Discurso de Gustavo Díaz Ordaz en su Quinto Informe de Gobierno

Chapter 6

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Conjugar adecuadamente los recursos internos y el crédito del exterior garantiza firmeza y seguridad, con permanencia y velocidad en el crecimiento.

Este es el camino que hemos escogido para lograr un desarrollo económico a ritmo satisfactorio, y lo que es más importante: independiente y nuestro.

Una amarga experiencia histórica de injusticias y frustraciones aconsejó a los Constituyentes de 1917 adjudicar al Estado un papel primordial en la promoción del desarrollo nacional y la solución de los problemas sociales de nuestro pueblo.

En el contexto de un régimen de economía mixta, inteligentemente delineado por aquellos hombres visionarios, hemos logrado armonizar las libertades individuales y los derechos sociales, el beneficio particular y la satisfacción de necesidades colectivas.

Trabajadores pues, dentro de ese orden constitucional, por un desarrollo económico y social que, lejos de buscar la capitalización en el ahorro forzado de las mayorías, se empeña en que éstas mejoren, conforme el país aumenta su riqueza; basado en una reforma agraria en marcha, destinada a impedir que la industrialización se nutra del desamparo del campesino; que lejos de alimentarse en la explotación despiadada de los recursos naturales, quiere prever su adecuado aprovechamiento y conservación; un desarrollo económico-social que permite mantener y acrecentar las libertades espirituales y políticas del hombre, y afirmarlas sobre la seguridad económica y el bienestar social.

Nuestro problema más grave y lacerante sigue siendo el del campo.

Empeñados, como estamos, en realizar la Reforma Agraria Integral, vamos encontrando paulatinamente la manera de salvar los escollos que son causa del desnivel entre el ingreso rural y el urbano.

Tan sólo de 1966 a la fecha, casi hemos triplicado el monto de la inversión destinada al sector agropecuario.

No sólo nos concretamos a repartir, con la mayor rapidez y orden posibles, la tierra disponible; también resulta importante el número de presas y nuevos canales de riego; se extiende a ritmo creciente la electrificación del campo; se intensifican la investigación y enseñanza agrícolas; se mecaniza la agricultura; se amplía el uso de semillas mejoradas y de fertilizantes; propiciamos la fruticultura y la apicultura; avanzamos en el control de plagas; construimos sistemas adecuados de almacenamiento; mantenemos los precios de garantía; modernizamos losa métodos de comercialización para los productos agrícolas; llevamos más crédito oficial, esforzándonos por mejorar sus métodos y estimulamos la concurrencia del privado; ampliamos las redes de caminos troncales y de acceso; elevamos el número de maestros rurales y de promotores bilingües; en una palabra, fortalecemos las bases de una estructura rural que permita descentralizar la industria y propicie la creación de nuevas fuentes de trabajo regionales y locales.

Es interesante observar que el incremento en la producción agropecuaria se debe, cada vez más, a un mayor rendimiento que a la apertura de nuevas áreas al cultivo, no obstante que éstas son muy extensas.

Estamos corrigiendo errores ancestrales.

El desaliento de quienes repiten que la Reforma Agraria ha fracasado ignora que, en sólo 50 años, ha aliviado males de siglos.

La lucha proseguirá hasta llevarla a sus últimas consecuencias.

Si los mexicanos dedicamos mayores esfuerzos, más pronto podremos subsanar deficiencias y remediar injusticias hoy por hoy existentes en numerosas regiones del país.

La ayuda al campo, conviene repetirlo, es tarea que nos concierne a todos; pues los volúmenes de inversión que requiere son considerables.

Por nuestra parte, ampliaremos aún más nuestra política en ese sentido, para llevar mayores recursos al campo.

Junto a este viejo problema tenemos todos aquellos otros inherentes a la actual etapa de nuestro desarrollo; se advierten síntomas de problemas propios de estadios más avanzados de desenvolvimiento cuando aún no desaparecen los de las etapas que ya hemos superado.

