado anómalo de pasivo a corto plazo y la reacción del sector privado para compensar la baja en la inversión pública, patentizaron la flexibilidad de la economía mixta mexicana, dando por resultado que la inversión total del país, a pesar de todos los factores adversos, se acrecentara en 1965 en relación con 1964, en un 2% en términos reales.
Contribuyó a tal resultado de que, junto a las medidas mencionadas, obtuvimos el refinanciamiento de algunos créditos para recuperar un alto nivel de inversión pública.
Ciertamente que, en lugar de aplicar las medidas correctivas, con severidad que no ocultamos ni entonces ni ahora, y cuya eficacia ha sido reconocida en México y por organismos económicos internacionales, pudimos haber escogido el camino aparentemente fácil de la sobre-expansión; pero como no se trata de inflar; sino de crecer, optamos por corregir y sanear, para reanudar nuestro crecimiento firme y equilibrado.
Logramos bajar las importaciones de bienes de consumo y aumentar las de bienes de capital, indispensables para la producción y el crecimiento.
Procuramos canalizar el crédito, con un riguroso criterio selectivo, hacia las actividades productivas y conservar un circulante monetario acorde con la producción de bienes y servicios y la velocidad del incremento.
Así, hoy puedo venir a informar que las condiciones económicas que confrontamos son más satisfactorias que las que prevalecían hace un año: durante 1966, tanto el sector público como el sector privado han superado la tasa de sus inversiones, de modo que, muy a pesar del sinnúmero de factores adversos, sobre todo internacionales, la inversión total durante este año será la más alta de nuestra historia económica, y como vamos a alcanzarla con ponderado equilibrio, este enorme volumen de inversión actuará como una poderosa palanca del desarrollo económico en los años venideros.
Corregimos gradualmente, no en forma violenta, para eludir tanto una atonía constante como contracciones o recesiones recurrentes.
Ni alzas bruscas de aparente prosperidad, que perjudican la distribución del ingreso nacional, engendrando nocivas concentraciones de la riqueza ni reducciones súbitas que interrumpen el ritmo de crecimiento y estorban su ulterior recuperación. Inversión programada y coordinada, buscando su máximo rendimiento y la disminución de gastos corrientes.
En un país como el nuestro, que adolece de un empobrecimiento secular, el esfuerzo para vencerlo debe ser también vigoroso y permanente.
El pueblo sabe los fines que perseguimos y los procedimientos que empleamos y, hoy como ayer, se moviliza en el trabajo, en la acción coordinada, aprovechando la rica experiencia acumulada para constituir un mañana mejor.
Sabe nuestro pueblo que no es posible alcanzar todo al mismo tiempo.
Que los objetivos tienen que jerarquizarse, que las metas se eslabonan, pero que lo importante es no interrumpir la marcha.
Nuestros problemas no se resolverán en unos cuantos años, por más fecundos que estos sean; el México que soñamos será fruto de nuestros esfuerzos, pero demandará además la continuidad en el propósito y en la acción de las generaciones que nos sucedan.
Las que nos han procedido rompieron barreras de apariencia inconmovible que se oponían al desarrollo de nuestra economía con independencia y con justicia social.
Toca a nosotros preservar esas conquistas y aumentarlas, afirmando al mismo tiempo el dominio de los mexicanos sobre su propia Nación.
La Patria nació de una ansia de libertad, justicia y dignidad; la voluntad nacional, por sobre toda clase de intereses particulares o de ambiciones facciosas, ha sido, es y será obra de sucesivas y empeñosas generaciones que formamos la recia conciencia de lo mexicano.
Valga una apostilla: la continua aparición de noticias, en el interior y en el extranjero, afirmando o comentando la estabilidad económica y política de México, hace indispensable insistir en señalar el peligro del fatuo engreimiento.
Un Secretario de la Organización de las Naciones Unidas decía "¡Pobre de aquel que se enamora de su propia imagen tal como la dibujan las luces de la publicidad!"
La situación económica del país es buena, su ritmo acelerado de desarrollo es satisfactorio; pero esto no quiere decir que haya abundancia para todos: la hay para unos, así como hay escasez para otros.
La situación bonancible de la economía de la Nación no debe paralizarnos, no debemos, por ningún motivo, hacer un alto en el camino y sentarnos a festejar los triunfos; éstos deben servir para estimularnos y hacer mayores esfuerzos a fin de disminuir la distancia entre la opulencia y la miseria.
Pero si ufanarnos de lo alcanzado condeciría al vano y estéril orgullo, menospreciar lo obtenido sería desestimar la lucha del pueblo mexicano, infundir desaliento en vez de fe y esperanza en nuestro destino, socavando los incentivos de la acción permanente.
Avanzar día tras día no fatiga cuando no se camina a tientas, cuando el caudal de nuestra historia nos permite saber por qué luchamos y hacia dónde vamos.
Hoy que, por primera vez en la historia de nuestra Patria, el Honorable Congreso de la Unión es presidido por una mujer en su sesión de apertura del período ordinario de sesiones, debemos proclamar que la participación de la mujer mexicana en nuestras actividades políticas ha sido verdaderamente digna de admiración, no obstante los pocos años que lleva en esta tarea.
Reitero: "Sin el concurso de la mujer no puede intentarse nada que sea grande, noble, fecundo y perdurable"...
"Mi homenaje fervoroso a la mujer mexicana, símbolo magnífico de abnegación, de amor y sacrificio, lo mismo por el padre, por el hermano, por el esposo que por el hijo; igual por el conjunto que forma la familia que por el conjunto de familias que forman la Patria."
Creo firmemente en el constante remozamiento de la Revolución Mexicana, porque he sido testigo de cómo generaciones distintas se combinan y eslabonan para asegurar la continuidad y renovación.
Decisiva en este proceso es la participación de la juventud.
La juventud en el campo, el taller o la fábrica, en la Universidad o el Instituto Técnico, debe compartir no sólo la inquietud y el ideal profesado, sino también la preocupación responsable por el destino individual y colectivo.
Nos decepcionaría una juventud conformista y resignada, pero México tampoco quiere una juventud irresponsable que abrace con incauta pasión todas las causas, que se tome como instrumento dócil al servicio de intereses bastardos o como caja de resonancia de estériles desahogos.
México necesita una juventud atenta a los rumbos que sigue la Patria y actuando apasionada, pero racionalmente, para beneficio del pueblo del que forma parte entrañable.
Varias generaciones se han empalmado y sucedido en el proceso revolucionario mexicano.
Esto ha sido posible precisamente porque las generaciones anteriores han comprendido las inquietudes, los problemas y las preocupaciones de aquellas que las siguen.