En todos los países son complicados y de difícil solución los problemas del desarrollo.

En México, cuya configuración geográfica, étnica y social hacen del país un complejo mosaico hay una economía que comprende desde grupos de mísero autoconsumo, hasta sectores de alto desarrollo industrial; grandes disparidades entre el medio urbano y el rural, diferencias en el mismo campo, donde coexisten zonas de positiva o relativa prosperidad y lugares de crónica depresión.

Enfrentamos agudos problemas urbanos en las regiones más desarrolladas; miles de mexicanos emigran del campo, atraídos por remotas posibilidades de empleo, para ir a formar en las ciudades un numeroso subproletariado; capas de la clase media en ascenso y expansión, al lado de otras que, a causa del propio desarrollo, por la concentración de las actividades económicas, por la implantación de modernos sistemas comerciales, encaran una segura decadencia o desaparecen para integrarse a otras capas o clases sociales.

El artesano desplazado por la mediana industria; la mediana industria amenazada por la grande; el pequeño comerciante aplastado o a punto de serlo por los modernos métodos mercantiles; cierto tipo de tradicional pequeño rentista con percepciones a la baja; el jubilado cuyos ingresos no siempre aumentan en proporción al costo de la vida.

Profesiones que, en su individualismo y saturación, ven reducido su campo de actividad remunerada; otras, de carácter cada vez más social, que exigen muchos años de capacitación, que hacen esperar a quien las ejerce los beneficios de otras que son o se reputan más lucrativas y exigen menos sacrificios; grupos formados por quienes habiendo cursado parte de una carrera o estudios preparatorios sienten que disponen de un aprendizaje muerto e inútil para mejorar sus ingresos personales.

Todo lo anterior enmedio de una defectuosa distribución del ingreso nacional que va desde la miseria hasta el exceso y que da lugar a un irritante y ostentoso desperdicio, de cara a una secular pobreza.

Son éstos, apenas, unos cuantos de los muchos obstáculos a que diariamente nos enfrentamos y demandan políticas económicas y sociales más amplias y profundas.

La forma anárquica e irracional del conflicto del año pasado impidió a algunos ver el sustrato real de ciertos problemas y necesidades sociales no resueltos cabalmente, en diversas esferas de la vida nacional.

Que se haya pretendido manejar esos problemas y esas necesidades con fines políticos e ideológicos encaminados a otros propósitos que el de plantearlos y contribuir a resolverlos fue, además de un acto de grave irresponsabilidad, algo que resultaba inaceptable.

Aprovechando innoblemente, con fines de propaganda, la proximidad de los Juegos Olímpicos que situaban a nuestro país en el primer plano del escenario mundial, se promovieron los trastornos del segundo semestre del año pasado.

A la gestión de los hechos y su concatenación, me referí en el Informe anterior.

Sin bandera programática y con gran pobreza ideológica, por medio del desorden, la violencia, el rencor, el uso de símbolos alarmantes y la prédica de un voluntarismo aventurero, se trató de desquiciar a nuestra sociedad. Incitando al rechazo absoluto e irracional de todas las fórmulas de posible arreglo, a la negación sectaria y a la irritación subjetiva, se quiso crear la confusión para escindir al pueblo.

Utilizando todos los medios de comunicación y recursos para envenenar corrientes de opinión generalmente sensatas, se intentó empujar a la nación a la anarquía.

Son fenómenos viejos la oposición al margen de la legalidad, la conspiración y la sedición; lo que se antoja nuevo -se ha hecho evidente desde hace poco más de una década- es el extraño contubernio de fuerzas en el que grupos e intereses de los más contradictorio, cada una con su objetivo particular, usando en conjunto de las libertades cuya existencia niegan, se unen con el propósito de romper el orden constitucional.

Unos buscaban que los acontecimientos exaltaran la resistencia a los cambios y se provocara un retroceso nacional, con miras a ganar posiciones o recuperar caducos privilegios.

Otros, habitualmente inactivos, de súbito obsedidos por la acción, pensaron hacer realidad inmediata sus anhelos ideológicos, nutridos en la ensoñación y en lecturas mal digeridas.

Y, por supuesto, hubo quienes actuaron por la paga y los vulgares pescadores de río revuelto.

Las disímiles fuerzas del exterior e internas, disputándose entre sí la dirección, confluyeron para agravar y extender el conflicto, y alentaron a la comisión de excesos y delitos graves, haciéndoles concebir la idea de que podían lograr impunidad con el solo hecho de rodearse de periodistas.

Algunos de estos, que anticipadamente habían llegado a nuestra capital, rebasando la misión de información deportiva que los había traído a México, de espectadores se convirtieron en actores, tomando parte en hechos de política interna que sólo incumben a los mexicanos, e inclusive, lo que es más grave aún, en actos francamente delictuosos.

Habíamos anticipado que ninguna presión obligaría al Gobierno a aceptar lo ilegal o inconveniente y, menos a mediatizar la soberanía de la nación en aras de un compromiso internacional.

También habíamos expresado oportunamente que, en la alternativa de escoger entre el respeto a los principios esenciales de nuestra nacionalidad y todo lo que de ellos depende, y la conveniencia de 'quedar bien', en lo personal no abrigábamos duda alguna.

En efecto, los intereses generales de la mayoría de los mexicanos están por encima de la obstinación de un reducido sector engañado, por respetable que sea, más aún cuando olvida deliberadamente que existen los medios legales para promover una demanda, manifestar descontento o inconformidad y solicitar la satisfacción de un agravio.

Lejos de ceder a las presiones, cumplimos la decisión que públicamente habíamos anunciado, de seguir en todo momento el camino institucional señalado por nuestras leyes.

La inmensa mayoría de la nación se manifestó decididamente a favor del orden y en contra de la anarquía.

La táctica de ir planteando situaciones ilegales cada vez de mayor gravedad, hasta la subversión públicamente confesada; así como las acciones deliberadamente tramadas para ser al mismo tiempo provocación y emboscada para la fuerza pública, y una serie de actos de terrorismo, determinaron indispensable la intervención del Ejército.

El Ejército Mexicano tiene la grave responsabilidad de mantener la paz, la tranquilidad y el orden internos, bajo el imperio de la Constitución, a fin de que funcionen nuestras instituciones, los mexicanos puedan disfrutar de la libertad que la ley garantiza y el país continúe su progreso.

La forma en que cumplió su cometido es prueba clara de que podemos confiar en su patriotismo, su convicción civilista e institucional: restablece el orden y vuelve de inmediato a sus actividades normales.

Reitero, a nombre del pueblo y del Gobierno, la gratitud nacional para el guardián de nuestras instituciones, y exalto, una vez más, la inquebrantable lealtad, la estricta disciplina y el acendrado patriotismo de sus miembros.

Por mi parte, asumo íntegramente la responsabilidad: personal, ética, social, jurídica, política histórica, por las decisiones del Gobierno en relación con los sucesos del año pasado.

Los obreros y los campesinos se mantuvieron inmunes ante aquellos que, creyendo arrastrarlos a la violencia, sólo provocaron su rechazo.

Desoyeron las incitaciones sediciosas y, confiando plenamente en el Gobierno, que así se los pidió, se abstuvieron de recurrir a la contraviolencia.

La sociedad, en su conjunto, reaccionó con serena entereza.

Gracias, otra vez, a los obreros, a los campesinos y a la sociedad en general, por su confianza.

Podemos considerar que, en lo esencial, destruimos las asechanzas; pero sabemos que estos fenómenos tienden a ser recurrentes.

Así, pues, nos mantendremos permanentemente alertas.

No ignoramos que existen problemas sociales no resueltos y legítimas exigencias de algunos sectores de la población, como fondo subyacente y amorfo, no expresado, por cierto, en lo que quiso tomar apariencia de peticiones concretas y que, ni remotamente, recogió auténticas demandas populares.

Restablecida la calma y puesta a salvo la organización social que nos permite convivir políticamente, reiteramos nuestro indeclinable propósito de atender y analizar a fondo las solicitudes que se nos planteen dentro de los cauces legales.

No faltaron quienes, confundidos por los incidentes, creyeron que nos hallábamos en profunda crisis y sugirieron reformas efectistas, quizá a sabiendas de que carecían de eficacia.

Hablar de reformas y cambios de estructuras se convirtió en tópico de tópicos.

No estamos en una encrucijada.

Seguimos nuestro propio camino y estamos construyendo un modelo también propio para nuestro futuro, apegado a nuestras raíces, fiel a nuestro modo de ser.

A nosotros lo que nos interesa es resolver lo más a fondo posible los problemas.

La realidad actual y las previsiones del futuro sugieren la necesidad de profundas transformaciones en todos los órdenes de la vida.

Las sociedades modernas entrañan mutaciones inminentes en los sistemas tecnológicos, en los procesos de producción y consumo de bienes; y consiguientemente en las relaciones sociales y en las formas de conciencia.

Reconocemos que es necesario mejorar y depurar las instituciones que nos rigen; más, para lograrlo, lo primero es preservarlas; es mediante el ejercicio y el respeto al derecho como se puede alcanzar su renovación y perfeccionamiento.

La impaciencia lleva al retroceso. Irreflexión no es sinónimo de heroísmo.

Las reformas revolucionarias se alcanzan con una acción deliberada y consecuente que sabe a dónde va; con encendida pasión, mente serena, actividad tenaz, firmes ideales y certeza de rumbo.

Los entusiasmos intermitentes, la euforia momentánea no conducen a la revolución.

Para avanzar con firmeza, siempre debemos actuar con posibilidades razonables de éxito.

La aventura romántica nos está vedada.

Nuestra responsabilidad nos prohíbe actuar precipitadamente: el destino del país es lo que está en juego.

Está en el espíritu de una auténtica revolución mantenerse siempre inconclusa.

Las revoluciones que lo niegan, admiten su naturaleza episódica, es decir, son falsas revoluciones; y si tratan de hacer creer que el mañana priva hoy, entonces, son mera demagogia.

La dirección de una reforma, su rumbo, su sentido y naturaleza son lo importante y decisivo.

De aquí que en ésta, como en otras muchas cuestiones, busquemos inspiración en nuestro movimiento social que ha realizado reformas que nos llevan a las metas que queremos alcanzar y, tan intensas que han influido profundamente en el todo social y no tienen punto de retorno.

De esta manera la estabilidad, fruto de las reformas ya hechas, sirve de base para seguir reformando.

Sabemos que algunas personas están confundidas y creen que vivimos en un país que les cierra todos los caminos, exageran imperfecciones -que no negamos- y silencian los adelantos, en muchos órdenes excepcionales y evidentes, pero que ellas se obstinan en negar.

Vivimos en un orden que lejos de ser rígido e impermeable y de imponerse sólo por tradición o por compulsión, es dinámico; en él la movilidad social modifica las jerarquías y abre constantemente nuevas oportunidades de incorporación al progreso.

Es absurda la actitud del que pretende derribar puertas que están abiertas.

Quien quiera defender sus ideas, respetando las de los demás; ejercer sus derechos, sin lesionar los de otros; hacer verdadera política y no actividad subversiva y delictuosa, no precisa de nombres falsos, de tinieblas, de lúgubres catacumbas, ¿para qué refugiarse en la clandestinidad, cuando puede pelear por sus ideales a campo abierto, organizándose políticamente y actuando al amparo de la ley, que es su mejor escudo y garantía?

Hay jóvenes impacientes, muchos de buena fe, que afirman estar fatigados de oír hablar de la Revolución Mexicana y de la justicia social y a quienes nuestros héroes les son indiferentes o despreciables.

Es posible que su desprecio sea hijo de su ignorancia.

Invitamos a los jóvenes disidentes a analizar nuestra realidad antes de aceptarla o rechazarla; a conocer la vida de nuestros héroes para entenderlos y juzgarlos; a estudiar la Revolución Mexicana para identificarse con ella o criticarla y combatirla.

Esperamos que con el interés y la pasión que ponen en conocer otros caminos, vuelvan los ojos hacia lo que es suyo y no lo rechacen sólo porque es nuestro y lo tienen tan cerca.

De todas suertes será aquí, en esta tierra, su tierra, nuestra tierra, donde tendrán que cumplir su destino personal.

Si no deseamos jóvenes ilusos, menos queremos jóvenes desilusionados.

Pugnamos porque las nuevas generaciones, en vez de navegar a la deriva, ingresen a la vanguardia de la Revolución Mexicana para impulsarla y para que, al sustituirnos, conozcan y sepan evitar nuestros errores y aprovechen también nuestros aciertos.

Los revolucionarios no podemos ver con temor a quienes desean ser revolucionarios; tampoco debemos declinar la responsabilidad de señalarles que su temeridad, derivada de su inexperiencia, los hace, en ocasiones, ponerse sin que se den cuenta, al servicio de causas que precisamente quieren combatir.

Fiamos en la limpieza de ánimo y en la pasión de justicia de los jóvenes mexicanos.

Estamos convencidos de que su interés en la progresiva solución de los problemas nacionales y el proceso de su maduración serán de gran aliento para la vida democrática del país.

Es evidente el progreso alcanzado en las diversas esferas de nuestra vida democrática, por encima de los escollos y tropiezos.

Por convicción, hemos puesto nuestro esfuerzo para abrir más los cauces democráticos, ampliar la representación de las minorías mejorar los sistemas electorales, alentando por los medios posibles, sin caer en perniciosa disgregación política, que los ciudadanos se agrupen de acuerdo con sus convicciones y se organicen en partidos que, contrastando ideologías, sean capaces de fundir sus esfuerzos para alcanzar metas esenciales de la nación.

Avanzamos cuando se acrecienta el interés del pueblo por las cuestiones políticas; cuando ese interés se traduce en organización, cada vez mejor, de los ciudadanos para defender sus derechos y cumplir sus obligaciones; cuando esa organización significa mayor participación del pueblo en las funciones cívicas y, con su presencia y sus ideales, da aliento vital al sistema entero de nuestras instituciones democráticas.

Avanzamos al desarrollarse las actividades electorales en un ambiente de orden y tranquilidad, y también cuando los distintos sectores formulan sus demandas y hacen valer sus derechos, sin cortapisas ni mediatizaciones.

Nunca como hoy, se habían discutido tan amplia y libremente todas las cuestiones políticas y socio-económicas.

No hay partido, corriente, tendencia que no haya expresado sus puntos de vista.

Estamos llenos de planteamientos de todo orden y en todos los tonos: románticos y prácticos; inteligentes y absurdos; expositivos y analíticos; positivos, que aportan soluciones, y negativos, que sólo censuran por sistema.

Progresamos al mantener incólume la más amplia libertad de expresión, y al comprobar que su empleo sirve para ejercitar el derecho a la crítica y discutir con elevación; progresamos aun en los contados casos en que esa libertad sólo sirve de drenaje para las más bajas pasiones.

El respeto a la libre expresión del pensamiento es principio vertebral del Gobierno, convencidos, como lo estamos, de que la libertad asegura la vigencia de las instituciones democráticas.

La fuerza renovadora de toda democracia se manifiesta precisamente en la fluida circulación del pensamiento.

Avanzamos en la medida en que la obra revolucionaria ha creado mejores condiciones de vida para los mexicanos, proporcionándoles mayores posibilidades de salud, educación y seguridad social.

Al amparo de nuestras libertades democráticas, próximamente se iniciará el proceso para renovar el Congreso de la Unión y elegir Presidente de la República.

Cuando hablamos de libertades democráticas, aseveramos que no hay una sola de las que el mexicano disfruta que esté restringida.

No tiene más límite que la libertad de otro mexicano.

A nombre y por el bien de México, exhorto a todos los partidos a que se esfuercen para que en el proceso electoral prive siempre el acatamiento a nuestras leyes; a que eleven la contienda a la altura de la dignidad del pueblo mexicano; al respeto a sí mismos y a la consideración que se deben unos a otros; a que debatan ideas; esgriman razones, comprueben hechos y ponderen argumentos, desterrando malevolencia y encono.

Es lícito el ataque político a los hombres, a los programas y a los principios ideológicos; pero es de hombría de bien hacerlo francamente y no en forma artera; úsese la invectiva política, pero suprímase lo que sea injuria, difamación o calumnia.

Estas sólo son semillas de violencia.

Ningún grupo, ningún sector, ninguna clase tiene el derecho de imponerse a los demás; la voluntad mayoritaria del pueblo mexicano es la que decide.

Con votos deberán ganarse las elecciones.

Los partidos postulan candidatos; el pueblo es quien elige y su decisión será fallo inapelable.

La respetaremos y la haremos respetar.

La Constitución consagra los derechos políticos; el poder público garantiza su libre ejercicio.

Enfrentemos los próximos comicios con serena confianza.

La prueba suprema de una democracia es la función electoral: hagamos de ella no pretexto de discordia, sino motivo de unión en favor de nuestros mejores afanes nacionales.

Cada ciudadano defienda sus principios y a los hombres que considere dignos de representarlos; todos juntos defendamos lo más preciado que tenemos: nuestro México.

La estabilidad política y el desarrollo económico no son conquistas ganadas en definitiva y para siempre: hay que pelear a diario para conservar la primera y realizar el largo, interminable proceso del segundo, no sólo sosteniendo el mismo ímpetu del esfuerzo, sino acrecentándolo día a día.

Nuestro objetivo supremo es el desarrollo integral: económico, social, político y cultural.

Nuestro pueblo ha superado, en las condiciones más precarias y adversas, los mayores peligros que pueden amenazar a una nación.

Le ha tocado defender al mismo tiempo su integridad territorial, soberanía, subsistencia, patrimonio cultural y espiritual, lengua; sus tradiciones, costumbres, principios; y por si fuera poco, ha tenido que luchar también contra férreas estructuras del pasado y viejos sistemas de servidumbre y explotación que ahogaban su existencia física, sus libertades y su conciencia.

Todo ello en el marco de una geografía difícil y hostil, pobre en recursos, avara frente al esfuerzo del hombre y despiadada en las exigencias.

El viejo mito colonial de la 'grandiosa riqueza mexicana' se desplomó cuando el país, habiendo ganado su Independencia, tuvo que enfrentarse a la reconstrucción de un territorio que la guerra de liberación había dejado en ruinas.

Si el pueblo mexicano ha vencido tantos obstáculos y carencias, tantas amenazas y limitaciones, ha sido porque confió siempre, con decisión, en su propia fuerza, en su capacidad creadora y porque en todo momento ha tenido una profunda vocación revolucionaria.

Unamos voluntades para que entre todos, padres de familia, maestros, dirigentes sociales y políticos, funcionarios, ciudadanos en general, logremos orientar sanamente a nuestro pueblo hacia su plena realización.

Hagamos que la buena fe y las inquietudes sanas sean noblemente encauzadas.

Por todos los medios dignos y legítimos desde la posición que cada uno de nosotros ocupa, busquemos el acuerdo y no la fricción innecesaria; la solución pacífica, y no el enfrentamiento violento.